El lujo agónico

Brasil tiene muchos nuevos millonarios y, con ellos, un nuevo emblema del lujo que necesitan presumir: las fiestas de quince años. Ostentosas, grandilocuentes, monstruosas, representan a la perfección la desmesura que, muchas veces, acompaña a la riqueza.

Por Arturo Lezcano / Fotografía Rafael Fabres

Hay luna llena y veinticinco grados en la medianoche de un viernes a mitad de noviembre en Río de Janeiro. Dos pescadores echan redes en el canal de agua que discurre entre el océano Atlántico y una laguna natural con forma de calabaza, dividiendo los barrios de Leblon e Ipanema como en un dibujo a escuadra, cartabón y compás. Enfrente, en la otra orilla de la laguna, se recorta la silueta de una montaña selvática y escarpada, en cuya cima reluce una estatua iluminada con los brazos en cruz: el Cristo Redentor del Corcovado. La escena parece una recreación romántica del trópico. Y en ese edén hay una fiesta. Cien metros al este del canal emerge una isla separada del continente por otra angosta vía de agua. Esa porción de tierra pertenece a un club de lujo llamado Caiçaras y para acceder a ella uno debe tener título de socio, al que se accede previo pago de ciento diez mil dólares, además de la cuota mensual de doscientos treinta. O bien puede entrar tras recibir una invitación para un evento especial, como le ocurre hoy a trescientos elegidos. Renata Gasparim, una chica que celebra su cumpleaños número quince, los convocó a todos para vivir junto a ella una noche paradisíaca.

Hasta hace poco más de un lustro, las fiestas de quince años servían en Brasil, como en el resto de América Latina, sólo para marcar el paso de una adolescente a la adultez. Eran eventos que atendían a la tradición de la puesta de largo de la muchacha y su proclamación como casadera. En el caso de las familias más pudientes, significaba la presentación en los círculos de la alta sociedad de lo que en Brasil llaman debutante: vestida con un traje de motivos infantiles, presidía la recepción de los invitados, y, minutos después, con otro vestido, esta vez largo, bailaba un vals, normalmente con el padre y los hermanos, con el que daba paso litúrgicamente a la adultez. Y luego comían y bebían. En esencia, el ritual iniciático no ha cambiado. Pero en el contexto de un país entregado al consumo, convertido en lujo en sus capas altas, las fiestas de quince se han vuelto muy sofisticadas. Así, se ha reinventado el concepto de la celebración a través una industria floreciente y acorde a las necesidades de la porción más opulenta de la sociedad brasileña, especialmente visible en ciudades como Río de Janeiro. Ahora, las fiestas de elite parecen superproducciones temáticas inspiradas en Hollywood, a medida del consumidor de alto standing, como es Renata Gasparim. Ella cambia hoy de etapa, pero también de estatus social. Y por eso no deja ni un detalle al azar y se ocupa como si hubiese sido anfitriona de eventos toda su vida.

La fiesta viste de rojo y calza tema clásico. En un salón amplio, una gigantografía de un gran teatro enmarca una mesa de dulces con decoración de rosas y candelabros de siete velas, todos en dorado y plata. A la medianoche, los invitados gritan y dan palmas, ahogadas por una música percusiva en el único edificio de la isla, un club house de aires coloniales. Tres horas antes, sin embargo, todo estaba en calma. Los invitados empezaban a llegar. Tras los controles, una balsa guiada por un tripulante uniformado los cruzaba por el sosegado cauce de no más de treinta metros. Al desembarcar en el club, los recibía la propia Renata, una adolescente con cuerpo de modelo, 1.80 de estatura y rostro aquilino. Renata es hija de una ex monja y un ex sacerdote, oriundos de Belém do Pará, en la desembocadura del Amazonas. Su madre, Ivanise, colgó los hábitos después de que le llamara una vocación más fuerte: la política. Del convento pasó al izquierdista (y hoy oficialista) Partido de los Trabajadores (PT), a cuya dirección pertenece, junto a sus compañeros Lula da Silva y Dilma Rousseff, y al que representa en la municipalidad de Belém como concejala. Según comenta Ivanise —rasgos amazónicos mestizos, acento cantarín—, “desde hace años que venimos ahorrando para la fiesta de Renata. La inversión es de la familia entera. Es una locura, pero en Brasil nos gusta mucho celebrar. Nosotros nunca fuimos pobres y ahora toca reunirse y hacer la fiesta”. Con solo doce años se trasladó a Río para vivir con su hermano mayor y estudiar teatro. Su desenvoltura la aleja aparentemente del manual juvenil.

—En realidad, el concepto de las fiestas de quince años como una fiesta de presentación en sociedad y todo eso es inútil, no tiene sentido. Pero cada cinco años creo que la persona debe celebrar el cumpleaños, porque sobrevivió otros cinco años, así que yo hice de diez y quince. Luego haré el de veinte, supongo.

"En Brasil nos gusta mucho celebrar y no hay manera: se hace la fiesta y punto."

“En Brasil nos gusta mucho celebrar y no hay manera: se hace la fiesta y punto.”

Al llegar, los invitados comieron canapés y bebieron cocteles, y se emocionaron cantándole el cumpleaños feliz antes de que la homenajeada partiera un pastel de cuatro pisos. Luego fotografiaron y grabaron el vals de Renata con varios familiares y su novio. Y, al terminar, el decorado dio paso a algo aparentemente más prosaico pero espectacular: la discoteca Renata.

Ahora es la una de la mañana y están en pleno éxtasis: bailan y aplauden en la pista a la cumpleañera, que está al mando de las mezclas musicales. En una especie de podio, flanqueada por dos empleados del evento y realzada por tres pantallas gigantes de leds, donde aparece su nombre en grandes letras, Renata suelta adrenalina pasando su música favorita ante una manada de amigos, como si fuese una DJ profesional. Viste su tercera indumentaria de la noche, un vestido blanco tipo charleston, baila con los brazos en alto, se pone un auricular en solo una oreja. Suenan las máquinas de “Glad You Came”, de la banda The Wanted. Los chicos saltan. Las chicas, menos. Todos cantan en perfecto inglés. Después de media hora de hits, gritan “Re-na-ta”, acelerando al ritmo machacón de la música.

—Fui a clases para aprender a manejar el equipo de música profesional. Nadie sabía lo que iba a pasar hoy aquí, es genial. He sorprendido a todos.

Cuando ella termina su sesión, la música sigue martillando tímpanos, apuntalando el desenfreno en la parroquia adolescente. Renata se pierde entre la muchedumbre que canta, grita y baila. Cuando la madrugada avanza, más allá de las dos y media, y el derroche de láser y decibeles empieza a declinar, irrumpe en escena una atracción que generaría una fiesta por sí misma: el batuque digital. Consiste en un grupo de doce percusionistas con todos los aditamentos de las baterías de carnaval, pero con una linterna frontal en la cabeza, con una luz blanca intermitente. Los nombres de los instrumentos —surdo, tamborim, cuica, piquinique, pandeiro— remiten a la samba, pero lo tocan acompañado de electrónica: una versión aggiornada y de bolsillo del Carnaval más famoso del mundo en tu fiesta privada, tres mil quinientos dólares por una hora de espectáculo. Chicas y chicos se sacuden siguiendo el flirteo rítmico de luces y máquinas con samba de alto octanaje, hasta que las amigas de Renata la rodean para homenajearla bailando en derredor, y esa chica con aspiraciones teatrales debe sentirse la protagonista de un musical a medida y con un solo nombre en el cartel. El suyo.

La de Renata entra en la cúspide de la pirámide de las fiestas de quince: según los expertos en el mercado, aquellas en las que se invierten un mínimo de cien mil reales —unos cuarenta y cinco mil dólares— y que pueden llegar hasta el millón (cuatrocientos cincuenta mil dólares). Y que en su afán grandilocuente, ostentoso y exagerado se han revelado como un emblema del lujo en el nuevo Brasil.

En realidad, todo el escalafón social brasileño festeja los quince años de las chicas. No hay datos fehacientes sobre la cantidad de eventos al año, seguramente porque hay tantas versiones y precios como patrones poblacionales, sociales y económicos existen en un país de más de doscientos millones de habitantes. Según la asociación brasileña de profesionales de fiestas sociales y bodas, Abrafesta, el mercado general de eventos creció 400% en los últimos cinco años, hasta llegar, en 2013, a mover siete mil quinientos millones de dólares. Los organizadores de fiestas consultados calculan que las fiestas de quince han pasado en la última década de abarcar 10% de la torta del mercado al 30% del reparto, o sea, unos dos mil doscientos cincuenta millones de dólares.

Las fiestas de quince de elite crecen, en cantidad, tamaño y facturación, al ritmo de un país con una carrera desenfrenada que llama la atención de los analistas globales: cada veintisiete minutos hay un nuevo millonario (alguien que tiene más de un millón de dólares) en Brasil. En 2013 había doscientos veintiún mil millonarios y una proyección de llegar a seiscientos setenta y cinco mil en 2017. Pero hay más. El año pasado se calculó que cuatro mil ciento treinta personas poseían más de diez millones de dólares. Y cincuenta individuos, llamados billionaires en inglés, acumulan mil millones de dólares. Quizás lo explique mejor este otro dato: el dinero de esos cincuenta equivale al 12,3% del PIB brasileño y suponen prácticamente la mitad de los billionaires latinoamericanos. Los datos corresponden a los informes anuales de los bancos suizos UBS y Credit Suisse y la revista Forbes, y los acerca Claudio Diniz, especialista en gestión del lujo y en cuyo libro El mercado de lujo en Brasil explica el fenómeno. Diniz explica por teléfono desde Sao Paulo que el crecimiento de la “elite de la elite” se puede extrapolar al incremento de ricos llegados desde estratos inferiores. Según Diniz, hoy la clase más adinerada de Brasil la forman 5.2 millones de personas. Y el segundo escalón, 11.3 millones. Muchos de ellos, enriquecidos en los últimos años, constituyen el llamado “dinero emergente” y tienen patrones de comportamiento que se traducen en la conmemoración del éxito en, por ejemplo, la fiesta de quince de su hija:

—En Brasil, todo el mundo celebra, da igual la clase, forma parte de nuestra cultura. Pero en este contexto se trata más de mostrar que tienes dinero. Eres rico, tienes que enseñarlo. Es estatus. Está en juego el prestigio, diciéndole a los amigos: ven a la fiesta o te lo perderás. Acabo de ver una invitación-video para una fiesta que costó veinte mil dólares. Siempre hay que hacer cosas diferentes.

La diferencia. Esa es la palabra clave en las fiestas de quince, especialmente en las que vienen del dinero nuevo. Según Michel Alcoforado, antropólogo especialista en los ricos emergentes y sus hábitos de consumo,  las conductas que explican el por qué de las fiestas fastuosas responden a un movimiento pendular de inclusiones y exclusiones.

—El lujo es un fenómeno que te inserta en un grupo reducido, pero al mismo tiempo te distingue. Por ejemplo, un iPhone te integra, porque todo el mundo de cierto nivel lo tiene en Brasil, pero lo que te hará distinto será la funda que elijas. El cumpleaños de quince te incluye en un determinado grupo, nada más. Ahora, si todo el mundo habla luego de tu fiesta por haber sido carísima o especial por algo concreto, eso te diferencia.

Alcoforado tiene solo veintiocho años y una apresurada y exitosa carrera con su consultora formada por etnógrafos y antropólogos, Consumoteca. Tras sus anteojos sentencia con la misma dedicación pausada con la que come un quiche en una brasserie del centro de Río:

—El cumpleaños de quince es el primer ritual público donde la persona se expone. Y es el primero en el que el cumpleañero escoge sus temas. Fruto de esa negociación con los padres sale la fiesta. Pero cuidado, en Brasil es muy estresante ser anfitrión de un festejo, porque se está sometido a una evaluación eterna por parte de invitados y del propio entorno. Parece divertido, pero es una prueba permanente. Yo lo llamo ‘ocio agonístico’. Por eso las familias de dinero dejan todo en manos de ceremonialistas.

La mujer que habla por teléfono mientras conduce se refiere permanentemente a las ceremonias, pero luego dirá que no le gusta ese término, que implica rito y formalismo. Acaba de salir desde el garaje de su casa, en el selecto barrio de Leblon, y el coche está parado en un atasco. Son las 17:15 hrs. y comienza la hora pico en la autopista que comunica su barrio y el de Barra da Tijuca. Se llama Luiza Amoedo, Lu Amoedo según su tarjeta de presentación. Su historia no es extraña en las clases altas de Brasil: estuvo doce años viviendo en Estados Unidos, donde formó su familia, y cuando regresó, acompañó un día a su hija a un cumpleaños y vio que había mercado para abrir una casa de fiestas. Era 1996. El negocio fue creciendo y el boca-oído le ayudó a aumentar su agenda, hasta que llegó a organizar los cumpleaños de los hijos de algunos famosos. “Y ahí vino todo”, dice. Hoy es referencia 
en Río:

—Odio que me llamen ceremonialista. Eso es algo muy antiguo, aquel que toca sólo el evento en su parte formal. Y yo toco todo antes. Soy más productora o asesora. Ya voy por la segunda generación; a las niñas a las que les hice el cumple de un año ya les estoy haciendo el de quince y algunas se acercan incluso al casamiento. Ahora mismo hago más de diez fiestas de quince por año. No paro, y no paro de investigar para cambiar, me voy afuera y veo tendencias en Japón o en Europa.

Viste pantalón vaquero y camisa blanca arremangada, gafas de pasta, y conduce una camioneta coreana, como su teléfono, que no para de sonar. Explica que para cada fiesta de quince ella diseña una grilla de suministradores divididos en rubros y se asocia a decoradores, DJs y empresas de catering para trabajar en conjunto:

—La planilla es una locura. Normalmente trabajo con treinta proveedores. Para que te hagas una idea, Sólo la invitación conlleva tres: quien lo diseña, quien lo hace y quien lo entrega. La planilla es un documento en el que aparecen, desglosados, los cargos a cobrar por cada proveedor, hasta con decimales. Aparecen las cuotas de pago: seña, pago dos,  pago tres. Y los números de cuenta de cada empresa para los depósitos. Todo detallado con nombres, documentos fiscales y números, muchos números. Los más altos (decorador, buffet, producción, alquiler de sala), los más pequeños (golosinas, fletes varios) y los más llamativos (un carrito de helados, otro de hot-dogs, derechos de autor de la música que sonará en la fiesta de turno). Nada queda al azar.

El coche de Lu atraviesa un último túnel y enfila hacia el barrio de Barra da Tijuca. Ésta es una inmensa área residencial y comercial que fue creciendo, desde los años ochenta, en paralelo a una playa de dieciocho kilómetros, la más larga del litoral carioca. Concebida en gran parte como un modelo de condominios —barrios cerrados—, en las zonas más exclusivas viven familias que han elevado su nivel económico en poco tiempo. Su camioneta se detiene frente a la inmensa reja de un complejo de catorce edificios, con helipuerto y campo de golf, donde residen futbolistas como Romario o Ronaldo, y donde un penthouse llega a costar cinco millones de dólares. Aquí vive la familia Dantas, cuya hija, Daniela, tiene su fiesta de cumpleaños dentro de diez días. Hace un año que Lu y Marcia, la madre de la chica, vienen trabajando codo con codo. Lu sentencia:

—En un casamiento hay dos protagonistas, en cambio en la de quince sólo está la niña, y he visto a varias a las que ese cumpleaños les ha cambiado la vida. Y a veces a sus padres. Mira: esta fiesta era para trescientos invitados inicialmente. Ahora ya vamos por seiscientos.

Son 250 macarons, 150 brownies, 300 bem-casados (especie de alfajor) y luego el resto. En total son mil quinientos dulces, para colocar a la derecha del recibidor.
—Perfecto. ¿Y para fuera qué atracciones hay?
—A las 21:30 hrs. deben aparecer los zancudos y un tragafuegos para la puerta por donde entran los invitados.
—Sería bueno poner unos focos.

El diálogo es en realidad un brainstorming a cuatro bandas. Participan Lu Amoedo, Marcia y Daniela Dantas y Anderson Farias, coreógrafo de la fiesta. El padre, de nombre Jucélio, guarda silencio. El lugar es un salón con piso de mármol de unos setenta metros cuadrados en un dúplex que ocupa las dos últimas plantas de uno de los edificios del condominio. Una cristalera cierra el balcón, con una chaise longue desde donde se ve el mar inabarcable. Al centro, los dos sofás enfrentados donde se desarrolla la reunión con el mar de fondo y la autopista aérea por donde pasan continuamente helicópteros privados. La niña, con camiseta negra, sentada en el suelo y apoyada en el sofá, tiene ortodoncia y el pelo recogido en cola de caballo, uñas pintadas de rojo y unos dedos que exprime al marcar nombres en la lista de invitados.

—Los quince años sólo se hacen una vez. Estoy nerviosa sobre todo por la posibilidad de que la fiesta no sea un éxito. Gastar un dineral y que luego no funcione. Todo el mundo me dice que sí, que todo va a salir bien, pero estoy nerviosa.

Daniela Dantas representa el cambio generacional de quien nació clase media y llegó a los quince siendo hija de ricos: creció en el hábitat cerrado de Barra da Tijuca, pero aprendió a andar en un barrio al otro lado de la ciudad, en la Ilha do Governador, de clase media y media-baja adonde llegó Jucélio Dantas con diecisiete años desde el interior del humilde estado de Paraíba, en el nordeste brasileño. En la Ilha conoció a Marcia y tuvieron a Daniela. Era 1998. Para aquel entonces Jucélio ya era propietario de una empresa eléctrica que prosperaba, que terminó vendiendo a un grupo extranjero y que le supuso una revolución en su vida: se mudó a Barra en 2003.

—La Ilha es diferente. Pensábamos vivir allí más, porque era cómodo, parecía una ciudad de interior, pero luego creció mucho, muchas favelas, asaltos, inseguridad… y ahora aquí estamos mejor, los condominios son cerrados y hay más oferta de colegios.

Daniela estudia ahora en la Escuela Suizo-Brasileira de Barra, con clases en inglés, francés y alemán. Es adolescente en un barrio de ensueño, encajado entre selva, lagunas y el océano alfombrado por blancos arenales. Pero no va a la playa. Su vida transcurre en interiores.

—Preferimos la piscina del edificio a la playa. Luego hacemos reuniones y fiestas en casas de amigas. Y voy a los cines, en cualquiera de los shoppings.

Estados Unidos en general, y Miami en particular, son las referencias de vida y también de ocio. Sin embargo, el toque de distinción llega desde otras latitudes. Daniela, por ejemplo, consagró su fiesta al universo del canadiense Cirque du Soleil.

Los decoradores son la piedra angular de las fiestas de 15. Además de plasmar un concepto festivo en un espacio físico, asumen el proceso creativo completo del evento y por eso se llevan hasta casi la mitad del presupuesto: darle forma al sueño de una familia rica cuesta dinero. Antonio Neves da Rocha habla corriendo y corre hablando. Quedan minutos para que empiece la fiesta de Daniela en la sala de fiestas Gávea 150, en 
Barra da Tijuca y, a las carreras, explica como se cuantifica su trabajo, reconocido como uno de los decoradores más reputados de Río:

—Yo tengo un fee (tarifa) y aparte de eso se le agrega todo lo que me quieran dar para hacer en la fiesta. Como tengo proveedores muy buenas, de garantía, todo se hace más fácil.

Su trabajo no escatima detalles para representar la atmósfera del Cirque du Soleil. Es un espacio gigante con entreplanta, con paredes forradas en tela brillante, moqueta rosa chicle, área para el descanso en el perímetro con sofás en colores eléctricos y proyecciones sobre cada mesa, repetidas en pantallas grandes en las paredes. Hay veinte lámparas que suben y bajan cambiando de color. Y, además, otras veinticinco bolas de espejo en continua rotación.

—El cumple de quince años es una visión a mitad de camino, es una niña jugando a ser mujer. Ella quiere ser mujer, ya quiere tener novio, pero es una niña, hay que encontrar el punto justo. Como el Cirque du Soleil.

Neves da Rocha, gigantón, jadea en su paseo, con una camisa polo de estampado ojo de perdiz y un anillo en el dedo meñique que levanta, mientras habla con paso corpulento.

—He hecho locuras, como transformar un picadero de la Hípica en un teatro veneciano para un baile de máscaras con palcos, camarotes. Es divertido, la gente tiene ganas de hacer cosas y una fiesta es una gran excusa. ¿Quién sabe lo que nos va a pasar mañana? Incluso a los que tienen menos dinero yo siempre les digo: 
celebre más y ahora, no deje pasar ni un solo día.
—Pero, ¿hace falta tanta sofisticación en una fiesta de quince?
—Sofisticación hace falta siempre. Si no, estamos apañados en la vida, ¿no?

Sofisticación y elegancia. Palabras mil veces repetidas por expertos en la materia, los cariocas y también los de Sao Paulo, donde la industria de eventos también distingue entre áreas, según el espectro de clase. Angela Klinke, columnista del diario Valor Económico especializada en el mercado del lujo, aporta pistas al otro lado de la línea:

—En Sao Paulo los nuevos dineros están en la Zona Este, donde hay una concepción exuberante del lujo de las fiestas de quince, que se convierten en universos de exhibición aspiracional. En la Zona Oeste, adinerada de siempre, los eventos tienen que ser ostentosos ya de por sí, no se entenderían de otra manera.

Claudio Diniz explica un caso extremo para ilustrar la cultura de la ostentación:
—En Sao Paulo aún hay ecos de una fiesta que hizo alguien en Mato Grosso que costó diez millones de reales (4.5 millones de dólares), porque fletó un avión para sus amigos. ¿Pero cuánto es eso para alguien que tiene mil millones de reales?

Según Diniz, el nuevo millonario pasa por tres etapas: en la primera no gasta, por precaución. En la segunda hace todo lo contrario, gasta todo lo posible, cuando se da cuenta de que tiene dinero. Y en la tercera el lujo se convierte en forma de vida. Cuando llega esa etapa, los hijos ya están crecidos. Y así llegan, por ejemplo, las fiestas de quince, como la de Daniela Dantas, donde se ve claro el choque generacional: de seiscientos invitados, hay una buena porción de adultos, la mayoría familiares, llegados del interior, que han empezado desde abajo y ahora tienen una buena posición económica. Y, al mismo tiempo, una multitud de adolescentes 
que no saben, por ejemplo, lo que es usar el transporte público. La grieta la tapa el dinero: el cumpleaños terminará costando a la familia algo más de ciento cincuenta mil dólares.

Es viernes, nueve de la noche, la hora marcada para el inicio de la fiesta de Daniela. Hay movimiento en la entrada de la casa de fiestas Gávea 150. Junto al portón un hombre delgado mueve dos antorchas a las que les escupe líquido inflamable, que se convierte en alargada llama azul. Luego se mete la antorcha en la boca y la apaga. Decenas de chicos y chicas emperifollados pasan a su lado con expresión de sorpresa y se presentan en la mesa de registros de la puerta principal. El recinto está abigarrado por los colores vivos de las luces combinados con los destellos de los vestidos de las invitadas adultas, la mayoría madres de las amigas de la homenajeada. Junto a sus maridos suben al piso de los adultos, donde esperan camareros que pasean whiskies etiqueta negra y vodka francés. Abajo, un gigante de 2.20 metros con zancos escondidos dentro de un pantalón plateado de espejos. A su lado, dos payasos, uno alegre, el otro triste, se atreven a hacer bromas pesadas a los chicos. Dos mujeres ataviadas con elementos circenses, con un traje ajustado de calza arlequinada, medias rojas, tacos y una serpentina que hacen zigzaguear mientras bailan con la música que ya empieza a subir de volumen. Todo funciona como un reloj. A la medianoche se le brinda homenaje a Daniela, que baila con el padre, el padrino y un amigo. Después, varias personas elegidas para el ceremonial se van pasando el micro para hablar de ella. Una profestora suya cita a Clarice Lispector para aconsejarle: “La felicidad es muy simple: sueña con aquello que quieras y ve a buscarlo”.  Después, una primita le canta un himno evangélico en el que le llama “Princesa linda” y se invoca al “padre creador”. Y enseguida suena el cumpleaños feliz que, a su vez, da paso al house y el techno. Las atracciones que no se detienen. Escoltado por dos hombres de traje, aparece una especie de robot gigante, que porta dos pistolas de laser-led y de dióxido de carbono. Empieza a disparar sus armas abriéndose paso entre la masa enfervorizada. En un momento dado, agarra un pistolón y suelta, como quien descorcha un champán, una lluvia de papelitos y en el aire queda suspendido el olor a pólvora.

Mariana Sidi sale del coche con su madre y su hermana hacia el hall de entrada del Iate Club de Río de Janeiro, donde se celebra su fiesta de quince. Allí les esperan los fotógrafos, ante los que posan como vedettes: zapatos de tacos de diez centímetros, maquillaje profesional. Al entrar al salón la madre de Mariana, Daniela, se emociona al ver el salón de fiestas y se funde en un abrazo con las dos organizadoras. Es la culminación de un trabajo de diez meses convertido en maratón de preparativos en las últimas semanas.

Diez días antes de su fiesta, mientras hojea revistas en un sofá de la cooperativa de fotógrafos donde espera por una reunión junto a su madre, Mariana Sidi cuenta su objetivo:
—Quiero que todo el mundo vaya y sea feliz. Si la fiesta no es la bomba, será un fracaso. A mí me gusta mucho la música electrónica, así que elegí una fiesta sin vals ni príncipe. La verdad es que yo no me parezco mucho a los otros, siempre me ha gustado ser diferente. Yo investigo en internet y luego las paso.

En esa investigación descubrió unas fiestas en las que la gente se pinta con maquillaje fluorescente que reluce bajo lamparitas de luz negra. Así que toda la preparación de la fiesta giró en torno a eso que llaman glow party (“fiesta del brillo” en inglés). Su versión carioca fue creada por la cooperativa fotográfica I hate Flash (Odio el flash), donde Mariana y su madre reciben presupuestos para la fiesta. El servicio incluye dos fotógrafos, que editan y suben a una web encriptada una galería de doscientas fotos tratadas y a alta resolución, y además otras mil en baja. Precio: mil trescientos dólares. Rodrigo Esper, responsable de la firma, entiende que el boom de las fiestas de quince llega por decantación:

—Creo que durante mucho tiempo no se pudieron hacer muchas fiestas por las limitaciones del país, pero al haber más dinero e importar producciones de Estados Unidos, al estilo Sweet Sixteen (dulces dieceséis), con programa de televisión incluido, hizo cambiar todo.

Quedan cinco días para la fiesta. En una vía subsidiaria de la calle más cara de Leblon, el barrio más caro de Río, la ciudad más cara de Latinoamérica, un primer piso de un edificio antiguo esconde el atelier de una modista de lujo: hay maniquíes con vestidos strapless, de moda entre las novias, cajas de sombreros y tela de terciopelo en la sala principal. Un pasillo y al fondo, el cuarto-probador, donde una costurera retoca con alfileres el vestido de Mariana, subida a un taburete frente al espejo. La madre dice: “Si tiramos un poquito del hombro va a quedar más recto”.

Susanna Bennesby, diseñadora del vestido y dueña de la marca, se felicita por el trabajo y se lo dice a las chicas. Bennesby ha visto pasar un par de generaciones celebrando cumpleaños de quince y explica el principal cambio desde la indumentaria:

—Los últimos diez años han sido de un cambio total. Digamos que ahora se incrementa el sueño de la debutante. Y eso, en la moda, lleva a usar no uno, sino dos o tres vestidos para la misma noche: uno largo para la recepción, otro de princesa, para el vals, y uno cortísimo para la fiesta. Los colores también han cambiado. Del rosa bebé y el violeta hemos pasado al rosa pink, naranja, neón y fluorescente.

En el caso de Mariana se hace todo en uno: sólo lleva un vestido, en principio largo y blanco, pero reconvertible en un traje corto y naranja. Son detalles para economizar un rubro que da opciones al consumidor. Por ejemplo, el vestido se compra o se usa como “primer alquiler”. En propiedad, Susanna vende sus vestidos en hasta tres mil dólares. En alquiler no pasa de quinientos.

Daniela, la madre, repasa números y dice que a la fiesta irán solo doscientos cincuenta invitados (aunque luego se convertirán en trescientos), una cifra justa, en su opinión.

—El cumple de quince para mí es un cambio de página. Se convierte en mujer, comienza a interacturar con los chicos, brota la sensualidad. Es un quiebre. Y en el caso de Mariana ella fue quien eligió todo.

El día de la fiesta hay alboroto en la casa de los Sidi, en el barrio de Sao Conrado, entre Leblon y Barra da Tijuca. Abre la puerta Daniela, la madre de Mariana. A la homenajeada se la ve junto al recibidor, hablando con su hermana pequeña. Las tres están en albornoz. Por detrás aparece también la abuela, igualmente en bata de baño, tomando un café humeante. En las repisas modernas hay libros sobre Israel, una oración para el crecimiento de los hijos, en portugués y hebreo, y una foto de un crucero de los abuelos con las hijas. Y otras de las niñas con el padrastro, el marido de Daniela. Alain abrió su primera zapatería hace veinte años y ahora tiene un imperio con veinticinco tiendas en Río. Y se casó con Daniela, que tiene una empresa de uniformes. Una pantalla de cincuenta pulgadas escupe vídeos musicales en el salón. En el lugar hay dos mucamas, una peluquera y dos maquilladoras. Titilan las piedras de hielo de una cubitera que hay junto a un sofá gigante, al lado de unas orquídeas en perfecta caída sobre la mesa de bebidas. Mientras, Viviana Borlido, maquilladora, abre su maletín como si fuera el de un dentista del lejano oeste, frente a un espejo de una pieza contigua al salón, con decenas de botes de maquillaje diferente, “los mismos que usamos para un desfile de moda”, dice. Ahora están, madre e hija, juntas frente al espejo, en salida de baño, el peinado y maquillaje a medio hacer: dos gotas de agua.

A las once de la noche ya están los invitados en el salón principal del Iate Club De Rio de Janeiro. Ya se llenó la pista de chicas que miran al ejército de cámaras con sonrisa perfecta y de chicos que lucen clónicas camisas a cuadros Abercrombie & Fitch. “El status”, dice Patricia Monroi, una de las organizadoras de la fiesta, “no es que casi todos vistan camisa de cuadros, sino que todas sean de esa marca. Las familias van dos y tres veces por año a Miami a comprarlas”. Poco después de haber empezado, Mariana corta la torta y la gente canta cumpleaños feliz. Y a continuación, a falta de vals, sus amigas hacen una coreografía con carteles que forman su nombre, mientras suena “Viva la Vida” de Coldplay. Al terminar, se retira el pastel, la música sube de volumen y empieza el momento más esperado: el show del pinchadiscos más importante de la escena carioca de las fiestas de quince: Filippo DJ.

De un minuto para otro, Filippo, de camiseta Calvin Klein blanca pegada al cuerpo, mueve el rostro bronceado con los auriculares en las orejas tras la mesa de mezclas y es aclamado como una estrella. Suena “Wake Me Up”, del DJ sueco Avicii. Y la pista baila a los pies del DJ carioca. Daniela, la madre de Mariana, asiste extasiada al momento.

—Empezamos hace ocho meses y lo primero que me dijo fue: quiero a Filippo DJ. Y no su show corto, sino el de la noche entera.

Esa actuación cuesta entre cuatro mil quinientos y siete mil dólares, dependiendo de la fiesta y los extras. Se paga la música y el equipo. Pero sobre todo se cotiza la marca que Filippo ha conseguido crear con su trabajo y su sentido del marketing. Simpatiquísimo, con aire de cantante y en una jerga informal, habla con pasión de su historia, que es un poco la del boom de las fiestas de quince:

—Yo caí en este mercado en paracaídas. Ya había tocado en discotecas en el suburbio, y luego me pasé a hacer quince años. Eso fue hace seis años. Yo hice un sonido más moderno que el de la época, que era algo pasado de moda, sólo para familia, y la fiesta se convirtió en un megaclub para adolescentes. Intento tocar un mínimo de funk (género electrónico brasileño), sólo lo esencial, máximo treinta minutos, y luego todo electrónica.

Hay un gran espejo con luces negras donde la cumpleañera y sus amigas se sacan fotos pintarrajeadas y buscando el encuadre para que se vea el texto del hashtag de Twitter que está sobreimpreso al revés, como las ambulancias, en el espejo: #marisidi15. Hay música machacante en la pista y besos en los sofás, que terminarán difuminándose en el humo de una fiesta larga y exitosa. Al día siguiente, al otro lado del teléfono, Daniela Sidi atiende el teléfono:

—Todo fue perfecto, realmente. Pero ahora después de tanto trabajo quiero relax. Mañana me voy a Nueva York unos días a descansar.

Aunque familiarizados con los hábitos de consumo, para los analistas hay cada vez más variables que van modificando el perfil de las fiestas de quince, normalmente en función de modas y tendencias, hasta casi pasarse de rosca. Así lo asegura Ángela Klinke:

—Cuando una fiesta es la representación de la verdad, de una conquista familiar, tiene sentido. Pero muchas veces no pasa ni cerca de eso, y además se crea un patrón exacerbado en edades jóvenes, que crea la necesidad de marcar todavía más su identidad y su área de actuación. ¿Qué será lo siguiente? ¿Cuál es la proyección y el modelo para esos jóvenes? Quizás un día cambie la tendencia y se propague que lo realmente genial es la privacidad. Y así quizás ya no se festejará nada.

Antes de estas nuevas fiestas de quince, había otros eventos con altas dosis de sofisticación: los casamientos. Aunque siempre fueron más clásicas, el negocio de las bodas toda la vida fue gigante en Brasil, e incluye un ramillete de publicaciones relacionadas a esos eventos. Entre ellas sobresale el grupo que publica Inesquecível Casamento (“Inolvidable casamiento”). Atentos a los cambios, hace siete años se dieron cuenta de que el negocio aumentaba por otro lado y fundaron Inesquecível 15, que hoy ya tira cuarenta mil ejemplares. Fabiano Niederauer, director y socio propietario, se congratula en su despacho de que su negocio continúe con viento de cola:

—Brasil está creciendo mucho y por lo tanto la industria de fiesta también. El brasileño es alegre y le gusta festejar. Y con la economía como está, es normal que se termine convirtiendo en una megaproducción.

A su lado, la jefa de redacción, Lorena Dalla, apunta y dispara:
Inesquecível es a los eventos lo que Vogue a la moda.

Son tres revistas al año que pesan como tomos de enciclopedia. Más de treinta fiestas por número, de las que doscientas llegan recomendadas a la redacción. Allí, Niederauer, Dalla, etcétera, eligen entre todas, entre otros baremos, por la belleza y la originalidad. De la fiesta y de la cumpleañera. La lucha por aparecer en la revista, y más aún en la portada, es tremenda, como asume Niederauer.

—Salir en la portada es nuestro mejor problema. Todas quieren aparecer. Las madres se desesperan y no paran de preguntar cuánto cuesta que su hija. Pero iríamos contra nuestra línea editorial.

La fiesta más grande que le encargaron a Mariana Nogueira fue en una hacienda gigante en Angra dos Reis, en la costa de Río de Janeiro. Querían construir un lago artificial para arrojar objetos con los nombres de los invitados y después pescarlos. No pudo conseguir tal empresa, pero lo recrearon en una piscina. Nogueira es decoradora, ceremonialista y productora. Y militante de una industria floreciente:

—El de afuera piensa: está gastando y haciendo un evento que tiene el valor de un coche, por ejemplo. Pero hablemos por el otro lado: es una persona que puede gastarlo y da trabajo a muchísima gente. En mi opinión es un mercado maravilloso, porque da una alegría tremenda. Aunque dure sólo cinco horas.

Es el caso de la fiesta que se celebra dentro de cinco días en el Jockey Club, el hipódromo de Río, otra dirección noble de la ciudad. El tema del cumpleaños es el musical Cabaret. Para que todo salga a la perfección, Nogueira ha convocado un ensayo general con la familia de la debutante, llamada Stephanie. Llega vestida informal, con camiseta, falda larga y sandalias. Parece mayor que sus catorce años. Detrás llega la madre, Angelica, con botas, rizos rubios sobre una camisa de lentejuelas por fuera de la cintura de avispa cerrada por un vaquero. Parece muy joven. En la fiesta costará diferenciarlas.

Stephanie dice, en cuanto deja sus cosas sobre una mesa al lado de la pista de baile:
—Estoy más feliz que nunca. Pero nerviosa. Ayer ni dormí. Llevamos preparando esto desde hace seis meses. Siempre quise hacer fiesta de 15 años, no es por moda. Elegí el tema de Cabaret porque no me gusta que se asocie la fiesta a algo del estilo de una princesa, quería algo más atrevido. Y por eso le pedí a una ex profesora de baile que me hiciera una coreografía.

Es un ensayo, pero llegan tres fotógrafos y dos camarógrafos. Luego, los hermanos y el padre, con quienes bailará un compilado ecléctico en el que se irán pasando a la cumpleañera de canción en canción: con el padre bailará el vals “Voces de primavera”, de Strauss, mezclado en su final con “Your Song”, de la película Moulin Rouge para el baile con el hermano menor, que a continuación se la pasa al mayor mientras suena “Get Lucky” de Daft Punk.

Stephanie nació, creció, vive, estudia y se divierte en apenas un radio de diez cuadras, según cuenta en frases cortas y tímidas. Y no diez cuadras cualesquiera, sino las que conforman el barrio de Ipanema, que aloja a parte de la clase alta. En las mismas calles donde se crió Stephanie se gestó la bossanova. A dos cuadras de la casa de sus padres está el famoso bar donde se encharcaban en whisky y tertulia Tom Jobim y Vinicius de Moraes. Su colegio, el tradicional Notre Dame, está equidistante entre su casa, la laguna y la playa, donde pasa la mayor parte del ocio junto a sus amigas.

Ellas le acompañan el día de la fiesta. Hay flores y plumas rojas y negras. En el centro del salón hay una mesita de espejo con un pastel totémico de cinco pisos con motivos de un cabaret: los cordeles de un corsé, los vuelos de un vestido y, culminando, dos piernas embutidas en medias de red y apuntando al cielo. Al fondo del salón, diez chicas gigantes con vestido rojo gritan: “Linda, uuuh”, con ese gritito tribal estadounidense de película, cuando aparece Stephanie con un vestido de lentejuelas y red. Le esperan los fotógrafos. Ya no parece la chica tímida de días anteriores. Ahora pone manos en jarras y enseña la dentadura a las cámaras, como una actriz. Entonces parece su madre y se colocan, ambas, dentro de una gran jaula dorada que ocupa la entrada del salón. Llegan los primeros canapés. En el bar hay vodka y jugos coloridos. Cuando se empieza a llenar el local, entran repentinamente cuatro bailarinas caracterizadas como Liza Minelli. Hacen coreografías a medio improvisar, dividiéndose por parejas y usando los enormes puffs de la entrada y la jaula dorada. Luego quince amigas vestidas de rojo furioso homenajean a Stephanie. Cada una lleva cuatro globos en forma de corazón. La cumpleañera entra en la pista central al compás de “Isn’t She Lovely” de Stevie Wonder y el padre le coloca un anillo cuando empieza el vals, acompañado de grititos. Se prenden las luces y la estampa bucólica da paso a la fiesta de verdad, la de la música ensordecedora y los laser, con la jaula dorada como protagonista. Y de ahí, a las redes sociales, donde se juega una fiesta paralela.

Hay un video que circula entre los celulares de la comunidad de los cumpleaños de quince que causa estupor primero y luego rubor. En él, tres chicos juegan sexualmente con una chica en una secuencia rayana en la violación. Si la escena, grabada por los propios chicos, era cruda de por sí, se convirtió en más perversa aún por el uso que se le quiso dar a las imágenes. Cuentan varias personas relacionadas con las fiestas, de diferentes procedencias y sin conocerse entre sí, que un día de 2013 un grupo de jóvenes amenazó con inundar la red con ese video cuando les impidieron entrar en una fiesta a la que no estaban invitados. El cumpleaños era el de la chica que aparecía en las imágenes.

Hasta qué punto la tecnología y las redes sociales influyen en el comportamiento de los adolescentes ha sido estudiado a fondo. En el caso de las fiestas de quince es evidente que juegan una parte fundamental, como resume Ángela Klinke:

—Estos eventos son un símbolo perfecto no sólo para mostrar dinero, sino para proyectarse socialmente. Y es interesante que todo va alrededor del vídeo, con blogueros que se encargan de darle publicidad a los eventos. Es el mal de las redes sociales: ya no vale ser rico. También hay que ser popular.

Un día antes de la fiesta, Mariana Sidi reunió a sus diez mejores amigas en un restaurante de Ipanema para un almuerzo informal. Vestidas con el traje deportivo del colegio, lejos del glamour y los microvestidos, las chicas aparentan ser chicas de su edad. En la mesa alargada donde dan cuenta de sandwiches acompañados de jugos naturales de frutas, todas toquetean sus smartphones sin parar mientras hablan con el periodista.

—¿Qué redes sociales usan?
—Instagram, Twitter  y Snapshot.
—¿Y Facebook?
—Eso ya pasó. Cuando tu abuelo aparece ahí… es que algo está 
ocurriendo.

En una rápida encuesta a pie de mesa resulta que: de las once chicas, las once tienen un iPhone. Cuatro de ellas tienen el modelo 4 y cinco el 5, más moderno. ¿Por qué lo cambian? Contesta una amiga de Mariana, de nombre Raphaella:
—Porque el 4 se me quedó viejo. Lo tenía hace ya un año.

Las chicas contestan rápido cuántas fundas tienen: siete, nueve, ocho. Hablan de meses como si fueran años y de cosas que pasaron de moda hace poco como del siglo pasado. Hasta hace poco había un debate en las redes: si era más chic viajar o hacer una fiesta. Ahora casi no hay discusión. Se ha redoblado la apuesta y, quien puede, hace las dos cosas. Estas once niñas viajarán juntas por el cumpleaños de quince de Daniela tres veces celebrado (la fiesta, la fiesta-almuerzo, la fiesta-viaje). ¿Adónde? A Disney ¿Alguna de ellas fue a Disney? Todas. ¿Cuántas veces? Siete. Cuatro. Cinco. Pero ahora irán solas. Y eso parece marcar una enorme diferencia.\\

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