El que ríe al último…

Ponchito, el doctor Chun-Ga, el Hooligan, Greco Morfema y un largo etcétera son el legado de quien es uno de los comediantes mexicanos más importantes. ¿En qué piensa Andrés Bustamante ahora, en otro tiempo y en un lugar muy distinto al que lo vio nacer y crecer?

Por Tamara de Anda / Fotografía Alberto Newton
"Hay humor que son disparos al estómago. Éste tiene más disparos a la mente".

“Hay humor que son disparos al estómago. Éste tiene más disparos a la mente”.

Andrés Bustamante se va a retirar.
Bueno, no él. Sus personajes, que también son él. El dr. Chun-Ga, Greco Morfema, el Hooligan, Horacio Cascarín. Y Frustrado Alcántara, Johnny Petardo, Carmelo Fernández, el Doctor Clonzález, Albert Ahista. Y los múltiples profesores de idiomas —Chido Guan, Pierre de los Estribos, Heiz Gesundheit, Taka-Niho—. Y los que desaparecieron tiempo atrás pero viven en la memoria colectiva (y en YouTube): Pepino Moretoni, el Antento, la Tía Justa, Amado de Córdoba, el chef Kodov. Todos se van.

Y Ponchito. Ponchito también se va.

Esto del retiro no es una ocurrencia ni un berrinche ni el resultado de una crisis de edad. Es una promesa que Andrés se hizo a sí mismo hace casi treinta años, a mediados de los ochenta, cuando trabajaba en Imevisión, la televisión del Estado. En el mismo canal, el 13, el periodista-locutor-músico-escritor Jorge Saldaña tenía un programa al que invitaba a expertos en algún tema a platicar. Un día hizo uno sobre humor y llevó a algunos comediantes vetustos, como Manuel Medel —nacido en 1904, famoso por ser dupla de Cantinflas— y Richard el imitador —hoy olvidado por todos, hasta por Google—. El flaquísimo y veinteañero Bustamante, que ya causaba sensación por su conducción y sketches en Entre amigos, un late-night talk show que conducía al lado del poeta y dramaturgo Alejandro Aura, fue invitado como “el comediante joven”.

En el set, ver a las estrellas del ayer le dio repelús. Algunos ya traían peluquín o usaban tinte renegrido. Vestían saco con solapa de diferente color. Lo más grave es que les preguntaban una cosa y respondían otra; se querían hacer los chistosos y ya no les salía. Sus mejores días habían quedado atrás.

En ese momento Bustamante se dio cuenta de que su juventud no le iba a durar para siempre y que a cierta edad ya no iba a ser tan divertido ponerse pelucas y bigotes (o cubrebigotes) y hacer voces e imitar acentos. No quería ser uno de esos ancianos. Así que, por el bien del Andrés del futuro, aquel Andrés rozagante se juró a sí mismo que dejaría de hacer personajes a los cincuenta y cinco años.

Hoy, en marzo de —, Bustamante tiene pancita. Hace tiempo dejó sus lentes de pasta redondos por unos “modelo Felipe Calderón” (muy discretos y ligeritos). En vez de tenis Converse usa zapatos negros de piel. Ya no tiene pelo, así que para hacer a Greco Morfema no necesita ponerse calva y el bigotote blanco postizo resulta redundante; Ponchito, en cambio, sí requiere pintura café en el mostacho.

Tiene cincuenta y cuatro años, y ese número va a cambiar en un par de meses.

El Bustamante universitario quería hacer televisión: planear, producir, dirigir. No tenía intención de estar frente a las cámaras, pero más temprano que tarde fue a dar a la pantalla.

Después de estudiar Comunicación en la Universidad Anáhuac y de trabajar en el Consejo Nacional para la Atención de la Juventud y en el área audiovisual de Bellas Artes, Andrés consiguió un trabajo en Televisión Educativa como coordinador de producción de series infantiles. Estaban preparando una que se iba a llamar Los cuentos del espejo, pero no encontraban actor para que la condujera: los que llegaban al casting eran demasiado acartonados. “¿A poco está tan difícil este boleto?”, se preguntaba Andrés. Entonces se paró en el set y empezó a hacer la rutina que le habían preparado a los aspirantes para demostrar que era más sencilla de lo que parecía. Por casualidad, alguna mano misteriosa apretó el botón de “rec” desde la cabina y su actuación quedó grabada junto con el resto de las audiciones.

Al revisar el casting, Nacho Durán, el director de la serie, no tuvo duda: el que mejor lo hacía era Andrés. “Claro, como yo lo hice sin ningún nervio, nomás vacilando, estaba muy suelto. Entonces dijeron: ‘¡Díganle al güey! Le gusta actuar, ¡que lo haga él!’. Yo dije al principio que no”, recuerda. Pero terminaron convenciéndolo, porque sí, le gustaba actuar, desde niño lo hacía, aunque nunca había pensado en eso de “salir en la tele”.

Aquél fue su primer papel en el medio: Timo, un personaje con sombrero de copa, tirantes, botas de cirujano y bigote pintado de azul. El programa pasaba en Canal 11 y, para los estándares de nuestros días, era dolorosamente lento y ñoño. Sin embargo, la actuación de Bustamante era desenfadada, se nota que improvisaba y que no seguía al pie de la letra el guión (seguramente aséptico, previamente sanitizado por la Secretaría de Educación Pública). Él rompía con toda la rigidez asociada al concepto “televisión educativa” en México.

Pero ése no fue el camino que lo llevó a hacer comedia en Imevisión. A mediados de los ochenta, se hermana mayor, Maris Bustamante —una importante artista conceptual, performancera y fundadora del No Grupo— tenía junto a Rubén Valencia un “contraespectáculo” en el bar El Cuervo, en Coyoacán, llamado El usurpador de sombras. Un día invitó a Andrés a hacer un número dentro del show. Él llevó a un personaje que presentaba una serie de inventos, por ejemplo, una loción “mágica” que se untaba en las manos y que le permitía hacer prodigiosas sombras chinescas.

El Cuervo (un bar y centro de espectáculos muy relevante para la escena cultural defeña en los ochenta, que al poco tiempo cambió de locación y se convirtió en El Hijo del Cuervo) pertenecía a los escritores Carmen Boullosa y Alejandro Aura. Éste último vio la participación de Andrés, le gustó, y lo invitó a hacer un espectáculo completo él solito. Así nació El gabinete del doctor Güiri Güiri, integrado por cinco números con cinco personajes: el epónimo de la obra, una especie de homenaje-parodia del Dr. Caligari de la película de 1920; Cesare, un vendedor ambulante (que también era una referencia a la cinta: así se llamaba el sonámbulo de Caligari); el Antento, un técnico dicharachero que siempre estaba hablando por radio; un samurai y el chef Kodov, un cocinero sin brazos.

Enrique Strauss, que era un productor de tele cultural muy importante, tenía la idea de hacer un late-night semanal. Vio a Bustamante y a Aura (que también tenía su espectáculo) en El Cuervo, intuyó que formarían una gran mancuerna y los invitó a conducir el programa. Y así arrancó Entre amigos, en 1985. Aura era el presentador “serio” y Bustamante se encargaba de la parte cómica. En cada emisión hacía un sketch con algún personaje.

Una vez se fueron a hacer el programa a Acapulco. Para su segmento humorístico, a Bustamante se le ocurrió hacer a un guía de turistas que organizara tours chafísimas. Un personaje que hablara como el chilango chorero que si no sabe algo lo inventa, que quiere apantallar a todo mundo y que se saca emprendimientos de la manga con los recursos disponibles. Un tipo chimuelo, con camisa floreada y el pelo alborotado.

Aquella fue la primera aparición de Ponchito, su personaje más popular, el que coloquialmente se utiliza como sinónimo de “Andrés Bustamante”; una especie de Cantinflas contemporáneo que lo mismo organiza viajes, vende casas, tiene una televisora o entrevista a figuras clave de la política nacional.

Todos los viernes, en su casa de Polanco, el papá de Andrés organizaba cenas en las que entretenía a los invitados con alguna especie de show. “Me acuerdo que una vez compró un serial viejísimo de El Zorro, con Douglas Fairbanks, una película muda en carretes de 8 mm, y cada viernes pasaba un capítulo. Era una babosada, porque eran unas películas muy chafitas, pero hacía un cartel y él explicaba antes, un poquito en broma, algo de la película”, cuenta. Su padre era un catalán que había llegado a México durante la guerra civil española, un hombre que amaba el arte, la música y las letras.

El comedor de su casa fue el primer escenario en el que Andrés actuó. Recuerda que un día, cuando tenía como ocho o nueve años, su papá lo llevó a la tienda del Mago Chams, en la calle de López —actualmente ubicada frente al Reloj Chino—, en el Centro, y le compró algunos trucos de magia. Al ensayarlos se dio cuenta de que no bastaba con ejecutarlos correctamente, sino que había que montar un espectáculo. Su papá se disfrazaba de su ayudante y lo presentaba: “Ahora con ustedes, ¡el gran Mago Andreyev!” Y salía Andrés, con un vestuario que le había hecho su mamá, a dar función.

Como era el hermano menor —su hermana Lola le lleva siete años y Maris diez—, muchas veces le tocaba jugar solo. “Pero me armaba yo mis numeritos a todo mecate. Y los juguetes, después de un rato, me gustaba desarmarlos para ver qué tenían adentro; les sacaba el motor y con el motor hacía otra cosita. Incluso en algún momento llegué a pensar que me gustaría estudiar ingeniería o una onda así”.

En la secundaria —que estudió en el Colegio Ciudad de México, una escuela laica que quedaba a dos cuadras de su casa— descubrió los placeres de hacer reír a los demás. Imitaba a los maestros, montaba pequeños sketches y participaba en obras de teatro. Su papá se dio cuenta que por ahí se estaba perfilando el futuro profesional de su hijo, hacia la actuación y el espectáculo, lo cual —especialmente en los años setenta— no sonaba muy rentable, así que le aconsejó que primero hiciera una carrera “de verdad”.

Esa carrera fue Ciencias de la Comunicación y decidió estudiarla en la Universidad Anáhuac —una escuela bastante conservadora, perteneciente a los Legionarios de Cristo—, no por fresa ni por religioso —al contrario, es completamente ateo—, sino porque tenía el mejor equipo técnico para hacer televisión. Además, estar ahí le sirvió para hacer contactos y conocer gente que trabajaba en los medios. Por ejemplo, a un periodista deportivo que estaba rompiendo esquemas desde la televisión pública: José Ramón Fernández .

Bustamante —dijo Fernández, titular de la clase “Teoría avanzada de la televisión”. Se hizo un silencio en el salón.
—¿Sí, profesor? —respondió Andrés, que como sacaba dieces y nueves no se angustiaba por nada.
—Pásale al frente.

El alumno obedeció, un poquito intrigado pero divertido. “No tenía vergüenza de nada”, dice hoy José Ramón, de sesenta y siete años, sentado en la salita de su casa en el Pedregal en donde recibe, siempre, a los medios. Sigue contando:
—A ver, Bustamante, me dijeron que eres muy buen imitador. Te tengo una tarea especial. Vas a imitar, uno por uno, a los maestros más conocidos de la escuela y te voy a calificar. Empezando por mí y por el rector.

Andrés empezó con la imitadera. Eran tales las carcajadas que el padre Manuel Fernández Amenábar, el rector de la Universidad Anáhuac, llegó a averiguar qué estaba pasando. José Ramón le pidió que se sentara junto a él y a Andrés que repitiera la imitación del rector. Afortunadamente, era un clérigo con sentido del humor y se unió al coro de risas.

Ahí José Ramón descubrió el talento de Andrés Bustamante, y aunque le perdió la pista, el destino tenía un plan B: en Imevisión se reencontraron.

Para el Mundial de México 86, Fernández inventó Los Protagonistas, un programa de resumen nocturno que, además de analistas deportivos, incluía algo de humor. “Pero no había un buen comediante en ese momento, entonces le dijimos a Óscar Cadena. Él hacía el color, con sus tirantes, caminaba por los estadios y tenía a dos humoristas bastante malos, que hacían dos tres chistes”, recuerda. Necesitaban encontrar a alguien competente para cubrir esa parte, y lo tenían frente a sus narices.

Bustamante ya estaba en Entre amigos. “Y yo lo veía y lo veía y lo veía, y decía: ‘Este desgraciado… ¡esos sketches!’ Lo que pasa es que Aura no lo dejaba hablar”, dice José Ramón, quien ya se lo quería robar. Así que para los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 le propuso que los acompañara a Corea e hiciera un sketch diario. A Bustamante ni le gustaban los deportes, pero aceptó sin titubear. Empacó pelucas y disfraces y se unió al equipo.

Entre otros personajes, creó al dr. Chun-Ga, un inventor coreano que llevaba ingeniosos experimentos para mejorar el desempeño del contingente mexicano: unos shorts con tachuelas por dentro para que el atleta corriera más rápido; unos tenis con billetes pegados para que el marchista sobornara al juez, o el gorrito con aleta de tiburón para que el nadador espantara a sus contrincantes. Su caracterización fue tan buena que, según José Ramón, las traductoras coreanas creían que realmente era un connacional y no comprendían por qué hablaba tan raro. “No le entendemos”, le decían a Joserra, intrigadas. “Es que es de Corea del Norte”, las engañaba el comentarista.

En aquel entonces no existían segmentos específicamente dedicados al humor en los programas deportivos; ellos fueron pioneros. Pero la fórmula funcionó de maravilla. El éxito de Andrés fue tal que, regresando a México, le ofrecieron su propia media hora semanal en Imevisión.

La alianza con Los Protagonistas había quedado sellada. Desde ese momento, la participación de Bustamante en los mundiales y Olímpicos sería tan esperada como los goles y las medallas de México.*

Bustamante se despidió de Entre amigos para iniciar su propio programa, Sin Tornillos, que se producía fuera de Imevisión. Al poco tiempo se decidió hacerlo dentro de la televisora, así que tuvo que rebautizarlo. Retomó el título de su espectáculo en El Hijo del Cuervo y le puso El Güiri Güiri. Con el nuevo nombre aparecieron dos elementos que complementaron la marca: el logo de los lentes y el bigote, dibujado originalmente en una servilleta por el monero Efrén Jiménez, y la música, compuesta por el jazzista Gerardo Bátiz.

Para aguantar el ritmo de un programa semanal, Bustamante tuvo que reclutar a un equipo de guionistas.

A Armando Vega-Gil lo ubicaba por Botellita de Jerez, el grupo de rock humorístico en el que hasta la fecha es bajista. Andrés iba a sus tocadas y alguna vez les tocó trabajar juntos en un video para un banco. Dice Armando que por aquella época la banda pasaba por un mal momento, y él —que además de músico es egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica, con especialidad en guionismo— estaba en busca de más salidas creativas. Sobre esos asuntos reflexionaba una tarde mientras andaba sobre Miguel Ángel de Quevedo, cuando de pronto se encontró a Andrés. Se saludaron, hola y adiós, y siguieron su paso. Armando se arrepintió de no haberle ofrecido sus servicios como escritor. Pero al rato, en el camino de regreso, se volvió a encontrar a Andrés, que le dijo: “Oye, ahorita que pasaste pensé: ‘¿Por qué no le dije que se juntara conmigo a escribir?’”

A Antonio Garci —un creador multidisciplinario conocido, sobre todo, por su trabajo como monero— lo conoció en El Cuervo. Un día montó en el vestíbulo del bar una exposición que se llamaba “Las máquinas que no servían para absolutamente nada”, con inventos curiosos tipo doctor Chun-Ga. Resulta que dos de ellos eran exactamente iguales a unos que Bustamante presentaba en su show. La coincidencia creativa era suficiente señal para invitarlo a ser guionista. “Pero yo no soy escritor”, dijo Garci. “No te preocupes, yo tampoco soy comediante”, le contestó Andrés.

Toño Hurtado, que mucho tiempo después haría al “Tachidito” en Los protagonistas, también se integró al equipo. Las primeras juntas se hacían en un departamento de la colonia Del Valle, en la calle Recreo: una bella coincidencia. A veces también caía Trino Camacho, el monero co-creador de El Santos, que ya era muy amigo de Bustamante e iba como espectador a esas reuniones en las que se pensaba y diseñaba un humor completamente atípico para el México de los ochenta.

“Hay humor que es un disparo al estómago. Éste tiene más disparos a la mente”. Es lo que siempre ha dicho Bustamante sobre su estilo, que desde el principio se caracterizó por ser blanco (mas no soso). “El rollo de la grosería y la guarrada y de los albures es para una especie de cofradía, cuando estamos los cuates reunidos. Cuando haces tele, la neta es que entras a la casa de la gente, y yo no tengo por qué presuponer que a esa gente le va a parecer simpático que yo haga una guarradota”, dice.

Las juntas, metódicas, puntuales y rigurosas, en un ambiente libre de humo y alcohol (pero con botanitas), reflejaban la estricta disciplina de Andrés a la hora de trabajar. “Nos reíamos un chorro, casi de vomitar y llorar de risa. No teníamos cosas teóricas ni nada, como ahorita que se usa mucho ese rollo de los teóricos de los estudios gringos; hay fórmulas. Ahí era totalmente visceral”, dice Vega Gil.

En un país en el que la comedia había sido dominada por Televisa durante décadas, en el que los chistes se habían reutilizado hasta el cansancio, y en el que abundaba el albur de poca monta, la burla al más débil, la misoginia y la homofobia, los programas de Bustamante eran la muestra de que un humor fino e inteligente también podía ser exitoso y apreciado. “Para comediantes como Jorge Ortiz de Pinedo, el albur es el fin, o sea, se avienta todo un sketch para que te diga un pinche albur. Y, en Andrés, si aparece el albur no es el fin, es parte del camino que te va empujando hacia una mecánica humorística”, dice Vega-Gil.

El Güiri Güiri y el siguiente programa que tuvieron, El Güiri Güiri y otros bichos, se transmitían en una época en la que el televisor del típico hogar clasemediero mexicano aún estaba en la sala. “Era un acto colectivo, familiar, eso no pasa ya con la tele actual”, dice Armando. “Recuerdo que en esos años de El Güiri Güiri, todo México comentaba al día siguiente el programa. Una vez salí de extra en un sketch de ‘cine mudo’ y una tía, de esas que sabes que existen pero jamás frecuentas, me llamó desde Monterrey para decirme que me había visto en la tele y telefoneaba para regañarme porque no había dicho nada. Le expliqué que era un sketch de cine mudo y se suponía que no podías hablar, pero no me creyó”, cuenta Garci.

Los recursos limitados y la falta de presupuesto que significaba trabajar en la televisora del Estado eran factores paradójicamente positivos para la creatividad. “Hacíamos el trabajo con todas las adversidades, lo cual nos unía mucho. No había condiciones para tener producciones boyantes, trabajabas con corcholatas y piedritas, y eso nos daba la posibilidad de buscar recursos directos y personales. Si no contabas con escenografía, tenías que tener un buen monólogo o un buen sketch para que pudiera llamar la atención”, dice el actor y comediante Víctor Trujillo, que en aquella época tuvo los programas En tienda y trastienda y La Caravana. En este último nació Brozo, su personaje más conocido, que a la fecha sigue apareciendo todos los días en radio y televisión.

En 1993 se anunció que Imevisión sería privatizada. “Nosotros sentíamos la necesidad de que quien se la quedara fuera un grupo de comunicación, para que hubiera por lo menos el expertise a la hora de hacer una programación, una parrilla, y sobre todo competir [con Televisa]. Pero no fue así”, lamenta hoy Trujillo, después de más de diez años de trabajar, precisamente, en Televisa.

Imevisión fue comprada por una cuadrilla de inversionistas encabezados por Ricardo Salinas Pliego, presidente de Elektra —una cadena de tiendas de electrodomésticos—; un hombre de negocios. Se pagaron seiscientos cincuenta millones de dólares, una suma que incluía todas las producciones que se estaban realizando en ese momento, a las que este nuevo grupo, experto en números y dinero, ya decidiría si darles continuidad o no.

Una mañana de 1993 Imevisión amaneció convertida en TV Azteca.

Andrés y su equipo siguieron trabajando como si nada. Un día llegaron a los Estudios América, donde hacían la mayoría de sus programas. Ya estaban encarrerados grabando cuando apareció un delegado de la Asociación Nacional de Actores (ANDA) y puso cara de haber visto un fantasma.
—Oye Andrés, y… ¿no tienes ningún problema? —le dijo cauteloso, como si estuviera tocando un tema muy delicado.
—No, ¿problema por qué? —le respondió él, muy quitado de la pena.
—Pues… es que… salió en el periódico que ya se acabó tu programa.
—¡Ja, ja, ja!, ¿cómo crees? Son chismes, güey —dijo Bustamante, muy seguro de sí mismo.

El delegado le pasó el diario a Andrés. Ahí venía una nota que hablaba sobre cambios de programación en TV Azteca, e informaba que salían del aire algunos títulos, entre ellos El Güiri Güiri y otros bichos.

“¡Cómo es la prensa, mano!”, dijo Andrés, convencido de que era invento de algún reportero con demasiada iniciativa. Pero ya que lo vio con detenimiento, sonaba a boletín de prensa, a que nomás habían copiado y pegado una información oficial. Así que mejor llamó por teléfono a la televisora para averiguar qué estaba pasando.

—A ver, explíquenme qué onda, ¿por qué salió esto en el periódico? —preguntó, ya un poco alarmado.
—No, es que mire, es que hubo una junta, y entonces, en realidad, bueno, pero entonces, no sabemos… Bueno, no, es que en realidad…  pues sí, pero… —cantinfleó (¿ponchiteó?) una voz del otro lado de la línea.

Su programa había sido cancelado. Así, de la nada. Sin explicación. “Imagínate que la directora de producción era Pati Chapoy, whatever that means”, dice Bustamante, torciendo los ojos.

Pasado el tiempo, un ejecutivo de Azteca le llamó (“Pero un ejecutivo no clase B, un ejecutivo clase R”, especifica Andrés) para decirle: “Tú sabes que nosotros te apreciamos mucho aquí en la empresa, entonces tenemos un ofrecimiento para ti, ojalá que lo aceptes”. Bustamante pensó que habían recapacitado y le iban a dar otra vez un programa. El empleado de la televisora continuó: “Nos preguntábamos si te puedes echar unos comerciales de Elektra”.

*Risas grabadas*
“’Tons dije: ‘Oye, deveras que sí noto el aprecio que tienen por mí y por mi trabajo, ¿eh?’. Qué barbaros. Qué cabrón”.

“Eso no lo perdonó Andrés —recuerda José Ramón—. Yo pensé que se me iba, tuve que hablar con él y decirle: ‘Tranquilo, yo soy otra cosa’. Y él me decía: ‘Donde tú estés, estoy contigo. Pero que nunca me vean ellos, no quiero hablar con ellos para nada’. Es más, no iba a las fiestas, no iba a las reuniones, no iba a nada de Azteca. Es un gran comediante, se puede dar el lujo de ser mamón”.

“Yo me seguí en el rollo con José Ramón, pero la relación era completamente con él. Fue una época buenísima para mí por toda la libertad que tenía. Yo me ponía de acuerdo con él sobre la lana, la producción, de cuántas cosas iban a ser, y él me decía: ‘Bueno, ya, ¿estamos de acuerdo? Nos vemos en Alemania [o en dondequiera que fuera a ser la Olimpiada o el mundial] y lo vemos al aire’. Qué lujo pa’ mí”, dice Bustamante.

“En este inicio de las labores televisivas de Azteca no se sabían muy bien los caminos para finiquitar un proyecto… por ejemplo, avisarle a alguien”, dice Trujillo. Pero lo cierto es que a Bustamante ya no lo tenía tan contento Otros bichos, según le dijo al periodista José Antonio Fernández de la revista Telemundo en abril de 1996. “Yo no decidí que terminara, pero al final agradecí que hubiera concluido”. Él siempre ha creído que la televisión es desgastante y que hay que dosificar el tiempo que uno aparece en ella.

Víctor Trujillo dice que, en retrospectiva, se han reído mucho del episodio de la grabación que sólo sirvió para enterarse de que era la última. “Ya te podrás imaginar que tomas tus medidas precautorias cuando pasa una cosa así. Dices: ‘Vamos a ver cómo le hacemos, pero esto no nos vuelve a pasar nunca’. Porque si pasó una vez, puede pasar dos. Y al final de toda la historia, uno no tiene que ser el que acabe lamentándose de incidentes así. Que lo lamenten quienes lo tienen que lamentar”.
—¿Y lo lamentaron en Azteca? ¿Lamentaron esa decisión?
—Mucho —dice Trujillo, susurrando, despacito, entornando los ojos, echándole dramatismo a sus palabras—. Mucho. Porque a la hora de tomar las decisiones de vida, esas cosas no se olvidan.

Tras el ramalazo de la nueva televisora, Bustamante no cortó de tajo y definitivamente sus relaciones con ellos, pero decidió tomarlo con calma. Creó su propia casa productora, con la que empezó a hacer videos por encargo y a la medida. Y uno de sus primeros clientes fue precisamente TV Azteca, a quienes les produjo 3 000 microcápsulas para un sistema de concursos llamado Telegana, que se vendía como “televisión interactiva”. Era una forma de seguir apareciendo a cuadro sin saturar al espectador, porque los segmentos duraban alrededor de dos minutos.

Telegana era una cosa extraña: en los supermercados Gigante había que comprar un aparatito con cuatro botones de colores. A lo largo del día pasaban en la tele los segmentos producidos y generalmente conducidos por algún personaje de Bustamante, en los que hacían preguntas de opción múltiple, muy bobas, que tenías que contestar con el invento este. Si le atinabas a todas las respuestas empezaba a sonar la Oda a la alegría, de Beethoven, y entonces había que llamar a un número, pegar el control a la bocina y picar un botón para que hiciera un ruido como de módem antiguo que, de alguna forma, transmitía la información de quién eras y qué tan rápido habías resuelto el asunto. Había premios predecibles, como teles o videocaseteras, y otros rarísimos, como pimenteros eléctricos (ése en particular le daba mucha risa a Andrés) o juegos de botánica Mi Alegría.

Bustamante siguió un tiempo con su revista El Güiri Güiri, que se editó entre 1993 y 1994 (y que se hacía en las mismas oficinas que el semanario chismoso-escatológico-escandaloso Óoorale!). En ella se anunciaba el “Ponchi-teléfono”, una línea de paga a la que llamabas para escuchar una grabación chistosa por sólo tres pesos el minuto. Después produjo un programa junto con Trino Camacho llamado La Cabina, en el que invitaban a la gente a hacer y decir lo que quiseran frente a una cámara durante treinta segundos (era una especie de precursor de la cultura youtubera). También tenía una colaboración de humorismo político en el programa de radio de Pedro Ferriz de Con. En 1998 participó en un muy decoroso intento de sitcom mexicano, producido por Argos para Azteca: Buenos para nada (que por desgracia sólo duró una temporada). Y en 2000 grabó una colección de mensajes para contestadora telefónica que venían dentro del disco A ritmo de dance vol. 5, para cerrar el milenio a ritmo de ponchiponchis-ponchis.

En medio de los sombrerazos que se desataron en Twitter antes de las elecciones de 2012 surgió una cuenta que supuestamente pertenecía a Andrés Bustamante. Conforme crecía el número de seguidores, aumentaban las dudas sobre la legitimidad del usuario, especialmente cuando empezó a publicar comentarios muy cargados a la derecha del espectro político. Al poco tiempo, la cuenta fue suspendida porque, efectivamente, no pertenecía al comediante.

A Bustamante no le gustan las redes sociales, pero le gusta todavía menos comunicar abiertamente su postura política. “Me parece que es una cosa personal. Sí tiene que ver con cómo actúa uno, pero luego, cuando se hace muy evidente o muy público, te empiezas a sembrar en una sola forma de pensar, y yo creo que hay que estar abierto a la posibilidad de los cambios. Aunque no sea tu posición política, si la posición contraria hizo algo que vale la pena, yo digo que hay que reconocerlo y apoyarlo. Me molesta mucho ser dogmático”.
Esa moderación en sus declaraciones públicas permitió que, en 2001, Ponchito se reuniera con dos figuras políticas antagónicas.

Después de manejar por horas y horas, de recibir indicaciones de hombres sigilosos como si se tratara de un juego de detectives y de andar por veredas cada vez más estrechas, la camioneta llegó a una bifurcación. Estaban en medio de la nada, era de noche, no había letreros.
“Pues si vamos a ver al Subcomandante Marcos, ¡tiene que ser por la izquierda!”, bromeó Bustamante. Estaba en lo correcto.

Dos días antes, Andrés no se imaginaba que una llamada iba a desviar sus planes hacia la Selva Lacandona. Él estaba en Oaxaca dando un show cuando sonó el teléfono. Era el periodista Javier Solórzano, amigo suyo desde Imevisión.
—Compadrito, ¿qué vas a hacer el fin de semana?
—No, pues no sé.
—Te lo voy a plantear: vámonos a ver al Subcomandante Marcos.

Javier recuerda que se hizo un silencio. Como a los cinco segundos, Bustamante recuperó el aliento y respondió: “¡Como sea le hago!”.
En su anterior encuentro con Marcos, Solórzano le había dicho: “¿Sabes qué tenemos que hacer? Te tengo que traer a alguien para que te diviertas. Tú dime a quién. Dame tu lista y yo hago hasta lo imposible”. El Sup le dio, en primerísimo lugar, el nombre de Andrés Bustamante. “Me acuerdo bien que me dijo: ‘Naaah, ¿a poco me lo vas a traer? ¡No va a querer!’. Y le dije: ‘No lo conoces. Va a estar feliz de venir’”.
Y sí.

Al viaje también fueron Aurelio Fernández, reportero del diario La Jornada, y la periodista Carmen Aristegui, que en aquel entonces aún trabajaba junto a Solórzano. Ya en La Realidad, Chiapas, se instalaron en el galerón donde reporteros de todo el mundo esperaban su turno para una entrevista. Era enero de 2001, y en unos pocos días iba a arrancar la Caravana Zapatista. Había mucho de que hablar.

Bustamante no recuerda cuánto tiempo pasó, pero dice que estaba echado en el piso intentando descansar cuando alguien le susurró: “Andrés, ya vinieron por nosotros”. Se espabiló de golpe, se puso los lentes y vio al comandante Tacho en el quicio de la puerta. Él los iba a acompañar con Marcos.

La plática con Javier y Carmen estaba pactada previamente, así que cuando apareció el subcomandante, llamó a los dos periodistas para hablar con ellos. Andrés los miraba de lejos, emocionado y nervioso. De pronto el Sup levantó la mano y le hizo una señal para que se acercara.
—Te voy a decir una cosa: si este tour lo organizó Viajes Ponchito, está chingón —le dijo a Andrés justo antes de abrazarlo—. Bienvenido a la selva, maestro.

Después de la grabación con Javier y Carmen, llegó el turno de Ponchito, ya en personaje, con su camisa floreada. “Marcos estaba inquietísimo, en un buen sentido. Y el Güiri Güiri también”, recuerda Solórzano.

En la entrevista hablan del uso del sentido del humor en el movimiento zapatista, fingen una llamada con Vicente Fox a través un teléfono de juguete —con todo e imitación del entonces presidente por parte de Bustamante, la cual tenía botados de risa al comandante Tacho y al subcomandante Moisés, testigos del encuentro—, platican sobre el significado de los pasamontañas y Ponchito expone su plan de organizar tours a La Realidad para activistas internacionales: “Les sale muy barato, porque ellos pagan el boleto de venida y el gobierno les paga la regresada”. Los temas serios alternan con un cordial duelo de bromas y vaciladas mutuas, en el que ambos sacan su ingenio a relucir.

Solórzano recuerda el episodio como “una conversación muy grata, muy amable, pero, sobre todo, lo que es importante es el código que establecen de muchas cosas, de modernidad, de personajes. Yo estaba feliz de la vida, sabiendo que era testigo de algo histórico”.

Con el sobresalto que provoca ver a alguien completamente fuera de contexto, José Ramón Fernández se preguntó qué diablos hacía el presidente electo Vicente Fox en la olimpiada de Sydney 2000, un par de meses antes de tomar posesión. “Habrá venido a felicitar a los medallistas”, pensó.

Pero ya que lo vio de cerca se dio cuenta de que era Andrés Bustamante, con nariz postiza, frente de látex, peluca, botas vaqueras y unas manotas de hule espuma para comunicarse mejor con los mmmmexicanos y mmmmmexicanas.

Casi de inmediato, el Güiri-Fox se convirtió en uno de los personajes favoritos del público… y de Vicente Fox. “Fox se moría de risa. Es más, nos pedían que repitiéramos a Fox, a fuerza, una línea que yo creo que venía de Los Pinos”, dice José Ramón, seguramente exagerando. Pero de que el ex presidente lo veía, lo veía.

Y la prueba es que Fox invitó a Bustamante a una de las primeras emisiones de su programa de radio, Fox en vivo, Fox contigo, el 3 de febrero de 2001 (apenas unos días después del encuentro Ponchito-Marcos, tema del cual, por cierto, mejor ni hablaron: Fox había prometido resolver el problema de Chiapas en quince minutos y ya había pasado un poquito más de tiempo). Ahí, el presidente le dijo:  “La verdad es que no había tenido oportunidad de conocerte. Sí, durante las Olimpiadas, estuve ahí muy atento y la verdad es que te las llevaste, mano… Te llevaste la medalla de oro”.

La plática transcurrió con “normalidad” (hay que decirlo con comillas, pues que un presidente invite a un humorista a su programa de radio no es muy normal que digamos en México) y fue divertida hasta que Fox salió con la ocurrencia de que intercambiaran papeles. Le dijo que él, Fox, intentaría hablar como Ponchito, para que Ponchito hablara como Fox.

Medio a regañadientes, Bustamante aceptó, porque sabía que no estaban en igualidad de condiciones: intuía que el presidente iba a hacer el ridículo. “Fue un desastre. Después hubo una editorial que decía que no era el primer mandatario, sino que era el primer payaso. A mí en el momento me dio, te lo juro, como penita ajena, y pensaba: ‘Ya que se acabe este rollo porque ¡no está padre! ¡Es un oso!’”.

Bustamante no está seguro de que a Fox le hiciera gracia que lo imitara, más bien cree que no tenía otra opción. “Yo tengo la teoría de que a todas estas personalidades encumbradas, y más los de la política, no les gusta que los imiten, no les gusta que hagan chistes a sus costillas. Pero este güey dijo: ‘Yo voy a dejar pasar todo’”.

Y el Güiri Güiri, acostumbrado a la libertad creativa, le tomó la palabra al presidente. Además de la imitación —que fue recurrente a lo largo del sexenio—, lanzó un libro que recopilaba sus frases más tontas: ¿Y yo por qué? (Ediciones B, 2003), que vendió más de treinta y cinco mil copias. Como él en realidad no fue el autor, destinó absolutamente todas las ganancias a proyectos educativos en áreas rurales.

A principios del milenio, Andrés era muy codiciado por el duopolio televisivo: Azteca quería que volviera de lleno y Televisa mandó a Adal Ramones —uno de sus conductores más populares— a ofrecerle trabajo en vivo y en directo cuando fue invitado a su programa. Fue una situación potencialmente incomodísima a la que, afortunadamente, Bustamante supo darle la vuelta.

Por más que le bajaron la luna y las estrellas (del canal de las ídem), él quería seguir manejando su exposición mediática con moderación, además de que temía que su creatividad y libertad se vieran limitadas por la empresa, así que dijo que no a la propuesta de un programa semanal de media hora.

Pero, al poco tiempo, Cablevisión —que también es Televisa— le ofreció no media, no una, no dos, no tres, sino ciento sesenta y ocho horas semanales. Es decir, un canal, su propio canal. El sistema de televisión de paga le planteó lanzar una transmisión de veinticuatro horas dedicada exclusivamente a la comedia.

Antes de aceptar, él puso sus condiciones. Les dijo que no quería que oliera al humor típico de la televisora, que buscaba un laboratorio para experimentar con todo lo que no se podía hacer en tele abierta, que iba a invitar gente desconocida con nuevas propuestas. “Me sorprendió lo rápido y fácil que fue levantar el proyecto, a todo decían que sí. ‘Sí, sí, sí, sí, sí, sí’.  Va. Pues órale”. Se firmó un contrato y el 19 de noviembre de 2001 empezaron, en el canal 42, las transmisiones de Ponchivisión, “la tele con patas”.

Hubo nuevas producciones, como el Ponchichow y la Poncharla (donde Ponchito entrevistó, por ejemplo, a Cuauhtémoc Cárdenas, a Felipe Calderón, a Miguel Bosé y a las Pandora); también nuevos personajes, como Johnny Petardo (un standupero que se hace bolas y nunca dice bien sus chistes) o el Doctor La Meme, y animaciones de Trino y Garci. Había cine nacional y extranjero, y los jueves era lo mejor: A platicar a su casa, un largometraje entero comentado por Andrés y Trino, que se sentaban “en primera fila” y se la pasaban hablando toda la película, que necesariamente era un churro (Neutrón, el enmascarado negro, Santo y Blue Demon contra los monstruos o La motocicleta satánica, por ejemplo). También rescataron clásicos de Televisa, como Ensalada de locos o Los Polivoces, y compraron Monty Python’s Flying Circus, que por primera vez se veía en México.

Según una nota de La Jornada, para el quinto mes de transmisión el rating ya estaba en el duodécimo lugar del sistema de cable, por encima del canal de Sony. Las expectativas eran buenas para conseguir a los primeros patrocinadores, porque además lo empezaron a pasar también en Sky —otro sistema de tele de paga perteneciente a Televisa, más caro— como “señal de prueba”.

Pero al año y medio, repentinamente, salieron con que iban a cancelar el canal.

“Yo pregunté mucho que cuál era la razón, y me decían: ‘No, es que ya vimos y no es viable, no jala y nomás es gastadera y no entra lana’. Y sí era cierto, pero no era algo que no supiéramos desde antes: iba a ser un año, como en cualquier cosa, donde había que meterle, y luego, si había ciertas condiciones, iba a empezar a entrar lana. Pero ya no se llegó a esa otra etapa. Es como cualquier pareja: si ella ya no quiere o tú ya no quieres, por más que le des vueltas, pues ya no, maestro, ya no se puede”, dice.

Víctor Trujillo cree que la ruptura puede explicarse por lo desfasada que está la televisión por cable en México. “Hace casi treinta años tú ya veías las ofertas de comedia en cable estadounidense y estaba muy vivo. En el caso mexicano no fue así; es más, en estos momentos no ha llegado ni siquiera al 20% de su potencial. Todavía es la tele abierta la que reina. Creo que el proyecto de Ponchivisión, en una era acorde a lo que estaba pasando en otros países, hubiera sido nuestro precedente del Comedy Central hecho en México, pero no podía tener más vida porque no tenía más alcance, y si no hay alcance lo ve menos gente, y si lo ve menos gente los patrocinadores no entran”.

Trino cree que “ese canal debería de seguir. Sigue doliendo porque yo creo que no lo apoyaron económicamente como debieron. Andrés logró muchas cosas que eran imposibles de hacerse, gracias a su ingenio y perseverancia”. Él tiene la teoría de que fue una venganza de Televisa por no querer irse con ellos al mundial de Corea-Japón de 2002, sino que siguió fiel a José Ramón. “Siento que fue su manera de decirle: ‘Ah, ¿no quisiste? Pues adiós a tu canal’”.

En junio de 2003 se acabó Ponchivisón. De un día para otro el canal 42, que por año y medio había sido puras risas y diversión, empezó a transmitir la señal diferida del canal 2 de Televisa.
El chiste se cuenta solo.

A finales de los noventa, Bustamante tuvo una racha de presentaciones en Puerto Vallarta, Jalisco. Nunca antes había ido pero le gustó tanto que, en poco tiempo, lo escogió como su lugar de descanso. “Es de los pocos lugares de playa en México que sí parece México”, dice.

Cuando le bajaron el switch al canal, se fue a Vallarta a encerrar. “Yo había pensado que Ponchivisión era lo que iba a hacer por el resto de mi vida”, dice. Estaba deprimido y necesitaba replantear su futuro.

Se dio cuenta de que, fuera de las colaboraciones bienales con José Ramón y alguna que otra aparición ocasional, ya no quería seguir intentando con la tele. También notó que, entre todas las cosas que hacía, la que más disfrutaba eran sus presentaciones en vivo, generalmente contratado por empresas para congresos o eventos corporativos, en las que tenía un control absoluto de la situación y la recompensa inmediata de la risa del público.

Calculó que si dejaba los intentos televisivos, su colaboración en radio y otros trabajos que lo ataban al DF, podía establecerse de forma permanente en la playa y, de ahí, viajar para hacer sus shows. Cuando empezó a andar con una chava vallartense fue que terminó de decidirse. Agarró sus cosas y se mudó para allá.

Con la salida de José Ramón Fernández de TV Azteca, en 2007, también se acabaron los mundiales y los Juegos Olímpicos. Después, el comentarista entró a ESPN, pero Bustamante ya no quiso seguirlo. “Lo invité a China, lo invité a Sudáfrica, lo invité a Londres, lo invité a Río. Y ya no quiso, ya no quiso —dice Joserra, alicaído—. Un día, que fue muy triste, estábamos desayunando y me dijo: ‘José Ramón, son veinte años; tú saliste de Azteca, yo salí de Azteca, no me vuelvo a contratar con nadie más. Vamos a darle vuelta a la página. Vamos a guardar lo que hicimos como un gran recuerdo’. Y ya. Entonces yo lo entendí”.

Con todo y que sus apariciones eran cortas y sólo ocurrían por breves periodos cada dos años, Bustamante dejó un boquete en la tele mexicana. El público se preguntaba qué había sido de él y, en las vísperas de Beijing 2008, Sudáfrica 2010 y Londres 2012, los medios y las pláticas se llenaban de especulaciones sobre si el comediante colaboraría con algún canal. ¿Qué habría sido de él? ¿Dónde andaría?

En ningún momento dejó de trabajar. Siguió con su productora, Alquimia, y con sus constantes presentaciones en eventos privados. Además, tuvo un brevísimo regreso a Azteca con un programa de concursos llamado Identidad, las apariencias engañan (2007), desafortunada versión del de por sí aburridísimo show estadounidense Identity; realizó el doblaje de Despicable Me (2010), Despicable Me 2 (2013) y Monsters University (2013); hizo voces para las cintas de animación mexicanas La leyenda de la nahuala (2007) y El Santos contra la Tetona Mendoza (2012); con Telmex hizo unos sketches para Sudáfrica 2010.

Hasta la fecha, trabaja en el DF o donde le toque y luego se regresa a Vallarta, donde vive su hija María, de seis años, con la que disfruta compartir sus incursiones en películas de animación. Cuando fueron a ver Despicable Me 2 y apareció Gru en la pantalla, Andrés le susurró a María: “¡Mira! Ése soy yo”. Ella se quedó pensando un ratito y luego dijo: “Oye papá… ¿y entonces quién soy yo?”.

A ver, güey. Sí, tú, el Güiri Güiri, ¡pásate aquí al frente! ¿Por qué no te echas unos chistes?”, dijo un borracho genérico. Desde que se convirtió en figura pública, a Andrés le molestan estas situaciones, pero está acostumbrado a ellas y suele enfrentarlas con el elegante método de la indiferencia. Sin embargo, en aquella fiesta estaba con su amigo Efrén Jiménez, que se enfureció y reaccionó.
—¿Tú a qué te dedicas? —le preguntó al borracho anónimo.
—Soy arquitecto.
—¡Miren todos! ¡Aquí el señor va a pasar a construirnos una casita! A ver, güey, pásale acá.

“Yo soy muy alejado de la onda fans, que ni tengo tantos, pero a mí la fama y ese rollo no me gusta nada”, dice Bustamante, que ha enfrentado a señores que mandan al mesero a decirle que por favor se pase a su mesa, “que porque su mujer lo quiere conocer”; a señoras que colocan al hijo para que se saque la foto con él (aunque el niño no tenga idea de quién es ese hombre bigotón) y, sobre todo, a impertinentes que le piden que los haga reír, que les cuente un chiste. “Seguramente la gente ha de decir que soy enojón. Cuando me piden una foto no les digo que no, pero me da pena. Es que me chiveo”, dice.

Pero toda esa seriedad se esfuma en el escenario.

“Es como una sublimación de esa pena que yo tengo. Yo me atrevo, con los personajes, a hacer cosas que desde luego no haría como persona. Yo vestido de Ponchito me atrevo a ir a preguntarle lo que sea a quien sea; vestido de Andrés pues claro que no. Yo nunca en la vida me he pasado a otra mesa para intentar ligarme a una chava. ¡Ni loco! En cambio Ponchito pues claro que se para y empieza a platicar con ella, pero ése es Ponchito, o el doctor Chun-Ga. ¡O el Hooligan! Yo soy cero violento, pero al Hooligan sí le dan ganas de zarandear una onda y tirarla. Son unos escapes psicológicos chidos”, dice Andrés.

Vega-Gil lo explica así: “Es algo que he visto en comediantes como Víctor Trujillo y como Andrés: cuando no tiene la peluca de Ponchito ni su diente negro, es muy propio; su protocolo es muy serio, muy formal. Pero cuando se pone la peluca, se transforma. Es un personaje que ha construido y ya forma parte de él, lo necesita también para decir cosas, para pararse en escenarios, frente a la cámara. Ponchito es Andrés Bustamante de ida y de regreso, Andrés es Ponchito y Ponchito es Andrés”.

La idea de hacer cine rondaba la cabeza de Bustamante, pero no terminaba de aterrizar porque lo veía como algo muy complicado, como un proceso demasiado largo. “Tengo otros planes, quiero clavarme en el cine y hacer un largometraje”, dijo en una entrevista a La Jornada en 2000. Pero nada se concretaba, parcialmente porque siempre ha hecho las cosas a su manera, está acostumbrado a tener el control de todo, así que debía ser su proyecto.

Por eso, cuando Daniel Birman (productor de El crimen del padre Amaro, Otilia Rauda y Daniel y Ana) lo buscó para escribir una película, de entrada su respuesta fue no. “Pero luego dije: ‘Está bien, porque me están invitando a escribir un guión’. La neta es que lo vi como: ‘A ver, yo necesito aprender este boleto, humildemente necesito aprender’, y dije: ‘Órale, sí le entro’”. Entonces convocó a Armando Vega-Gil, con quien la compatibilidad creativa ya estaba comprobadísima, para desarrollar lo que el productor tenía en mente: una comedia estilo Scary Movie que parodiara al cine mexicano. Después se integró al equipo Emilio Portes (Conozca la cabeza de Juan Pérez, Pastorela) como director y coguionista.

A lo largo de los tratamientos la idea se fue alterando, y en lugar de ser una serie de referencias se creó una historia nueva sobre dos hermanos que, tras la muerte de su padre, pelean por el control del consumo cinematográfico en su pueblo, Güepez. Uno lo hace con el viejo cine que heredó; el otro, a través de la piratería.

En esta premisa se mantienen los homenajes y los guiños a otras cintas, pero lo importante es todo lo que le pasa a esta bola de gandallas (porque no hay buenos en la película, ni mensaje ni moraleja).

“De veras que en ningún otro proyecto me la he pasado tan bien porque estuve con esa actitud de estar superabierto a todo. Yo dije: ‘No me voy a clavar; como es un encargo, si no les gusta algo, lo cambio’. No me iba a poner de: ‘¡Aaaah! ¡Te vas a la fregada!’, no, esto tiene que fluir, que sea un proyecto a toda madre, yo quiero meterme y conocer”, dice Bustamante.

Desde un principio quedó establecido que Andrés no iba a actuar en la película, pero por ahí de la mitad del proceso de escritura crearon al personaje de Don Cuino Meléndez de la Popocha, el presidente municipal, un político chorero y corruptazo. En las lecturas en voz alta del guión, Bustamante siempre lo elegía. Y, como quien no quiere la cosa, le fue dando forma fuera de lo escrito: le inventó una personalidad, una manera de hablar, de gesticular, de moverse.

Birman y Portes ya no veían a nadie más que no fuera Andrés como Don Cuino. “Ándale, haz el papel”, le decían. Y él: “No, no, no, no, no”. “Pinche Andrés, imagínate, estaría padrísimo”, le decían. Y él: “No, no, no, no, no”. Etcétera.

Hasta que un día llegó Birman y chantajeó sentimentalmente a Bustamante:
—Maestro, te traigo un regalo.
—Órale, ¿qué es?
—Un sombrero. Era de mi abuelo.
—¡Guau! Oye, pero no manches, cómo crees.
—Te lo quiero regalar.
—Pero me queda un poco grande.
—Lo mandamos a arreglar a Tardán. Mira, póntelo… Te ves poca madre de presidente municipal.
“Hijo de la chingada”, pensó Andrés, que terminó diciendo que sí.

A la hora de rodar, también a Vega-Gil le tocó papel: el Padre Amargo, un cura pedófilo, malísima onda. “Es curioso, pero cuando empezamos a reescribir juntos, no sabíamos que Vega Gil y Bustamante iban a terminar actuando en la película. Nunca estuvo planeado, en ese momento sólo sabíamos que eran los guionistas ideales para este proyecto. Y ya ves, ahí los tienes representando a los dos grandes poderes: Al clero (el Padre Amargo) y al Estado (Don Cuino)”, dice Emilio.

Durante el rodaje, Bustamante pasó todo el tiempo que pudo en el set. Incluso cuando no tenía llamado o ya había terminado su trabajo, él andaba por ahí de mirón, absorbiendo experiencia como si fuera estudiante, husmeando detrás del hombro de Emilio, sorprendido de que las tomas se vieran igualitas que en el storyboard e intentando entender por qué el director ponía la cámara aquí o allá. “Si antes pensaba que hacer cine era complicado, ¡ahora creo que es más complicado de lo que yo me imaginaba! Me di cuenta de cómo se va transformando lo que tú vas pensando en lo que ya realmente sucede, cómo se van uniendo los talentos del vestuario, de la cámara, de la escenografía, de la producción. Qué a toda madre haber formado parte de este proyecto. Y sí me invitó, concretamente, a seguirle”.

Cuando tenía catorce años, Andrés escuchó la historia de un hombre que, de adolescente, se escribió una carta a sí mismo con la intención de recuperarla muchos años después. La idea era que su yo adulto recordara y entendiera la forma de pensar de su yo chamaco. Pero cuando la abrió y la leyó pensó: “¡Qué estúpidos son los jóvenes!” y la tiró.

El imberbe y aún desbigotado Andrés hizo lo mismo, pero con la meta de que el final fuera muy diferente. Se escribió una carta, la guardó muy bien, y se propuso verla en el 2000.
Veintisiete años después, organizó una cena en Puerto Vallarta con sus amigos más cercanos para recibir el nuevo siglo y compartir el esperado reencuentro con su pasado. Ahí, frente a ellos, abrió el sobre lacrado y extrajo 
la hoja de papel, perfectamente conservada.

“No mames, fue algo que te ponía la carne chinita. Yo estaba viendo eso y me preguntaba cómo este güey tuvo esa capacidad de guardarse una onda que se escribió él mismo para leerse en el 2000… ¡Yo no sé si mañana voy a vivir!”, dice Trino, uno de los afortunados testigos.

La carta predecía que se dedicaría a la comedia, que tendría un programa de televisión, y que ya a esas alturas de la vida estaría calvo. Pero lo más relevante fue entender que ciertas ideas juveniles aparentemente “tontas”, en realidad eran fundamentales para él en aquel momento. “Es como cuando tú de grande ves la importancia que un chavito le da a algo, dices: ‘Es una tontería, es niño, es tonto’, pero en ese momento es la mejor manera que tienes para pensar. Entonces, si lo estoy mencionando en la carta, ¡pues es importante!”
El Andrés del futuro no ninguneó al Andrés del pasado, así como el Andrés del presente no olvida que ya va siendo hora de guardar las pelucas y las narices postizas.

Andrés Bustamante se va a retirar.
Pero no.

En treinta años de carrera ya hizo magia, ya hizo tele, ya hizo teatro, ya hizo inventos, ya hizo radio, ya hizo revistas, ya hizo libros, ya hizo periodismo, ya hizo publicidad, ya 
hizo un disco de dance, ya hizo doblaje, ya hizo cine.

Pero no su cine. Le falta hacer una película. Y aunque está a punto de cumplir cincuenta y cinco años y asegura que está a punto de jubilar a sus personajes, al mismo tiempo se da cuenta de lo atinado que sería poner a Ponchito, una figura integrada a la cultura popular mexicana y que le cae bien a todo mundo, a protagonizar un largometraje. No descarta la posibilidad de una Ponchipelícula.

¿Pero y su promesa?
Quizá el doctor Chun-Ga debería inventar una máquina del tiempo para ir a pedirle una prórroga al Andrés del pasado. Seguramente diría que sí. \\

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