El ministro marxista

Un respeto descomunal a sus ideas, una sólida formación, un poder de decisión envidiable y un estilo informal, lejano al de la mayoría de los políticos argentinos, son algunas de las características del ministro de Economía argentino Axel Kicillof. Tildado de marxista durante casi toda su carrera, no le ha sido fácil sortear la tormenta que vive el gobierno de ese país, pero su convicción y su contundencia le han permitido un paso firme entre las críticas, a ratos feroces, de sus adversarios.

Por Mónica Yemayel
Axel Kicillof no deja a nadie indiferente. Sin matices.

Axel Kicillof no deja a nadie indiferente. Sin matices.

El encuentro es casual, a pasos del emblemático Colegio Nacional de Buenos Aires, ese sitio del que salieron tantos políticos argentinos y donde los dos amigos militaron, codo a codo, desde que tenían trece años. Es el comienzo de los años noventa y hace unos meses que no se ven. Están cursando sus primeras materias en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Él en Economía, ella en Ciencia Política.

—Me están torturando —dice Axel Kicillof, aquel día un nóvel estudiante universitario; hoy, el ministro de Economía argentino al que la CNN en español ha dedicado un bloque televisivo completo bajo el rótulo: “¿Un ministro marxista?”, y el diario español El País la nota titulada “El Soviético toma el timón”.

—A mí me están dando la misma mierda —dice Gisela Catanzaro, aquel día una nóvel estudiante universitaria; hoy, candidata a directora de la carrera de Ciencia Política de la UBA por el partido kirchnerista, y profesora en la cátedra Las aventuras del Marxismo Occidental en esa misma carrera.

Ninguno de los dos está conforme. Sienten que los programas de estudio han sido colonizados por la ortodoxia neoliberal y los contenidos de las materias vaciadas de los pensadores clásicos. ¿Dónde están Smith, Ricardo, Marx, Keynes? ¿Qué ha sido de la economía política? ¿Dónde han ocultado la mitad de la biblioteca?

Se habían conocido en 1984, al poner por primera vez un pie en el Centro de Estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires; centro de estudiantes que, apenas comenzada la democracia, empezaba a habituarse a dejar de ser clandestino. Después de ocho años de dictadura, la democracia había retornado al país en la primavera de 1983 y, a pocas cuadras del Colegio, las manifestaciones en Plaza de Mayo no se cansaban de anunciarlo. Ellos, que habían jugado a las muñecas y pateado pelotas bajo la dictadura militar más bárbara de la historia argentina, eran los adolescentes que escuchaban desde las aulas el batir de los bombos, pintaban en los recreos las banderas con consignas, y se preparaban para desafiar cualquier tipo de adoctrinamiento. En lugar de frecuentar las discotecas de moda miraban las películas de Sergei Eisenstein y, aunque la imagen no fuera nítida y el film se cortara a menudo,  El acorazado Potemkin seguía siendo mejor plan que bailar los temas de Madonna.

Aunque habían dejado de verse a diario, en aquel encuentro casual ella reconoció al mismo Axel combativo de su adolescencia.
—¿Con quién puedo hablar? —le preguntó él—. Seguro que en Sociales me dan más bola que en Económicas.

Profundamente identificada con las ideas de izquierda, la Facultad de Ciencias Sociales era un buen punto de partida para denunciar la falta de pluralidad en los programas de estudio y conseguir apoyo para iniciar la batalla. Al despedirse, su amiga le dio el nombre de un profesor que podía escucharlo.

La de Axel Kicillof bien podría ser la historia de un cruzado. Como alumno universitario fundó una agrupación estudiantil independiente, Tontos pero No Tanto (TNT),  que denunció la fragilidad del pensamiento crítico y el sometimiento de la política a la economía de mercado erigida como ciencia infalible. Como profesor, creó un espacio de encuentro donde los alumnos se juntaban después de clases para escucharlo leer los pasajes cruciales de la obra de Marx, Keynes y otros indispensables en la formación intelectual de un economista con intenciones políticas. Para hurgar en las suyas —en sus propias intenciones políticas— analizó durante ocho años, entre 1997 y 2005, la teoría keynesiana —la llave que en la Depresión del ‘29 le devolvió al mundo su vigor a través de una decidida intervención del Estado—, escribió un libro de quinientas páginas (Fundamentos de la Teoría General. Las consecuencias económicas de Lord Keynes Edit. Eudeba) y concluyó que el economista inglés era un heterodoxo mucho más radical que el que se enseña en las aulas. “En la deformación de un texto sucede algo semejante a lo que ocurre en un crimen. La dificultad no está en cometerlo, sino en borrar sus huellas”, la cita de Sigmund Freud abría “El capital según Lord Keynes”, un artículo que publicó en ámbitos académicos cuando Néstor Kirchner cumplía un año como presidente, en 2004, y él fundaba el Centro de Estudios para el Desarrollo Argentino (CENDA), en donde publicaría sus propuestas para el crecimiento con inclusión social. Y aunque aquel Axel Kicillof todavía no había dejado las aulas para convertirse en funcionario —e incluso era crítico de algunas prácticas oficiales—, muchas de esas propuestas coincidieron con las medidas más contundentes de los gobiernos de Néstor Kirchner (2003-2007) y Cristina Fernández de Kirchner (de 2007 hasta el presente).

“La economía se hace desde la perspectiva de las clases dominantes o la de los trabajadores”, es el lema del ministro de cuarenta y dos años que, al llegar al Palacio de Hacienda en noviembre de 2013, avanzando desde su puesto de viceministro y conquistando el lugar que detentaba hasta ese momento Hernán Lorenzino, rescató al cargo del olvido; pocos argentinos recuerdan los nombres de los últimos funcionarios en ese puesto, y muchos dicen que hay que remontarse a la figura de Domingo Cavallo —el ultra liberal que ejerció durante la presidencia de Carlos Menem en la década de los noventa— para encontrar a un ministro que conjugue semejante convicción por sus ideas, una sólida formación técnica respetada incluso por sus más feroces oponentes, y un poder de decisión que despierta la envidia de propios y ajenos.

Axel Kicillof llegó al Ministerio de Economía con el cambio de gabinete que implementó la presidenta luego de las elecciones legislativas de octubre de 2013, que no fueron favorables al gobierno. El momento es complejo. Las tensiones por la suba de precios,  la pérdida de reservas del Banco Central, la limitación a las compras de divisas extranjeras para atesorar y la suba del dólar paralelo, la puja por los aumentos salariales, los cortes de luz en un verano abrasador —y la lista podría continuar—, no son los mejores aliados para esta nueva cruzada, idéntica a la que sostuvo en la academia, sólo que esta vez hay que ponerla en práctica en el mundo real.

Allí donde los ortodoxos piden atacar la inflación con políticas que enfríen el consumo, el ministro se decide por el control de precios y el estudio de las cadenas productivas para descubrir en qué punto del proceso la rentabilidad de las empresas se vuelve obscena; allí donde el sector energético reclama mayor inversión, el ministro —incluso cuando aún era viceministro— diseña el plan de expropiación de YPF, que estaba en manos de la española Repsol, con el convencimiento de que los recursos estratégicos deben estar en manos del Estado; allí donde las reservas del Banco Central flaquean, el ministro se decide por impuestos a la importación de bienes suntuarios, al turismo en el exterior y al control de las importaciones para favorecer la industria nacional; allí donde lo ortodoxos piden ajuste y reducción del gasto público, el ministro impulsa un plan de viviendas. Ante las cámaras, rodeado por docenas de micrófonos, siempre explica las nuevas medidas con expresión firme, el discurso filoso y el estilo informal, sin corbatas, con camisas blancas, sacos negros, suéters oscuros. Es más bien bajo, de pelo claro y con unas patillas irreverentes que han sido comparadas con las de Elvis Presley y San Martín, y fotografiadas en la edición española de Vanity Fair. Los ojos del ministro son claros. A veces miran con la impaciencia de un chico inquieto, otras con la precisión de un arma letal que congela a quien tiene delante si osa interrumpir alguna de sus explicaciones que, de tan minuciosas, se vuelven irremediablemente inmensas para los tiempos de la televisión. Al terminar cada anuncio, repite: “No tomaremos ninguna medida que afecte el bienestar del pueblo”.

Axel Kicillof no deja a nadie indiferente. Sin matices, es amado u odiado, y se hacen apuestas sobre las posibilidades de su éxito o fracaso. Él, en medio de un profundo hermetismo que sólo rompe en breves conferencias de prensa, evita hablar de sí mismo, definirse, encasillarse. Y el mito se agiganta. “¿Es Kicillof marxista?”, pregunta con cierto azoramiento el conductor de la CNN; después, una dirección de internet aparece en la pantalla, y el periodista —olvidado ya de la gravedad que le había impreso a su voz al hacer la pregunta— invita a los televidentes a que ingresen en la página y voten sí o no.

San Telmo, el barrio tradicional de Buenos Aires, está desierto. El calor asfixia y un vaho viscoso se desprende del cemento. Gisela Catanzaro llega puntual con su pelo rojo al punto de encuentro, pero el Café Montserrat está cerrado. Un insólito horario de verano, de 8 a 15 horas, hace que la entrevista finalmente sea en su casa, a pocas cuadras de allí, en un departamento viejo con ascensores de puertas de hierro, ambientes amplios, los techos altos que habilitan una enorme biblioteca, pisos de madera que no crujen, ventanas que dan a las hojas verdes de los árboles, y un silencio limpio.

—Chiquito, rubión, cara de nene: no da para convertirlo en un ogro oscuro —dice, refiriéndose a Axel Kicillof, mientras desliza sobre la mesa los vasos de agua—.  Diciéndole marxista buscan convertirlo en un autoritario. Hay una profunda incomprensión en esa necesidad de definirlo. La generación de los que tenemos cuarenta no vivió el tiempo de las doctrinas fácilmente identificables y opuestas; ese estar en uno u otro bando. Somos exponentes de una afiliación política poco clara.

Como vivía lejos del colegio, Gisela pasaba mucho tiempo en el departamento de su amigo, un piso diecisiete de un edificio en el barrio de Recoleta, uno de los más elegantes de Buenos Aires, en donde Kicillof nació el veinticinco de septiembre de 1971. Ese día, curiosamente, el título principal de la portada del diario Clarín anunciaba: “Fijan precios máximos para la carne vacuna”, una medida que hoy es de las que más le cuestionan al ministro. También por esa época, la legendaria Editorial Jorge Álvarez publicaba Los economistas, una reflexión acerca de la profesión escrita por el incisivo periodista y economista argentino Enrique Silberstein, que se valía de Marx para clasificarlos en clásicos y vulgares. “Estos últimos se llaman así por su condición de divulgadores de los primeros, y la falta de nobleza que connota su nombre reside en que la divulgación tergiversa porque estereotipa, encuadra y aplana lo que tiene de relieve. Así el matiz desaparece, la complejidad se hace esquema, y la riqueza inventiva no aparece”. La síntesis de ese pasaje del libro pertenece al filósofo argentino Tomás Abraham y, tal vez, explique por qué Axel Kicillof se tomó ocho años para leer lo que Keynes escribió de puño y letra, sin intermediarios.

El hijo de Gisela Catanzaro entra en el living corriendo, con los anteojos puestos. Está preparando el examen de ingreso al Colegio Nacional de Buenos Aires, una especie de hazaña para cualquier preadolescente.
—El bar estaba cerrado —le dice su madre, mientras le da un beso, para explicar la presencia, extraña a esa hora.
El chico se presenta, se sirve agua y vuelve a salir corriendo hacia un pasillo largo desde donde llegan ruidos de cocina.
—Los padres de Axel eran como los de cualquiera del grupo. Nada religiosos, profesionales. Nos pinchaban para que leyéramos, viéramos buen cine; tenían, tal vez, demasiadas expectativas puestas en nosotros.

La madre del ministro, Nora Lía Barenstein, es psicóloga. Su padre, Daniel Luis Kicillof, era un prestigioso psiquiatra que se suicidó el veinte de septiembre de 1994 cuando su hijo estaba a punto de recibirse de economista. Nicolás, el hermano dos años mayor, es licenciado en Ciencias de la Computación, recibió el Premio Microsoft a la Innovación de Excelencia en 2003 y ahora trabaja en Estados Unidos. Irene, un año y medio menor, se graduó en Psicología. Todos egresaron de la universidad pública con honores.

—Nicolás jugaba más a la ironía, al humor negro, era “el hermano mayor”. En cambio, Axel siempre fue más “campanita”, efervescente, creativo, inteligente, siempre tuvo ese look “decontracté”, nada ilustrado, igual que ahora, con esas mochilas medio roídas, los rulitos revueltos: un desacartonado. Desaliento cualquier asociación con el típico estudioso ratón de biblioteca.

La división estaba partida en dos; ellos pertenecían al grupo de los politizados. Se juntaban en la Cinemateca de la Sociedad Hebraica para ver cine —en condiciones bastante precarias y en donde nunca faltaba la proyección de La naranja mecánica—, o tomaban el tren y  recalaban en la casona de un compañero que vivía en Olivos, un barrio alejado del centro con una costanera bañada por el Río de la Plata. Allí leían a Alejo Carpentier, Jorge Amado, Julio Cortázar, ciencia ficción. Si al día siguiente las clases estaban suspendidas —algo que en ese tiempo de conflictos y primavera democrática ocurría bastante seguido— avisaban a sus padres y se quedaban a dormir una, dos, tres noches.

La caída del sol ha dejado al living sin la claridad natural que entraba por la ventana y Gisela pregunta si hace falta prender la luz. Es de las que creen que una lámpara encendida sólo trae más calor. La señora que ayuda en la casa saluda desde lejos; va a sacar las bolsas de la basura, dice. Gisela habla del subsuelo del Colegio Nacional de Buenos Aires y de las historias del miedo que los más grandes se encargaban de contar a los novatos. Escaleras abajo se accedía a un pasillo donde una hilera de puertas simétricas permanecía invariablemente cerrada. Allí, les decían, se interrogaba a los alumnos y profesores durante la dictadura. Ellos hicieron algún truco con las combinaciones de las llaves y lograron entrar y confirmar que sólo quedaban el olor de los muebles viejos y bártulos que ya no se usaban.

—Había en Axel algo lúdico muy marcado. Era un tipo que no tenía problemas con “perder” el tiempo. Aunque aquella vez, fue más que un juego. Necesitábamos sacarnos de encima la oscuridad de ese lugar.

Después de aquel encuentro casual que tuvieron cuando comenzaban sus carreras universitarias, Gisela dejó de verlo. Sólo le escribió al enterarse de la muerte de su padre. Volvieron a acercarse hace cuatro años, cuando sus excompañeros le encargaron a ella que organizara la reunión por el vigésimo aniversario de egresados. El día en que le escribió para invitarlo, Axel Kicillof recién se sumaba a las filas del kirchnerismo como gerente financiero de la reestatizada Aerolíneas Argentinas.

Dueño de una gestualidad arrogante, practicante de un cinismo filoso, Kicillof se mostraba impermeable a los argumentos del otro”, escribe Mauro Vello en el artículo “La motivación de las ideas”, publicado por el diario oficialista Miradas al Sur, a días de la asunción del ministro. Como presidente del Centro de Estudiantes de la Facultad de Ciencias Económicas, Vello fue, a mediados de los noventa, el gran contrincante de Axel Kicillof en la cruzada que el actual ministro dirigió desde su agrupación independiente Tontos pero No Tanto (TNT) en contra “de una reforma curricular trascendental para la carrera. Era imposible disuadirlo de que el proyecto no era una confabulación del neoliberalismo para terminar con la multiplicidad de enfoques y corrientes de pensamiento económico. No lo era”. Kicillof agitó las aguas, convenció a los alumnos de que la reforma curricular sí era una confabulación del neoliberalismo, y consiguió detenerla. El Dr. Pablo Levín, titular de las cátedras Economía Marxista e Historia del Pensamiento Económico i y ii, recordó ese momento en su libro El Capital Tecnológico (Edit. Catálogos, 1997), merecedor del Premio Nacional de Economía. “Dedico el libro a los alumnos de Economía Política, en particular a los participantes de las históricas Asambleas de 1995 que, al debatir el programa de estudio, descubrieron que la ciencia es potencia emancipadora”. Economía Política fue el nombre que tuvo la carrera hasta 1976; ese año, la dictadura decidió suprimir la palabra “política”.

Es diciembre, temprano en la mañana, los teléfonos suenan, pero Mauro Vello hace una pausa y deja por un rato las finanzas de la compañía discográfica en donde trabaja desde hace casi nueve años. Abandonó la actividad política, pero sigue de cerca los pasos de sus ex compañeros de Franja Morada, la agrupación afín al Partido Radical que ha gobernado la facultad casi ininterrumpidamente desde 1983.

—Axel demostró ser un líder con fuertes convicciones y vocación de poder. Sin estructura partidaria, consiguió reunir a un grupo de gente estudiosa, involucrada, crítica. Eran “troskos”. Soberbios. Con cierta arrogancia peligrosa capaz de despreciar los aportes de gente más corriente. Es el mismo grupo que lo acompaña ahora en la gestión. Convencidos de sí mismos, no se fían de nadie y no dialogan porque no creen que existan interlocutores válidos.

Eso es algo que enfurece a muchos de los investigadores de la facultad que, estando cerca de las ideas que quiere llevar adelante, son ignorados por el ministro. Esa misma sensación es la que manifiestan los economistas de planta del Ministerio de Economía cuando se les pregunta acerca de la interacción que mantienen con la primera línea del equipo económico. Sienten que se quedan afuera, que no participan, y oscilan entre el enojo, la ofuscación, y el desprecio hacia esa actitud hermética. En su artículo de Miradas al Sur, Vello escribe que tenerlo como adversario político era realmente incómodo y que “su trato era a veces doloroso”.

—No le interesaba disputar el espacio construido por su oponente. Entonces, lo iba horadando. Él peleaba por algo nuevo, diferente, y estaba convencido de que sólo él podía crearlo. Nadie lo va a decir, pero muchos esperan que Kicillof fracase y tenga que salir huyendo en helicóptero —dice, en una tremenda metáfora que remite a la forma en que algunos presidentes argentinos tuvieron que abandonar la Casa de Gobierno.

Los egos, las tensiones del poder, la incontrolable exposición pública, traen a la conversación el recuerdo de Ivan Heyn, un economista que ingresaba a la facultad cuando Kicillof terminaba su carrera y que lo sucedió en el gobierno de TNT. Heyn brilló y —en medio de la crisis argentina de 2001-2002, cuando cinco presidentes se sucedieron en diez días y la gente en Plaza de Mayo gritaba: “Que se vayan todos”— cruzó las fronteras de TNT y ganó la presidencia de la Federación Universitaria de Buenos Aires, que Franja Morada había acaparado durante dieciocho años consecutivos. En medio de semejante apogeo, el actual ministro, que ya era profesor y preparaba su tesis doctoral dirigido por el Dr. Pablo Levín —la lectura de Keynes, que obtendría un diez indiscutido del jurado, integrado por próceres argentinos de la economía—, no dudó en candidatearse como Decano de la Facultad. Una cruzada con escasas posibilidades de éxito en contra de figuras con docenas de hojas de currículum, que lo duplicaban  en edad. Kicillof no obtuvo ningún voto en aquellas elecciones, pero él y Heyn, con apenas treinta y veinticuatro años, irrumpieron como emergentes políticos de una militancia universitaria que era efervescencia pura. En ese tiempo, el escritor Martín Caparrós convocó a Heyn para la entrevista colectiva a las figuras políticas más destacadas del momento, que publicó en el ensayo Qué país. Informe urgente sobre la Argentina que viene (Edit. Planeta, 2002).

Mientras la llegada del kirchnerismo al poder provocaba el inicio de un largo debate, dentro de las agrupaciones independientes como TNT, acerca de si apoyar o no al gobierno, Kicillof y Heyn se iban convirtiendo en codiciados cuadros técnicos de excelencia para La Cámpora, una agrupación de jóvenes kirchneristas fundada en 2003 y liderada por Máximo Kirchner —el hijo de Néstor y Cristina—, que tomó un protagonismo crucial en el campo político tras la muerte del ex presidente, en octubre de 2010. Para ese entonces, Heyn ya acumulaba varios años y diferentes puestos en la función pública; Kicillof se había sumado hacía poco más de un año. Eran dos faros de referencia y el porvenir parecía depararles sólo lo mejor. Sin embargo, mientras estaba en Uruguay en una Cumbre del Mercosur, a fines de 2011, Iván Heyn se suicidó. Su muerte dejó dolor y una catarata de incomprensión acerca de los motivos.
—Lo de Iván no se entiende —dice Mauro Vello—. Era un atorrante. Un tipo simpático, entrador. Había tejido lazos con La Cámpora mucho antes de que Axel, que siempre estaba a la izquierda de la izquierda, decidiera sumarse. Eran muy distintos.

Vello asegura que las apuestas van en contra del ministro, que los frentes abiertos incluyen al propio kirchnerismo —porque Kicillof no viene del kirchnerismo— y al peronismo ortodoxo, porque no tiene una tradición peronista, y que la izquierda jamás va a acompañarlo, porque no piensa cederle a este gobierno el espacio de representación de la clase obrera.

“Durante los años menemistas, los de la Alianza y la crisis del comienzo de siglo, el debate sobre quién era realmente progresista había perdido relevancia”, escribe Beatriz Sarlo, una de las voces intelectuales más potentes de la actualidad, en su libro La Audacia y El cálculo. Néstor Kirchner 2003-2010 (Edit. Random House Mondadori, 2011). “Nadie disputaba ese lugar, se creía que la partición derecha-izquierda ya no servía ni para explicar ni para actuar… Los Kirchner reabrieron el debate sobre izquierda y derecha para expropiar a la izquierda en su beneficio”.

Antes de despedirse, Mauro Vello dice que cuando Kicillof expone ante el Congreso para defender los proyectos de ley, él deja lo que está haciendo y se sienta enfrente del televisor a escuchar.
—Ahí aparece el mejor Axel, en la solidez de su argumentación, en la pasión, la convicción.  Hay ideología, formación, mística.

“Si sigue siendo el que conocí hace 18 años —escribe Vello en el final de su artículo de Miradas al Sur— no debemos esperar de este ministro un tipo abierto al diálogo o la reflexión, pero tampoco uno vulnerable al lobby. Dudo que puedan motivarlo otras cosas que sus ideas. Tiene desde muy joven un cuadrito que dice que la emisión de moneda no es causa de inflación. Y va a intentar probarlo”. Aunque la mayoría de los economistas del mundo piense exactamente lo contrario.

La inflación empezó a ser un problema a partir de 2007. Hasta entonces, el país crecía al 8% anual, con una inflación menor al 10%. Pero la demanda, cada vez más robusta, fue impulsando los precios; y el gobierno decidió que —en medio de una crisis internacional comparada con la del ‘29, y en un año electoral que definía la continuidad del kirchnerismo—no habría ninguna medida de ajuste de las recomendadas por la ortodoxia como, por ejemplo, subir las tasas de interés para promover el ahorro y apagar el consumo, y/o moderar el gasto del sector público para atenuar la emisión monetaria. En cambio, en un intento por controlar la “inflación por expectativas” (si todos piensan que los precios van a subir, toman decisiones que, finalmente, hacen que los precios suban), optó por alterar la medición de la inflación interviniendo el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (indec) —responsable de calcular indicadores tan sensibles como las tasas de inflación, desempleo, crecimiento, pobreza, etcétera— que desde entonces perdió credibilidad. Cuando el dato oficial de inflación decía 5%, cualquier estimación privada decía 10%; cuando el índice decía 10%, las estimaciones privadas decían 20%. El año pasado fue peor: inflación oficial 10%, estimaciones privadas 25%. Para — no auguran nada mejor.

Pero ya se dijo: allí donde los ortodoxos piden una cosa, el ministro se decide por otra. “Todo crecimiento e industrialización han sido acompañados de inflación cercana a los dos dígitos —repite—. Sólo en los periodos de ajuste y estancamiento hay paz de precios, que es la paz de los cementerios”.

Cuando, a fines de 2009, Gisela Catanzaro les escribió a sus ex compañeros para contarles sobre la reunión que estaba organizando, Kicillof le contestó de inmediato.
—El aniversario pasó a segundo plano y todo derivó en una cadena de mails políticos sobre su incorporación al gobierno, que había ocurrido hacía pocos meses. Los históricamente derechosos lo acusaron de trepador, otros se quedaron en silencio. Axel sólo respondió “Gracias”. Y a pesar de que insistían con las chicanas, fue a la reunión.

En artículos publicados durante 2007, en La Nación y en algunos diarios económicos, Kicillof había manifestado su posición crítica y reclamado una profundización del modelo y de la intervención del Estado. También había tomado distancia al publicar en la página del CENDA —el instituto de investigación que había fundado— un Índice de Precios alternativo al desprestigiado indicador oficial. Muchos identifican el abandono de esa posición crítica desde que se produjo el conflicto con el campo que, en el otoño de 2008, profundizó en la sociedad la dicotomía: a favor o en contra del gobierno. En ese momento, la discusión acerca de un impuesto a las exportaciones del sector agrario se transformó en una bandera de la redistribución de la riqueza que revitalizó el rol de la política como conflicto, y sumó la participación de la juventud. Kicillof tomó partido y escribió una nota en el diario Página/12, apoyando el proyecto para aplicar una mayor carga impositiva al sector rural.

—Axel no es un hombre del barro; viene de la teoría. Pero supo interpretar muy bien el momento. Cómo decodificar la economía. Cómo salir de la trampa de la repetición que reproduce las injusticias. El cómo, siempre creímos, está en la política como conflicto.

El acercamiento al gobierno fue facilitado por Mariano Recalde, su amigo desde los tiempos de militancia universitaria. Mientras Kicillof lideraba TNT, Recalde hacía lo propio en la Facultad de Abogacía con la agrupación independiente nbs, Necesidades Básicas Insatisfechas. Miembro fundador de La Cámpora, lo acercó a Máximo Kirchner. Y entonces, cuando la reestatización de Aerolíneas Argentinas emergió con su profunda carga simbólica, y todo el peso del Estado cayó sobre la compañía, Axel Kicillof decidió, en agosto de 2009, que era el momento de iniciar su carrera política y aceptó el cargo de gerente financiero. En ese tiempo, Gisela Catanzaro empezaba a organizar el encuentro de ex compañeros.

Al año siguiente moría Néstor Kirchner y La Cámpora sumaba poder. Apenas más tarde, el ministro publicaba su segundo libro (De Smith a Keynes. Siete lecciones de Historia del pensamiento económico. Un análisis de textos originales, Edit. Eudeba, 2010). En 2011, ascendía al puesto de subgerente general de la aerolínea. Y ese mismo año (después de que el sistema de jubilaciones y pensiones se reestatizó y las acciones de las administradoras privadas, AFJP, pasaron a ser propiedad del Estado) fue nombrado director en la empresa Siderar, del grupo industrial más importante del país, Techint, cuyo dueño, Paolo Rocca, es el argentino más rico, con una fortuna que ocupa el puesto 166 en el ranking del mundo y dio una pelea implacable para evitar que Kicillof ocupara una silla en el Directorio de su empresa, algo que no consiguió. Y fue a fines de 2011 cuando la presidenta, que iniciaba su segundo mandato, lo nombró viceministro de Economía mientras los medios destacaban el vertiginoso crecimiento de su influencia en el estrechísimo círculo del poder. “Les pido que miren las acciones del gobierno en lugar de leer los artículos que buscan generar pánico —declaraba siendo ya viceministro, en la televisión pública—. No vamos a tomar medidas explosivas. Van a robar tu plata, dicen, van a entrar a tu casa, te van a abrir los cajones, van a romper tus colchones, y como nadie les cree tienen que decir que sobre la mesa de mi despacho hay un proyecto para pesificar la economía. Pero ¿qué es todo esto? Eso no está pasando”.

En aquella reunión de fines de 2009 que organizó Gisela Catanzaro hubo muchas ausencias. Pero Kicillof fue, charló con su amiga de la adolescencia, supo de su postulación para dirigir la carrera de Ciencia Política y supo que, al estar identificada con el marxismo, le costaba tender puentes con el oficialismo para unir fuerzas. Y ahora fue él quien le dijo con quién podía hablar. Gisela Catanzaro, autora, entre otros, de La nación entre naturaleza e historia. Sobre los modos de la crítica (Fondo de Cultura Económica, 2011), fue la candidata por el kirchnerismo en las elecciones de 2011. Perdió por pocos puntos.

—Cuando hablan de su soberbia y le arman ese perfil de tipo raro, llegado de la estratósfera, me pregunto: ¿“Raro” en relación con qué?. Es gente normal, con una vida normal. ¿Muy preparado? Sí, muy preparado. Y con una gran capacidad de lectura de la experiencia. Cuando lo pintan como un solipsista incapaz de ver qué es lo que pasa ahí afuera, me da risa. Axel es un gran lector de lo que está pasando. Y cuando lo acusan de no dialogar y de no convocar a otros economistas, me pregunto: ¿quiénes son las genialidades que no están participando?

Sé que para muchos represento lo peor de esta nueva fase del kirchnerismo”, decía Kicillof cuando aún era viceministro de Economía y su ascenso veloz inspiraba la publicación de una biografía escrita por Ezequiel Burgos, periodista económico y editor de Clarín, el diario que a partir del conflicto con el campo, en 2008, condensó en sus páginas la posición más crítica al gobierno. En El Creyente (Edit. Planeta, 2012) dice: “Axel Kicillof cree en la economía heterodoxa. En Aerolíneas Argentinas. En Marx. En la producción para abastecer el mercado interno. En el control de los empresarios. En la existencia de sectores estratégicos… Y lo más importante, en él mismo como la persona capaz de revertir la tendencia en la que nos embarca el sistema de producción capitalista”.

Kicillof puede disertar en el Congreso de la Nación durante tres horas, y contestar preguntas por cuatro más, para defender la expropiación de YPF. Puede golpear la mesa en un desborde de apasionamiento, levantar el dedo índice para advertir o acusar, hacer una declaración que traspase fronteras, como pasó cuando, ante la Cámara de Senadores en abril de 2012, dijo: “Tomar el control de la compañía era el único camino para revertir la baja producción. Los negocios no se controlan a través de políticas, sino a través de la presencia física en el Directorio y en las plantas. Que ningún payaso venga a decir que YPF es una empresa sin importancia”. Eso dijo y la ley de expropiación fue aprobada con un apoyo masivo jamás visto durante el kirchnerismo.

Kicillof puede acusar al gigante Techint por vender más caro en el país que en el resto del mundo y decir, en un programa de la televisión pública, que “habría que dejar entrar la chapa que se produce en otras partes, dejar caer el valor local y fundir al señor Paolo Rocca. Pero no lo vamos a hacer.” Era la primavera de 2012 y él, director representante del Estado en una de las empresas del grupo. Frente al ardor del discurso, otra imagen aparece en la intimidad de la gestión. De su paso por ese cargo, Burgos escribió: “En la empresa dicen que es un tipo muy amable, tiene una virtud que es medir a las personas, percibe a su interlocutor. Generalmente no se equivoca, registra al que tiene enfrente. Axel Kicillof pide números, expone lo que se pretende de la empresa, y según sus ejecutivos los obliga a mejorar sus procedimientos”.

Sobre el final de la biografía, el periodista concluye: “Deberá aprender a hacer política si desea conservar el poder que construyó”. Pasaron quince meses desde entonces y  la gravitación de Kicillof en el gobierno es cada vez mayor, mientras la presencia de Cristina Fernández de Kirchner en los medios casi ha desaparecido. El cambio radical de estilo en términos de comunicación pública coincide con el nuevo gabinete que en noviembre pasado elevó a Kicillof al cargo de ministro de Economía y a Jorge Capitanich (gobernador de la provincia de Chaco) a la Jefatura de Gabinete. Ese momento fue leído por Beatriz Sarlo como la aparición en escena de una estrategia “hands off”;  la presidenta se mantiene en un segundo plano, en la esfera de la intimidad, y cobran protagonismo los ministros fuertes que serán los fusibles si el modelo fracasa.

El giro no deja de inquietar a ciertos sectores afines al kirchnerismo. María Pía López, una de las voces más reflexivas de Carta Abierta, el grupo de intelectuales que apoya al gobierno y que surgió también después del conflicto con el campo, confirma en un correo electrónico su posición: “El nombramiento de Kicillof da ciertas garantías de que el ajuste no será la salida a las dificultades económicas. Salir por izquierda. Cuando el gobierno logra ese mecanismo aparecen sus mejores momentos. En cambio, la designación de Capitanich genera una especie de retorno a lo más tradicional del aparato justicialista (peronismo). Un muy fervoroso retorno. Y eso me produce una especie de amargura con respecto al destino de las cosas”.

Dicen que el Dr. Pablo Levín le recomendó a Kicillof que no aceptara, que en la función pública su talento podría sólo ofrecer soluciones puntuales sobre aspectos determinados y que en ese lugar no podría concebir el abordaje general, que es su gran aspiración.

La pregunta es por qué Axel Kicillof abandona las aguas serenas del campo universitario, donde sólo hay para él el respeto de alumnos y colegas, y elige las tormentas que todos pronostican para estos dos últimos años de gobierno.

—Por ego —dice el economista Nicolás Salvatore, que acredita el mérito de haber sido el único que pudo ganarle a Axel Kicillof un concurso para un cargo de profesor en la UBA. Eso fue en 2009, la materia era Macroeconomía, y la repercusión en las redes sociales tuvo momentos fuertes. Nicolás Salvatore no sólo tiene sus raíces en el Partido Radical —que en la facultad remite a Franja Morada, que a su vez remite al histórico enfrentamiento con TNT— sino que, además, fue el alma máter de un índice de precios que adquirió una tremenda repercusión cuando el indicador oficial dejó de ser confiable, y que enojó profundamente al oficialismo. Ahora, en Palermo, el restaurante La Cátedra está tan solitario como cada calle de Buenos Aires en enero.

—Yo terminaba la facultad y él ingresaba. Después, su amiga de toda la vida, Cecilia Nahón, (actual embajadora en Estados Unidos), fue ayudante en la cátedra de Macroeconomía. Los conocí de cerca y nunca vi en nadie una ambición como la de ellos. Axel tiene la cabeza de Napoleón. Está convencido de que va a ser presidente. Es lo que cree y es su máximo defecto. Que se cree más de lo que es. Como estudioso del marxismo sabe de microeconomía, pero de macro no entiende nada. Es como si un pediatra quisiera ser exitoso haciendo una operación a corazón abierto. Kicillof no es keynesiano y Keynes es el “Beatle” de la macro.

La hipótesis del economista es que para conservar el poder, el ministro tendrá que traicionar sus principios y hacer ajustes. Piensa que Kicillof está dilapidando su prestigio como profesor; al igual que Beatriz Sarlo, cree en la estrategia oficial del “hands off” y el ministro fusible, y está convencido de que su antiguo contrincante será recordado “como el ministro que estrelló el Titanic contra el iceberg”.

Economía-Drama” es el título que eligió el filósofo Tomás Abraham para la parte que, en La empresa de Vivir (Edit. Sudamericana, 2000), le dedica a los ministros de economía que poblaron la Argentina desde que el cargo se inventó en 1958. La exhaustiva, impiadosa y por momentos desopilante caracterización que hace de cada uno de ellos, y de sus éxitos y fracasos, llega hasta el fin de siglo. ¿Cómo definiría al actual ministro si tuviese que continuar el libro y traerlo hasta el presente? La respuesta llega sin demoras.
—Es un economista a pesar de sí mismo. Su ambición es totalmente política.

Abraham dice que el modelo que lo orienta —una economía planificada con empresas estatales concentradas y un mercado regulado— tiene un problema.
—La economía no es un subproducto de la política. Tiene su autonomía relativa. No es una ciencia con leyes irrefutables, pero tampoco es un derivado de la voluntad de poder.

Sobre la distinción entre economistas clásicos y vulgares de la que Silberstein hablaba en Los economistas, y la vocación de Kicillof por buscar las respuestas en los grandes pensadores, dice:
—Esa división es inútil. No hay vulgares y clásicos sino exitosos y fracasados. ¿Posibilidades de éxito? Interviene en una situación complicada. Por lo que sucede en el mundo y los graves errores domésticos a partir de 2007. Por lo visto, el kirchnerismo tiene un fin o una pausa en las elecciones presidenciales de 2015. Para que sólo sea una pausa necesitan de un candidato incondicional que no sufra el daño de una economía fuera de control. Es lo que Kiciloff trata de hacer. Tarea difícil, sin duda.

Estamos frente a la trampa de la frazada corta: tapar un problema deja otro al desnudo, explican los economistas críticos al modelo, y dicen que los errores domésticos, a partir de 2007, armaron una colección de desequilibrios. Y explican: cuando la inflación se acelera y la respuesta es tapar el sol con la mano, alterando la estadística oficial, lo único que se consigue es quebrar la confianza, y sin confianza no hay inversión; cuando, para no afectar el nivel de consumo, se congelan tarifas de servicios públicos y transporte, y crece el subsidio del Estado a las empresas privadas, crece también el gasto público, crece la emisión monetaria para financiarlo, y crece la inflación; cuando la inversión en el sector energético es insuficiente, la producción no alcanza a satisfacer la demanda y hay que importar energía para que en verano la luz no se corte y en invierno no falte gas; cuando las divisas que ingresan por exportaciones no compensan las que salen por lo que se importó, hay que utilizar las reservas del Banco Central; cuando las reservas del Banco Central caen, la desconfianza se acelera, todos quieren dólares, y hay que imponer un “cepo” cambiario que prohíbe la compra de moneda extranjera para atesorar, restringe la cantidad que se puede adquirir —previa autorización— para viajar o importar (y que, a principios de —, ya lleva más de dos años); cuando se impone un “cepo” cambiario prospera el mercado del dólar paralelo o “blue”; cuando la tasa de interés que pagan los bancos por ahorrar en pesos es la mitad de la inflación real, nadie quiere guardar esos pesos que pierden valor y todos consumen lo que más pueden, en el país o el exterior, haciendo un viaje o comprando por internet. Ni la lista, ni las explicaciones, ni los distintos puntos de vista se agotan en esta enumeración.

“Los mercados son capaces de llevarse puestas (por delante) hasta las mejores intenciones”, decía el viernes veinticuatro de enero, en Buenos Aires, el ex director de un banco oficial, que conoció y valora al ministro, y no quisiera estar en sus zapatos. Después de varios días de tensión financiera, la devaluación del peso se aceleró y, ese viernes, el tipo de cambio oficial trepó a $8 y el “blue” a $13; horas después, el ministro anunció una flexibilización del llamado “cepo” cambiario: a diferencia de lo que venía sucediendo, a partir de ahora los particulares podrán comprar dólares destinados para el ahorro, si es que pueden justificar sus ingresos ante el fisco. La repercusión llegó a la tapa del diario El País de España, que tituló al día siguiente “El desplome del peso argentino”. El periódico decía que la crisis cambiaria sacudía al país, que el gobierno había pegado un volantazo y que, ahora, autorizaba la compra de dólares a particulares. Concluía: “Las consecuencias de la nueva medida están por verse. Pero la mayoría de los economistas críticos señalan que no se conseguirá enderezar el timón mientras no haya un reconocimiento claro de la inflación y una política para combatirla. En resumen: el Gobierno aún no ha tomado la sartén por el mango.” Para algunos medios argentinos, éste es el inicio de una serie de ajustes que Kicillof no podrá evitar.

Al día siguiente, el diario Página/12 publicó una entrevista al ministro: “Los grandes sectores financieros tienen mucha experiencia en desestabilización. Pero tenemos las herramientas para hacerles frente. Acusar al gobierno por muy heterodoxo y después por muy ortodoxo es perder de vista el conjunto de medidas de los últimos diez años que tiene claros objetivos políticos. Eso es lo que no pueden aceptar los sectores más concentrados y ortodoxos; que hemos puesto la política por delante de la economía. Nuestro objetivo es reindustrializar la Argentina y que los sectores de trabajadores, y los más vulnerables, recuperen el terreno perdido”.

Antes de ser ministro, cuando recién asomaba a la vida pública, se podía ver a Axel Kicillof andando en bicicleta por los bosques de Agronomía, un barrio tranquilo y apartado de la histeria de la city porteña, muy cerca de donde vive junto a su mujer Soledad Quereilhac, colaboradora del suplemento cultural ADN, del diario La Nación, y sus dos hijos, Andrés y León, de seis y cinco años. Se le podía ver sonreír si otro ciclista se lo cruzaba en la senda y  le gritaba: “Ey, Kici, te vi en televisión; somos vecinos en Santa Ana”, una villa pequeña con playa de río cerca de Colonia, en Uruguay, en donde pasaban sus vacaciones antes de que el último verano un grupo de argentinos, que regresaban a Buenos Aires en el mismo barco que ellos, los insultara con tal vehemencia que la familia entera debió terminar el viaje en la cabina del capitán. Se le podía encontrar a la salida del teatro, de la mano de su mujer, después de ver una obra sobre las Islas Malvinas, y muy formalmente vestido —algo inusitado en él— escuchando con atención rigurosa la clase de oposición que su esposa, doctora en Letras de la UBA, dictaba ante el jurado para concursar por un cargo docente en la materia Literatura Argentina, que supo tener a Beatriz Sarlo como catedrática. “Agitan fantasmas que ellos mismos tienen; son presos de su propia película; no tengo un bisabuelo rabino que estuvo en Odesa; no leo a Marx en alemán porque no sé una palabra de alemán; cito a la presidenta: es muy nazi todo este asunto”, dijo Kicillof en la televisión pública siendo aún viceministro. “Hay una demonización que coincide con los fantasmas de la derecha; son cosas anacrónicas; a mí no me enojan, pero sepamos que agitan; hay una falta de apego, una relación triste con la verdad; lo que algunos escriben es un género distinto al periodismo: es ficción trasnochada”.

Después de esos incidentes, él y su mujer se muestran menos, y si antes eran reservados respecto de su vida privada, el cerco, ahora, se cerró completamente. “Estimada —dice el mail que llega desde la casilla de correo de Soledad Quereilhac—, agradezco sinceramente tu invitación. La verdad es que se han escrito muchas cosas con escaso rigor periodístico y con mucha mala intención, y en este sentido celebro la buena predisposición para el perfil. Sin embargo, como en los últimos años se ha producido una demanda algo desmesurada (e insólita) por conocer nuestra vida privada, tenemos como política no responder. A diferencia de un lote mayoritario de figuras de la política y la cultura, a Axel sólo le interesa intervenir públicamente a través de sus acciones políticas y sus trabajos académicos, y nunca poner el énfasis en sus características personales. Yo coincido cien por cien en esta postura y también lo acompaño en su decisión. Espero sepas comprender”.

En una de las tantas fotografías publicadas por estos días en la prensa argentina, puede verse al ministro caminando, vestido con bermudas, camiseta y zapatillas azules; no usa lentes oscuros y nadie lo custodia. Lleva un carrito con ruedas, que en la Argentina se llama “changuito”, para hacer las compras. Detrás, se distingue la puerta de un típico supermercado de barrio, las paredes escritas con pintadas, cajones de verduras y frutas vacíos y apilados. Eso es lo que se ve. Más difícil es adivinar en qué está pensando el ministro mientras camina: en qué tótem, en cuál reino perdido. Y, en contra de todo lo esperable, el ministro parece sereno. \\

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