Guerra fría en tierra caliente

Han pasado 25 años desde que unos ex oficiales israelíes y mercenarios británicos y australianos entrenaron a los paramilitares de Puerto Boyacá, Colombia, y desde que los primeros consiguieron llevar un arsenal de Israel, vía la isla de Antigua, a las costas del país latinoamericano. Estos hechos, narrados por primera vez aquí, muestran cómo se fueron haciendo cada vez más poderosas las autodefensas colombianas. Este es un fragmento del libro Guerras Recicladas, de la cronista colombiana María Teresa Ronderos (editorial Aguilar), acompañado de un ensayo fotográfico de Jesús Abad Colorado.

Por María Teresa Ronderos / Fotografía Jesús Abad Colorado

Un mercenario británico llega a Colombia para matar a los jefes de las FARC
Por los días de abril de 1988, unos militares colombianos contactaron a David Tomkins, gángster de profesión, como él mismo se definió, para fraguar un golpe contundente a la subversión armada en Colombia. El británico estaba cerca de cumplir los 48 años y acumulaba una larga trayectoria en bandidaje. Se había estrenado volando cajas fuertes en su país, y después, encontrando más lucrativo el oficio de mercenario, estuvo peleando en Angola, Rodesia, Afganistán —con los muyahidines—, y en otras operaciones secretas en contra del poder soviético.
“No conozco mercenarios que trabajen en contra de los intereses de los gobiernos occidentales; casi siempre son anticomunistas”, le dijo Tomkins cándidamente al senador William Roth, de Estados Unidos, cuando este lo interrogó en una audiencia sobre la presencia de mercenarios en Colombia, en 1991. Esa observación era cierta en el continente americano, donde mientras Estados Unidos enfrentaba la amenaza externa soviética, encargaba a sus aliados latinoamericanos, sobre todo a sus pupilos militares, que persiguieran a la subversión interna, esa otra cara de un mismo peligro. Desde que asumió el poder en 1981, el gobierno de Ronald Reagan se había propuesto aplastar al gobierno de los revolucionarios sandinistas en la pequeña Nicaragua y a sus aliados guerrilleros en El Salvador y Guatemala, apelando a métodos legales e ilegales.

Entre 1984 y 1986, según reportó en la época The New York Times, el gobierno estadounidense les invirtió entre 83 y 97 millones de dólares a los ejércitos de “contras” que combatieron el gobierno de Nicaragua, casi siempre por canales clandestinos. Incluso le pidió al Sultán de Brunei una donación de 10 millones de dólares para apoyar esa y otras causas de ejércitos anticomunistas en Angola y en Afganistán, los mismos a los que Tomkins ofrecía sus servicios.

Conspirar contra las guerrillas era una de las cosas que los militares latinoamericanos, en esos tiempos de Guerra Fría, mejor sabían hacer, pues muchos de ellos habían sido adoctrinados en la lucha anticomunista en la polémica Escuela de la Américas, manejada por oficiales estadounidenses. En los ochenta, Colombia envió incluso más estudiantes que en la década anterior, componiendo, junto a México y El Salvador, el 72 % de los latinoamericanos inscritos. El grupo de oficiales colombianos de alto nivel que tomó finalmente la decisión de llevar a cabo una operación clandestina contra los jefes de las FARC, según el testimonio de Tomkins, incluía, entre otros, al prestigioso general retirado del Ejército Jorge Salcedo Victoria. Y fue su hijo, el oficial de la reserva Jorge Salcedo el encargado de ir a convencer a Tomkins de venir a visitarlos.

Salcedo había conocido a Tomkins en una exhibición internacional de material de guerra en Londres. Y tiempo después, cuando un general le preguntó si ese inglés no serviría para perpetrar el ataque que planeaban, Salcedo, afortunadamente (o más bien infortunadamente) aún conservaba la tarjeta. De todas formas la versión que Tomkins da en Combate sucio, su libro autobiográfico de 2008, asegura que fue su amigo irlandés Frank Conlan, reputado traficante de armas, el que lo llamó temprano un día de primavera de 1988 y le dijo que le tenía un gran trabajo en Colombia; que presentara un esbozo del tipo de servicios de lucha contrainsurgente y antiterrorista que podía prestar y se la mandara al brigadier general Salcedo Victoria. Tomkins le mandó el fax con papelería de su firma Technical Support y a la semana ya tenía respuesta. El general Salcedo le contó que él aún tenía relaciones con los más altos mandos militares y que su hijo, Jorge, también estaba vinculado al Ejército, prestando servicios en el área de contrainsurgencia.

A los pocos días, el 19 de junio de 1988, Tomkins fue a la casa de Frank y ahí conoció a Jorge Salcedo hijo. Congeniaron inmediatamente. Este último le explicó el daño que le estaban haciendo las guerrillas a Colombia, y le mostró periódicos donde se leía que el general Rafael Peña Ríos había renunciado en protesta por lo que creía ser una política de apaciguamiento del presidente Virgilio Barco frente a las guerrillas. La revisión de prensa de la época respalda la historia de Tomkins. El 12 de junio anterior, en una entrevista al diario El Tiempo, el general retirado Peña Ríos había dicho: “La violencia de los llamados grupos paramilitares viene de la relación transparente entre grupos políticos y grupos guerrilleros. No hubiera surgido si, desde el principio de los acuerdos (de paz), se hubiera hecho responsables a los primeros de lo que hacían los segundos”.

El país venía de una larga negociación con las guerrillas de varias corrientes que había empezado con el gobierno anterior, el de Belisario Betancur (1982-1986). Pero incidentes graves la tornaron imposible. Dos años antes, los guerrilleros del M-19 se tomaron en forma violenta el Palacio de Justicia. Y dos semanas antes de la reunión entre Salcedo y Tomkins este mismo grupo había secuestrado al dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado en un intento desesperado por forzar una negociación con el gobierno. Por otra parte, el partido político que había nacido de los acuerdos entre las FARC y Betancur en 1984, la Unión Patriótica (UP), estaba enterrando afiliados, asesinados por la extrema derecha, casi todos los días, mientras las FARC, sin romper del todo vínculos con sectores de la UP, seguía con sus ataques y secuestros. Con la decisión del presidente Barco (1986-1990) de insistir en dialogar con estas, de buscar el espacio para terminar pronto un conflicto de dos décadas, la tensión entre el gobierno y los militares se hizo evidente.

El dirigente de la UP Alberto Rojas Puyo le dijo a la prensa el 14 de junio de 1988: “Me parece sintomático que los generales estén tratando de presionar en contra de cualquier posibilidad de reabrir el diálogo de paz y considero particularmente grave que a pesar del concepto de la Corte Suprema de Justicia contra el juzgamiento de civiles por parte de la jurisdicción militar, tanto el general Peña como el Ministro de Defensa (Rafael Samudio) reivindiquen de nuevo la facultad de administrar justicia a los civiles de parte de los militares”.

Según Tomkins, Salcedo afirmó que “los altos mandos militares ya estaban hasta la coronilla de que las políticas de Barco los paralizaran”. Le contó que los generales discutieron acerca de la conveniencia de dar un golpe de Estado, pero optaron mejor por ese complot que él venía a presentarle ahora. “El plan original era que mientras los negociadores del gobierno estuviesen reunidos con el Secretariado en Casa Verde, una unidad de hombres vestidos como soldados colombianos atacaría y mataría a los líderes de las FARC”, escribió Tomkins en sus memorias. La conspiración era a triple banda: eliminarían a la dirigencia de las FARC, y a la vez, como el ataque se grabaría en video y sería filtrado a la prensa, conseguirían demostrar que el gobierno estaba enviando emisarios a La Uribe en secreto. Así, las puertas de nuevos diálogos quedarían cerradas para siempre.

La memoria de Tomkins no es del todo fiel a lo que sucedió, o Salcedo le acomodó la historia para justificar sus propósitos, pues en realidad no era ningún secreto que el gobierno de Barco estaba enviando emisarios a Casa Verde a dialogar con las FARC. Los viajes a ese remoto lugar de políticos y periodistas eran frecuentes y conocidos.

Sin embargo, en lo sustancial, esto que Tomkins escribió 20 años después de ocurrido en su versión novelesca del episodio, ya lo había dicho bajo juramento ante el Senado estadounidense en 1991:
—Yo tuve que ver con un grupo adentro de los militares colombianos a un alto nivel, no todo el mundo sabía de la operación.
—¿Y estuvieron motivados por razones políticas, es decir, éste grupo pensaba que el gobierno no estaba haciendo lo suficiente contra un grupo de izquierda o revolucionario? —le preguntó el senador Liebermann.
—Sí —respondió en seco Tomkins—. La alternativa era un golpe de Estado.

Un ex oficial israelí llega a Colombia a entrenar paramilitares
Apenas tres semanas antes de que Salcedo y Tomkins se reunieran a conspirar en Gran Bretaña, otro grupo de extranjeros, israelíes estos, estaba saliendo de Puerto Boyacá, después de haber adiestrado, en mayo de 1988, a 30 jóvenes de un ejército contrainsurgente irregular comandado por Henry Pérez. Les enseñaron las artes de infantería, manejo de armas, defensa de territorio y respuesta rápida a emboscadas. Sus alumnos eran peculiares: ya venían graduados en asesinato, pero necesitaban especializarse en técnicas de combate. Era el segundo ciclo de entrenamiento que ofrecían los israelíes, pues ya otra treintena de paramilitares había tomado un curso con ellos entre mediados de febrero y fin de marzo del mismo año, según se puede reconstruir hoy del incompleto registro de entradas y salidas del país que hizo el DAS [1]. Bautizaron la instrucción con el nombre “Pablo Emilio Guarín”, en honor al líder político, periodista y padre ideológico de las autodefensas del Magdalena Medio asesinado tres meses antes. Los jefes de las autodefensas no querían que les mataran a otro de los suyos y por eso buscaron entrenar mejor a sus reclutas más jóvenes; muchos de ellos tenían entre 16 y 18 años.

El grupo de instructores estaba dirigido por Yair Gal Klein [2], un hombre musculoso y jovial, entonces con 45 años, nacido en el kibutz Nitzanim, en Israel. Llegó a ser coronel de las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI) después de una carrera movida, y se alistó en el cuerpo de paracaidistas, mientras estudiaba historia militar en Tel Aviv. De joven participó en la Guerra de los Seis Días. Fue instructor de paracaidismo, comandante de la unidad antiterrorista del centro del país y después de terminar su servicio militar regular montó una gasolinera con restaurantes al lado en un cruce de carreteras, negocio con el que le fue muy bien.

En 1982, como oficial de la reserva, volvió a incorporarse al ejército de su país cuando éste intervino en la guerra civil del Líbano entre palestinos y falangistas cristianos. Ese mismo año sucedieron las masacres de refugiados palestinos en los campamentos de Sabra y Chatila a manos de los falangistas, que tanta vergüenza le trajeron a su aliado Israel. Klein aseguró que él estaba entonces asignado a otra área del país, y no tuvo nada que ver con este horrendo atentado que dejó más de mil muertos. Sin embargo, cuando las fuerzas israelíes consiguieron expulsar a los palestinos de Beirut, Klein salió del ejército y se quedó en el Líbano haciendo negocios con los falangistas mediante la empresa Hod Hajanit (más conocida por su nombre en inglés Spearhead; en español, Punta de Lanza) que había creado en 1984, especializada en entrenamiento y venta de equipos militares.

Un investigador judicial británico aseguró que todo el personal de Spearhead provenía de los Servicios Secretos de la Unidad de Protección Especial y confirmó que venía de las unidades antiterroristas de la Policía y el Ejército israelíes. Klein era propietario y presidente de la firma, y con la venta de equipo militar a estos primeros clientes se ganó dos millones de dólares, según su propio relato.

Klein dio los cursos en Puerto Boyacá junto a otros oficiales retirados. Entre ellos estaba el teniente coronel Amatzia Shuali, que había entrenado en tiro al batallón del ejército al que Klein había pertenecido. Después había creado la Unidad de Lucha contra el Terrorismo, que lo llevó a cumplir tareas de entrenamiento en Guatemala e Italia. Cuando estaba trabajando con la Policía de Fronteras, su exalumno lo invitó a unírsele, pues Shuali era experto en enseñar a disparar y, como hablaba italiano, no le quedaría difícil hacerse entender en español.

El imaginario religioso estaba muy presente entre las tropas paramilitares. Esta foto fue tomada en la serranía de San Lucas, Sur de Bolívar, en 1995.

El imaginario religioso estaba muy presente entre las tropas paramilitares. Esta foto fue tomada en la serranía de San Lucas, Sur de Bolívar, en 1995.

Otro miembro del equipo fue Avraam Tzedaka que, al igual que Shuali, tenía 44 años y era teniente coronel de la reserva de la Fuerza de Defensa Israelí. Había comandado grupos antiterroristas y entrenado paracaidistas junto a Klein. Hablaba el ladino, esa antigua derivación del español propia de los habitantes judíos de España en la Edad Media y, también pensando en que se podría comunicar en español, Klein lo invitó a su aventura colombiana. Como intérprete, invitó al capitán retirado Steven “Teddy” Melnick, menor que los demás, quien había trabajado para la industria en su país, y como también tenía nacionalidad chilena, era bilingüe. El quinto integrante del equipo de Hod Hajanit fue Dror Eyal, mano derecha de Klein en la empresa y también retirado de la Fuerza de Defensa Israelí. Pero él no asistió físicamente a los cursos en el Magdalena Medio, sino que se quedó en Bogotá, coordinando la logística y haciendo relaciones públicas para conseguir otros contratos para la empresa.[3]

Fue recién regresado a Tel Aviv, asegura Klein, cuando se le presentó Izhack Shoshani Meraiot [4], que había visto a Hod Hajanit listada entre las empresas que tenían permiso oficial para exportar servicios de lucha antiterrorista. Shoshani era su coterráneo, teniente coronel de la reserva como él, y había sido representante de las Industrias Israelíes de Equipos Aéreos [5], por entonces una empresa estatal subsidiaria del Grupo Clal (o Hal Clal) que tenía contratos con el sector de Defensa de Colombia por 250 millones de dólares en blindajes y radares para aviones militares. Aparentemente, Shoshani se acababa de retirar de las industrias militares y con su oficina particular quería montar una escuela de guardaespaldas en la Sabana de Bogotá, pero no había dado con la finca apropiada.

En su primer relato de los hechos a investigadores del Senado estadounidense que lo entrevistaron en Tel Aviv, Klein dijo que vino a Colombia en busca de contratos y aquí contactó a Shoshani para que le sirviera de agente, a cambio de una comisión. Shoshani confirmó la historia y dijo que estaba en Colombia desde 1980 en relación con la venta de equipos al sector de defensa colombiano. Klein dijo que Shoshani le presentó varios clientes posibles, entre ellos un gremio de bananeros, la Policía y el DAS, hasta que por fin los ganaderos aceptaron su propuesta.

Veinte años después cambió su versión y les dijo a periodistas colombianas que luego de que Shoshani lo buscara en Israel, le contó que una asociación de bananeros le había pedido que entrenara a su gente en defensa porque sus fincas estaban siendo atacadas por la guerrilla, y le propuso asociarse [6]. Según investigaciones del DAS de la época, Shoshani había abierto una oficina particular de venta de equipos agrícolas y le había propuesto a Uniban, el gremio de los exportadores de banano de Urabá, en Antioquia, venderles puertos flotantes para embarcar los bananos, así que debía conocer bien esta asociación. Colombia era terreno fértil para ofrecer servicios de seguridad. Los atentados dinamiteros a la infraestructura petrolera iban en aumento y más de seis personas al día estaban siendo secuestradas, sobre todo por las guerrillas. La situación era especialmente crítica en la zona bananera de Urabá. Las guerrillas del epl atacaban a diario a finqueros que no querían pagarles tributo, y el paramilitarismo del Magdalena Medio ya tenía allí a sus justicieros asesinando dirigentes de izquierda y sindicalistas.

Así que, de la mano de Shoshani, Klein vino a Colombia por primera vez el 13 de julio de 1987. De su entrada no quedó registro, pero sí de la de su compatriota. Muchos años después, ante un magistrado de Justicia y Paz (la jurisdicción de justicia transicional que creó el Estado colombiano en 2005 para procesar a paramilitares desmovilizados), Klein dijo que se encontró en el Club Militar con un general y el representante de la asociación de bananeros, quienes le explicaron “los problemas de la zona en que debíamos entrenar, la dificultad del ejército de moverse en la noche”. A las autoras de El caso Klein, escrito poco antes de esta declaración judicial, les dijo que no recuerda el nombre del representante de los bananeros sino que era un hombre “grande, con mucho pelo blanco” que le contó que estaban desesperados con el acoso guerrillero y necesitaban defenderse mejor.

Aseguró que luego se reunió en el Club de Oficiales retirados con el comandante general de las fuerzas militares y que este le advirtió que podían hacer su entrenamiento pero que los extranjeros no tenían permiso para portar ningún arma real. El nombre de este general, por supuesto, también se le borró de la memoria a Klein, que aunque ha tenido tiempo de sobra para recapitular esta historia repetida decenas de veces a lo largo de un cuarto de siglo, resulta sospechosamente olvidadizo.

También ha asegurado que como los bananeros se demoraron tanto en pedir los permisos, se perdió la oportunidad de ayudarles a combatir a las guerrillas, pues “cuatro meses después, la guerrilla se tomó la zona”. En realidad la guerrilla nunca se tomó el Urabá al punto de que los bananeros y la fuerza pública perdieran el control de sus fincas. La prueba de ello es que los paramilitares crecieron allí hasta dominar la zona entera y se terminaron beneficiando del adiestramiento extranjero pues mandaron hombres suyos a las escuelas del Magdalena Medio.
Con Shoshani, quien tenía buenos contactos en Colombia, empezaron a buscarle clientes a la empresa de Klein. Según atestiguó el abogado Jaime Rosenthal Roncancio ante las autoridades judiciales colombianas que investigaron el caso años después, él había conocido a Klein casualmente en un aeropuerto, y le había dejado su tarjeta. Dijo que posteriormente lo llamó Shoshani a pedirle que le ayudara a conseguir un contacto con instituciones estatales que pudieran estar interesadas en contratar a Hod Hajanit. Otro conocido suyo, Arik Afek Piccioto, un comerciante que extrañamente ese año había entrado al país con un pasaporte jordano, y que vivía en Miami, a donde importaba flores colombianas, también le concertó citas con clientes potenciales. Pero fue Samuel Reisner, gerente de la empresa Seclon de Colombia, que había tenido oficinas conjuntas con Eyal, socio de Klein en Hod Hajanit, apenas esta empezó, quien le consiguió la cita con el DAS.

La historia que reconstruyeron los investigadores del Senado de Estados Unidos después de entrevistar al personal de Hod Hajanit, Klein incluido, y a otras fuentes en Tel Aviv y Bogotá, cuenta que Klein visitó a directivos del DAS pero estos rechazaron su oferta, pues la ley solo les permitía hacer tratos de gobierno a gobierno. Algo similar le dijo el coronel Leonardo Gallego, entonces jefe de la Policía Antinarcóticos. No obstante, Klein dijo después que había sido su gobierno el que le había negado el permiso de negociar con el DAS, que sí estaba dispuesto a contratarlo.

En todo caso Klein regresó a Colombia por otro llamado de Shoshani, que esta vez le propuso apoyar la defensa de una asociación de ganaderos. Apenas llegó a Bogotá le presentaron a Luis Meneses, el oficial del Ejército que cuatro años antes se había integrado como segundo al mando de la organización paramilitar del Magdalena Medio bajo el alias de “Ariel Otero” [7]. Este le concertó una reunión con la Asociación Campesina de Ganaderos y Agricultores del Magdalena Medio, Acdegam, el gremio que le servía de fachada a las Autodefensas para administrar su grupo armado contrainsurgente. La cita fue en un restaurante de carne asada en el centro de Bogotá, en octubre de 1987, según los investigadores del Senado estadounidense. Entre sus posibles clientes estaban el coronel Manuel José Nieto, militar retirado amigo de Shoshani, un capitán de apellido Barrera, el exteniente Luis Meneses y un alto ejecutivo del Banco Ganadero. Un testigo sostuvo que también fue a esa reunión el sargento retirado Jorge Amariles, integrado a los paramilitares bajo el alias de “Jaime” [8].

El capitán Barrera, según contó luego Shoshani, les explicó que ellos representaban a un grupo de autodefensa campesina respaldado por el Ejército colombiano, y que el Banco Ganadero apoyaba a su organización, Acdegam. Klein les dio a los investigadores del Senado estadounidense una versión parecida: “Las guerrillas controlaban distintos departamentos en Colombia que los militares no podían controlar. Por esa situación el Ejército y el gobierno cooperaban con el establecimiento de grupos paramilitares”.

Lo que no les contaron a los israelíes ese día es que el Magdalena Medio que los paramilitares tras Acdegam controlaban ya estaba “pacificado”, pues ya habían expulsado a las guerrillas de casi toda la región hacía un par de años, y habían enviado al exilio o a la tumba a casi todo el que fuera de izquierda. Lo que en realidad querían era contratarlos para consolidar su expansión en otras regiones del país.

La existencia de tantas versiones de cómo Klein y sus entrenadores aterrizaron en Colombia, difícil de dilucidar plenamente aún 25 años después, indica que se informó deliberadamente para ocultar a quiénes la aprobaron. Igualmente revelador es que tanto Klein como Tzedaka se registraran en el hotel Country 85 en Bogotá como “agrónomo” y “agricultor”, respectivamente, y que muchos de sus ingresos y salidas del país no hayan quedado oficialmente registrados . Lo que hasta ahora sí se ha dilucidado, sin embargo, confirma que militares con negocios con el sector de Defensa les abrieron las puertas a los israelíes para dar los dos cursos de entrenamiento militar en marzo y mayo de 1988 en Puerto Boyacá.

NOTAS
1. El DAS hizo un informe confidencial el 26 de febrero de 1991, que obtuvo El Espectador, en el que detalla las salidas y entradas de los israelíes, pero no están completas. No se sabe si porque el DAS no llevó bien sus registros (que es posible) o porque los extranjeros no entraron y salieron todas las veces de manera legal.

2. Este era el nombre en su pasaporte cuando entró a Colombia, pero después, como él mismo contó, se quitó el apellido Gal y sólo usó el Klein

3. Asegura Piccoli, Guido, en Colombia, Il paese dell’Eccesso, (Editorial Feltrinelli, 2003, Italia, p. 22) que también estuvieron en el grupo de los entrenadores, Michael Harari, el temido jefe de seguridad del dictador panameño Manuel Antonio Noriega, y el famosísimo espía Rafi Eitan, que ocupó altos cargos en Defensa en Israel y fue jefe de la organización “bastarda” de la seguridad israelí, Lakam, pero no cita fuentes. Por el nivel de los personajes Harare y Eitan, no resuena veraz que se hayan venido a entrenar jóvenes a un pueblo perdido en Colombia. De todos modos aún no se termina de dilucidar quiénes estuvieron en realidad en Colombia con este grupo de entrenadores, ni si hubo otros entrenamientos no contados. En los reportes del DAS de la época si figuran dos personas más entrando al país en el grupo de Klein, que no son identificadas plenamente: Gilan Lahav, con pasaporte falso, quién entró al país cuando ya todos los demás mercenarios habían salido, el 8 de agosto de 1989, y un tal Dean N., experto en artes marciales.

4. Este es el nombre de nombre de su pasaporte, pero también su nombre lo escriben en forma diferente: Isaac Shoshani Merayot o Yitzhak “Mariot” Shoshani.

5. En inglés, Israeli Aircraft Industries, la industria fabricante de los aviones Kfir que en 1989, después de que saliera Klein de Colombia, vendió 12 de estos aviones al gobierno colombiano.

6. El mismo Klein, sus colegas, alumnos y otros testigos les han dado versiones contradictorias a la prensa internacional y nacional, a investigadores judiciales de diversos países y más recientemente a las periodistas Behar y Ardila y a un magistrado de Justicia y Paz. Nubla aún más su rastro la leyenda que se ha tejido alrededor de este personaje en el cuarto de siglo que ha pasado desde que sucedieron los hechos que se narran en este capítulo. Poner las versiones juntas, sin embargo, ayuda a reconstruir mejor cómo llegó al país y qué hizo aquí.

7. Diego Viáfara es el único testigo de los que hablaron de esa reunión que menciona a Amariles, quien estaba a cargo de la organización en el Putumayo. En El caso Klein, el excoronel dijo que quienes fueron a esa reunión eran dos agentes del DAS, pero no es probable que en el DAS, la organización que estaba persiguiendo con ahínco al narcoparamilitarismo del Magdalena Medio y que finalmente en abril de 1989 logra empezar a capturar a algunos de sus integrantes y a denunciar a los mercenarios, directivos suyos hayan participado en su contratación.

8. Por ejemplo, el DAS no tuvo registro de la entrada al país de Tzedaka, pero sí su salida el 26 de marzo, y Klein aparece entrando el 7 de febrero en el mismo vuelo de Miami con Shoshani, pero no figura su salida. Puede ser que el DAS no llevaba bien estos registros, pero es sospechoso que falten tantas entradas y salidas en los dos años en que los israelíes vinieron y salieron del país.

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