Casinos vacíos

Había dinero de sobra, pero la crisis financiera estadounidense parece
haber dejado al descubierto el vicio compartido por toda la ciudad:
todo el mundo apostó fuerte y perdió. ¿Se recuperará algún día Las
Vegas?

Por Víctor Hugo Michel / Fotografía Luis García

"Las Vegas se levantará, como un ave fénix..."

“Las Vegas se levantará, como un ave fénix…”

Marzo marca el inicio de la temporada alta en Las Vegas, pero, el segundo lunes de ese mes, el aeropuerto internacional McCarran de Las Vegas amaneció semivacío, con muchos vuelos a la mitad de su capacidad y largas filas de taxistas impacientes a la caza de turistas. La nieve cubría todavía las montañas circundantes y hacía algo de frío.

“Need a cab?”, me preguntó un conductor de origen árabe al salir de la terminal. Le dije que no. Levantó las manos en señal de frustración y, molesto, se volvió a mezclar con sus compañeros, que mataban las horas viendo películas en pantallas portátiles.

De vez en cuando, la mirada de los conductores se despegaba de los monitores para dirigirse hacia las grandes puertas de cristal de llegadas internacionales y nacionales, con la esperanza de que más turistas arribaran pronto. Pero eso es algo que no sucedió, ni ha sucedido en dos años: desde que la economía global se fue a números rojos, en 2008 y 2009, el turismo de Las Vegas ha caído casi en unos dos millones de personas.

En el aeropuerto me topé con anuncios repletos de descuentos. Habitaciones de 19 dólares en el Vegas Club. Buffet de 4.99 dólares, todo lo que pueda comer, en el Station. Cortes de prime rib a 12.95 en el South Point. Coctel de camarones a 1.99 en el Golden Gate. Cerveza de a dólar en el Casino Royale. Un promocional prometía: “¡Venga al Sahara, donde su dólar se estira, se estira, se estira y va más lejos!”.

Para llegar a mi hotel, el Stratosphere —la torre más alta de la ciudad— tomé un auto rentado y manejé por unos treinta minutos en medio del tráfico de la calle Paradise. En el trayecto me llamó la atención el elevado número de indigentes y de negocios tapiados, clausurados o abandonados.

Al llegar al hotel, me encontré con un casino vacío. Eran las tres de la tarde y el neón le daba un tinte tétrico a los pasillos de las tragamonedas. Sólo algunas de las máquinas se encontraban ocupadas, principalmente por algunos viejos. Las mesas no estaban mejor: crupieres, muchas de ellas asiáticas con claras señales de aburrimiento, esperaban a que alguien se sentara a jugar póquer, blackjack, dados o ruleta. Más promociones y solicitudes complementaban la escena: “Venga a la Hora Feliz”, “Shows a mitad de precio”, “Gracias por la propina”.

No hace mucho, la revista Forbes publicó que Las Vegas es la peor ciudad para obtener un empleo en todo Estados Unidos. Otros medios la han nombrado “la zona cero” de la crisis inmobiliaria. Hoy, Nevada es el estado de la Unión Americana con el mayor número de hipotecas sin pagar y con la tasa de desempleo más alta.

Por encima de la media nacional, una quinta parte de su población está desempleada o en el subempleo. Veinticuatro por ciento de las oficinas se encuentran vacantes y los lotes industriales reportan dieciséis por ciento de desuso. Una de cada siete casas ha sido perdida por sus dueños. La economía se ha contraído en quince por ciento.

El efecto de la crisis no ha sido tan evidente en The Strip, la principal avenida de la ciudad, sobre la que se asientan sus más grandes casinos. Las prostitutas trabajan, los ejecutivos caminan y los grandes grupos de turistas entran y salen de los hoteles de lujo.

La música electrónica suena continuamente en los altavoces distribuidos por la avenida, en la que es posible apreciar a mujeres que parecen modelos y que caminan con bolsas de compras de algunas de las boutiques más caras de Estados Unidos. Pero ir de compras es sólo parte de las ofertas que Las Vegas tiene en esta calle, en la que también es posible rentar limusinas tipo Hummer de quince metros de largo con champaña fino en el refrigerador, cenar en restaurantes de cinco estrellas y hospedarse en villas privadas por seis mil dólares la noche.

Como en ninguna otra calle de Estados Unidos, The Strip es un lugar donde se puede obtrener sexo sin que la policía moleste. ¿Quiere acompañantes rubias, morenas, asiáticas o pelirrojas con tarifas que ascienden a mil dólares la hora? Únicamente hay que elegir de entre los volantes que reparten decenas de trabajadores mexicanos en la calle, a la voz de “girls, girls, girls”.

En la avenida también hay una fauna local que incluye a centenares de clones de Elvis Presley de todos los tipos (Elvis negro, Elvis asiático, Elvis enano, Elvis con senos) y a actores callejeros de tipo variado. También, existen clubes nudistas de cinco estrellas, apuestas de alto nivel y extravagancias como la réplica de la Plaza de San Marcos de Venecia con todo y canales, así como una copia de Manhattan.

Pero muchos de esos casinos que brillan por la noche están endeudados, a punto de ser vendidos o en proceso de recuperación. Como esqueletos de ballenas, las vigas de grandes hoteles —el Echelon y el Fountainebleau— se mantienen al aire libre, sin inversionistas ni capital suficiente para terminar su construcción.

Aunque no está propiamente sobre la calle, muy cerca del bulevar Las Vegas se encuentra un casino donde la crisis tuvo hasta consecuencias mortales. Para llegar hay que recorrer la mitad de The Strip, doblar en Flamingo y después dar vuelta a la izquierda en la calle Paradise. Es un edificio al que se le reconoce por la enorme guitarra que sobresale de su estructura. Bienvenidos al Hard Rock Casino.

La mañana del 9 de octubre de 2010, un disparo presagió el fin de una era. Las autoridades encontraron el cuerpo de Andrew Randy Kwasniewski, presidente del Hard Rock Casino, en su mansión. Junto a su cadáver hallaron una escopeta de cacería. Los ecos de la detonación resonaron por toda la ciudad. Randy era un carismático ejecutivo que había comandado la expansión más grande en la historia de la cadena. Y ahora estaba muerto. Todo apuntaba a que se trataba de un suicidio.

Dejó una esposa, dos hijos y una sociedad conmocionada por la pérdida de uno de sus empresarios más reconocidos, con una impresionante lista de contactos en el mundo del entretenimiento que le había permitido llevar a grandes estrellas como los Rolling Stones, Coldplay, David Bowie y los Nine Inch Nails a tocar en el casino.

En una de sus últimas apariciones, en febrero de 2009, Kwasniewski había prometido revolucionar el show business de Las Vegas. Había firmado con Paul McCartney para presentar un espectáculo de primer nivel en el casino. “Nuestro nuevo salón de conciertos será sofisticado, íntimo y auténtico. Algo que esta ciudad jamás haya visto”, dijo.

Pero varios meses después del anuncio y apenas a cuatro semanas de su muerte, los ejecutivos del Hard Rock reportaron que la compañía tenía una deuda de 1.3 mil millones de dólares y pérdidas por hasta ochenta millones de dólares acumuladas únicamente en 2010.

Poco a poco, al presentarse los reportes financieros para 2009 y 2010, se descubrió que la crisis económica y bancaria no era exclusiva del Hard Rock y que se había extendido a los demás casinos —empresas como el Rio, Wynn, Encore, The Palazzo y The Venetian—, que se vieron obligados a despedir a miles de trabajadores.

El Tropicana se declaró en quiebra. Los casinos Station hicieron default en sus créditos. MGM solicitó un préstamo de quinientos millones de dólares para responder a sus deudores. Otros casinos pequeños siguieron. Sin la capacidad de maniobra de las megacorporaciones, muchos literalmente reventaron a lo largo de 2009 y 2010.

“Estamos viviendo una montaña rusa económica”, me explicó Jeremy Aguero, director de la firma Applied Analysis, una consultoría local. “Las Vegas se encuentra hoy en la más difícil recesión de su historia, y los casinos se han llevado un golpe muy fuerte. Han perdido miles de millones de dólares”.

Algunos ya tiraron la toalla. El Sahara, uno de los casinos históricos de Las Vegas y que por meses intentó atraer a más turistas con ofertas como las que vi en el aeropuerto —“¡Su dólar se estira y va más lejos!”—, anunció recientemente que cerraría sus puertas para siempre en mayo.

El colapso económico ha afectado incluso a una de las rocas sobre las que se construyó la fama de Las Vegas: el legado de Wladziu Valentino, mejor conocido como Liberace. Su museo, en algún tiempo la segunda atracción más popular en el estado de Nevada sólo por detrás de la Presa Hoover, debió cerrar sus puertas a finales de 2010 ante la caída en el número de visitantes y la falta de recursos para mantener sus operaciones.

La enorme colección de vehículos del pianista (incluido un Rolls-Royce tapizado con lentejuelas) yace hoy empolvada, en espera de que se decida su destino. Sus afamados trajes exóticos, emplumados y de colores, pantalones cortos y capas con chaquiras han comenzado a ser empaquetados en cajas con bolas de naftalina para una eventual gira por todo Estados Unidos.

La mayoría de los espectáculos también ha resentido la recesión. Algunos han logrado salvar la peor parte y aún se mantienen con buenas cifras, como Love, el musical del Cirque du Soleil que narra la historia de los Beatles. Pero otros, como Bite, una revista topless de vampiros, están por debajo de las expectativas y tienen lugar en medio de auditorios semivacíos.

Busco a Wayne Newton, una de las últimas luminarias que quedan en Las Vegas, un hombre que compartió época con Presley, Liberace y Sinatra, para conocer sus impresiones sobre esta crisis.

Su rancho está al sur de la ciudad, en Pecos Road, un barrio de clase media cuyas casas contrastan con la mansión de Newton. Le llaman Casa de Shenandoah. Tiene 5.2 hectáreas en las que pastan cuarenta caballos pura sangre valuados en un millón de dólares cada uno. Cuenta con un zoológico privado dotado de canguros y pingüinos sudafricanos. A la distancia es posible apreciar un alerón por encima de una barda. Es lo que queda de su jet privado.

La reja de entrada al rancho está custodiada por dos leones bañados en pintura dorada. Cuando toco el timbre y me anuncio, las puertas, forjadas en hierro, se abren hacia un largo camino de cedros desprovistos de hojas. Dos guardaespaldas corpulentos me reciben y me escoltan a la casa, que una cuadrilla de albañiles y jardineros mexicanos remodela. Después me entero de que es su enésimo lifting.

Newton está por terminar una entrevista previa, con una televisora de Varsovia que ha venido a realizar un reportaje sobre sus dos caballos polacos pura sangre. “Los comunistas eran grandes criadores. No dejaban nada al azar…”, alcanzo a escuchar que dice.

Está sentado al centro de la sala principal de la casa, un espacio que más bien parece extraído del Palacio de Versalles, decorado con muebles Luis XV, un clavicordio, huevos de Fabergé, estatuillas grecorromanas, una alfombra turca con gemas incrustadas y columnas dóricas de mármol coronadas por hojas de laurel teñidas en lo que, puedo suponer, es oro.

La mesa de centro, enmarcada por cuatro pequeños querubines con trompetillas en las manos, sostiene una colección de botellas de cristal cortado. La alfombra, de color blanco, tiene no menos de diez centímetros de espesor. Y aun así, por alguna razón, el pasamanos de la escalera es de plástico transparente.

En una era de imitadores de estrellas, comediantes, ventrílocuos y magos con tigres blancos, Newton, de sesenta y ocho años, es prácticamente una reliquia, el último de una estirpe de artistas que hicieron de Las Vegas y los casinos su hogar. Lo llaman The Midnight Idol, Mr. Entertainment y Mr. Las Vegas. No nació aquí —proviene de un pueblo de mineros en Virginia—, pero arribó desde adolescente, y ha visto el crecimiento, auge y caída de la ciudad a lo largo de los últimos cincuenta años.

“¿Mal? Sí, lo estamos, de eso no queda duda”, me dijo.

Newton, como muchas de las personas con las que converso, tiene identificado el momento en el que la crisis inició. Supo que Las Vegas se había jodido cuando salió al escenario del casino Harrah’s para dar uno más de sus tradicionales conciertos de temporada y el auditorio no estaba lleno. Era el verano de 2009. “Como siempre, comencé cantando con ‘Viva Las Vegas’ y vi que no había tanta gente como antes —me dijo—. A mí no me pegó tan fuerte porque he construido una base de admiradores muy grandes, pero a otros espectáculos de la ciudad… vaya que les fue mal”.

En The Strip es posible ver varios ejemplos. Los boletos de los shows que no son de primer nivel —como Love— se venden a veces hasta con cuarenta por ciento de descuento.

Newton, que hoy ha puesto en pausa sus shows, lleva una camisa negra abierta hasta el cuarto botón y un collar con un colmillo que cuelga en el centro de su pecho. Calza botas vaqueras y un pantalón ceñido. Está en buena forma para su edad. Indudablemente, gracias a los tratamientos estéticos también ha logrado mantener su rostro como el de una persona de cuarenta años.

Pero de todas maneras el tiempo ha pasado, es posible notarlo por la nostalgia en sus comentarios.
—Nosotros en Las Vegas teníamos una ciudad única. Excepcional. Es la única ciudad de Estados Unidos que nació para ser lo que es. No es Atlantic City, que ya era una ciudad antes. No es Disneyland o Disneyworld, que forman parte de otras ciudades. Las Vegas siempre fue lo que es, y es una gran ciudad. Pero lo que le han hecho a la ciudad en los últimos años la ha dejado así.

—¿Qué le hicieron?
—Hay un punto en el que ya no puedes exprimirle más dinero a la gente. Las Vegas fue construida sobre el entretenimiento y el servicio. Cuando la gente venía, sabía quién la iba a atender. Te llamaban por tu nombre de pila. Pero al adueñarse las corporaciones de todo, se volvió fría. Impersonal. Y sobre todo, voraz.

A lo que Newton se refiere es un fenómeno que ha ido tomando forma en las últimas décadas y que arrancó con la llegada de Howard Hughes a Nevada en los cincuenta. El millonario compró varias propiedades y comenzó la era del casino corporativo. La mafia, que hasta entonces había dominado la ciudad por medio de virreyes como el afamado gánster Bugsy Siegel, terminó por ser expulsada de Las Vegas. No podía competir económicamente.

Desde entonces, el crecimiento corporativo de Las Vegas no se ha detenido. Hoy, cuatro conglomerados —MGM, Harrah’s, Boyd y Wynn— acaparan gran parte del mercado.

Newton no oculta su molestia por lo que define ha sido el “distanciamiento” hacia el visitante bajo un modelo hipercapitalista. “Quizá después de la crisis los hoteles comenzarán a regresar al sistema con el que se hicieron exitosos. Porque cuando uno quiere ir a un espectáculo ahora, te cobran doscientos, trescientos dólares. Eso es una locura. Y es una locura si consideras que en 1965 podías ir a ver a Frank Sinatra, Dean Martin, Joe Bishop, Sammy Davis Jr. y a Peter Lawford, en el mismo show, la misma noche, a un costo de entrada de 5.95 dólares.
¡Hasta te daban de comer!”.

En particular, me sorprende el enojo, la rabia, que tiene Newton hacia Barack Obama, el presidente de Estados Unidos. En febrero de 2009, justo cuando la crisis comenzaba a tomar velocidad, el mandatario hizo un comentario que aún se recuerda con molestia en Las Vegas.

“[En medio de una crisis,] no puedes tomar jets corporativos. No puedes ir a Las Vegas ni festejar en el Superbowl con el dinero de los contribuyentes”, dijo Obama, en referencia a lo que definió como “gastos innecesarios” en una recesión.

La gente piensa que esta frase contribuyó al enfrenón de Las Vegas y causó que decenas de convenciones de grandes corporaciones, temerosas de enfurecer a Washington en un momento en el que muchas necesitaban de rescates financieros gubernamentales, cancelaran sus eventos en los casinos.

“Cuando el presidente dijo eso, nos cancelaron de la noche a la mañana de doscientas a trescientas convenciones”, dijo Newton que, por ahora, ha preferido buscar otros horizontes, tocando en Australia, Francia y Nueva Zelanda.

Apenas este año arrancó su más reciente tour. El nombre resulta apropiado para el momento que vive la ciudad: Una Última Antes de Irme.

La entrada del Cosmopolitan, un casino inaugurado en 2010, en plena recesión, está construida con mármol veneciano, sus techos iluminados con pantallas colmadas de estrellas que cambian de posición conforme transcurre la noche. La barra de su bar principal se encuentra recubierta por una cortina de cristal que da a sus visitantes la sensación de estar en el interior de un candelabro francés, y las paredes se encuentran adornadas con obras de arte pop. Su torre de departamentos, con una ligera inclinación, ha sido elogiada por su atrevido estilo arquitectónico y belleza visual. El proyecto costó 3.9 mil millones de dólares.

Éste fue el último casino que alcanzó a abrir sus puertas antes de que la crisis detuviera la economía, y todo apunta a que también será el último que la ciudad habrá de ver en muchos años. En medio de su opulencia, de hermosas meseras veinteañeras en faldas cortas, música de jazz en vivo y crupieres vestidos elegantemente, se puede atisbar la crisis: hay algunas áreas todavía no se inauguran.

Algunos rasgos de la depresión económica pueden verse también en los puentes peatonales que conectan al casino con un centro comercial subterráneo repleto de tiendas chic y restaurantes con precios exorbitantes. Junto a un ejército de mujeres y hombres a la última moda que caminan rápidamente de un lado a otro, músicos callejeros e indigentes se han establecido en los pasillos para pedir dinero.

“Veterano de guerra. Ayúdeme”, dice un letrero sostenido por un indigente que lleva una chaqueta militar, con diseños de camuflaje. En manos de una mujer, una cartulina más dice: “Tengo hambre”.

Al norte, a unos veinte minutos de los casinos, la comunidad de Aliante, un suburbio de clase media alta construido hace una década, es donde se pueden ver de manera más clara los efectos de la dislocación económica. Casas con letreros de “Se vende” se encuentran por doquier, junto con restaurantes eviscerados, centros comerciales abandonados y oficinas que se ofrecen a precios de ganga mediante cartelones que promueven facilidades.

A unas cuadras de Aliante se encuentra la zona más brava de la ciudad. Manejo ahí, justo al lado de la autopista Great Basin, para ver cómo ha golpeado la crisis a los nuevos pobres. Son profesionistas, asalariados y trabajadores (meseros, recamareras, barrenderos de los casinos) que cayeron entre las grietas de la crisis; pasaron de la clase media a la baja y después a la calle. Han terminado en el albergue Rescue Mission, una organización religiosa dedicada a la asistencia social.

Ubicada a sólo unos minutos de la sierra, ésta es la zona que el escritor Hunter S. Thompson describió como el exilio en su clásico libro Miedo y asco en Las Vegas. Aquí es a donde vienen a parar todos los que tienen prohibida la entrada a The Strip y que han sido expulsados del centro de la ciudad o ya no pueden pagarse visitas al lujo.

Cuando llego al albergue de Rescue Mission noto que, irónicamente, la calle sobre la que se encuentra el albergue se llama Camino Bonanza. Bajo un espectacular que anuncia “Jesus Loves You” hay hombres y mujeres sentados en las banquetas, sin nada que hacer más que de vez en cuando limpiar algunos parabrisas o pedir limosna a los pocos vehículos que se atreven a cruzar la zona.

En la entrada, tras registrarme en una caseta de seguridad, me recibió John Fogle, director del centro. “En el último año tuvimos que expandir nuestra operación para atender a toda la gente que necesita ayuda”, me dijo, mientras caminábamos junto a las barracas.

“Ésa es para mujeres y niños. Ésta, para hombres”, dijo. Apuntaba con la mano a varios edificios de dos pisos con pinta de hotel de una estrella. Afuera, sentados en sillas y mesas de plástico, pasaban el rato varios de sus habitantes. Algunos parecían autómatas, rotos, a la espera de algo.
Me llamó la atención un hecho en particular. A diferencia de otros albergues en los que he estado, vi que no sólo había minorías étnicas. También había blancos. Niñas rubias corrían por el estacionamiento jugando a las escondidillas.

Fogle me explicó que esta crisis tuvo un elemento de equidad. Golpeó a la gente por igual y sin distinción racial. En especial se vio afectada la clase media. “Hemos visto un incremento en la atención no sólo a personas que podrías decir que son los tradicionales indigentes, como el hombre solitario o el vagabundo. Ya no es ese estereotipo. Ahora tenemos familias enteras a las que les embargaron la casa o el departamento. Personas que lucharon para evitarlo, pero que están aquí, en este albergue, porque ya no tienen a dónde ir”, señaló.

Fogle, un rechoncho activista rubio que ríe constantemente, tiene fe en que las cosas no pueden empeorar más y salpica sus palabras con frases como “Oh, boy”. Según sus cálculos, quince mil personas están en este momento en situación de calle en Las Vegas, un máximo histórico. El albergue sí está al tope de su capacidad: ciento diez personas viven de forma permanente bajo su techo. Unas treinta mil comidas se sirven al mes, gratis, en la cocina comunitaria, y catorce mil despensas del gobierno federal son repartidas mensualmente para ayudar a las familias que aún no han caído en la indigencia pero que están en riesgo de hacerlo.

“Son tantas familias, ¿sabe? Cuando entrevistamos a nuestros huéspedes (así define a las personas que terminan aquí) nos damos cuenta de un fenómeno adicional. Muchos tienen buenos historiales laborales, educación, algunos hasta títulos universitarios”.

Para darme una idea de cómo la crisis barrió con los de en medio, Fogle me contó el caso de un técnico de rayos X que, hasta hace seis meses, trabajó en uno de los hospitales de la ciudad en un empleo bien pagado, con seguridad social, prestaciones de ley, todo.

“Tenía una posición decente. Pero lo despidieron. No pudo encontrar otro empleo y su esposa terminó con un problema médico. Una cosa se fue apilando sobre la otra y eventualmente se comieron sus ahorros y ya no pudieron pagar su hipoteca. Perdieron la casa. Ahora están aquí”.

Para hacer frente a la demanda de asistencia, Rescue Mission está por abrir un nuevo albergue con otras ciento diez camas más para hombres, cincuenta para mujeres y sesenta para niños. Es decir, casi triplicará su tamaño original. Fogle me llevó al nuevo edificio que aún está en obra negra, y que en un futuro no muy lejano, albergará a algunos de los miles de damnificados de Las Vegas.

Esperan concluir su construcción justo para el verano, cuando las altas temperaturas hacen imposible estar en la calle.

Por cincuenta años, Las Vegas fue el ejemplo de qué tan bien y explosivamente puede funcionar el modelo estadounidense de laissez faire. Con sólo el mercado como guía, un gobierno mínimo y en apenas dos generaciones, esta región desértica saltó de pueblo de paso a enorme ciudad. Fue la metrópoli de más rápida expansión poblacional en el país: entre 1960 y 2010 pasó de doscientos mil habitantes a dos millones.

Sin embargo, desde lo que ya se conoce como la Gran Recesión, la ciudad se ha encontrado con que después de todo sí necesitaba un gobierno.

“Somos una economía de primer mundo con instituciones de tercero”, me dijo Brian Paco Alvarez, un historiador local con quien conversé en lo que queda del museo de Liberace. Brian me contó que el tamaño de la crisis a veces ha tenido aspectos de comedia: los albergues de mascotas de la ciudad han recibido a miles de perros y gatos huérfanos, dejados atrás por personas que han huido de los bancos y sus acreedores.

Sobrepasado por el fenómeno de mascotas abandonadas, el gobierno local instauró recientemente un bando para tratar de detener el alud de perros y gatos callejeros. Ordenó esterilizaciones masivas.

“Las Vegas se levantará, como un ave fénix. Pero no sé cuándo”, me dijo Alvarez.

Para llegar a la alcaldía es necesario saltar la autopista de los Veteranos, que con sus seis carriles de concreto hidráulico hace las veces de muro de contención entre la parte paupérrima de la ciudad y el viejo centro. Cuando llego al cabildo, un edificio sin mayores pretensiones, me recibe una circular. Es a la que se refería Alvarez: “Recuerde, hay que esterilizar a su mascota”.

Subo al último piso y encuentro al alcalde Oscar Goodman, un funcionario que ha tratado de dirigir los destinos de Las Vegas durante doce años y a quien le tocó ver cómo la ciudad alcanzó el cielo para después reventar económicamente.

“Aquí no hubo crisis. Lo que hubo fue… un cambio”, me dijo Goodman, autodefinido como “el hombre más afortunado del mundo” y al que le gusta desfilar de casino en casino con un trago en la mano y showgirls emplumadas del brazo. A lo largo de su curiosa carrera no sólo ha fungido como rabino, sino de abogado de mafiosos como Meyer Lansky, Frank el Chueco Rosenthal y Anthony Tony La Hormiga Spilotro. Un actor lo representó en la película Casino, de Martin Scorsese. Además de sus labores políticas, fue designado como portavoz de la ginebra Bombay (es un ávido bebedor que inicia su día con un gin tonic).

Para la entrevista, Goodman me citó en su oficina, en el edificio de la vieja alcaldía. Irónicamente, la nueva sede del gobierno de la ciudad, que ha costado 142 millones de dólares, aún está en construcción, justo enfrente del Centro Comercial Las Flores, otro de tantos proyectos que en Las Vegas se encuentran suspendidos por falta de capital.

La oficina de Goodman es un breve paseo por la historia de uno de los políticos más interesantes y peculiares de Estados Unidos. Tiene fotografías de todo tipo de personajes y distintas estrellas del espectáculo que en algún momento han hecho escala en Las Vegas. Sobresale una, aún envuelta en papel celofán, en la que posa junto a Michael Jackson. Fue tomada el día previo a que se acusara al difunto Rey del Pop de pederastia, y tiene escrito, en plumón negro, una pregunta de su secretaria: “¿Quiere que desempaquemos esta imagen o la mandamos a almacenaje?”.

En uno de sus sillones descansa la cabeza de un caballo de plástico, regalo de uno de sus tantos defendidos de dudosos orígenes. “Cuando me la dieron —aseguró Goodman— estaba teñida con pintura roja, como si fuera sangre. Era como decir: ‘Ésta es una oferta que no puedes rechazar’. Pero como luego vienen niños a la oficina, usé el quitaesmalte de uñas de mi esposa para que se viera más decente”.

“¿Qué le pasó a Las Vegas?”, le pregunté. “¿Pasar de qué?”, me respondió. “La crisis”, insistí. “¿Cuál crisis?”, replicó. “La que afectó a la ciudad”, añadí.
“Ah, eso”.

Sin perder la sonrisa, explicó: “La verdad sea dicha, Las Vegas está en gran forma. Tenemos los mejores hoteles del mundo, la mejor comida del mundo, el mejor shopping del mundo, los mejores artistas del mundo. El problema… es que el mundo no está gastando lo que antes gastaba aquí. Ellos son los que están en mal forma. Nosotros no tenemos la culpa”.

Una broma suya muestra el sentido del humor negro que se ha posado sobre Las Vegas.
—¿En qué hotel se está quedando? —me preguntó.
—El Stratosphere.
—Ah, sí. Les está yendo bien, ¿no? Mucha gente está saltando de su techo.

Goodman se retirará al final del año después de tres periodos consecutivos como alcalde, y todo se encamina a que su esposa, puntera en casi todas las encuestas, lo sucederá en el cargo, es una señal de que la población local no lo culpa de una crisis que se inició en Wall Street.

Como Newton, Goodman recuerda casi el momento exacto en el que Las Vegas inició su descenso al bache que hoy vive. Fue a principios de 2009. “Pasó en una sola noche. Estaba tomando un café con el presidente de un casino. Me dijo que esperaba una llamada muy importante del banco para conseguir un crédito y expandir el hotel. De repente, toma su teléfono y me dice: ‘Debo contestar esta llamada, ya debe estar el crédito’. Se fue algunos minutos. Cuando regresó estaba pálido. Blanco como si hubiera visto un fantasma. Le pregunté qué había pasado y sólo me pudo decir: ‘El mercado se acaba de secar. No hay préstamos. Se acabó’. Por eso, cualquiera que me diga que sabía que esto le iba a pasar a Las Vegas es un mentiroso”.

—¿Hubo algún momento en el que se deprimiera por lo sucedido?
—De lo que me di cuenta es de qué tan buenas eran las cosas antes. Ha sido como una experiencia religiosa. Como alcalde viví nueve años de bonanza. Era como José [el personaje bíblico] en su sueño. Primero vino la abundancia y después la hambruna. Pero es una hambruna temporal.

Regresé a The Strip. Y entré al bar del Cosmo, donde las cámaras de seguridad me grabaron. No por mí, sino por mis acompañantes: Tony Curtis y un hombre de cola de caballo al que sólo llaman Robert, dos de los apostadores más temidos de Las Vegas, jugadores que saben ganarle a la casa en el blackjack. No sé si tienen un sistema. Pero saben su negocio.

“Yo diría que lo más cercano a describir lo que le pasó a la ciudad es que se fue al diablo”, me dijo Curtis, un apostador experimentado que ha vivido por años en Las Vegas y que ha presenciado, en primera fila, la caída de la ciudad en un profundo pozo.

Curtis vestía una gabardina. Llevaba los pantalones abultados. Cuando metió la mano para pagar su bebida, un ron con coca, me di cuenta de por qué: llevaba grandes fajos de billetes consigo. Trabajaría las mesas esa noche.

“Sí, Las Vegas se hundió. ¿Quiénes tienen la culpa? Todos la tenemos. Gastamos más allá de lo que podíamos. Nunca pensamos en el mañana. Había dinero de sobra y a nadie le preocupaba qué podía pasar. Apostamos y perdimos”, resumió el jugador, un genio matemático que se ha hecho rico ganando torneos de blackjack y a quien todos conocen en Las Vegas.

Entre la comunidad local le llaman con respeto Mr. Tony, y su teoría es que lo peor ha pasado porque realmente, en serio, las cosas no pueden empeorar más, porque si así fuera la ciudad reventaría. El descenso de Las Vegas ha tocado a todas sus clases sociales. Desde el millonario hasta el hombre de la calle.

Curtis, quien hoy explota las mieles de su fama como consultor para estudios de cine en Hollywood, también es editor de la revista Las Vegas Advisor, el semanario más influyente de la ciudad. Lo único que sé de Robert es que tiene varias identificaciones (me muestra dos licencias de manejo y una credencial) y que sabe disfrazarse para entrar a los casinos: veo una foto con Robert de bigote, otra rasurado, una más con lentes…

“Diría que lo peor ya pasó. Estamos al final del túnel —aventuró Curtis—. Pero la ciudad quedó tocada. Muchas corporaciones han decidido diversificar sus inversiones en Macao. Los ejecutivos se dieron cuenta de que no podían poner todos sus huevos en la misma canasta”.

Según Curtis, la ciudad y su clase media perdieron, no así algunos de los empresarios de hasta arriba que supieron leer la catástrofe antes de tiempo. “Los dueños de los casinos más exitosos son tipos duros. Son vivales que tiran a ganar. Los demás se jodieron. Pero los ejecutivos aún tienen sus bonos de millones de dólares”.

Antes de irse a jugar, Curtis me dijo que los últimos tres años han sido una verdadera prueba para el carácter de Las Vegas. La ciudad se ha endurecido. Pero también está lista para dejarse ir y perderse en la fiesta. Aunque precariamente, debido al estado de la economía estadounidense y el riego de una nueva recesión, cada mes el número de visitas sube un poco más y las apuestas en la ruleta y las mesas son un poco más jugosas.

“Cuando la fiesta comience otra vez —y verá que comenzará otra vez— esta ciudad vivirá la más grande celebración de la historia. Cuando haya dinero otra vez en las carteras, esta ciudad va a reventar como una botella de champaña. Será una orgía para recordarse”, afirmó.

Puede ser. Pero aún está por verse si la próxima detonación vendrá del sonido de miles de botellas de champaña descorchándose, como predice Curtis. O si, como sucedió con Kwasniewski, provendrá de las alcobas de algunos ejecutivos deprimidos. \\

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