Un vaquero cruza la frontera en silencio

Gerónimo González Garza nació sin poder oír ni hablar, pero eso no le impidió irse de joven a Estados Unidos a trabajar y hacer una vida allá ni tampoco volver a su país, mucho tiempo después, y viajar por carreteras de Tamaulipas y Nuevo León, en medio de la guerra sin voz que se libra en el noreste de México.

Por Diego Enrique Osorno / Fotografía Rodrigo Vázquez

Madre arroja la panza de la vaca y ésta hace saltar el agua hirviente de la olla de peltre azul. Ahora lanza una pequeña cosa deforme que debe ser la pata de la res, luego vienen los tomates, el romero, la yerbabuena, el ajo y el orégano. Casa tiene una fragancia de especias los fines de semana. Ahora cuando percibo el aroma de ciertos condimentos naturales suelo recordar la crisis económica de diciembre de 1994 en México.

Padre se levanta temprano y vacía el cocido de la olla en platos de hielo seco. Los mete con mucho cuidado en el carro, como si fueran un tesoro recién desenterrado: que no se derrame ni una gota, que no se caiga ninguna piedra preciosa, que el menudo, la sopa de estómago, llegue a salvo a su destino.

En Monterrey suele comerse barbacoa los domingos, pero los amigos de Padre son amigos de a de veras. Las mañanas de los domingos de 1995, en lugar de comer barbacoa, prueban el menudo que le compran a Padre.

Entre semana, Madre mete otras cosas a la olla que siempre parece tener agua hirviendo. Mete pollos, mete arroces, mete verduras. Después Padre los acomoda entre los delgados recipientes y el destino de los platillos ahora queda mucho más cerca. Va uno para la vecina de junto, otro para la de enfrente, para los de la vuelta, para el que se acaba de cambiar a la cuadra, para la señora enojona que poncha pelotas de futbol y para las amigas de Madre, que también son sus amigas de a de veras.

La cocina de Casa es la cocina del barrio. En el noreste de México no hay fondas. No se usa la palabra fonda. Pero Casa es una fonda. Una fonda que ofrece servicio de comidas a domicilio.

Y el tema de todos los días en la fonda es Casa. Sí, Casa es al mismo tiempo la fonda, pero por un momento Casa es otra cosa que nada tiene que ver con las paredes y los techos entre los que transcurrió mi infancia y adolescencia. Entonces, la palabra Casa remite a problema. Casa significa incertidumbre, banco, riesgo, mal, desempleo, pelea y, sobre todo, una extraña y muy agresiva palabra: Hipoteca. Hipoteca es la palabra que nadie quiere oír, decir, en Casa.

Alguna avanzada civilización del futuro habrá de conseguir borrar esa palabra de los diccionarios.

discriminación sordos migración tamaulipas nuevo león, int1

Pero en aquel año, la palabra Hipoteca está ahí, en el habla de todos los días, aunque se pronuncie poco.

La olla hirviendo de Madre desafía a la palabra Hipoteca, los platos de hielo seco de Padre también, sin embargo, en estos tiempos de crisis (se dice que todo por un “error de Diciembre” que devaluó el peso y mandó al cielo las tasas de interés) la palabra Hipoteca es muy poderosa. No se le gana con el aroma del orégano ni con amistades de a de veras.

Para que la palabra Hipoteca nos deje tranquilos hace falta algo más.

Un día Tío envía quince mil dólares desde Estados Unidos. Ese día la palabra Hipoteca pierde una batalla y deja en paz a Casa.

Tío es un vaquero que cruza la frontera en silencio. Se llama Gerónimo González Garza.

Prometí que alguna vez relataría su historia.

Uno
Desmontaron. Amarraron los caballos bajo la sombra del mismo árbol. Caminaron. Cada uno con su escopeta. Hablaban en voz baja con frases parcas. Ojos negros alertas de Magdaleno y ojos café claro alertas de Gerónimo. Media hora, unos kilómetros después, no encontraban a qué animal disparar, no se veía ningún alma, ni siquiera una tarántula. El viento caluroso resecaba la vida en el monte.

discriminación sordos migración tamaulipas nuevo león, int2

Ana, esposa de Gerónimo, en la casa de San Antonio, con su perro chihuahueño Dumb.

Se despegaron para tener más posibilidades de que apareciera la buena suerte mientras exploraban. Pasó un rato y se oyó al fin el primer disparo de la cacería. El único disparo. Magdaleno corrió a mirar entre el matorral, pero en vez del animal vió tirado el sombrero de Gerónimo. Gerónimo estaba hincado, tenía un orificio de bala en el cuello y sangraba. Murió pronto.
Magdaleno volvió a buscar el caballo. Lo desató y después fue a entregarlo, junto con el sombrero y el cadáver de su mejor amigo. Contó con detalle lo que había pasado y dijo que podían hacer con él lo que quisieran. La familia desterró a Magdaleno de Sabinas Hidalgo, Nuevo León. No regresó nunca. Algunos dijeron que cruzó el río Bravo y luego, luego se colgó en un mezquite del rancho ganadero de Texas, donde había conseguido trabajo de peón.

Pasaron los años, y el 24 de mayo de 1953, en su casa en los alrededores de la terminal camionera, María de Jesús Garza parió a un bebé de poco más de dos kilos, con mucho pelo cuando se apareció por el mundo. Al bebé le cortaron el ombligo y se lo enterraron en Monterrey, el lugar donde nació. El padre, Guadalupe González, estaba contento de que fuera varón. Quería uno para ponerle Gerónimo, como se llamaba su hermano muerto de forma trágica por una bala salida del rifle de su mejor amigo.

Dos
Gerónimo gatea unos segundos y luego se desploma. Parece distraído. Algo raro pasa y sus padres creen saber qué es, pero lo llevan al hospital para enterarse bien. Madrugan y los atiende un médico del Seguro Social. Revisa al bebé, le toca las orejas, habla frente a él con distintos tonos, graves y agudos. Después el médico se pone serio y pide a los papás que vayan a un laboratorio para que le practiquen estudios del oído. Diez días después regresan. El médico los recibe con la misma voz seria de la otra vez. Ahora la usa para darles la noticia de que Gerónimo no escucha ni va a escuchar nunca, que cuando mira las cosas no tiene conciencia del sonido: es sordo profundo. Todo para él será una película muda. Van a tener que hablarle con las manos para que no se vuelva loco. Como mímica. Le van a mostrar que no hay que comer con la boca abierta, o que cuando necesite tomar leche tiene que indicarlo con su manita. Ellos lo harán, el pequeño Gerónimo los verá y esperarán a que los imite. Hay que tener paciencia. No es cualquier cosa: crearán un lenguaje propio para comunicarse. Así le tendrán que ir mostrando la vida.

Los padres escuchan al médico y sus consejos. Más o menos saben lo que tienen que hacer. Graciela, otra de sus hijas, también nació con sordera hereditaria. Han investigado y saben que en la familia del padre de Gerónimo hay sordos, por lo menos desde dos generaciones atrás. Debido a la sordera profunda, Gerónimo no conocerá los sonidos y no podrá usar sus cuerdas vocales para hablar, aunque éstas no tienen ningún daño. Toda persona que nace con sordera no puede usar su laringe, su voz.

El papá de los pequeños Gerónimo y Graciela se llama Guadalupe González. Trabaja de lunes a viernes en Tráilers de Monterrey, S.A. de C.V. La pequeña empresa tiene un galpón en el que atracan todos los días camiones ruidosos provenientes de Estados Unidos. En la carga traen aceitosas transmisiones de coches, equipo médico obsoleto, cables multicolores descarapelados, tubería hidraúlica rota, muebles hechos pedazos… El trabajo de Guadalupe es pesar la chatarra y regatear lo más que se pueda el pago con los chatarreros.

La mamá de Gerónimo y Graciela se llama María de Jesús Garza. Ella trabaja haciendo chorizo rojo que vende en el barrio de Monterrey donde viven. Antes habían pasado largo tiempo en Rancho Nuevo, un ejido de Los Ramones, Nuevo León, unos ciento cincuenta kilómetros al norte de la ciudad. Era una buena porción de tierra que María de Jesús heredó, pero tenía el suelo fracturado, de esos que no se dejan sembrar con facilidad, y por eso tuvieron que emigrar a la ciudad.

Los fines de semana, para completar los gastos de la familia, Guadalupe recorre en una camioneta pick-up Ford guinda las dos horas de camino a Rancho Nuevo, acompañado por un paisaje solitario, un mezquite aquí, otro por allá. Ahí mata cabritos que luego comercia en Monterrey. Si es el cumpleaños de alguno de sus hijos u otra fecha en verdad especial, mata una de las vacas que comen de los raquíticos pastizales del rancho. De la panza de la res salen mucha barbacoa y un menudo que les dura varios días y los pone contentos a todos.

En ocasiones no hay tiempo para matar a los animales en Rancho Nuevo, y el sacrificio se hace en la casa de Monterrey. No es raro que aparezcan cabritos muertos tendidos en el patio de la pequeña vivienda, como si fueran ropa recién lavada esperando secarse.

De los seis hijos de la familia González Garza: María de la Luz, Graciela, Teresa, Guadalupe y Martha, Gerónimo es el que más colabora con la matanza de los fines de semana; sus hermanos estudian y su tarea incluye ayudar en la venta del chorizo o en el corte y empaquetado de la carne. Tratan a Gerónimo con normalidad. Se tuercen para jugar con él al burro bala va, corren para las escondidas o brincan la bebeleche. Gerónimo pasa así los primeros diez años de vida, sin saber el Lenguaje de Señas tampoco sus padres ni hermanos. Toda la comunicación que hay es moviendo las manos, con una voz que no emite sonido alguno, pero que se ve. Usan un alfabeto de silencio creado por ellos. Los padres de Gerónimo no le imponen el mundo de los que sí oyen, tratan de entender el suyo. Es una familia normal, alegre, con vitalidad.

No es raro ver a Gerónimo con su pantalón de mezclilla ensangrentado, después de pasar todo el día con su padre en el improvisado rastro casero. Matar a un chivo es arduo: primero hay que ponerlo quieto, después enterrarle un cuchillo en la yugular, dejarlo que muera entre los grititos que lanza, colgarlo para que le escurra todo el chorro de sangre en una vasija, sacarle las tripas con las manos y quitarle el pelaje. Hay un sábado en que Gerónimo mata solo, sin la ayuda de su padre, los dieciocho chivos que se comerán los invitados de una boda por celebrarse esa misma noche en Monterrey. Tiene diez años.

Tres
Alguien tocó a la puerta cierta noche del verano de 1965. Guadalupe salió a ver. El joven visitante le acercó una tarjeta blanca en la que se veían unas pequeñas manos dibujadas de diferentes formas, el abecedario del Lenguaje de Señas. Al reverso un mensaje de texto: “Soy sordomudo. Te pido una cooperación para mi escuela”. El padre de Gerónimo sacó un poco de morralla y se la dio al muchacho. Guardó la tarjeta y a la tarde siguiente llevó a su hijo a la dirección que venía escrita.

Era una casa grande de la calzada Madero, una de las avenidas importantes del antiguo Monterrey. Ahí se enseñaba el Lenguaje de Señas, un idioma que la enciclopedia Británica define como “una especie de escritura de imágenes en el aire”. El lugar tenía pocas ventanas, tres habitaciones y un área grande donde en 1951 se había acondicionado la primera escuela para sordos del noreste de México. En la entrada había una cartel que daba la bienvenida con la definición griega del hombre: zoon lógon éjon, animal provisto de la palabra, así como fotos de un luchador sordo que por esos años compartía, de vez en vez, el cuadrílatero con El Santo o Blue Demon. Se llamaba El Prisionero. También había imágenes de David Sordomudo Rodríguez, otro artista del pancracio, menos conocido, pero oriundo de Monterrey.

La escuela estaba afiliada a la Agrupación Mexicana de Sordo-Mudos, A.C. Su símbolo era una ardilla. El movimiento incesante de las manos del simpático roedor come nueces le pareció al profesor Abel Sauza similar al de los sordos durante sus tertulias, y por ello se empleó como logotipo. Fue el profesor Sauza quien involucró a Gerónimo en las demás actividades de la escuela. El lugar funcionaba al mismo tiempo como agencia de trabajo. Los jóvenes sordos que recorrían los populosos barrios regiomontanos pidiendo dinero para la escuela estaban atentos por si veían a más sordos y los invitaban a integrarse a la comunidad que intentaba organizarse.

Los estudiantes sordos, una vez que aprendían a comunicarse con el Lenguaje de Señas, formaban equipos de futbol y competían en torneos amateurs, o bien, salían en grupo a conocer otras ciudades de México. Ahí vendían llaveros, plumas o juguetes que ofrecían junto con tarjetas con frases con señas, como “Te quiero” (mano derecha con dos dedos doblados que hacen una especie de cuernos y se coloca en el pecho, a la altura del corazón) o “Dios te bendiga” (mano izquierda y mano derecha simétricas en forma de cuernos).

Los profesores presentaban estos viajes a los padres como una forma de integrar a sus alumnos con el mundo, aunque incluían una lógica mercantil, ya que una parte de las ventas iba para la escuela y otra, menor, se la quedaban los propios jóvenes sordos emprendedores.

Gerónimo hizo su primer viaje a los catorce años. Fue como ir a otro planeta: el asfalto interminable del Distrito Federal contrastaba con el terregal en el que había crecido, tanto en Rancho Nuevo como en Monterrey. Ahí pasó cuatro meses. Hizo visitas cortas a Puebla, Aguascalientes y Guanajuato. Conoció a sordos chilangos que tenían fama de ser abusivos con los de provincia, pero algunos se convirtieron en buenos amigos durante largo tiempo. El Monumento a la Revolución Mexicana era el sitio preferido por Gerónimo para vender llaveros. Los turistas se portaban generosos, sobre todo los parroquianos vespertinos de las cantinas aledañas. En cambio, en las oficinas vecinas de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), si bien estaban especializados en hacer “hablar” a la gente, la vendimia era poca.

Antes de regresar a Monterrey, el grupo viajó a Guadalajara por unas semanas. Ahí Gerónimo decidió que se iría de mojado a Estados Unidos.

Cuatro
Hay una foto Polaroid de mi tío Gerónimo, tomada en los setenta, en la que se le ve el aire de forastero con el que dio sus primeros pasos en Estados Unidos. Aparece en una casa en construcción en pleno valle de Texas. Trae puestos un pantalón de mezclilla y una camisa blanca. Listo para trabajar. Parece que lo hará con una sonrisa: es un moreno flaco del que resaltan el pelo largo, oscuro y brilloso, así como un bigote que apenas asoma entre sus gruesos labios.

En 1969, Gerónimo cruzó por primera vez la frontera junto con sus amigos Leobardo y Germán, a quienes conoció en el viaje a Guadalajara. Entre ese momento y 1973, los detuvieron y deportaron unas cuantas veces. Pero en ese tiempo era común que un mexicano fuera y viniera al otro lado sin tanto problema. No se hablaba de instalar muros, ni de rancheros armados para vigilar las rutas de los migrantes ni de hacer visas láser.

Gerónimo llegó a Laredo, con sus amigos Germán y Leobardo, en la búsqueda de trabajos de albañilería o de lo que hubiera para unos muchachos sordos de dieciséis años. No encontraron tantas oportunidades y las pocas que había se las daban a migrantes mexicanos oyentes. Entonces se fueron de aventón a San Antonio, la ciudad más católica de Texas, grande y a tan sólo dos horas de distancia. Ahí empezaron a vender llaveros en el Downtown. Semanas después, se toparon con un grupo de sordos texanos a los que no les agradaba la idea de tener competencia de vendedores mexicanos. Los texanos les hicieron la vida imposible y lograron que La Migra los deportara. Esa vez Gerónimo, Germán y Leobardo fueron a dar a Ciudad Juárez, Chihuahua. Vagaron unos días. Luego consiguieron un aventón a Monterrey con un trailero.

Los papás de Gerónimo habían dejado de tener noticias de su hijo durante un buen rato y reaccionaron emocionados cuando lo vieron regresar a la casa cercana de la terminal de autobuses de Monterrey. Trataron de convencerlo de que se fuera a Rancho Nuevo a hacer vida de vaquero, algo que sabían que le gustaba tanto como viajar. Pero por esos años hubo sequía. Además, Gerónimo miraba con añoranza los días en Estados Unidos. Se había dado cuenta de que allá podía tener empleos que nunca tendría de este lado, y había visto que los sordos hacían cosas que, por la discriminación, parecían increíbles en México, como conducir un coche.

Mientras decidía qué hacer con su vida, ahora que tenía dieciocho años y era mayor de edad, Gerónimo fue a tramitar su cartilla a la oficina de reclutamiento de la séptima Zona Militar en Monterrey. El 13 de agosto de 1971, el teniente coronel de infantería, Alejandro Sánchez Martínez, determinó así su situación ante la milicia mexicana:

“Jerónimo [sic] González Garza, se encuentra INÚTIL para el Servicio Militar Nacional, por padecer: -SORDOMUDEZ [sic], enfermedad registrada en la Tabla de Enfermedades y Defectos Físicos anexa a la Ley del Servicio Militar Nacional, con el número 8, perteneciente al Grupo “C”, según Certificado Médico expedido por el Hospital Militar Regional de esta Plaza. De conformidad con el Oficio Superior 21935 de fecha 6 de julio de 1948, LOS INÚTILES NO ESTÁN OBLIGADOS A VISAR SUS CARTILLAS”.

Semanas después, Gerónimo volvió a cruzar la frontera.

Cinco
Fue un viaje de varios días, muy lento, por el caluroso noroeste mexicano. Gerónimo, acompañado de nuevo por Leobardo y Germán, viajó en autobús de Monterrey a Torreón, Coahuila, de ahí a Ciudad Juárez y así hasta llegar a Tijuana, por las carreteras rectas de Sonora, a largos ratos desoladas. Por Tijuana cruzó a California. Iban a Los Ángeles atraídos por una noticia que les había llegado de buena fuente: allá estaba un grupo de jóvenes sordos mexicanos bien instalado, que organizaba caravanas por todo Estados Unidos. Una especie de comuna móvil, muy ad hoc con el momento hippie enmarcado por la guerra de Vietnam.

La historia resultó cierta. Apenas llegaron, la comuna los acogió y en poco tiempo estaban viajando en vans desvencijadas, primero por ciudades y pueblos del oeste estadounidense, luego atravesaron el país, hasta que llegaron a Nueva York. Eran unos jóvenes emocionados, que viajaban apretados y miraban de reojo, por las ventanillas, su nuevo país, mientras conversaban con las manos.

Algunas veces los dirigía un sordo pionero que había estado antes en el pueblo o en la ciudad visitada. Él indicaba a qué lugar había que ir a dormir hechos bola y en qué zona valía la pena ponerse a vender artilugios o buscar algún trabajo de campo, comercial, incluso industrial, si es que se los daban. Algunos sordos del grupo conseguían buenos empleos en maquiladoras y abandonaban la caravana, pero eran los menos. Los sordos sin papeles competían con los obreros estadounidenses y con los obreros migrantes, también sin papeles, pero oyentes. Llevaban la de perder.

Aunque la venta de juguetes en lugares públicos era su actividad principal, Gerónimo solía conseguir trabajos como albañil, carpintero o tablajero. Otras veces, ninguno de los viajeros conocía el sitio recién arribado, pero llevaban consejos de otros sordos mexicanos que habían pasado por ahí: los lugares que tenían que evitar porque había vendedores sordos estadounidenses; o bien, a cuáles ir porque encontrarían gente dispuesta a darles un dólar a cambio de un artilugio y un cariñoso mensaje en Lenguaje de Señas.

Luego reanudaban el viaje en busca de un nuevo sitio donde aterrizar. Si les iba bien, enviaban dinero a sus padres, o a sus hijos, o se compraban ropa bonita, o se daban una buena comilona. La caravana también iba dejando sordos cansados, que se frustraban y caían en el alcoholismo, o que desaparecían. No se volvía a saber más de ellos.

Gerónimo, Germán y Leobardo eran felices viajando. En sus andanzas se relacionaban, sobre todo, con otros sordos, pero también conocían migrantes mexicanos oyentes, desplazados de Oaxaca, Puebla y Guerrero. Si había modo, Gerónimo platicaba con ellos sobre la siembra, con la idea de volver un día a México, a trabajar las tierras yermas de su familia, en Rancho Nuevo.

Hubo un momento en que la caravana se detuvo y cada quien se instaló por su cuenta. Gerónimo regresó a San Antonio junto con Leobardo, mientras que Germán prefirió Carolina del Norte. La relación entre los tres permaneció firme. Gerónimo y Germán terminaron emparentados. Germán se casó con Graciela, la hermana sorda de Gerónimo, una hermosa joven por quien Gerónimo regresó a Monterrey, en un viaje relámpago, para llevársela a Estados Unidos e incluirla también en el sueño americano.

En Monterrey, Graciela se dedicaba a coser vestidos para fiestas de quince años y bodas en la casa de sus padres. Gerónimo no se robó a su hermana Graciela, pero la familia no estaba segura de que fuera correcto que una joven sorda partiera a Estados Unidos, así nomás, a la aventura, aunque fuera con su hermano. Graciela, sin embargo, se fue, y con el paso del tiempo se enamoró del amigo de su hermano Gerónimo. Se casó con Germán e hizo su vida también en Estados Unidos.

Pasaron diez años para que Gerónimo, Germán y Leobardo regularizaran su situación migratoria. A principios de los ochenta se beneficiaron de leyes especiales y dejaron de ser indocumentados, sombras fugitivas. Gerónimo adquirió la ciudadanía estadounidense después de que se casó con su actual esposa, Ana, a la que conoció en Atlanta, en una fiesta celebrada en una discoteca exclusiva para sordos. Ana, rubia, de cuerpo atlético y sorda de nacimiento, aprendió desde niña a hablar el Lenguaje de Señas. La comunicación entre ambos se dio rápidamente porque Ana hablaba muy bien el Lenguaje de Señas Mexicano. Podría pensarse que hay un solo Lenguaje de Señas para todos los sordos del mundo, pero no es así. Hay bastantes diferencias entre el de un país y otro. Los sordos gringos hablan el Ameslan (American Signal Language), donde cada letra tiene una representación particular con las manos, y varios movimientos forman una palabra y muchos más una oración. El de los sordos mexicanos, además, cuenta con su propio caló regional: un sordo regiomontano no habla igual que un sordo maya.

Los sordos migrantes mexicanos se beneficiaron en esos años de un movimiento de orgullo sordo estadounidense que reivindicaba la Lengua de Señas, aunque esto Gerónimo no lo supo, porque su vida de migrante estaba lejos del movimiento intelectual sordo. Por esos años se promovieron en Estados Unidos obras de teatro, libros, programas de televisión y películas. En Star Trek, el actor sordo Howie Seago interpretaba a un embajador de otro planeta que era sordo y hablaba por señas. En Broadway se presentó con éxito Hijos de un dios menor, dirigida a un público sordo. La cúspide fue la llamada revolución de los sordos que consiguió que la Universidad Gallaudet, en Washington, se convirtiera en una escuela de altos estudios exclusiva para sordos.

De lo que sí se dio cuenta Gerónimo durante aquella vida nómada que duró casi todos los años setenta, fue que era posible cambiar la vida, incluso la de un sordo no rico nacido en México.

Cuando Gerónimo llegó al otro lado era un ilegal, pero eso era menos dramático que lo que le pasaba en México, donde la discriminación hacía que algunos lo consideraran un inútil.

Seis
Es abril de 1991. Gerónimo ya no es nómada, se ha establecido en Texas con sus dos hijos y su esposa Ana, aunque en este momento está en el corral del rancho de Los Ramones, entre vacas y becerros que dan vueltas en círculo, mugen o estornudan estentóramente con el sol de frente. Gerónimo laza una vaca. Otros dos vaqueros, un primo con bigote de morsa y un sobrino barbado, ayudan a Gerónimo para que le ponga en la cadera su sello mientras el animal está apersogado: las tres iniciales de su nombre. La vaca se cae y Gerónimo, lentamente, deja que le caiga el ardiente trinche de fierro con las letras G. G. G. La vaca se queda callada. No emite sonido alguno. Ya quedó marcada. Ahora sigue un becerro de ojos salvajes, después otra vaca inexpresiva. Será una larga tarde. María, la hermana mayor de Gerónimo, graba el ritual ranchero, con una cámara de formato VHS. Una toma monótona, abierta, en la que no dejan de caer vacas y un vaquero silencioso las marca con su fierro ardiente.

A partir de 1991, Gerónimo empieza a cumplir su sueño de ir más seguido a México, de hacer la vida de vaquero que en cierta forma tuvo que posponer a causa de sus viajes por Estados Unidos. Quiere darle vida al rancho de sus padres.

Siete
El rancho de mi tío queda cerca de lo que aquí llamamos la Frontera Chica, la región que comprende los municipios de Guerrero, Ciudad Mier, Miguel Alemán, Camargo y Díaz Ordaz. Esa pequeña zona forma parte de una frontera más grande, integrada por ciudades y pueblos de Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas que se extienden a lo largo de un valle en tránsito continuo de personas, animales y cosas, donde lo considerado legal o ilegal va y viene de México a Estados Unidos, a través de Texas.

En este rincón tan poco conocido de México se desató una guerra en febrero de 2010, cuando una decena de cabeceras municipales fueron atacadas por hombres armados que llegaban en caravanas de camionetas pick-up. Cuando escribo guerra no estoy haciendo uso de la retórica o del sensacionalismo para describir lo que pasa. Se trata de una guerra en serio, en la que ha habido masacres, desplazamientos forzados de población, fosas clandestinas, prisioneros, combates, leva, magnicidios, mucho dolor y muchas mentiras, como en cualquier guerra. Además de muchas muertes.

Si un día alguien decidiera guardar un minuto de silencio continuo por cada una de las personas asesinadas, se quedaría mudo un mes.

La violencia que se desató aquí ha sido mayor que en otras zonas fronterizas del país. La violencia de esta frontera es mucho mayor que la de la Tijuana actual, mayor que la de Sonora, e incluso que la de Ciudad Juárez.

Sin embargo, esta región es una zona que parece no usar su voz. La violencia de Tijuana, al igual que la de Sonora y la de Ciudad Juárez también han provocado dolor a quienes viven en sus comunidades, pero de ese dolor ha nacido un lenguaje propio. Un lenguaje a veces hasta poderoso, el cual se oye a través de constantes reportajes hechos por periodistas nativos o llegados de fuera, o bien de novelas que cuentan la vida íntima de esas zonas.

Acá en la frontera noreste no pasa eso.

Bajo la atmósfera que prevalece ni siquiera es posible hacer diarismo de forma adecuada. De la realidad amenazante, la que se topan todos los días los reporteros locales, han quedado como constancia trágica los ataques con granadas a instalaciones de periódicos, así como el asesinato y la desaparición de periodistas. Sin embargo, gran parte de las intimidaciones no se conocen, ni siquiera aparecen en los registros de los organismos internacionales que han abierto oficinas en la ciudad de México los últimos años, alarmados por el aumento de las agresiones a la libertad de expresión.

La frontera noreste de México carece de un lenguaje propio en estos tiempos de guerra. Y sin lenguaje, la libertad queda mucho más lejos. El lenguaje es lo que hace posible el pensamiento, marca la diferencia entre lo que es humano y lo que no lo es. El lenguaje devela misterios.

Pero la frontera noreste no puede hablar.

Ocho
La nueva sede de la comandancia de la policía de Los Ramones, Nuevo León, donde está el rancho de Gerónimo, fue inaugurada a mediados de julio de 2010. Entre tierra dura, rodeado por una cerca de aluminio, las autoridades construyeron un edificio de una sola planta, pintado de blanco con algunas rayas naranjas, para que ahí operara la fuerza de seguridad pública local.

Tres días después, el viernes 22, poco antes de las nueve de esa noche, cinco camionetas se estacionaron enfrente. Bajó una decena de hombres que tomaron suficiente distancia para que las balas no rebotaran cuando empezaron a descargar el contenido de los rifles que llevaban. Quién sabe cuántos disparos hicieron. La balacera, que incluyó el lanzamiento de cinco granadas, duró veinte minutos. La fachada principal del edificio nuevo quedó como queso gruyere y la corporación entendió el mensaje: a partir de ese día la policía municipal de Los Ramones desapareció.

Gerónimo estaba a unos kilómetros de ahí, revisando el techo de una bodega de forraje para animales, algo deteriorada debido a la poca actividad del rancho que heredó de sus padres y que desde los noventa ha tratado de levantar. Algunas veces me ha tocado acompañarlo. Hacemos largos recorridos silenciosos. Trato de imaginar lo que Gerónimo piensa sobre estos tiempos con tanto ruido, que en cualquier momento se puede manifestar durante el camino.

Aquella balacera contra la comandancia municipal de Los Ramones se oyó a varios kilómetros a la distancia. Hay quienes dicen que se hicieron mil tiros. Gerónimo no la escuchó.

Dos meses después del ataque a la comandancia, converso con Gerónimo en el comedor de su casa de San Antonio. Es una noche muy tranquila, aunque afuera se oye una tromba y por la ventana de la cocina se mira el zigzagueo de unos rayos en el cielo. Le pregunto sobre la violencia en las carreteras y los pueblos por los que conduce. Me contesta que algunos rancheros le han contado de desapariciones forzadas de personas, de ranchos abandonados empleados como campos de entrenamiento de sicarios, de militares arrasando rancherías y otras cosas que ocurren en los alrededores, pero que él no presta demasiado interés en ello. Su filosofía es que si algo no tiene solución, entonces ni siquiera es un problema.

Gerónimo está en contra de la legalización de las drogas —como la abrumadora  mayoría de los habitantes de Texas— porque cree que los niños harían suya esa adicción y todo se vendría abajo. No le caen bien “los sabihondos” que la promueven como “la solución”. Gerónimo es un texano en eso y otras cosas más. Sabe disparar un rifle, y supongo que no dudaría en usarlo si se viera amenazado durante uno de sus viajes en carretera entre Monterrey y San Antonio. Le planteo dicha posibilidad y me responde señalando una herradura colgada en la pared de su casa. Está algo oxidada, pero veo que tiene inscritas las letras G.G.G., las iniciales de su nombre. Como muchos de aquí, Gerónimo cree que el calzado de los caballos es un amuleto para la buena suerte. La superstición vive un auge en la frontera. Quizás es necesaria para no ser sorprendido por la barbarie, para no ser parte de ella también, para poder morir en paz en estos tiempos en los que el ruido de la frontera es tan fuerte.

Después Gerónimo me explica que para él no todo se trata de fuerza. Siempre habrá alguien mejor que tú para disparar o alguien tendrá una mejor arma que la tuya. Lo importante es que tú tengas la razón en lo que haces y que no la sacrifiques por la fuerza.

Nueve
En la mesa hay puré de papa, tocino crujiente, arroz y pavo. Bebemos té helado. Antes de sentarnos a comer en el día de Acción de Gracias, que este 2010 tocó que fuera el 25 de noviembre, Gerónimo se pasó la tarde arreglando el techo de la casa que construyó con sus propias manos hace ventidós años en las afueras de San Antonio. Gerónimo puso también por la mañana de hoy un barandal nuevo alrededor de la fachada principal y en la parte trasera agregó un cobertizo al garaje.

Platicamos de esos arreglos hechos a la vivienda donde vive junto con su esposa Ana y una pequeña manada de perros chihuahueños. Entre los minúsculos e inquietos animales el consentido es Dumb. Dumb —tonto— es también la forma en la que antes se les llamaba a los sordos en Estados Unidos.

El plan de Gerónimo es hacer la mayor cantidad de arreglos que pueda a la casa donde vive. Luego quiere venderla y comprar una más pequeña y barata en el centro de la ciudad, adonde se mudará con su esposa Ana. Quién sabe qué pasará con las mascotas. Con el dinero que le quede de la venta, Gerónimo planea comprar otra casa, arreglarla y luego venderla más cara. Hace unos días, Gerónimo y su hijo mayor —que también se llama Gerónimo, aunque todos le dicen Nimo— encontraron una vivienda muy descompuesta, pero bien ubicada, que se vendía en treinta y cinco mil dólares. Justo el sitio ideal para el plan de jubilación de Gerónimo. Fueron al banco a conseguir el dinero, pero en lo que cumplían los requisitos, alguien se les adelantó y compró la casa vieja. El otro hijo de Gerónimo se llama Guadalupe y le dicen Lupi. Es un veinteañero que vive en Austin, dibuja estupendos cómics estilo japonés en sus ratos libres y trabaja con Nimo colocando escritorios y alfombras en las oficinas de las agencias de seguridad estadounidenses a lo largo de la frontera. La mayoría de las cosas que platico con Gerónimo tienen que ser traducidas por su hijo Nimo, porque no sé hablar el Lenguaje de Señas. Tanto Nimo como Lupi oyen y hablan perfecto inglés, aunque el español les cuesta un poco de trabajo.

En el comedor está enmarcado el Padre Nuestro en Lenguaje de Señas y platos que recuerdan los viajes de Gerónimo. Platos de Arizona, Carolina del Norte, Georgia, Indiana, Florida, Nebraska, Kentucky, Oklahoma, Missouri, Texas, Nuevo México, Washington, Las Vegas, Myrtle Beach, Alabama, Hawai… Un televisor enorme está encendido en la sala, con el Western Channel sintonizado. Gerónimo se va para allá, se quita las botas vaqueras y se sienta a ver una película de John Wayne. Salgo con Lupi a disparar un rifle en el monte. Es un 22, la sensación de la bala que parece salir de tu pecho es peligrosamente aliviadora: te da cierto poder, vacía tu miedo.

Regreso y ha caído la oscuridad total en el valle.

Me siento de nuevo a platicar con Gerónimo. He convivido con personas sordas desde que soy niño y los que conozco no paran de hablar. Apenas los ves y están relatando una historia tras otra, o preguntando cosas. Sin embargo, creo que si Gerónimo pudiera usar sus cuerdas vocales para hablar, lo haría poco. Es parco, como muchos paisajes de la frontera. En general, habla sólo lo necesario. Le digo que estoy residiendo una temporada en Nueva York y que quiero que me cuente lo que piensa de Estados Unidos, ya que tengo sentimientos encontrados. Me dice que él se enteró de lo que sucedió en las Torres Gemelas y no lo creía, que no ha querido ver las imágenes de los aviones estrellándose contra los edificios, que en Estados Unidos no hay tanto racismo como se dice, aunque recuerda a un sordo mexicano asesinado en Virginia por una de esas pandillas de negros que acosan a los latinos: su amigo se topó con ellos en la calle y lo insultaron sin saber que era sordo y no podía escucharlos, pero ellos pensaron que se estaba burlando, y lo golpearon hasta que murió. Me dice que en Estados Unidos tratan mejor a los sordos que en México, aunque ha sabido que ahora hay empresas grandes en Monterrey, como Gamesa y Whirlpool, que dan empleos a sordos, y que en Santa Catarina, Nuevo León, el gobierno puso una escuela técnica exclusiva para sordos. Pero que, por mucho, Estados Unidos es el mejor país para los sordos. Que en Las Vegas hubo del 18 al 23 de julio de 2010 un Congreso Mundial de Sordos. Sesenta mil sordos venidos de todo el mundo: sordos de la India, sordos africanos, sordos de Francia, de cualquier lugar que te imagines. Que quiso ir pero no pudo porque tenía trabajo, aunque su hermana Graciela sí fue y le platicó después sobre aquello, una cosa increíble, maravillosa. Que también hubo un concurso de belleza, Miss Deaf International, para escoger a la sorda más bella del mundo. Que ganó una sorda de Bélgica, alta y delgada, con el pelo del color de la hierba amarilla, en segundo quedó una chica de Sudáfrica, después una trigueña de Lituania (que por las fotos que vio, para él era la que merecía ganar), y en cuarto y quinto lugares, una de Irán y una de Brasil. Que admira a Estados Unidos. Que George W. Bush y Barack Obama no le importan.

Luego toco el tema de los Paoletti, la familia de sordos mexicanos de ascendencia italiana que fue detenida y procesada en julio de 1997 en Nueva York, por dirigir una red que se encargaba de traer sordos mexicanos a Estados Unidos y los ponía a trabajar vendiendo llaveros en las calles. Gerónimo me dice que por supuesto supo de ese caso que le dio la vuelta al mundo. Que los Paoletti tenían fama de maltratar a los sordos. Le comento que varios profesores sordos del Distrito Federal me dijeron que ellos creían que en realidad el operativo contra los sordos mexicanos tenía como finalidad persuadir a los sordos mexicanos para que no se vinieran a Estados Unidos a trabajar ilegalmente. Que activistas sordos que entrevisté en el Distrito Federal me dijeron que por supuesto que los sordos migrantes vivían en condiciones infrahumanas, como las que exhibió The New York Times en fotos de una de sus portadas, donde se veían camas y colchonetas amonontonadas en diminutos espacios, pero que estas condiciones infrahumanas son las que suelen tener muchos migrantes mexicanos, sean sordos o no, cuando llegan a Estados Unidos. Gerónimo dice que él no sabe qué decir, que la familia Paoletti tenía mala fama desde antes de que pasara todo lo que pasó. Que por suerte, él tuvo la posibilidad de salir adelante en Estados Unidos. Que lo que él sabe es que los Paoletti fueron juzgados, y al parecer ya están por salir y se dice que contarán su versión de las cosas en un libro preparado en todos estos días transcurridos en prisiones mexicanas y estadounidenses. Que habrá que leer ese libro para conocer su versión.

Diez
Gerónimo estaciona su camioneta afuera de El Rubio, comedor frente a la antigua Fundidora de Monterrey, al que a veces llega antes de agarrar carretera de regreso a Texas. La costumbre la adquirió cuando acompañaba de niño a su papá al rancho, para ayudarle a matar los cabritos que la familia traía a vender a Monterrey. Pide un vaso con agua mineral y un bistec con papas. Cuando está por terminar de comer el filete, agarra el hueso con la mano derecha y lo levanta a la altura de su boca para poder arrancarle con los dientes la carne que le queda. De un tirón.

El día que su padre, Guadalupe, fumador empedernido, murió a causa de un enfisema, le tocaron “Te vas, ángel mío”, una canción que Gerónimo nunca ha escuchado, pero sabe que su padre la ponía durante los viajes en la carretera que ambos hacían al rancho y que iniciaban ahí, en El Rubio.

Esa canción es la primera que entona un fara-fara norteño que llega al restaurante justo cuando Gerónimo está pagando la cuenta para irse.

Gerónimo va a cruzar la frontera, de regreso a su casa en San Antonio, tras visitar a su madre en Monterrey, María de Jesús, quien a sus ochenta y ocho años está un poco enferma. La tarde declina, uno que otro remolinillo de polvo pasa por ahí. Sus ojos cafés, con la luz invernal, parecen cebada. Apenas ha avanzado unos kilómetros cuando vuelve a detener la marcha de su camioneta pick-up Silverado afuera del último Oxxo que hay en Monterrey antes de tomar la carretera a Nuevo Laredo. Entra a la tienda y echa un vistazo a la portada del periódico con fecha de enero de 2011. Lo más importante del día es la noticia de un policía federal de caminos decapitado en China, un municipio de Nuevo León pegado a Los Ramones.

“Encuentran cabeza sin vida de Federal”, dice absurdamente el titular de la historia.

Once
Hombres de ojos acelerados, que cargan maletines y llevan pantalones de mezclilla apretujados y camisas vaqueras, caminan por el aeropuerto como si fuera a explotar una bomba. Es el verano de 2011 y viajo a San Antonio, Texas, junto con el fotógrafo Rodrigo Vázquez, para que conozca a mi tío y lo retrate.

Gerónimo y su cuñado Germán pasan por nosotros a las seis de la tarde en una camioneta Avalanche roja y nueva. Dan un par de vueltas hasta que nos ven a lo lejos. Hacen señas para que nosotros los veamos a ellos.

Gerónimo viajará la mañana siguiente, de San Antonio a Monterrey, para visitar a su madre y revisar el estado en que se encuentra la cabaña de uno de sus sobrinos, enclavada entre la sierra de Santiago, algo abandonada y necesitada de un buen carpintero. Hoy pasaremos la noche con él y después lo acompañaremos en el viaje a México.

Al salir de la terminal paramos en una gasolinera. Mientras Gerónimo llena el tanque se queja de lo caro que está el combustible y menciona las incomodidades generales de viajar. Tan sólo en lo que va de 2011, hasta este mes de mayo, Gerónimo ha cruzado la frontera once veces.

Después de cargar gasolina vamos a un Walt-Mart para comprar la bebida de la cena. Gerónimo aprovecha y mete al carrito del súper un pantalón negro Wrangler de quince dólares, que se pondrá al día siguiente.

La casa de Gerónimo está en las afueras de San Antonio, es una especie de ranchito al que en las mañanas a veces se acerca uno que otro venado. Son casi treinta kilómetros desde el aeropuerto hasta ahí.

Cenamos costillas de cerdo, coliflor, arroz y una salsa verde picante que ha preparado Ana, su esposa. Hablamos sobre tatuajes. Le digo que no entiendo por qué en Estados Unidos es tan común y en México no. Él me dice que tampoco lo sabe y que a él le desagradan porque se ven mal. Le digo que planeo ponerme uno pronto y sólo ríe. Nimo, su hijo, no está, así es que toda la conversación que tenemos es con mi limitado conocimiento del Lenguaje de Señas, aunque de repente agarro una hoja y le escribo lo que quiero decirle. Germán también me pregunta cosas de esta forma.

Saco el tema del dinero que le prestó a mi familia en 1995 para el pago de la Hipoteca. Me dice que en ese entonces había hecho varios trabajos de carpintería y tenía dinero ahorrado de la época en la que vendía llaveros y artilugios por todo Estados Unidos. Además, no hacía tanto que había dejado de trabajar en una fábrica de baterías eléctricas automotrices. Le pregunto que por qué ayudó a sus hermanos y a su familia, en lugar de acumular ese dinero. Me responde encogiendo los hombros y haciendo una mueca de desdén, una seña que cualquiera entiende. ¿Para qué acumularlo?

En eso aparece su perro chihuahueño Dumb, que recientemente fue mordido por una víbora del monte. El piquete, por fortuna, no lo mató, pero le provocó una bola en el cachete, que se le quitó con una inyección. A dos días de la cura, regresó con otra bola igual y las inyecciones se repitieron. Ahora el perro ya casi no sale al monte que rodea la casa de Gerónimo.

Nosotros sí salimos al monte después de cenar. Gerónimo se fuma un cigarro Marlboro en el cobertizo. Es como el décimo tabaco del día y eso que dice que ahora fuma menos. Platicamos de venados y después nos vamos a dormir. A la mañana siguiente cruzaremos la frontera.

Doce
Antes de acostarme escucho uno de los éxitos musicales en Reynosa, aunque más allá de la frontera noreste es desconocido. Lo cantan dos jóvenes veinteañeros que se llaman Cano y Blunt. La guerra alrededor del rancho de Gerónimo en Los Ramones no se canta a ritmo de acordeón, tololoche, bajosexto y guitarra, como indica la tradición norteña, sino con hip hop:

Bienvenidos a mi reino: Reynosa querida, donde a diario la gente se rifa la vida, gente que pesa, gente que te vuela la cabeza.Ándate con cuidadito o de balas te atraviesan, cuerpos mutilados y tirados al canal, demasiada maldad pa’ caber en un penal.Los cuerpos en la orilla de la villa,  súbele al estereo, puro beto quintanilla.Mucha gente que viene de afuera hay un chingo de chamba y un chingo de loquera,mi gente pandillera y mi nena talonera.Reynosa de a de veras, ¿que chingados esperas?La peda en la loquera, está brava la frontera.No cuento una novela, esto es chile de a de veras, chécalo en las noticias, pura gente con malicia, por las drogas se desquician, por la feria se avarician.Somos puro Reynosa, un chingo de malandros, pura gente mafiosa, lo sufres o lo gozas.Reynosa la maldosa, la calle es peligrosa.

Mientras concilio el sueño, pienso que lo que cantan los chicos de Reynosa se aplica en buena medida al resto de esta zona en guerra que inicia en Matamoros. Se cree que Matamoros fue fundada por piratas holandeses e ingleses en la desembocadura del río Bravo, y que hubo un tiempo en que se llamó Bagdad. Si se mira un mapa, río arriba, de Matamoros a Ciudad Acuña, Coahuila, se forma una especie de pasillo en el que fue acomodada esta región de México, tras la guerra con Estados Unidos. Reynosa, Piedras Negras, Colombia y Nuevo Laredo son nombres de otros lugares del camino, separados del territorio texano por un torrente impredecible al que los que viven en la otra orilla le dicen Río Grande.

Si uno ha vivido alguna vez aquí, se da cuenta pronto de que el tipo de vida de la franja abarca más municipios cercanos de Tamaulipas, no precisamente fronterizos, como Ciudad Mier, San Fernando y Valle Hermoso, o bien de Nuevo León, como China, General Bravo, Agualeguas, Cerralvo, Los Ramones y Sabinas Hidalgo. La “capital” de esta frontera está en Nuevo León, no en Tamaulipas. Monterrey es la ciudad grande que le queda cerca. Doscientos diez kilómetros la separan de Nuevo Laredo, mientras que Ciudad Victoria, capital oficial, está a más de trescientos kilómetros. Y el puerto de Tampico, se dice en broma, ya es Veracruz.

A principios de 1994, cuando llegaron las noticias del alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), ocurrido en la otra frontera, allá en la sur, acá en ésta hubo gente que trató de aprovechar el barullo nacional para anexar de manera oficial la frontera tamaulipeca a Nuevo León. El 5 de febrero de ese año, día de la Constitución, grupos locales como la Asociación de Agentes Aduanales de Nuevo Laredo, el Consejo de las Instituciones de Miguel Alemán, la Asociación de Constructores y las barras de abogados de Camargo y Guerrero, propusieron la realización de un plebiscito para que sus municipios abandonaran Tamaulipas y se integraran a Nuevo León. El principal diario de la región, El Mañana, difundió los resultados de un sondeo en el que siete de cada diez entrevistados estaban de acuerdo en que sus pueblos y ciudades fueran neoleonesas. Pero la medida nunca prosperó.

Trece
Tío está en la cocina y prepara Nescafé. Por la ventana no se mira ningún venado entre la neblina de las seis de la mañana. No vinieron los animales que está permitido matar en Texas, siempre y cuando seas dueño de una gran extensión de tierra, que Tío no posee. Tío tuerce un poco la boca, decepcionado. Quería que viéramos venados y los fotografiáramos. Tío es un texano que prefiere mirar venados, antes que dispararles con su rifle.

Tío va a sentarse al comedor. Desayuna dos cafés. Luego sale y revisa el aceite de Van. Van es una camioneta del año 98 en la que se hará el viaje a Monterrey. La dueña de Van es Marylú, sobrina de Tío que vive en el pueblo cercano de Buda, Texas. El viaje será en Van porque la Avalanche roja nueva de Tío no puede cruzar Frontera. Recorrer las carreteras del noreste mexicano en una camioneta así es asunto de alto riesgo. Frontera te pide en estos tiempos que no llames la atención, que bajes el perfil, que desaparezcas lo más que se pueda. Ya pasó de moda regresar a México en el trocón. La moda de ahora son las camionetas feas como Van. Tío suele cruzar Frontera en una fea Chevrolet Silverado blanca, cabina y media, algo raspada de los costados y que le costó ochocientos dólares. Como Van, la vieja Silverado es muy útil para sacarle la vuelta a Guerra. Tío estuvo buscando una Dodge, porque a los grupos armados de Frontera tampoco les gusta quitar ésas, aunque sean nuevas. Dicen que son muy lentas a la hora de que persigues a alguien o cuando te persiguen a ti. Por eso Guerra las deja en paz.

Tía y la manada de perros chihuahueños despiden a Tío y a la comitiva que lo acompañamos. Van sale de la casa y se detiene en un McDonald’s, el único sitio con internet en treinta kilómetros a la redonda. Mientras envío un mensaje electrónico a Sonora, Tío se queda afuera, fumando el tercer o cuarto cigarro del día, sacudiendo con delicadeza el sombrero vaquero, hecho con paja de arroz.

A las diez de la mañana, Van entra a la carretera, rumbo a Frontera. El golpe de calor veraniego llega con todo una vez que Tío toma el camino texano que va de San Antonio a Laredo. La temperatura de Laredo es de casi cuarenta grados. Tío conduce a ciento veinte kilómetros por hora y no hay aire acondicionado. Van es un sauna en movimiento.

A Tío le gusta conducir rápido. Un día, en otra carretera de Frontera, fue detenido por un policía federal, por exceder el límite de velocidad permitido.

—El señor no oye y no habla —se adelantó a decirle Carlos, cuñado de Tío, al agente que se acercó a la ventana del conductor.
–—Híjole, ¿es sordomudo el señor? Mmm… No oirá, pero bien que le pisa al acelerador.

Laredo recibe a Van con un interminable paisaje de casas de cambio que anuncian en sus pizarras que la compra de dólares está hoy en 11.10 pesos, y la venta en 11.60. Van hace una breve escala en un Wal-Mart para conseguir un Minisplit que le pidió a Tío una sobrina, para combatir los calores de Monterrey. Al salir del estacionamiento, una mujer atraviesa su Cavallier sin precaución alguna. Tío frena rápidamente y luego toca el claxon un par de veces. Ahora reanuda la marcha.

En la aduana estadounidense, el agente de migración pide sus papeles a Tío. Tío se los da y no hay mayor diálogo. Hay trámites de Frontera para los que no hace falta hablar. Van cruza el puente internacional. El aire sigue caliente, una tanqueta militar y el olor a chile recibe a Tío, junto con el letrero: “Bienvenido a Nuevo Laredo”.

Van gira una calle a la izquierda, avanza por una avenida a la orilla del río Bravo algunos kilómetros, hasta un cruce de semáforos, ahí da vuelta a la derecha y abandona el centro de Nuevo Laredo para llegar a la salida de la ciudad, inconfundible por los cementerios de chatarra automotriz llamados “yonkes”. Nuevo Laredo queda atrás, ahora hay un paisaje carretero. Mezquites y tierra a los lados, y una línea recta, donde Guerra es quien da la bienvenida, con un retén militar. El soldado pregunta con voz ronca a Tío: ¿Adónde van?, ¿de dónde vienen? Tío hace señas y su sobrina Marylú le dice que el conductor no escucha ni habla. El militar se le queda viendo a Tío, hace una mueca indescifrable y dice que continúe. Van avanza por Frontera. Tío comenta el reciente hallazgo de decenas de personas enterradas en fosas clandestinas; supuestamente cuerpos de pasajeros de autobuses asesinados por Guerra.

Unos kilómetros adelante, Van se detiene en una casa destechada que es una vulcanizadora. Hay una hilera de dieciséis tráileres estacionados en esa misma orilla. Van tiene ahora sus llantas con el aire bien calibrado. De repente se oye la laringe prodigiosa de Don Wasler. Suena country texano a través de la frecuencia de una radio de Frontera.

Tío quiere parar a comer en un restaurante carretero a la altura de Sabinas Hidalgo, el pueblo donde nació Guadalupe, su padre. El lugar se llama Oasis y suele tener buena carne y precios normales. Tío llega al restaurante Oasis y ve un autobús saliendo en reversa del solitario estacionamiento. Se da cuenta de que el sitio ya cerró. El Oasis desapareció. Más adelante, en la autopista de cuota, encuentra otro lugar abierto para comer, el único de por aquí que Guerra no ha clausurado. Se llama La Bamba. Durante la comida, Tío ya no habla de personas desaparecidas o asesinadas. Mira un partido de México contra Ecuador que pasan en el televisor, aunque le aburra el futbol. Come tacos de carne asada y un queso fundido que parece crema. Vasos grandes con hielo y refrescos de ponche para la comitiva. Muchas tortillas de harina, pequeñas y gruesas, típicas de Frontera.

Antes de subirse a Van para continuar el viaje a Monterrey, que ya está a unos cien kilómetros de aquí, Tío prende un cigarro y cuenta del día en que le miró los ojos a Guerra: un convoy con personas armadas pasó junto a él en una brecha perdida cerca de su rancho en Los Ramones. Tío dibuja con la mano en el aire la última letra del abecedario español para decir quienes eran los del convoy. Ese día iba montado a caballo y ellos no pararon la marcha cuando pasaron junto a él, lo ignoraron por completo. El caballo se levantó un poco, alterado por el paso de las ocho camionetas rompiendo el silencio de Frontera. Seguramente el caballo también hizo un ligero relinchido que Tío no escuchó. \\

Este relato forma parte de un proyecto editorial del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), el cual se presentará en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en diciembre de 2011.

Si quiere leer más reportajes de Diego Enrique Osorno, recomendamos:
Entrevista con un Zeta.
Juan Villoro: El escritor que no se volvió cobarde ni caníbal.
Yo soy culpable, sobre el incendio en la Guardería ABC.

Historias relacionadas

No - 125 Octubre 2011

El vidriero

Por Alejandro Sánchez
Archivo Gatopardo

No - 125 Octubre 2011

El dentista quiere seguir peleando

Por Carlos Loret de Mola

No - 125 Octubre 2011

Poniatowska: La Princesa Roja

Por Guillermo Sánchez Cervantes