Frente a los malos

Este mes se publicará “Los malos”, un libro de perfiles de los criminales más feroces de América Latina. Presentamos, en exclusiva, fragmentos de tres perfiles escritos por Miguel Prenz, Óscar Martínez y Juan Miguel Álvarez.

Por Enrique Rocha
Abajo izquierda: Norberto Atilio Bianco. Arriba derecha: Miguel Ángel Tobar. Abajo derecha: Alejandro Manzano "Chaqui Chan".

Abajo izquierda: Norberto Atilio Bianco. Arriba derecha: Miguel Ángel Tobar. Abajo derecha: Alejandro Manzano “Chaqui Chan”.

Textos de Miguel Prenz, Óscar Martínez y Juan Miguel Álvarez / Ilustraciones de Jazbeck Gámez

La mano que mece la cuna: Norberto Atilio Bianco
– Por Miguel Prenz

Bajo los ojos oscuros, la mirada que no se sabe si inerte, si altiva, si amenazante, si indescifrable, hay sombras que, si la fotocopia de la foto fuera en colores y no en blanco y negro, se verían como ojeras marrones.

La boca es una línea recta.

Es un hombre, macizo y de estatura media, vestido con uniforme militar; si la fotocopia de la foto fuera en colores, se verían los zapatos y los guantes de cuero negros, los pantalones, la camisa y la corbata color caqui, el saco verde oliva, como la gorra, con insignias y botones dorados. Está parado sobre un piso negro, delante de un cortinado blanco. No se sabe dónde.

El certificado de nacimiento incluido en el legajo del Ejército Argentino dice que el hombre de la foto se llama Norberto Atilio Bianco y nació el 1º de septiembre de 1945 en la casa que sus padres, Atilio Bianco y Elsa Eugenia Polimeni, tenían en Flores, barrio emblemático de la clase media porteña, sobre la calle Canalejas. La calle Canalejas cambió años más tarde su nombre y pasó a llamarse Felipe Vallese, en homenaje al obrero metalúrgico y dirigente de la Juventud Peronista secuestrado y desaparecido por la Policía Bonaerense en agosto de 1962, durante el gobierno de José María Guido, un abogado puesto por los militares que meses antes habían derrocado al presidente Arturo Frondizi. Sin embargo, los Bianco no llegaron a vivir en la calle Felipe Vallese, porque antes de que Norberto Atilio Bianco empezara el colegio se mudaron a la ciudad de Bella Vista, 46 kilómetros al oeste de Buenos Aires.

Nada dice el legajo sobre qué pasó en la vida de Norberto Atilio Bianco hasta 1970, un año de acontecimientos. El 21 de mayo, egresó con el título de médico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, ya decidido a especializarse en Traumatología. El 18 de diciembre, se casó con Nilda Susana Wehrli, profesora de inglés; él tenía 25, ella, 20. Y el 31 de diciembre, recibió el “alta en las filas del Ejército” como teniente primero médico. Su primer destino fue el hospital de la base militar de Campo de Mayo, cercana a Bella Vista.

Norberto Atilio Bianco fue siempre calificado por sus superiores con 100 puntos, salvo por un par de 90 y un 98 que apenas le bajaron unas centésimas el promedio. Cien en Carácter: “Personalidad descollante. Es un ejemplo por su responsabilidad. Sobresale nítidamente sobre el resto”. Cien en espíritu militar: “Se destaca nítidamente por su espíritu de sacrificio y dedicación en el cumplimiento del deber”. Cien en Capacidad intelectual: “Excepcionalmente capacitado para encarar cualquier tarea. Muy inteligente. Ejemplo de sus subordinados”. Cien en Competencia: “Sobresaliente capacidad en especial en circunstancias difíciles. Se destaca por su prestigio y ascendiente. Valora exactamente a sus subordinados. Se destaca por el empeño, capacidad e iniciativa. Ha logrado los mejores resultados”.

En las calificaciones conceptuales, generales y coroneles no han ahorrado elogios.

“Oficial de gran iniciativa y responsabilidad en sus tareas. Es muy disciplinado, es un sobresaliente colaborador. Posee condiciones que le otorgan un lugar destacado y prestigioso en la Institución y fuera de ella”.

“Oficial jefe sumamente criterioso, inteligente y capaz. Demostró la concreta aplicación de la iniciativa en bien de las actividades del servicio y su gran sentido de la responsabilidad y la equidad. Serio, respetuoso y extremadamente voluntarioso y disciplinado. En el ambiente no profesional goza de sobresaliente concepto. De relevantes condiciones morales e intelectuales. Trabajador incansable en la búsqueda de la solución más oportuna a los problemas presentados. Honesto y leal. Ejemplo de sus superiores y subordinados”.

“Oficial jefe que se destaca por su capacidad profesional, iniciativa y responsabilidad al frente de la División Traumatología. Posee excelentes condisiones [sic] profesionales; sus conocimientos en la especialidad hacen de él un elemento muy importante para el Hospital Militar de Campo de Mayo. Valores negativos destacables no se conocen”.

Hablar con un familiar de Norberto Atilio Bianco, en principio, no reviste más complejidad que buscar ese apellido en la guía telefónica de Bella Vista, encontrar un número, marcarlo y esperar que el teléfono suene tres veces hasta que una voz de mujer apenas cascada, con tono imperativo, diga:
—Hola.

Es Nora Elsa Bianco, la única hermana de Norberto Atilio Bianco.
—Mi hermano es una excelente persona —dice—. Pero, ¿qué importa que yo diga que mi hermano es una excelente persona si, total, nadie me va a creer?

Por el modo en que la expone, sin endulzar el tono, sin marcar pausas dramáticas, sin intención de generar empatía y menos de conmover, Nora Elsa Bianco parece haber asimilado esa idea hace mucho tiempo.

—Los medios dicen lo que quieren, usted lo sabe muy bien. En realidad, dicen lo que les exige el gobierno, que quiere que todos los hombres de las fuerzas estén presos por temas de derechos humanos. Son hombres mayores y hay que ver cómo están ahí adentro. Mi hermano está en la cárcel de Ezeiza… en el hospital de la cárcel de Ezeiza, en realidad, porque tiene una enfermedad en la sangre. Es algo de la concentración de hierro: es ictericia, pero peor. Lo tiene de toda la vida y hasta le sacaron el bazo. Mi hermano ya estuvo preso antes por lo que dicen que hizo, y ahora está de nuevo preso por culpa de otra causa armada.

Nora Elsa Bianco, antes de cortar con un chau áspero, dice que sólo si su hermano y el abogado de él se lo permiten dará una entrevista para contar, sin demasiados detalles, la historia de su familia.
Hablar con Norberto Atilio Bianco reviste la complejidad de llamar a su abogado, pedirle una entrevista con su cliente preso en la cárcel de Ezeiza, unos 40 kilómetros al sudoeste de Buenos Aires, sobreponerse a la primera negativa explicando que la entrevista puede ser personal, telefónica, por correo electrónico, por carta o por el modo que acepte, y escuchar como respuesta que le consultará a su cliente la próxima vez que lo visite, pero que no promete nada.

No hay en el legajo ni un indicio del motivo por el cual Norberto Atilio Bianco decidió ingresar en el Ejército después de haberse recibido de médico. Ninguna carta de recomendación. Ninguna mención de parientes o conocidos militares. Nada. Era sólo uno de afuera con ganas de entrar.

—Él nunca me lo dijo, pero yo lo sé. Por soberbia. Norber se hizo militar por soberbia.

La mujer, que hace algunos minutos entró al bar ubicado en una esquina del barrio porteño de Parque Chas vestida con zapatos, blusa de manga corta y gorro playero de color negro, pantalones rojos y anteojos de sol, llama Norber a Norberto Atilio Bianco, su amigo desde la adolescencia, salvo cuando está enojada con él y le dice doctor Bianco. Ella misma avisó días antes por teléfono, luego de decir casi a modo de presentación “sí, yo soy Mabel Roelants, hija de militar”, que sería fácil reconocerla cuando entrara al bar.

—Mi papá era contador con grado militar y su último destino fue Corrientes 
—dice Mabel Roelants—. Allá murió en 1976 de un infarto. Pasaron tantos años y todavía hoy hay gente que te estigmatiza por tener apellido de familia de militares. Encima, mi apellido, Roelants —lo dice muy despacio, casi separándolo en sílabas—, es belga, no es un apellido común. Las organizaciones de derechos humanos dicen “ni olvido, ni perdón”. Quien no perdona no puede seguir adelante. Ya pasó esa etapa, no se puede seguir viviendo del pasado. Es verdad que hubo desaparecidos, pero mi papá no estuvo en eso. Norber tampoco estuvo en eso.

Los Roelants vivían en Hurlingham, localidad bonaerense próxima a Bella Vista, donde vivían los Bianco. Atilio Bianco era chofer de colectivo en la línea 176, de la que llegaría a ser socio luego de comprar dos vehículos. Su esposa, Elsa Eugenia Polimeni, era un ama de casa dedicada a criar a Norberto Atilio y Nora Elsa, los hijos del matrimonio.

Norberto Atilio Bianco estudiaba en la escuela pública de Educación Secundaria Media Nº 6 “Juana Manso”, pero los fines de semana iba a los bailes que se organizaban en los colegios privados de Bella Vista y la zona. En uno de esos bailes, se sintió atraído por una chica delgada y alta, de pelo castaño y ojos pardos, y la invitó a bailar. Ella aceptó y le dijo que se llamaba Mabel Roelants, luego de haberlo mirado de arriba abajo.

—Norber es feo, feo, feo. No es muy alto. Es panzón y culón porque es de buen comer: le gustan mucho las pastas, pero más la carne. No es físicamente atractivo, pero es interesante, tiene carisma, tiene buen carácter. Vive leyendo, libros de traumatología, de historia, de poesía. Es un hombre muy prolijo, cuida mucho su aspecto. Tiene la piel muy blanca, pero siempre que puede toma sol para estar tostado. Sus manos son espectaculares: blancas, palmas chiquititas, dedos largos. Si algo me acuerdo de él es de sus manos y de su voz, una voz de mando suave, grave y tajante, pero suave.

Dos o tres bailes más tarde, Norberto Atilio Bianco y Mabel Roelants eran amigos. Aunque sólo se veían los fines de semana, cada uno estaba al tanto de la vida del otro. Él sabía que ella estudiaba en un colegio inglés de Hurlingham, que le gustaba mucho la historia y que su padre era un contador militar muy hábil para los negocios. Ella sabía que él era muy estudioso, que le gustaba la música romántica, desde la canción francesa hasta el bolero, y que, aunque todavía estaba en la escuela secundaria, tenía pensado trabajar para pagarse los estudios universitarios en un futuro cercano. Por eso, cuando Norberto Atilio Bianco comenzó a estudiar Medicina en la Universidad de Buenos Aires y dejó de ir a los bailes, Mabel Roelants no se preocupó. Imaginó que a su amigo, entre el estudio y el trabajo, no le quedaría tiempo para andar de fiesta.

El reencuentro se produjo durante los primeros años de los setenta en el Hospital Militar de Campo de Mayo, donde Norberto Atilio Bianco realizaba la residencia en Traumatología. Mabel Roelants esperaba a un cirujano para que le revisara la herida de una operación abdominal que le habían practicado hacía poco, cuando reconoció de inmediato una voz de mando suave, grave y tajante, pero suave, proveniente de uno de los consultorios.

—Me acerqué y era Norber —dice Mabel Roelants—. Nos abrazamos y nos pusimos a hablar. Me contó que le quedaba poco para terminar la residencia. Ya te dije que él no me dijo por qué se hizo militar. Pero yo sé, porque me imagino, que en esa época un médico militar jefe con mucha menos preparación lo debe haber mandado, y Norber debe haber dicho “no, a mí este no me va a mandar” y se anotó en el Colegio Militar. Norber siempre tuvo mucha soberbia, siempre tuvo voz de mando. Estamos hablando de Bianco, un apellido veramente italiano. Norber quiere mandar, quiere que todos le rindan cuentas a él, quiere que le consulten desde qué se va a comer hasta si se puede festejar un cumpleaños, quiere ser jefe de familia. Esas son cosas que ya no existen, pero así era su padre y así había sido su familia, muy piramidal, muy patriarcal. Así aprendió y así fue después él con sus hijos: un padre estricto, un padre muy re jodido.

Mabel Roelants se distrae mirando algo a través de la ventana del bar. Señala un colectivo amarillo y azul que cruza la calle, y dice:
—Mirá, ahí va el 176. Yo vivo acá cerca y cada vez que veo un coche de la línea 176, de alguna forma, me acuerdo de Norber y su familia.

El Niño y la Bestia: Miguel Ángel Tobar
– Por Óscar Martínez

—Yo ya les dije que ya encerré mareros, que mucho pedo tengo y sólo quiero que esto acabe.

Es jueves 9 de enero de — en El Salvador. Es, tras dos años y medio de escucharlo, la primera vez que Miguel Ángel Tobar, “El Niño de Hollywood”, admite que está harto, que está en problemas. Quizás incluso que tiene miedo. Es la primera vez que lo escucho hablar sin excitación sobre su papel como traidor de la pandilla más peligrosa de América, la Mara Salvatrucha (MS).

“El Niño” llamó cinco veces a mi teléfono esta mañana y no pude devolver la llamada sino hasta cuatro horas después. Está tan desesperado o solo o temeroso que al único a quien puede llamar para contar su desgracia es a un periodista. Cuando le devuelvo la llamada, dice que más temprano intentó hablar con el inspector Gil Pineda, el hombre que consiguió convertirlo en traidor, pero que el inspector no le contestó. El Niño no sabe por qué ese hombre en quien confía no pudo apretar el maldito botón verde del teléfono. Un gesto sencillo, pulsar, arrastrar, un segundo. “Cuando quería información me llamaba a diario o llegaba a verme y hablábamos horas. Hoy ni una puta llamada me contesta”, me dice El Niño por teléfono. Yo sí sé por qué el inspector no le contestó. Porque estaba ocupado. El día anterior el inspector había atrapado a un muchachito de 12 años armado con una pistola 10 milímetros. Según yo, atrapó a un niñito. Según él, atrapó a otro sicario de la Mara Salvatrucha, que ha participado en tres homicidios. El inspector lidió con El Niño de Hollywood hace más de cuatro años, cuando le cambió la vida de un día para otro. Pero eso fue hace cuatro años. Hoy no tiene tiempo para escucharlo. Ya obtuvo, de él, lo que quería y El Niño, el traidor de la Mara Salvatrucha, se queda cada vez más solo.

Es lunes 13 de enero de 2 014, pocos días después de aquella llamada. El nerviosismo del Niño va en aumento. De las 6:43 a las 6:58 de la tarde me ha dejado cuatro llamadas perdidas. Contesto la quinta.

—Tengo una gran presión por la mierda de los juras. Está excitado y habla rápido. Dice que hace cuatro días recibió una llamada desde la prisión donde están los líderes de la MS, el penal de Ciudad Barrios. Era Liro Jocker, uno de los líderes pandilleros que, como consecuencia de las declaraciones del Niño, cumple 20 años de condena por homicidio.

—No logro esconderles mi número. Este chip es nuevo, pero siempre dan con mi número. El Niño vive, como traidor a su pandilla, como colaborador de la Fiscalía, en una casita cerca de la frontera con Guatemala, resguardado por policías, y dentro de dos días enfrentará en juicio a dos investigadores —justamente, de la Policía, la misma fuerza que lo resguarda— acusados de colaborar con la Mara Salvatrucha para asesinar a un pandillero que estaba filtrando información —justamente— a la Policía. Al muchacho lo conocían como “Rambito”. Así lo llamaban como miembro de la MS. Su nombre real era Samuel Menjívar Trejo, tenía 23 años y vendía verduras en el mercado de un pueblo al que alguien nombró ciudad. Un pueblo que se llama Atiquizaya. El pueblo donde nació El Niño. A Samuel —a Rambito— lo vieron con los dos policías una tarde de noviembre de 2009. Luego, lo vieron en una pick up con tres líderes pandilleros —Liro Jocker entre ellos—. Luego, a más de 100 kilómetros de ese pueblo, lo encontraron atado de manos con un lazo verde, de pies con un lazo azul. Asesinado, torturado, asfixiado. El Niño, en la primera parte del juicio que comenzó en 2010 y en el que declaró luego de que el inspector lo persuadiera, contó que vio a Rambito caminar con los dos investigadores, comprar los lazos y subir al pick up con sus asesinos.

La de Liro Jocker y las mías son las únicas llamadas que El Niño ha recibido en estos días previos al desfile de pruebas contra dos los dos investigadores policiales en ese mismo juicio, que ya lleva cuatro años en diferentes cortes. Esto es lo que Liro Jocker le dijo al Niño desde la prisión:
—Payaso, ¿seguís cagándole la vara a La Bestia? Hay un vergo de perritos con hambre en la calle. Acordate de que tu ruquita, tu niña y tu perra están ahí.

Los pandilleros se refieren a ella como un animal al que montan o doman o dominan. A veces, también como a un animal que aparece y te lleva de forma abrupta y violenta. Un animal que te arranca de donde estés. La Bestia, la llaman. A veces, cuando los pandilleros de la MS hacen la señal de la garra que los identifica —levantan meñique y el índice, el pulgar sosteniendo los otros dedos—, acompañan el gesto diciendo: La Bestia. Es como si siempre estuviera ahí, a su lado, a la espera de que la monten o a la espera de arrancarlos de la tierra.

La Mara Salvatrucha —la pandilla de El Niño— nació a finales de los setenta en el sur de California, principalmente con indocumentados salvadoreños y hondureños. La Mara Salvatrucha —al igual que su enemiga a muerte, El Barrio 18, nacida en el mismo lugar en los cincuenta— llegó a Centroamérica a finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando Estados Unidos implementó planes de deportación de pandilleros indocumentados y los envió a dos países —El Salvador y Guatemala— que estaban saliendo de sangrientas guerras, y a otro —Honduras—, hacia el que se desbordaba la barbarie de sus vecinos. Muchos de esos deportados ya conocían a La Bestia.

En poco más de dos décadas, los pandilleros han pasado de ser unos cientos de deportados a una multitud de 60 mil personas, según datos del Ministerio de Seguridad y Justicia de El Salvador. Los pandilleros de El Salvador no cabrían en el estadio de fútbol más grande de este país, donde somos poco menos de 7 millones de seres humanos.

Aún es lunes 13 de enero, pero ya son las 9 de la noche. El Niño vuelve a llamar. Le contesto a la primera. Cuando El Niño está inseguro, temeroso, exagera.

En febrero de 2012, cuando El Niño ya llevaba casi tres años como desertor de la MS, recibió las primeras amenazas telefónicas desde el penal de Ciudad Barrios, donde sólo hay miembros de la MS y donde está la cúpula nacional de esa pandilla. Unos tres mil emeeses abarrotan el penal, construido sólo para mil personas. El Niño, luego de verse acorralado en 2009 por los investigadores dirigidos por el inspector Pineda, decidió colaborar con la Policía, traicionar a su pandilla y contar secretos que ahora tienen a 42 pandilleros encerrados por homicidio, asociaciones ilícitas y extorsión. Esos pandilleros presos llamaron al Niño desde la cárcel para decirle que saldría de su casita de resguardo con olor a pino, haciendo referencia al material con el que las funerarias de bajo costo hacen los ataúdes. El Niño les contestó con un parlamento de película.

—Hijos de puta, si ni hacen de pino las cajas aquí, las hacen de conacaste y de mango. Ni sabés de cuál madera las hacen y ni conocés el olor a los pinos. De aquí van a salir con olor a humo, porque aquí M16 tengo para todos ustedes, hijos de puta. No vayan a mandar ovejas a cazar al lobo, porque el lobo tiene uñas y dientes, culeros, y bien afilados, para acabar de joder.

El Niño no tiene ningún fusil M16. Tiene una granada M67; tiene una escopeta 12 escondida en una finca, pero no tiene un fusil M16.

Pero hoy es lunes 13 de enero de 2 014, y El Niño está a dos días de enfrentar en juicio a los dos investigadores de la Policía que participaron en el crimen de Rambito. El Niño detesta parecer débil, y al parecer cree que así lució durante la llamada de Liro Jocker. Está nervioso. Exagera.

—Le dije a Liro Jocker que tengo un arma con silenciador para no despertar a los señores de por aquí, que vengan cuando quieran, que sólo zumbidos se van a escuchar.

Y sólo después revela la razón por la que me ha llamado por sexta vez este día.

—No sé, ya no confío. No sé qué pedo con todos los que me rodean.

El Niño, el sicario de la clica (como se llama a los subgrupos dentro de la pandilla) de los Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya, el asesino probado de al menos 30 personas, el campesino de 30 años traidor de su pandilla, colaborador de la justicia salvadoreña, vive ahora su propio encierro. Confinado en una pequeña casa de ladrillo y teja, con un solar reseco como patio, El Niño lleva dos años, junto a su mujer de 17 y su hija de dos, esperando la próxima etapa de diferentes juicios que parecen no acabar nunca. El Niño, un pandillero que no tiene idea de qué es Hollywood ni de qué es Los Ángeles ni de qué es California, es el heredero de décadas de tradición pandillera de un país —Estados Unidos— que, lejos de enfrentar el padecimiento, decidió contagiarlo por la región. La metástasis en El Salvador fue furiosa, veloz y muy sangrienta. Los cuatro mil pandilleros deportados hasta principios de los noventa se multiplicaron por 15 en las dos décadas siguientes. Entre 2004 y 2009, El Salvador fue el país más violento del planeta, con 60 homicidios por cada 100 mil habitantes, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito. En 2009, el más violento de esos años, uno de cada 1 374 habitantes del país fue asesinado.

El Niño vive hoy custodiado por unos policías que son colegas de los hombres a los que deberá acusar, es testigo de fiscales que no dejan de verlo como un buen caso para la condena cuando ya no les sea útil, y vive acechado por la furia y el desprecio de La Bestia, que tanto conoce.

Por teléfono, le prometo que lo visitaré mañana en su solar.

Fosas pequeñas: Alejandro Manzano, “Chaqui Chan”
– Por Juan Miguel Álvarez

Vestía jeans, tenis y una camisa roja de manga corta desabotonada en el cuello, que dejaba ver un escapulario de bolitas de madera. Llevaba el pelo al rape. Tenía 33 años, y le calculé un metro ochenta de estatura. Tenía dedos largos y huesudos. Un reloj de pulso, plateado, subía y bajaba por su antebrazo izquierdo con cada movimiento que acompañaba sus palabras.

—Yo creo que me metí en eso más bien por ignorancia —me dijo Alejandro Manzano, con voz calmada.

Era una mañana de mediados de julio de 2 014. Estábamos en la capilla de la cárcel de El Espinal, tres horas al sur de Bogotá, sentados frente a frente en medio de un desorden de sillas. Dos máquinas de aire acondicionado refrescaban el recinto y sólo se escuchaba el rumor sordo de sus motores. Ante la falta de cubículos para el encuentro de los presos con los visitantes, la dirección del penal nos había ubicado allí.

—¿Por ignorancia?
Me miró.

—Si hubiera sabido que por matar a una persona a uno le podían dar 40 años de cárcel, pues hombre, yo no la mato. Yo sabía que era un delito, pero no que daba tantos años de cárcel. Pero al decir ignorancia también me refiero a que cuando entré a las autodefensas no me imaginaba que iba a terminar haciendo lo que terminé haciendo.

La cárcel del Espinal no es de máxima seguridad pero acoge a un centenar de ex paramilitares. Algunos fueron traídos una vez que firmaron su desmovilización; otros, como Manzano, llegaron luego de haber dado vueltas por varias cárceles del país. En una de las paredes de la capilla había un cartel: “No me importa lo que la gente piense de mí; yo no me valoro por la opinión de los demás. Yo sé bien quién soy y sobre todo lo que valgo”.

—Cuando estuve en la Modelo, en Bogotá, me puse a conversar con varios desmovilizados de la guerrilla con los que me di plomo alguna vez. Y en ese momento estábamos de amigos. Con uno de ellos tengo una amistad de que nos escribimos de cárcel a cárcel. Y si pasa mucho tiempo nos llamamos. Y una vez conversando le dije: “Donde nos hubiéramos visto en la calle, o yo te hubiera matado o vos me habrías matado. Y nunca nos hubiéramos puesto a dialogar como estamos haciendo acá”. Esa es la ignorancia de uno. Sin saber quién es una persona, ir a meterle un tiro que porque es guerrillero. Ese es el lavado de cerebro que le metían a usted. Así pensaba yo: guerrillero que cogía, guerrillero que mataba.

Las desmovilizaciones paramilitares son el proceso de paz que acordó el gobierno nacional del presidente Álvaro Uribe Vélez con las organizaciones de ultraderecha agrupadas bajo el título de Autodefensas Unidas de Colombia, AUC. Tuvieron lugar en un lapso de 20 meses a partir de julio de 2005. Alejandro Manzano hizo parte de un lote de unos 750 hombres que declinaron armas el 28 de enero de 2006, en el municipio de Puerto Boyacá, región del Magdalena Medio. Este proceso fue posible por una ley conocida como Justicia y Paz o Ley 975, que a pesar de haber instalado un procedimiento excepcional para la investigación de los desmovilizados y haber incluido herramientas para proteger los derechos de las víctimas, fue muy resistida por organizaciones locales e internacionales de derechos humanos. Entre otras cosas, objetaron que los desmovilizados no estuvieran obligados a confesar la totalidad de sus crímenes sino a dar versiones libres, que podrían resultar parciales. Y que la pena máxima para los delitos más graves —las masacres y la desaparición forzada— no superara los ocho años. En su pronunciamiento de mayo de 2006, la Corte Constitucional trató de subsanar los vacíos de la ley: condicionó el beneficio de esa pena máxima a que el desmovilizado confesara plenamente sus crímenes, contribuyera a esclarecer el modus operandi del paramilitarismo y ofreciera reparación a sus víctimas.

Advirtió, también, que si reincidían en hechos criminales, los desmovilizados serían juzgados por la justicia ordinaria. En total, más de treinta mil hombres entregaron armas, pero apenas unos 100 empezaron a hacer públicos sus crímenes —hoy, ya son más de 4 000 los desmovilizados que contaron su historia—. El 9 de octubre de 2007 le llegó el turno a Manzano. Dócil y sereno, se sometió al banquillo de Justicia y Paz.

Fiscal: ¿Por qué quiere desmovilizarse?
Manzano: Por quedar limpio y tener una nueva vida con la familia.
Fiscal: ¿De qué grupo armado al margen de la ley se quiere desmovilizar?
Manzano: De las Autodefensas Campesinas de Puerto Boyacá.
Fiscal: ¿Qué hacía usted en ese grupo?
Manzano: Yo era patrullero, como un soldado.
Fiscal: ¿Cuántas personas conformaban ese grupo?
Manzano: En la patrulla de la que yo era, cincuenta.
Fiscal: ¿Recibió entrenamiento para pertenecer a este grupo?
Manzano: Sí.
Fiscal: ¿Cuál era la tarea de la patrulla?
Manzano: Pasar revista al área, para detectar la presencia de la guerrilla.
Fiscal: ¿Recibió usted órdenes para ejecutar personas?
Manzano: Sí.
Fiscal: ¿Cuántos hechos tiene para confesar?
Manzano: 110 casos.

Alejandro Manzano ingresó a las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, ACMM, a finales de 1999. Durante cuatro meses del año 2000 recibió el curso de entrenamiento junto a un grupo de reclutas. Allí se ganó el apodo de “Chaqui Chan” —pronunciación despreocupada de Jackie Chan, el actor de películas de artes marciales— tras una tarde en que sobresalió por correr más rápido, saltar más alto y caer más seguro que el resto de sus compañeros. Además, sus ojos oscuros y rasgados y su piel achocolatada le dan aspecto un tanto asiático.

El último día del curso, 13 de mayo de 2000, se les presentó Ramón Isaza Arango, comandante máximo de la organización, para darles una suerte de discurso de grado: les habló de la misión de las autodefensas, de la justicia que debían impartir, de la satisfacción de sentirse héroes de la patria.

—Cuando me dieron el fusil por primera vez —me dijo—, fue una alegría muy grande. A eso había ido allá, a que me dieran un arma y salir a combatir.

Fundadas por Ramón Isaza Arango a mediados de los noventa, las ACMM tenían más de mil hombres. Justificados en lo que consideraban la ineficacia del Estado para neutralizar a la insurgencia, controlar la delincuencia común y evitar la corrupción administrativa, lo hacían por su cuenta. Cada frente se dividía en comandos urbanos y en patrullas rurales. Los urbanos mataban a todo aquel que expendiera drogas, fuera señalado como ladrón, vicioso, violador, gay, acusado de golpear mujeres o abusador de menores. Las patrullas rurales, en cambio, se encargaban de atacar facciones guerrilleras de las FARC o del ELN. Cada frente tenía un comandante político y un comandante militar. Todos contaban con la complicidad de la fuerza pública y desaparecían los cuerpos de la mayoría de sus víctimas enterrándolas o lanzándolas en pedazos a los ríos, tras haberlas descuartizado.

“Chan”, como le decían sus compañeros de guerra, se incorporó a una patrulla de 17 hombres que llegó a fortalecer el Frente Omar Isaza, también llamado FOI. Su máximo comandante era (alias) “Gurre” —hijo adoptivo de Ramón Isaza Arango— y su jefe militar era alias Memo Chiquito, un ex policía.

A los pocos días, Memo Chiquito envió esa patrulla, comandada por alias Melchor, a abrir zona en Marquetalia, oriente del departamento de Caldas, típico municipio del eje cafetero colombiano. “Abrir zona” era llegar a un lugar e imponerse como la nueva autoridad. Fue allí donde Chan cometió su primer homicidio.

—Melchor me ordenó que matara a un señor entre las 12 y las tres de la tarde. A esa hora la policía estaba cuadrada para que no estuviera cerca.

“Si después de las tres no lo ha podido matar, ya no lo haga”, le advirtió Melchor. Sin saber cuál era la razón para cometer ese crimen, Chan llegó a la plaza principal, repleta de campesinos que negociaban sus productos. Uno de los paramilitares urbanos le señaló la víctima. Chan la persiguió: de un supermercado a la iglesia, de la iglesia a una tienda, de la tienda a una compraventa de café. Allí, mientras el hombre esculcaba un costal, Chan se le acercó por la espalda y le disparó dos tiros a la cabeza. Antes de escapar, le pegó un tercer balazo.

—¿Lo asaltaron los nervios, dudó?
—No dudé —respondió, tranquilo, aquel día en Espinal estaba solo, nadie me estaba apoyando. Y yo no sabía si ese señor estaba acompañado, si algún hermano o un hijo estaban por ahí armados y les daba por responder. Eso era lo que yo pensaba.

—¿Sintió remordimiento o culpa?
—Yo digo que después de matar a la primera persona y perder el miedo, ya se vuelve lo más común del mundo; ya es su trabajo. Ya es como pensar que usted va a matar a una vaca o un perro. Y se tiene que hacer y se va a hacer, y me lo ordenaron, y si no es él soy yo. Con el respeto de los familiares de las víctimas que van a leer esto, así era como pensábamos. Muchas veces me daban la orden: “Mata a fulano, fulano te lo muestra”. Y nunca supe quién era, cómo se llamaba, qué hacía, dónde vivía. Muchas veces ni siquiera le vi la cara porque los maté por la espalda.

Asesinato tras asesinato, se transformó en el predilecto de Melchor: el más certero. También lideró varios golpes contra unidades guerrilleras. Fue uno de los enemigos más aguerridos que tuvo La Negra Karina (alias), comandante del frente 47 de las FARC —hoy desmovilizada—, y el terror de los milicianos que vivían camuflados como campesinos en las cabeceras municipales. Una vez les echaba mano, se tomaba su tiempo para interrogarlos bajo tortura. A unos les aplicaba lo que el FOI llamaba “el poliéster”: con un cordón sintético sujeto a los dos extremos de un palo, rodeaba el cuello de la víctima y la asfixiaba girando el palo sobre su eje y desde la nuca. A otros, prefería quitarles el aire envolviéndoles la cabeza con una bolsa plástica. Si podía tenerlos toda una noche, los dejaba colgando de un travesaño y cada dos horas les lanzaba un baldazo de agua y los golpeaba con una tabla.

Antes de completar dos años en Marquetalia, empezó a ser usado como móvil: alguien a quien se le podían encargar acciones de sicario en las cabeceras municipales y de contraguerrilla en la alta montaña.

—¿Para usted había alguna diferencia entre matar a una persona en una acción de sicario y matar a una persona en combate?
—Matar a alguien en el casco urbano es como si usted estuviera de cacería. Usted está acechando a alguien, a la espera de que le dé el papayazo para usted darle. Pero a mí no me gustaba trabajar de urbano. Porque los urbanos son cinco o seis hombres con pistola y no tienen como responder contra un operativo del ejército o de la policía. En cambio, en las patrullas, si a usted le llega el ejército o la guerrilla, usted tiene gente y armas para responder. Y le dan plomo y si se tendrá que morir está bien, pero antes van a morir muchos de ellos.

A comienzos de 2002, Memo Chiquito le delegó la instrucción de un curso para nuevos reclutas. Terminado el curso, fue enviado a comandar los hombres que el foi tenía en Samaná, a dos horas de Marquetalia. Allí negoció con la policía un pacto de no agresión, mientras recibía de parte de la Alcaldía una cuota equivalente a 250 dólares mensuales. “En el caso mío —declaró ante el fiscal—, considero que por ahí la mitad de los hechos que cometí fue por información que la gente daba; entre ellos, los comerciantes y la policía”.

—Este rápido ascenso de patrullero a instructor y comandante de patrulla, ¿se debió a que fue muy efectivo matando?
Alejandro Manzano asintió lentamente, mirándome.
—No puedo decir que no. Allá adentro se vuelve el pan de cada día. Siendo yo comandante de la patrulla, no tenía nada qué hacer en el casco urbano de un municipio y el comandante “Costeño” me decía: “Hay unos manes muy peligrosos en tal parte y no los han podido joder, anda pa’ que matés a esos manes”. Si me mandaban a mí era porque el operativo estaba mucho más difícil. Yo me dije: “Este ya es el trabajo mío, esto es lo que yo hago y voy a hacerlo bien”.

En 2004, sin embargo, Alejandro Manzano pidió a sus comandantes que lo dejaran ir de las ACMM, que estaba desmoralizado y prefería trasladarse para otra región, para ingresar en otro grupo paramilitar, el Bloque de las Autodefensas Campesinas de Puerto Boyacá. La desazón le sobrevino tras unos combates contra las FARC y el ELN en los que mataron a varios hombres bajo su mando y él arriesgó más hombres y su propia seguridad para no abandonar los cadáveres en la montaña. Caminaron con los cuerpos durante un día y una noche hasta bajarlos a una zona en la que los comandantes del foi podían entrar en una camioneta, recibir los cuerpos y hacérselos llegar a las familias. “Pero no. A los días me di cuenta de que los habían enterrado en una fosa. Que por ahorrar plata —dijo en su declaración—. La moral de uno es que si usted está peleando y entregando la vida por una organización, lo mínimo es que cuando uno muera le lleven el cuerpo a la familia”.

De modo que fue a Puerto Boyacá, donde vivían su madre y sus hermanos. Tras pasar un mes en su casa, se presentó ante alias “La Bestia”, comandante de una patrulla de las Autodefensas Campesinas de Puerto Boyacá, quien además era tío suyo. Como este municipio llevaba más de 20 años sin presencia de la guerrilla, su trabajo se redujo a ser operador de radio y a patrullar fincas de veredas lejanas. Haciendo eso lo sorprendieron los anuncios de las desmovilizaciones. La ficha de su presentación, que publicó la Fiscalía 2 de Justicia y Paz el día que empezaba la imputación de cargos, en el año 2010, dice:

Nació el 17 de diciembre de 1981 en Puerto Boyacá, Boyacá, donde estudió hasta tercero de primaria. Su padre fue asesinado por la guerrilla y su madre, torturada por el Ejército. Trabajó como mecánico hasta que se vinculó a las autodefensas, en las que recibió entrenamiento militar en La Danta (Antioquia). Junto a alias “Muñeco” aprendió tácticas de guerra, desmembramiento de cuerpos e ideología. Fue asignado al frente Omar Isaza (foi) y luego realizó un curso de comandante para delinquir en Caldas. Fue patrullero, instructor y comandante en varias zonas de Caldas, Antioquia y Tolima.

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