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La llamada que nunca llegó: ¿Dónde está Paulette?

En marzo de 2010 todo México se preguntó “¿Dónde está Paulette?”. La desaparición de una niña en el Estado de México puso al país de cabeza.

Por Amanda de la Rosa / Fotografía Turco

Presentamos en exclusiva un adelanto del libro de Amanda de la Rosa “¿Dónde está Paulette?”, que publicará a mediados de julio editorial Océano. El libro es el recuento personal de un testigo clave en el caso. A continuación, reproducimos el capítulo dos, “La llamada que nunca llegó”. La narradora estuvo un fin de semana en un misterioso viaje a Los Cabos con su amiga, Lizette Farah. El lunes en la mańana, mientras se hacía un tratamiento de belleza en Pachuca, recibió una llamada de Lizette: su hija había desaparecido. Este capítulo es la crónica de las horas posteriores a la infortunada desaparición de la niña.

¿Dónde está Paulette?

Amanda de la Rosa, testigo clave del caso Paulette.

Tomé un camión para regresar cuanto antes a la ciudad de México. Una vez que llegué, me subí al metro y finalmente recogí mi camioneta para dirigirme a casa de Lizette. Había ido pocas veces porque yo vivo en el sur y ella en Interlomas, lo que implica alrededor de una hora y media en coche para cruzar la ciudad. Los Gebara vivían ahí más o menos desde hace cinco años.

Mauricio y Lizette se casaron en el año 2001. Fui testigo en su boda. Después los llevé al aeropuerto para que tomaran el avión a las Islas Polinesias. Regresando de su luna de miel, mi amiga me contó que estaba embarazada, cosa que la tomó por sorpresa. Nació su primera hija que se autonombró “Chez” —una niña muy bonita, despierta, con quien siempre me llevé bien—. A los tres años, la pareja se volvió a embarazar. Un día le hablé para ver cómo estaba y me contestó Mauricio:

—¿Qué onda Mau, cómo estás? —pregunté.
—Pues ya ves, la Farah Farah anda aquí… pues con todo lo que nos pasó —se escuchaba preocupado, pero sin perder la cabeza.
Me daba pena preguntar qué estaba sucediendo, pues llevaba varios meses sin hablar con mi amiga. Después de un breve silencio, Mauricio me dijo: “Es que ya nació nuestra bebé”.

No tenía ni idea si Lizette tenía tres, siete o nueve meses de embarazo. Mauricio me explicó que su niña había nacido prematura, de 25 semanas de gestación, o sea de seis meses y medio. Ya después, Lizette me contó que una noche se sintió mal. Mauricio la llevó al hospital de volada e inesperadamente nació su bebé. Estaba diminuta: medía 34 centímetros y pesaba 800 gramos, por lo que pasó cerca de cuatro meses en la incubadora. Fue un milagro de la medicina que sobreviviera, porque las expectativas para ella no eran optimistas.

Por ser una niña prematura, tuvo un derrame en el lado izquierdo del cerebro, y quedó afectada en la parte motora y del lenguaje. No tiene retraso mental, ni parálisis cerebral. Su inteligencia era normal y Lizette me dijo que como a los siete años iba a ser una niña como cualquier otra. Estaba consciente de que había que llevar la niña a terapia y cuidarla de otras maneras, pero dijo que se había puesto a investigar y se había dado cuenta de que había casos en la historia de gente que nacía prematura y luego se volvía sobresaliente.

Le pregunté a Lizette si ya tenía nombre su hija y me dijo que sólo la mitad: quería que terminara con “ette”. Le sugerí Jeannette, Claudette… y al final, decidieron bautizarla con el nombre de Paulette. “Po” —como le decían— era una niña alegre, de carácter dulce; su inocencia era conmovedora. Era imposible no quererla. Entonces, ¿por qué se habían llevado precisamente a una niña discapacitada de cuatro años? ¿Por qué a ella? Me parecía el colmo de la decadencia. No quería ni imaginar el infierno que estaría viviendo la familia. Recé por que tuvieran la entereza emocional para pasar los peores momentos de su vida y el dinero para pagar un rescate.

Crucé el puente de Bosques de la Lomas, entré al Estado de México y me dirigí a Interlomas. Un par de cuadras antes de llegar, ya se veía mucho movimiento alrededor del edificio donde vivían. Afuera había docenas de coches, patrullas, incluso una ambulancia. Estacioné mi camioneta Honda 2004 en la calle y desde que me bajé, sentí que las cosas no pintaban nada bien. Le dije al guardia de la puerta a dónde iba y crucé un vestíbulo amplio. Al fondo estaba la casa de los Gebara.

Lizette y Mauricio vivían en un garden house, una casa de dos pisos, en la planta baja del edificio. La propiedad tiene como 300 metros de construcción y un pequeño jardín. Los pisos son de madera, tiene techos altos, está decorada con muebles sobrios y cuadros pintados por algún artista local de Valle de Bravo.

Crucé la puerta y, desde el primer momento, sentí como si estuviera en un lugar muy diferente al que conocía. Entraban y salían policías, familiares y extraños. No era la primera vez que me tocaba vivir un ambiente similar, pues hace 12 años, cuando mi prima estaba secuestrada, fui a casa de mi tía donde había la misma sensación de incertidumbre, un horrible sentimiento de que nadie sabe qué está pasando.

A uno de los primeros que vi fue a Mauricio. Tenía cara de no entender nada, pero sin perder la cabeza. Creo que estaba vestido de pants de color claro. Me acerqué a darle un abrazo y le dije algo como “no te preocupes, todo va salir bien”. Sé que es ridículo, pero no se me ocurrió nada más.

Unos de los primeros en llegar fueron los familiares de Mauricio: sus padres, dos hermanos y una hermana. La mamá es de Honduras, una señora muy católica. El papá es mexicano y ambos son de origen libanés. Lizette me contó que no se llevaba bien con la cuñada, pero sí con el resto de su familia política.

En la sala de la casa me encontré a Lili y Lala —mamá y tía de Lizette— y a Arlette —hermana menor de Lizette, una diseñadora gráfica que se ganó un León de Oro en el Festival de Cannes, el máximo reconocimiento mundial al que un publicista puede aspirar—. A las tres las conozco desde que tenía nueve años.
A una de las últimas personas que vi fue a mi amiga. Creo que estaba vestida de pants negros. Llevaba un chongo y tenía la cara lavada. Me dio la impresión de no haber parado en todo el día. Le di un abrazo, traté de poner mi mejor cara y le pedí que me contara qué había sucedido desde que nos despedimos en el aeropuerto.

Lizette había regresado a su casa y un par de horas más tarde, como entre y ocho y nueve de la noche, llegaron Mauricio, Erika —la nana— y sus dos hijas. Venían de pasar el fin de semana en su casa de Valle de Bravo. Lizette salió a recibirlos a la entrada del edificio. Las niñas venían dormidas. Mauricio se las entregó y se fue a estacionar el coche. Lizette cargó a Paulette. La nana las siguió con las maletas. Las cuatro se fueron al departamento y subieron a las recámaras de las niñas. Lizette le puso la pijama a Chez —la hermana mayor— mientras que la nana le ponía a Paulette una pijama verde. Lizette fue al cuarto de su hija menor, le dio la bendición a su hija, apagó la luz y cerró la puerta.

—Dormí a mi hija anoche. Yo, personalmente, la acosté en su cama y hoy en la mañana llegan las nanas y me dicen que no la encuentran. Al principio dije: “Se ha de haber metido al baño”, o lo que sea, pero ya después regresan y me dicen: “¡Paulette no está!”. Lo primero que pensé fue que podría estar con Mauricio —me dijo.
—¿Y tu esposo dónde estaba? —pregunté.

Normalmente Mauricio llevaba a las niñas a la escuela, pero le había pedido a Lizette que se hiciera cargo porque él iba a ir a una junta de trabajo. Sin embargo, esa mañana se fue a hacer ejercicio, lo que no era habitual, y después se fue a desayunar con su hermano. Cuando llegó, le dijeron que Paulette no estaba. Salieron a buscarla, pues cabía la posibilidad de que Paulette estuviera en alguna de las áreas comunes del edificio, como en los jardines, el estacionamiento, el área de juegos. Lizette me contó que uno de sus primeros temores era que se hubiera ahogado en la alberca y que había ido corriendo a destaparla, esperando lo peor.
—Cuando no la encontré, por un lado fue un alivio, pero por otro… llevo todo el día buscándola y no aparece —me explicó.
—¿Ya buscaste en el cuarto de servicio?
—Sí, China —me contestó un poco cansada.
—¿En la despensa? ¿Debajo de la cama?
—Sí, también, varias veces —me respondía con su tono de voz golpeado.
—¿Y en el área de juegos?
—Ya revisamos en todos lados.
Todos los que llegaban hacían exactamente las mismas preguntas “¿Ya revisaron las maletas? ¿En donde echan la ropa sucia? ¿Y en la lavadora? Todos tenían una historia que contar de un niño desaparecido que había sido encontrado en un lugar insólito. Lizette respondía que sí, allí también habían buscado.

Mauricio le había marcado a su hermana, que era amiga de la novia de alguna de las autoridades de la zona y la policía había llegado desde las 10 de la mañana.

Los policías quitaron una sábana de la cama de Paulette. No destendieron la cama, sólo zafaron la sábana. Se la dieron a oler a los perros y fueron departamento por departamento a tratar de localizar a la niña. Mientras la policía trabajaba, los demás no podíamos hacer mucho más que darnos abrazos de esperanza, tratar de estar optimistas y especular. Una de las teorías era que Paulette, pese a su discapacidad, habría bajado las escaleras y salido de la casa sola. Le hubiera costado trabajo, pero no era imposible. Aun así, habría tenido que cruzar el vestíbulo, burlar a la vigilancia, abrir la puerta del edificio y llegar a la calle. Ahí, una señora con buenas intenciones, o no, la habría recogido. Por eso es que había constante comunicación con la delegación y hospitales, pero nadie tenía noticias.

A simple vista se notaba quién dirigía la operación: un hombre de 34 años, alto, muy blanco, con una cicatriz en la cara. Estaba vestido de traje azul oscuro, camisa blanca, corbata amarilla y una chamarra azul con letras blancas y la palabra “Policía” en la espalda. Era Alfredo Castillo, el subprocurador de justicia del Estado de México. En un punto, me fui a presentar.
—Buenas noches, soy Amanda, amiga de la familia… ¿podrías decirme qué es lo que está pasando? —pregunté atarantada.
—Pues mira —me respondió con un tono de voz tranquilo—, Paulette no está, desapareció.
—Sí, bueno, ya lo sabemos, pero ¿qué han encontrado?
—No hay ninguna cerradura violada. No hay ventanas rotas. Apenas estamos haciendo las pruebas para encontrar huellas dactilares o pisadas; no hay ninguna evidencia en la casa que indique que alguien haya entrado por la fuerza. Nadie nos ha dicho que haya visto algo raro.
—¡Los perros de la casa han de haber ladrado!
—Había cinco personas en la casa y nadie escuchó nada —aseguró.
Había 16 cámaras de vigilancia en el edificio. La policía tenía la certidumbre de que, una vez que viera los videos, sabría qué había sucedido en los momentos clave, pero los vigilantes dijeron que ellos sólo usaban las cámaras para monitorear y, por lo tanto, no había registros.

La casa era un búnker. El edificio tenía dos entradas y dos salidas. ¿Quién pudo sacar a Paulette de su cama sin dejar un solo rastro? En la sala, los presentes llegamos a la conclusión de que debió haber sido alguien de la casa. Las principales sospechosas ante nuestros ojos eran las nanas: las hermanas Erika y Martha Casimiro. Pensábamos que alguna de ellas pudo haber sacado a la nena y entregársela a alguien con quien podría estar en contubernio, pero Lizette las defendía, confiaba en ellas. Regresé con Castillo a preguntarle si ya había hablado con las nanas.
—Vamos a llevarlas a declarar y a ver cómo se dan las cosas, pero hasta ahora, nadie es sospechoso —me dijo el subprocurador.

México es uno de los países con mayor número de secuestros en el mundo y, sí, lo que nos parecía más probable era que hubieran secuestrado a Paulette. Erika dijo que cuando entró a la recámara, vio la cama sin destender, lo que nos daba a pensar que alguien había sacado a la niña cuidadosamente. Lo único que podíamos hacer era esperar a que llamaran por teléfono para pedir el rescate. Cada minuto que pasaba, la agonía se volvía más intensa. Dando vueltas en la casa, creo que a todos nos pasaban las mismas preguntas por la cabeza. ¿Estará bien Paulette? ¿Por qué a una niña discapacitada? ¿Cuándo la van a regresar? ¿Irá a regresar con bien, entera? ¿Tendrá la familia liquidez para pagar un rescate?

Mauricio, sus hermanos y su papá se dedicaban a adquirir, remodelar y comercializar propiedades. Además, daban créditos para la compra de inmuebles. A simple vista, los Gebara parecían una familia económicamente estable. Lizette jamás me mencionó que tuvieran problemas financieros ni deudas. Creo que eso tenía que ver con que los dos son de origen libanés y la cultura árabe se fundamenta en vivir bien: el refrigerador repleto, camionetas del año, viajes a Las Vegas, ropa fina, escuelas privadas. Pero estaban lejos de ser millonarios.

Algunos de los que estaban presentes maldecían a los secuestradores, pero yo les decía que había que orar por ellos, para que trataran bien a Paulette, para que se tocaran el corazón, cambiaran de planes y la devolvieran. Si de por sí una niña de cuatro años requiere atención, Paulette necesitaba mucha más. En primer lugar, no hablaba bien, sólo podía decir: “mamá, papá, agua”, cuando los niños de su edad ya conversan. Caminaba con dificultad y era delicada de salud. Lo que para cualquiera sería una gripa, para ella significaba pulmonía. Necesitaba ir a terapias continuamente; además, tomaba varias medicinas. Estábamos indignados de que se la hubieran llevado precisamente a ella.
—Farah Farah —comencé a decirle— no quiero ni imaginarme lo que estás viviendo. Qué horror. No sé ni qué decirte… Debe ser un secuestro, y si es así, se soluciona con dinero; entonces prepárate, tal vez tengas que vender tu casa, pero no va a pasar de ahí. Tu hija va a regresar bien.
—Gracias, Chinita… Hay algo que te quiero preguntar, ¿qué onda con la vidente?, ¿ya le hablaste?, ¿qué dijo? —me preguntó.

En casa de la familia de Lizette se lee el café, como es la tradición de algunos árabes. A nosotras, desde niñas, Lili y Lala nos decían nuestra suerte. Con el paso de los años, me llamó la atención el estudio de los símbolos y la psicología e invité a Lizette a tomar un curso de tarot. Aprendimos el significado de las 62 cartas y a hacer tiradas. Lizette se convirtió en una espléndida tarotista. Nuestra maestra, además, era vidente y tenía formación académica en psicoterapia. Ella trabajaba con políticos, celebridades, jefes de la policía y meditadores. Poco antes de llegar a casa de Lizette, le había enviado un mensaje electrónico para contarle la situación y preguntarle si sentía algo.

En el cuarto de juegos, me senté en el escritorio de Paulette, que era de plástico rosa, de medio metro de alto, con un banquito de 30 centímetros. Prendí la Vaio rosa de Lizette y encontré que la vidente me había contestado, desde Estambul.

La vidente dijo que las cosas parecían sumamente complicadas. Que veía a la niña muy cerca de su casa, que no creía que se tratara de un secuestro, sino de algo extraño… posiblemente querrían vender a Paulette en el extranjero, casi, casi como venta por catálogo. Decía que podría estar involucrada una persona que estaba dentro de la casa —posiblemente una enfermera—, que estaba coludida con alguien de los servicios del edificio, tal vez el chofer de algún vecino, un jardinero, un carpintero. Dijo también que este asunto iba a dejar a la familia en la calle y que no iba a resolverse en días, sino en meses, o posiblemente nunca.

Me desconcerté. Traté de evitar que Lizette se acercara y justo cuando estaba por cerrar la computadora, Farah jaló el otro banquito de plástico rosa, se sentó a mi lado, prendió un cigarro y me dijo:
—¿Ya contestó?
—No te preocupes, todo va a estar bien.
—Léemelo —insistió. Porque Lizette habla golpeadito, como si te estuviera dando órdenes.
—Híjole, Farah, si quieres saber, mejor chécalo tú —ella me miró de reojo y volteó el monitor para leer.
—Ok, ok, ok —no comentó nada más que eso.

Hacía no mucho le había preguntado a Lizette si era feliz con su vida, su familia, su matrimonio y me contestó “Sí, Chinita, mucho” y sonrió. Lizette y Mauricio eran una pareja estable, convivían en paz, se apoyaban, hacían vida familiar. En aquellas horas posteriores a la desaparición de la niña, vi que hablaban entre ellos, se llevaban bien y se abrazaban, pero no pasaban mucho tiempo juntos, porque estaban muy ocupados con infinidad de detalles; desde papeleos judiciales hasta indicarles a docenas de desconocidos dónde se encontraba el baño. Desde que llegué, Lizette comenzó a estar más conmigo y con Arlette, y Mauricio con sus papás, sus hermanos y las autoridades.

En ese tiempo, todos consentíamos a Chez. A sus siete añitos como que no entendía gran cosa de lo que sucedía. Hasta el momento nadie le había querido explicar que su hermanita se había perdido, supongo que para no espantarla. Poco después, sus padres decidieron que lo mejor para ella sería que se la llevará Lili a su casa.

La primera noche, Arlette y yo dormimos en los sillones del cuarto de la tele, y los hermanos de Mauricio en la sala, sentados uno al lado del otro, con Lili y Lala. Nadie ocupó el cuarto de Paulette. Al día siguiente nos despertamos y desde el minuto uno, nos pusimos a trabajar. Cuando vives días como ésos no te dan ganas de cambiarte ni bañarte, no te da tiempo de arreglar el cuarto; estás en otro lado. No sigues tu rutina, las prácticas cotidianas pasan al último plano de importancia.

Mauricio se veía más intranquilo que el día anterior. Lizette parecía más en sus cabales, pero en un punto se desplomó y llegó a desahogarse conmigo. “Ahorita no te vas a quebrar —le dije—, ahorita es momento de resolver, no de ponerse a chillar; ahorita es pilas. Tu hija no aparece, es una realidad que estás pasando, y llorando no vas a resolver nada… En un par de días, ya con toda tu familia, nos vamos a ir a Xalapa a descansar, a llorar, pero ahorita tienes que estar enterita”. Lizette me dio la razón, se armó de valor y siguió con sus diligencias.

Comenzaron a llegar desde muy temprano los agentes de la Procuraduría, algunos los había visto el día anterior, otro eran nuevos. Reconocí a Alfredo Castillo y de inmediato le pregunté:
—¿Ya apareció Paulette?, ¿ya entrevistaron a los de vigilancia?, ¿qué onda con las cámaras de seguridad del edificio?
—Pues no servían las cámaras, ¿lo puedes creer? —me dijo.
—No puede ser, ¿ya buscaron con los vecinos?
—Los agentes se metieron a los departamentos a buscar. Incluso yo personalmente entré, en ésas andamos —me respondió con su tono de voz tranquilo.
—Pero, ¿qué más?, ¿encontraron algo?, ¿por dónde se metieron?, ¿alguien vio algo?, ¿algún testigo?
—Nada.
—Es que no puede ser, Alfredo, ¿cómo?
—No podemos hacer nada más que esperar.

La gente corría, subía, bajaba, entraba, salía. Casi todos los policías estaban afuera de la casa, en el vestíbulo; sin embargo, en la sala había un personaje nuevo, trajeado, que pasaba horas y horas solo, sin moverse ni hablar con nadie. Preparé un plato de pollo y ensalada y se lo llevé:
—Mucho gusto, soy Amanda, ¿y tú?
—José Luis —me agradeció la comida.
Le pregunté por qué mientras todos corrían, él estaba solo, sentadito, y me contestó.
—Soy el especialista en negociar rescates. Es que luego las familias no saben cómo tratar con secuestradores.
—Oye ¿cuántos secuestros te ha tocado manejar?
—No, pues ya llevamos una larga lista.
—¿Ya llamaron los secuestradores? ¿Ya pidieron el rescate?
—No.
José Luis venía de una unidad antisecuestros, especialista en manejo de crisis. Según me explicó, es raro que un secuestrador tarde más de dos días en comunicarse. A veces se toman su tiempo, para generar más tensión, para que los familiares ya estén emocionalmente destruidos cuando llamen y les den lo que sea.
—Y, ¿cómo te pinta esto? —pregunté, pero él dudó antes de responder.
—A mí esto no me parece un secuestro.
—¿Por qué?
En ese momento sonó el teléfono y se hizo un silencio general. Era justo cuando José Luis debía entrar al juego, pero una vez más, se trataba de una llamada que no estaba relacionada con la desaparición de Paulette. Era un constante ring, ring, seguido por silencio, tensión, desilusión y vuelta a esperar.

Lili y Lala me decían que no me sentara con los policías, que mejor comiera con ellas, pero a mí me parecía un personaje interesante y me caía bien. Conversé con él durante horas, y en un punto, me dijo:
—Yo aquí veo que no hay secuestro porque… no sé, nunca me ha tocado que no llamen. Ya pasó el tiempo suficiente.
—Y si no es secuestro, ¿entonces?
Me dijo que tenía la corazonada de que podría estar implicado alguno de los que estaban dentro de la casa.
—Lo que yo creo es que nadie va a llamar.

Minutos más tarde, se acercó Alfredo, con otro oficial de nombre Víctor Magaña —de la Policía Ministerial— como de treinta y tantos, moreno, rapado a coco, de lentes. En tono amable me dijeron que necesitaban hablar conmigo, como habían hecho con los demás. Cuando escuché esas inesperadas palabras me puse nerviosa, suponiendo que me iban a preguntar acerca del viaje a Los Cabos. Los tres subimos al cuarto de Lizette y Mauricio, cerramos la puerta, nos sentamos en la cama y el interrogatorio comenzó:
Alfredo me pidió que le ayudara, ya que no tenían pistas.
—Oye, ¿tú estuviste con Lizette el fin de semana?
—Sí, yo viajé con ella.
—¿Adónde fueron? —preguntó Alfredo.
—A Los Cabos.
—¿Quiénes iban? —inquirió Magaña.
—Lizette y yo…
—¿Y quién más? —insistió Alfredo.
—¿De veras necesitan saber? —pregunté a regañadientes.
—Sí.
—Bueno, pues llegamos a la casa que rentó un amigo de Lizette, y él estaba como con seis o siete amigos, no sé —les respondí.
—Y este hombre ¿quién es? —preguntó Magaña.
No supe cómo llamarle, porque a pesar de que Lizette le tenía cariño, no era su affaire, no era su novio, no era su amante, no era su pareja emocional, no era su futuro esposo, ¿cómo se le llama a una relación así?
—Y este hombre… háblanos más de él —pidió Alfredo.
Les conté lo que había visto del “VTP”, lo del viaje y les pedí que por favor fueran discretos con Mauricio, que ya traía demasiadas cargas emocionales y sería un golpe devastador en el peor momento posible.

—Ya de por sí tener a una hija de cuatro años perdida, es muy duro, por favor no le sumen más infierno. No le digan si no es necesario. Además, Lizette no piensa dejar a Mauricio, para nada —les supliqué. Se me quedaron viendo.

Alfredo me dijo que a ellos no les importaba si Lizette tenía amantes o no, que si él le decía a Mauricio que su esposa no había estado sola, se iba a desmoronar emocionalmente, entonces podía confundir las cosas y echarle la culpa a Lizette.
Lo que más le convenía era que Mauricio no se enterara, que me quedara tranquila.
—Nosotros lo único que queremos es que aparezca la niña.
—Bueno, pero ¿quién es este hombre que las acompañó a Los Cabos? ¿Me puedes dar su teléfono? —me pidió Víctor.
—Por supuesto que sí, es más ¿quieren que le llame?
Tomé el teléfono y marqué su número:
—¿Qué onda, China? Qué bueno que llamas, cuéntame cómo sigue Farah, ¿ya apareció su hija? —me contestó.
—No, pues estoy aquí con unas personas que quieren hablar contigo.
—¿Unas personas? ¿De dónde? ¿Quiénes?… te marco en un ratito que estoy entrando a una junta —me dijo el “VTP” y colgó.

Salí del miniinterrogatorio sintiéndome una traidora, pero el tema ya no era cubrir a una amiga en una cuestión moral. Las cosas empezaban a ponerse complicadas y era pésima idea tratar de salvar el honor de nadie. Fui a buscar a Lizette y la encontré en su baño, a punto de meterse a la regadera. Casi me puse a llorar cuando le dije que había tenido que revelar su secreto. Lizette me dio un abrazo tieso, pero cariñoso a su manera y me dijo que Mauricio también había tenido algún desliz, y que, ultimadamente, lo importante era que apareciera su hija, que no me preocupara.

—Qué bueno que dijiste la verdad, siempre dila. Si Mauricio se entera de que no estuvimos solas en Los Cabos, ni modo… habrá que asumirlo, porque todos los actos tienen consecuencias —dijo Lizette.

Un par de horas después, el “VTP” me llamó y concretamos una cita con él y las autoridades en la cafetería del Hospital Ángeles de Interlomas, que está a cinco minutos de donde estábamos.

El “VTP” me hizo esperar un rato, porque creía que le estábamos poniendo un cuatro. Me llamó temeroso desde el estacionamiento del hospital para decirme que tenía miedo de que Mauricio lo fuera a golpear. Me hizo jurarle quinientas veces que eso no iba a suceder. Le expliqué que la situación era mucha más grave, y que tarde o temprano tendría que hablar con las autoridades, ya fuera por las buenas o con un citatorio oficial. El “VTP” llegó espantadísimo, vestido con una camisa polo rosa y un suéter amarrado al cuello. Le conté lo que estaba sucediendo. Me pidió que le dijera a Lizette que la amaba y que si era necesario, él pediría ayuda al Mossad —la policía de israelí—, para recuperar a su hija. En eso sonó mi teléfono. Era Arlette. Me dijo que Lizette había entrado en una crisis nerviosa, que estaba pegando de gritos y que necesitaba que su amiga estuviera ahí todo el tiempo para alivianarla. Me levanté de la mesa. Ya no estuve en la reunión entre las autoridades y el “VTP”. Un par de horas después, Alfredo me dijo que no creía que él estuviera implicado, pero le quedaba claro que estaba perdidamente enamorado de mi amiga.

Cuando regresé a la casa de Lizette, le pregunté qué estaba pasando y me dijo que se había dado un fuerte agarrón con Mauricio.
—¿Sabes lo que me dijo? Que cuando regresó de Valle, él me entregó a las niñas y que yo nunca había metido a Paulette a la casa, ¡que yo había metido un bulto!
—¿Pero tú que le contestaste?
—Le dije que era un cabrón… ¡Mi esposo dudó de mí!
—Todos estamos muy estresados, no te lo tomes tan en serio, además, ahora no te conviene estar peleada con Mauricio.

Al rato Mauricio se acercó a pedirle perdón y a tratar de contentarla y Lizette intentó olvidar el incidente.

Esa noche, varios de los presentes nos reunimos a cenar. Una vecina se acercó con el pretexto de ver en qué podía ayudar, pero sospecho que en realidad quería husmear en la tragedia ajena. Se incorporó a media discusión. Una vez más, nos preguntamos qué pudo haber pasado: ¿sería el carpintero que pocos días antes había ido a hacer un clóset y a entregar la nueva cama de Paulette? ¿El jardinero con quien quedó una cuenta pendiente? ¿El de vigilancia al que Paulette seguía?… Desesperada y a manera de ironía, comenté: “¡Es que nadie puede desaparecer sin dejar rastro! Ni modo que se la hubiera llevado un ovni. Tiene que aparecer”. Y Lizette, también, de manera sarcástica dijo: “¿Qué?
¿La desapareció Harry Potter?, ¡esto es imposible!”.

Mucha gente cercana quería ayudar, por ejemplo, una compañera que estudió con nosotras en el colegio ofreció hacer una colecta para apoyar con los gastos en esos días. A todo lo que fuera ayuda, yo decía “sí”, y fui orgullosa a platicarle a Lizette que ya contábamos con más apoyo. Lizette me contestó que de ninguna manera permitiría que sucediera algo así, porque se prestaba a malas interpretaciones y, además, en ese momento, afortunadamente, no lo necesitaba.

Se sentía mucha tensión y había que descansar porque, claramente, las cosas pintaban para ponerse más complicadas. Tomé una cobija y me volvía a acomodar en el cuarto de la tele, donde compartía el baño con otras 25 personas.
—¿No prefieres quedarte en el cuarto de Paulette? —me ofreció Lizette.
—Mejor que se queden tu mamá y Lala.
—No creo que sea fácil para ellas ver los juguetes, la ropita, sus cosas, pero, si quieres, ahí vas a dormir mejor.

Mi primer instinto me dijo que eso era algo que no debería hacer; sin embargo, ya que lo pensé, no vi nada de malo. Al entrar sentí un vacío porque fue el último lugar en donde habían visto a Paulette. Un cuarto rosa, lleno de peluches, una cama hecha a mano, con dosel y una base extraña, más grande que las medidas estándar, muchas almohadas. La cama no estaba ni tendida, ni deshecha, sino como sobrepuesta. Había una cobija de princesa y una colcha rosa. Al meterme, noté que no tenía la sábana de arriba. Apagué la luz y me dormí pensando lo mismo que todos, ¿dónde estaba Paulette?

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