Le Clezio portadilla

Jean-Marie Gustave Le Clézio, el nómada anticolonial

Jean-Marie Gustave Le Clézio, férreo analista del colonialismo y sus profundas heridas, es una de las voces invitadas al Hay Festival Querétaro.

Por Alejandra González Romo / Ilustración Natalya Bolnova

Entre el 1° y 4 de septiembre, se llevará a cabo la sexta edición del Hay Festival en México. La sede se ha mudado a la ciudad de Querétaro, donde se reunirán escritores, periodistas, editores, músicos y divulgadores culturales e intelectuales provenientes de 17 países. Éstas son algunas de las voces que charlarán sobre su visión del mundo.

Jean-Marie Gustave Le Clézio publicó su primera novela Le Procés-verbal en 1963. Tenía 23 años y con aquel torrencial libro donde sumerge al lector en el aislamiento de un joven con amnesia que se pierde gradualmente entre alucinaciones, ganó el Premio Renaudot y el reconocimiento de titanes de la literatura como Michel Foucault y Gilles Deleuze.

Los analistas suelen dividir su carrera literaria en dos partes. La primera, marcada por su inquietud experimental, el post-estructuralismo, la exploración de la locura y una retórica enervante, le valió los adjetivos de innovador y rebelde y la comparación con el también francés Albert Camus. La segunda, en la que rechaza todo lo anterior, está guiada por sus memorias familiares y una prosa más lírica y accesible que le trajo el Premio Nobel de Literatura en 2008. Catorce años antes la revista Lire ya lo había señalado como el más grande escritor vivo en lengua francesa.

Le Clézio nació en Niza, pero proviene de una familia bretona emigrada a la Isla Mauricio, que fue en distintos momentos colonia holandesa, francesa e inglesa, antes de convertirse en un país independiente. Su padre era inglés y su madre francesa, pero vivieron en varios puntos de África porque él trabajaba ahí como médico. Su madre volvió a Francia para tener a sus dos hijos, y Le Clézio no conoció a su padre hasta los ocho años, en Nigeria, donde la familia se reencontró tras la separación que vivieron durante la Segunda Guerra Mundial. Este pasaje de su infancia ha sido definitivo en su vida y su carrera, e inspiró su novela Onitsha (1991) y El africano (2005), una relato muy personal, sensible y casi poético sobre su relación con su padre, contada desde la memoria de un niño que guardó por años un mundo de recuerdos donde se confunden la realidad y la ficción.

Le Clezio

Lejos de la vida acomodada donde pasó los primeros años de su vida con su madre y su abuela, en el sexto piso de un edificio apropiado para la burguesía francesa; llegó a África a los ocho años para construir su verdadera infancia, sus años más felices como un niño blanco que compartió juegos con los niños nigerianos. Desde ahí, se volvió lejano aquel entorno que detestaba su padre, el “mundo colonial y su injusticia presuntuosa, sus cocktail parties y sus golfistas de traje, su domesticidad, sus amantes de ébano, prostitutas de quince años que entraban por la puerta de servicio y sus esposas oficiales muertas de calor que por unos guantes, el polvo o la vajilla rota descargaban su rencor en la servidumbre”. Desde entonces, ha vivido en varios países de Asia, África, América y Europa, tejiendo literatura con su propia migración. Lo hace, dice, por la necesidad de comprender, en suma honestidad, su lugar en el mundo. Ha vivido entre los indios emberá de Panamá y fundó una escuela en Michoacán. Ha escrito ampliamente sobre los isleños del océano índico, con los que tanto se identifica, ha publicado traducciones de textos sagrados mayas y ha impartido clases en universidades de la Ciudad de México, Bangkok, Alburqueque y Boston.

Le Clézio ha sido siempre un férreo analista del colonialismo y sus profundas heridas, que en vez de cerrarse con los siglos, parecen profundizarse y adquirir mayores y más complejas dimensiones. Es un tema recurrente entre sus más de 40 libros de ficción y no ficción. Como ciudadano del mundo ha asumido, por ejemplo, la responsabilidad de comprender la conquista de México y la caída de Tenochtitlan a la manera de Bernal Díaz del Castillo, como “el lento, difícil e irresistible progreso de una destrucción”. Una matanza sin precedentes ni escrúpulos: la inevitable tragedia que vendría del choque entre la rapiña insaciable del hombre moderno y una de las últimas civilizaciones que él describe como mágicas. Los indios, escribe en El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido (1988), aprendieron demasiado tarde que el hombre blanco no comparte nunca y que no descansaría hasta pisotear todo aquello que consideraban sagrado, y reducir su pueblo y su cultura hasta la más indigna esclavitud. “¿De qué riqueza nos privaron los conquistadores?”, se pregunta. Al destruir estas culturas y aniquilar la identidad de estos pueblos se mutiló la humanidad y es algo que Le Clézio no se cansará nunca de subrayar. “Lo provocaron los primeros aventureros de esta civilización materialista y oportunista que se extendió por todo el mundo, y que poco a poco fue sustituyendo a todas las otras filosofías”, afirma.

La violencia es otro de los motores de sus escritura; está en Desierto (1980), Revoluciones (2003) y en gran parte de su obra. En 2015 le dijo a El País que después de mucho analizarlo, sólo ha podido concluir que la violencia es un fenómeno sin una explicación más allá del profundo desconocimiento del otro.

En sus textos breves conserva ese hilo analítico e incisivo para explorar las diversas aristas de la miseria humana. Habla de la absoluta desolación que puede vivir el individuo contemporáneo atrapado en un inmenso multifamiliar con trescientas ventanas idénticas, rodeadas de un cementerio de autos inútiles. A pesar de lo que denuncia, se define como un optimista y tiene fe, sobre todas las cosas, en las generaciones futuras. En sus libros teje, aún en medio de minuciosas descripciones del dolor, el hambre, la soledad y la desesperanza; extensos homenajes al mar, el cielo, el viento, el amor, y los inquebrantables lazos familiares que sobreviven al tiempo y al exilio. A este premio Nobel le incomoda el estatus de figura literaria y prefiere poner ante él oídos sordos. Mientras tanto seguirá documentando con su prosa sensible y demoledora una historia que, aunque parece repetirse con la misma crueldad y arrogancia del pasado, no le quita las ganas de viajar a un nuevo sitio y empezar otro libro.

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