Jorge Álvarez Nava quería ser médico

La de Jorge Álvarez Nava, estudiante de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, es una de las 43 historias publicadas en “Ayotzinapa. La travesía de las tortugas” (Ediciones Proceso, 2015), libro a través del cual el colectivo Marchando con letras recuerda a cada uno de los normalistas desaparecidos en Iguala, Guerrero, el 26 de septiembre de 2014. Con autorización de la editorial, reproducimos este fragmento del libro, un vistazo a cómo era la vida de estos estudiantes antes de la tragedia.

Por Ricardo Garza Lau

Jorge Álvarez Nava quería ser médico, no profesor. Las buenas calificaciones que obtenía en la Preparatoria Número 12 de Tierra Colorada, Guerrero, y la facilidad para aprender lo motivaban a pensar que tenía las aptitudes para estudiar una carrera exigente. Las clases de anatomía y biología le generaban, además, una especial curiosidad. Su madre, Blanca Nava, le veía vocación de médico desde la infancia. Al enterarse del deseo de Jorge, Epifanio Álvarez, su padre, planeó emigrar a Estados Unidos para pagarle los gastos universitarios. Una de sus hijas recién terminaba la carrera en Chilpancingo y eso había consumido los ahorros familiares. Era la novena vez que Epifanio intentaría cruzar la frontera en 26 años. Sólo había fracasado en dos ocasiones, la penúltima y la última.

El coyote le indicó que había sobornado a los oficiales de migración en la garita de San Ysidro, en Tijuana, por lo que sólo debía decir su nombre para que lo dejaran pasar sin pedirle el pasaporte y la visa. Fue un engaño. A Epifanio Álvarez lo arrestaron y lo trasladaron a un centro de detención, ahí le dijeron que si reincidía en el intento sería encerrado meses en la cárcel. Luego lo regresaron a México por Reynosa, Tamaulipas, a 2 mil 500 kilómetros del lugar en que fue aprehendido. Al volver a su casa, en la comunidad de La Palma, Guerrero, le dijo a Jorge que si quería seguir estudiando debía buscarse una carrera que implicara gastar lo mínimo. Su única opción fue la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, a 105 kilómetros de casa. Ahí no preocuparía a su padre ni siquiera por pagarle comida o techo.

Aprobó el examen de ingreso y se presentó en agosto de 2013 a una segunda prueba, la de resistencia física, que era una especie de novatada impuesta por los alumnos del segundo año en adelante. Lo raparon, igual que a los demás aspirantes, para diferenciarlo de los mayores. Lo obligaron a hincarse y a poner la cabeza sobre piedras durante largo rato. Lo levantaron a las 4 de la madrugada para ir a correr mientras gritaba consignas que debía memorizar. Le hicieron subir las escaleras sobre una loma que conducen a las aulas con un compañero trepado en su espalda. Lo pusieron a chapear la tierra. Lo aventaron a un pozo con lodo. Como Jorge no era delgado, le racionaron a lo mínimo la comida y el agua, y, cuando ya no resistió el hambre le sirvieron alimento en exceso y lo obligaron a terminárselo. No soportó la hostilidad. Volvió a casa, derrotado, una semana después. Aún no cumplía los 18 años.

El mojado reincidente
Epifanio Álvarez y Blanca Nava se conocieron a mediados de los ochenta en un baile de la feria de La Palma, la fiesta más concurrida del año en el pueblo donde él nació. Blanca venía de El Zapote, una ranchería a 5 kilómetros en dirección a Ayutla. Bailaron al ritmo de Apache 16, una banda acapulqueña de balada tropical. Se siguieron frecuentando hasta que Epifanio le pidió que fueran novios. Mantuvieron una relación por dos años y luego se casaron en Las Mesas, Guerrero. La nueva familia no tenía dinero, así que se fueron a vivir a casa de los padres de Epifanio, quienes subsistían gracias a la siembra de maíz y calabaza. Los padres de Blanca se dedicaban a lo mismo.

Epifano emigró sin documentos a Estados Unidos un año y medio después de la boda. Para entonces ya había nacido Sandra, la primera hija de cuatro que procrearían. Del otro lado trabajó en una taquería en Santa Barbara, California. Preparaba aguas y tacos, lavaba trastes o lo que se necesitara. Regresó un año después porque echaba de menos a sus seres queridos. Los ahorros en dólares sirvieron para adquirir un terreno de cuatro hectáreas a 45 minutos a pie de La Palma, en el que desde entonces, como sus padres, como su suegros, siembra maíz y calabaza. También tiene unos árboles de ciruelo y cuatro vacas cuya leche es consumida por la familia.

La segunda vez que emigró se enteró allá que volvería a ser padre. Conoció a Nayely, su segunda hija, hasta que regresó a Guerrero, con el dinero suficiente para emanciparse. Encargó la construcción de una casa de adobe a la orilla de la carretera, en La Palma. En los años posteriores Epifanio cruzó cuatro veces más la frontera, vía Tijuana, Piedras Negras o donde el coyote en turno le indicara. Los dólares que traía de cada viaje fueron invertidos para ampliar poco a poco la casa.

En cierta ocasión caminó tres días y tres noches por el desierto de Arizona hasta que el agua y la comida se agotaron. Pensó que no lo lograría, el calor era insoportable, así que se encomendó a Dios y a la Virgen. Más adelante encontró, bajo un arbusto, una botella con agua, de esas que grupos humanitarios dejan en los senderos. La bebió y continuó la caminata hasta llegar a la primera población. De ahí se trasladó nuevamente a Santa Bárbara. Con cuatro hijos —nacieron luego José Manuel y Jorge—, los periodos de estancia en California se alargaron hasta por dos años, pues la manutención de los niños requería enviar más y más dinero.

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