Jaime López: “El rock es mi esperanto”

Ya son más de 30 años desde que comenzó la “guerrilla anti-folclor” del cantautor mexicano, madurada en uno de los sonidos más elocuentes del rock en español y una de sus voces más claras. A pesar de que nunca ha tenido un lugar en el firmamento de las superestrellas en que, ahora, fácilmente se convierten los rockeros en el país, no hay cómo dudar del peso que tiene en la música mexicana. Sus huellas, hondas y bien delineadas, se pueden ver por todas partes, aunque no siempre se reconozcan como suyas.

Por Julián Herbert / Fotografía Mark Powell
"Soy la encarnación del deseo de mi padre, un indio al que corrieron de su casa porque añoraba convertirse en violinista"

“Soy la encarnación del deseo de mi padre, un indio al que corrieron de su casa porque añoraba convertirse en violinista”

—La poesía es esa cosa huerfanita de música —dice Jaime en broma. Luego, un poco más serio—: Confío en que la canción pueda ser la semilla de todos los géneros literarios. Pero jamás me atrevería a sentirme ni narrador ni poeta.

Hay una anécdota ochentera que retrata la relación histórica entre el rock y la izquierda mexicana: Jaime López y Cecilia Toussaint presentaban Corazón de silicón en El Cuervo, en Coyoacán, cuando una mano realizó esta pinta en la calle: “López cambia a Pepsi”. Jaime afirma que —según le confió el periodista y poeta Hermann Bellinghausen— el autor del graffiti habría sido Rafael Guillén Vicente, quien años más tarde iba a convertirse en el subcomandante Marcos. Dudo que la historia sea cierta, pero merecería serlo: es una excelente metáfora de un país en donde el arte es una empresa minoritaria y la política un reality show cuya doble moral dispara los ratings.

—La pinta hablaba, sin decirlo, de la muerte de Rodrigo González. Pero yo nunca fui rupestre como él. Mi relación con ese rollo fue tangencial. Al Rockdrigo, eso sí, lo quise mucho: es mi hermano musical. Lo malo es que murió. La muerte tiene todas las desventajas del mundo y una sola ventaja: ya nadie puede pedirte que hagas nada con tu vida. Así que, muerto Abel en el terremoto del ‘85, me convertí en el Caín que se atrevió a aparecer en Siempre en Domingo y a cantar en el OTI. Yo no traicioné nada: jamás he creído en la automarginación.

Bebemos tequila en el bar Gante, “el de la gente elegante” —me dijo con sorna al teléfono cuando acordamos reunirnos—. Percibo algo vagamente pendenciero en su trato y en su voz. No logro descifrar ese dejo del todo. Asumo que se debe a su constitución física (es un cotidiano levantador de pesas) y al tatuaje de un escorpión que porta en el brazo izquierdo como homenaje al signo zodiacal de Luisiana, la mayor de sus dos hijas (la menor —Andalucía— es Acuario como él y también está representada astrológicamente en la piel de su padre), y a su condición (mitad real y mitad histriónica) de norteño-que-habla-golpeao, y al hecho de haber pasado su juventud en el cábula y gandalla y transa mundo de la música popular chilanga de los setenta y los ochenta, y al recelo casi viral que le dejó haber despertado una madrugada con una pistola apuntándole a la sien mientras delincuentes profesionales desvalijaban su departamento, y al rechazo (simultáneo y tantito contradictorio) del capitalismo demencial y la recaudación implacable y la izquierda pundonorosa y la piratería inmisericorde, y al accidente de haber crecido en los cuarteles militares provincianos a donde lo arrastró el oficio del mayor Tlahuizo, su padre… Y, claro, a una concepción dramatúrgica del mundo: no se conforma con ser un autor; acepta ser, además, un personaje.

Jaime tiene un carisma indiscutible, pero lo suyo no es la simpatía automática. Un buen amigo, novelista e ilustrador, me preguntó, cuando supo que iba a entrevistarlo: “¿Por qué pierdes tu tiempo con ese pedante?” Por el contrario, el director de teatro Sergio Zurita me confesó: “Yo empecé a seguir a Jaime a todos lados desde que cumplí quince años. Es uno de los artistas más brillantes y generosos que conozco”. También me advirtió (demasiado tarde): “Sé puntual; un rasgo que define a Jaime López es su inquebrantable puntualidad”.

Yo lo había visto varias veces en el escenario. Había escuchado desde la adolescencia, uno tras otro y una y otra vez, sus discos. Por azares laborales, pasé un día entero en su compañía y en la de Diego Luna en Mexicali. Fuimos a una carne asada en casa de un amigable cirujano plástico cuya apariencia delataba que su mejor cliente era él mismo. Después acompañé al actor y al músico durante dos funciones del montaje del poema Aullido, con lectura de Diego y composiciones de López a partir de versos sueltos de Allen Ginsberg. Al final nos embriagamos en un adusto City Express. Antes del amanecer, uno de nosotros rompió una botella de Jack Daniel’s casi nueva en el estacionamiento.

Fue durante ese viaje que acordamos la entrevista. El pretexto era que Jaime cumpliría sesenta años el 21 de enero de —. Noté que no sería fácil atrapar al pez: lo vagamente pendenciero conlleva cierta cualidad escurridiza. Pero aceptó.

Meses más tarde, cuando telefoneé para recordar el compromiso, él sugirió:
—Voy a hacer un show en el Foro del Tejedor el 15 de noviembre. ¿Por qué no vienes?
Añadió que el concierto duraría un par de horas. Duró cuatro.

Dice Dylan Thomas que decía D.H. Lawrence que nosotros bailamos como nuestros abuelos imaginaron bailar. Entonces, en un sentido figaredo (es palabra del Piporro), somos como se soñaron. Uno es un sueño roto. Yo he comprendido que soy la encarnación del deseo de mi padre, un indio al que corrieron de su casa porque añoraba convertirse en violinista.

Juan López Tlahuizo, de Huajuapan de León, Oaxaca, emigró siendo adolescente al puerto de Veracruz. Además de músico (proclamaba ser pariente de José López Alavez, autor de la “Canción mixteca”), aspiró a ser marino. Lo más lejos que llegó por ese rumbo fue a hacerse tatuar sus iniciales en tipografía gótica. Con quince años apareció en la ciudad de México. Se procuró un empleo lavando baños en el mercado de La Merced. Tenía un buen patrón: un español que lo convenció de enlistarse en el ejército. “Es que ahí no quieren gente de color con apellidos raros —dijo Juanito—. Métete a la caballería, ahí es donde está la raza”, respondió el español. Así, Juan se convirtió en el mayor Tlahuizo. Sus contemporáneos mestizos llegaron a generales. Él, en cambio, indio como era, sólo pudo rebasar la clase media tras morir: su cadáver fue ascendido a Teniente Coronel.

López Tlahuizo se casó y tuvo dos hijos. Después se separó. La carrera militar lo llevó a Guadalajara, donde conoció a Ángela Camacho, una mujer blanca a la que convirtió en su segunda esposa. Ella tenía tres varones de un primer matrimonio con un ferrocarrilero también apellidado López: Luis, Jorge y Memo. López Tlahuizo y su nueva mujer emigraron a Matamoros, Tamaulipas. Ahí nació Jaime. Cuando el padre de Luis y de Memo falleció, éstos se integraron a la nueva familia de su madre.

—No soy un sándwich: soy un Triángulo de las Bermudas. Los hijos de mi mamá eran una pandilla, los de mi papá otra y, los dos que tuvieron juntos después de mí, una tercera. Por eso tengo una memoria muy activa y temprana. Recuerdo un viaje por tierra de Matamoros a San Francisco: de costa a costa por la 10 interestatal. Tenía dos años.

Deambuló por cuarteles hasta la adolescencia. Tras pocos años en Matamoros emigró a Ciudad Juárez, cuyo espíritu rudo y licencioso dejaría en su conciencia una marca indeleble: recordaría —mitad experiencia infantil, mitad recreación adulta y turística— la vida nocturna de las calles Mariscal y Lerdo. Más tarde se trasladaron a Nogales, donde Jaime tuvo su primer encuentro con el hábito canonizador de la cultura mexicana: todos los salones tenían un retrato de Jesús García, Héroe de Nacozari. Discípulos y maestros cantaban emocionados lo de “Máquina 501, / la que corrió por Sonora”.

—Mis compañeros eran una bola de delincuentes que no respetaban ni a su madre, pero que no les tocaras a su héroe. Un día estábamos ahí nomás, en la carrilla, y comencé a cantar la segunda estrofa alterando la letra: “Era un domingo, señores: / como a las tres de la tarde / estaba Jesús García / culeando a su puta madre”… No mames, casi me linchan.

(No es raro que el primer grupo de rock fundado por Jaime López haya sido —como cívico homenaje y por íntima venganza— Máquina 501.)

La infancia del cantautor posee una vasta mitología musical. Asegura que, mientras él se fraguaba en el vientre de Ángela Camacho, Cuco Sánchez servía bajo las órdenes del mayor Tlahuizo en el cuartel militar de Matamoros. Afirma haber conocido a Mike Laure gracias a su hermano Luis en una muy concurrida reunión familiar navideña en Guadalajara. Dice que su madre y las cinco hermanas de ella, todas originarias de El Rosario, Nayarit, solían cantar a voces “Rayando el sol” (el corrido norteño, no la insulsa canción de Maná). Recuerda una rolita que influyó en su estilo y que no encuentro en ningún lado: “El Wasumara”, de Lorenzo Licea El Mano Negra. Conoce todos los detalles de los discos de 45 RPM de Chuck Berry y Little Richard que escuchaban sus hermanos mayores, y que para él fueron canciones de cuna. Narra una anécdota que es buen ejemplo de su voluntad de presentificación:

—Era yo chico, supongo que tendría unos cinco años, cuando uno de mis hermanos mayores me llevó a ver una película a un cine que estaba en la Mariscal: The T.A.M.I. Show.
(La historia tiene que haber sucedido bastante más tarde: el film es de 1964.)

—Ahí vi y escuché por primera vez a James Brown. La experiencia fue tan intensa que, durante años, estuve convencido de haber atestiguado el concierto en vivo.

A mediados de los años sesenta, la familia López Camacho abandonó la vida fronteriza. Se establecieron en Cerro Azul, al norte de Veracruz; un poblado donde se halla uno de los tres pozos petroleros más productivos a nivel mundial en la historia. Ahí, bajo la influencia del son huasteco, Jaime afirma haber aprendido a tocar la guitarra. También interiorizó el falsete, registro vocal que aparece en muchas de sus interpretaciones. Luego emigró a la ciudad de México. Tenía dieciséis años. Se instaló, junto con uno de sus hermanos mayores, en unos condominios situados al sur de la ciudad. Hizo la prepa y cursó un semestre de literatura en la UNAM. Pronto descubrió que la escuela no sería lo suyo. Comenzó a vagabundear y a hacer teatro. Descubrió que quería dedicarse a la música.

—Cuando llegué, había esa fiebre de “nacionalizar”: hacer indigenismo rock, etcétera; todo eso a lo que muy jodidamente han llamado “fusión”. Para mí era una cosa obvia. El rock es un lenguaje universal: partes de ciertos principios, la escala pentatónica, por ejemplo, y desde ahí incorporas tu regionalismo para dar sabor al caldo. Yo estoy convencido de que la principal influencia musical de la tradición árabe y andaluza en México está en el son huasteco. Y, al mismo tiempo, la quinta huasteca (que tocas aplicando el pulgar de la mano izquierda sobre la sexta cuerda de la guitarra) está emparentada con el blues.

Jaime recuerda una canción que sonaba en la radio en 1971, y que a mi juicio influyó en el fraseo que patentaría Rockdrigo una década más tarde: “Caminata cerebral” de Love Army; una banda cuyo vocalista era conocido como El Pájaro Alberto.

—El rock puede expresarse en inglés o en francés o en turco porque, después de todo, es una lengua en sí. El rock es mi esperanto. Pero al paso del tiempo descubrí que el idioma natural puede ser también un instrumento. La lengua es la raza. Es un tópico difícil, porque luego, luego sale a colación el racismo en su sentido oscuro. Pero si debiéramos catalogar a los seres humanos, la manera más humana de hacerlo sería partiendo de la lengua que hablan, admitiendo de entrada que ninguna es mejor ni más importante que otra. Yo escribo canciones de rock y soy mexicano, por eso el español es uno de mis instrumentos principales. Lo otro, la “fusión” musical, ya viene dada.

Jaime López estuvo en Avándaro como público. Ahí, opina él, murió la primera encarnación del rock nacional.

—Peace & Love eran unos fresas que cantaban en inglés. Lo único que dijeron en español fue: “Chingue a su madre el que no cante”. Ahí nos partieron la madre. El rock quedó proscrito. Love Army salió de la programación radial. Nos confinaron a los hoyos fonqui. Se consolidó la peñización: toda la música dizque liberal se volvió folclor latinoamericano. Eso estuvo a toda madre para el gobierno y también para la izquierda, pero jodió un momento importante de nuestra historia musical. Jodió nuestro punk. Y el punk es esencialmente mexicano: somos involuntariamente punks. Por eso rescato el trabajo de Alejandro Lora, un wey también de origen fresa pero que utilizó sus recursos para defender, durante los años setenta, cosas importantes: el rock en español, la perspectiva popular urbana y la construcción de un mercado independiente. Ahora, con internet, se hace mucha alabanza de lo indie. Pero es lo mismo que hacíamos nosotros. Lora se puso las pilas y encontró en el idioma la verdadera nacionalización del rock. En las tiendas su disco no estaba en una sección especializada: lo encontrabas compitiendo lado a lado con el Acapulco Tropical.

El Foro del Tejedor (tercer piso de la cafebrería El Péndulo Roma) se parece, en términos de ingeniería civil —cualquier tifoso entenderá de lo que hablo—, al antiguo estadio Corona del Santos Torreón: simplemente no hay valla. El aforo llegará cuando mucho a cien personas. Y ésas, hombro con hombro: si te gusta o no te gusta, si prefieres cantar, si tu vaso salpica, si las nalgas de una vecina te endulzan la mirada un segundo de más, te toparás con el músculo del de junto. La buena noticia (o ya ni sé: soy un viejito adormilado) es que se trata de un antro para hipsters tímidos y candidatos al INSEN y borrachitos inofensivos y universitarios con cola de caballo: aquí difícilmente alguien te levantará la voz a menos de que esté tan destruido por sí mismo que te daría vergüenza soltarle un puñetazo. Hay una barra bien surtida a cincuenta metros de tu asiento, pero ahí te encargo: tardas más en pasar entre las filas milimétricas en busca de una chela que lo que dura la extended version de tu rola favorita.

La cita es a las 8:30 de la noche para empezar a las 9. Llego temprano. Me indican mi lugar en la zona VIP para invitados con cortesía: el último rinconcito del salón. Junto a mí hay una pareja chavo-chava. Ella pregunta si lo que estoy tomando es un helado y le explico con vergüenza que se supone que es una margarita, él se presenta como Omar, me advierte (buscando un cómplice: a la morra el concierto le da igual) que es fan y amigo personal de Jaime López y se sabe todas las rolas de memoria, y al poco rato llega otro VIP a quien Omar me presenta como su primo y tengo la impresión de conocerlo y luego me doy cuenta de que es así porque se parece a Israel López y finalmente me entero: es él, el ex futbolista profesional Israel López, quien también es fan de Jaime.

Pasaditas las nueve, Jaime López desciende los peldaños de una estrecha escalera de caracol y cruza desde el fondo de la sala repleta hasta el escenario. Lleva en la cabeza un sombrero de ala corta. Se planta, entre aplausos, bajo la tenue luz blanca. “¡Traime Sopes!”, murmura alguien junto a mí. Sobre el estrecho foro hay un par de guitarras electroacústicas Yamaha con la marca borrada, una armónica y, en un rincón, un piano vertical. López arranca tocando lo que le da la gana. El público no pide nada: escucha nada más. Algunos tararean en murmullos bajitos: el recinto es tan estrecho que cualquier voz demasiado fuerte (y peor: desafinada) resonaría groseramente. En primera fila hay un niño de diez o doce años. Vino con su papá. Debe ser su primera vez. A la tercera rola, grita: “¡El hombre de Wall Street!”… Jaime responde cortésmente:

—Con mucho gusto. Dame unas tres horas nomás.

Por un rato, el evento se desarrolla con serenidad genuina. López toca algunas de sus composiciones recientes. Habla poco entre rola y rola: afina, menciona el título, da un fugaz trago a su copa de vino. Sabe que en el recinto están algunos de sus más fieles seguidores, así que trata al público con una ligera, casi afectuosa, displicencia; una intimidad distante. Se le nota tranquilo y también concentrado, especialmente en la ejecución de la guitarra. La crítica es casi unánime en el reconocimiento de la calidad de sus letras, y algunos apreciamos además el re-diseño de su voz (que empezó siendo aflautada y con los años se ha vuelto profunda y rasposa). Pero López es también un buen guitarrista, lo cual se aprecia mejor durante sus funciones en solitario, sin una banda detrás que supla u opaque sus florituras. Practica un estilo mestizo en el que se combinan riffs blueseros con rasgueos de huapango, figuras arabescas y acordes llenos y duros que por momentos recuerdan a Black Francis o Gordon Ganon.

Tanto él como la audiencia van relajándose. Las rolas se hacen densas, familiares, cada vez más cercanas a la cicatriz que cada quien trajo de su casa. Casi a la hora cumplida de concierto, Jaime da un nuevo trago minúsculo a su copa y dice, como si estuviera en una velada con amigos:

—Ahora sí vamos a echarnos una que nos sepamos todos, ¿no?

Pulsa sobre las cuerdas el arreglo inicial de “Sácalo”. Canta: “Quiero decir que estoy harto de mí / Si algo de ti permanece aquí / Sácalo / Antes que me lleve el diablo”.
El público se desborda.

A partir de ahí, el concierto es otra cosa: verbena popular, borrachera en un garaje, versión minitoy de un evento masivo al aire libre bajo la lluvia, ritual portátil de barbarie posmoderna, you name it: López se ha echado al público a la bolsa y viceversa: se le nota eufórico, como si estuviera departiendo con los cuates en la sala de su casa. Platica mucho más:

—Yo toco lo que quieran, nomás no me confundan con Bisonte Fernández, el único rumiante que pasta en los palenques.

O:
—Estoy de acuerdo con que Hacienda privilegie a los contribuyentes que trabajan con sus manos, siempre y cuando acepte que yo tengo las manos en el cerebro.

O:
—Mi mamá es la maestra del terror y del suspenso: es la hermana bucólico-pastoril de Alfred Hitchcock.

Hace una versión flarf de “Chilanga banda”, una muy cruda de “Nocaut”, una rara cumbia-blues de “Por los arrabales” y otra más, ligerísima, de “Bordando la frontera”. Luego de una segunda hora pegándole a la guitarra, se sienta al piano. Desde ahí interpreta una tercera tanda de baladas y rocanroles: “Chuck Berry va berreando hasta atrás / y desde Memphis los egipcios / piden más / de aquel aguarrás”. Luego vuelve a la guitarra.

Por ahí de la una y media, un borracho que se cae de la silla y cuyo único sostén es una muchacha más briaga que él comienza a gritar frases incomprensibles. Al principio Jaime lo ignora. Después, le contesta con un par de albures. Al final, un poco harto, le dedica una canción (originalmente incluida en Grande Sexi Tos) cuya letra íntegra es una sola frase repetida varias veces, y que el público corea: “Óyeme, cabrón, hijo de tu pinche madre”.

Al final del concierto subo rápidamente al escenario para felicitarlo y ponernos de acuerdo para comer juntos al día siguiente. Me marcho de El Péndulo cerca de las dos de la mañana. Al cederme el paso, el guardia de la entrada dice:
—Nomás sálgase rápido, porque ahí anda un señor muy borracho y necio que quiere volver a meterse. Dice que es amigo del artista.

Salgo. Junto a la puerta está el borracho del concierto quien, dando tumbos pero sin soltar a su seminconsciente novia, grita al borde del llanto:
—¡Jaime! ¡Toca lo que te salga de los huevos, cabrón!

A finales de los años setenta, el guitarrista (ahora historiador) Ricardo Pérez Montfort y el baterista (ahora coreógrafo) Marco Antonio Silva se reunieron con Jaime López (en aquel entonces bajista) para formar Máquina 501: una suerte de guerrilla anti-folclor que tocaba gratis y de contrabando en las explanadas de Ciudad Universitaria. De esta formación surgieron las primeras versiones de temas como “Tres metros bajo tierra”, “Ámame en un hotel” y “Blue Demon Blues”. En 1980, Jaime dejó a la banda para grabar junto a Roberto González y Emilia Almazán el que sería su primer disco: Sesiones con Emilia, una placa más emparentada con el sonido del canto nuevo que con el del rock. También trabajó en la letras de Chac Mool (“Poco, porque a mí el que me invitó fue el productor y los músicos no me pelaban; el único receptivo fue Jorge Reyes”). Después colaboró con Eblen Macari.

Era la época del Foro Tlalpan, el tianguis del Chopo, el arribo de Rodrigo González a la ciudad de México desde su natal Tampico (“Éramos muy buenos cuates; nos unía la complicidad tamaulipeca”), la aparición de solistas como Betsy Pecanins y el nacimiento de bandas como Rebel’d Punk, a quienes más tarde se unirían grupos fundados tras el terremoto del ‘85: Trolebús, El Haragán, Real de Catorce, La Camerata Rupestre… Era, en fin, el surgimiento de un concepto: Lo Marginal. Más que consolidarse como discurso ideológico, lo marginal se volvió una suerte de branding que englobaba el nacimiento de prácticas comerciales autogestivas, cooperativas y, en general, todo el sector informal de un trabajo artístico e intelectual que durante años había sido bloqueado —por no decir pateado en las costillas mientras estaba en el suelo— por el sistema político mexicano.

—Con Máquina 501 era siempre un rollo para tocar —recuerda López—. Hacíamos todo: desde sobornar a los guardias de CU para que nos dejaran entrar hasta cargar solitos el equipo. Mi ampli de bajo se lo compré de medio uso a Eugenio Toussaint. Era un pinche refrigerador brasileño al que apodábamos O Tremendao. Cuando más difícil era todo, Ricardo Pérez Montfort decía, en son de broma: “Ahora sí nos vimos bien rupestres”. Años después les conté esa anécdota a Rockdrigo y Alain Derbez (a quienes yo mismo había presentado) y Alain, que siempre fue un snob, dijo: “Eso es: ese es el concepto que buscamos para nuestro movimiento: Lo Rupestre”. Y que se ponen entre los dos a redactar un manifiesto. Yo dije: “Zafo”.

El ‘84 fue un buen año para López: no sólo tuvo la oportunidad de tocar y ganar algo de dinero al hacerlo, sino que su prestigio como letrista se estaba consolidando. Empezó a ceder canciones a otros intérpretes, sobre todo mujeres. Maru Enríquez y Cecilia Toussaint encabezaron la lista. En 1985, Cecilia grabó Arpía con José Elorza y Jaime López como compositores de base. Pero antes, Álvaro Dávila y José Salas se acercaron al cantautor con la oferta de producirle un álbum. Del trato nació La Primera calle de la soledad, que salió a la venta en ‘85. Su primer hit no fue un rocanrol, sino una cumbia: “Ella empacó su bistec”. Sonó en la radio una y otra vez hasta que le abrió las puertas del principal escaparate de la música popular mexicana: el programa de televisión Siempre en domingo.

—Cuando pudo apoyarnos, Raúl Velasco nos apoyó al cien. Nunca hubo censura. Decía: “Yo hago lo mío, ustedes hagan lo suyo”. Nos abrió espacios en un momento previo al terremoto en que tenía cierto poder. Lo aprovechó para promover, por ejemplo, a Serrat. Y sí, había cosas a las que ya no le entraba; él mismo decía: “Rubén Blades es too much”.

Jaime López se inscribió como contendiente en el Festival OTI, a celebrarse en agosto de 1985. Cantó “Blue Demon Blues” y obtuvo una calificación histórica: el último lugar de la competencia con cero puntos.

—Ese cero nadie me lo dio: me lo gané a pulso. La canción tiene un choro que termina con lo de: “No hay peor lucha que Lucha Villa” y luego viene la referencia a Cantinflas… Era casi peor que meterse con un político.

Un mes más tarde, en septiembre, tembló. La ciudad de México se vino abajo. Rodrigo González murió sepultado bajo los escombros. La ciudadanía rebasó a la clase política en su capacidad para responder a la tragedia, lo que puso de manifiesto una lección que, desgraciadamente, olvidamos pronto: somos mejores personas que ellos. La reacción institucional incluyó, entre múltiples estrategias, acotar los espacios de libertad de expresión. La fugaz etapa de apertura de los medios masivos de comunicación (específicamente de Televisa) se dio por clausurada. Al mismo tiempo, López se había convertido en un bastardo del underground. Su carrera tardó algunos años en reponerse. En ‘87 lanzó el disco de cumbias ¿Qué onda, ese? (a mi juicio una de sus obras menos afortunadas) de la mano de Ignacio Morales, ex productor de Rigo Tovar. Pero sin Salas ni Álvaro Dávila, que habían desaparecido temporalmente del mapa y eran su estructura de relaciones, el álbum se quedó en el limbo.

Jaime exploró otros ámbitos: trabajó con José Joaquín Blanco en el montaje de una pieza de este último en la que ambos actuaban, hizo algo de periodismo y recorrió durante una larga temporada el norte de México y el sur de Estados Unidos. Mientras tanto, en 1988 apareció el espléndido Maradentro de Eugenia León, disco al que contribuyó con cuatro hermosas composiciones: “Soy el mar”, “Muriéndome de sed”, “Adiós a los dioses” y “¿Qué más puedo decirte del mar?”. Después, Jaime viajó a Colorado en busca del sitio donde nace el río Grande: nuestro río Bravo, que desemboca en una fea playa de Matamoros llamada Puerto Bagdad. (“Para no llamar la atención —dice López en unos versos de la canción homónima— a lo mío lo llaman paranoia”.)
Volvió a la ciudad de México. Recibió un telefonema de Álvaro Dávila:

—¿Dónde andabas? Ya se prendió lo del rock en español. Están firmando a todos: a Cecilia, a Bon, a todos. Ariola te está buscando.

El trato era simple: a cambio de los derechos podría grabar el disco que quisiera, donde quisiera y con los músicos que quisiera. López eligió un estudio de Nueva York donde acababa de grabar David Bowie. Se alió con Daniel Freidberg y Óscar López en la producción. Tuvo como músicos de sesión a una paleta estándar de jazzistas neoyorquinos: gente que había trabajado con artistas variopintos como Dizzie Gillespie, Robert Palmer o Yoko Ono. Trabajaron durante dos meses. El resultado fue una de las escasas obras maestras del rock mexicano: Jaime López, de 1989.

—Al principio quise ponerle otro título: Vete derecho al infierno. Pero justo cuando estábamos grabando pasó lo de los narcosatánicos en Matamoros. Así que, siendo yo de allá, imagínate.

El disco incluye diez temas. Es terso en términos de composición, rico y variado en sus arreglos, extraordinario en sus letras, y está impecablemente producido. Sin embargo, sus ventas nunca despegaron. Jaime López invoca un aspecto comercial que lo perjudicaba: los ejecutivos argentinos que lo habían contratado fueron desplazados en México por el personal español de Ariola, y estos últimos vieron en él una potencial competencia para uno de sus productos más redituables: Joaquín Sabina.

—Llegaron los españoles, hicieron a un lado a don Enrique de Noriega y dijeron: “A la chingada estos pinches sudacas, nosotros venimos a recalentar La Movida”. Descaradamente, porque La Movida ya estaba muriéndose en España.

Esto puede ser cierto o no. El caso es que el Jaime López nunca tuvo la promoción y la distribución que ameritaba la inversión inicial que hizo en él la disquera. Se quedó atorado. Aun así, no somos pocos quienes lo consideramos un clásico del pop nacional.

Le envié un mensaje de texto pidiéndole el cel de Cecilia Toussaint. No me contestó. Después, cuando nos vimos en el Gante, recordó que me lo debía. Mientras lo buscaba en su directorio, dijo:

—A ver cómo te recibe mi comadre. El otro día dijo en la radio que no quería que la encasillaran como intérprete de López.

Dos días después la localizo alrededor de las diez de la mañana. Le explico que escribo un perfil sobre Jaime y que me gustaría contar con su voz. Dice, un poco seca:

—¿Él sabe que me hablaste?
—Él me dio tu celular.

Su tono se suaviza.
—Por supuesto. ¿Puedes hoy?… Lo malo es que tendría que ser después de la siete y bien, pero bien al sur: en el Sanborns de Fuentes Brotantes.

A mediodía, mi compadre León Plascencia y yo comemos con Jaime en un uruguayo de mediana calidad (no sé por qué los chilangos insisten en hacer carne a las brasas; no es lo suyo) y le platico de mi cita con la Toussaint. Luego hacemos la sobremesa alabando a Lou Reed mientras los tres caminamos hacia el metrobús. León emprende la marcha rumbo a Álvaro Obregón. Jaime me da instrucciones para llegar a la cita con Cecilia. Al despedirnos, dice:
—Hoy vas a estar con una diva.

Intento descifrar si lo que hay en su voz es devoción o ironía. No lo consigo. Supongo que hay un poco de las dos.

Recorro medio DF en metrobús. Cecilia llega puntual, sin maquillaje, con el cabello recogido y envuelta en una chamarra de The North Face con el zíper hasta el cuello. Tiene cincuenta y cinco años. No sé si es mi memoria adolescente, el caso es que sigue pareciéndome bellísima.

—Yo venía de La Nopalera y algunos ex integrantes intentábamos lanzar otro proyecto. Mi prima Maru Enríquez propuso canciones de Jaime, así que él fue a un ensayo. Nos caímos bien a las primeras dos frases. Luego él me dio un aventón o yo le di un aventón a él, ya no recuerdo; el caso es que nos quedamos chismeando hasta altas horas de la madrugada. Incluso me ayudó a saltarme la barda porque perdí la llave de casa. Fue un encuentro lindísimo. Él dice que éramos como Tom Sawyer y Huckleberry Finn.

“Yo estaba embarazada. Rehilete —el grupo que formamos— terminó pronto. Nació mi hija. Me puse a cantar boleros. Pasaron unos años. Y en algún momento decidí que quería entrarle al rock. Jaime y yo hicimos el concepto, también un poco con Pepe Elorza. Jaime me conectó con unos chavos que tenían un grupo llamado Abril. Entre ellos estaba José Luis Domínguez, guitarrista que, luego de disuelto Abril, dijo que quería seguir trabajando conmigo. Héctor Bertier se incorporó a la banda y Jaime nos presentó a un bajista: Rodrigo Morales. Así nació Arpía. Sorpresivamente, el recibimiento del público fue increíble. Trabajamos un rato en vivo, luego grabamos (a modo de despedida, porque Rodrigo se iba a estudiar a Chile y Héctor estaba clavado en un proyecto sociológico de reciclaje) el disco de 1985, que fue mi primero y al que quiero mucho. De ahí en adelante he sido intérprete de Jaime López. También, al principio, de Pepe Elorza. Pero a Pepe le perdí la pista.

“Jaime llevaba años cantando algunas canciones que yo también interpreto. Otras las hizo para mí a partir de larguísimas sesiones de chisme y confidencia entre los dos; si bien no son autobiográficas, él sabía que tenían elementos que iban a moverme mucho.
“Al paso de los años hice un disco, Acoso textual, que es mi manera de agradecerle tres décadas de amistad y colaboración. Y ¿sabes qué hizo? Me salió, luego de veinticinco años, con un nuevo verso para ‘Tres metros bajo tierra’. Es una gente que siempre está mejorando y trabajando sus canciones. Es muy puntual, siempre está buscando el peso justo de cada palabra, de cada acento. Yo me siento muy cercana a su lenguaje y a su sentido del humor.”

Luego de una pausa, pregunta con cara de colegiala de la secu:
—Y Jaime, ¿qué te contó de nuestra relación?

Me hago el desentendido:
—Nada. A lo mejor hizo algún comentario ambiguo.
—Es sentido, Jaime —dice Cecilia.

Me animo y pregunto:
—¿Estás grabando con otro compositor?
—No grabando —responde ella—. Pero sí hay planes. Es un músico joven cuyo nombre prefiero no revelar por ahora. Lo estoy haciendo con un poco de miedo: es como soltarle la mano a mi papá para cruzar la calle. Pero es lo justo: mi voz necesita transitar otros espacios, y el autor con el que estoy trabajando es súper talentoso.
—¿Alguna vez grabaste algo con Jaime López?
—Fíjate que no. O bueno, sí: todo.

Sergio Zurita es un niñote que se emociona fácilmente. Me recuerda un poco a mí pero en güero.

—La primera vez que lo vi —dice— fue en Rockotitlán, abriéndole a los fresones de Kerigma. Imagínate.

Me da envidia: Sergio tiene mi edad pero a los quince años ya andaba persiguiendo rockeros por esos bares de Dios mientras yo escuchaba a Liberación de Virgilio Canales en las estaciones de AM de Ciudad Frontera, Coahuila.

—Un día en El Hijo del Cuervo, en un momento de euforia, que le aviento al escenario un pin con el símbolo de Amor y Paz que me acababan de traer de Alemania unos tíos. Lo recogió y hasta la fecha lo tiene. Otra vez lo topé y le pregunté dónde podía conseguir Sesiones con Emilia. Dijo: “Tú eres el del pin, ¿verdad? Yo te lo regalo. Dame tu teléfono porque yo no tengo. Te hablo el viernes a las tres de la tarde”. Me habló a las tres en punto: “Me da flojera explicarte cómo llegar a mi casa; ¿por qué no nos vemos a las cuatro en la entrada del metro General Anaya?”. Salgo corriendo y ahí estoy diez minutos antes. Pasa mi cuate Luis Fernando, el hijo del difunto Miguel Ángel Granados Chapa, y me pregunta: “¿Qué haces?” Y yo: “Espero a Jaime López”. “Sí claro —dice él—, yo voy aquí a dos cuadras a ver a Jimi Hendrix”. Son las 3:59 y aparece Jaime López. Vamos a su casa y me regala el disco. El único adorno que tenían los muros de su recibidor era Esperando a Ulises, un cuadro de Ahumada que se imprimió en la contra de La primera calle… Es nada más una mujer en la ventana junto a una maceta hecha con una lata de Tecate. Años después, Jaime también me regaló ese cuadro. Está en mi casa.

Hablamos de otro Jaime López: el que heredó mi generación.

En el ‘94, José Manuel Aguilera y Jaime López grabaron en la casa del primero otra obra maestra: Odio fonqui, un disco que es casi una declaración de guerra: no sólo ridiculiza la idea de los legendarios hoyos fonqui, sino que es una de las primeras demostraciones mexicanas de que uno puede grabar lo que canta en su cuarto de baño y meterle con ello un picahielo en el pulmón a la megaindustria discográfica. Aun cuando nadie supiera quién era Jaime López, la segunda canción del álbum —”Chilanga banda”— perduraría. Porque la grabó Café Tacvba, claro. Pero también porque es ese estado joyceano del arte que condensa la pulsión de un sector del imaginario capitalino: una “ch” que es a la vez Ixca Cienfuegos.

Durante el resto de los noventas, Jaime produjo (ya casi solo: con una seguridad y libertad que nunca tuvo antes) dos discos gemelos y notables: “Desenchufado” y “Nordaka”. En ellos recupera de manera cruda, además del delicioso registro del acordeón, la herencia musical del sur de Estados Unidos y el norte de México: del blues al corrido norteño al zydeco al bluegrass a la cumbia transterrada. Uno de sus mejores hallazgos fue revisitar baladas guapachosas de las navidades pasadas (algunas originalmente contenidas en el álbum ¿Qué onda, ese?) y explorar su armonía desde un nuevo enfoque. Entre las inéditas hay highlights como “Nadie va a Durango” (una letra llena de erudición western movie) y, por supuesto, “Por cigarros a Hong Kong”, realizada en colaboración con un ya muy disminuido físicamente Eulalio González Piporro.

A mediados de la primera década del siglo XXI aparecerán dos discos que intentarán hacer corte de caja a la carrera de López sin renunciar a convertirse, a la vez, en algo nuevo. Ambos son de 2006. El primero, No más héroes por favor, es otra colaboración con José Manuel Aguilera. Tiene momentos de luminosa rudeza necesaria y la voz de Jaime suena mejor que nunca, pero las canciones en sí ni siquiera rozan la profundidad emocional del Odio fonqui. El segundo, Grande Sexi Tos, es, desde el título, una autoparodia. Eso no quita que las nuevas versiones de algunas rolas de la canasta básica muestren aquí —a través de guitarras con lija, versos nuevos y tal vez improvisados, la voz de Jaime oscurecida por el uso y un espíritu interpretativo antes cínico que juguetón— aristas insospechadas.

El periodo reciente de la obra de López se conforma de tres discos: Arando el aire (2007), Por los arrabales (2008) y Mujer y ego (2011). Los tres podrían catalogarse estéticamente, en términos bloomianos, como apofrades: un regreso a los orígenes electroacústicos, rocanroleros y pops—2013hablo de bolero, balada, cumbia, huapango y blues— desde un estado de “debilidad” que hace que la música florezca por sí sola, más allá de la idiosincrasia o personalidad del autor. Esto sucede sobre todo en el último.

Arando el aire incluye una de las composiciones más afortunadas de López: “Parlez vous patois?”, una balada que surfea con soltura de la pentatónica arabesca al blues y el aire celta y contiene una lírica envidiable. Por los arrabales combina el sonido Old Style del Desenchufado (acordeón incluido) con un par de tracks rudos y, sobre todo, reescribe con fortuna regular canciones de discos pasados.

Mujer y ego contiene catorce canciones nuevas. El tema amoroso prevalece. Es, según mi humilde opinión, la tercera obra maestra en el almanaque de López. Es también un disco que no se abre a la primera: es para fans. Lo más frívolo sería comparar sus alcances —por denuesto o por halago— con los de los maestros del folk-rock anglosajón. Prefiero decir que posee un rasgo últimamente olvidado en la música: una unidad nada cínica. Y, también, que las letras son brillantes, la producción fina aunque no demasiado elaborada, los arreglos casi siempre sencillos y, cuando no, pertinentes. La voz de Jaime alcanza su mejor registro de graves sin sonar impostada jamás. Hay algo en toda la ejecución que podría calificar con una palabra de escaso prestigio: es genuino. Mujer y ego es la obra de un artista que, como muchos otros, “no está dispuesto a complacer a nadie”. La diferencia es que, en su caso, la palabra nadie lo incluye también a él.

—¿Te acuerdas cuando preguntaste por Twitter que qué íbamos a hacer para celebrar el cumpleaños sesenta de Jaime? —pregunta Sergio Zurita mientras terminamos de desayunar huevos estrellados en un restaurancito de la Roma—. Yo voy a subir una canción inédita suya: “Es tan poco el amor”. La produjo Ramiro del Real, quien también está en la guitarra y la batería. El bajista es Quique Rangel, de Café Tacvba. Yo estaré como, digamos, productor ejecutivo. Es un regalo: va a amanecer en iTunes el 21 de enero, el mero día de su cumpleaños.

—La poesía es esa cosa huerfanita de música —dice Jaime en broma. Luego, un poco más serio2013: Confío en que la canción pueda ser la semilla de todos los géneros literarios. Pero jamás me atrevería a sentirme ni narrador ni poeta. No entiendo a los que hacen eso. Zapatero a tus zapatos: lo mío, simple y complicadamente, es componer canciones.

Estamos en casa de Julio Trujillo y en compañía de Daniel Saldaña París, ambos poetas y prosistas. Son mis amigos, mi zona de seguridad: mi territorio. Luego de un par de charlas, Jaime accedió sin remilgo a acompañarme a visitarlos.

—Hice alguna cosa: una dizque novela inacabada cuyo título es Farántula. Un día se las enseño. Sin albur.

No le entusiasma la charla acerca de autores recientes pero habla con soltura sobre Dylan Thomas, Xavier Villaurrutia, Efraín Huerta y los beats. Nos regala dos sentencias que, subrepticiamente, anoto en mi libreta:

“La lucha por el placer es más dura que la lucha por el poder”.

Y:

“Defender tus gustos es defender tus derechos”.

Nos despedimos casi a las seis de la mañana. Es un adiós difícil: Jaime sabe que yo soy (parafraseando a Cameron Crowe) la versión INSEN de The Enemy. Y a la vez, yo nunca seré un periodista: más bien soy un artista-reportero intentando plagiar el proceso del otro.

Estamos tan seguros de la inestabilidad de nuestros oficios que ni nos damos un abrazo final.
Jaime sube a su taxi.

Digo junto a su ventanilla:
—Tienes razón. La diferencia entre el Estado de Bienestar y una sociedad subdesarrollada es que la primera invierte en el capital intelectual y la segunda en la manufactura y los productos.

Jaime responde:
—¿Sabes qué? La caballería militar era un lugar feliz para crecer. Era una pinche tropa de gitanos.

Y sube el vidrio. //

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