El milagro peruano

Después de varias décadas de inestabilidad y de una inflación sin
control, Perú se ha convertido en una de las economías más prósperas de
la región. En Lima se venden departamentos en millones de dólares; hay
varias ferias de arte contemporáneo al año; se organizan desfiles de
alta costura local —algunos de ellos se definen como “andino chic”—; hay
clubes sociales con membresías costosísimas; los centros comerciales no
paran de vender, y los bancos obtienen ganancias sin precedentes. Todo
parece indicar que la economía seguirá creciendo a este ritmo. Sin
embargo, para algunos, esta estabilidad es una ilusión y en el país
todavía hay una enorme desigualdad.

Por David Hidalgo / Fotografía Gary Manrique

Una mañana de julio de 2013, La Prensa, un portal peruano de noticias, publicó el siguiente titular: “En el Perú hay más de dos mil millonarios”. No queda registro de la reacción de los limeños a esa noticia, pero lo más seguro es que apenas haya sido un dato curioso, un detalle para comentar en el almuerzo o al llegar a casa después del trabajo.

En el Perú del siglo XXI pasan cosas que veinte años antes hubieran parecido de ciencia ficción. En el país que se consideraba la capital de las depresiones emotivas y financieras ahora leemos acerca de riquezas como si miráramos el pronóstico del clima: mil 700 millones de dólares en ganancias para los bancos en 2013; 500 millones en ganancias para los centros comerciales en lo que va de este año; 40 mil millones en nuevas inversiones, en tres años, hasta el 2015. El cambio da para un diagnóstico de bipolaridad colectiva: a fines de los años ochenta, el economista Manuel Moreira sugirió que, si persistía el desmadre de país al que habíamos llegado, tal vez debíamos colocar un letrero gigante de “Se vende” y largarnos en masa al extranjero; en 2012, en cambio, el diario Gestión, especializado en economía, anunciaba que más de 25 mil peruanos tienen más de un millón de dólares en sus cuentas bancarias. “Muchos de los nuevos ricos no saben qué hacer con tanto dinero y demandan asesoría financiera”, señalaba la nota. Alguien podría decir que al fin los economistas son tan apreciados como los astrólogos. Pero la historia es larga y este país guarda fósiles de profetas y promesas rotas en los clósets.

En octubre de 1987, las calles de Lima estaban repletas de millonarios a causa de la última devaluación de la moneda. El Perú era un país que envejecía mientras hacía fila para conseguir productos de primera necesidad y la gente cargaba millones en los bolsillos sólo para comprar pan.

Pero el año 2002 trajo una buena racha con el aumento de los precios internacionales de materias primas. Después de diez años de crecimiento continuo este parece otro país. Entre aquella nación en quiebra y la euforia del llamado milagro económico hubo una guerra interna, una dictadura, un agitado retorno a la democracia. En agosto del 2012, el diario Gestión ya traía reportes de insólita prosperidad. Un analista de inversión describía el fenómeno de los nuevos ricos. Hablaba de gente que había trabajado veinte o treinta años en su propio negocio y que, ahora, recibía una cuantiosa oferta de compra. O de gente que se había pasado toda la vida en la misma casa familiar, en distritos de clase media u obrera, y, de pronto, recibía la visita de un agente inmobiliario. “Como el metro cuadrado se ha disparado a miles de dólares, estas personas súbitamente se encuentran con dos o tres millones y se preguntan: ¿ahora qué hago?”, decía el analista.

Herman Melville, el navegante que se volvió escritor, describió a Lima como “la ciudad más triste y extraña que se puede imaginar”. En la segunda década del siglo XXI, el cambio de ánimo empieza en la misma orilla.

—Tener esta embarcación es lo mejor que me ha podido pasar —dice el empresario Fernando Bertie, parado al timón de su yate, una hermosa máquina de caparazón blanco y sillones azules, del largo de tres autos en fila.

En los alrededores hay cuatro hileras de veleros y catamaranes relucientes. Bertie es un hombre de mediana edad dedicado a los bienes raíces. Por estos días asesora al Lima Marina Club —inaugurado en 2010, un año que los economistas calificaron como de un “crecimiento excepcional”— para promover afiliaciones en la clase alta de Lima. Su mejor argumento, asegura, es su propio testimonio. Hasta hace un tiempo, hubiera tenido que hacer un viaje de casi una hora en auto para ponerse a cubierta: en el Perú, la navegación recreativa siempre ha sido una afición de gente acomodada, y la gente acomodada, por privacidad y precaución, tenía sus enclaves náuticos en balnearios privados en los extremos de la ciudad. Veinte años de crisis económica y política sugerían prudencia. “Podían ser mal vistos”, dice el empresario. El limeño exitoso de hoy ya no esconde su buena suerte. Esta mañana, por ejemplo, Bertie tardó apenas diez minutos desde su oficina en el distrito financiero y residencial de San Isidro. El embarcadero del Lima Marina Club está en un sector del circuito de playas que millones de personas recorren todos los días. La prosperidad es parte —solo parte— del paisaje.

Caminamos hacia el club house. Pisos y paredes recubiertas de madera pulida, estrellas náuticas enchapadas y muebles. Parte del mobiliario, aún por estrenar, está envuelto con plástico o cartón. Estas instalaciones forman la segunda etapa del proyecto y van a inaugurarse en un par de semanas. Bertie hace de guía por salones y corredores. Hay un gimnasio con vista al mar, tiendas de ropa y delicatessen. Hay olor a nuevo, eco en los salones y ajetreo en el aire. En el segundo piso, los cocineros del restaurante Pharos hacen las últimas pruebas de la carta como si estuvieran analizando el alcance de un nuevo misil ultramarino.

—Esto apunta al público más sofisticado de Lima —dice Bertie, quien se especializa en proyectos inmobiliarios de lujo—. Hay gente que ya es miembro de cuatro o cinco clubes, pero se interesan en éste porque es diferente: la ubicación es lo más importante.

Un par de llamadas en medio de la conversación parecen confirmar la expectativa. Bertie nunca deja de contestar el teléfono a un posible socio. Hasta ahora hay quinientos inscritos. En algunos meses alcanzará el tope de ochocientos. Buena parte se afilia con la idea de disfrutar en tiempo real de sus excedentes: invertir en la bolsa puede dar dinero, ahorrar en un banco da seguridad, pero no se disfruta ahora. Si en el Perú de los años ochenta el carpe diem era una exhortación lúgubre —algo así como: “vive antes de que te mate un coche bomba” —, ahora es una invitación al hedonismo. Fernando Bertie contabiliza los beneficios de tener una marina frente al área urbana: antes sólo hubiera usado su yate durante los doce fines de semana del verano; ahora que está tan cerca lo puede usar los 52 fines de semana del año, sin contar los días laborables. Con eso, dice, ha cuadruplicado la rentabilidad del placer. En cuanto se le antoje puede venir, dar un paseo de una hora en el mar y regresar a la ciudad.

—Es la mejor inversión en términos de felicidad.

La riqueza tiene árbol genealógico. En marzo del 2013 la revista Forbes incluyó por primera vez a diez multimillonarios peruanos en su lista de hombres más ricos del mundo. Había banqueros, mineros, industriales. Varios eran miembros de la misma familia. En ese reducido grupo aparecían, cada cual con su puesto, los hermanos Vitto y Jorge Rodríguez Rodríguez, cabezas del imperio de lácteos Gloria; los hermanos Mario, Ana María y Rosa Brescia Cafferata, con intereses desde la pesca hasta la banca; y los hermanos Eduardo y Juan Fernando Belmont Anderson, potentados de los cosméticos Yanbal Internacional y Belcorp.

El crecimiento genera nuevas tradiciones domésticas: el último grito de la euforia económica es tener un family office, un equipo de expertos en finanzas dedicado de tiempo completo a hacer crecer la fortuna familiar. Es como tener un banco de inversión propio, si tienes más de cincuenta millones de dólares. Hacia el año 2012, en el Perú había diez multi–family office, una variante que administra varias fortunas de al menos diez millones de dólares cada una. El capitalismo es un estado aspiracional.

El diagnóstico de la realidad peruana tiene matices heréticos: parece un milagro, pero no lo es. La economía, como la fe, es un asunto de evidencias circunstanciales: el punto de partida fue tan bajo, que la mejora se nos presentó como una ocasión propicia para construirnos una mitología del éxito.

—Hay un grupo de peruanos que ha acumulado una enorme riqueza, eso es verdad. Pero también es cierto que la mayoría de peruanos no vive esa bonanza —dice Carlos Parodi, un prestigioso catedrático de la Universidad del Pacífico.

Parodi se especializa en la evolución histórica de la economía peruana. Tiempo atrás, publicó el libro Perú: 1960–2000: políticas económicas y sociales en entornos cambiantes, que recorría todos los tumbos económicos desde el último régimen militar hasta los gobiernos de la democracia. Allí dice que, a fines de los años ochenta, el Perú llegó a un punto de no retorno: un país saqueado por políticos populistas, aislado de la comunidad financiera internacional, con un Estado sin capacidad administrativa y dos movimientos terroristas —Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA)— en pugna por el poder. El PIB per cápita había retrocedido treinta años. La pobreza extrema se había cuadriplicado. Quiere decir —indica Parodi— que si a mediados de los ochenta uno de cada ocho limeños era pobre, al final de esa década uno de cada dos limeños padecía esa condición. La capacidad de consumo cayó a la mitad, en promedio, y entre los más pobres fue peor.

La única salida de ese embrollo era un dramático programa de estabilización y una serie de reformas estructurales para transformar el Estado. El escritor Mario Vargas Llosa se presentó a las elecciones presidenciales anunciando que llevaría a cabo esas reformas, y perdió ante Alberto Fujimori, quien prometió que no las aplicaría pero lo hizo, y de forma brutal: una noche de agosto, en los primeros días del nuevo régimen, el ministro de Economía anunció que el Estado dejaría de subvencionar los precios. A la mañana siguiente, el pan costaba dos veces más y el costo de la gasolina había aumentado treinta veces. “El programa de shock buscó equilibrar la economía (o lo que los economistas denominan ‘poner la casa en orden’) con la finalidad de sentar las bases del crecimiento”, señala el estudio de Parodi. Entonces se aplicaron las reformas, que suponían una estrategia basada en el mercado y la apertura hacia el exterior. La receta se ha mantenido desde entonces.

—Digamos que el Perú hizo internamente su tarea. Pero si la situación externa no hubiera jugado a favor, esa tarea no se hubiera visto reflejada en unas cifras económicas tan espectaculares —dice Parodi, sentado ahora en su oficina atiborrada de libros en el Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico, un think tank del que han salido varios ministros y altos funcionarios que han llevado adelante el crecimiento peruano.

La situación externa es China y su voracidad para comprar materias primas. El Perú es el tercer mayor productor de cobre del mundo. China es el principal comprador: en 2012 se llevó casi un tercio de este metal peruano. Si el gigante se sienta, como parece, la onda expansiva nos pondrá a temblar. Parodi dice que hay que tomar las cifras del crecimiento con pinzas: los resultados económicos nunca fueron un fin, sino un medio para alcanzar el bienestar. Sin embargo, señala, en el Perú de hoy el ciudadano de a pie tiene la idea de que el Estado no funciona, en el sentido de que no da servicios básicos de calidad a todos. El que tiene dinero compra una buena educación, tiene seguro de salud, compra seguridad. El que no tiene dinero, carece hasta de lo elemental.

—Es una situación incompatible con la idea de un país rico.

A inicios de los años sesenta, el escritor Sebastián Salazar Bondy dijo esto del paisaje urbano: “es como una caligrafía en cuyos rasgos es dable descifrar la incógnita de un espíritu colectivo”. En ese entonces, la capital del Perú era la quinta parte de lo que es hoy, un laboratorio del caos rodeado por cinturones de pobreza. Lima, este año, es una ciudad en estado de asombro: una semana desaparece una casona y a la siguiente aparece un edificio. A veces, todo pasa en la misma semana. Con frecuencia en la misma cuadra. Tan sólo entre 2011 y 2012 se vendieron un millón 768 mil 357 metros cuadrados de nuevas propiedades en cinco de los 43 distritos de Lima. El fenómeno ha dotado a la ciudad de una banda sonora de efectos imprevistos: un barullo de cosas que se quiebran, cosas que se desmoronan, cosas que se arrastran o se cortan, cosas que se arman a martillazos, cosas que encajan a golpes en la tierra, cosas que funcionan con electricidad o energías fósiles, cosas a tracción humana, cosas que nacen o cosas que mueren con estrépito en el afán de resucitar una ciudad —un país—. Nadie nos había advertido que la prosperidad —si era esto— sería más ruidosa que el caos.

En un país donde tener dinero nunca fue garantía de buen gusto, algunos bienaventurados esperan habitar una torre dibujada por Philippe Starck. El astro francés del diseño —que se jacta de crear desde biberones de dos dólares hasta naves espaciales de doscientos millones— ha inventado un edificio de diecisiete pisos cerca de los acantilados de la Costa Verde, la franja de playas que une varios distritos de Lima. Se llama Malecón, y es posible que se convierta en un referente geográfico en una ciudad donde pocos respetan las señales urbanas. Una especie de faro en una ciudad que se creía desangelada: los futuros vecinos tendrán lámparas de diseño en las áreas comunes y departamentos decorados en uno de cuatro estilos, del minimalista para nuevos yuppies al ecológico ultraelegante. El nuevo fetiche del buen vivir es una obra de arte donde la piscina interior lucirá como un salón de palacio de Gobierno. Los limeños con superávit pagan por vivir en una casa con firma de autor.

—Es como que te compres un Rolls Royce —dice Jimena Rodríguez, una joven arquitecta de ACM, una compañía inmobiliaria especializada en propiedades de lujo.

Rodríguez, de treinta años y experta en diseño de interiores, es parte de la generación que ha crecido en un país que se quita el viejo pijama del pesimismo. Cuando se graduó, los diarios ya no hablaban de arcas vacías, sino de dinero fresco. Ahora trabaja en una inmobiliaria que no necesita anuncios publicitarios. Una muestra es el propio edificio Malecón: cuando conversamos, ni siquiera se ha techado el sótano y apenas quedan disponibles cinco de los 29 departamentos que incluye el diseño. El precio de cada unidad supera los 800 mil dólares. Hay gente que ha comprado dos para hacerse uno más grande.

—No trabajamos con préstamos. Los clientes pagan con sus propios recursos —dice la arquitecta en una luminosa oficina de San Isidro, un distrito que concentra mansiones y centros empresariales—. La cantidad de millonarios que se están haciendo acá es impresionante.

Junto a la puerta hay un tablero con varios recortes periodísticos. Uno informa de los tours arquitectónicos que ya se pueden hacer en Lima. Otro muestra un proyecto que Philippe Starck hace ahora mismo en China. Un tercero señala los arquitectos más importantes del mundo. Rodríguez lo ha separado porque habla del segundo gran proyecto de ACM: una obra del arquitecto Robert A. M. Stern, un clásico viviente, el autor del edificio de departamentos más caro en la historia de Nueva York. Para el nuevo proyecto de Lima, Stern fue escogido de entre una terna en la que estuvieron las superestrellas Zaha Hadid y Arthur Casas.

—Nos ha hecho un edificio espectacular, enchapado en piedra, como algunos de sus proyectos en Londres o París. Es finísimo.

El edificio estará a pocas cuadras de aquí, en un sector de San Isidro donde está el terreno más caro del Perú: diez mil dólares el metro cuadrado. El departamento más pequeño cuesta más de dos millones de dólares. El penthouse tendrá mil 500 metros cuadrados.

—Nos llaman millonarios de Turquía, Dubái o China, interesados en invertir, pero por ahora preferimos darle la prioridad a los peruanos.

El propietario de la inmobiliaria se reserva la prerrogativa de vender los departamentos a personas con las que pueda mantener un trato vecinal.

Si las ciudades se deprimen con las crisis, se contentan con la holgura. Quien recorrió Lima a inicios de los años noventa, debe recordar una capital con más ánimo de fuga que un penal: había pocos restaurantes, pocos comercios, pocos teatros, cada vez menos cines y siempre escasas opciones de engañar los sentidos con dosis diarias de irrealidad. Parecía una ciudad hecha para arrepentirse de haber salido de casa: el paisaje era un bodegón de autos viejos, pistas rotas, calles sucias. En el mejor de los casos podías toparte con un par de huelgas o una pandilla de ladrones de poca monta; en el peor, con el estallido de un coche bomba de Sendero Luminoso.

El último espejismo de la economía latinoamericana.

El último espejismo de la economía latinoamericana.

La Lima de estos días prósperos, en cambio, ofrece rutas para el goce personalizado. Para muestra, hace poco el chef Gastón Acurio invirtió seis millones de dólares en convertir una célebre casona en un templo culinario. El estreno de la nueva sede de su emblemático restaurante Astrid y Gastón atrajo tantas celebridades internacionales como si se hubieran anunciado unas olimpiadas culinarias. Un suceso sólo comparable al que ocurrió dos años antes en otra casona antigua: la inauguración del Museo Mario Testino (MATE). El fotógrafo peruano más famoso del mundo decidió instalar aquí una asociación que albergara su legado. La casona está en Barranco, un distrito lleno de edificios del siglo XIX que en los últimos años se han convertido en hoteles boutique, bares elegantes y galerías de arte.

—Mario pudo tener esta institución en cualquier parte del mundo, pero que haya decidido tenerla en Lima dice mucho de su amor al Perú —comenta Talía Durand, directora del MATE, sentada en la cafetería del local.

También es síntoma de una época en la que todo proyecto parece posible. En lo que va del año en curso, hubo dos ferias de arte y dos festivales de moda consecutivos, se han inaugurado teatros, restaurantes, hoteles —hacia 2016 se habrán invertido mil millones de dólares en alojamientos que no existían hace dos años—, y ya se han estrenado al menos dos de diez películas peruanas que entrarán a cartelera este año, cuando antes apenas veíamos una cada dos o tres. A inicios de abril abrió al público la colección permanente en el MATE. La muestra incluye una sala dedicada a las celebridades que Testino ha fotografiado en el mundo de la moda, la música o el cine.

—Hay una riqueza que siempre existió y que estamos empezando a explotar de una manera ordenada. Eso tiene que ver con la estabilidad económica del país —dice Carlos Andrés Luna, un periodista y productor de eventos que dirige la agenda mediática de Testino en América Latina.

Abril de este año. Jueves, 7 pm. Un desfile de alta costura es una representación escénica que nos permite descifrar la incógnita de nuestro espíritu colectivo. Si Salazar Bondy señalaba el desorden doméstico como evidencia de nuestra confusión espiritual, el alma emprendedora de estos días transita por pasarelas de buen gusto. Esta noche lo veremos en los trajes de Meche Correa, quizá la exponente más celebrada del diseño fusión. Correa hace lo que estamos acostumbrados a ver en los chefs del boom gastronómico: investiga en la tradición, toma ingredientes esenciales y crea una versión sofisticada que cualquier peruano puede sentir propia. Esta vez mostrará una manta de encaje con filos dorados que recuerda las vírgenes de la pintura virreinal, gorros de lana que simulan vasijas precolombinas, y su producto fetiche: las polleras o faldas andinas, una prenda que espera volver tan universal como el kimono o el sari.

—Siempre fuimos ricos, sólo que no explotábamos lo que teníamos —me había dicho unos días antes en su atelier de San Isidro.

Pocas veces pensamos en la autoridad de una modista para definir el proceso psicológico de un país de la crispación a la holgura. La sabiduría popular lo explica con una frase: “Como te ven, te tratan”. Meche Correa empezó su carrera cuando nos mirábamos en el espejo de los defectos. Al pesimismo económico se sumaba la psicosis de la guerra interna: mirar al otro se había vuelto sospechoso y ser mirado te ponía en alerta. Cualquier persona extraña en los alrededores de tu casa podía ser un espía del terrorismo, alguien pendiente de tus rutinas para secuestrarte o asesinarte. En un célebre reportaje de la época, la revista Caretas mostró que el último grito de la moda entre los empresarios era salir armados hasta para hacer las compras domésticas. Para el ciudadano común, en cambio, la mejor medida de precaución callejera era mimetizarse en la masa. Aprendimos a vestirnos con miedo. Correa empezó a crear moda en una ciudad —un país— con desorden de identidad.

—Fue doloroso enfrentarte a una nación que tenía tan poco amor propio que no quería nada de lo suyo —recordaba aquella tarde, en su taller.

A un lado está el objeto que le permitió vencer esa edad ansiosa: un bolso inspirado en las mantas con que las mujeres de los andes se echan los hijos a la espalda. Cuando lo lanzó era una apuesta. Ahora es un ícono. Lo llamó Love Bag. Su atelier está lleno de prendas y accesorios de origen popular que ha convertido en prendas favoritas de la clase alta limeña: una bolsa de hacer mercado convertida en bolso casual, aretes o collares de cuerno de toro, una cartera con símbolos religiosos. Algunos medios han calificado su estilo como “andino chic”.

Esta noche, en el desfile, una de las tribunas está engalanada por un grupo de artesanas vestidas con sus polleras tradicionales y aficionados a la moda. Correa sorprende con un conjunto de blusa y falda hecho de retazos sobrepuestos, inspirado en los héroes anónimos de una danza de los Andes Centrales. Una danza que muchos desconocemos. Al final de su desfile, la diseñadora sale vestida de negro, con su ya célebre velo de encaje dorado y un collar del que cuelga una enorme araña de oro de inspiración precolombina. El público la aclama.

—No hay modernidad si no hay recuperación de la tradición —dice Isabel Álvarez, una respetada investigadora gastronómica que ha seguido el desfile desde la silla de invitados—. El desarrollo económico por sí solo no garantiza el desarrollo cultural.

Mayo del presente año. Una mañana de lunes, el suplemento económico de El Comercio, el diario más importante del país, incluye en sus páginas a un director de teatro. Juan Carlos Fisher, director de la compañía Los Productores, es entrevistado sobre el futuro inmediato de su más reciente proyecto: una sala teatral inaugurada un par de semanas antes en un centro comercial de Lima Norte. Hay que ser un limeño criado en la crisis de los años ochenta, cuando los precios subían día tras día y hora tras hora —la hiperinflación acumulada llegó a 2 178 482 %, es decir, todo encareció 22 mil veces— para entender lo que esto significa: hasta inicios del nuevo siglo, Lima Norte era un sector cuyos habitantes tenían problemas para obtener créditos porque el sistema financiero desconfiaba de su capacidad de pago. Ahora, sus distritos han subido de escala en las mediciones de los economistas y albergan varios de los centros comerciales más grandes y prósperos de la capital. El nuevo espacio cultural está en uno de ellos. Ocupa un área de mil metros cuadrados y costó cerca de trescientos mil dólares. Fisher, conocido por montar obras de implacable dureza psicológica, dice que la proyección es llevar unos 60 mil espectadores hasta fin de año. En términos monetarios eso representa más de seiscientos mil dólares. Hacer teatro ya no es —como solía ser— un drama.

Curso abreviado de realidad nacional:
—Hay gente que ha hecho tanto dinero que ya no tiene nada que comprar en el Perú —dice Luis Davelouis, un periodista económico con formación de abogado y la actitud de un agente de bolsa.

Antes de escribir sobre negocios, Davelouis ayudaba a que otros los hicieran: trabajó durante doce años en la casa de inversión de un banco internacional. Fue su época de yuppie. Luego se hizo reportero y se volvió un saludable aguafiestas. Ahora recuerda esa época en la que el Perú pasó de ser un país paria de las finanzas internacionales, porque no pagaba su deuda externa, a una nación de consumidores compulsivos: llegó un momento de los años noventa en que cualquier peruano tenía dos o tres tarjetas de crédito. Por primera vez en mucho tiempo teníamos la —ilusoria— sensación de bienestar. Si las crisis mundiales de fines de esa década no nos destruyeron fue porque ya habíamos entrado a la racha de exportaciones de metales, que generó 23 mil millones de dólares en ingresos sólo en 2013 —más que las pérdidas directas causadas por el grupo terrorista Sendero Luminoso en doce años de guerra interna, hasta la captura de su líder, Abimael Guzmán, en 1992—. Los cerros andinos han empujado el crecimiento. Hasta hoy.

—Las ventas de autos de lujo siguen aumentando y las ventas de autos más baratos se han estancado.
—¿Qué significa?
—Que la desigualdad está creciendo y que el poder adquisitivo de la clase media se ha estancado o se está reduciendo. ¿Pero qué dice la gente? Dice: “Ayer vi un Ferrari, ergo, el Perú está súper bien”.

Davelouis, un tipo de mente rápida y gestos enfáticos, es de los que lee la historia clínica completa: en el Perú de hoy hay ejecutivos que ganan quinientos mil dólares al año, pero un trabajador promedio recibe poco más de cuatrocientos dólares al mes, y eso significa que hay muchos que reciben mucho menos; en el Perú de hoy los empresarios compiten por acumular ganancias, pero 70% de la economía es informal, con trabajadores sin beneficios; en el Perú de hoy la economía crece más que en cualquier país vecino, pero dos millones de personas no tienen para comer. El problema de los números bonitos, dice Davelouis, es que nunca cuentan toda la verdad.

Curso instantáneo de realidad:
—Nosotros exportamos cerros en barco. ¿Qué cosa va a sostener esto cuando se nos acaben las piedras o cuando ya no valgan lo que deben valer?

Un muchacho de cabello desordenado mide el pulso de la ciudad. Se llama Jacques Burga y es una muestra de flexibilidad laboral en tiempos del boom: en 2011 se graduó con honores como ingeniero pero al año siguiente perfiló su carrera hacia la gestión de modas y estilos de vida. A diferencia de la vida en crisis, en que teníamos a los taxistas más educados del mundo sólo porque acababan de ser despedidos de sus verdaderos trabajos, en esta edad de culto al mercado los traslados son voluntarios, con premeditación y ventaja. Burga estudió en la Universidad del Pacífico, alma máter de buena parte de la élite empresarial peruana. Su formación en negocios le permitió fundar Lima Social Diary (LSD), un medio online dedicado a las actividades que animan al jet set local. Ahora, LSD tiene treinta mil visitas al mes y es considerado un referente para saber lo que está pasando en la capital.

—El número de personas cool está creciendo —dice ahora, sentado en una cafetería repleta de profesionales independientes que trabajan en sus computadoras.

Con eso de personas cool quiere decir: gente que invierte en vestirse, gente que sabe de arte, gente de alto consumo. La conocida diseñadora de modas Claudia Jiménez dijo hace poco que apenas lanza una colección recibe llamadas de los coleccionistas de vestidos de alta costura. Sus piezas cuestan de dos a seis mil dólares. Por cosas como esa, la agenda de Jacques Burga está cubierta de eventos sociales, culturales y publicitarios destinados a esa comunidad que los expertos en negocios han distinguido con sentido de aprestamiento: los sectores A, AB y B+. Burga prefiere otro término para definir a su público: los influencers.

—Poco a poco, Lima va dejando de ser una ciudad en la que no se habla de estas cosas en serio.

Caminamos por una calle de Miraflores, un distrito que concentra restaurantes gourmet, hoteles de lujo y tiendas exclusivas. Burga, un fanático confeso de Vogue, va vestido con un entallado traje azul, una impecable camisa blanca y mocasines sin medias. En cierto momento, saca un cepillo y acomoda el desorden de su cabeza. Parece a punto de entrar a una sesión fotográfica.

—Creo que ahora somos más abiertos de mente.

Sin embargo, los analistas económicos tienen miedo: en enero pasado se registró un pico histórico de morosidad en el pago de tarjetas de crédito.

Abril de este año. Martes por la tarde. Desde la ventana de un piso 17 se puede ver el Golf de San Isidro, un oasis de lomas verdes en medio de la zona residencial más cara de Lima. A esta hora hay grupos de jugadores que se desplazan cerca de una laguna artificial. El abogado, publicista y ex agente de modelos Efraín Salas contempla este escenario cada día desde varios puntos de su dúplex: la sala de estar de la primera planta, el comedor de la segunda planta, la terraza. Y, sin embargo, la vista privilegiada no está hacia afuera sino hacia adentro. Salas es un refinado coleccionista de arte. El departamento está cubierto de pinturas de varios formatos, esculturas de pie o de mesa, piezas de cerámica, madera o metal. En la sala de recibo hay un Guayasamín. En la sala principal, obras de un pintor de culto argentino que acaba de descubrir.

—El mercado del arte está creciendo rápidamente —señala.

Acaba de comprobarlo con Art Lima, una feria capaz de demostrar que el homo gastronomus peruviano también es un espíritu sensible a la belleza. La segunda edición, realizada a fines de marzo, fue un éxito de público y de ventas. La agencia de noticias del gobierno cuantificaba el entusiasmo del mercado con cifras de asombro para el estándar local: “Artistas peruanos llegan a vender sus obras hasta por medio millón de dólares”. El récord pertenece a Jota Castro, un celebrado artista de origen amazónico que ha vivido casi toda su vida en Bruselas. Tan sólo tres años antes, un cuadro del icónico Fernando de Szyszlo, quien vive en Lima, se había vendido en Nueva York por menos de la mitad. El vértigo económico hace que hablemos de arte con la expectativa de un agente de bolsa.

—El consumo de arte todavía está concentrado en las élites adineradas, pero poco a poco la clase media y media ascendente están empezando a entender que comprar arte no sólo es un placer sino también una inversión.

Dos semanas después del Art Lima tuvo lugar otra feria de arte contemporáneo, PArC, con galerías invitadas de Madrid, La Habana, São Paulo y Nueva York.

Mayo del año en curso. Plaza San Martín, Centro de Lima. El ágora limeño reúne cada noche a decenas de ciudadanos con ganas de opinar. Hay estudiantes, empleados, jubilados, predicadores, desempleados y curiosos en busca de pugilato verbal. Es una tradición surgida hace años, nadie sabe cuándo, en la misma plaza que los políticos usan para sus cierres de campaña electoral. Sólo que ahora no hay políticos, sino gente que viene a polemizar. Los asistentes suelen formar tres círculos de debates espontáneos. Esta noche, por ejemplo, el primer círculo delibera sobre el verdadero origen de la vida. Algunos metros más allá, el segundo círculo discute la lucha del pueblo palestino por sus territorios. En un rincón de la plaza, el tercer círculo, el más político, habla sobre la realidad nacional. Como cada noche, la discusión de este grupo parte de una frase inscrita en una pancarta tendida como una alfombra de plástico sobre el cemento: “Esquema del poder en el Perú”. Esta vez el profesor José Luis Pajares, el impulsor, analiza el proceso de desarrollo del Brasil, sus aciertos y errores, para compararlo con lo que ha pasado en el país. Al final de su charla le pregunto qué opina sobre las últimas noticias del crecimiento económico.

—Cuando hablamos de que está creciendo el Perú, estamos diciendo una falacia —señala Pajares—. Sólo crece cierto grupo de peruanos, su riqueza y sus ganancias.

El hombre habla con el tono de voz de un maestro de primaria. Es, de hecho, un maestro de primaria, un miembro del gremio que se suponía iba a protagonizar el cambio del país. En los tiempos de crisis, los expertos decían que para salir del subdesarrollo necesitábamos veinte años de crecimiento económico continuo, como los Tigres del Sudeste Asiático. El dinero de las arcas públicas serviría para invertir en educación y pasar de vendedores de piedras a vendedores de ideas. Los veinte años pasaron. En diciembre del 2013, el Perú ocupó el último lugar en todas las pruebas pisa, una evaluación internacional que mide las competencias de los escolares en matemáticas, ciencias y comprensión de lectura. Primeros en ganancias, últimos en aprendizaje.

—¿Sabe cuánto gano yo, amigo? Diez soles la hora (menos de cuatro dólares). Un menosprecio a la profesión.

Pajares dice que su escala de sueldo obedece a que enseña ciencias sociales. Los profesores de matemáticas ganan un poco —poco— más.

Sobre la pancarta, en el suelo, la gente consulta algunos libros artesanales publicados por este orador. El título más notorio dice: “A 23 años de gobiernos neoliberales: toda la verdad sobre el Perú”. La imagen de la portada lleva la frase que el gobierno anterior usó como lema nacional: “El Perú avanza”. En el diseño original, la frase está flanqueada por los extremos de la bandera peruana. En la alegoría de Pajares, la frase es el cuerpo central de una rata.

Junio de este año. Domingo por la noche. El presidente Ollanta Humala da una entrevista en horario estelar a dos conocidos periodistas de televisión. El hombre que aterrorizaba a los empresarios como candidato, por sus críticas al modelo económico, es ahora un gobernante moderado al que se reclama más acción: la economía empieza a perder ritmo y sus adversarios políticos dicen que él no ha hecho gran cosa por impulsar grandes proyectos que aseguren el futuro. En la entrevista, Humala señala que el Perú no es el único país que ha reducido sus estimados económicos. Está pasando en todo el planeta y a fin de cuentas nosotros dependemos del cobre, el oro, de los minerales que podemos vender fuera. Entonces uno de los periodistas le pregunta cómo es compatible el actual estado de bonanza con una realidad en que el 40% de los niños padece de anemia.

—Son los rasgos de la desigualdad que hay en el país —dice Humala, lacónico.

Desigualdad. La palabra de moda en los debates públicos de estos días alude a la urgencia de calibrar nuestras ambiciones. “Que en un país que viene creciendo sostenidamente desde hace 10 años, la pobreza en Lima llegue a casi 30%, y en gran parte de los departamentos supere el 50%, no es para saltar hasta el techo”, escribió hace poco el respetado abogado Ernesto de la Jara. El peruano responsable debe ejercer un saludable pesimismo: puede que la torta nacional sea más grande, pero nadie se ocupó de repartirla mejor.

Mayo del año en curso. La revista británica The Economist organiza el Peru Summit, la primera conferencia de su tipo para analizar los desafíos de la economía peruana. “Habiendo dejado atrás varias décadas de agitación política, el Perú está en condiciones de desempeñar un papel clave en el escenario global”, dice el portal del encuentro, que reúne a empresarios, altos funcionarios y otros agentes de la gran economía.

Febrero de este año. La revista Semana Económica anuncia la venta de Mibanco, la microfinanciera más grande del Perú. “Sus malos resultados respaldan la decisión”, dice el titular. Durante años la institución llevó por lema: “El banco de los que mueven el país”. Muchos clientes, en su mayoría pequeños empresarios, han dejado de pagar sus deudas.\\

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