Fuegos artificiales y estruendo de balas

Éste es un recorrido paso a paso por el Carnaval de Mazatlán, un laberinto de color, culto a la belleza y estruendo de balas que se confunden con los fuegos artificiales y el ahogado lamento de la desconfianza, la duda y la sospecha.

Por Juan José Rodríguez / Fotografía Florian Coat
Año con año, el festejo colorido seduce a lugareños y turistas.

Año con año, el festejo colorido seduce a lugareños y turistas.

La realidad y el drama

Tres días antes de la celebración de los Juegos Florales, preludio cultural a la fiesta popular, cinco cuerpos colgados habían amanecido en puentes peatonales, amordazados y con huellas de tortura. Esa noche se presentaba en el Estadio Teodoro Mariscal la Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes, con un ensamble de música de los Beatles. Esa misma mañana, una sucursal de la popular marisquería Memín —exitosa cadena de reciente creación de cuyo dueño se rumoraba que había recibido amenazas de muerte— recibió varias ráfagas de metralleta. En la colonia Juárez, la noche anterior, dos jóvenes salieron heridos en un enfrentamiento. Pero la fiesta iba a continuar. El gobernador recién electo, Mario López Valdez, había anunciado que estaría presente en todos los eventos oficiales. A las 17:50, una balacera a las afueras de la ciudad dejó dos muertos y dos heridos, a pesar del blindaje y los refuerzos que de todo el estado fueron convocados para el carnaval. La noticia corrió como reguero de confeti en redes sociales, mensajes de texto y noticieros radiofónicos. ¿Iba a cancelarse por primera vez una fiesta que, a pesar de sus agitados orígenes, se mantenía viva e integrada en cada punto de su región a lo largo de todo el siglo XX y aún más allá de sus fronteras?

Un poco de historia
A lo largo de nuestra historia hemos visto en Sinaloa una fascinación activa hacia las dinastías erigidas sobre la tradición carnavalesca, por no hablar de otros bizarros reinados de belleza que se propulsaron en el espectro televisivo de los años sesenta. Es parte ineludible de nuestra esencia y de la naturaleza humana entregarse por un momento a la adoración de la realeza coronada, aunque ésta se alce sobre papel pintado, humo de fuegos artificiales y alfombras de confeti esparcido por las esquinas.

Quizás el carnaval surge porque es la manera en la que todos sacamos nuestros demonios de la prisión terrible del alma para poder seguir vivos y no enloquecer, en especial en los puertos tropicales. Por algo esta celebración se rige por el calendario lunar, los ciclos agrícolas y los rituales del espíritu. Los datos más antiguos que se conservan del Carnaval de Mazatlán hablan del motín de una tropa realizado durante los festejos de 1827. Sería hasta 1898 cuando se crearía por primera vez un comité para darle forma y estilo a esta rabiosa terapia colectiva.

Juegos de harina, pedradas y almas santificadas
Durante esos años previos, el carnaval se daba sin necesidad de organizadores, comités de candidatos al reinado o patronatos. Todo comenzaba y terminaba con las pedradas entre los trabajadores del Muelle contra los del Abasto. A la fecha nadie puede decirnos cómo inició esa trifulca: corría el confeti, manaban los chorros de anilina salidos de hisopos para mancharse la ropa, además de los juegos de harina, en los que ambos bandos se arrojaban unos a otros cascarones de huevo rellenos de harina, ceniza o vil tierra de panteón. Sí, la agresividad territorial estaba ya presente.

El año de 1898 fue cuando la fiesta estuvo a punto de salirse de madre y terminar en tragedia colectiva. Los del Muelle tenían planeado dinamitar el Mercado Municipal, que entonces estaba a punto de erigirse como una joya arquitectónica, forjada en los talleres de la ya desaparecida Fundición de Sinaloa, armada con techos y rejas de hierro colado, y que entonces se llamaría Mercado Romero Rubio, en discreto homenaje al suegro de don Porfirio Díaz. Las autoridades intervinieron, y los militares y algunas personas pudientes decidieron hacer por primera vez un carnaval organizado y serio, en el que las batallas de pedradas se librarían ahora con serpentinas y pétalos de flores. Esta última propuesta no prosperó y, desde entonces, los mazatlecos arrojan cascarones de huevo rellenos de confeti directamente a la boca y ojos de quienes caminen distraídos a través del mar de gente que baila por todo el casco antiguo de la ciudad.

Y la primera soberana de la fiesta no fue una mazatleca de abolengo. Qué va. Ninguna de nuestras damitas se prestaría para andar con la turbamulta de borrachos escandalosos y arriesgarse a que le dieran una pedrada en la cabeza, cuando no, a ser violada por la bola de viejos degenerados. Winnie Farmer, hija de unos inmigrantes estadounidenses, fue la que se atrevió a asumir el papel de reina y desfiló a caballo como una jovial amazona que inauguró con su paso el siglo de la mujer en esta ciudad. Aunque ustedes no lo crean, que tengamos reinas del carnaval es una conquista de las primeras hembras que se rebelaron en Mazatlán y que, hoy como ayer, lograron salirse con la suya y apoderarse de un asunto que antes era dominio exclusivo de los hombres.

En los años veinte, hubo en Mazatlán un grupo que fue conocido como El Club Bolchevique, que en realidad no era ningún grupo anarquista deseoso de instaurar una dictadura del proletariado en Sinaloa, sino una pandilla traviesa e irreverente que aprovechaba el carnaval para expresar su punto de vista, más cercano a la fiesta que a Marx, Weber o el propio Vladimir Ilich Lenin. Ellos retomaron el carnaval como inversión de los roles sociales para revelar lo vano de la sociedad real, ejercicio que ya se realizaba en Babilonia y la Francia medieval. Pero después el glamour de los concursos de belleza se apoderó de todo el escenario: la llamada “reinitis”.

En busca de una corona, versión 2011
La búsqueda y lucha de una reina del carnaval es un proceso que a veces sintetiza en varias semanas los momentos cumbre de toda una serie de vidas. Las jovencitas acuden con la divisa de que ése es el máximo sueño de todas las mazatlecas. En la edición de 2011 no hubo cataclismos previos ni acusaciones entre los diversos comités o familiares inmiscuidos en la mojiganga: las cosas se pusieron tensas en el momento cumbre de la elección, así como una silenciosa válvula en una olla de presión que de repente lanza un solo alarido. Hace años alguien había advertido sobre la necesidad de establecer un IFE carnavalero, y los profetas del desastre no dudaron en remontar su coro ante el inoportuno empate final.

El fenómeno de la “reinitis” provocó estragos en buena parte del estado desde el momento en que se estableció. El certamen de Miss Universo se fundó en 1950, y desde su creación y por contagio, en México se multiplicaron los concursos. Y Sinaloa es el estado que ha tenido más ganadoras en la versión de Señorita México desde 1952 hasta 1994. Una nómina de seis triunfadoras con ese sello, más tres en la versión de Nuestra Belleza, confirmaron la vocación de la entidad como cantera de femeninas testas coronadas. Esa efervescencia se mantuvo hasta mediados de los años noventa, cuando las sinaloenses comenzaron a cambiar de horizontes y la obsesión por estas competencias pasó a segundo plano.

Antes de eso, por doquier había certámenes de belleza, ya fuera de alguna cadena de hoteles, de huéspedes spring breakers o del más humilde jardín de niños. Algunas chicas abandonaban sus estudios para dedicarse en cuerpo y alma a la preparación del certamen, y no era raro que ya no volviesen a pisar un aula, ganasen o perdiesen. Es duro decirlo, pero fue un tiempo en el que las universidades locales apenas comenzaban a ampliar su oferta académica, y para muchas mujeres de clase media para abajo, a partir de los años sesenta, sus opciones de desarrollo más inmediatas eran tres si no tenían recursos para estudiar o laborar fuera:

1. Estudiar la carrera de secretariado bilingüe o comercio y trabajar en un banco para conseguir un puesto: ser independiente económicamente hablando a partir de ahí o casarse con un gerente.

2. Lanzarse a un concurso de belleza y conseguir una oportunidad en Televisa o casarse con un rico.

3. Casarse con un narcotraficante.

Fue a mediados de los ochenta que se trató de salvar el carnaval de la alta frivolidad de dichos certámenes dándole un cariz más tradicional, elegante y digno. Las jóvenes fueron cambiando con el paso del tiempo. También entró al quite organizativo una nueva generación que profesionalizó el comité, buscó patrocinios y trató de que dejara de ser botín de un grupo político. Aquí cabe destacar la figura del mazatleco Raúl Rico González, quien lo ha organizado por más de quince exitosas ediciones con recursos autofinanciables.

Volvamos a las reinas: en cierta ocasión, la elección se dejó al azar: de entre un ramo de rosas rojas, las concursantes debían sacar una blanca. Otro método consiste en una aportación económica para obtener el derecho al concurso definitivo y se les dan facilidades para obtener aportaciones en bailes o recibos deducibles de impuesto.

Para dar ventaja a las participantes mejor preparadas, la belleza se calificó del uno al cinco: mientras que las preguntas sobre temas sociales o culturales se calificaron del cinco al diez, privilegiando así a la que mejor se desenvolviese ante el interrogatorio directo. El jurado se eligió entre representantes de solvencia moral reconocida, y a las candidatas se les dio el derecho de poder vetar al miembro del jurado que tuviese vínculos familiares o de amistad con sus rivales. Por supuesto, nunca han desfilado las candidatas en traje de baño, y durante el resto del año sólo pueden asistir, en calidad de soberanas o princesas, a eventos aprobados por el comité organizador.

Gran noche de fiesta en el Teatro Ángela Peralta la noche del 19 de febrero de 2011. Butacas repletas, balcones atestados, las bellezas participantes han dado lo mejor de sí en sus respectivas intervenciones. Aisladas en sus camerinos, sin posibilidad de comunicarse al mundo exterior con un celular, todas han recibido varios minutos antes la información de cuáles serán las diversas preguntas que tendrán que responder ante el rabioso público y el jurado. Por obra del azar darán su respuesta. Aquí lo que se calificará es el criterio, y así se le nombra; es imposible valorar la cultura de una persona con una sola inquisición. Ganará la que mejor sepa caminar en pasarela, dominar los nervios e hilar su más ingeniosa respuesta, ya que en los camerinos nadie tiene acceso a ellas, tan sólo un familiar del sexo femenino —alguna tía o prima, ya que la experiencia ha demostrado que las madres se ponen nerviosas tras bambalinas y terminan poniendo histérica a la pobre candidata.

Ocurre lo imprevisto: un empate en la elección de Juegos Florales entre Vanessa Gurrola y Alejandra Llera, que debe resolverse con voto de calidad. El presidente del jurado, Alfonso Gil Díaz, es quien debe asumir ese arduo reto. El gran elector del máximo sueño de todas las mazatlecas duda por unos segundos. Acosado por el público rugiente, propone que cada una haga un comentario sobre cuál sería la mejor acción que harían por Mazatlán. El notario presente le informa que ese mecanismo no procede, que debe elegir de una buena vez basado en un criterio propio. Profundamente incómodo, pero seguro en su expresión, sostiene que la ganadora debe ser Vanessa, porque esa candidata es la que tiene mayor porra presente, y eso desata comentarios, especulaciones, además de los consabidos dimes y diretes. La ganadora del reinado del carnaval fue Abigaíl García, quien en palabras de la periodista Isela Morales, de Noroeste Mazatlán, ganó sin mayor dificultad, aunque si bien quedó en segundo lugar en la etapa de criterio, en la fase de personalidad y belleza capturó noventa y siete puntos que definieron así el resultado.

Juegos Florales: Let it be!
Catorce noches después, en la velada del viernes 4 de marzo, la fiesta recupera su elegancia poética: preludio cultural de la polícroma zarabanda, máximo evento artístico por antonomasia, los Juegos Florales son algo más que un lujoso premio de consolación para la candidata merecedora del segundo lugar. Desde 1925, a partir de la celebración de una Feria Ganadera que coincidió con el carnaval, se celebran en el puerto los Juegos Florales, por largos años el único certamen literario y, por lo tanto, única actividad de fomento a la literatura en Mazatlán. Como todo certamen abierto, ha tenido sus giros, acordes con el gusto del momento, pero entre su nómina están figuras como Dolores Castro, Herminio Martínez, Miguel Ángel Hernández y Abigael Bohórquez, quien en 1993 ganó con un poema gay escrito en encriptado español del Siglo de Oro: Églogas y cantos del otro amor. Uno de sus versos describe a un indígena yoreme que “se baba jando el zípper de su Lee y se encabrona porque canta la Piaf y no Cornilius Reyñus”. Adiós a los paradigmas de que los Juegos Florales son para poetas de décima soneto: ahora es el son-neto.

Por años se llevó a cabo en el viejo Cine Zaragoza de la Compañía Operadora de Teatro, que sólo durante esa fecha era llamado “Teatro Zaragoza”. Hoy el evento es en el Estadio Teodoro Mariscal, la casa de los Venados de Mazatlán. El espectáculo musical será un homenaje a los Beatles, con un enorme despliegue de canto, música, danza y acrobacia. La Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes será dirigida por el mazatleco Enrique Patrón de Rueda, quien fue director de los suntuosos festivales que marcaron una época durante el gobierno de Francisco Labastida Ochoa. Le acompañarán en el escenario el Coro Ángela Peralta, el Coro Guillermo Sarabia, el Quinteto Britania y un grupo de bailarines bajo la dirección de Delfos Danza Contemporánea. Y claro, como amalgama musical, la música del cuarteto de Liverpool.

El vestido de la reina, bizarra creación en colores tintos, fue realizado por un bailarín que ha incursionado en el diseño de vestuario, Johnny Millán: su propuesta minimalista y con focos sobre arácnidos soportes en la cauda, aunque no gustó ni a las más osadas mentes vanguardistas. Sobre todo a la reina que, como toda una dama, no hizo el menor comentario, pero en ningún momento pudo sentarse en su trono gracias a esa novedosa iluminación que le impidió tomar asiento con su corte real, la cual, además, ostentaba un diseño demasiado parecido al de su mimetizada soberana.

El ganador de este año fue el poeta Christian Peña, quien recibió su flor natural con un vigoroso poemario llamado Libro de las pesadillas y se subió al escenario a la manera de Nicholas Cage. Corriose el rumor de que en esa misma noche se había puesto una superparranda en la Plaza Machado, con mariachis y tambora incluidos, en la que supuestamente había perdido el cheque con los setenta mil pesos del premio, pero las fuentes a las que acudimos no pudieron confirmarnos esta formidable nota de color.

Carnaval de Mazatlán

Sábado de mal humor
Aquelarre de fuego artificial y furia natural: cada doce meses se incinera en ceremonia pública al ente que durante el ciclo solar anterior provocó la desgracia, el malestar o la simple incomodidad de los mazatlecos. El Mal Humor de los porteños debe conocer la justicia del fuego antes de iniciarse la fiesta: por algo la palabra kátharsis invoca a la purificación, así que los baños de pureza se concentran en una sola ceremonia cínica. Ahí, en el Paseo Olas Altas, en pleno casco antiguo de la ciudad, unos minutos antes del Combate Naval, es colocado un monigote de cinco o seis metros de altura que antes ha sido paseado por las calles. El Paseo Olas Altas es la tarjeta postal de Mazatlán, donde se celebraron los primeros carnavales y en cuyos viejos hoteles se hospedaron personalidades como Dámaso Pérez Prado, María Félix, John Wayne y Dean Martin, por lo que es el espacio emblemático donde políticos, empresas defraudadoras o entelequias han conocido la combustión pública. Alguna vez, la efigie de Julia Carabias Lillo, entonces titular de la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca (Semarnat), fue catárticamente incendiada ante la unánime petición de armadores y pescadores de la flota camaronera, hastiados de la desatención exhibida ante el gremio y la industria. En otra ocasión se quemó un macho cabrío en abierta alusión a la Comercializadora Capricornio, empresa que defraudó a cientos de ahorradores a los que nunca les preocupó el origen de sus altos intereses, los cuales se devengaban a una tasa sospechosamente mayor a la de cualquier banco existente.

Este año el honor correspondió al alcalde anterior, el biólogo pesquero Jorge Abel López Sánchez, quien prometió a la ciudad darle el agua potable más pura, cosa que no cumplió, además de culminar con gruesas acusaciones en la prensa y la justicia popular de mal manejo de recursos y acciones de nepotismo. En las redes sociales y cartones políticos se le comenzó a llamar Ratabel, por lo que a los mazatlecos les llamó la atención que la figura elegida ese año fuera un puerco espín —no una rata— llamado Bell el icono a sublimar en pólvora y papel pintado, materiales modernos equivalentes a la medieval leña verde. Ardió Bell, pero no Jorge Abel, y su único detalle totémico similar al anterior munícipe fue que ambos usaban un look de erizados cabellos. La Quema del Mal Humor marca el despegue de las justas carnavalescas y su aire de justicia social da un poco de alivio a la atribulada población que ejerce su más antigua purificación.

El Combate Naval y el embate del Paseo Olas Altas
Después de la terapia colectiva, del estertor sublimado en la pira del Mal Humor, en ese mismo escenario comienza la tempestad de destellos artesanales, la refriega de filigranas coloridas en que, sobre la vítrea y oscura pizarra del Océano Pacífico, se refleja la galana pólvora de los fuegos de artificio. Aquí se conmemora la defensa del puerto en 1864 durante la Intervención Francesa, cuando se puso en fuga a la fragata La Cordelière luego de un prolongado intercambio de artillería con las defensas locales, y éste es el momento crucial en que el Paseo Olas Altas y el casco antiguo se llena de familias. Otros encaraman su camioneta en lo alto de las avenidas que circundan los cerros, provistos de una hielerita con cerveza, y hasta los abuelitos se suben al recorrido con todo y poltrona para evocar tiempos mejores. La niñez se azora ante las construcciones de gemas y llamaradas que por segundos se cristalizan sobre el espejo de obsidiana de la noche: Mazatlán está en Mesoamérica y también es territorio de Tezcatlipoca. De Culiacán para arriba ya son yoremes. Aquí aún revolotea el colibrí siniestro de Huitzilopochtli.

Hay preocupación en la gente, pero se espera que los rumores sólo sean rumores, como aquel que se dio en el carnaval de 1999, cuando se dijo que varios enfermos de sida, indignados contra el Seguro Social, iban a recorrer entre la muchedumbre jocosa del Paseo Olas Altas y aguijonearla con agujas infectadas de la enfermedad, bajo el amparo de la noche, la rapidez y el anonimato. En las áreas de revisión no se han dado incidentes. La gente que arriba al Paseo Olas Altas no tiene Twitter o decidió, por esta ocasión, dejarlo colgado de una rama.

El Paseo Olas Altas ruge: la gente se lanza a lo largo de su cambiante escenario. Según se camina por la línea del malecón se modifican tanto la ropa y gestos de los bailarines como los establecimientos y música que marcan su compás. Las conductas también padecen de migraciones temporales y el descubrimiento de nuevos estados de la conciencia. Hay grupos que se mueven de un lado a otro del maremágnum en zigzagueantes y contoneantes cadenas humanas, tomados de los hombros y las caderas para avanzar entre grupúsculos que bailan música de banda, cumbias tropicales o simples grupos de amigos que se reúnen a tomar y reencontrarse en una esquina o templete musical, siempre el mismo de todos los años. Las melodías y el paso de la caravana varían según el lugar donde se navegue, y no es raro que, en un espacio no mayor a cien metros, se escuchen catorce o más canciones diferentes, con gran posibilidad de que se repita la misma una y otra vez. Hay carnavales que son recordados por la canción que se puso de moda, y este año una de las más pedidas a los grupos de banda es “Palitos chinos”, versión libre de “Heart and Soul”, la cual nunca se pensó que saldría de los pianofortes para los que fue compuesta.

Zangoloteo social: hay gente que jura que nunca se pasea por Olas Altas, donde una turba de borrachos se entrega al aquelarre rodeada de mujeres pícaras, pero no es raro ver a esas remisas uno o dos noches después escondidas en un rincón, escoltadas por los amigos que destapan bote tras bote cerca de algún restaurante con aseados sanitarios, aunque al gregario momento de ir al baño es difícil que se escapen de recibir un suave pellizco bajo la cimbreante cadera. Al fin y al cabo es carnaval, la fiesta que a todos nos reúne.

Han llegado los productos más raros: desde los mil y un sombreros de bahiana para las damas hasta el panamá de cartón con el letrerito fosforescente que proclama “Busco Novio…”. Colgadijos de cuero, cristal o chaquira que se usan sólo durante los andares y tropelías de estas jornadas: el carnaval es la oportunidad de encarar la otredad: ser otro en el espejo de una personificación. (Personae era el nombre de las máscaras en el teatro griego). En otros tiempos, cuando la costumbre de disfrazarse era de rigor, luego de pagarse un módico permiso al ayuntamiento, se podía asumir cualquier entelequia y usted podía perderse con mayor seguridad en el anonimato de la fiesta. Ahora sólo basta verse y ser diferente: único en la multitud, anónimo en el desmadre.

También surgen músicos de las latitudes más remotas del territorio nacional que se aprestan a ofertar los ecos de su tierra, y no es raro que alguien los pare a que retumben con una canción o, ya de plano, flanquee los límites del paseo costero para escuchar una melodía romántica entre las arenas, a la espera del zarpazo de la noche y sus contingentes ansiosos de recibir bacanal, banquete y carnaval. Por el lado de la calle Zaragoza pueden verse camiones que emprenden corridas a los pueblos vecinos y que aguardan a que sus tripulantes, quienes montaron un chárter nocturno, regresen en plena madrugada a sus ranchos. Sí, ahí están los camiones Dina y Dodge viejos con los letreros de las festivas comunidades: La Noria, El Quelite, Juantillos, El Recodo y pare usted de contar por toda nuestra sufrida geografía y desventurada familia humana.

¿En qué momento el arte pop se volvió art narcó? La presencia de Jesús Malverde es omnisciente en esta edición: tal es el caso de uno de los ganadores del Premio de Pintura Antonio López Sáenz, que se entrega dentro del marco de actividades culturales del carnaval y que en este año obtuvo el segundo lugar un cuadro alusivo a Malverde. El autor es Arturo de la Vega Osuna, quien no cursó estudios de pintura, pero hace dibujos sobre madera que les vende a los gringos y con el monto del premio —treinta mil pesos— se encargó de instalar una tortería. Y en su cuadro no falta la efigie del ánima protectora de quienes se manejan por el lado oscuro de las creencias. Malverde lo mismo protege una panadería que la espalda de algún osado bailarín que la lleva estampada en su camisa verde perico tornasolado, estilo Versace, mientras baila de quebradita con alguna amazona de botas de piel de víbora. Y su nombre se escucha en los corridos que algunos audaces piden. El narco y la lira.

¡Ahí viene la Reina! (Y con ella la realidad)
Junto con el espectáculo de las coronaciones de reinas de Carnaval, Juegos Florales e Infantil, el desfile de alegorías rodantes es la atracción familiar por excelencia. (La coronación de la reina fue amenizada este año por David Bisbal, mientras que el grupo OV7 se presentó en el evento infantil, el lunes 7 de marzo.)

El desfile del carnaval avanza paralelo a la línea de la costa. Hay dos procesiones: una es el domingo de Carnaval —en este caso, el 6 de marzo—, y transcurre de sur a norte. El martes 8 regresa a su origen, cerrando así el ciclo y la fiesta. Un fantasma flota sobre él: el año anterior, el rumor de unos disparos provocó una estampida que por fortuna no cobró víctimas y aconteció en el último día de carnaval. Previamente había corrido el rumor de que el alcalde Jorge Abel contaba con una amenaza de muerte. En menos de diez minutos, agilizadas por la maraña espectral de los celulares, redes sociales y demás tuiteratura, personas que estaban esperando el desfile o en sus hogares recibieron el chisme de que habían intentado matar a dicho alcalde. A correr, a huir y a dar al traste con el desfile. Ni siquiera fueron los fuegos artificiales los que iniciaron el rumor, sino los golpes de unos cuidacarros que dejaron las franelas para resolver diferencias y, al golpearse contra la lámina de un muro, el eco magnificado por la psicosis de la narcoguerra los volvió balazos. La ilusión es más poderosa que la realidad, porque la ilusión lo domina todo. Se buscaron culpables, y hasta se señaló que algunas escuelas privadas habían invitado a no salir en carnaval por no comulgar con la ideología del burgomaestre en turno. En realidad, la ciudad se encontraba entonces tan en vilo que bastó ese simple incidente para que cada quien huyera y se olvidase de la más invencible de las fiestas. Ese momento no era para quedarse con dudas.

Hoy, domingo de carnaval, vuelven a salir los carros alegóricos, las suntuosas alegorías que lo mismo tienen el oro delirante de los sueños o la grotesca caricatura de nosotros mismos. La procesión multitemática se desplaza por el malecón: la carroza de la reina es la más admirada, aunque un carro con unas cimbreantes brasileñas nos recuerda que en el trópico hay que vestir ligero, aunque estemos ante los vientos de marzo. El segmento infantil ofrece representaciones de ese entorno y los adultos de la tercera edad desfilan bailando en las jacarandosas pausas del desfile, descendiendo de un largo vehículo que se usa en el muelle fiscal para transportar a los visitantes de cruceros turísticos. Una etimología propuesta para carnaval es “carro naval” en referencia a las suntuosas barcas del carnaval de Venecia, pero, para bien o para mal, la mayoría prefiere mencionar que es la fiesta de la carne.

La estética de Babilonia campea en el carro de la reina, gracias a las manos del artesano Rigoberto Lewis, quien alza algo que, más que un carruaje, es un templo en movimiento, jardín colmado de bellezas, en una arquitectura entre Cecil B. DeMille y D. W. Griffith. Buenos días, Babilonia del Trópico de Cáncer. Buenas noches y buena suerte con el cascabeleo de la serpiente de la violencia. Los otros carristas son los arquitectos Jorge González Neri y Jorge Osuna, quienes siguen con estilo modernista la huella de los viejos maestros. La gente vino, vio y volvió. Y el lunes de carnaval se realizó un breve desfile infantil vespertino, culminado y coronado con estruendo de más fuegos artificiales.

Ojos a los que no les da pánico soñar: la comunidad gay y la sátira política al final del desfile
Las carnestolendas se revelaron como una semana donde no sólo se invertían los roles sociales, sino también los sexos, y fue en esos momentos de frenesí cuando la comunidad gay no sólo participaba abiertamente, sino que era respetada, admirada —e incluso envidiada— tanto por sus creaciones artísticas como por el desenfado para ligar a supuestos heterosexuales al fragor de la beberecua. Sí, los soterrados homosexuales, despreciados o tolerados el resto del año, al fin aparecían en calidad de estrellas diseñando carrozas, decorando salones o cosiendo vestidos. En diversas ediciones apoyaban en masa a una sola candidata, le daban consejos, le conseguían patrocinios y la educaban en el modo correcto de caminar y expresarse en público. A diferencia de otras ciudades del norte, en Mazatlán la homofobia violenta se dio en escasas ocasiones, y podemos aventurar que el carnaval fue un vaso regulador para la aceptación de una minoría. “El último carro” era donde bailaban o caminaban a su alrededor los más atrevidos travestis.

Este año ya no desfilaron al final en un carro alegórico peculiar ni tampoco se vio a La Venada bailar con sus elegantes trajes, a la manera de La Manuela en El lugar sin límites. Se culpa al actual alcalde de extracción panista, pero desde 1990 ya no desfila el “último carro” que se prestaba siempre a muchos chistes internos.

Parece ser que entonces se descubrió que ese carro, acompañado por un grupo mixto de sátira social, antes era pagado por el ayuntamiento. La última vez que desfiló con esa comparsa con intenciones políticas fue en 1989, y llevaba en una celda a tres personajes que representaban a dos ilustres panistas locales encarcelados recientemente, vestidos con trajes y rayas, además de un gringo barbudo que personificaba a Manuel J. Clouthier, entonces con vida, y quien —aclaramos— nunca pisó una cárcel. Esa vez el desfile fue interrumpido por protestas de varios simpatizantes panistas y, uno de los que eran satirizados en ese grupo y que en aquel momento se encontraba tras las rejas, el señor Alejandro Camacho, llegaría a ser presidente municipal en 1996, luego de ser liberado por una amnistía política decretada por el propio Carlos Salinas de Gortari. Por si fuera poco, una de sus hijas sería princesa real en la versión de 1992. El carnaval y la política aquí suelen cambiar sus máscaras de manera más evidente que en el resto del territorio nacional.

Cronología de los otros sucesos y la masacre del último día
La mañana del martes de carnaval, la ciudad despertó con la noticia de que habían sido asesinados varios asistentes en una fiesta. El atentado no ocurrió en la zona del carnaval, sino en el estacionamiento de una discoteca que acababa de cerrar. He aquí el recuento de los sucesos violentos que culminaron con ese ataque masivo.

Belizario Reyes, del periódico Noroeste, publicó una nota en la que relata los hechos violentos que ocurrieron durante esta semana en Mazatlán: fue cerca de las 17:30 horas del martes 1 de marzo cuando el gobernador del estado, Mario López Valdez, encabezó el evento de arranque del operativo de seguridad del carnaval, en el que participaron como refuerzo cerca de trecientos elementos de las policías Ministerial y Estatal Preventiva, con cincuenta patrullas y un helicóptero. Todo esto a partir de que, después de las 5:00 horas del lunes 28 de febrero, fueron localizados los cadáveres de cinco hombres colgados en los puentes de las entradas norte y sur, donde también se encontraron dos mantas con mensajes y varios kilogramos de tortillas regadas. No se reveló el contenido de los mensajes.

El jueves 3, entre los pepenadores del Basurón Municipal generó horror el hallazgo de una mano y un antebrazo que fueron localizados entre los montones de basura. En tanto que aproximadamente a las 8:20 horas del viernes 4, tres hombres armados y encapuchados, provistos con armas de fuego largas, cometieron un ataque a balazos en la ya mencionada marisquería El Memín III, lo que dejó miles de pesos en daños materiales y el posterior cierre de esa cadena en Mazatlán. Aproximadamente a las 17:00 horas del mismo viernes, tres hombres murieron y uno más resultó herido al ser atacados a balazos por un grupo de personas armadas con fusiles AK-47 en un lote de autos ubicado en la Carretera Internacional, en la salida al norte, a la altura del fraccionamiento Isla Residencial. Cerca de una hora después, se registró otro ataque a balazos en la Carretera Internacional salida al sur, a la altura de una gasolinera, donde un hombre murió y otro resultó herido. Casi al mismo tiempo fue encontrado degollado el cadáver de un hombre en el poblado de Miravalles, mientras que poco antes de las 6:30 horas del sábado 6 de marzo, un grupo de personas provistas con fusiles AK-47, “cuernos de chivo”, atacó a balazos el restaurante El Habaleño, ubicado en el poblado de El Habal, sin que se registraran personas heridas o muertas.

En el periódico Noroeste apareció información sobre el ataque de un grupo armado en el estacionamiento de la discoteca Antares, ubicada en la Avenida del Mar, donde minutos antes se había presentado Gerardo Ortiz, un conocido cantante de corridos, suceso que provocó la psicosis del Martes de Carnaval. La madrugada de ese día ocurrió el ataque y los testigos mencionaron que en el estacionamiento se encontraba una banda tocando y alrededor de cuarenta personas conviviendo, luego del cierre del centro nocturno. En esos momentos arribaron dos camionetas, una de color negro y la otra blanca, de donde bajaron sujetos encapuchados con rifles de alto poder, quienes comenzaron a disparar contra los presentes. Al llegar, los policías encontraron en el lugar de la balacera el cuerpo de un empresario local, propietario del negocio de mariscos El Toro, y el de un joven que al parecer era músico, ya que a su lado quedó una trompeta, así como varios lesionados y un sinnúmero de vehículos dañados por impactos de bala. Se habló de más de diecinueve heridos y el joven músico resultó ser familiar de uno de los fundadores de la banda El Recodo, cuya relación con los masacrados consistía sólo en que estaban amenizando el convivio. En total fallecieron ahí seis personas.

En redes sociales y portales informativos de internet se dijo que el cerco de seguridad había sido burlado. El alcalde anunció que el suceso se había dado a la hora justa del cambio de turno, momento en que la vulnerabilidad fue posible. Mandó hacer una investigación profunda incluso a los propietarios de la discoteca por haber permitido al grupo de personas seguir bebiendo en el estacionamiento del sitio. Y se anunció que el desfile de carnaval no se suspendía. Y no se detuvo la fantástica y fantasiosa parada: la gente salió a las calles y, por fortuna, ese día ya no hubo más incidentes violentos. Terminó una página más del carnaval: las únicas cruces que se vieron al día siguiente estuvieron trazadas con ceniza de las palmas del pasado Domingo de Ramos: Miércoles de Ceniza, dolente, dolore… Pierrot guardó su traje y los fusiles Kaláshnikov enmudecieron por un momento más. ¿Más? La moneda, el confeti y los mascarones ahora vuelan en el aire. El carnaval conserva su rostro historiado y sus secretos seguirán bajo el enigma hasta el día 16 de febrero de 2012: la fiesta de la carne entonces volverá a aletear como un fénix, como una bengala que se enciende entre la sangre, como una sirena que se niega a disolverse sobre la espumosa línea del Paseo Olas Altas… La celebración y su contracara —o sea, el antifaz—, una vez más tendrán que encararse y sólo así sabremos quién vencerá sobre la realidad y, sobre todo, quiénes podrán realmente escaparse de su rito, su estruendo y su magia, torbellino que a todos nos reúne y nos enfrenta con el carnaval y con su máscara.\\

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Estrategias para no encajar

Por Roberto García Hernández