Tengo que morir todas las noches

El Nueve fue por mucho tiempo el bar gay más popular de la Ciudad de México. Sus quince años de vida, entre 1974 y 1989. En este adelanto del libro Tengo que morir todas las noches, Guillermo Osorno narra las noches de desenfreno y liberación que se vivían en el mítico bar.

Por Guillermo Osorno

A mediados de los años setenta, la Ciudad de México tenía una esfera de diversión y entretenimiento bien iluminada. Era un mundo refinado y rico en un país que tuvo treinta años de crecimiento sin interrupciones, sin inflación y sin saltos en el tipo de cambio. En ese universo habitaba una clase alta compuesta por los nietos de algunas familias del antiguo régimen que conservaron parte de lo que tenían a pesar de las turbulencias de la Revolución mexicana, y también estaban los nuevos ricos nacidos de esa Revolución: empresarios que en complicidad con los políticos crearon fabulosas riquezas. Buena parte de esa clase alta vivía en un país menos rural, en una ciudad más cosmopolita. El área de la ciudad que satisfacía los gustos más refinados estaba cercada por dos de las avenidas más importantes: Insurgentes y Reforma. Fue una urbanización del siglo XIX cuyas calles llevaban nombres de ciudades europeas y donde se asentaron mansiones de estilo ecléctico que a mediados del siglo XX comenzaron a transformarse en oficinas, cafeterías, boutiques, galerías y restaurantes. Nadie sabe bien cómo adquirió el nombre de Zona Rosa. Algunos afirman que el autor del nombre es Agustín Barrios Gómez, cronista y responsable de la columna de sociales “Ensalada Popoff”; otros, que lo acuñó el pintor José Luis Cuevas, gran animador de la vida cultural de la zona, pero el caso es que ese nombre logró notoriedad turística después de los Juegos Olímpicos de 1968 y el Mundial de Futbol de 1970.

El miércoles 8 de mayo de 1974, un nuevo restaurante italiano abrió para contribuir al tono refinado del rumbo. Se llamaba Le Neuf y estaba en la calle de Londres número 156. La crónica de las páginas de sociales, escrita para el Novedades por Nicolás Sánchez-Osorio, se titulaba “Ni parece restaurante el de Giuliano Guirini”. Cerca de mil personas asistieron a la inauguración de ese sitio, junto al mercado de artesanías de la Zona Rosa, en el primer piso de un edificio que pertenecía a Ricardo Diener, un prestigioso joyero que instaló su tienda en la planta baja del mismo predio. El lugar estaba decorado por el arquitecto Jorge Loyzaga, inspirado en las casas venecianas, pero en realidad muchas de las ideas eran de Giuliano Guirini, el creador del restaurante. Asistió a la inauguración lo más refinado de la colonia italiana, como la señora Gisella de Marras, esposa del embajador, la baronesa Franca Rosset de Sandre o la condesa Elita Boari Dandini, descendiente de Adamo Boari, arquitecto del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Estuvieron las hijas de la Revolución mexicana, como Alicia Almada, nieta del ex presidente Plutarco Elías Calles, y asistió también la vieja aristocracia local: llegaron el playboy Enrique Corcuera y su hermosa esposa, la ex Señorita Argentina, Viviana Corcuera, así como Juan Sánchez Navarro, líder empresarial.

Le Neuf fue adoptado instantáneamente por la gente bien de la ciudad y se convirtió en un escaparate para el lucimiento de Giuliano, el guapo anfitrión de modales deslumbrantes. Sánchez-Osorio siguió haciendo la crónica de cómo Le Neuf fue el lugar donde tout México daba cenas íntimas en su salón rojo. Una de las más reseñadas fue la que ofreció el Instituto Mexicano de la Moda para el diseñador francés Pierre Cardin, que estuvo sentado junto a la condesa Boari Dandini. Según la crónica, Cardin, nacido en Italia de padres franceses, reconoció que el salón era “completamente veneciano”. Comieron: pâte á la marquise, risotto á la champagne, pollo a la crema con champiñones frescos, berenjenas venecianas al horno, lomo de puerco con salsa de espinacas y strudel de manzana.

Giuliano encandilaba a la sociedad mexicana. Por ejemplo, la revista Claudia, una de las mejores publicaciones del momento, que dictaba la moda y reunía a algunas de las plumas más importantes de la época, dedicó en septiembre de 1974 uno de sus artículos, “A la conquista del hombre soltero”, para mostrar la colección Lanalook, una propuesta que el Secretariado Internacional de la Lana había encargado a los principales diseñadores mexicanos. El punto era enseñar en los salones de Le Neuf a bellas modelos con sus atuendos rodeando a cuatro solteros, entre quienes estaba el mismo Giuliano. La revista lo describía como un apasionado de los viajes y del bridge, y dinámico propietario de Le Neuf, cuyos salones decoró él mismo. Claudia decía que Giuliano se había graduado en ciencias políticas en Italia y durante algún tiempo había sido diplomático, pero que ahora se dedicaba de tiempo completo a su restaurante. “Cada semana cambia el menú, introduciendo, para deleite de sus habitués, novedosos platillos que son secretos de familia desde hace muchas generaciones”, decía la revista. En una de aquellas fotos aparecía Giuliano sentado en un sofá morado de Le Neuf; en una mano sostenía un puro, la otra estaba trenzada de la mano de una modelo, vestía con un blazer azul, una camisa de rayas blancas y azules, una corbata roja de puntos blancos con un grueso nudo, un chaleco y un pantalón blancos. Tenía el pelo rubio, la nariz recta y la barba partida; su cabellera era abundante, con el pelo ondulado y las patillas largas, a la altura de los labios. Otras fotos del reportaje lo muestran con la misma combinación de blazer azul y pantalones blancos, otras camisas, otras corbatas, un cigarro con boquilla negra, buen mozo. Las fotos también dejaban ver cómo era el restaurante: unas muestran un salón con largas cortinas rojas, el salón de caza; otras, una chimenea de piedra, y en otras se puede apreciar un cuadro de Xavier Esqueda, un pintor de moda.

En estas fotos también aparece Manuel Fernández, otro soltero de treinta y tres años, que era el gerente administrativo de Le Neuf. El artículo describe a Manolo como una persona dedicada de tiempo completo al restaurante, pues tiene que vigilar hasta los mínimos detalles. “No piensa en casarse pronto ya que considera que el matrimonio debe ser una institución perdurable y hay que tener muy bien racionalizado lo que se va a hacer. Su tipo de mujer es morena, alta, de ojos oscuros… liberada y, por supuesto, sin prejuicios”, decía Claudia. La publicación enmascaraba una verdad que sólo conocían los más íntimos: Giuliano y Manolo eran amantes.

Nadie sabe bien cómo llegó Giuliano a México, ni cuáles eran sus verdaderos orígenes, pero muchos lo recuerdan como un oportunista poco cultivado; un trepador que supo darse un barniz de gran anfitrión. Fue amante del actor Noé Murayama y luego de Ignacio Orendáin, un hombre alto, distinguido; un sastre de buena familia jaliciense con un taller en la calle de Hamburgo. De acuerdo con Eugenia Rendón de Olazabal, sobrina de Orendáin, Nacho era un hombre generoso, noble y refinado. Le encantaban los muebles antiguos y hacía copias perfectas. Su vida estaba regida por los numerosos códigos de identidad de la clase alta mexicana, como el ancho de los cuellos o la manera de doblar las mangas de la camisa, poner la mesa o recibir en casa.

Quienes los conocieron dicen que la relación entre Giuliano y Nacho era tortuosa, difícil; evidentemente Giuliano, un muchacho guapo, usaba las relaciones de Nacho para colocarse en sociedad. Pero la ruptura fue aún más tormentosa que la relación, por lo menos para Nacho, quien se encerró en su casa de la colonia Juárez a beber. Así lo expresa una nota de la revista Contenido, con el título sensacionalista y fuera de tono: “‘Yo fui teporocho’, confiesa sin miedo Nacho Orendáin”. La reportera escribió que a principios de los setenta, Nacho era uno de los personajes más buscados de la alta sociedad: las fiestas que hacía dos veces al año para presentar sus colecciones de ropa para hombre acaparaban la atención de todo el mundo y las cenas que daba en su casa del Paseo de la Reforma eran de lo más solicitadas. Pero un día Nacho desapareció, vendió su casa y dejó caer la boutique. “En 1973 [unos meses antes de la apertura de Le Neuf], tuve grandes problemas emocionales y económicos —confesaba Orendáin a Contenido—. El negocio se fue a pique porque me falló una persona en la que había depositado toda mi confianza y, casi sin sentido, poco a poco, me refugié en el alcohol.” Nacho decía que debió acudir a Alcohólicos Anónimos y que había dejado de beber: “Tengo cuarenta y seis años, estoy quebrado y debo cerca de ochocientos mil pesos, que voy pagando poco a poco, pero tengo el firme propósito de rehacerme”.

Giuliano dejó a Nacho por Manuel Fernández Cabrera, un chico guapo, metido en sociedad, originario de Tampico, que vivía con una tía rica en la colonia Nápoles. Manolo era hijo de Nicanor Fernández, un asturiano que llegó a Tampico a principios del siglo XX y, como muchos otros españoles, se dedicó a los abarrotes. Con el tiempo, este negocio se convirtió en uno de los primeros supermercados de la zona —los hermanos Arango, creadores de Vips y Aurrerá, trabajaron con él—. A los treinta y tres años, cuando ya era un empresario prominente, Nicanor se casó con Rosa Elena, una chica de diecisiete años, nacida en Guadalajara pero educada en Celaya. Tuvieron cinco hijos: cuatro hombres y una mujer. Manolo fue el de en medio y el primero en salir de su casa. Se mudó a la Ciudad de México muy pronto, pues padecía una enfermedad de la piel y los doctores recomendaron el clima más seco del altiplano, aunque es probable que la madre también hubiera querido alejar al chico de la crueldad del colegio de provincias, el Félix de Jesús Rougier de las monjas del Sagrado Corazón, porque era un niño gordo y delicado. Manolo llegó a la Ciudad de México cuando era adolescente a estudiar en el Colegio Tepeyac y a vivir con su tía Martha Cabrera, hermana de su madre, una señora que se casó ya entrada en años con Tobías Ruiz de Velazco, un revolucionario que peleó en las filas de Emiliano Zapata y dueño de una considerable fortuna inmobiliaria en la Ciudad de México. Como la pareja no tuvo hijos, adoptaron a Manolito, lo llenaron de cariño y lo mimaron hasta el cansancio. A base de dietas y ejercicio, Manolo logró la figura esbelta que lo acompañó toda su vida; también con mucho esfuerzo logró terminar la carrera de contaduría en la Universidad Nacional, a los diez años de haberla comenzado. Era de los niños adinerados del colegio, el que conducía el auto último modelo y llevaba una vida disipada.

Por esos años, Manolo conoció a un italiano muy rico, socio de Bruno Pagliai, empresario prominente, capitán de Tubos de Acero de México, cuyo nombre tendré que omitir a petición suya: lo llamaré el Papa. Bien, el Papa y Manolo mantuvieron una relación que trascendió a todos los amantes de este último; fue el gran patrocinador, prestamista, inversionista y, en buena medida, instigador de las empresas de su protegido; era como si hubiera querido vivir vicariamente una vida gay que a él le estaba vedada por su posición social.

Giuliano había tenido un restaurante en Italia y quería poner uno en México. Convenció a Manolo de que debía pedir dinero al Papa. Así nació Le Neuf, el restaurante que tuvo su apertura deslumbrante, su recepción a Cardin y sus cocteles para otras celebridades, pero que un año después estaba cerrado. De nuevo, las columnas de sociales dieron cuenta del hecho. Una de ellas, firmada el 24 de julio de 1975, señalaba que aquel restaurante donde había que reservar con varios días de anticipación, ya estaba a la venta. Giuliano cambiaba los espaguetis por un enfrentamiento profesional con el actor de Hollywood, Omar Sharif, en el campeonato mundial de bridge, cuya sede era México. Meses más tarde, Nicolás Sánchez-Osorio hizo la crónica de la despedida de Giuliano de México en el restaurante Rívoli. La nota decía que Guiliano pensaba viajar a Europa vía Nueva York para quedarse un tiempo en Marruecos. La reputación del restaurante había decaído estrepitosamente. Un comensal de aquellos tiempos contó que Giuliano estaba más interesado en demostrar su posición social que en atender a su clientela. Sin ser invitado, se sentaba en las mesas para presumir los viñedos familiares o los títulos nobiliarios: el restaurante era pequeño y la presencia de su anfitrión, desbordada. Más interesado en jugar bridge, desantendió la cocina y el servicio, y un día también terminó abruptamente su relación con Manolo. El Papa le pidió a Manolo que encontrara una solución al negocio, pues seguían pagando la renta. Fue así como Manolo se encontró con Óscar Calatayud, Guillermo Ocaña y Henri Donnadieu, quienes decidieron abrir un bar gay en el lugar donde estuvo el restaurante.

A mediados de los años setenta, la idea de invertir un capital con el fin de abrir un sitio dedicado a dar de beber y divertir a personas con una preferencia sexual condenada era más bien intrépida. Lo normal era que los homosexuales se reunieran en sitios clandestinos, alejados de la mirada del público. Aunque en México las leyes no proscribían la homosexualidad, como en los países anglosajones, los homosexuales no sólo fueron objeto de burlas y condenas morales durante el siglo XX, sino también de asesinatos y, muy frecuentemente, de detenciones y extorsiones policiacas.

El primero de estos escándalos fue la redada del 20 de noviembre de 1901 en un baile de homosexuales de clase alta, en la Calle de la Paz. Se le dio el nombre del “Baile de los 41” por el número de detenidos: 22 vestidos de hombre y 19 vestidos de mujer. También se especuló que pudieron haber sido 42, pero que a uno de ellos la policía lo dejó escapar porque se trataba de Ignacio de la Torre, yerno del presidente Porfirio Díaz. Aunque muchos eran miembros de familias notables, como De la Torre, las autoridades enviaron a Yucatán a un buen número de ellos a realizar trabajos forzados; otros pudieron haber comprado su libertad. Los periódicos de la época se cebaron en el asunto, que quedó inmortalizado en la caricatura de José Guadalupe Posada: los muestra a mitad de un alegre baile, algunos de frac, otros con vestidos amplios y vello facial. Abajo se lee: “Aquí están los maricones, muy chulos y coquetones”.

A mediados de los setenta, las reuniones de homosexuales seguían siendo dispersadas por la policía. Las autoridades también levantaban gente de la calle, y la prensa popular, como el Universal Gráfico y Alarma!, continuaba haciendo notas escandalosas con títulos llamativos. En medio, claro, había estallado la Revolución mexicana. De acuerdo con Carlos Monsiváis en sus apuntes sobre la historia de la homosexualidad, “Los gays en México: la fundación, la ampliación y consolidación del ghetto”, el movimiento armado significó lo mismo un estallido de energía social contra las nociones de decencia católica y porfiriana, que la entronización del culto al machismo, que tuvo como una de sus consecuencias, “no la más relevante, tampoco la menos dañina, la persecución regocijada de lo diferente”.

Con el paso del tiempo, la sociedad y la opinión pública fueron aceptando distraídamente la existencia de los gays, aunque no cesaron los desprecios y los escándalos, dice Carlos Monsiváis. A los gays de medio siglo, que Monsiváis llama “homosexuales de segunda generación”, les tocó una Ciudad de México donde ya había lugares más o menos establecidos. Uno de los primeros fue el Madreselva, que existía desde 1949, donde los homosexuales todavía mostraban un pudoroso comportamiento, apenas violado por las manos entrelazadas debajo de las mesas. En 1951 abrió Los Eloínes, de Daniel Mont, el patrocinador del Museo Experimental Eco, que construyó ese mismo año el arquitecto Mathias Goeritz en la calle de Sullivan. A Los Eloínes llegaban los homosexuales de buena sociedad después de ir a un concierto o a cenar en el restaurante de moda, y se mezclaban con los pelados: todos bailaban al ritmo de un conjunto cubano y al amparo de un mural de Carlos Mérida. A un costado de la Plaza de Garibaldi estaba Las Adelas, adonde recalaban homosexuales, travestis, turistas y borrachos de toda índole. Luego, en la mañana, el bar se transformaba en lechería, que surtía a las familias del centro de la ciudad. También existió L’Étui (El Estuche), que quedaba en la Zona Rosa, donde Chucho, uno de los meseros, hacía el papel de periódico de la vida gay, pasaba recados y anunciaba las efemérides de la comunidad. A la muerte de Daniel Mont, el Eco se convirtió en cabaret y en un restaurante en cuya barra se concentraba la gente de ambiente. Lo mismo sucedió unos años después con el elegante Belvedere del Hotel Continental, en el cruce de Reforma e Insurgentes. Los homosexuales, de traje y corbata, se apiñaban en la barra, mientras el resto de los comensales cenaban, veían el espectáculo y hacían como si no pasara nada. Hay que decir que durante todos estos años, se siguió ligando en La Alameda, en la calle de San Juan de Letrán, en los cines, en los baños y, por qué no, cerca de los cuarteles militares.

A mediados de los años setenta se podía vivir las veinticuatro horas en algún sitio para el ligue. Este descubrimiento es de Adonis García, el protagonista de la novela fundacional de la literatura gay en México, El vampiro de la colonia Roma, de Luis Zapata. A pesar de que el manuscrito ganó un concurso de novela, tuvo problemas para ver la luz por su contenido explosivo. Adonis es el primer personaje gay no vergonzante de la literatura y el cine mexicanos. El vampiro está construido sobre el monólogo de un chichifo, un prostituto, que habla frente a la supuesta presencia de una grabadora. Hace contemporánea la tradición de la novela picaresca y por eso el personaje recorre varios estratos de la sociedad. En cierto punto, Adonis dice que la Ciudad de México le parece la más cachonda del mundo. En la mañana se ligaba en el metro Insurgentes o en las tiendas de discos, cuando las abrían. También se ligaba en los baños del Puerto de Liverpool o en los baños públicos, como los Finisterre o los Ecuador. En la tarde, la Zona Rosa era el lugar de recreo. Había un pasaje comercial donde estaban varios restaurantes de moda con mesas al aire libre. Se entraba por la calle de Génova o Londres. A mitad del pasaje estaba un restaurante llamado Toulouse-Lautrec. Allí se sentaba la gente a ver pasar a los transeúntes. También circulaban por ahí los tips para la fiesta de esa noche. Los organizadores generalmente eran gente mayor a quienes les hacía ilusión el desfile de muchachos. Uno de ellos, por ejemplo, se llamaba Manuel Dueñas. Tenía un departamento en la unidad habitacional Tlatelolco, específicamente dedicado a esos eventos. Los niños bien se reunían todos los jueves en el departamento de otro de esos señores, Rafael del Pino, que tenía un open house en un departamento mínimo de la calle de Oslo.

Había dos zonas de ligue descarado. La primera estaba en los límites de la colonia Condesa, en el cruce de la avenida Insurgentes y Aguascalientes. Se le llamaba “la esquina mágica”, pero en realidad era una cuadra entera donde gente con automóvil daba vueltas y ligaba a gente de a pie o a los de otro coche hasta altas horas de la madrugada. La segunda era la esquina de la avenida Reforma y Río Tíber. Allí existe una cafetería Sanborns que durante décadas fue un lugar donde se paseaban los chichifos y donde todo el mundo iba a ligar. La gente tenía que hacer fila para entrar a las cabinas de los escusados. Alguien había hecho unos hoyos en las paredes de aquellos gabinetes, de manera que la gente podía sentarse en uno y mirar por el hueco a la persona en el otro. También estaban los baños en el segundo piso del Hotel María Isabel.

La primera cantina en salir del clóset, como dice Juan Carlos Bautista en su Historia mínima de la noche, fue el Lhardy. Homónimo del venerable restaurante madrileño, pero sin nada de su prosapia, a ese Lhardy también se le conocía como el Villamar. Estaba en el sótano de un edificio cercano al parque de la Alameda y había que descender unas escaleras para entrar a la cantina, que se anunciaba como “salón para familias”, pero tenía apariencia de lugar de mala muerte, como muchas otras cantinas. Esta apariencia normal era el pretexto para que ciertos hombres que no estaban seguros de sus deseos experimentaran sin remordimiento el ligue con homosexuales declarados y travestis. Y en medio de esta tensión aderezada con muchas cervezas y mariachis, se rifaban pollos rostizados que llenaban de grasa las manos lúbricas de los comensales.

Con todo, los setenta también son recordados por los levantamientos. Se decía que había que llevar dinero para la entrada al bar y para la salida, pues afuera esperaban policías que, argumentando que se estaban prostituyendo, levantaban a cualquiera que tuviera aspecto gay. Si el detenido llevaba dinero, daba una “mordida”; pero si no, le exigían una fianza de un mes de salario mínimo (cinco mil pesos de aquellos tiempos), o echar de cabeza a algún otro amigo, y si nada de esto sucedía, entonces lo encerraban por varios días. También la policía solía extorsionar a los homosexuales por medio de redadas en los bares, levantando a decenas de parroquianos para presentarlos ante el ministerio público. Las autoridades realizaban las razias argumentando que en esos bares se fomentaba la prostitución, no se respetaba el horario o se trastocaba el orden público. Luego de una de estas batidas, la policía convocaba a los fotógrafos de prensa amarilla para tomar placas de los detenidos en poses denigrantes, como en los tiempos de Guadalupe Posada. Si alguien se negaba a ser retratado, entonces lo golpeaban y lo obligaban de cualquier manera a salir en la foto.

Pero un empresario, Óscar Calatayud, sabía cómo sortear este orden de cosas: la clave para sobrevivir a las constantes razias y a los cierres era la movilidad. En realidad no necesitaba un lugar fijo: podía alquilar cualquier sitio que ya estuviera más o menos puesto y llenarlo con su lista de clientes asiduos. Calatayud contaba además con el apoyo de un agente dentro de la policía, su amigo Guillermo Saad, que le conseguía cierta protección. Había tenido un bar llamado Piccolo Mondo, en la colonia Juárez, y luego abrió otro en la calle de Mariano Escobedo, llamado Charada. Cerrado el Charada, localizó la azotea de un edificio de oficinas en la calle de Manzanillo, en la colonia Roma, y abrió otro bar llamado Penthouse. Éste era un lugar en cierto modo peligroso, porque se llegaba hasta él por un estrecho elevador y no había escaleras de emergencia. Los inquilinos de las oficinas se quejaron porque cuando ellos llegaban a trabajar veían salir del elevador a homosexuales y vestidas que se habían quedado de fiesta toda la noche. El Penthouse terminó, como los demás, en una redada que les cayó a las seis de la mañana.

Calatayud localizó un nuevo local en la calle de Baja California, muy cerca de la esquina mágica de Aguascalientes e Insurgentes. Estaba en la planta baja de un edificio y había sido una cafetería que se llamaba D’Val. Investigó a quién pertenecía hasta que dio con la dueña, Martha Valedespino, una morena que se pintaba el pelo rubio, y lo convirtió en un sitio que recogió el prestigio del Penthouse y acabó teniendo mucho éxito. Calatayud incluyó en el D’Val un espectáculo travesti que tenía cierta calidad en su producción, ya que le gustaba pensar en Las Vegas. Por eso, el bar lo mismo recibía con fanfarrias a Xóchitl, la poderosa reina de los travestis de la ciudad, muy amiga de los anfitriones, que a la Isha, la Samantha, la Marlo y la Pili; a los homosexuales que lo seguían desde el Piccolo Mondo y el Penthouse, y a las artistas del momento, como la guapa actriz de Sonora, Isela Vega, a quien de repente le daba por dar el show, quitarse la blusa y enseñar las tetas, haciendo eco a su fama de encueratriz del cine nacional. Como los desnudos en el cine de la Vega, los llenos del D’Val eran totales. El sitio tenía capacidad para trescientas personas, pero hubo noches en que lo llenaron novecientas, y el dinero comenzó a correr a los bolsillos de todos los socios, e incluso a la cabeza: un comensal recuerda a la señora Valdespino meterse los fajos de billetes entre la peluca.

Una de aquellas noches llegó al D’Val Manolo Fernández acompañado de varios amigos, incluido Henri Donnadieu, un francés recién llegado a México, que era su nuevo amante. Todos ellos pertenecían al grupo que Guillermo Ocaña, uno de los socios de Calatayud —y de las pocas fuentes disponibles para contar sobre estos inicios—, llamados “Las Intocables” por su prominente posición social. Hoy Ocaña es un personaje complejo. Fue actor de fotonovelas y reina de la belleza travesti. Se dio a conocer como Camelia la Texana, tuvo un bar y se convirtió en representante de artistas. Cuando lo vi por primera vez, acababa de enfrentar una acusación del gobierno español por presunto lavado de dinero. A mí me recibió muy quitado de la pena, recién salido de una operación, en un amplio departamento nuevo de la calle de Horacio, en la mejor zona de Polanco. Según la revista Proceso: “Las autoridades habían intervenido decenas de llamadas telefónicas y realizado investigaciones sobre el entorno financiero del grupo de Ocaña, así como dado seguimiento al promotor mexicano; la policía sabía además que Ocaña manejaba veintiséis sociedades mercantiles para el lavado de dinero desde España”. Ocaña me contó que todo esto era una terrible confusión causada por sus actividades financieras con bonos chinos. Después de nuestro primer encuentro, Ocaña estuvo de nuevo en la cárcel, salió un año después y lo volví a ver en su refugio frente al lago de Tequesquitengo.

Allí me contó que aquella noche en el D’Val, él y Óscar se fueron a sentar con sus importantes anfitriones en uno de aquellos booths de cafetería. Viendo a Óscar y a Manolo juntos, uno de los amigos sugirió que sería divertido abrir un bar gay en el antiguo local de Le Neuf. A todos les pareció entretenida la idea, sobre todo a Calatayud, quien tenía más experiencia que ninguno de ellos y veía en Manolo la oportunidad de tener pleno acceso al dinero de los gays elegantes. Ni Ocaña ni Donnadieu se acuerdan realmente cómo prosperó el proyecto. Lo que está claro es que las partes rápidamente se pusieron de acuerdo. Manolo y el francés aportarían el local y algo de dinero, y obtendrían el cincuenta por ciento de las ganancias. Ocaña y Calatayud aportarían la otra parte del dinero necesario para la apertura, y obtendrían el cincuenta por ciento restante. Fue un acuerdo de palabra.

Como en ese momento Manolo no tenía el apoyo del Papa, que estaba furioso por la aventura fracasada con el otro italiano y por la aparición súbita de un francés, Henri tuvo que empeñar un par de relojes para conseguir el dinero necesario para la apertura, mientras que Calatayud pidió a Ocaña vender un auto nuevo, un Dodge Dart rojo, a cambio de otro auto que el mismo Calatayud le dio. Luego se ocuparon de los detalles de la inauguración. Decidieron quitar buena parte de las mesas del restaurante para acoger a más personas. Sólo dejaron un grupo de ocho mesas debajo de la carpa estilo veneciano. El día de la apertura, la invitada de honor, Irma Serrano, la escandalosa actriz que era amante de presidentes y traficantes de drogas, y amiga de Calatayud y de Ocaña, llegó en su Rolls Royce dorado que estacionó en la calle de Florencia, a media cuadra del bar. Ocaña, en su papel de Camelia, fue a recibirla mientras la gente se apiñaba en la calle para verla. Apareció Xóchitl con un vestido de Cleopatra que había llevado a una fiesta en el Hotel del Prado, pero sin el tocado. Hubo quien se quedó del otro lado de la banqueta, sin poder entrar, incluida la policía, que se presentó intrigada a pedir documentos y tampoco pudo acercarse por la gran cantidad de gente que había —de cualquier manera, adentro estaba el coronel Saad con su novia, la actriz Lupita Oláiz—. En el bar, la Serrano pensó que sería buena idea romper una botella de champagne, como si aquello fuera un barco: la estrelló contra la chimenea de cantera que tanto orgullo le daba a Giuliano, pero lo único que logró fue hacer un hueco en la piedra.\\

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