El paraíso de los legionarios

La Legión de Cristo goza de un poder desmedido en Cancún y varias poblaciones de Quintana Roo. La prelatura Cancún-Chetumal, a cargo de los legionarios desde 1970, ha servido a la congregación religiosa para refugiar a sacerdotes acusados de pederastia o para desterrar a algunas voces críticas dentro de su comunidad. También se han apropiado de terrenos públicos y proyectan construir una basílica que podría tener un fuerte impacto ecológico. Todo esto ocurre con la complicidad del
Estado y bajo la siniestra presencia de su fundador, el fallecido Marcial Maciel.

Por Emiliano Ruiz Parra / Fotografía Wacho Espinosa

Los Legionarios de Cristo siempre cuentan dos historias: una versión oficial –cargada de designios divinos– y una verdad disidente. Durante sesenta años la Legión sostuvo, por ejemplo, que Marcial Maciel –su fundador– era un santo en vida. Pero después tuvo que reconocer lo irrefutable: que había sido un pederasta, drogadicto, mitómano y había abusado hasta de sus hijos.

En la prelatura de Cancún-Chetumal, a cargo de los Legionarios de Cristo desde 1970, también se cuentan dos historias.[1] La versión oficial retrata la prelatura de Cancún-Chetumal como la abnegada evangelización del pueblo maya y de los cientos de miles de inmigrantes que poblaron el Caribe mexicano con el auge del turismo. Llegaron cinco sacerdotes legionarios y, 45 años después, se multiplicaron a 75. Encontraron siete parroquias y en menos de cinco décadas construyeron más de cincuenta. Y se adaptaron a uno de los crecimientos demográficos más acelerados del país, pues Quintana Roo pasó de menos de 90 mil habitantes a un millón 600 mil entre 1970 y 2015.

Sin duda, una parte de esa versión es cierta. Los números son reales y los legionarios gozan de influencia en la entidad. Algunos de sus sacerdotes se han entregado con convicción a sus labores religiosas, ya sea en comunidades indígenas o en barrios de trabajadores. Pero esa verdad oficial convive con la versión de los críticos de la Legión de Cristo, algunos de ellos, ex legionarios que conocieron las entrañas de la congregación y se han convertido en sus denunciantes más elocuentes.

Según la versión de los críticos, la prelatura de Cancún-Chetumal ha funcionado como una “Siberia tropical” para relegar a los elementos indeseables, ya fueran sacerdotes acusados de pederastia o elementos críticos con la línea oficial de la Legión de Cristo. Según ellos la prelatura se ha usado como un gran negocio, al ser explotada como un polo de bodas en hoteles de lujo.

En la historia oficial, el Vaticano les pidió a los legionarios encargarse de Quintana Roo en 1970 y “ni el profeta más santo […] se iba a imaginar la explosión demográfica”. Según la versión alternativa, que cuenta el ex legionario Pablo Pérez Guajardo, Maciel cabildeó la prelatura para los legionarios porque poseía información (debido a su cercanía con el secretario de Gobernación, y luego presidente, Luis Echeverría) de que el Estado mexicano invertiría grandes sumas de dinero para desarrollar un gran centro turístico en el Caribe.

La región ha vivido, según la versión oficial, “una frenética cruzada por dotar a la prelatura de templos dignos para el culto”.[2] La versión alternativa acepta este hecho, pero acusa a los legionarios de invadir áreas verdes y apropiarse de espacios públicos para construir iglesias. En su expansión, la prelatura contó con el apoyo de un empresario hotelero, Fernando García Zalvidea, que estuvo preso trece meses por lavado de dinero del Cártel de Juárez, y luego fue absuelto.

Este 21 de noviembre, la prelatura de Cancún-Chetumal cumple 45 años, todos ellos bajo el control de los Legionarios de Cristo, la congregación que fundara Marcial Maciel el 3 de enero de 1941 en un sótano de la colonia Juárez de la Ciudad de México. Los legionarios, ahora, emprenden dos obras monumentales: la construcción de la basílica de Santa María Guadalupe del Mar, un templo de 110 metros de altura que pretenden convertir en el ícono de Cancún, con un costo anunciado de unos doce millones de
 dólares; y un seminario de 57 millones
 de pesos con alberca olímpica y canchas de futbol y basquetbol y capacidad para cien seminaristas.

Los pederastas
Cuatro seminaristas se acercaron al sacerdote Juan José Vaca, director espiritual del seminario de Ontaneda, España. Le revelaron que el rector, el padre Jesús Martínez Penilla, se los había llevado a la cama y los había masturbado. Por las confesiones de los niños se deducía que los abusos llevaban ya dos o tres meses. Vaca de inmediato le informó a Marcial Maciel por teléfono.

—No te preocupes, habla con los apostólicos [las víctimas] y procura tranquilizarlos. Pídeles que no les digan nada a sus papás—, le dijo Maciel.

En tres horas, Martínez Penilla había tomado el tren a Madrid. De ahí abordó un avión a la ciudad de México y de inmediato salió a Chetumal, en donde se puso a las órdenes de Jorge Bernal, el legionario de Cristo que era administrador apostólico de la prelatura, designado por Maciel Degollado.[3] Corría el año de 1970 y el papa Pablo VI acababa de encargarles la prelatura de Chetumal a los Legionarios de Cristo.

A miles de kilómetros de sus víctimas, Martínez Penilla apareció en la primera fila de las más importantes ceremonias de la prelatura. El 19 de marzo de 1974 flanqueó a Jorge Bernal por las calles de Chetumal durante la consagración de éste último como obispo prelado. En una fotografía se aprecia a cuatro mitrados que los siguen en procesión.[4]

Martínez Penilla desarrolló una carrera como párroco en la prelatura. El directorio eclesiástico de 1991 lo registra al frente del templo de la Inmaculada Concepción, en Bacalar. En el mismo directorio, pero de 2007, aparece como responsable de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en el municipio de José María Morelos.

Para 2010 había cambiado nuevamente de adscripción. En la página 43 de Una Iglesia de corazón misionero hay dos imágenes del sacerdote: en una de ellas se le ve leyendo un libro, quizá los evangelios, en una banca; en la segunda fotografía lo flanquean 18 personas. Son parte de su comunidad en el templo de la Inmaculada Concepción de María de Isla Mujeres.

Cuando Juan José Vaca estaba a punto de salir de la Legión de Cristo le escribió una extensa carta a Marcial Maciel fechada el 20 de octubre de 1976. En ella le reprochaba una década de abusos sexuales que habían empezado en 1949. Vaca revelaba los nombres de veinte legionarios que habían pasado por situaciones similares a la suya. Entre ellos había tres sacerdotes que trabajaban en la prelatura: Javier Orozco, Ángel de la Torre y Jesús Martínez Penilla.

La prelatura, sin embargo, albergó un caso más grave que el de Martínez Penilla. En el capítulo “El caso del Instituto Cumbres, 1983” de Marcial Maciel, el historiador Fernando M. González detalla la primera historia de abuso sexual de la Legión contenida en expedientes judiciales.

Una madre de familia (a quien González identifica como Elsa N) denunció los abusos sexuales sufridos por su hijo a manos del prefecto de disciplina, un laico de nombre Eduardo Enrique Villafuerte Casas Alatriste. La justicia mexicana atrapó a Villafuerte y lo condenó a 18 años de cárcel. El examen médico comprobó las violaciones sexuales. En ese entonces, el director del Instituto Cumbres (una preparatoria de los Legionarios de Cristo) era el sacerdote Eduardo Lucatero Álvarez.

En su declaración ministerial, consignada en la averiguación previa 163/83, del 7 de junio de 1985, Villafuerte acusa que Lucatero “tuvo conocimiento de los hechos, y se concretó únicamente a despedirlo de su empleo, y a avisarle a su familia, aconsejándole que abandonara el país porque iba a tener problemas”. Villafuerte relata que no era el único abusador de niños en el colegio. Identifica a Guillermo Romo, Francisco Rivas y Alfonso NJ como otros empleados del Cumbres que tocaban a los niños.

“Que también sabe y vio en ocasiones al subdirector [sic] confesando a los menores, y que dicho [sujeto] se llamaba Eduardo Lucatero (LC), el cual también se llevaba a las niñas, hermanas de los menores y les acariciaba sus partes nobles obscenamente”, continúa. Sin embargo, al sacerdote Lucatero sólo se le impuso una multa por encubrimiento.

Antes de acudir a las autoridades ministeriales, una de las madres de las víctimas acudió a las del plantel. Fue un error. “Mi vida cambió totalmente. Perdí el trabajo por culpa de los legionarios, perdí mis amistades de toda la vida, mi dinero, mi condominio, y de la noche a la mañana haga de cuenta que se me abrió un hoyo. Son gente muy poderosa. Me amenazaron, me trataron de sacar del periférico varias veces con un auto Mustang para que no fuera a juicio”, le contó a González.

Lucatero Álvarez terminó en la prelatura de Cancún-Chetumal, que nunca disimuló su presencia en el Caribe. En la tercera de forros de Una Iglesia de corazón misionero se le ve en segunda fila entre el clero de Quintana Roo, con ornamentos sacerdotales y en oración. El grupo lo encabeza el obispo Pedro Pablo Elizondo.

El mismo volumen lo registra como sacerdote adscrito a la catedral de la Santísima Trinidad, en Cancún. En una fotografía (página 85) aparece en el extremo derecho de un grupo de veinte personas que posan delante de la fachada de la catedral. Alto, de lentes, guayabera y crucifijo al hombro, posa con una sonrisa.

En el Directorio eclesiástico 2 014 de la prelatura se le consigna como sacerdote del clero religioso. El directorio lo identifica como titular de la Dimensión de la Doctrina de la Fe en la Pastoral Profética. Es decir, era el “guardián” de la disciplina y el cumplimiento de los dogmas en la Iglesia de Quintana Roo.

El perro, el vino y el psiquiatra
Pablo Pérez Guajardo se pasaba el día adormilado. Su depresión no desaparecía a pesar de la ingesta de pastillas. Hasta que decidió dejar de tomar su dosis de diazepam y dárselas al perro de raza pastor alemán, una de la mascotas en la casa de Vía Aurelia 677. Pablo poco a poco perdió la somnolencia. En cambio, el perro dormitaba todo el día ya sin ganas de jugar. “Los superiores se preocuparon por el perro que estaba muy mal. El perro sí les alarmaba y yo no”, recuerda con rabia.

Pérez Guajardo se ha convertido en una de las voces más críticas de la Legión. Sin ser nunca un directivo de la orden, durante veinte años estuvo cerca de la cúpula legionaria y del propio fundador Marcial Maciel. Entre 1986 y 2006 perteneció a la comunidad de seminaristas y sacerdotes que residía en Vía Aurelia, Roma, en la sede de la dirección general de los Legionarios de Cristo.

Lo encuentro en fotografías antiguas: la del 3 de enero de 1991 en la basílica de San Pedro. Para celebrar los 50 años de la Legión de Cristo, Marcial Maciel dispuso que sesenta legionarios fueran ordenados por el papa Juan Pablo II. Con las manos en oración, se le ve a escasas tres personas del pontífice. Ese día recibió la ordenación sacerdotal después de quince años en la congregación.

Lo vuelvo a ver en Una Iglesia de corazón misionero, libro de nuestra historia, el libro que los legionarios editaron para celebrar los cuarenta años de la prelatura. Aparece tres veces: en la tercera de forros (con el resto de los curas del estado) y en las páginas 132 y 133. Una fotografía en gran angular lo retrata en medio de un centenar de personas, la mayoría niños: su comunidad de la capilla San José en la colonia Guadalupana, un barrio proletario en la periferia de Playa del Carmen. En la página impar tiene un micrófono en la mano y se lo acerca a un niño.

En esas imágenes quedó su época de cercanía legionaria. Pero el 29 de septiembre de 2011 envió al entonces director general de los legionarios, Álvaro Corcuera, una “Carta de Fuego”, en donde exigía a la congregación un deslinde de su fundador Marcial Maciel.

“Fue amortajado con vestiduras sacerdotales un maricón, drogo, borracho y mujeriego […] No sólo él se rió de Dios, de la Iglesia y de nosotros, también usted y buen número de superiores mayores se han burlado de la autoridad del Papa al acompañar a nuestro pedófilo fundador en sus viajes con la concubina y la hija sacrílega [……] Sus labios han besado el cadáver de un falso profeta que usted y los superiores mayores nos han presentado como Alter Christus siendo un 
Anti-Cristo”, le escribió.

"Lo difícil es encontrar una iglesia en Cancún que no sea una invasión..."

A esa carta siguieron una decena de cartas más en donde denunciaba el lavado de dinero, el encubrimiento sistemático de pederastas, el culto a la memoria de Maciel, la explotación financiera de los colegios y otras presuntas desviaciones de la Legión de Cristo.

Delgado, de ojos verdes, orejas puntiagudas y cabello escaso, Pablo Pérez Guajardo fue expulsado de la Legión de Cristo en mayo de 2015, pero desde septiembre de 2012 lo echaron de la capellanía de San José. Cuando lo entrevisté, en septiembre pasado, acondicionaba la cochera de una casa como capilla. Se dice vetado: “el obispo (Pedro Pablo Elizondo) me prohibió que entrara a las escuelas católicas y a los hospitales”.

Conversamos durante tres horas. De su vida, el capítulo más vivo, y el más desgarrador también transcurría en Roma: en 1986 fue asignado a la dirección general de los legionarios, el centro de mando de la congregación religiosa. Ahí convivió con Maciel y Luis Garza Medina, ‘número’ dos de la orden religiosa y cerebro financiero de ésta.

La vida legionaria afectó las emociones del padre Pérez Guajardo. Se deprimió. Garza Medina le pidió atenderse con Francisco López Ibor, hijo del célebre psiquiatra español Juan José López Ibor. Se negó. Pero después fue el propio Maciel quien le pidió consultar al psiquiatra. Las sugerencias de Nuestro Padre eran órdenes. Pérez Guajardo desconocía entonces que era una práctica de Maciel enviar a los sacerdotes problemáticos a la clínica madrileña. Cada cuatro meses viajaba a Madrid a surtirse de dosis de medicamentos psiquiátricos que lo mantenían dormido o sonámbulo, sin ganas de rechistar.

Su computadora tenía acceso a internet. Navegando, se dio cuenta de que su dosis de antidepresivos era mayor a la necesaria, y que su tristeza obedecía a su vida de religioso: soledad, alejamiento de su familia desde los 18 años, falta de estímulos. Empezó a darle sus medicamentos al perro pastor alemán que cuidaba con celo otro sacerdote legionario, Juan Manuel Dueñas Rojas.

Al quitarse los medicamentos volvió a estar despierto, pero pagó un precio. Tenía estallidos de ira y simas de tristeza. Sus padres estaban enfermos y deseaba ir a pasar con ellos sus últimos años. Con su padre no lo logró: cuando aterrizó en México ya lo estaban velando.

Una escena retrata su furia: a los curas sólo les estaba permitido beber un vaso de vino con la cena. Los superiores se servían dos o tres porque tenían permiso del padre Maciel. Enojado y con ganas de venganza, Pablo se robaba las botellas aflojando el triplay detrás de la repisa. Las ocultaba en el baño o en los ductos de aire acondicionado.

Una tarde, uno de los superiores lo llamó para regañarlo. Pablo Pérez Guajardo, que ya se la esperaba, traía una de las botellas de vino, ya descorchada. La sacó de entre sus ropas y la derramó sobre el escritorio.

—¿Cómo se atreve? ¡Aquí hay cartas de Nuestro Padre!— le reprendió el sacerdote (¿Y qué que hubiera esas cartas?, se preguntaría años después Pablo: si la mayoría de las cartas de Maciel eran plagios o escritos de otros autores, todo lo que ofreció Maciel fue un fraude).

Hartos de su indisciplina, le autorizaron que se trasladara a la Ciudad de México, a una casa de legionarios en la que pudiera estar más cerca de su madre, enferma de cáncer.

Derramar el vino fue la primera de
 sus indisciplinas. Ahora la recuerda como un acto calculado de rebeldía para conseguir su traslado. Vista a la distancia era una travesura. Su auténtico desafío vino después, con sus denuncias públicas escritas en cientos de cuartillas de cartas y en sus confesiones, la catarata de recuerdos que iban reconstruyendo el rompecabezas de una congregación en donde campeaban el fraude y el abuso. La tarde que conversamos, algunas de esas escenas vinieron a su cabeza: la noche anterior a la profesión de votos, Marcial Maciel llamó a uno de sus compañeros y pasó la noche con él. Ese cura fue enviado a la prelatura. Cuando se hizo público que Maciel había tenido una hija, el sacerdote abusado (ya de 50 años) contaba compulsivamente su historia; o de la vez que el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado del Vaticano, les dijo a él y otro grupo de legionarios: “Dichosos ustedes porque obispos y cardenales hay muchos, pero fundador [Marcial Maciel] uno solo””; o de cuando se enteró de que Luis Garza Medina —hermano de Dionisio Garza Medina, presidente de Grupo Alfa y uno de los hombres más ricos de México— había urdido un plan para controlar a la Legión de Cristo: hizo seguir a Maciel por detectives privados, recabó la información sobre su doble vida y le hizo un chantaje: su silencio a cambio del control financiero de la congregación religiosa.

Tras cuarenta años en la Legión, Pablo Pérez Guajardo observó y escuchó cientos de historias, pero guardaba fidelidad a sus votos privados.[5] Después de su regreso, lo destinaron a una casa de religiosos en el Estado de México y, al final, la prelatura de Cancún-Chetumal. Según su relato, estuvo asignado a la catedral de Chetumal en donde reactivó las misas matutinas y salió a las calles a ofrecer bautizos gratuitos a los niños. El obispo Pedro Pablo Elizondo, al ver su energía, lo mandó a una encomienda más difícil: una colonia proletaria en Playa del Carmen.

De su paso por la colonia Guadalupana se puede contar su historia como cura de barrio marginal (él la llama zona atolera en contraste con la zona hotelera) pero resultan más pertinentes para este artículo sus impresiones sobre la prelatura de Cancún-Chetumal, contenidas en una carta que le escribió a su obispo Pedro Pablo Elizondo el 24 de septiembre de 2012. Allí le dice, por ejemplo, que la prelatura ha sido, desde su creación, el destino de los indeseables: aquellos que no cuadraban con la línea de Maciel, ya fuera porque se habían negado a trabajar en colegios para niños ricos, como un grupo de curas irlandeses que se sentían frustrados de hacer pastoral sólo para clases acomodadas.

La prelatura se había hecho de tres buenos negocios, acusaba Pablo Pérez: las bodas glamour celebradas en las capillas de los hoteles de lujo. Los curas legionarios habían sido reducidos a un servicio de escort: un apuesto sacerdote impecable, bien vestido, con la raya del cabello perfecta, para adornar las ceremonias de los ricos. A esas bodas, por cierto, se les negaba el acceso a los trabajadores de los hoteles.

El segundo negocio, la Ciudad de la Alegría: un complejo de casas-hogar para niños, ancianos y enfermos terminales “es, en buena medida, la confeccionadora de recibos deducibles de impuestos para los hoteles y empresas (Best Day) de Fernando García Zalvidea”.

Y una tercera fuente de ingresos: los donativos que los legionarios recababan en Estados Unidos y Europa con el argumento de destinarlos a la evangelización de los pueblos mayas, a los cuales “nunca [les] ha llegado dinero: la inmensa mayoría de las regiones o colonias pobres carecen de dispensarios católicos, escuelas parroquiales, templos y servicios sociales”.

Pérez Guajardo se fue de la prelatura. Buscó lugar en Saltillo, con el obispo Raúl Vera López, promotor de derechos humanos, y antagónico a los legionarios. Apenas estuvo unos ocho meses e hicieron cortocircuito. Pérez Guajardo lo acusó de usar a los pobres para su beneficio, y Vera respondió calificándolo de espía.

“¿A dónde voy a mis casi 60 años?”, se preguntó el sacerdote. Y regresó a Playa del Carmen, a la zona obrera, a instalar una capilla en el garaje de una vivienda en obra negra. Cuando lo visité, se movía en un automóvil Chevy viejo y sucio, sin asientos, y vivía con una familia, rodeado de costales de cemento y cortinas de polvo. En 2015 la Legión lo había expulsado de sus filas: “En términos canónicos no tengo licencias ministeriales, quedando firme que no hay ninguna sanción o pena canónica ya que no existe ningún delito (ni pederastia, pareja sexual, fraude, problemas doctrinales o enseñanzas morales erróneas)”, me dijo.

Cuando conversamos se le notaba el cansancio tras cuatro años de denuncia sin que nada hubiera cambiado. Estaba irascible y resignado a su trabajo pastoral: dar catecismo, celebrar bautizos, avanzar en la construcción de su capilla. Le pregunté por qué había invertido tanta energía en las cientos de cuartillas de denuncia. Tenía esperanza: su esperanza era que lo escucharan en el Vaticano y le retiraran la prelatura a los legionarios. A Quintana Roo, me dijo, le faltaba un obispo franciscano, jesuita o diocesano que usara morral, huaraches y mezclilla, y se mezclara con los obreros y los indígenas de tierra adentro, y ya no con los magnates de la zona hotelera.

La leyenda del santo lavador
Fernando García Zalvidea fue uno de los miles de inmigrantes que atrajo el auge turístico de Cancún. A bordo de una limusina, ofrecía excursiones a los gringos fascinados por el paraíso caribeño. Uno de ellos le dijo un día: This is my best day. Le gustó la frase y la hizo suya. Cancún estaba en permanente expansión y era territorio fértil para los emprendedores como García Zalvidea que, al paso de su fulgurante ascenso como hotelero, tejió una red de relaciones políticas, religiosas y empresariales con la élite de Quintana Roo. Sus negocios fructificaron hasta que llegó a ser dueño de una cadena de hoteles a la que llamó Real Caribe y de la empresa Best Day, que fue pionera en ofrecer viajes todo pagado por internet.

Pero su emporio se tambaleó en 1998. La Procuraduría General de la República (PGR) lo relacionó con el “maxiproceso”: una investigación sobre narcotráfico y lavado de dinero del Cártel de Juárez en Quintana Roo. Se acusaba al gobernador Mario Villanueva Madrid, El Chueco, de haber puesto la Procuraduría de Justicia local al servicio del capo Ramón Alcides Magaña, El Metro. Fernando García Zalvidea fue acusado de lavar dinero del cártel en la compra del hotel Gran Caribe Real. Lo detuvieron y lo internaron en el Reclusorio Sur de la Ciudad de México.

Los resultados del maxiproceso fueron ambiguos. El ex gobernador Villanueva Madrid fue detenido, encarcelado y extraditado a los Estados Unidos (en donde sigue preso) pero su caso fue excepcional. La mayoría de los indiciados fueron absueltos, entre ellos el propio García Zalvidea, que obtuvo su libertad el 4 de marzo de 2000 tras catorce meses preso en el Reclusorio Sur de la Ciudad de México.

Tres años después, en marzo de 2004, la revista Contralínea publicó diversas conversaciones telefónicas entre el ex procurador Antonio Lozano Gracia, el ex candidato presidencial del PAN, Diego Fernández de Cevallos y el abogado de García Zalvidea, Germán Rangel. Lozano y Fernández de Cevallos, ambos panistas, hablan de las “gestiones políticas” para liberar al hotelero y luego para que la PGR cerrara el caso.

Fernando García Zalvidea se convirtió en el benefactor más visible de los Legionarios de Cristo en Quintana Roo. En el año 2000 auspició la construcción de la Ciudad de la Alegría, la mayor obra social de la prelatura en Quintana Roo: un centro que concentra escuelas, casas de ancianos, niños y enfermos terminales, y tratamiento de adicciones.

Pero Fernando García Zalvidea extendió sus redes a la política a través de su hermano Juan Ignacio, El Chacho, quien fue diputado federal del PAN en el 2000 y luego brincó al Partido Verde. Con las siglas ecologistas ganó la alcaldía de Benito Juárez (Cancún está adentro de Benito Juárez) en febrero de 2002. Fue el primer alcalde de oposición en la ciudad. En 2004 El Chacho se acercó a quien encabezaba las encuestas para la elección presidencial, el izquierdista Andrés Manuel López Obrador.

Juan Ignacio hizo saber que quería ser candidato de un frente opositor a la gubernatura de Quintana Roo. Y meses después de hacer públicas sus aspiraciones, fue destituido por el congreso y, ya fuera del cargo, encarcelado por quebranto del erario municipal. Estuvo preso más de un año, hasta que su hermano Fernando garantizó una fianza de 71 millones de pesos.

Los García Zalvidea eran de las familias más poderosas del estado. El Chacho ya había mandado señales de disciplina con el PRI al apersonarse, en 2010, a los actos de campaña del ahora gobernador Roberto Borge. Y en otra pista, Fernando se congraciaba con el PAN: en 2012 le organizaba actos a su candidata presidencial Josefina Vázquez Mota con hoteleros. A uno de esos encuentros invitó también al obispo Pedro Pablo Elizondo.

Los invasores
En la Supermanzana 30, los Legionarios de Cristo se quedaron con un pedazo del parque. Se metieron poco a poco. Los vecinos tenían siete mil metros cuadrados para espacios públicos. Lo partieron en cuatro: un pedazo para el kínder, otro para la primaria, otro para el kiosco y uno más para área verde. En ese pedazo levantaron una capilla pequeña. Cuando el padre —legionario de Cristo— iba a celebrar la misa, uno de los vecinos le abría y le cerraba la puerta.

Un día, ese vecino, Mario Cortés, salió de viaje y le dejó las llaves al cura. Estaba claro que estaban prestadas hasta su regreso. Pero nunca las volvió a ver. A partir de entonces la prelatura se quedó con la capilla y, años después, con mil metros cuadrados del parque.

La céntrica ubicación de la capilla atrajo a cientos de vecinos de otras supermanzanas. Rodeada de parque, se convirtió en un espacio ideal para bodas y bautizos. Cuando Juan Ignacio El Chacho García Zalvidea era alcalde de Cancún, trató de legalizar la invasión de la Supermanzana 30. Le dio a la prelatura una “orden de ocupación” del parque.

A partir de entonces empezó una larga batalla. Dos de sus protagonistas me cuentan su historia, Herminia Peña y Luz María Elguero, que residen en el perímetro del parque. Con el aval del Chacho García Zalvidea, la prelatura levantaba bardas alrededor del terreno; los vecinos acudían a derribar los castillos. La prelatura metía maquinaria para hacer socavones; los vecinos boqueaban el paso de los camiones con sus vehículos.

No fue una lucha fácil. La prelatura actuaba de noche y daba sabadazo: las obras siempre empezaban en Semana Santa para pillar a los vecinos de vacaciones y tenían de su lado a la fuerza pública. Un miércoles de Semana Santa dos vecinos hacían guardia para impedir la instalación de castillos: llegó la policía y se los llevó a declarar (salieron libres unas horas después). Y había una presencia frecuente en torno de la Supermanzana: Fernando García Zalvidea. Los vecinos se acostumbraron a ver su camioneta Porsche blanca recorriendo las obras.

Durante el gobierno del Chacho García Zalvidea la prelatura quiso comerse cuatro mil metros cuadrados del parque. Presumieron una maqueta que tenía templo, guardería, recámaras y criptas. El entonces presidente de la colonia estampó su firma en los planos y, con ese aval, la prelatura empezó las obras de bardeado y cimentación.

Pero cayó El Chacho cuando amenazó con irse a la filas de Obrador, y los alcaldes que lo sucedieron ya no estaban tan entregados a la causa de los legionarios. Un perredista, Gregorio Sánchez, buscó una solución intermedia. Canceló la orden de ocupación que había regalado El Chacho pero le dejó a la prelatura mil metros cuadrados del parque.

Estos años de historia se cuentan en unas líneas. Para las vecinas —en su mayoría mujeres— de la Supermanzana 30, representó cientos de horas de tocar puertas, acudir a ventanillas, redactar quejas, hacer antesalas, revisar pilas de documentos, aprender leyes y reglamentos, cruzar llamadas, hacer reuniones, con su dosis desagradable de soportar las caras de los curas que, desde el púlpito, las acusaban de tener el corazón endemoniado y de conspirar para quemar la iglesia.

El ayuntamiento cedió de nuevo. El 17 de mayo de 2013, el director de obras arquitectónicas y civiles, Humberto Aguilera, expidió la licencia de construcción de obra nueva 66 231 para la parroquia de la Sagrada Familia. Le daba a la prelatura del 16 de mayo hasta el 16 de noviembre para terminar la obra en una superficie de mil 12 metros cuadrados.

Desesperados, los vecinos inconformes fueron a levantar una denuncia penal. Acusaron al obispo Elizondo, al empresario Fernando García Zalvidea y al sacerdote Luis Alberto Chavarría LC (representante legal de la prelatura) de despojo y delitos contra el desarrollo urbano. La procuraduría admitió la denuncia y abrió la averiguación previa 4819/13 el 17 de septiembre de 2013. A partir de entonces la demanda durmió el sueño de los justos (o de los injustos) y no pasó nada.

Pero la prelatura se impuso. Ahora se aprecia una iglesia a todo lujo: dos niveles, altar en mosaico dorado, dos pantallas planas y doce ventiladores. Las banquetas se ampliaron (a costa de derribar árboles) para convertirlas en estacionamientos. Una de ellas ostenta un letrero: “exclusivo sacerdote”.

La Supermanzana 30 no es la única que fue invadida por la prelatura. El 22 de septiembre pasado estuve en la colonia Hacienda Real del Caribe de la Región 200. Los vecinos me enseñaron un predio que era una de las áreas verdes de su barrio: un predio con árboles de donde colgaron llantas para que se columpiaran los niños.

Primero apareció una cruz. Después vino la barda y un letrero que anunciaba la capilla del Señor de la Divina Misericordia. “Si los niños se cuelan a jugar, al rato llega a sacarlos la gente de la iglesia”, me contó una chilanga que se mudó a esa colonia popular de Cancún.

No lejos de ahí, en la Supermanzana 117, la prelatura también consumó un acto de invasión. El mismo método: primero una cruz, luego cuatro palos y un techo de nylon, y al final ladrillos: la capilla de Santiago Apóstol se comía el jardín que estaba frente a la primaria La Raza de Bronce.

La invasión provocó reacciones encontradas en la comunidad. Lourdes Ibarra y Alicia Vázquez encabezaron el bando que se oponía al agandalle. Otras vecinas apoyaban a los legionarios. Las primeras eran cristianas evangélicas y las segundas, católicas. Lo cierto es que ambas estaban de acuerdo en una cosa: había sido una invasión de un área pública. Si acaso la justificaban porque ahora el parque estaba desmontado y limpio.

En estas páginas cuento tres ejemplos. Acaso sean muchos más. Cuando el perredista Julián Ricalde era alcalde de Cancún se contabilizaron trece invasiones. Y, según Tulio Arroyo, lo difícil es encontrar una iglesia en Cancún que no sea una invasión. Los legionarios lo han adoptado como modus operandi: identificar un lote vacío y apropiárselo a golpe de misas y bardas.

Tulio Arroyo transpira una obsesión: defender las áreas verdes de Cancún. Y ese propósito lo ha puesto en el punto de colisión con los legionarios, acostumbrados a hacer su voluntad en Quintana Roo. Tulio Arroyo es un ingeniero especializado en energías alternativas. Chilango con estudios en Nueva York, se convirtió en defensor del medio ambiente cuando el ayuntamiento pretendió deforestar la última reserva ambiental del centro de Cancún, un parque conocido como el Ombligo Verde. La alcaldesa priista Magali Achach pretendía entregarle un lote a la prelatura para que hiciera una catedral.

Arroyo Marroquín y su esposa Bettina Cetto, encabezaron el movimiento En defensa del Ombligo Verde. Se convirtieron en expertos en derecho administrativo y acompañaron los brotes de protesta que surgían aquí y allá a las invasiones de la Iglesia. Arroyo les ayudaba a convocar ruedas de prensa, redactar comunicados y orientar los intrincados caminos de los tribunales; y consiguió salvar el Ombligo Verde de su deforestación total. Pero no pudo impedir que los legionarios construyeran ahí la catedral de Cancún. Arroyo y Cetto vivían enfrente del parque. Justo frente a su ventana se levantó la catedral.

Notre Dame del Sureste
Los Legionarios de Cristo apuestan a la monumentalidad. Su red de colegios se llama Semper Altius (siempre más alto) y sus escuelas aluden a las alturas: Cumbres, Himalaya, Everest, Alpes, Highlands. En la prelatura de Cancún-Chetumal se han propuesto erigir el mayor símbolo religioso del sureste: la basílica de Santa María de Guadalupe del Mar, un edificio con una cruz de 110 metros de altura, con capacidad para mil 500 personas y con un costo estimado de 12 millones de dólares.

Pero los planes de la prelatura se han topado con la resistencia de ecologistas. Se asentaría frente a la laguna Nichupté, una zona de manglares y especies protegidas. Uno de ellos es Pedro Canché. Indígena maya, Canché pasó nueve meses en la cárcel acusado de sabotaje. Su encarcelamiento era, en realidad, una manera de callarlo. El gobierno de Quintana Roo tuvo que soltarlo tras la presión internacional y ahora se le ve como un emblema de la libertad de expresión.

Según Canché —en un escrito dirigido al ayuntamiento— el proyecto Tajamar (del que la basílica es una parte), representará un “inminente ecocidio que devastará la flora, fauna y humedales […]. De llevarse a cabo la construcción, se devastaría totalmente uno de los ‘pulmones’ naturales que posee Cancún y que son invaluables”.

Como en otras historias de legionarios, de la megabasílica de Cancún se cuentan dos historias. La historia oficial dice que Fonatur le regaló los 10 mil metros a la prelatura. Y surge la pregunta: ¿Por qué un órgano del Estado mexicano tendría que donar un terreno público a la Iglesia católica?, ¿por qué no cederle también un predio a los cristianos, adventistas, mormones, Testigos de Jehová o a los ateos de Cancún?

La historia extraoficial la ofrece el padre Pablo Pérez Guajardo: esos 10 mil metros fueron el pago del presidente Vicente Fox a Marcial Maciel por facilitar su divorcio religioso ante el Vaticano. Por su calidad de jefe de Estado, su solicitud de nulidad debía pasar por la Rota Romana, un tribunal de la curia pontificia. Ya divorciado de Lilian de la Concha, el sacerdote Alejandro Latapí, legionario de Cristo, celebró su boda religiosa con Marta Sahagún.

Encuentro con el obispo
Detrás de su escritorio colgaba el cuadro Head of Christ del pintor estadounidense Warner Sallman, que se conoce también como “El Cristo legionario” porque el fundador de la congregación, Marcial Maciel Degollado, la introdujo como la imagen oficial en seminarios, casas y escuelas de la Legión de Cristo. En tres cuartos de perfil, representa a Cristo de rasgos afilados, cabello ondulado y túnica blanca.

Entrevisté al obispo Pedro Pablo Elizondo el 23 de septiembre de 2015 en las oficinas de la curia, a un lado de la catedral de Cancún, en el Ombligo Verde. En 40 minutos, surgieron en la conversación algunos rasgos que han hecho célebres a los Legionarios de Cristo: el éxito como insignia; el énfasis en el carácter emprendedor de la Legión y la abundancia de sus frutos materiales; la molestia ante las preguntas incómodas (pederastas, la doble vida de Marcial Maciel) y, al final, la advertencia de llevarme a tribunales si no era fiel a sus palabras. Acá una versión resumida de nuestra conversación:

—¿Cómo ha sido en términos de complejidad, de reto, atender una población que creció diez veces en 45 años?
—El crecimiento explosivo que trae grandísimos retos para la evangelización. Como destino turístico y belleza ambiental es sumamente atractivo y agradable vivir aquí, como el paraíso. La gente viene de paseo y se queda. Son muy atractivas la playas, la arena, [el mar] turquesa, el sol, la brisa que sopla.

—¿Cuál era el manpower cuando se fundó la prelatura?
—Llegamos cinco sacerdotes y había cinco parroquias. Ahora son 115 sacerdotes y 53 parroquias. Ha habido dos periodos, el obispo anterior, monseñor [Jorge] Bernal. Cuando me hicieron obispo, en 2004, recibí 52 sacerdotes y ahora son lo doble y lo mismo las parroquias, se han duplicado. ¿Cómo le haces para doblar las parroquias, cuando no hay nada, cuando es selva, cuando es monte? Llegar a chapear, a desmontar, a hacer iglesita de palitos. Así fue la zona hotelera, cuando yo llegué así estaba. Y poco a poco llegar a hacer una iglesia digna, grande, sagrada, acogedora y ése es el carisma que han traído los Legionarios de Cristo: el espíritu emprendedor y misionero que logró construir muchas iglesias. Todavía están en construcción la catedral, la basílica, nuestro seminario.

—De estos 115 de ahora, ¿cuántos son diocesanos?, ¿cuántos legionarios?
—Setenta legionarios, 35 diocesanos, y el resto de otras congregaciones. Tenemos una gran necesidad [de sacerdotes].

—Llama mucho la atención la basílica, por los 110 metros. Supongo que será la construcción más alta de Cancún, ¿por qué tan monumental?
—Inicialmente se tuvo un encuentro con el presidente Vicente Fox y con los presidentes de la república después. Y hay un lugar que se llama Malecón Tajamar que se ha convertido en el centro social más importante de Cancún. Y providencialmente ese terreno se ha donado por Fonatur a la Iglesia católica. Este proyecto sale de la ubicación tan preciosa para ser el centro religioso de Cancún y que al mismo tiempo se convierta en un ícono y atractivo turístico para todos los turistas. Que sea un lugar como la [catedral] de Colonia o la Sagrada Familia de Barcelona o Notre Dame de París donde la gente va, reza y los turistas se encuentran con una ventana al evento guadalupano. Y podemos hacerlo con la máxima tecnología audiovisual e interactiva para presentar Guadalupe a los 14 millones de turistas. Es un proyecto de turismo religioso. Es un proyecto turístico.

—Tiempos y presupuestos para la basílica…
—Primero los permisos. Llevamos años y años gestionando. El día de mañana voy a tener una entrevista con el secretario de turismo para ver si ya sale.

—Quisiera tener la versión institucional del obispo, de la prelatura, el caso ya muy publicado en la prensa de dos sacerdotes, Eduardo Lucatero y Jesús Martínez, que han estado aquí y que fueron en algún momento señalados o acusados en algún abuso. Se dijo que la prelatura servía como para encubrir o proteger o resguardar.
—Son casos de 20, 30 o 40 años. Casos sobreseídos que podían estar aquí o en cualquier otra parte. Son sacerdotes que ya están retirados. Uno de ellos está enfermo, en silla de ruedas, atendido muy caritativamente, que no tiene nada pendiente, que tiene un ministerio muy reducido o nulo, que es Lucatero, de 75, 76 años. Y el otro [Martínez Penilla] es de 80 años, ya pasó la edad, no está en ningún ejercicio de su ministerio y [se le trata] con toda la caridad cristiana que se merecen personas que han trabajado por la Iglesia, y la Legión tiene la obligación de no tirarlos como trapos sucios, inútiles, sino hacer que se les dé un trato digno y respetuoso como seres humanos y servidores. Eso es todo, ¿qué más?

—¿Cómo se vivió la etapa crítica, la revelación de que el fundador de la congregación, Marcial Maciel, tenía una hija?
—Desde luego que lo vivimos con mucha pena, con mucha tristeza y con mucho respeto para no juzgar, condenar lo que solamente le toca a Dios. Nosotros creemos que Jesucristo es el único juez de todos, también de los que juzgamos a los otros, superficial y ligeramente, sin estar enterados. Respeto porque es un misterio, misterio cómo una persona con una vida desordenada crea una congregación tan ordenada. Es lo que dijo Benedicto XVI. Dijo: Es un misterio para mí. Frente al misterio lo menos que puedes hacer es ser respetuoso si es que estás ubicado, si no estás ubicado dices todo lo que puedas decir para sacar provecho, pa vender el periódico. Pues sí, cada uno tiene derecho a hacer su luchita, ¿no?, pues qué bueno. Aquí [en Quintana Roo] la confianza no se perdió.

—De la invasión en la Supermanzana 30, [y] de una escuela primaria en donde se construyen iglesias que son terrenos públicos, son parques…
—La última es en Playa del Carmen, se llama Villas del Sol. Está metido en el monte. Los fieles católicos insisten que les den un espacio como en todas partes del mundo, que es terreno de equipamiento. Este terreno de equipamiento está señalado que es el 15 por ciento del desarrollo para que hicieran escuela, iglesia, hospital, mercado, bomberos, policía, servicios públicos. En el municipio el encargado de Asuntos Religiosos les dice: ‘si quieren la Semana Santa ahí, limpien su terrenito y celebren las ceremonias religiosas de la Semana Santa’. Limpiaron, pusieron la cruz y pues llegaron los periódicos: ‘Que el obispo está invadiendo, que es el más rico del mundo’. Yo ni sabía, yo no tenía ni idea. Aquí [en Cancún] es enormemente mucho más grande y ha habido lugares sin que se entere nadie. Los fieles han dicho: ‘Aquí vamos a hacer nuestra iglesita’. ¿Y por qué no? Y comienzan, y ponen su tingladito, y al rato llaman a un padre, y al rato están rezando el rosario debajo de un árbol, y se juntan. Digo, ¿no tienen derecho a tener un espacio donde puedan alabar a Dios, crecer en las virtudes, en fin, ser hermanos, construir comunidad, que están solos, que vienen uno de Tabasco, otro de Campeche, otro de Veracruz y quieren los vecinos juntarse para tener un ratito de convivencia…

—Con este crecimiento de Quintana Roo, demográfico y de infraestructura, ¿todavía se justifica una prelatura?
—Esa es la gran pregunta que me hacen todos los obispos. La razón por la que todavía tenga que ser prelatura, es el crecimiento exagerado de la población, que no ha dado tiempo para que vayan creciendo los sacerdotes nativos.

El paraíso intocable
La Legión de Cristo no es sólo una congregación religiosa, sino un holding religioso, empresarial y financiero: una hiedra que se extiende en asociaciones de miles de laicos agrupados en el Regnum Christi —algunas de sus integrantes, sobre todo mujeres, trabajan de tiempo completo para la Legión—, un emporio educativo con colegios y universidades en más de veinte países; el banco Compartamos; sociedades para la recaudación de recursos como Kilo de ayuda y Teletón, además de una red de alianzas con los empresarios más ricos de México, como Carlos Slim —a quien casó Maciel— y Emilio Azcárraga Jean —Maciel celebró las exequias de su padre, a pesar de que ya se le había señalado como abusador de niños.

Benedicto XVI dimitió al gobierno de la Iglesia en febrero de 2013. Su sucesor, el jesuita argentino Jorge Mario Bergoglio, llamado Francisco, labró una pastoral popular y progresista, en las antípodas de la Legión de Cristo, pero no se atrevió a tocar el imperio que había fundado Maciel. Incluso permitió que la congregación regresara a la normalidad, ya sin interventores pontificios encima.

El Vaticano tampoco ha castigado uno de los desempeños más ineficientes en México. En Quintana Roo, según el censo de 2010, los católicos representan 63 por ciento de la población. Esa cifra está muy por debajo del 82 por ciento nacional. Mientras los legionarios construyen iglesias con fervor, 14 por ciento de los quintanarroenses se declara cristiano no católico, y otro 13 por ciento se dice sin religión.

En Quintana Roo, la Legión ha gozado de un ambiente propicio para hacer lo que ha querido: albergar a pederastas —y a encubridores de pederastas— y apropiarse de terrenos públicos sin que existan consecuencias. Desde 1970 el estado de Quintana Roo ha sido un paraíso para los Legionarios de Cristo.

NOTAS
1. De manera habitual, la Iglesia católica se divide en diócesis: porciones territoriales bajo el mando de un obispo. Sólo en casos excepcionales se crean ‘prelaturas’: zonas en donde la Iglesia tiene una estructura tan débil que es incapaz de atender a la población local y, por lo tanto, la delega a una congregación religiosa. Suelen ser zonas indígenas con pobreza extrema y de difícil acceso. En México, a los franciscanos se les han cedido las prelaturas de El Nayar (Nayarit) y El Salto (Durango), y a los salesianos, la prelatura de Mixes, en Oaxaca. Entre 1958 y 1992, los jesuitas se encargaron de la Tarahumara, en Chihuahua. La prelatura de Cancún-Chetumal comprende el estado de Quintana Roo.
2. Hasta aquí, las citas textuales provienen de Una Iglesia de corazón misionero, libro de nuestra historia, que la prelatura editó en 2010 para celebrar su 40 aniversario, páginas 34 y 39, respectivamente.
3. La historia del abuso y la fuga de Martínez Penilla la cuenta el historiador Fernando M. González en Marcial Maciel, los legionarios de Cristo: testimonios y documentos inéditos, pp. 365-366.
4. Una Iglesia de corazón misionero, p. 28.
5. En diversas congregaciones religiosas se toman tres votos: castidad, pobreza y obediencia. Maciel inventó dos votos más: el de caridad y el de humildad. El voto de caridad prohibía a los legionarios criticar a sus superiores, y el de humildad les impedía buscar puestos directivos en la organización. A través de ambos votos, el fundador consiguió que, durante décadas, ningún legionario denunciara sus crímenes.

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