Archivo Gatopardo

El sexo, las mujeres y la Iglesia

¿Qué pasa cuando un sacerdote católico se quiere casar y cuando una mujer quiere oficiar misa?

Por Emiliano Ruiz Parra / Fotografía Rafael Pérez Evans
Lauro Macías Raygosa sostiene su antigua estola sacerdotal.

Lauro Macías Raygosa sostiene su antigua estola sacerdotal.

Lauro Macías Raygosa sostiene su antigua estola sacerdotal.

Marinero a la tormenta
El sacerdote Manuel Marinero dejó la sotana colgada en el gancho y, de huaraches y pantalón de mezclilla, caminó hasta el altar. Los feligreses se quedaron mudos de la sorpresa de ver a su párroco vestido de paisano, seguido unos pasos atrás por una muchacha de veintinueve años, de nombre Alma Patricia Ramírez.

Los meses anteriores no habían sido fáciles para los dos. Marinero no lograba arrancarse la culpa y se esforzaba por explicarle a Patricia que eran casi cuatro décadas de asimilar y enseñar que la unión de la carne era un pecado mortal, peor aún si la cometía un sacerdote.

Cuando caminaban por las calles, ella le insistía:
—¡Abrázame, abrázame!
—Ya va a llegar el día, ten paciencia —respondía él.

Una tarde, mientras caminaban por el zócalo de Oaxaca, Marinero, entonces de cincuenta y un años, la atrajo hacia su cuerpo y le dio un largo y prolongado beso en la boca. A Patricia ya se le notaba el embarazo.

Pero el día definitivo había llegado hasta ese domingo 11 de mayo de 1997 que Manuel Marinero había dejado el alba y la estola colgadas en la sacristía de San Bartolo Coyotepec, una parroquia a doce kilómetros de la ciudad de Oaxaca, en el sur de México, y se dirigió a sus parroquianos como hombre y no como cura. Les habló del amor que le profesaba a su mujer y a su hijo, de cuatro semanas de nacido. Les dijo que apenas dos días atrás, el viernes 9 de mayo, había contraído matrimonio civil con Patricia. Su novia. Su esposa. La madre de su hijo.

—Vengo vestido así porque la decisión está en sus manos. Si ustedes quieren, continúo. Si no, me retiro, y muchas gracias por todo —explicó Marinero y se quedó esperando, en silencio.
—¡Sígale, padre, sígale! —gritó una voz entre las bancas.

“¡Sígale, sígale!”, fue la voz que oyó de sus parroquianos, algunos de pie, animándolo a que celebrara la misa. Marinero volvió sobre sus pasos y se vistió los ornamentos sacerdotales. Tras haber consagrado la eucaristía, Manuel Marinero entregó con sus manos la comunión a los feligreses de su parroquia.

Cinco semanas después de que Manuel Marinero hizo público su matrimonio frente a sus parroquianos, el arzobispo de Oaxaca, Héctor González Martínez, le dijo que estaba fuera de la Iglesia católica. Marinero protestó: no podían echarlo de esa manera sin antes hacerle un juicio canónico. Condescendiente, González Martínez lo mandó un mes a que se internara en Casa Alberione, en Guadalajara, como condición para que regresara al servicio religioso.

Casa Alberione fue fundada por el entonces cardenal de Guadalajara, Juan Jesús Posadas Ocampo, y el sacerdote Marcelino Hernández —hoy obispo de Orizaba— en 1990, con el propósito de proveer asistencia psicológica a presbíteros con problemas sexuales, adicciones y depresión. Casa Alberione se ha vuelto tristemente célebre por refugiar a sacerdotes acusados de agresiones sexuales, como el costarricense Enrique Vásquez, que evadió ahí una orden de captura de la Interpol por abuso de menores, de acuerdo con un reportaje de Ana Lilia Pérez publicado en Contralínea en octubre de 2006. Por Casa Alberione, entre 1990 y 2009, habían pasado novecientos setenta curas de diversos países, según la cifra que le dio a Semanario —el órgano oficial de la arquidiócesis de Guadalajara— Celia de Juan, quien presta sus servicios a la casa desde su apertura.

En su mes de internamiento, a Marinero le tocó convivir con siete curas maniacos sexuales, tres violadores, dos alcohólicos activos, dos homosexuales y dos maniaco-depresivos. “De los dieciocho sacerdotes que estábamos en tratamiento en Alberione, a mí era al único al que le tenían prohibido celebrar la misa. Un violador sí podía celebrarla, pero no el sacerdote que daba la cara por su esposa y por su hijo”, recuerda.

Según su relato, la psicóloga Celia de Juan le advirtió:
—Tú estás bien, Manuel, pero desiste de esto que hiciste o, si no, te van a acabar. Vas a perder mucho.
—No voy a perder, Celia, si es una ganancia, es un sacramento —se defendía Marinero respecto a su matrimonio.

Marinero: “Querían que firmara un documento en el que renegara de mi mujer y de mi hijo. No lo firmé”.

Mientras Marinero estuvo internado en Alberione no recibió llamadas telefónicas de Patricia. Por fin, a tres días de que terminara su terapia, ella lo telefoneó con una voz seca y cortante.
—¿Qué pasa, corazón, por qué no me hablas con ternura? —le preguntó.
—Tú y yo ya no somos nada. Ahora que vuelvas agarras tu vida aparte —respondió ella.

Alarmado, tomó el primer autobús a Oaxaca. Patricia le explicó el porqué de su frialdad: le habían llamado tres veces desde la arquidiócesis para decirle que estaba cometiendo un pecado y debía terminar su relación con el cura.

Marinero le pidió que no hiciera caso de esas voces. Regresó a Alberione, en Guadalajara, a terminar su terapia. Después volvió a Oaxaca. En las oficinas de la arquidiócesis ya no lo recibió el arzobispo González Martínez, sino su obispo auxiliar, Miguel Ángel Alba.

—¡Agarre sus tiliches y lárguese! No tiene nada que hacer aquí —recuerda Marinero que le dijo el obispo auxiliar, al reprenderlo por no aceptar las condiciones de Casa Alberione. Marinero le reclamó el maltrato. Alba le hizo un cheque y se lo dio, doblado. Alcanzaba para comprar una despensa y pagar la deuda del boleto de autobús a Guadalajara. Lo recibió y se fue. No se volvieron a ver más.

Manuel empacó sus cosas. Los habitantes de San Bartolo Coyotepec, sin embargo, decidieron en asamblea comunitaria que, mientras viviera, Marinero podía habitar la casa parroquial —que le pertenecía a la comunidad y no a la Iglesia— aun cuando la arquidiócesis enviara a un sacerdote sustituto.

“La gente me dijo: ‘Alégrese, padre, la casa es de usted’. Yo me puse a llorar de alegría”, rememora.

El sacerdote expulsado siguió —y sigue— celebrando misas en domicilios particulares, patios de escuela o salones de baile. Ha casado a parejas de jóvenes. En 2004, la agencia Apro relató una misa para homosexuales y lesbianas que presidió Marinero a unos pasos de la parroquia. Frente a 35 personas dijo:
—Yo también soy un excluido de la Iglesia, y así me pueden decir, que soy un cabrón, un hijo de la chingada, [pero] yo tengo un espacio con Dios como lo tienen los homosexuales y las lesbianas, porque antes que nada somos personas.

Marinero me cuenta cuatro anécdotas de curas de Oaxaca:
Uno: “El rompimiento del celibato se presta mucho a la abundancia de mujeres —me explica—. Los curas se enredan con una chamaca en una parroquia, le ponen casa y después a ellos los cambian de parroquia, y a la nueva llegan como célibes y se repite la historia. Un día llegó conmigo un sacerdote llorando. Me dijo: ‘Ya no aguanto, no sé cómo mantener a mis cuatro familias'”.

Dos: “Un día llegó a verme un niño de diez años. Me dijo: ‘Vengo a felicitarlo porque usted puede salir a la calle con su hijo. A mí, mi papá me niega. Cada vez que le digo ‘papá’ me pega y me dice: ‘¡Cállese, chamaco!, aquí dígame tío’. Me ha pegado varias veces porque se me olvida'”.

Tres: “El sacerdote que escribió un folleto pastoral sobre el celibato en las épocas del obispo Bartolomé Carrasco vive con su esposa. Una vez hicimos una comida en su casa. Su esposa llegó y le dijo: ‘Oye, viejo, le falta dinero al niño’. Y después fue el niño y, delante del obispo, le dijo: ‘Papá, ¿me das la bendición?'”.

Cuatro: “Llegó a verme una mujer golpeada. Me dijo: ‘Mi marido me golpeó. Tú lo conoces, es el padre fulano de tal’. Yo fui con el obispo a decirle lo que estaba haciendo su sacerdote. Y el obispo me respondió: ‘¿De qué te quejas?, lo mismo hizo con otras dos mujeres que tiene’. Ese sacerdote es alcohólico activo y sigue en el clero”.

“Hay quien tiene dos, tres o cuatro parejas. Hay quien ha roto matrimonios, y también los que viven con las monjas. El padre Amaro les queda pequeñito”, dice Marinero.

Marinero enmudeció la tarde que Patricia le dijo que estaba embarazada. Pero ella ya había tomado su decisión:
—Yo voy a tener al niño, me ayudes o no, lo voy a tener.

Esa noche, Marinero sintió que sus padres aparecían frente a él, y cada uno le decía: “¿Y yo tuve vergüenza de ti?”.
A la mañana siguiente fue Dios quien se dirigió a él.
—Esa muchacha, ¿de quién es hija? —le preguntó Dios Padre.
—Tuya.
—Ámala, tómala por esposa. Amarla a ella es amarme a mí. No tengas miedo. Yo estoy contigo, tú eres mi sacerdote. Es mi hija, tómala.

“Dios no deja de hablar —me dice Marinero—, me llamó como célibe y me llamó como casado, y aquí estoy. No me rajo, como él me llame. Me da un montón de alegría haber dado este paso. Es falso que el matrimonio y el sacerdocio son dos sacramentos opuestos o que el matrimonio impide la consagración al servicio a la gente. San Pablo [el apóstol] se equivoca cuando dice que el hombre está dividido: es un pendejo Pablo. Servir a una mujer y a los hijos es servir a Dios”.

Marinero afirma que los sacerdotes católicos no tienen tiempo para escuchar a la gente. Y él lo tiene de sobra. Dice que si un borracho toca a su puerta a las dos de la madrugada para hablar con él, lo recibirá. Y sigue celebrando misas. Al término de una ceremonia, si le preguntan: “¿Cuánto es, padre?”, responderá que nada. “Ahí me callaron la boca”. Pero si no le preguntan y le dan algo, lo que sea, lo toma. Sin automóvil ni cuenta de banco, a sus 65 años es padre de dos hijos varones, y su esposa es una profesionista con un empleo como psicóloga. En 2002, su historia llamó la atención de la ganadora del Pulitzer Mary Jordan, que la publicó en The Washington Post. El defensor de migrantes Alejandro Solalinde, quien lo conoció en los años ochenta porque lo sucedió al frente de la parroquia de Santa María Yolotepec, lo llama sin regateos “santo”.

Y aun cuando Marinero aprovecha la oportunidad para denunciar la discriminación de la Iglesia católica a los hombres casados y a las mujeres —porque sostiene que las mujeres deberían ser ordenadas sacerdotes—, es indiferente a los movimientos organizados por sacerdotes que activamente demandan una reforma en la disciplina del celibato obligatorio. Dice que esos grupos se equivocan al apelar a la Iglesia institucional, donde Marinero no ve ninguna voluntad de cambio.

“Con sabor a tierra está la vida, con sabor a tierra está la fe: ahí está Dios, otra vez haciéndose hombre, a ver quién lo descubre. No hay que buscarlo en Pilatos, sino abajo, y el papa quiere ser Pilatos”, me dice Marinero para concluir la charla.

La hemorragia
Unos cien mil sacerdotes —la cuarta parte del total mundial— renunciaron a su ministerio en los últimos cincuenta años. Noventa y cuatro por ciento de ellos adujo diferencias con el celibato obligatorio. En ese mismo lapso se han marchado unas trescientas mil mujeres religiosas. En la Iglesia católica, a este fenómeno se le llama “la hemorragia”, de acuerdo con la historiadora Elizabeth Abbott, autora de A History of Celibacy (2000).

Obsesionada con imponer su visión sobre el sexo, hoy la sexualidad se ha convertido en el mayor desafío de la Iglesia católica. De las religiones cristianas históricas, es la única que exige castidad a sus ministros. De las religiones semíticas también es un caso atípico. El judaísmo y el islam repudian el celibato: rabinos e imanes deben ser hombres casados.

Sólo en el pontificado de Juan Pablo II (1978-2005), las ordenaciones sacerdotales decayeron 20% en Europa, y sólo crecieron 1.1% en América. En el mismo periodo, las vocaciones femeninas cayeron 39% en el Viejo Continente y en América descendieron también 27 por ciento. Las vocaciones de la Iglesia sólo aumentaron en Asia y África, donde es minoritaria, de acuerdo con datos de Elio Masferrer, especialista mexicano en religión.

Sin embargo, para el Vaticano el celibato es “la joya más preciada” que tiene la Iglesia, y rechaza que sea el motivo de la caída en las vocaciones religiosas. Preservar el celibato no sólo se ha convertido en un reto hacia el futuro, sino que es un desafío para los curas en activo. En los estudios que se han realizado sobre sexualidad de los sacerdotes, es apenas una minoría la que obedece su voto de castidad.

Richard Sipe, ex presbítero y psicoterapeuta especializado en el clero católico, recopiló durante veinticinco años las experiencias sexuales de dos mil setecientos setenta y seis sacerdotes en Estados Unidos, por medio de entrevistas directas, terapias de grupo, experiencias de parejas sexuales y reportes de otros veinticinco investigadores que atendieron a curas en Seton Psychiatric Institute y el Institute for Mental Health de la Universidad Saint John’s. En Celibacy in Crisis, a Secret World Revisited (2003), Sipe sostuvo que sus hallazgos eran representativos del clero de Estados Unidos. Hasta ahora no he sabido de un estudio similar en México o América Latina, por lo que cito los datos del especialista estadounidense.

Sólo 2% de los sacerdotes católicos ha logrado un verdadero celibato, que Sipe llama irreversible. Esos sacerdotes poseen una inusual resolución interior y su compromiso está más allá de las normas de la Iglesia. Ocho por ciento del clero, añade, está llamado al celibato, y su práctica del mismo está firmemente establecida, pero no está exenta de algunos traspiés y retrocesos.

Cuarenta por ciento se esfuerza por ser casto, aunque está abierto a las experimentaciones, progresos y retrocesos en su ideal del celibato. Del resto, 30% mantiene relaciones heterosexuales, que pueden ser estables u ocasionales; 15% mantiene una vida homosexual activa, y el 5% restante está involucrado en lo que Sipe llama comportamientos sexuales problemáticos, como el exhibicionismo, el travestismo y la masturbación compulsiva.

Sipe detectó que 30% del clero católico es homosexual (y aquí incluye tanto a los homosexuales con vida sexual activa como aquellos que son parcial o totalmente célibes), aunque reconoce que su estimación es de las más conservadoras de Estados Unidos. Colegas suyos lo han calculado entre 40 y 75 por ciento del clero. El sacerdote estadounidense Donald Cozzens afirma, en The Changing Face of the Priesthood, que “el sacerdocio es, o se está transformando, en una profesión gay”.

Sipe sostuvo también que 6% de los sacerdotes se había involucrado con menores de edad: 4% con víctimas varones y el restante 2% con niñas, púberes o adolescentes del sexo femenino.

Algunos teólogos críticos se han preguntado por qué la Iglesia preserva con ahínco una disciplina como el celibato. El austriaco Hans Küng, uno de los pensadores católicos más célebres y un crítico severo de los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, dice en La mujer en el cristianismo (2001) que el celibato se instituyó, entre otras razones, como una herramienta política para proteger los privilegios de una élite a la cabeza de la institución eclesiástica. Al volver obligatorio el celibato, se formó una casta sacerdotal que se separó del resto de la comunidad católica.

El poder dentro de la Iglesia se concentró en ese grupo conformado por hombres célibes que estaban por arriba del pueblo —porque su celibato era sagrado, a diferencia del matrimonio, que hacía impuros a los hombres—. Una vez consolidada esa casta, fue mucho más fácil impulsar un modelo de Iglesia monárquico y centralizado en la figura del papa, que dispusiera de cuerpos de profesionales sin arraigo familiar. Eso los distinguió de modelos de Iglesia anteriores, que estaban más conectados con su sociedad y por lo tanto se veían obligados a ser más democráticos en sus decisiones.

Padres mexicanos en busca de Iglesia
Entrevisté a Lauro Macías Raygosa por primera vez en 2005, cuando su principal oficio era la psicoterapia de grupo, en su consultorio en Tlalnepantla, Estado de México. En enero de 2012, cuando lo volví a encontrar, ya había cerrado ese consultorio y se había establecido definitivamente en Querétaro, como director de un instituto privado de educación media superior y superior.

Macías Raygosa representa un punto de vista opuesto al de Manuel Marinero entre los sacerdotes mexicanos casados. Marinero ha optado por el ejercicio solitario de su sacerdocio, mientras que Macías Raygosa ha alentado la organización de los curas casados para empujar la reforma de los ministerios en la Iglesia católica.

El 11 de abril de 1998, en el auditorio del Parque Naucalli del Estado de México se vivió el mejor momento en la organización de presbíteros casados mexicanos.

“Fue nuestro mejor momento, nuestra reunión más multitudinaria —dice Macías— entre sacerdotes y sus esposas, había unas doscientas personas. Tal como correspondía, el obispo Jerónimo Podestá presidió la celebración. De México le acompañó el sacerdote don Antonio Quintanar”.

Los movimientos de sacerdotes casados en México son pequeños y débiles en comparación con sus pares en Estados Unidos, Canadá o Brasil, donde cientos de presbíteros —con esposa e hijos— han establecido redes de solidaridad, documentación y denuncia, tales como Corpus en Estados Unidos.

En nuestro país, el grupo Ministrare, al que pertenece Raygosa, es de los pocos que se han mantenido activos durante más de dos décadas y ha aglutinado a curas de Zacatecas, Aguascalientes, León, Guadalajara, Puebla y la ciudad de México. En sus buenos tiempos publicaban un boletín trimestral, llamado también Ministrare (“servir”, en latín), y formaron la sección mexicana de la Federación Latinoamericana para la Renovación de los Ministerios, hasta 2005 llamada Federación Latinoamericana de Sacerdotes Católicos Casados.

Macías afirma que él ha sido particularmente afortunado como ex sacerdote: nunca le ha faltado empleo. Esa suerte, sin embargo, no la comparte la mayoría de sus colegas que fueron expulsados de la Iglesia: aun cuando estén académicamente bien formados, los curas no están preparados para la vida fuera de la institución. Carecen de un oficio y sufren la persecución de la jerarquía católica: los obispos los “boletinan” en los colegios para que se les despida o se les niegue el trabajo como maestros de Español, Filosofía o Latín. La jerarquía, dice Macías, pretende así lanzar el mensaje de que, quien se sale, le va mal. Recuerda que dentro de Ministrare se propuso celebrar un congreso de curas casados en Aguascalientes, que tenía un grupo sólido y combativo. Pero los hidrocálidos se negaron: “Por ningún motivo —nos dijeron—, nos estamos jugando el pan de nuestros hijos”.

Macías Raygosa estudió en el seminario de Durango, donde fue compañero del ahora cardenal primado Norberto Rivera Carrera —el Chato Nor, le decían—, e hizo posgrados en Teología y Psicopedagogía, en Roma, a principios de los años setenta. Como cura, le asignaron la atención de los presos del Centro de Readaptación Social de Durango —se precia de haber impulsado la construcción de un templo ecuménico dentro de la cárcel— y fue secretario particular del arzobispo Antonio López Aviña.

Transferido a la ciudad de México para que se tratara una enfermedad respiratoria, Macías Raygosa conoció a María Teresa, su primera esposa y madre de sus hijos mayores. Tras una década de sacerdote, en 1978 pidió la dispensa de sus votos al papa Paulo VI. El Vaticano le respondió —luego de ocho años de espera— que no se la concedía.

Macías Raygosa es el vínculo mexicano con el único obispo latinoamericano casado, el argentino Jerónimo Podestá, cabeza de la diócesis de Avellaneda entre 1963 y 1967, un combativo obispo que se enemistó con la dictadura del general Juan Carlos Onganía por su respaldo a los militantes peronistas, entre quienes se encontraba Clelia Luro, que se convertiría en su secretaria particular y consejera política.

El Vaticano encontró el pretexto adecuado para socavar la posición de Podestá. Le dieron la orden de despedir a Clelia Luro. Podestá se negó. En 1967 le pidieron su renuncia y en 1972 ya le habían tramitado la suspensión a divinis. Desde entonces compartió el techo con Clelia Luro, con quien presidió la Federación Latinoamericana de Sacerdotes Católicos Casados.

Aun cuando estaba expulsado de la Iglesia, Podestá se ostentó como “el obispo de la diáspora”. La diócesis de la diáspora, decía, eran los sacerdotes casados que se salían en masa de la Iglesia católica, me cuenta Clelia Luro, de 86 años, en un enlace telefónico.

Antes de morir, en 2000, Podestá consagró obispo in péctore —en secreto— a uno de los sacerdotes de la Federación, con lo que garantizó una sucesión apostólica (se supone que los sacerdotes y obispos han transmitido una línea de ordenación que viene desde los doce apóstoles de Jesús de Nazaret) a su movimiento disidente. Macías Raygosa me advierte, sin embargo, que su finalidad no es ni crear un cisma ni una jerarquía propia.

“Estamos por una Iglesia de hermanos: con diversas funciones, sí, en el cuerpo que es la Iglesia, pero no por eso desiguales en su dignidad. Estamos en contra del clericalismo: de la división entre los que mandan y los que obedecen, en contra de títulos como ‘excelencias’, ‘eminencias’ y demás excrecencias. Yo no me imagino a Pablo diciéndole a Pedro ‘Su Santidad’, y a Pedro diciéndole a Pablo ‘eminencia’. Pura madre, eran hermanos”, me dice.

Pero Lauro Macías no es optimista respecto a cambios en la Iglesia en el corto plazo. Me dice que el papa anterior, Juan Pablo II, se encargó de imponer una línea conservadora a los obispos de todo el mundo: “Juan Pablo desmanteló el Concilio Vaticano II, lo asfixió. Se volvió letra muerta la Iglesia como Pueblo de Dios y se quiere volver al catolicismo medieval. Y Benedicto XVI es todavía más radical en esa misma línea”, afirma.

El feminista de Nazaret
La comunidad de discípulos de Jesús de Nazaret desafiaba a la sociedad de su época: no tenía maestros, nadie ostentaba poder sobre los demás y a ninguno se le llamaba padre. Y, muy notoriamente, rompía con el patriarcado. Jesús tuvo la audacia de integrar mujeres como discípulas: la más destacada, María Magdalena.

Sus seguidores se sentaban en círculo, ninguno por encima de los demás. A las mujeres no se les valoraba por su pureza ni se les repudiaba por su esterilidad —como habría sido la costumbre—. Son las mujeres las que se quedaron al pie de la cruz cuando los apóstoles huyeron despavoridos de Jerusalén, y fue a una mujer, María Magdalena otra vez, la primera a la que el maestro anunció su resurrección: de esa manera, la preferencia por las mujeres que había manifestado el Jesús histórico la ratificó el Cristo resurrecto.

La narrativa esbozada en los párrafos anteriores es la lectura que teólogos e historiadores católicos críticos, como Hans Küng y José Antonio Pagola, ofrecen de los evangelios. De acuerdo con ellos, la comunidad de Jesús representó una ruptura radical con las sociedades de su tiempo, en las que las mujeres no eran consideradas sujetos, sino propiedad de los hombres.

Al unirse al Nazareno, dice Pagola en Jesús, una aproximación histórica (2007), los discípulos dejaban detrás los lazos de sangre. Ahora el cemento social se basaba en dos principios: la igualdad y el servicio a los más débiles. Jesús, además, nunca requirió discípulos célibes. Sus apóstoles estaban casados cuando se unieron a él y así continuaron.

Las comunidades cristianas primitivas, afirma Küng por su parte, mantuvieron durante algunas décadas cierta igualdad entre hombres y mujeres. En su Epístola a los Romanos, de los veintinueve apóstoles a los que San Pablo saluda, diez eran mujeres. A Febe la llama diakonos —lo cual quería decir que era líder de una comunidad—, y reconoce a Junia como “distinguida entre los apóstoles”. La célebre cita paulina de que entre los cristianos ya no habría judíos ni gentiles, amos ni esclavos, hombres ni mujeres, sino que todos serían uno en Cristo Jesús, le sirve a Küng como prueba de la igualdad que subsistía en las comunidades primitivas (aunque Pablo también es célebre por sus sentencias de que las mujeres deben someterse a los varones).

Pero eso se habría de terminar pronto. Los Padres de la Iglesia —un conjunto de pensadores y líderes cristianos de las primeras comunidades— manifestaron una abierta hostilidad a la sexualidad y a la mujer. Tertuliano dijo que la vagina era la puerta al infierno, Orígenes se cortó el pene, Tatiano sostuvo que Adán y Eva conocían a Dios como los ángeles, pero se volvieron bestias por el sexo. Agustín de Hipona, el más influyente de los Padres de la Iglesia, sostuvo que el pecado original se transmitía por medio del placer sexual; así, sólo el celibato liberaba el alma de las tinieblas en que la aprisiona el cuerpo.

Küng habla de dos grandes perdedores en la institucionalización de la Iglesia primitiva: las mujeres y los judíos cristianos, quienes fueron repudiados como herejes (la preeminencia la adquirieron los cristianos helenizados). A las mujeres poco a poco se les prohibió predicar. La única alternativa de reconocimiento que les ofreció la Iglesia institucional fue la vida de convento: sólo por medio de una renuncia radical a la sexualidad las religiosas podían aspirar a ser tratadas con respeto y a liberarse del matrimonio y la crianza de niños.

La mujer se convirtió en sinónimo de tentación y de pecado. La historiadora Elizabeth Abbott agrega que se construyó la oposición de dos figuras: Eva y la Virgen María. De Eva, su rebeldía y su concupiscencia eran la culpa de la caída del paraíso. María, por el contrario, apareció como el paradigma de la castidad y la obediencia, y se impuso el dogma de que permaneció virgen —con el himen intacto— aun después de parir a Jesús.

“La gran paradoja —dice Abbott— es que los creadores del mito de María eran hombres célibes que desconfiaban de las mujeres. Su odio por las ocupaciones normales de la mujer —el matrimonio, el parto y la crianza de los niños— los llevaron a transformar a María en una Reina de los Cielos, irreconocible como mujer e incluso como ser humano”, afirma en A History of Celibacy.

De la estigmatización de la mujer al celibato obligatorio sólo había un paso, aunque la Iglesia tardó siglos en instituirlo con éxito. En 1074, Gregorio VII llamó al laicado a que no aceptara sacramentos de curas casados; el Segundo Concilio Luterano, de 1139, prohibió toda ordenación de casados, pero la regla quedó firmemente establecida hasta el Concilio de Trento (1545-1563). El celibato apareció como un estado más perfecto que el matrimonio. El ejercicio de la sexualidad contaminaba al hombre, y por eso hasta hoy los laicos no pueden tomar la comunión con las manos. La brecha entre un clero sagrado y un laicado impuro quedó abierta hasta el día de hoy.

“De eso no se puede hablar”
—Yo creí que sí la íbamos a ver, pero la ordenación de mujeres todavía va a tardar un poquito —me dice el sacerdote Gonzalo Ituarte, provincial de los dominicos en México.
—¿Estaría de acuerdo? —le pregunto.
—Sí. Tanto el celibato eclesiástico como la no ordenación de mujeres tienen su origen en una coyuntura histórica, pero el mundo ya ha cambiado a tal grado que no podemos seguir con esa lógica.

“El celibato, con el tiempo, va a ser opcional como en la Iglesia ortodoxa. Sólo los obispos tienen que ser célibes. Yo creo que ése va a ser el futuro y será muy sano. El celibato evidentemente es posible, es saludable y es santo, pero no debe ser universal para todos los clérigos. El papel de la mujer cambiará una vez trascendida la interpretación inmediatista de Adán y Eva y una vez descubierto con mayor profundidad el papel que Jesús da a la mujer, porque Jesús tuvo discípulas, y eso fue un giro revolucionario. Esta nueva forma de entender la Escritura, junto con la relativización de aspectos culturales de una sociedad patriarcal que se reflejan en la Biblia, va a llevar a una nueva comprensión y a entender que una parte de la identidad sexual, de género, no puede ser determinante para el ejercicio del ministerio.

Camilo Maccise fue superior general de los Carmelitas Descalzos en el mundo y antes fue uno de los teólogos más respetados de la Teología de la Liberación en América Latina. Me dice al respecto: “Bíblica y teológicamente no hay nada en contra de la ordenación de mujeres. Pero son dos mil años de tradición. Si en este momento se hiciera, habría otro cisma, un grupo que no lo aceptaría, como con los anglicanos. Todo a su tiempo”.

—¿Y qué dice del argumento de que Jesús escogió sólo doce apóstoles varones?
—Y también doce apóstoles judíos, y entonces todos tendrían que ser judíos. Ese argumento no tiene valor. Cristo se encarnó en el sexo masculino porque hay que encarnarse en un sexo limitado. El sexo es una manera limitada de existir, pero la imagen de Dios está en lo masculino y lo femenino, por eso Dios es padre y es madre. Cristo sí se encarnó en el sexo masculino, pero resucitado asumió lo masculino y lo femenino: ya no hay hombre o mujer, esclavo o libre, sino la nueva criatura.

“El celibato tendrá que ser opcional. La solución no es que los sacerdotes se puedan casar, sino ordenar personas casadas, que ya tengan una cierta estabilidad, porque con la inestabilidad de hoy, si fracasa el matrimonio del sacerdote, pierde autoridad. Entiendo que las cosas tienen que ir madurando. Poco a poco se irán abriendo camino.

Aun cuando sacerdotes reformistas como Ituarte y Maccise defienden abiertamente la renovación de los ministerios, ningún obispo se atreve a cuestionar la doctrina oficial. En junio de 2011 le pregunté al obispo de Saltillo, Raúl Vera López, quizás el prelado más progresista de México, cuál era su posición respecto a ambos temas. Huyó de la pregunta como de la peste: “Ni siquiera dan permiso de discutirlo”. Me recordó el caso del obispo australiano William Morris, de Toowoomba, que fue despedido en mayo de 2011 de manera fulminante por Benedicto XVI por pedir, en una carta pastoral, que se discutieran ambos temas.

—¿Cómo?, ¿ni un hombre tan libre como usted? —le pregunté a Vera López.
—Pero no lo dejan discutir. No dan permiso. Es una cosa muy delicada. Hay un obispo australiano que se atrevió a expresar su opinión en una carta pastoral y fue removido. Celibato y sacerdocio de mujeres: de eso no se puede hablar.

El sociólogo estadounidense Richard A. Schoenherr postuló que en la batalla contra el celibato sacerdotal está en juego algo más que el futuro de la Iglesia católica. En Adiós, padre. El sacerdocio masculino célibe y el futuro de la Iglesia católica (2002) expuso que la exclusividad del clero masculino célibe en la Iglesia católica romana es el baluarte simbólico y la última línea de defensa del patriarcado en la civilización occidental: a los hombres se les permite representar a Cristo, mientras que se excluye a las mujeres por considerarlas impuras. Cuando las mujeres sean admitidas de pleno derecho al ministerio sacerdotal, afirma, el patriarcado se quedará sin su principal soporte simbólico.

La escasez de sacerdotes, dice Schoenherr, actuará como el catalizador del cambio. La escasez de sacerdotes alcanza hoy un nivel crítico, y la declinación en el número de curas muestra una tendencia irreversible (hablaba con conocimiento de causa, porque había hecho, en 1993, el estudio demográfico más completo en la historia del clero estadounidense). De acuerdo con el sociólogo, el sector conservador de la Iglesia terminará por aceptar, en las próximas décadas, la ordenación de casados. Eso permitirá que los feligreses se acostumbren a la presencia de mujeres y de niños en los espacios sagrados —como esposas e hijos de los curas—, lo que abrirá la puerta a la ordenación de mujeres.

El Santo Padre contra las mujeres presbíteras
En la misa crismal del Jueves Santo de 2012, el 5 de abril pasado, el papa Benedicto XVI dio el más reciente portazo a la ordenación sacerdotal de mujeres. Dijo: “La Iglesia no ha recibido del Señor ninguna autoridad para [modificar] esto”.

Benedicto les respondía, sin nombrarlos, a los sacerdotes austriacos que se han aglutinado en la Iniciativa Pfarrer (“pastor”, en lengua alemana), alrededor de 10% del clero austriaco, quienes lanzaron un “llamado urgente a la desobediencia” de siete puntos, en el que sintetizan la crisis por la que atraviesa la Iglesia católica debido a la escasez de ministros ordenados. En ese documento, fechado el 19 de junio de 2011, Pfarrer advierte que aprovechará toda oportunidad para exigir públicamente la ordenación sacerdotal de mujeres y hombres casados.

Además de esa desobediencia, advierten que permitirán que los laicos y las mujeres prediquen en las misas (hasta hoy, una facultad exclusiva de los sacerdotes); se negarán a ser simples “celebradores itinerantes” que anden corriendo de capilla en capilla; rechazarán la fusión de parroquias —otra medida común en tiempos de escasez de padres—, y a la Liturgia de la Palabra presidida por un laico la llamarán “eucaristía sin sacerdote”, para que mantenga su dignidad como celebración dominical. Añaden que no discriminarán a los divorciados que se han vuelto a casar, a las parejas de homosexuales ni a los curas cuyo celibato ha fracasado.

En su réplica del 5 de abril pasado, el papa Benedicto XVI defendió la obediencia como el valor supremo del religioso consagrado en su seguimiento a Cristo. Al “llamado urgente a la desobediencia”, el papa respondió: “¿La desobediencia es verdaderamente un camino?, ¿se puede ver en esto algo de la configuración con Cristo, que es el presupuesto de toda renovación, o no es más bien sólo un afán desesperado de hacer algo, de transformar la Iglesia según nuestros deseos y nuestras ideas?”.

Sin embargo, el solo hecho de que Benedicto dedicara la misa crismal a responder a Pfarrer reveló cuán en serio los toma. Benedicto XVI cerró la puerta a la ordenación de mujeres, pero no a la ordenación de hombres casados.

Una sacerdote en Oaxaca
Saraí Bautista cursa las carreras de Antropología y Sociología en la ciudad de México. Desde la primaria hasta el bachillerato estudió en colegios de sacerdotes jesuitas en su natal Puebla, una de las ciudades de mayor tradición católica del país. Por medio del Servicio Jesuita de Jóvenes Voluntarios llegó como voluntaria a la parroquia de San Francisco Ixhuatán, en el Istmo de Tehuantepec, estado de Oaxaca, al sur de México. Saraí, entonces de dieciocho años, vivió allí entre el 15 de julio de 2008 y el 4 de junio de 2009, acompañada de otras dos voluntarias también enviadas por los jesuitas. La audacia del párroco, Lino Tenorio Cayetano, le permitió a Saraí vivir una experiencia única: fue en los hechos una sacerdote católica que sustituyó casi por completo al sacerdote, salvo para la confesión y la consagración de la eucaristía. Aquí su relato:

“El padre Lino se encargaba de veinticinco comunidades y quería que hiciéramos presencia en ellas, porque era una parroquia en ruinas tras la pérdida de la Comunidades Eclesiales de Base, que se desintegraron cuando los caciques corrieron al anterior sacerdote, un jesuita de la Teología de la Liberación. Para mí fue una Iglesia superdiferente a la que estaba habituada. Soy de Puebla, que es muy mocha. Cuando llegué y vi la misa del padre, pensé que era antilitúrgica. Llegué y me dijo que tenía una misa de muertos. En el camino me preguntó: ¿conoces tal lectura de la Biblia?

“En la misa, el padre dijo: acaban de llegar unas voluntarias. Hay una que es de Puebla, se llama Saraí y ella les va a dar la homilía. Me hizo pasar y me dio el micrófono. Era una carta de San Pablo: ‘La noche está muy avanzada y ya se acerca el día. Dejemos a un lado las obras de la oscuridad y pongámonos la armadura de la luz’ (Romanos 13:12). Yo prácticamente nunca había salido de mi casa y ese día me tocó dar una homilía.

“El padre se la agarró de que me llevaba a todas las misas de los domingos a que yo diera la homilía. Entonces una noche antes yo le decía: si quieres que mañana yo dé el sermón, pásame las lecturas para que lo prepare. Había misa en Pueblo Nuevo, luego en Ixhuatán y luego en Reforma, que son los pueblos más grandes. Yo siempre daba la homilía de Pueblo Nuevo, nos rifábamos la de Ixhuatán y la de Reforma la daba él.

“El 28 de octubre, día de San Judas Tadeo, la agenda se le llenó rapidísimo. Llegaron de Huanacastal a pedirle que les celebrara su misa, pero el padre respondió que no podría acudir. Las señoras le propusieron: ¿por qué no le dice a una de las muchachas que vaya? Lino nos dijo a Daniela y a mí que si íbamos a hacer la celebración.

“—¿Saben hacer celebraciones? —nos preguntó el padre Lino.
“—No.
“—Pues por ahí tengo un manual, lo buscan y la hacen. Y se llevan la comunión.
“Improvisamos unos cantos y eso nos salió mal. Leí la única lectura de San Judas en la Biblia, que no dice mucho de lo que le atribuyen en la vida real. Hicimos todo menos la consagración. Para las celebraciones me vestía normal. En el Istmo y en la costa hace muchísimo calor y siempre andábamos con falda o playeras de tirantes. Sólo para la fiesta del pueblo nos vestimos de tehuanas.

“En Semana Santa nos dividimos por pueblos. A mí me tocó el poblado de Carlos Ramos. Había que hacer celebración en la mañana y en la tarde. Eso fue un invento del padre Lino, porque las otras chicas que habían ido de voluntarias nunca habían hecho celebraciones, pero se le ocurrió que era una buena idea”.

—¿Consagraste la eucaristía? —le pregunto.
—No, para nada. He dado la comunión, pero consagrar, no.

“Al principio sentía que no estaba tan bien lo que estaba haciendo… pero después te das cuenta de que en realidad a la gente no le importa o aprenden a que no les importe si eres hombre o mujer, grande o chico. Y de que tampoco se necesita que el sacerdote esté en todos lados, porque la misma gente da testimonio de la palabra de Dios.

“Creo que me faltaba algo de preparación. Pero fuera de las cosas que nos daban risa, de que se nos salía alguna tontería y nos reíamos con la gente, no se lo tomaban a pecho, sí estoy muy satisfecha con el trabajo que hice. A lo mejor no logré un gran cambio, no se puede lograr mucho en un año, pero fue algo muy grande para mí, y ahora que he regresado, el hecho de que algunas personas me lo agradezcan es muy satisfactorio”.

—¿A las mujeres se les debería permitir ser sacerdotes? —la cuestiono.
—Sí. No hay razón para que no lo sean. Cuando Jesús resucitó, fue a las mujeres a las primeras que mandó a anunciarlo. Una vez le dije bromeando a mi mamá que si las mujeres pudieran ser jesuitas yo sería jesuita. No estoy ahora tan involucrada en la Iglesia, pero no significa que lo haya descartado de mi vida. Me gusta mucho, y cuando puedo apoyo al padre Lino.

“Ahí veo el futuro”
La luz de los cirios ilumina los pasillos de la Catedral de Aarhus, al norte de Dinamarca, la noche del 6 de abril para la misa de Fuego Nuevo. Aprovecho mi estancia en esta ciudad, por motivos académicos, para acudir al servicio nocturno de Viernes Santo de la sacerdote Sabine Bech-Hansen, vicaria de la catedral. Alternando con su predicación, las cantantes Anna Maria Wierød y Estrid Molt Ipsen entonan Lecciones de tinieblas, del compositor francés del barroco François Couperin. Sabine combina versículos de la Epístola a los Gálatas de San Pablo con citas de la filósofa Hannah Arendt. Son las once de la noche y, a pesar de que ha sido un día largo para Sabine, que celebró ya dos misas este mismo día, no refleja cansancio, y al término de la misa todavía se toma unos minutos para conversar con sus feligreses.

De los tres sacerdotes de esta catedral, dos son mujeres. Sabine además ha sido capellán del pabellón de sida en el hospital de la ciudad y es coautora de libros de catecismo. De su reputación como predicadora da cuenta el hecho de que los reyes de Dinamarca han acudido a sus misas de Navidad en esta catedral. En la Iglesia luterana, a la que pertenece la Iglesia del Pueblo Danés, como se le llama oficialmente, nadie se sorprende de ver mujeres sacerdotes. Actualmente la mitad de su clero es femenino, y dos terceras partes de los estudiantes de Teología son mujeres.

La Iglesia de Dinamarca se separó del tronco católico en 1536. Aquí los argumentos del papa Benedicto XVI, de que Dios no les ha autorizado a ordenar mujeres sacerdotes, no tienen mayor eco. La primera mujer sacerdote se ordenó en 1948. Al ver predicar a Sabine frente a unos cien feligreses, hombres y mujeres, completamente acostumbrados a la presencia de mujeres en el altar, recuerdo las palabras del sacerdote mexicano Gonzalo Ituarte, quien me contó su propia experiencia de atestiguar, en Estocolmo, Suecia —otra rama del luteranismo—, a una mujer sacerdote celebrando la misa:

“Estaba presidiendo una mujer la eucaristía. Era en inglés que, gracias a Dios, yo hablo, y fue una experiencia muy rica, muy interesante, ser testigo de una mujer celebrando una eucaristía en nombre de Cristo, diciendo las palabras de la consagración. Estaba muy entusiasmado porque ahí veo el futuro”. \\

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