Archivo Gatopardo

España tiene salida (Mongolia)

Basta con abrir un periódico para quedarse con la impresión de que todo el mundo se está burlando de uno. Los políticos, la iglesia, los medios de comunicación… sobre todo los medios de comunicación parecen creer que uno es ciego, sordo o tonto. Una excepción a esta regla es la revista Mongolia. Ahí, la burla va de vuelta. Para sus editores, todo es un gran chiste que merece ser contado.

Por Sandra Lafuente / Fotografía Cristina Candel

"Nadie se querella para no engordarte. Nadie habla de ti porque están cabreados".

"Nadie se querella para no engordarte. Nadie habla de ti porque están cabreados".

“Nadie se querella para no engordarte. Nadie habla de ti porque están cabreados”.

Fernando Carballo —Rapa, su apodo de adolescencia— anota los nombres en su libreta y deja el último —Mongolia— en reposo. La palabra tiene fuerza gráfica: la imagina en la portada de la revista, sobresaliendo en los quioscos.

Mongolia.

Un país de Asia Central que limita al norte con Rusia y al sur, al este, al oeste con China. Sitiado por pura tierra continental, sin salida al mar. Estepa, desierto, bosque, montañas, lagos: todo eso en un millón y medio de kilómetros cuadrados —tres veces más que España— donde viven casi tres millones de personas, nómadas y seminómadas de ojos rasgados y piel morena. Un tercio de ellos puebla la capital, Ulaanbaatar. En la historia de estas tierras están los hunos, los turcos, los kidan, los tártaros, los chinos, el budismo tibetano, el comunismo soviético y, ahora, la democracia parlamentaria.

Puede que Rapa no conociera todos estos datos la noche de sábado del mes de julio de 2011, mientras jugaba con las palabras en su cuaderno. Pensaba, más bien, en la sonoridad de esas dos oes. Entonces, a la mañana siguiente, Teo, su hijo de seis años, le preguntó:

—Papá, ¿qué es Mongolia?

Rapa jura que Teo no había mirado su libreta, sólo un luminoso globo terráqueo de juguete, cuando le hizo esa pregunta. Lo jura dos años después de aquella noche, una tarde veraniega en la terraza de un bar de Madrid. Los ojos verdes se le agrandan como limones debajo de las cejas casi albinas cuando cuenta que, antes de terminar de responderle al hijo, corrió a buscar su libreta, entusiasmado por la coincidencia. Al día siguiente, registró el nombre como su propiedad intelectual.

En marzo de 2012, Mongolia ya era una revista satírica española de tirada mensual, con formato tabloide, al estilo de los viejos periódicos y de los semanarios emblemáticos de humor, con cuarenta páginas y tinta que mancha los dedos. La portada inaugural tenía un solo titular que la recorría de arriba abajo: “España tiene una salida (Barajas)”, paráfrasis de un grafiti conocido en el país del que viene Rapa: “Argentina tiene una salida (Ezeiza)”.

Han pasado ya dieciséis ediciones y un año y medio. Hay tres libros publicados: El libro rojo (Reservoir Dogs, 2013), que va por su segunda edición y que presenta una reinterpretación satírica de la historia universal, con montajes gráficos y textos cortos; Papel mojado (Debate, 2013), un compendio de los artículos publicados en su sección Perro come perro, y Pasatiempos, una recopilación de una sección de la revista que lleva ese nombre. La revista vende veintiocho mil de los cuarenta mil ejemplares que tira por mes. Las suscripciones van subiendo (ya pasan de las mil seiscientas). Crecen los lectores, sobre todo de entre treinta y sesenta años. Superan los cien mil seguidores en Twitter y tienen más de treinta mil adheridos en Facebook. Puede no parecer demasiado impresionante. Pero todo cambia si se piensa que Mongolia sale en papel cuando unos doscientos medios de comunicación han cerrado en España y más de nueve mil periodistas y trabajadores afines han quedado en la calle.

Mongolia es una hija de la crisis española, del estallido, desde 2008, de esa burbuja sostenida en la construcción. Nació en un país en el que las deudas hipotecarias impagadas producen unos quinientos desalojos diarios y en el que varios se suicidan cuando llega la comisión judicial. Desempleo de 26%, pobreza de 21%, niños que se alimentan en los comedores sociales. Ya no hay prosperidad que disimule la corrupción política ni los manejos indebidos de dinero, que rozan hasta a la hija menor de los reyes, la infanta Cristina. La bonanza duró diez o quince años. España fue el norte entonces y ahora vuelve a ser el sur.

Por eso los fundadores de Mongolia se han inspirado en publicaciones de esos países en los que la crisis es genética, como la revista argentina Barcelona, también satírica, y The Clinic, la revista chilena que mezcla el humor con la información periodística. Pero también hay mucha influencia de la revista francesa Le Canard Enchaîné, que hace lo que The Clinic, y de las publicaciones satíricas de la transición española (de la dictadura franquista a la democracia): La Codorniz (1941-1978), Hermano Lobo (1972-1976), Por favor (1974-1976), El Papus (1973-1987), y El Jueves (1977 hasta hoy), que han sido hitos por su innovación en el uso del absurdo y la crítica social y política en clave de sátira dura, y por nombres como Forges, Gila, Francisco Umbral, Manuel Vázquez Montalbán, Juan Marsé, Fernando Savater y Maruja Torres, quien desde junio escribe también en Mongolia, tras irse de El País.

Mongolia compite con El Jueves, pero sus fundadores —seis: Rapa, Pere Rusiñol, Eduardo Bravo, Darío Adanti, Gonzalo Boye y Eduardo Galán—aseguran que vinieron a llenar un hueco porque con la prosperidad se había acabado el humor político: con las vacas gordas no había necesidad de sátira así.

De hecho, Rapa y Rusiñol trabajaron en el proyecto de Mongolia mientras ejercían como director de arte y adjunto al director del diario Público, y se fueron de allí cuando se produjo el cierre de su versión impresa en febrero de 2012.

Las primeras treinta o treinta y dos páginas de la revista están llenas de titulares y contenidos falsos sobre los hechos que están en la primera línea de las noticias, además de viñetas, columnas, una fotonovela sobre una heroína progre, avisos clasificados que son pura invención, horóscopos delirantes, un diccionario caprichoso, publicidad ficticia a la usanza de los anuncios de los sesenta.

Los titulares son así: “OPERACIÓN SALIDA: ¡ESTALLAN LAS FRONTERAS! Millones de españoles huyen a otros países más prósperos como Burkina Faso o Haití. Sin papeles, ni pasta, muchos van a vender CD’s piratas, DVD’s y casetes viejos”; “¡Se suspende la Semana Santa! Han hallado el cuerpo de Cristo”.

Las últimas ocho páginas están ocupadas por Reality News, un apartado con información seria acerca de la corrupción en el poder político y su vinculación con el financiero. En este apartado hay secciones fijas: una dedicada a otros medios, en la que se detallan las causas del declive de los grandes periódicos españoles (Perro come perro), y otra a la corona (Monarquía Watch), en la que diseccionan a esta institución en crisis. Las páginas cierran con el clásico “Aunque usted no lo crea” de Ripley.

En el nacimiento de Mongolia no hay epopeyas. Es la historia de un grupo de amigos o de amigos de amigos, todos vinculados con la música, el periodismo, el diseño, los cómics, los fanzines o el derecho que se reunían en los bares y una redacción unos, que hablaban de peronismo y lucha armada otros, que se conocieron en un festival de cine aquéllos. Resultó que el trabajo fijo de unos en un periódico se acababa, que las asignaciones freelance de los otros mermaban día a día, y se pusieron de acuerdo para hacer lo que querían hacer y, al mismo tiempo, entendieron que, para hacerlo sin que les llovieran juicios desde todas las esquinas, iban a necesitar, además, un abogado. No hubo gesta, pues; las cosas tomaron su curso natural.

—El humor era una manera de engrasar los mensajes— dice Eduardo Bravo, uno de los fundadores de Mongolia, encargado de escribir buena parte del contenido—. Podíamos haber hecho algo como Le Monde diplomatique, pero iba a ser muy aburrido.

Eduardo Bravo está sentado al otro lado de una mesa oval, en la sala de juntas del despacho de abogados de Gonzalo Boye, el editor de la revista que es, a su vez, el abogado.

Rapa, que es argentino, le sugirió un día de 2011 a Rusiñol, que es catalán, hacer una revista satírica como la argentina Barcelona. Rusiñol le dijo que le parecía mejor hacer una como la francesa Le Canard Enchaîné. A su vez, Rapa conocía a Eduardo Bravo, que es madrileño y que conocía a Darío Adanti de cuando hacía una revista sobre diseño gráfico. Adanti, además de ser argentino y dibujante, era amigo de Rapa desde la adolescencia. Por su lado, Pere Rusiñol conocía a Gonzalo Boye, que es chileno, de cuando le consultaba temas legales en Público. Así, la maquinaria se puso en marcha en torno a esos amigos y amigos de amigos y amigos de amigos de amigos.

La primera reunión concreta fue en el verano —julio, agosto— de 2011: Rapa, Rusiñol y Gonzalo Boye se encontraron en un restaurante chino de Madrid. Boye no sólo aceptó ser el abogado, sino que sacó una hoja de cálculos, hizo cuentas sobre la viabilidad de la futura revista y se comprometió a hacer el plan de negocios. A los siguientes encuentros se sumaron Eduardo Bravo y Darío Adanti, ya con maquetas en mano e ideas de posibles secciones.

Guardaban el proyecto con el secretismo de los espías porque temían que alguien se les adelantara. El último en sumarse fue Eduardo Galán, el más joven de todos, que es de Oviedo; escribía sobre cine y había conocido a Darío Adanti en un festival de cine. Así se formó el grupo de seis: Boye, editor legal, abogado, encargado de las finanzas; Rapa, padre de la criatura, director de arte, creador de contenidos; Bravo, redactor, monta las maquetas y va a la imprenta; Adanti, inventor del horóscopo y el diccionario, paga a los colaboradores y dibuja viñetas fijas; Galán, redactor, lleva las redes sociales y las comunicaciones externas; Rusiñol coordina y hace la sección Reality News.

Todos viven más o menos de hacer la revista —Boye tiene, además, su bufete de abogados; Rusiñol hace también una publicación que se llama Alternativas Económicas—, ahora con sueldos aceptables. No cobraron nada los primeros seis meses, como tampoco los colaboradores ni los otros catorce accionistas, amigos y familiares que invirtieron desde mil a tres mil euros.

Una tarde de junio de 2013, dos barbudos —Eduardo Bravo y Eduardo Galán— lanzan al aire unos panfletos con el obituario del presidente español, negro sobre blanco: RAJOY HA MUERTO. Es una versión de la portada del número nueve de Mongolia; la parodia de la primera plana de El País del veinticuatro de enero de este año, en la que el diario publicó una foto falsa de Hugo Chávez entubado, de cuando convalecía en Cuba antes de su muerte.

Una burla, también, del gobierno español, ya salpicado por investigaciones judiciales sobre ríos de dinero negro a cambio de favores en la gestión pública entrando en los bolsillos de dirigentes de su partido, el Partido Popular, con su ex tesorero, Luis Bárcenas, como el gran intermediario.

Los papeles quedan regados en el suelo, bajo las sillas, a los pies del público que asiste al stand-up comedy con que presentan a Mongolia en una librería de izquierdas de Madrid. Viajan por toda España para promocionar Mongolia con este medicine chou, como le llaman, a modo de homenaje a los charlatanes que en el siglo diecinueve recorrían el viejo oeste estadounidense para llevar pócimas y linimentos con la promesa de la cura milagrosa. Galán siempre está en estas presentaciones y sus acompañantes varían: o Bravo o Adanti en el escenario, Rapa en el público, Boye haciendo una introducción sobre la sección periodística de la revista.

Detrás de los dos Eduardos, proyectada en una cartulina blanca, está la portada de Mongolia de abril de 2012, la número dos: “El Rey podría violarte”. Entre paréntesis, abajo, el titular dice que no le pasaría nada al monarca Juan Carlos I si eso hiciera, porque la Constitución lo declara inviolable. Un título más pequeño promete”cien cosas que el Rey puede hacer y tú no”.

Eduardo Bravo: En realidad, esto que suena muy gracioso es un hecho real; es decir, el artículo 56.3 declara al rey inimputable. El rey puede violarte y puede hacer muchas más cosas: puede cagarse en el portal.
Eduardo Galán: Puede bajarse cualquier cosa de Megaupload.
Bravo: Puede robar un disco de El Corte Inglés.
Galán: Puede leer un libro de Juanjo Sáez.
Bravo: O podría también matar a una persona…
Galán: …otra vez.”

Estallan las risas del público, las palmas chocan.

Eduardo Bravo habla muy bajo. Tiene estatura mediana, el pelo con vetas de color ceniza y una barba larga, con contundente mechón blanco apuntando al pecho. Si lo ves en su perfil derecho —el lunar que sobresale del borde de la oreja— te acuerdas de un gnomo. Eduardo Galán es ancho, contundente como su voz. El cabello desordenado le cubre la mitad de las orejas y el principio de los lentes de montura, y se mezcla con unas patillas pobladas y una barba que le tapa la cara y los labios grandes. Cuando dicen: “El rey podría matar a alguien… otra vez”, se refieren a que hace cincuenta y siete años, en plena dictadura franquista y con los Borbones en el exilio en Estoril, los infantes Juan Carlos, de dieciocho años, y Alfonso, de quince, jugaban al tiro al blanco con una pistola calibre veintidós. El arma se le disparó a Juan Carlos por accidente y mató a Alfonso de un disparo en la cara.

La monarquía es un objetivo fijo de la sátira mongola. También el gobierno de derechas del Partido Popular. Y el Partido Socialista Obrero Español. Y la Izquierda Unida. Y la curia católica. Y las religiones. Y el futbol millonario. Y los deportistas de alta competencia, la policía, los nacionalismos, los medios de comunicación del mainstream. Los mongoles saben que en todos esos núcleos políticos, religiosos, deportivos, sociales, hay incomodidad por la existencia de la revista, e incluso algún vocero le ha pedido a Boye que bajen el tono, pero todavía no hay demandas judiciales ni hay secuestros de ediciones.

A la revista El Jueves le pasó, en julio de 2007, algo que a Mongolia aún no: un juez ordenó el secuestro de una edición con una caricatura en la portada en la que los príncipes de Asturias, Felipe y Letizia, aparecen teniendo sexo mientras él le dice: “¿Te das cuenta? Si te quedas preñada… eso va a ser lo más parecido a trabajar que he hecho en mi vida”.  Entonces quedaba un poco de bonanza, restaba bastante credibilidad en la monarquía española, la crisis no había reventado con toda su furia.

Mongolia
ha publicado más de una cosa contra la corona. Han llamado “hija de puta” a la infanta Cristina, la hija menor de los reyes, con un juego de palabras en la tapa de mayo: cuando lees la letra pequeña y despliegas la portada, la contraportada y la primera página, lo que realmente dice es “HIJA DE los reyes de España IMPUTADA” (lo estuvo brevemente, en el juicio por corrupción que se le sigue a su marido, Iñaki Urdangarín). La única consecuencia de esta portada fue que Twitter dejó inactiva la cuenta de Mongolia por una hora.

No sólo han dado por muerto al presidente del gobierno, también han hecho entrevistas ficticias a sus ministros, en una misma cama, después del sexo. Han hablado abiertamente de la pederastia de los sacerdotes, desde el Vaticano hacia abajo. Han hecho una entrevista inventada a Dios, en un país de fuerte presencia católica, en el poder y en la ciudadanía.

Mongolia: ¿Cómo debemos llamarle? ¿Dios, Yahvé, Alá, Buda, El de Arriba, el Aleph, Mourinho, Pelé, Elvis, Eric Clapton, Ciciolina?
Dios: Llámenme simplemente Lolo, que es como me llaman en casa.
Mongolia: Bueno, Lolo, sea como sea, ¿cómo y cuándo se le ocurrió crear todo lo conocido?
Dios: Estaba yo haciendo la mili en Ceuta. Me aburría cantidad porque en Ceuta no hay más que moros, radiocasetes, relojes de cuarzo y unas putas que da asco hasta mirarlas. Entonces me acordé de lo que decía mi madre: ‘Lolo, hijo, podrías aprovechar el tiempo y dejar de manchar las sábanas, que cuando las aireo al día siguiente se me quedan de pie’. Me puse manos a la obra y en siete días ya tenía hecho todo lo que ven.
Mongolia: No entendemos muy bien eso de que usted es uno y trino. ¿Nos lo podría explicar?
Dios: ¿Pero cómo se lo voy a explicar si no lo entiendo ni yo? Hay días que me levanto uno, otros que me levanto a una, otros me levanto paloma, otros días gavilán, otros palote…”

La nota salió con tachones de censura y con el comentario de Boye, con su letra, en una esquina de la hoja: “No, estáis locos, esto ni de coña, vais presos”. La versión censurada se ve inofensiva y los tachones abundan en los epígrafes, cuando Dios habla de Mahoma, el Dalai Lama, las monjas y el Nuevo Testamento.

“Lo que más mola de las monjas es que ————.”

“Leer el Nuevo Testamento es como ———-.”

“El Dalai Lama es majete pero ———-.”

Los mongoles enviaron a los lectores que lo pidieron el contenido sin censura, siempre que en el asunto del mail pusieran “Penedicto” y en el cuerpo del texto se comprometieran a no difundirlo y a no escandalizarse.

En Reality News  —y en el libro Papeles Mojados— hablan con nombre y apellidos de Juan Luis Cebrián, presidente de El País, y lo señalan como uno de los responsables del declive del diario, y de los negocios de Jaume Roures, fundador de Público, que habrían llevado a esa publicación a la debacle, y de las relaciones de poder entre La Vanguardia con gobiernos de Cataluña y toda España.

Pere Rusiñol está en un bar de Lavapiés, en junio de este año, tomando un tinto de verano. Vive en Barcelona. Está otra vez en Madrid para una reunión con los mongoles.

—Ante la falta de libertad de los medios había espacio para una información dura que tuviera el margen de maniobra para hacer lo que considerara en cada momento como hard news. Información que no esté en internet gratis, que no esté en otro lado y que tenga una cierta relevancia —dice, el sudor bajándole de la sien a la barba.

Pero no hay demandas judiciales. Apenas apareció, salieron artículos sobre Mongolia en The Financial Times y The New York Times, pero en España son minoritarios los medios que hablan de ella (aunque Televisión Española, la televisión pública, les hizo una reseña por su nacimiento).

—Tenemos la voluntad de hacer ruido, pero somos un medio pequeño, humilde, nadie nos quiere engordar porque nos hemos metido con pocos, somos muy periféricos desde el punto de vista oficial. Nadie se querella para no engordarte, nadie habla de ti porque están cabreados —dice Rusiñol.

Sentado a un extremo del mesón oval de la sala de reuniones de su despacho de abogados, con los lentes de leer azul eléctrico desarmados en el cuello de su cabeza de luna y el humo de su enésimo cigarrillo nublándole la cara, Gonzalo Boye dice que espera más acciones legales por el lado periodístico que por el de la sátira. El único manual de estilo de Mongolia es el Código Penal español, sostiene.

—Se nos ha soltado la mano. Lo que creíamos que era brutal en marzo pasado nos hemos dado cuenta de que es infantil.

Desde que en el juicio por el atentado a los trenes de Atocha del once de marzo de 2004 asistió a la viuda de una víctima chilena, Boye está metido en querellas importantes que involucran los derechos humanos, y en causas públicas de todo tipo: contra Bush por Guantánamo; contra Bárcenas, el ex tesorero del Partido Popular ahora preso. Y una parte de su vida personal, la parte en la que Boye estuvo en la cárcel, se hizo pública.

Gonzalo Boye Tusset nació en Viña del Mar, tiene cuarenta y ocho años, fue educado en Alemania y llegó a Madrid con veintidós años para trabajar en el mundo de las inversiones y las consultorías. En 1992, policías vestidos de civil llegaron a su casa y se lo llevaron. Lo acusaban de haber colaborado con la banda terrorista ETA en el secuestro del empresario Emiliano Revilla. Lo torturaron, dice, pero sostiene que todos los cargos eran falsos. Pasó trece meses en prisión, y tres años y medio en libertad bajo fianza, tiempo en el que se fue a vivir a Inglaterra con su primera esposa y su hija mayor. Allá, montó una consultora. Cada quince días debía volver a Madrid a presentarse ante el tribunal. Llegó con su padre a esta ciudad un jueves de mayo de ese año, para asistir al juicio, convencido de que volvería a Londres el lunes, porque el juicio no tenía basamento. Pero el resultado fue una condena de catorce años. En la cárcel se matriculó en Derecho. La libertad plena le llegó en 2002, cuando ya era abogado.

Ésa es la única historia con algo de épica, porque la vida anterior de los otros cinco es así: Fernando Rapa Carballo, cuarenta y cuatro años, natural de París criado en Buenos Aires, diseñador gráfico, joven lector de El Capital, ex heavy metal, fundador de una revista de humor, con Diego Bianchi y Sergio Langer, El lápiz japonés (primera portada con la imagen del hombre de Quacker riendo y un troquel que, cuando lo abrías, dejaba ver a una mujer haciéndole una felación), experto en rediseñar periódicos en todo el mundo, director de arte de Público desde su fundación hasta su cierre; Eduardo Bravo Jaime, madrileño de treinta y nueve años del barrio obrero de Tetuán, criado entre música, libros y cómics, abogado que nunca ejerció la profesión aunque hizo hasta un doctorado, editor de fanzines sobre soul, jazz, bossanova, formado en revistas pequeñas; Darío Héctor Adanti, bonaerense de cuarenta y dos años, nieto de un fascista italiano, hijo de un contestatario, dibujante desde antes de aprender a escribir (tenía disgrafia: cuando quería hacer letras y números le salían al revés), ex heavy metal, autor del personaje Eddy El Muerto, colaborador en su país de El Porteño y Página/12, su serie animada Vacalática se hizo famosa por MTV Latino, colaborador en España de El País, El Mundo y El Jueves. Pere Rusiñol Costa, cuarenta y un años, natural de Artes, un pueblo de Cataluña de cuatro mil habitantes, creador de una revista de cien ejemplares en su adolescencia que provocó la dimisión de la bibliotecaria del pueblo denunciando que no le dejaba leer las novelas que quería, jugador de baloncesto en el equipo local (la televisión del pueblo retransmitía los juegos al día siguiente y él, como locutor, los narraba y cantaba sus propias canastas), periodista de El País hasta 2004, adjunto del director de Público desde ese año hasta el cierre. Eduardo Mesa Galán, treinta y tres años, natural de Oviedo, psicólogo, columnista de cine en La Nueva España sin el Mesa en la firma, consultor de recursos humanos, experto en comunicaciones.

Rapa escribió un decálogo que publicaron en el primer número a modo de presentación:

1. Mongolia no es una revista, es un país.
2. Todo lo que dice Mongolia es verdad (incluida esta frase).
3. Nada de lo que dice Mongolia es verdad (incluida esta frase).
4. Respetamos la incredulidad. No creemos en nada. Menos aún en nosotros mismos.
5. Todo el mundo, incluido Dios, que acaba de mudarse a Mongolia, es ateo.
6. No somos de izquierdas ni de derechas. Repetimos: no somos de derecha.
7. Desde nuestras páginas perseguiremos con tinta a bandoleros, farsantes, embusteros y demás fauna que anteponga sus intereses personales y los del Fondo Monetario Internacional a los del mundo mundial.
8. Estamos súper en contra de la gasolina. De la sin plomo 97, del gasóleo extra y del diesel Super Star. Allí donde esté Mongolia, habrá una bicicleta; allí donde haya una bicicleta, habrá dos ruedas.
9. Exigimos que en las monárquicas tierras españolas se construyan parques soleados para que todos los niños del mundo puedan correr libremente y romper cosas sin importar si al dueño le molesta (total, no le pertenecen).
10. España se hunde. Cada día es menos standard y más poor.

Como dice el punto cinco, los mongoles se volvieron ateos mientras crecían. En el medicine chou comentan un episodio que provocó revolcón en Twitter, incluida la protesta del alcalde de Sevilla. Porque es en las cuentas de Twitter y Facebook —esa vida ficticia—, donde más revienta la polémica —y donde más rápido desaparece—. Allí hay feministas ofendidas, seguidores de Hugo Chávez dolidos por la burla sobre el pajarito al que Nicolás Maduro presentó como una manifestación del presidente muerto (“El pajarito que le habló a Nicolás Maduro fallece víctima de la gripe aviar. Esto supondría que el expresidente de Venezuela, Hugo Chávez habría muerto dos veces en dos meses”. “Hugo Chávez llevaba desde enero dentro de un tarro de salmuera. El cadáver del presidente venezolano tenía todos los orificios repletos de pepinillos y cebollitas”, publicaron), o religiosos queriendo desagraviar a la Virgen de La Macarena, que es de lo que habla Galán en el stand-up comedy de esta tarde de junio.

El cartel está proyectado en la cartulina. Alrededor de la cara sufrida de la Macarena, cuatro globos de diálogos anuncian la presentación de Mongolia. En la foto ves las lágrimas de porcelana en relieve bajándole por las mejillas. El último globo de la derecha dice: “¡Díganme ustedes si no es para llorar!”. Cuando estaban por llevar la presentación de Mongolia a Sevilla, hicieron ese cartel promocional con la imagen de esta virgen, ícono de la Semana Santa que, en esa ciudad, es famosa por su gigantesca procesión. Eduardo Galán dice al público:

—Recibimos amenazas de muerte, nos dijeron que nos iban a disparar en la nuca como en el treinta y seis. ¡Que nos mate ella [la virgen]!

Ahora muestra un tuit en el que les preguntan por qué no se meten con Mahoma.

—Para poner a Mahoma en la portada —responde Galán— tiene que ser el chiste perfecto, que nos partamos el culo, que ocasione un incidente en embajadas de Egipto, que maten a mi madre como el monje Shaolin [un autoproclamado monje que en Bilbao torturó y asesinó a dos mujeres]. ¡Argh, argh! Le diré: “Madre, estás muerta, pero cómo nos hemos reído”.

Las risas estallan, las palmas chocan.

Quizás por ese vértigo en las redes es que no les llegan casi nunca cartas de lectores. Han llegado solo dos en año y medio.

—No mandan cartas o porque no tienen nada que decirnos o por que creen que no las vamos a publicar —infiere Eduardo Bravo otro día, cuando conduce de camino a la imprenta.

Por eso él mismo escribe las cartas falsas. Como esta publicada en mayo:

“No leo habitualmente Mongolia pero he tenido la suerte o la desgracia de poder ojearla alguna que otra vez. Dejando a un lado lo inteligente o no de su humor —más bien no—, me llamó la atención el lenguaje grueso que empleáis y especialmente el machismo que rezuma vuestra revista. Toda ella está escrita en masculino, con lo que demostráis un claro posicionamiento en la opresión falócrata tan habitual en nuestra sociedad. Os recomiendo que hagáis lo mismo que vienen haciendo los colectivos sociales y que no es otra cosa que considerarnos todos no como hombres y mujeres sino como personas, lo que hace que tengamos que emplear en el habla el género femenino […]

Respuesta: Estimado amigo: Gracias por tu carta […] Mongolia está escrita en masculino porque los mongoles de alta conducción vamos un paso más allá y, en lugar de personas, nos consideramos seres vivos y, por tanto, estamos obligados por la gramática a escribir en masculino. Por otra parte, y al hilo de lo que nos escribes, Eduardo Galán ha dicho que, por lo que a él respecta, le puedes chupar la polla. Bravo, sin embargo, dice que le comas el rabo para que así tengas opciones de elegir el género que más te plazca.”

Vinieron, como metrallas, reacciones de furia de sectores feministas, siempre en las redes sociales. La respuesta primera de Mongolia fue provocar más en su perfil de Facebook: “Feministas tontorronas nos amenazan de muerte. Bien, pero primero que nos limpien la casa”. Dos días después, con más reacciones en escalada, ofrecieron disculpas y explicaron que en esa carta inventada lo que querían era retratar, llevándolo al absurdo, el machismo, como también lo hacen con el nazismo y la xenofobia.

Titulares: “AUMENTO ESPECTACULAR EN LAS ADOPCIONES: Familias españolas comienzan a adoptar chicos de 18 años para que trabajen en casa”.

“INTERIORISMO: El lobby gay sería la sala de espera del Arzobispado”

“TE ESTOY AMANDO LOCAMENTI: Un grupo de sacerdotes reclama igualdad en el seno de la Iglesia para poderse casar con Jesús como hacen las monjas”.

“Armstrong abandona la competición y se pasa a la industria farmacéutica”.

“Los hijos no reconocidos de Maradona fundan un equipo completo de fútbol”.

¿Y cuál es el chiste que tienen pendiente?, les preguntas a casi todos y casi todos dicen que les falta la sátira de los atentados de los trenes de Madrid en 2004. Todavía no se puede. Pero sí se han reído de la bomba en el maratón de Boston de este año: “Los expertos afirman que la maratón de Boston del año que viene será la más rápida de toda su historia. Los organizadores deciden eliminar las metas volantes y no se permitirán estallidos de alegría entre el público”. Y en una publicidad falsa, con diseño antiguo, de los anuncios de los años sesenta: “Basta de productos importados: ollas made in USA para sembrar el terror en los Estados Unidos”.

Junio se va a acabar y Bravo, Galán, Rapa y Adanti están reunidos en torno a la mesa redonda de la oficina que alquilan en Chueca, un barrio de Madrid, para los cierres. Afinan los detalles del número de verano, doble, julio-agosto, de sesenta y ocho páginas, que va a salir este cinco de julio. Hablan de Luis Bárcenas, el ex tesorero del Partido Popular,  buscan juegos de palabras para el titular de la portada en los que quede claro que hubo sobres (con dinero negro en efectivo), que va a haber fianza (porque va a ir preso). Hablan de un afro como The Jackson Five o Roberta Flag y de una candidatura presidencial.

Rapa: Una buena mota tipo Jackson Five. La imagen gráfica ya te vas a reír, pero una buena frase mataría.
Galán: Bárcenas for president.
Adanti: Con fianza o sin fianza.
Bravo: Debe ser un eslogan político, porque se supone que lo ponemos como presidente a él. Debe ser como más contundente.
Rapa: Che, ¿sabés qué me gustaría? Que Bárcenas tenga una lengua como la de los Rolling Stones y un sello, por la onda del sobre. Tipo Einstein, la lengua de Einstein, pero con un sello de…
Galán: Un sello con el careto de Rajoy o Cospedal.
Rapa: Claro, o el del rey. A mí me gusta la idea de que sea negro por lo del pago en negro, un chiste por detrás. Y Obama es negro, está bueno que sea negro.
Galán: Queremos otro presidente negro.
Rapa: España necesita un presidente negro.
Bravo: Rollo Black Panther. Negro y Orgulloso. Black and proud.
Rapa: Es más, toda la revista tiene que ser tipo fanzine Black Panther.
Bravo: Que salga Bárcenas con el puño levantado en el podio de las olimpiadas tampoco estaría tan mal.

La portada será el llamado para un contenido de tres páginas con candidateables diversos. Uno, un perro policía que es adicto, con una cita: “No soportaré ninguna reunión donde no pueda oler buenos culos”. El candidato de Mongolia será Bárcenas, “porque si pudo financiar un partido político, puede financiar un país”.

Transcurridos los minutos, maqueta en mano, Rapa repasa lo que irá en cada página. Se detiene en las doce últimas de Reality News. No dice mucho, porque hay una intrusa.

Rapa: En Reality News va aquello, y aquello es muy gordo.

De lo que va a ser aquello está a cargo Pere Rusiñol.

Aquello, temen ahora, puede tener consecuencias.

Dos días después, el juez envía a Bárcenas a prisión y habrá algunos cambios en el contenido. Hacen una entrevista ficticia con él en la cárcel.

El cierre de la edición es tranquilo, alejado de las tradicionales horas frenéticas de las redacciones. Cuatro hombres —dos Eduardos y dos correctores— están sumergidos en silencio en la pantalla de la computadora y en las pruebas en papel en la mesa redonda de la oficina de Chueca, con un big mac por desayuno. El sol veraniego azota por la ventana y el ventilador casi huracanado intenta doblegarlo.

En verdad hacen la revista en sólo diez días intensivos. Dicen que tienen ya tan interiorizado el proceso, que los encuentros presenciales se han reducido y que el resto del tiempo se comunican por internet. Hacen las reuniones editoriales una vez al mes y a ésas viene Pere Rusiñol. Trabajan también en la carretera, mientras van a los standups.

El viernes, el primer viernes de julio, la portada resalta en el quiosco por su naranja fluorescente. Termina siendo un fotomontaje de Luis Bárcenas con un afro gigante y los labios pintados de ese naranja, diciendo en un globo: “¡Preso por negro!”. Y aquello resultan ser los e-mails privados de Iñaki Urdangarin, el marido de la infanta Cristina, en juicio por corrupción. Los mensajes revelan la infidelidad de Urdangarin e, incluso, sus inclinaciones homosexuales. Ya se habían publicado otros correos durante el proceso, pero una jueza prohibió a siete periódicos seguir difundiendo los mensajes. No se lo prohibió a Mongolia. De eso, y del derecho a la información por encima del derecho a la intimidad, por tratarse de un personaje en la mira pública y representante de una institución del Estado, se valió la revista para revelar su contenido.

No pasa gran cosa. Los medios principales no hablan de la publicación en Mongolia y el treinta de julio la jueza finalmente levanta la prohibición.

En su cuenta de Facebook los mongoles ven el término del veto como un logro suyo. Escribió Galán: “El Juzgado de Primera Instancia 46 de Barcelona avala la tesis informativa sostenida por nosotros sobre los correos de Urdangarin. La resolución del Jdo. 1ª Instancia 46 de Barcelona sobre los correos de Urdangarin, respalda que Mongolia cuando los publicó estaba informando”.

Titulares:

“PARA MORIRSE: El Gobierno aprueba la eutanasia obligatoria. Después de ver el telefilme ‘Mar Adentro’, Mariano Rajoy propuso al Consejo de Ministros la que tal vez sea la decisión más increíble en la historia de las democracias modernas: el ahorro a través de la eutanasia.

“Entrevista exclusiva a El Chavo del Ocho: ‘Nos desahuciaron sin querer queriendo. Nos chispotiaron a toda la chamada por culpa de unos chamacos requetechunchingueles. ¡Los bancos es que no me tienen paciencia! Les debes unos chumpitos y te dan el changue a toditititititititita velocidad.

“Un niño pide a los reyes ‘ser marica’ y se lo traen.”

En Madrid hay una invasión de polillas. Millones de mariposas marrones hacen una parada en esta meseta central en su viaje a Escandinavia y están por todos lados. Una está detenida sobre el altavoz del que sale la voz de Darío Adanti, sentado junto a Gonzalo Boye y Eduardo Galán. Los tres hablan sobre El Libro Rojo en la Feria del Libro de Madrid en el parque del Retiro.

Hace unos minutos, Eduardo Bravo firmaba Libros Rojos y Papeles Mojados con dedicatorias no tan estilosas como las de Vicky Martín Berrocal, la ex mujer de El Cordobés —el torero—, estrella de la prensa rosa y de las tertulias televisivas de chismes, que autografía su ¿Qué haría Vicky?, una guía para vivir con pasión y estilo, justo al lado de Bravo en la caseta setenta y siete. La cola para acercarse a ella es indudablemente más larga, pero las cifras para Mongolia al final no fueron malas. Han estado firmando libros todos los fines de semana de la feria y llegaron a los cien diarios.

En el panel que comparten Adanti, Boye y Galán, el moderador pregunta por la autocensura.

Boye: El auténtico límite es el buen gusto. La legalidad es interpretable.
Adanti: Los límites los ponemos desde una revista que pretende ser política, porque nos parecía muy cobarde que los medios de comunicación no digan directamente cuál es su posición.

Una polilla se le hunde en los rizos negros, él se la sacude con aversión atávica, sonríe y continúa.

Adanti:
Si nosotros nos reímos de nosotros mismos, guay; si nos reímos de los demás, guay. Si los otros tienen más poder que nosotros, es un acto de valentía, pero si tienen menos poder que nosotros, entonces sí que estamos siendo un poquito hijos de puta.\\

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