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Las vidas de Edgar Ramírez

Conversación con el venezolano Edgar Ramírez, uno de los actores latinos más cotizados del momento. Pronto protagonizará American Crime Story.

Por Alejandro Maciel / Fotografía Molly Matalon*

Son casi las 11 de la mañana en el centro de Los Ángeles. Es domingo, un día en que, particularmente, la ciudad apenas respira. Pero la misma tranquilidad no acompaña a Edgar Ramírez. Sentado en una silla frente al espejo, no puede dejar de mirar la pantalla de su teléfono. La cara rígida, las cejas pegada una con otra. De tanto en tanto bromea con su maquillista de cabecera, pero regresa de inmediato a la luz líquida de la pantalla. Ha llegado más de 40 minutos tarde de lo acordado. Más adelante me contará que su retraso, y por ende su inquietud, se debe a que esta mañana hubo un ataque terrorista en el Fuerte de Paramacay, en Venezuela, su país natal. Todos los días sucede algo distinto en este conflicto civil, en medio de protestas contra el chavismo y la militarización de las calles. Edgar se mantiene todo el tiempo en contacto con su familia. Para saber si los suyos están a salvo. Para saber si están vivos.

Hace un año que cambió su residencia a Los Ángeles, aunque alterna su estadía con la ciudad de Panamá. Sin embargo, viaja de forma frecuente a Venezuela. Su angustia no es para menos: las cifras oficiales reportan más de 120 muertos en los últimos tres meses del actual conflicto, aunque los fallecidos se cuentan a miles en las últimas dos décadas. Entre ellos, Edgar ha perdido a tres amigos cercanos, y sus amigos, a su vez, han perdido a sus padres, familiares y a otros amigos.

No vinimos a hablar sólo de política, se disculpa Edgar: “Me pongo muy intenso”, sonríe. Las ocho personas que le aguardábamos en el salón del hotel esperábamos ver entrar al Edgar Ramírez del cine, de quijada prominente y cuadrada, y de cuerpo robusto, labrado a golpes de entrenamiento. En cambio, aparece un Edgar Ramírez con algunos kilos encima. Parece una persona diferente, pero tenía que serlo: se encuentra en medio del ajetreo de las grabaciones de American Crime Story, en cuya segunda temporada interpretará el papel de Gianni Versace, el diseñador italiano. “Pasta, mucha pasta, y nada de ejercicio”, revela, como un secreto, a mitad de una sonrisa discreta. Más allá de lo físico, la adaptabilidad de su cuerpo es una alegoría de su capacidad para adecuarse a un nuevo proyecto, sin moldes.

Le gusta la moda, y más que la moda, el estilo. Tan es así que, desde hace tiempo, tiene una estrecha relación con la relojera suiza Vacheron Constantin. Para la sesión de fotos, es muy meticuloso en seleccionar aquello que le agrada y no le preocupa hacer a un lado aquello que no va con su personalidad.

Hace ya un año, en septiembre de 2016, recibió una llamada de Ryan Murphy, uno de los productores de cine y televisión más prolíficos de los últimos tiempos, premiado por las series Nip/Tuck, Glee y American Horror Story. Edgar Ramírez, dice, llevaba tiempo intentando unirse a uno de sus proyectos, pero no fue hasta ahora cuando recibió la invitación de protagonizar la segunda entrega de American Crime Story, la más reciente apuesta de Murphy.

Muy al estilo de este productor, American Crime Story presenta temporadas de antología, es decir, que cada una funciona con una historia independiente de las otras. La primera entrega, sobre el caso del exjugador de futbol americano, O. J. Simpson, condenado por el asesinato de su exesposa y el amante de ésta, fue bien recibida por la crítica. La segunda entrega, que se estrenará en 2018, girará en torno al asesinato del fundador del emporio Versace, el 15 de julio de 1997, en la puerta de su mansión en Miami. Más que una serie biográfica, será un drama para poner en contexto uno de los crímenes más polémicos de los últimos años.

Entre las grabaciones en Los Ángeles y Miami, han sido meses de trabajo extenuante para Edgar Ramírez. A ratos, parece perderse en sus pensamientos. “Perdón si ya no doy una, pero es que de verdad que estoy muerto, entre viajes y rodajes…”, dice, más que cansado, con cierto tono de hartazgo; sin bostezos, sólo con muchas pausas. “Y mañana hay que pararse temprano de nuevo para grabar. Seguimos en esto, sí, por supuesto, de hecho, la serie se sigue escribiendo, esto no se ha acabado”.

Pero parece reanimarse cuando se le pregunta de la serie, de qué se siente trabajar al lado del cantante Ricky Martin, quien interpretará a Antonio D’Amico, expareja de Gianni Versace, y con Penélope Cruz, quien encarna a Donatella Versace, hermana del diseñador y actual vicepresidenta de la marca. “Penélope es genial, simplemente genial”, dice, y agrega que, junto con ella, también hará una película el próximo año, sin revelar más detalles.

El asesino, Andrew Cunanan, será interpretado por el joven Darren Criss, quien ya ha trabajado con Murphy desde la serie Glee. Ya que una de las características del trabajo del director es rodearse de un equipo que suele repetir en varios de sus proyectos. “Ryan tiene el don de trabajar con gente maravillosa que entiende muy bien lo que él quiere. Es muy abierto y muy sensible a las ideas que uno trae a la mesa. Pero, como todo buen director y como buen creador, no puede escapar a sus obsesiones. Es muy específico, sabe muy bien lo que quiere, confía mucho en su instinto, pero empodera a la gente”, dice Ramírez.

Más allá de la caracterización —en su cuenta de Instagram ha compartido fotos del proceso de maquillaje—, para ponerse en la piel de Gianni Versace, Edgar Ramírez realizó una investigación muy extensa sobre el diseñador de modas. Vio películas, leyó libros y entrevistó a gente cercana a él: todo cuanto estuviera a su alcance para comprender cómo funcionaba la mente de uno de los grandes diseñadores de nuestro tiempo.

“Fue un hombre pionero en combinar lujo, sexualidad y celebridad con moda, eso no se había hecho. Antes, el lujo y el glamour iban por un camino y el sexo y la sensualidad iban por otro, y él logró combinar esos mundos de una manera tan exclusiva como lo hizo”.

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Edgar Ramírez nació el 25 de marzo de 1977 en San Cristóbal, una ciudad brumosa del estado de Táchira, ubicada al suroeste de Venezuela, muy cerca de las montañas de Los Andes. Su padre era diplomático, por lo que pasó buena parte de su infancia entre aeropuertos y nuevas ciudades. Vivió en Austria, en Canadá y en Francia, entre otros países, y así fue como aprendió alemán —su segunda lengua—, inglés, italiano y francés. Pero también descubrió una de sus más grandes obsesiones: recorrer el mundo.

Más adelante, estudió Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello, en Caracas. Ejerció, durante un tiempo, el periodismo. Recuerda cómo acudía con los políticos, grabadora en mano, para preguntarles lo que él sentía que faltaba preguntar en la prensa nacional: “¿De verdad usted cree que con este salario los venezolanos pueden vivir bien? ¿Nos puede traducir toda esa demagogia al lenguaje de la vida real de los ciudadanos?”. Quizás por eso, durante la entrevista, Edgar entiende a la perfección cómo dar una respuesta, cómo actuar frente a la cámara, cómo posar; se muestra preocupado por los encuadres, del tono de voz con el que debe hablar cuando grabamos una parte de la entrevista en video, y entonces entra en su papel. Es un hombre que sabe dar de sí, pero también, y sobre todo eso, que sabe dirigirse.

En algún momento se planteó seguir los pasos de su padre y echar a andar su futuro como diplomático. En 1998 protagonizó una campaña de la Fundación Dale al Voto, que buscaba fomentar los valores democráticos en la juventud. Pero tenía 24 años y las circunstancias lo fueron acercando a los reflectores. Aunque ya había actuado en algunos cortometrajes estudiantiles, fue en 2002 cuando realizó su primer papel trascendente: el cacique Chacón, en la telenovela Cosita rica, producida por el canal Venevisión. La producción, que fue bien acogida entre los televidentes, tuvo 270 capítulos en 2003 y 2004. Después protagonizó dos cintas: Yotama se va volando (2003) y Punto y raya (2004), que el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía de Venezuela intentó, sin éxito, nominar a los premios Oscar de ese año.

Punto y raya también quedó en el shortlist para las nominaciones de Mejor Película en Lengua Extranjera de los Globos de Oro. Durante la promoción de la cinta, Ramírez viajó a Los Ángeles por primera vez, y acudió a varios castings. Denise Chamian, en ese entonces directora de casting del cineasta Tony Scott, vio Punto y raya y le gustó su actuación. “Me llamó para un casting, lo hice, y antes de regresarme me hicieron un callback; hice el siguiente casting, regresé a Venezuela y dos semanas después me llamó Tony Scott para decirme que me quedaba con el papel”, cuenta.

Ese primer proyecto internacional fue Domino, inspirada en la vida de la cazarrecompensas londinense Domino Harvey, interpretada en la cinta por Keira Knightley. Pero ser un actor de Hollywood no fue su principal aspiración, y lo ha dejado en claro, con tono tajante: “Acuérdate de que no soy un actor de formación, me convertí en actor ya de adulto. Pensar que Hollywood tenía que ser mi meta, era colocarme un edificio de ocho pisos sobre los hombros: la pura expectativa me podía matar. Mi meta era hacer cine donde fuera posible. Obvio Hollywood era uno de esos tantos lugares donde quería trabajar, pero de allí a decir que era mi primera meta, no. Como dice Guillermo Arriaga, mi mentor actoral: ‘Uno es el poeta que puede, no el poeta que quiere’”.

Sus frases, sus gestos, la reiteración de sus propias respuestas. Todo en Edgar deja claro que no importa si es actor, periodista o diplomático: él hace lo que quiere. Sus intereses y obsesiones rebasan cualquier profesión o proyecto en el que se enfoque. “La misma razón por la que soy actor es la misma por la que hubiese sido antropólogo o sociólogo: por un profundo humanismo. La cosa humana me obsesiona. La actuación es la forma más poética que he encontrado de comprender la naturaleza humana”.

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Apenas cinco días antes de la entrevista, Edgar Ramírez viajó a la Ciudad de México a un evento organizado por Netflix, “Vive Netflix: de Hollywood para América Latina”. Es curioso, le digo, que hayamos tenido que viajar hasta Los Ángeles para platicar cuando pudimos habernos visto en la capital mexicana. Edgar se ríe y alza los hombros. “Bueno, te voy a dar el nombre de la mejor heladería de aquí, sólo por ello vale la pena el viaje, y lo digo en serio: si no vas, no me vuelvas a hablar”, y entonces suelta el nombre de Salt & Straw, una heladería tan de moda que hay que hacer una fila de más de media hora. También da el nombre de centros comerciales y de restaurantes, como Sugarfish y Bestia, según él, de lo más nuevo y de lo mejor. Sus palabras, recias, son un mandato, y a un hombre con la voz de relámpago no se le discute.

En el evento de la Ciudad de México, la empresa de streaming presentó sus más recientes proyectos en una de las regiones más importantes para la compañía. Edgar Ramírez estuvo al lado de la actriz sueca Noomi Rapace —reconocida por su papel de Lisbeth Salander en la trilogía Millennium—, con quien actúa en el largometraje Bright, a estrenarse el 22 de diciembre. Se trata de la apuesta más grande de Netflix en su división de películas, ya que es la primera vez que la empresa californiana producirá una película de dimensiones blockbuster, y no en coproducción, como había sucedido hasta ahora.

La película tendrá elementos fantásticos mezclados con la realidad social, muy acorde con la visión de su director, David Ayer, quien creció al sur de Los Ángeles, la zona dura de la ciudad, con mucha presión social y racial. En Bright convive ese universo humano con el de criaturas mágicas, como los orcos, los elfos, los lagartos y los humanos. Edgar interpretará a un elfo, perteneciente a la clase dominante dentro del ecosistema fantástico de la película. Además de Noomi Rapace, Edgar compartirá elenco con Will Smith y Joel Edgerton.

Es la primera vez que Ramírez participa en una cinta producida para una plataforma streaming. Desde el punto de vista actoral, asegura, no hay mayor diferencia; lo que es interesante es el alcance tan inmediato que tendrá para millones de personas en el mundo. “Se sentía como si estuviéramos haciendo una película independiente, con la libertad creativa de una cinta de este tipo, pero con todos los recursos y el presupuesto de una gran producción”.

En el fondo, lo que más le gusta a Ramírez es ser partícipe de un cambio en la forma de hacer y ver cine. Le emociona, y lo dice, ser testigo de los grandes cambios en una industria por la que siente admiración, pasión y respeto.

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La agenda de Edgar Ramírez, nada raro, es ajustada. Su manager dice que es preferible iniciar con lo más urgente, por si el actor tuviera que irse. Así que hemos comenzado con una extensa sesión de fotos. “Que comience lo divertido”, dice Edgar con más seriedad que entusiasmo. Para concentrarse, y para romper el silencio del salón, conecta su teléfono a una bocina. Controla el ambiente en todo momento y pide que quiten la música ambiental del salón de billar donde se realiza parte de la sesión. Su gusto musical es versátil, pero sigue un mismo tono donde predominan las cuerdas: Björk, Arca —un joven venezolano al que admira, y que también ha trabajado con Björk— y mucho Depeche Mode, la primera banda que vio en concierto en su vida. En un momento, el aire ceremonioso se rompe con rap indescifrable de cuyas letras sólo retumban palabras como pussy. Edgar se ríe a carcajadas moviendo las manos al estilo thug life.

El mismo dinamismo y la versatilidad de su música los ha tenido en su carrera actoral. En un mismo año, puede hacer cine en Estados Unidos, en Europa o en América Latina, o realizar una cinta dramática o un thriller. Incluso ha cantado en pantalla, en la cinta Joy. No lo asusta que lo encasillen. Lo asusta el aburrimiento. “Soy muy curioso y no me gusta sentirme atrapado en un sistema”, dice más adelante, ya sin el outfit y sin la música de matón. “Siempre tuve claro que quería ser un actor global, poder trabajar en distintas cinematografías y en distintos géneros, pasar de una experiencia a otra”.

Más que los géneros, Edgar aplica otros criterios al momento de elegir los proyectos en los que trabajará. El más importante: el director. También el elenco y la conexión emocional que sienta con ellos, pero de igual modo con el proyecto mismo. No es del tipo espiritual, pero sí insiste en la vibra que las cosas le transmiten. Le interesa, sobre todo, entrar a universos diferentes todo el tiempo.

Y no miente. Si de algo puede presumir Edgar Ramírez es de tener en su filmografía un catálogo de proyectos tan distintos como interesantes. En Zero Dark Thirty estuvo bajo la dirección de la ganadora del Oscar, Kathryn Bigelow, que se dio a conocer con la obra maestra The Hurt Locker. Con el multipremiado cineasta David O. Russell realizó Joy, donde interpretó al esposo holgazán de Jennifer Lawrence. En esta cinta también actuó junto a Robert De Niro, con quien también trabajó en Manos de piedra, la película sobre la vida del boxeador panameño Roberto “Manos de piedra” Durán. La cinta obtuvo buenas críticas y concursó en la Selección Oficial del Festival de Cannes de 2016. Pero también actuó como sacerdote en la cinta Deliver Us from Evil, de Scott Derrickson, que también ha dirigido películas como Dr. Strange y El exorcismo de Emily Rose.

Uno de los momentos cumbres de su carrera fue protagonizar Carlos, dirigida en 2010 por el francés Olivier Assayas, donde encarna al terrorista venezolano Carlos “El Chacal”, quien actualmente cumple cadena perpetua. La cinta, equiparada a El padrino y Lawrence de Arabia, fue un experimento en el cual lo mismo se transmitía como película que como miniserie de televisión, según las oportunidades que iba encontrando en los distintos canales de distribución y exhibición. Carlos fue, sin duda, el punto de partida para una nueva etapa en su vida profesional. Su actuación le valió una nominación a Mejor Actor en los Globos de Oro, una en los SAG del Sindicato de Actores de Estados Unidos, otra nominación al Lumière de la Crítica Internacional en Francia y una más por el Círculo de Críticos de Londres en la categoría de Mejor Actor en Miniserie/Película para televisión, en 2011. En los Premios César 2011, recibió la presea al Mejor Actor Más Prometedor. Su interpretación también le valió ser nominado como Mejor Actor en la 63 entrega de los premios Emmy a lo mejor de la televisión.

Y aunque ha obtenido varios protagónicos en su carrera, Ramírez también intercala con papeles secundarios y antagónicos. En The Bourne Ultimatum (2007), la penúltima entrega de la saga de Jason Bourne, dirigida por Paul Greengrass y protagonizada por Matt Damon, interpreta a Paz, el villano de la historia, un papel que, se dice, declinó el mexicano Gael García Bernal. También actuó en Che, de Steven Soderbergh, en el papel de Ciro Redondo García. En 2016, interpretó al médico Kamal Abdic en La chica del tren, una adaptación del bestseller de Paula Hawkins.

Cuando se le pregunta qué necesita un actor para tener esa flexibilidad, su respuesta es breve: curiosidad. E interés en hacerlo, sin más. Hay en Edgar Ramírez un tono de presteza al hablar, como si lo que va a decir a continuación fuera evidente o como si las cosas así estuvieran dadas. Pero no por ello hay arrogancia en sus palabras. Con su equipo se muestra respetuoso y agradecido. La misma facilidad con la que puede ponerse en los zapatos de uno de sus personajes es la misma empatía que lo ha llevado a ser un hombre muy sensible y humano con su entorno.

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Como una salamandra, Edgar Ramírez puede adquirir el aspecto cruel de un terrorista o tener la liviandad deun hombre enamorado. A inicios de 2011, el diario The New York Times publicó una lista con los nombres de actores que, según tres críticos de cine, deberían estar nominados al Oscar ese año. Por su actuación en Carlos, el nombre de Edgar Ramírez figuraba al lado del de James Franco, Michael Douglas, Robert Duvall y Jesse Eisenberg. A esas alturas, el venezolano ya era una estampa de alto valor en la industria cinematográfica.

Se cree que los actores latinos tienen que cumplir con las exigencias físicas y de acento que impone la industria en Hollywood para poder obtener un papel. En 2016, la colombiana Sofía Vergara desmintió que exagerara su acento o que tiñera su cabello para parecer más latina. Dijo, eso sí, que su apariencia había sido un factor decisivo en el éxito de su carrera. Lo mismo le ha sucedido a Edgar Ramírez, un latino ejemplar, con su acento aspirado de venezolano, espaldas anchas, la piel soleada y una barba frondosa que le lame la cara de derecha a izquierda.

“Para mí, ser latino y ser venezolano ha sido una ventaja comparativa, es lo que me ha diferenciado de otros actores. No me gusta jugar a ser víctima, y si ha habido intentos de estereotiparme o de colocarme en una caja específica, no me he dado cuenta porque mi mente no está en eso”, dice. Para él los estereotipos no tienen nada que ver con el origen étnico de los actores, sino con la planicie y falta de ingenio al momento de crear un personaje. “En Zero Dark Thirty mi personaje era americano e hice acento americano, y alguien me preguntó si ya la había logrado porque estaba haciendo de americano. Y le dije: No, me siento satisfecho porque hice un personaje que me parece interesante, con una directora poca madre, con un casting maravilloso y una peli que resultó ser increíble”.

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Cuando Gabriel García Márquez publicó, en 1989, El general en su laberinto, una novela sobre los últimos días de Simón Bolívar, se vio otra cara del mito bolivariano. La novela mostraba a un Bolívar viejo, enfermo, casi patético, lo cual, naturalmente, desató la rabia de algunos de los líderes políticos casados con el mito. Y fue natural, entonces, que cuando Ramírez se puso el uniforme de Bolívar para la película Libertador, en 2013, estuviera más expuesto a la crítica que en sus otros papeles.

Libertador, dirigida por el venezolano Alberto Arvelo, fue coproducida con España y tuvo un costo de 50 millones de dólares, lo que la convierte, hasta ahora, en la cinta latinoamericana más costosa. Y también una de las más ambiciosas del cine. El mismo Ramírez sintió un reto especial al encarnar al personaje mientras intentaba dejar de lado los mitos que lo envuelven.

“Fue un reto especial por el gran peso histórico que tiene Bolívar, por la enorme manipulación que se ha hecho del mito de Bolívar, tanto por la izquierda como por la derecha”, dice el actor. “Fue interesante y retador en ese sentido: cómo hacer una película que se centrara en el personaje y que quedara en la naturaleza humana del personaje sin que fuera tendencioso. Ése fue el reto. Es una de las muchas películas que se pueden hacer sobre Bolívar, nunca intentamos que fuera la película definitiva”.

Algunas críticas tildaron a la cinta de “mala propaganda al estilo Hollywood”. En 2014, durante su presentación, el actor dijo que Hugo Chávez, el exmandatario venezolano, estuvo obsesionado con el mito de Bolívar. La declaración hizo eco en el actual presidente, Nicolás Maduro, quien le dedicó unos minutos de su programa de televisión para revirar su declaración. No obstante, Venezuela postuló a Libertador para representar al país en las nominaciones del Oscar, aunque no quedó en la terna final.

La clara postura de Ramírez frente al acontecer político de su país le ha valido el desprecio de algunos sectores de la comunidad venezolana. Incluso lo han llamado “marioneta manejada desde el exterior”. Harto de las sospechas, en 2016 publicó una imagen en su cuenta de Instagram en la que aparecía al lado del rapero venezolano B.U.D.U., y decía: “Mis redes sociales las manejo yo. Quien publica, edita y responde soy yo, Edgar Ramírez. Soy responsable de cada palabra que escribo, hoy y por siempre. En este foro hay espacio para la pluralidad de opiniones, para el debate, para el intercambio… pero no para el odio, ni el insulto ni la descalificación”.

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A sus 40 años, Ramírez es un hombre de su tiempo. Le gusta vivir en su realidad y no en la nostalgia del pasado, a pesar de que uno de sus intereses es la historia y los personajes que la pueblan. Le gusta renovarse con cada proyecto, cambiar de cara, dar a las cámaras una nueva versión de sí. Pero, como artista sensible que es, tampoco puede escapar a los fantasmas que lo persiguen. Una de sus obsesiones es lo vasto y complejo de la naturaleza humana. La actuación, dice, le permite ponerse en los zapatos del otro y, de esta forma, sortear su más grande miedo: la muerte. “No la entiendo. Es natural pero le tengo miedo. Y es algo que me gusta de mi profesión: he tenido oportunidad de vivir muchas vidas a través de mis personajes. Me he acercado al mundo desde la forma de ver de otras personas. Es como un estudio antropológico comprimido. Actúo muchas vidas porque le tengo miedo a morir”.

Las venas que se hinchan en su frente dan cuenta de su euforia al hablar de su país. Cuando intenta pasar página al tema, volver a la moda, a las cámaras, a Versace, a Netflix, él mismo se interrumpe y regresa a la urgencia de hacer algo por su país, un barco en llamas y a punto de hundirse. “Disculpa, es que es terrible, es un secuestro, es una dictadura que sucede ante los ojos de América Latina”, y alza la voz, con un evidente enfado que retumba en el pequeño cubículo del lobby del hotel donde nos encontramos.

Baja la voz y hace una pausa que, más que cansancio, pareciera ser el silencio de alguien que ha caído en la cuenta de que los deseos son sólo eso. Es difícil, dice, que pronto se avecine una resolución al conflicto en Venezuela. Pese a las presiones internacionales —como el desconocimiento de los resultados de las elecciones para la asamblea constituyente a finales de julio, de la cual México también emitió su postura—, el actor cree que la moneda sigue en el aire. Los titulares hoy dicen una cosa y los de mañana se contradecirán con los anteriores. Pero no por eso deja de promover acciones ciudadanas contra la indolencia.

“Yo soy un actor, lo que sé hacer es denunciar, ayudar, estar pendiente, brindar esperanza, permanecer atento. Es una situación terrible. Y es un llamado de atención para todo el continente, porque los personajes mesiánicos están a la orden del día. Si pasó en Venezuela, ningún país de América Latina está exento”.

Sus reflexiones lo envuelven en un trance. No deja de negar con la cabeza. “Terrible, terrible”, una frase que no deja de decirse a sí mismo y que revela dónde están sus pensamientos. Los ojos, color miel, indescifrables, apuntan a un lugar que no está aquí, sino en Venezuela, ¿dónde más? Quizás miran a su tierra natal, San Cristóbal, esa ciudad amurallada por montañas en cuyas calles, ahora, en medio del conflicto, se funde la densa niebla con un pálido olivo militar.

*Coordinación de moda Warren Alfie Baker / Maquillaje y peinado Barbara Guillaume / Concepto Luz Arredondo / Dirección de fotografía Diego Berruecos / Agradradecimientos Alexis Nitzberg de Vacheron Constantin / Locación The Standard Downtown Los Ángeles.

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