Archivo Gatopardo

El dentista quiere seguir peleando

Un dentista lleva a un reportero hacia el antiguo palacio de Gadafi y le enseña cómo y por qué se ganó esta revolución.

Por Carlos Loret de Mola / Fotografía Getty Images
Una mujer contempla la residencia destruida de Muamar El Gadafi.

Una mujer contempla la residencia destruida de Muamar El Gadafi.

Una mujer contempla la residencia destruida de Muamar El Gadafi.

Yo sé que no podía obligar a Kholeb a llevarme adonde estaba la balacera. Me había contagiado su mal humor después de nueve horas de carretera hablando sin entendernos. Ninguno de los dos había tomado agua.

Él extrañaba un buen plato de sopa, un cigarro y una Coca-Cola bien fría. Yo quería bajarme de su incómoda camioneta, llegar a la fortaleza de Bab al-Azizia, el palacio donde se escondía Gadafi en Trípoli, y empezar a grabar en video la batalla final por la cabeza del líder libio.

De lo demás se encargaron las circunstancias: era Ramadán —el mes sagrado de los musulmanes, en el que deben guardar ayuno total de cuatro de la mañana a siete de la noche—, el viaje había durado el doble de lo previsto, yo había perdido una transmisión para la televisión, él se negaba a manejar a más de noventa kilómetros por hora en una carretera desierta, yo sólo hablo inglés y español, él sólo árabe y francés, y los dos teníamos mucho miedo.

—No Bab al-Azizia. ¡Pum, pum! —explicó medio molesto Kholeb mientras con un ademán simulaba el disparo de metralletas M-15 con las que los rebeldes estaban consiguiendo deponer a un dictador al que le faltaba una semana para cumplir cuarenta y dos años en el poder absoluto.

—¡Yes, Bab al-Azizia! Pum, pum petit —le subí el tono de voz, desesperado porque quedaban dos horas de luz para retratar en video la batalla por el símbolo del poder en Libia.

(El “pum, pum petit” buscaba representar, casi de manera telegráfica, la siguiente idea: si bien había combates en la zona del cuartel general de Gadafi, éstos eran mucho menores a los del día anterior y era suficientemente seguro ir en ese momento, según me habían explicado —también en una colección de idiomas y gestos— los rebeldes que nos detuvieron en las barricadas en el camino de Ben Gardane, Túnez, a Trípoli, Libia).

Copiando la manera como un productor español acababa de meter en orden a su propio taxista —para protegernos de francotiradores y bandoleros, veníamos en la misma caravana—, le di a entender que yo era su jefe, yo le iba a pagar, él sabía a lo que veníamos, que siguiera mis instrucciones y punto. No obstante, la debilidad mexicana me hizo ofrecerle una salida: que me acercara a la zona “caliente” y cuando le diera miedo yo me bajaba de su combi y trataba de subirme a un vehículo de los rebeldes, y ya luego nos veríamos en Musa Benusai, la escuela donde pensábamos pasar la noche.

Kholeb Izhulan —cincuentón, delgado, pelo corto, bigote canoso, tez apiñonada, ropa occidental— no me contestó. Serio, harto de ayunar y harto de mí, esperó cien metros hasta el siguiente retén, se bajó de la camioneta y pidió indicaciones a un miliciano. Me bajé también. No hablaré francés, pero clarito escuché que le dijo Gorgie, el nombre del barrio de Trípoli, donde estaba la escuela Musa Benusai.

Firme, me metí a su conversación y con cara y gesto de ¿dónde está ubicado? dije al joven revolucionario: “¿Bab al-Azizia?”.

—No Bab al-Azizia, je mangiare —interrumpió concluyente el taxista, juntando los dedos de la mano derecha y llevándoselos a la boca como quien expresa que quiere comer.

—¡Entonces vamos a hacer lo que a ti te dé la gana, está bien, vamos, adonde tú quieras! —le solté de corridito en inglés, como si fuera Julia Roberts peleándome con el novio en alguna exitosa comedia romántica de Hollywood. Consciente de que no entendería una sola de mis palabras, al subir a la veinteañera combi di un portazo. Eso sí que lo entendería. Puse mi cara de molesto y ya no hablé el resto del camino. Mis colegas Rafael Ruiz y Gustavo Sánchez, camarógrafos, y José Luis Valdivieso, productor, atendían callados la escena desde los asientos traseros del vehículo.

Me acordé de que estábamos en una zona de guerra cuando sentí la camisa empapada de sudor, más por culpa del grueso y pesado chaleco antibalas que del esplendoroso sol de África.

Llegamos a Musa Benusai. Ley del hielo por delante —en Libia alguien tenía que hacer cumplir alguna ley, y ése sería yo—, bajé del coche y me di cuenta de que frente a la escuela estaba un cuartel de la oposición al coronel.

Me acerqué a la primera camioneta camuflada que vi y me dirigí a los soldados —barbas descuidadas, caras muy jóvenes, vestimentas distintas, muchas ganas de hablar con los periodistas:

—Do you speak English?

En ese momento conocí al dentista. Echado en la esquina de la caja de la pick-up de combate, descansando un brazo en la salpicadera y el otro sobre un viejo rifle Kaláshnikov, pantalón militar sucio, cuerpo exhausto, veintiún años, con el notorio deseo de que dieran las siete de la noche para que se acabara el ayuno del Ramadán y pudiera fumarse un cigarro, barba no tan cerrada, ojos claros, Taja Zeleba contestó:

—Yes, I do.

Dios bendiga a los revolucionarios angloparlantes. Larga vida a los estudiantes que luchan por la democracia, sobre todo a los que además hablan inglés. Al fin, alguien con quien entenderme después de la pesadilla de taxista.

Con el clásico tonito que tenemos los mexicanos para pedir las cosas, en el que se conjugan la pena, la congoja, los hombros achicados, la cabeza gacha, la voz tenue y las cejas levantadas, me atreví a pedirles que si nos llevaban —a un camarógrafo y a mí— a Bab al-Azizia.

Taja, el dentista, tradujo al árabe para el comandante del grupo, quien iba al volante, y él, sin pensarlo mucho, hizo el ademán de “súbanse”.

Desde que despertaron el 17 de febrero cansados de Muamar el Gadafi en Bengasi, la segunda ciudad más importante de Libia, los rebeldes fueron ganando armamento. Lo que empezó con una protesta de chavos con celular por el encarcelamiento de un juez que se negó a seguir una orden del régimen totalitario, creció con las adhesiones de los líderes de las tribus y sus respectivas greyes, que incluían armamento y soldados.

Seis meses después tomaron Trípoli, la ansiada capital en la que varias veces fueron derrotados por las fuerzas militares de la familia Gadafi. Parecían ejército: aunque sin uniforme ni disciplina —disparaban al aire sin provocación, como disfrutando el estruendo de las balas—, los distinguían las camionetas pick-up, muchas adaptadas con metralletas M-15 en la caja, que las convertían en poderosos y temidos vehículos artillados.

Nos subimos, pues, a uno de esos coches de guerra. Ahí, Taja nos contó que él era dentista —a partir de ese momento y hasta que lo dejé de ver, me dirigí a él como “doctor”—, y que recién se había graduado, pero que vio en el movimiento revolucionario la oportunidad de expiar sus odios contra un autócrata que no les permitía decir ni hacer nada. Dejó el instrumental de sonido escalofriante, que no puede faltar en el consultorio de cualquier dentista; cambió la bata por unos pantalones verde olivo, bajó de su casa en las montañas de Tibesti y se sumó a las revueltas en mayo.

¿Qué hace que un doctor deje la comodidad del consultorio y se vuelva soldado rebelde, viva en condiciones extremas, se juegue la vida? “Vive por nada o muere por algo. Gadafi se robó nuestro dinero, mató a nuestros niños, nuestros padres, nuestras hermanas, destruyó todo en este país, y nosotros estamos tratando de reparar a Libia”.

Hablaba como desde muy adentro. Lo sugerían el tono de su voz y la profundidad de su mirada cuando desempolvaba los recuerdos de una guerra que no ha terminado.

—¿Cuál ha sido tu peor batalla?
—En Misrata me capturaron los gadafistas.
—¿Y qué pasó?
—Un amigo me rescató.
—¿Te hicieron algo mientras eras su prisionero?
—No. No tuvieron oportunidad porque a los pocos minutos de que me detuvieron, la columna de los nuestros avanzó y fue cuando mi amigo me rescató.

Me contó que si bien no estaban en el mismo batallón, él y su amigo coincidieron en ese combate. Se conocían desde la infancia, y cuando ganaron en Misrata y obligaron a los leales del dictador a replegarse, se dieron un fuerte abrazo, rieron y le dijo que le debía una.

El relato lo interrumpió una ráfaga de metralla que nos dejó oyendo agudos. Sin contar el brinco del susto. Un miliciano —otra raza, otra tribu, otro uniforme, otro que desperdicia parque para dar contundencia a su grito de ¡Libia libre!— había disparado para festejar que había caído Bab al-Azizia. Estábamos entrando al mítico complejo.

Me paré en la caja de la pick-up y le pedí a Gustavo que empezáramos la toma de la narración. “En este momento estamos entrando al complejo, a la fortaleza de…”.

Diez minutos y ya”, me había advertido el jefe del dentista. Pero aquello era una fiesta loca. Un manjar para la cámara: milicianos disparando al aire, niños escalando la estatua del puño de Gadafi que aplasta el avión gringo, abuelos pisando los cristales rotos en el piso de la que era casa del dictador, hombres y mujeres atónitos por recorrer por primera vez el sitio que no se les permitía ni voltear a ver. Todos gritando y festejando la caída del régimen. Quienes descubrían el micrófono se acercaban a decir algo, a gritar algo, como si tras cuarenta y dos años de contenerse hubieran conquistado el derecho a explotar.

El dentista explicaba los sitios por donde pasaba la lente de Gustavo, traducía las abruptas palabras de los libios que irrumpían en la grabación, señalaba el camino para todos los lugares del complejo, contestaba a quienes le preguntaban en árabe: “De México, de la televisión mexicana”. Todo sin mostrar agotamiento, sobrio al hablar, tranquilo al caminar, mesurado, reflexivo, sin contagiarse del desmadre sino observándolo, atesorándolo. El dentista parece que mira para sus adentros: la casa de Gadafi, su tienda beduina donde recibía a los mandatarios, el hogar de dos pisos de su hija Aisha que todavía tenía fuego del incendio por el bombardeo, la vivienda de sus sirvientes, la lavandería —que es una edificación aparte— con las túnicas y zapatos finos del dictador, los túneles del búnker antiaéreo, los rastros de la batalla entre la guardia de Gadafi que resistió tres días los ataques de la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN) por aire y de los rebeldes por tierra.

Las botas del dentista hacían crujir escombros, cristales, cenizas, vajillas tiradas, desordenadas en el suelo por las bombas y los saqueos de los triunfadores. “Esto pertenece al pueblo de Libia, fue comprado con nuestro dinero, con nuestro petróleo. ¡Muera el bastardo, Libia libre!”, justificó un rebelde que ayudaba a subir a su pick-up un refrigerador de la cocina del coronel. “Eso mejor no lo grabes”, pidió amablemente el dentista.

Sillones con los forros rasgados, sillas rotas, paredes ennegrecidas por el humo, muebles de cabeza. Cuartos, baños, cocinas, salones. Hectáreas de Gadafi, su poder, su petróleo, su dinero. Taja no perdía sobriedad, aunque a veces se notaba algo que parecía indignación o asombro. Pero nada como el olor a hospital que nos atrapó en los oscuros pasillos de un edificio de cemento blanco, dentro del complejo de Bab al-Azizia. Era la clínica privada de la prófuga familia. Taja era un pez en el agua, un dentista en consultorio. Sobre todo porque después de entrar a una habitación de recuperación a todo lujo —más parecía la recámara de un palacio que sitio para la convalecencia—, el primer cuarto al que nos llevó la luz del teléfono celular era ¡el consultorio del dentista de Gadafi!

Taja estaba en sus terrenos. Tocó, casi acarició, los instrumentos, las máquinas para abrir la boca, el taladro de los dientes, el instrumental que para unos es vocación y para otros tortura semestral. Extrañaba su práctica. Se detuvo en explicar con un innecesario nivel de detalle para qué servía cada adminículo de un consultorio dental. La grabación de video parecía caminar, de la mano del dentista soldado rebelde, de un programa de noticias a uno de cuidados para la salud. Taja, mirada enamorada por la pulcritud y avance tecnológico de los instrumentos que acababa de descubrir, no escuchaba las voces de quienes, atrás de él y en un inglés más deficiente, se quejaban de que el ciudadano libio no tenía acceso a los servicios médicos que gozaban estos privilegiados. Respiró hondo el aire de cloro y yodo y hierro y formol, y me dijo: “Ya quiero estar de vuelta”, y siguió explorando.

¿Diez minutos? Creo que fue una hora. Quizá más. Cuando trepamos de nuevo a la pick-up para que nos diera “aventón” de regreso a la escuela donde dormiríamos —Musa Benusai, barrio de Gorgie, tierra prometida del taxista infame, ese que casi me priva de conocer la histórica fortaleza—, me faltó inglés para expresar al pelotón mi gratitud por la visita guiada. El dentista traducía, los soldados se mostraban emocionados y yo echaba mano de una desconocida reserva de demagogia. Estuve a punto de regalarles el escudo con la banderita de México que iba adherida al chaleco de Gustavo, pero, considerando que son el gobierno de facto, me pareció un gesto diplomático para cuya realización no había pedido permiso al Senado de mi país.

Creo que se me notó la emoción (desde que venimos en febrero a reportar el inicio de la revolución, deseaba mucho, mucho hacer la narración de los abandonados a la caída del dictador) porque el jefe de los revolucionarios, por medio del dentista, me preguntó si tenía hambre, antesala siempre de una invitación a comer. Ya era la noche y sin ser musulmán yo había ayunado todo el día, obligado por la cantidad de trabajo habitual en una cobertura de guerra, particularmente en el mundo árabe donde a todas las complicaciones se añade la de las horas de diferencia con México. O sea que sí tenía hambre, pero me parecía un poco abusivo gorrearles, además del tour, la cena. Puse el pretexto de que me urgía transmitir a mi país el material de video y que era un proceso tedioso. Me dijeron que me esperaban. Insistieron tanto que me pareció una grosería no aceptar la invitación. Quedamos de vernos ahí mismo en media hora.

Dentro de su cuartel —enfrente de la escuela donde ya estaba bien estacionadito el malcriado de la combi, a quien ya había perdonado—, el dentista y su pelotón nos conminaron, con la tradicional cortesía árabe, a sentarnos sobre unos cojines rojos tirados en el suelo al aire libre —claramente botín de alguna de las mansiones Gadafi— y atacar a mansalva, cuchara en mano, una cazuela de bakbka, una delicia local que lleva pasta cilíndrica, pollo y salsa de tomate, muy de la herencia de la gastronomía de Italia, nación de la que Libia fue colonia.

El dentista fue el único que nos esperó. Mató el tiempo rezando antes de romper el ayuno, como lo marcan los cánones del Corán para el Ramadán. Los demás, tras el breve rezo, se fueron sobre el alimento y, al llegar nosotros, tuvieron la cortesía de dar la bienvenida en el “idioma universal de la sonrisa” y acompañarnos un rato.

El escenario no podía ser más de guerra: el cuartel era en realidad una casa con un amplio patio que escogieron los rebeldes por su privilegiada ubicación para controlar el barrio de Gorgie; adentro había sido adaptada para oficinas y afuera dormían los soldados que ya estaban en actitud de fin de jornada: sentados, acostados, fumando, sin camisa, descalzos, algunos con el pelo mojado tras echarse un poco de agua en el cuerpo (sin agua corriente ni regaderas, bañarse no es un término que retrate bien lo que estaba sucediendo), comiendo unos, descansando otros.

Cuando la cazuela de bakbka se vació, ya nada más quedábamos el dentista, Gustavo y yo. Me contó que quería irse a Canadá, que le parecía precioso el país, magnífica la calidad de vida y que ahí los doctores ganan bien, pero que antes quería seguir luchando hasta encontrar a Gadafi y llevarlo ante la justicia.

Tomó de un sorbo un pequeño Tetra Pack de jugo de frutas tropicales y se acomodó para acostarse mirando al cielo sobre una de las colchonetas tiradas en la tierra, llena de polvo. Me di cuenta de que era hora de irnos. Le dije a Gustavo. Nos paramos, agradecimos mucho, apretamos las manos y cuando empezaba a caminar para salir del improvisado cuartel, desde su dormitorio de guerra con vista a las estrellas, Taja Zeleba, dentista de profesión, soldado porque se lo ordenó su propia rabia, me dijo que su amigo, aquel de la infancia en las montañas, el que lo había rescatado de los gadafistas en Misrata, había muerto un día antes en la batalla por Bab al-Azizia.

Entonces entendí por qué el dentista no se sumaba a la fiesta de su pueblo, no gritaba ¡Libia libre!, no fanfarroneaba con el estruendo de su Kaláshnikov: estando del lado de los vencedores, había ganado la batalla, pero había perdido la guerra. \\

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