Carta desde Durango

En un estado donde la muerte forma parte de la vida cotidiana, un periodista recopila sórdidas historias de civiles que han sido víctimas de la violencia desmedida.

Por Alejandro Almazán
La nueva frontera de la violencia en México

La nueva frontera de la violencia en México

La nueva frontera de la violencia en México

La nueva frontera de la violencia en México

Por Alejandro Almazán / Ilustración de Alejandro Magallanes

1

Las moscas que atraen los doscientos treinta y ocho cadáveres vuelan alrededor de nuestros rostros. El forense las maldice e intenta ahuyentarlas. Falla. Están hambrientas y no dejarán pasar aquel festín de carne podrida. Frente al olor tampoco lograremos mucho. Parece no haber tapabocas que contenga esa miasma que espanta, que desfonda. En algún momento le diré al forense que me siento pesado como si fuera uno de esos muertos que, desde abril, empezaron a brotar del subsuelo, quizá buscando su nombre, quizá buscando quién les rece un rosario. Él, con esa cara trabajada de quien ha asumido que la vida y la muerte no están en sus manos, apenas hace un guiño y se trepa a una de las dos cajas refrigeradas del tráiler donde la policía arrumbó a los difuntos como reses en carnicería. “Orita van a venir por éste”, me dice y abre ligeramente el costal. Yo sólo veo un esqueleto pelado por los gusanos.

Más tarde, por el forense y un pariente del difunto, sabré que era sicario; que lo reconocieron por el trozo de tatuaje que seguía aferrado a los restos de espalda y que, ironías de esta pinche vida, le gustaban las películas de balazos, y que a él lo enterraron en la fosa que encontraron en las calles de Mario Almada y Valentín Trujillo.

Al que se llevaron más temprano, antes de que la tierra pareciera luchar para que no le cayera encima el brutal sol, fue a Efraín Gamboa. Su padre fue secuestrado en Santiago Papasquiaro, su pueblo, y él se vino a Durango para pagar el rescate. Les habían pedido cien mil pesos y hasta las dos vacas que tenían. Dio con los secuestradores, pero éstos ya habían matado a su padre. Efraín todavía habló con su mamá, sólo para despedirse, y ya luego, por lo que vio el forense, lo torturaron, le arrancaron las uñas de las manos y lo asfixiaron. Tenía treinta y un años.

Cuando el forense baje rebotando al que fue sicario y se lo lleve para bañarlo en formol, la jaqueca ya me habrá orillado al vómito. Tendré que irme, pero el olor se me quedará pegado en la ropa y el pelo. No recordaré el nombre de los muertos, pero sí el zumbido de las moscas. Y cuando tome carretera comprenderé que si el infierno existe, el estacionamiento de la fiscalía de Durango ha de ser una de sus estaciones.

2

CABINA DE RADIO. POR LA MAÑANA
La conductora se echa para atrás el cabello con una sola mano y pregunta a sus radioescuchas cómo les fue en Semana Santa. Ella empieza a contar sus andanzas por una playa sinaloense, pero el productor la interrumpe. La mira a través del cristal y forma con los dedos una especie de teléfono. Hay una llamada del público.

CONDUCTORA
Buenos dí…

SEÑORA (VOZ EN OFF, LLORANDO)
¡Me mataron a mi hijo, señorita! No puedo decirle mi nombre, pero me lo mataron… Tenía doce años.

A la conductora no le alcanza la voz siquiera para la primera sílaba. La señora, en cambio, hila muchas palabras con poco aire.

SEÑORA
Vivo en Poanas, señorita, por el pueblo de La Ochoa. Hace dos días los Zetas se llevaron a mi hijo… Se lo llevaron pa’cerlo pistolero… Yo digo que mi chamaco no quiso meterse a eso porque lo torturaron, lo vistieron como niña y me lo rafaguiaron. Ojalá me escuche la gente del Chapo y venga a ayudarnos.

FONDO NEGRO
Le pregunto a un colega si lo que acaba de contarme la propia conductora es real o simplemente forma parte del guión de una burda película. Él, con actitud zen, dice que la mitad de la historia es verdad, y que la otra también. De hecho, una vez que termine de darle un trago al café, me platicará del viaje que, en abril pasado, él hizo a lo que pareciera el culo del mundo.

En el trabajo me mandaron a Poanas porque el caso de ese niño no era el único. Días antes, en un lugar que allá llaman La Cueva de los Malos, pegadito al Calabazal, Zacatecas, los narcos habían sacado de sus casas a varios niños. Un bato que conozco, uno que es halcón, vigilante pues, me dijo que a los niños les ofrecieron mil pesos al día a cambio de trabajar como sicarios. También me contó que los drogaron, que los golpearon, y hasta los obligaron a masturbarse. Al final, dieciséis se aferraron a hacer el bien y los mataron en paredón. Es hora de que las autoridades de Durango niegan los hechos, pero la procuraduría de Zacatecas luego, luego los aceptó. Se me olvidó decirte que a todos los niños les pusieron faldas y les pintaron los labios, dizque por cobardes, dizque para el escarmiento. Yo no publiqué nada. Me dio miedo, la verdad. Y ya sabes lo que dicen por ai: que el miedo es el mejor de los candados.

3

Antes de seguir recolectando historias, necesito que alguien me explique qué diablos está pasando con los muertos y con los vivos en Durango. Por qué los narcos se han aferrado en conservar el monopolio de la violencia. ¿Acaso no han leído a Fernando Vallejo?: “Si la tuvieran grande no matarían porque la gente de tanto aplauso les habría mitigado los rencores”. Necesito saber cuándo se rompió el dulce orden que tenía la muerte. Quién amamanta a los cárteles. De dónde salen tantos cadáveres abandonados con las manos atadas a la espalda y una bala en la cabeza. O cómo es posible que la gente pueda convivir con los asesinatos y siga creyendo que es muy normal que las personas desaparezcan en pleno día.

Un sicario será mi Cristóbal Colón en la tierra de Pancho Villa.

Quizá padezca una enfermedad terminal y le urja redimirse. O quizá sólo quiera ser escuchado antes de largarse de Durango. Lo cierto es que un amigo lo ha convencido para verlo en la central de autobuses. El sicario me pide que nada de nombres ni descripciones. No creo faltar a mi palabra si digo que el tipo arrastra las palabras como si hubiera tragado pegamento o que es el clásico matoncillo que cree que la crueldad es una maravilla inagotable.

El desmadre en la capital empezó porque los Emes se dividieron. Del Eme 11 al Eme 18 ya no les gustó que el Chapo Guzmán fuera su jefe. Entonces les valió madre secuestrar, extorsionar, matar al por mayor y enterrar a la raza en las fosas junto a los pinchis Zetas.

(En ese momento me pregunto: ¿entonces los Emes son los responsables de que, en los últimos tres años, el secuestro en Durango haya crecido dos mil trecientos por ciento? ¿Deberían ser premiados como Los Hombres del Año? ¿Ellos colaboraron con su gotita de sangre para que, hasta mediados de junio, vayan seiscientos veintidós ejecutados, sin contar los doscientos treinta y ocho muertos encontrados en siete fosas? ¿Sólo de ellos es la culpa de que el número de desaparecidos sea una cifra resbalosa que oscile entre sesenta y cuatrocientos? Sigo escuchando al sicario.)

Déjame decirte que yo nomás obedecí órdenes. Que hay que levantar a éste, que hay que cortarle la cabeza a ese otro, que hay que despellejar a tal cabrón. ¿Sabes cómo se despelleja rápido? Pones a hervir aceite, se lo echas al bato, lo bañas de sal y, a los diez minutos, con una tarjeta de teléfono le raspas la piel y solita se cai. Haciendo cuentas, yo creo que de cada diez que levantábamos, uno nomás la libraba. Pero te decía. Del Eme 11 hasta el Eme 18 habían sido Zetas, y pos el pasado de uno no se olvida. Ellos se creyeron la cagada más grande y revolvieron la ciudá. Orita ya no tanto, pero hacían lo que querían porque compraron a todos los policías, a casi todos los federales, a varios militares y a un chingo de funcionarios. Por eso orita muchos de ésos se andan amparando, porque están más metidos que la chingada. Si hasta yo me acuerdo que cuando íbamos a los taibols nos escoltaban todos esos cabrones. Hubo veces que nos ayudaron a desaparecer gente. Pero te decía. Los meros buenos del Chapo en Durango le mandaron decir al M11 que se calmara y calmara a los otros, que la bronca era contra los Zetas. Pero les valió madres. Entonces de Sinaloa llegaron los Ántrax y en eso andan orita, en la limpia de traidores. Por eso han matado a un madral de polis (treinta y tres, hasta ahora). Por eso las matazonas en el penal, aunque el gobierno diga que nomás se han muerto dos porque no le conviene decir que han sido como sesenta. Tampoco han dicho nada sobre el Jonás, el sicario más cabrón de los Emes. Ya lo mataron. Ese wey tenía veinticinco años y estaba reloco. Me acuerdo que un día apostó con Eme para ver quién era más salvaje. Cada uno debía irle cortando lo que quisiera a un wey que levantaron. Vivo, ¿eh? Y pos ganó el Jonás. El Eme se desmayó. Pero, bueno, pa’ no enredarte tanto, los Ántrax vienen con la consigna de chingarse a los Emes. Algunos ya pidieron tregua y ora van a trabajar pa’ la Gente Nueva. Los Emes que quedan no tardan en matarlos. Yo digo que deberían apurarse porque los Zetas ya controlan todos los municipios pegados a la capital. Y esto se va a poner más cabrón.

(Sin proponérselo, el sicario me ha contado ese México donde la guerra es por el control de las drogas, donde las policías y el ejército están luchando, pero por conseguir su tajada, donde uno no sabe quién es narco y quién es gobierno y donde matar parece un tanto divertido.)

4

RETÉN UNO
Dos religiosas y un sacerdote se ponen en manos de su dios para viajar a Tierras Coloradas. Van a sondear el camino. Si está despejado, avisarán al convoy compuesto por empleados de la Sedesol, del DIF y de algunas fundaciones que se arranquen, que no hay peligro. Si les sale un retén falso, calculan, no podrán robarles nada; la camioneta parece un enfermo de disnea y ellos no llevan más de trescientos pesos. Pero en las brechas se toparán con unos sicarios que, si no están drogados, al menos han perdido la razón. Bajan a las mujeres del auto y las violan mientras el sacerdote mira la escena con un pie encima de su rostro. El convoy cancela el viaje. Los tepehuanos se quedan sin comida, sin medicinas.

RETÉN DOS
Es de noche y en el pueblo de José María Morelos, mejor conocido como Chinacates, el supervisor de algunos Oxxo y sus tres amigos son detenidos por unos hombres que visten el uniforme militar. Los faros del auto le ayudan al supervisor a notar que los tipos usan tenis y traen cuernos de chivo. “¡Písale, písale, no son guachos!”, le grita al conductor, y éste acelera como si estuviera aplastando una serpiente. Las ráfagas detendrán al vehículo pocos metros adelante. El supervisor alcanza a abrir la puerta y se deja caer por el barranco. Se revisa el cuerpo. Las piernas, el pecho y los genitales no tienen nada, sólo miedo. Mucho miedo. La oscuridad le ayuda a perderse, no sin antes escuchar que alguien le grita: “¿Ónde te fuistes, cabrón?, ven pa’ que veas cómo le sacamos los ojos a tus amigos”. Llegará a la capital dos días después. Irá a su trabajo a contar que sus amigos están muertos y entregará su renuncia.

RETÉN TRES
Los Ortega, los Sarabia y los Leyva son diez niños y dos adolescentes que salen en una pick-up rumbo a Los Naranjos, municipio Pueblo Nuevo. Hoy, lunes 29 de marzo de 2010, la Sedesol les entregará a algunos de ellos los apoyos del programa Oportunidades. En el ejido El Aval, sin embargo, los detienen unos sicarios que se creen federales. Bajan a las mujeres. Hay confusión. Los más pequeños, de ocho y once años, se asustan y echan a correr. Los matones les disparan y lanzan granadas a la camioneta. Ninguno de los chicos saldrá vivo de la historia.

5

Mientras espero a Lucía frente a la Catedral, ahí donde las palomas se sienten las dueñas de la calle, leo al poeta duranguense Jesús Marín:

No señor sicario no me mate usted
Yo no quería estar en medio de sus balaceras
Pero tengo que vivir en esta ciudad
No señor sicario no sea usted tan cruel
No señor sicario no sea usted cabrón
Le juro que no me vuelvo a entrometer en su fuego cruzado
Le juro que no vuelvo a detener sus balas perdidas con mi cuerpo
Le juro que no vuelvo a salir después de las ocho de la noche

Hace unas semanas, algo parecido le ocurrió a Lucía, sólo que a las nueve de la mañana.

Estaba ella en pleno bulevar Francisco Villa, esperando el camión que la acercara a su trabajo, cuando dos tipos bajaron de un auto y rafaguearon a otro que tampoco se veía que se dedicara a algo lícito. La historia hubiese terminado con aquel cadáver hecho un manojo de plomo y con Lucía tirada en el piso, llorando, con las piernas adoloridas por la tensión. Pero como en Durango los actos de uno nunca tienen consecuencias, los pistoleros encañonaron a Lucía. “¡No vi nada, no vi nada!”, decía ella y cerraba los ojos con la esperanza de quedarse ciega. “¡Cállate o te reviento la cara!”. Lucía pensó que iban a matarla y supo casi con certeza que no sería una muerte fácil. “Estás chula, cabrona; bájame el cierre y ya sabes qué hacer”, dijo uno y el otro secundó: “¡Ándale, o te meto un balazo!”. Lucía obedeció a punta de pistola. Nadie se detuvo a ayudarla.

Mensaje al celular: “Disculpa pero no iré, publica nomás lo que te contó mi amiga. Lucía”.

6

El pasado 12 de mayo, al comandante Larralde lo llevaron al hospital San Jorge. No fue buena idea. Los asesinos tienen una capacidad nata de terminar su trabajo. Apenas dos horas antes, en la colonia Juan Lira, lo habían baleado, pero el pronóstico no le era tan desfavorable.

Uno de los médicos me cuenta que él estaba trabajando aquel día que los sicarios remataron al comandante Larralde. “Ha habido varios casos así”, dice con el tono de quien habla de la muerte para sentirse vivo. “Nosotros y las enfermeras nomás nos tiramos al piso, es lo único que nos queda”.

—¿Pero no le da miedo?
—Pos sí, pero qué hace uno. Hay que trabajar.

En el Hospital General también se han recibido visitas de sicarios que pasan a saludar a pacientes heridos.

Apenas el pasado 3 de marzo, en la madrugada, unos tipos vestidos de federales entraron al área de urgencias y rescataron a Alfredo Estrada, un matoncillo que los militares habían herido en un enfrentamiento.

—Llegaron con los rifles empuñados y nos dijeron que debían llevárselo porque el herido corría riesgo —me dice una enfermera.
—¿Pero nunca se dieron cuenta de que los tipos no eran federales?
—Cuando llegan armados, apuntándote, ¿les vas a preguntar algo? Pos no. Lo mismo hicimos hace como dos años cuando remataron a tres. Los sicarios llegaron echando lumbre, mataron a quien debían y se fueron como si nada. Éste es Durango, ¿o a poco no sabías?

7

Te voy a contar las cosas que pasan en donde vivo. Soy de El Salto y allá los sicarios son niños, niños flacos y desnutridos que se transforman en gigantes cuando agarran un cuerno de chivo. Se la pasan borrachos y viendo a quién joden. Hace poco fueron con un vecino, le tocaron la puerta y, apuntándole, le pidieron las llaves de su camioneta. Lo que el vecino no les pasó fue que hayan levantado a una de sus hijas y la hayan violado. El don fue a buscar a los de la Línea, porque allá en El Salto están todos los cárteles, y les pidió ayuda. Los de la Línea buscaron a esos morros y los desparecieron. Quién sabe dónde los tiraron. Yo por eso, a veces, pienso que la única manera de poner fin a tanta salvajada es dejar que los narcos nos gobiernen.

(Quien habla es un profesor que hace algunas semanas pidió su cambio. Ya estaba harto de pagar cuota a los sicarios para que no le hicieran nada. Ya estaba harto de ver cabezas sobre los caminos. Ya estaba harto de que algunos de sus alumnos lo amenazaran si los reprobaba.)

Allá en El Salto ya no ves a nadie a las ocho de la noche. Sólo escuchas a las camionetas con la música a todo volumen. Hay noches que por los cerros miras fogatas. Y eso quiere decir que están quemando a alguien. Allá sólo se habla de sicarios, mariguana, amapola, muerte y dinero.

Hablan de los acribillados que dejan a cada rato sobre la plaza. De los soldados que queman los plantíos y violan a las niñas. En resumen: El Salto es un pinchi pueblo absorbido por el narco donde quieren hacerte creer la necesidad de tanta muerte. Deberías ir. Allá uno se siente como esos pájaros perdidos que nomás están esperando que alguien los mate a resorterazos.

8

(Desempolvo una historia que sólo circuló en la clandestinidad.)

“¡Cávale, pinchi gordo!”, le ordenaron a René, y uno de los sicarios, zeta a mucha honra, le soltó otro cachazo. “¡Cávale, hijo de la chingada, porque en ese agujero todavía no cabes!”.

Aquella mañana, René se puso la gorra y se trepó a la Lobo doble cabina. Durante casi doscientos cuarenta kilómetros, René tocó puro corrido de esos enfermos, de los que venden la imagen de que los narcos están entrenados para servirle al diablo. Entonces, cerca de Gómez Palacio, un convoy se lo topó en la carretera, al pie de la zanja. “¡Párate, hijo de la chingada!”, le gritó un tipo que, con el M16, estaba dispuesto a estallarle los sesos. René obedeció. Apenas estaba por bajar la ventanilla cuando le cayeron como en emboscada. “¡Pos qué hice?” “¡Cállate, cabrón!” Lo treparon a una 4×4 blindada y tomaron camino para despoblado. “¡Pinche gordo, qué güevos tienes pa’ venir a meterte a nuestro territorio!”. “¡No sé de qué hablan!”, alcanzó a decir René antes de que un culatazo lo dejara sin aire. “Nomás que antes de que te matemos nos vas a decir dónde está el puto ése del Chapo.” “¡Y yo qué voy a saber!” “No te hagas pendejo, hasta usas de las mismas gorras que ese cabrón”.

René sabía del Chapo Guzmán lo que en una tierra fértil para los rumores se dice: que tiene un rancho en Santiago Papasquiaro, que tiene otro en Tamazula, que viaja seguido a la capital para cerrar restaurantes a su antojo y que allá en la sierra lo quieren mucho porque ayuda a los desamparados.

Eso les contó René a los Zetas, pero no le creyeron. “Éste no va a cantar, vamos a darle su tabliada”, dijo uno de los sicarios, el más violento, y mortificó a René. Entonces lo llevaron a un árbol. Lo colgaron como si fuese una víbora y lo golpearon. “¡No hagas más largo tu sufrimiento, cabrón, de todos modos nos vas a decir y te va a llevar la verga!” “¡Se los juro por mi madre que me están confundiendo; ya les dije que yo vendo ropa, aquí está mi credencial!” “Eso dicen todos a los que les da culo”.

Más golpes. “¿Te sientes muy chingón? A ver cómo te cae esta bañadita: bájenlo y métanlo al pozo”. Después de un rato, alguien dijo: “Este cabrón está muy rejego”. “¡Pos quítenle las uñas al puto; con esto canta a güevo!” René no cantaba. “¡Saliste bravo, hijo de la chingada!, pero orita vamos a ir por tu vieja y nos la vamos a coger”.

Un zeta le añadió una raya más al miedo: “¡Antes de que se te acaben las fuerzas, cava tu hoyo, pinche gordo!”. De una de las camionetas sacó una pala, se la dio a René y éste empezó a cavar. Hubo un momento en que los sicarios sacaron una laptop y hablaron por radio con algunos policías. Decían algo sobre René. Él quiso escuchar, pero un cachazo y un grito lo regresaron a su entierro: “¡Cávale, pinchi gordo!”.

Todavía le faltaba un buen tramo por escarbar cuando uno de los matones le dijo: “Pinchi gordo, es tu día de suerte: no eres el wey que andamos buscando, pero neta que te pareces un chingo… Aliviánate, te vamos a llevar a tu troca pa’ que veas que somos camaradas”.

René se regresó a la ciudad de Durango como si luchara contra un cronómetro. En el camino tiró la gorra y los discos de corridos. Hoy tiene la cara cosida como si fuera pelota de béisbol.

9

A) La tarde del pasado domingo 20 de marzo, la mayoría de los reporteros que cubren la nota roja en la capital duranguense recibió en su teléfono un mensaje donde se le pedía ir a la Delegación Norte de Seguridad Pública. “Conferencia. Urgente”. Cuando llegaron al lugar se toparon con que no había tal rueda de prensa y ni la policía les dio razón de quién les había mandado el mensaje. En eso estaban cuando entraron dos mujeres que dos días antes habían sido levantadas en un gimnasio. Venían molidas a golpes, desnudas del torso y con un par de advertencias escritas sobre sus espaldas. En una, los sicarios presumían tener buen corazón: “NOS RESPETARON LA VIDA X SER MUJERES X UNICA VEZ”. Y en el otra justificaban su trabajo: “ESTO ME PASÓ X CONSEGUIR CASAS EN RENTA, PARA Q SE METAN SICARIOS ENEMIGOS DE LOS M’S”.

Las mujeres rogaron a los reporteros que publicaran la nota. “Si no lo hacen, ora sí nos van a matar”, dijo una de ellas, y abandonaron las oficinas de la policía sin levantar denuncia alguna.

Uno de esos reporteros caviló que debía publicar la nota, ya no tanto por las mujeres, sino por él, pues quien o quienes les habían mandado el mensaje para la conferencia seguramente estarían al pendiente. Entonces habló con su editor, pero éste le dijo que ya sabía que al asunto de la violencia habría que bajarle. “¿O a poco quieres recibir amenazas?”, le dijo, aunque atrás de esas palabras, en realidad, estaba un “¿a poco quieres que el gobierno nos quite la publicidad?”.

Al final, por si las dudas, el reportero mandó la información al famoso Blog del Narco.

B) Por la radio, el camarógrafo escuchó que había unos muertos por la carretera a la Ferrería. A él, que parece no tener sueño desde hace años, no le importó que fueran las tres de la mañana del pasado 23 mayo. Agarró su cámara y alcanzó a los tránsitos para estar más cerca de la acción.
Cuando llegaron al lugar donde habían reportado a los asesinados, unos sicarios trepados en cuatro camionetas emboscaron a los policías y les dispararon. La agente Elizabeth Escobedo, de treinta y cinco años, murió al instante. Otros cuatro quedaron cosidos a balazos, pero vivos. Y al camarógrafo casi le reventaron el brazo. Todavía hoy sigue en operaciones. Quiere volver al trabajo, pero ya no cubrirá la nota roja.

C) Todos los días, desde las oficinas del gobierno del estado, salen las mismas frases a los reporteros: “Estuvo buena la nota, pero ya no te metas tan duro, no des nombres, nomás andas arriesgando tu vida”, “No tenemos más información, el boletín es todo lo que hay”, “Dime quiénes son tus fuentes y así trabajamos mejor”.

La información no sólo se ha detenido a causa de los sicarios, también por funcionarios como éstos.

10

Un colega pone el drive y serpentea por callejuelas ominosas. Pronto descubro que el hombre me llevará a un tour del que querré bajarme.

Para empezar se dirige a la Plaza de Toros, un lugar que últimamente parece gustarles a los asesinos para arrojar cadáveres. “Hace rato en la mañana encontraron tres muertitos”, me dice como si hablara del clima. “Eran polis; bonito Día del Policía les dieron”. Conforme avanza el auto, voy sintiendo las sobredosis de violencia que salen en sus palabras. “En esa escuela se agarraron a balazos, hasta rehenes hubo”. “Éste es Paseo Durango; de aquí levantaron a Claudio Reyes (ex alcalde de Otáez), lo estrangularon y lo tiraron allá por las vías del tren; orita vamos a pasar por ai”. “Para ese camino está la carretera a Parral, donde encontraron a un tal Ariel; era taxista, le cortaron la cabeza para ponerle una de marrano”. “Por esta calle agarras para Nombre de Dios; hace dos años, zetas y chapos se dieron sus balazos; fue una matazón como de treinta, pero el gobierno dijo que no, que nomás eran ocho, que luego, luego se veía que los matones tenían mala puntería”. “Éste es el oriente de la ciudad; por aquí levantaron a Alfredo Peña, uno que ganó la diputación por Tepehuanes; ya va para un año que está desaparecido”. “En esta esquina mataron a un custodio; ya van ocho en el año”.

Extiendo el mapa que he comprado de la ciudad y ahí, donde chorrea la sangre, escribo: “Usted está aquí”.

El colega ha escrito historias sobre secuestros, asesinatos y sobre toda esa maldad que la especie humana es capaz de engendrar. Pero el caso de las fosas le ha demostrado que la violencia se vuelve invisible.

Cuenta que cada vez que se ha descubierto una fosa los vecinos han jurado que no vieron nada raro; él, como prensa, ha repetido que las autoridades están cavando y que pronto llegarán al fondo de las cosas; el gobierno ha dicho que éstos son hechos aislados, y la gente olvida la noticia. Las imágenes en que aparecen los forenses con tapabocas o la de los perros olisqueando cadáveres son meras anécdotas que en las sobremesas ya parecen algo gastadas.

Ahora que estamos en una de las cuatro fosas que encontraron en la colonia Vicente Suárez, en la que había cincuenta y seis cadáveres, le hago algunas preguntas al colega: ¿el tipo de la carnicería, los de escuela, los de la papelería, no olieron nada? ¿Quiénes son los dueños de todos estos terrenos donde la gente ha sido enterrada? ¿Es cierto que el comandante Leyva, el famoso Ferrari porque tenía un auto rojo de esa marca, el que fue arrestado por sus vínculos con el narco, es quien contó lo de las fosas o ya eran tantos los muertos que no podían callarlos? ¿Cuántos fiambres más quedan por desenterrar? ¿Estas casas de la muerte significan que Durango es la más corrupta y cínica ciudad que haya parido en su demencia la historia? ¿Qué harán con tantos muertos? ¿Esperan que abarroten las calles?

El colega vuelve a poner el drive y de su boca sólo sale una especie de estrofa de corrido:

El gobierno dice que todo está en paz
que en Durango sólo se mueren los malos
que de la feria ganadera es de lo que uno debería estar hablando
en vez de estarse quejando.

POSDATA
En los días que estaré en Durango, tres cadáveres serán reconocidos:

El de Miguel Ángel Esparza, treinta y tres años. Desapareció el pasado 3 de enero en la colonia José Guadalupe Rodríguez. Si no hubiera sido porque los sicarios le dejaron la credencial de elector en sus pantalones, quién sabe hasta cuándo hubiesen dado con él. Lo encontraron en un jardín de dos metros cuadrados en la calle de Petunia.

El de un policía de Mazatlán. Fue levantado porque los Emes lo señalaron como soplón de los Zetas. Se irá a su pueblo en pedazos porque lo sacaron con un trascabo como si fuese cascajo.

Y el de Salvador Ávalos, veintidós años. De él apenas se sabrá que está bien muerto y que lo enterrarán como Dios manda: con flores, música y lágrimas.

EPÍLOGO
Antes de que despegue el avión y Durango se convierta en una ciudad de juguete, reviso la libreta de notas. El miedo de la gente ha dejado algunas historias inconclusas. Por ejemplo:

* La de los más de doscientos profesionistas que han desaparecido en Cuencamé los últimos dos años y que comprueba la teoría de que en la muerte los títulos importan un carajo.

* La de los policías estatales que fueron a masacrar a todo un pueblo en el municipio de Otáez, todo por robarse siete camionetas que, al final, se les quedaron atascadas.

* La del joven secuestrado cuyo regreso fue un milagro, un hecho histórico, gracias a que un narco, amigo de la familia, conocía a los secuestradores.

* La del joven que fue llevado a la fuerza a un rodeo de pueblo para una pelea clandestina, mientras los narcos apostaban en su contra.

* La de Gómez Palacio donde los cines cierran a las siete de la noche y los taxistas no cruzan a Torreón. Dicen que ahí, también, uno puede matar a quien quiera y no pasa nada.

* La de la tenue esperanza que descansa en la Marina, aunque en México jamás haya existido una policía que no acabe uniéndose al crimen, o muriendo.

* La de los jovencitos que aprovecharon el revoltijo en Villa Unión y secuestraron a su propio padre, sólo para matarlo y ellos ir a la cárcel.

* O la de la familia que estuvo secuestrada por un narco que huía de los militares.

Cierro la libreta y leo los poemas de Jesús Marín. Me quedo éste:

Pásele, viaje redondo al infierno, un tour por las tierras del sicario, conozca quién es quién en los cárteles, vea frente a frente el brillo de las R15, oiga zumbar las balas por el mismo boleto, llévese de recuerdo una cinta canela, la cabecita en el llavero, tómese la foto junto al último ejecutado, sea la envidia de sus amigos al ser levantado, atrévase a perder algo más que la cabeza, no sea culo, a nadie le preocupa una muerte más. Sea parte de las estadísticas, engrose con orgullo la lista de los caídos, atrévase a viajar por donde ni el ejército se atreve, sea hombrecito no un cabrón llorón. Ahora, en vez de seguro de viajero, te ofrecemos gastos del funeral. Viaje en bus tan cómodamente como en cualquier carroza funeraria. ¿No le gustaría dormir en una narcofosa? Sea descabezado por el mismo costo. Machete y sarape incluidos. En viajes a una muerte segura se lo garantizamos, ¡Welcome to Duranghetto! Los número uno en narcofosas. \\

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