Juan Manuel Bernal: el mejor momento

Actor de largo kilometraje y posibilidades inmensas, Juan Manuel Bernal es el nuevo protagonista de “Obediencia perfecta” —película inspirada en el caso Marcial Maciel—. Cuenta en esta entrevista lo sinuoso que puede ser el camino hacia la pantalla grande.

Por Guillermo Sánchez Cervantes / Fotografía Felipe Luna
"Me estoy convirtiendo en el actor que siempre he querido ser."

“Me estoy convirtiendo en el actor que siempre he querido ser.”

Poco antes de una navidad en los años ochenta, se estaba planeando en el patio de la Secundaria Técnica No. 2, en el barrio de Tepito, una pastorela para presentarse ante el público. Entre los alumnos con uniforme de colores café y gris había un chico rubio que además de simpático actuaba bien. “¡Que el güerito haga al arcángel Gabriel!”, gritó la maestra. Así es como le tocó, por primera vez, a Juan Manuel Bernal salir a escena. Tenía que derrotar con una espada de plástico al Diablo, y tal fue la maestría de su actuación, que le dio semejante golpe al niño que lo interpretaba.

—Desde entonces yo era intensito 
—dice Bernal, formado en los teatros, y que ha alcanzado fama gracias a la televisión. Ahora está de regreso al cine con un personaje que también tiene que ver con la religión católica, pero aquí nada tiene que ver con un ángel sino con un mismísimo don Diablo, un sacerdote pederasta en la cinta Obediencia perfecta, que llegó este mes a las salas de cine mexicanas.

Bernal ya estaba un poco más grandecito cuando fue a ver un montaje de Tartufo, de Molière, en el Teatro Hidalgo —lo recuerda bien—, cuando supo que lo suyo era ser actor. Aunque como era bueno para los números, y para convencer a sus padres que no se iba a morir de hambre, se tuvo que aventar una carrera en Contabilidad en el Instituto Politécnico Nacional, mientras combinaba con sus clases del Centro Universitario de Teatro. Hoy Juan Manuel Bernal ha abordado personajes y textos de todo tipo, desde Shakespeare hasta Tom Stoppard, David Mamet y Harold Pinter. Debutó en el cine con El callejón de los milagros, de Jorge Fons, en 1995, junto a Ernesto Gómez Cruz y Delia Casanova; compartió cámara con los también jovencísimos Salma Hayek y Bruno Bichir que iniciaban sus carreras. En ese rodaje le tuvieron que poner lentes de contacto para taparle el ojo verde y oscurecerle el cabello, por aquel cliché de que los güeros no le entraban al entonces tan politizado, de denuncia social, y muy de moda “nuevo cine mexicano”.

—Los güeros van para la tele y los morenos para el cine. Así de claro. Tengo una amiga que es una gran actriz y es güera, y le pasa lo mismo. Me dice: “¡Es que somos güeros goeeeii!” Ahora me parece maravilloso que estemos explorando muchos temas en el cine nacional, que se vaya diversificando. Ojalá a los directores les interesáramos más. Creo que hemos sufrido una especie de discriminación en el cine nacional, no quieren güeros en sus películas.

Del también actor y productor Luis Ernesto Franco, Bernal participó en su última producción, Cuatro lunas, de Sergio Tovar, donde interpreta al padre de un niño que empieza a descubrir que le gustan los hombres, seleccionada en la última edición del Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Aunque su carrera se la ha dedicado al teatro, en el cine ha participado en cintas como Tlatelolco, verano del 68, de Carlos Bolado; Sin ton ni Sonia, de Carlos Sama; Chicogrande, de Felipe Cazals, y La habitación Azul, de Walter Doehner. Hoy cree que el cine que debería hacerse en México es el que se hace en equipo; lejos quedaron los tiempos del cineasta dictador que mandaba a gritos y todos obedecían; una época en la que muchas veces el actor se convertía en una especie de títere.

—El cine tiene su propio lenguaje y a veces se filma a un ritmo muy vertiginoso. Pero creo mucho en el trabajo en equipo. Ahora, con Obediencia perfecta, me inclino más a un cine donde existe la complicidad entre el fotógrafo, el director, la directora de vestuario, el elenco; donde todos nos volcamos para contar juntos una historia.

Hace dos años, Juan Manuel Bernal estaba montando Traición, de Harold Pinter, en el Teatro Helénico, cuando fue a verlo Luis Urquiza para proponerle un personaje para su ópera prima, Obediencia perfecta. En un principio Urquiza le quiso ofrecer un papel pequeño, pero Bernal se empecinó con el principal, el del sacerdote pederasta Ángel de la Cruz. “¡No, ni madres, yo te hago el protagónico!”, le dijo y lo convenció. “Juan Manuel es un actor que siempre me ha gustado, que tiene muchas gamas, lo puedes mandar a mil kilómetros de ida y vuelta, con una capacidad histriónica impresionante”, dice el director.

—Este personaje es el más complejo que me ha tocado hacer, el de un hombre religioso que comete abuso sexual a menores de edad. Es el papel por el que había estado esperando por mucho tiempo. 
Obediencia perfecta busca poner el tema de la pederastia sobre la mesa, porque hoy en día siguen sucediendo estos casos. Para interpretarlo, tuve que aprender a no juzgarlo. La tarea de un actor es no juzgar a los personajes. Si los juzgamos habría de entrada un juicio de valor que impediría darle cabida al personaje. Tuvimos que entrar al tren de un psicópata, un enfermo, porque alguien con un perfil así, es el de un sociópata. Lo que hace mi personaje es maquiavélico. Tuve que incluso hacerlo humano para entenderlo —dice.

Bernal viene de una familia católica, por lo que el tema de la religión le era muy familiar. De niño le tocó que un cura le lavara los pies en un Jueves Santo, justo una escena que sucede en la película, donde Ángel de la Cruz le va lavando los pies a los seminaristas de nuevo ingreso. Urquiza enfrentó a Juan Manuel Bernal a ver muchas películas sobre abuso sexual a menores de edad, desde Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, hasta La mala educación, de Pedro Almodóvar. Hicieron un cineclub en casa de Urquiza. Tuvo un sacerdote y un psicólogo que lo estuvieron asesorando, para poder dar la imagen de un santo y al mismo tiempo esconder dentro a “un viejo zorro”. Después de haber filmado esta cinta, Bernal tuvo que ir hasta a terapia.

—Este papel llega en el mejor momento de mi carrera. Creo que tengo la preparación suficiente. Soy un actor que está cumpliendo casi treinta años de carrera. He abordado textos de todo tipo. Vaya, no llegué a este personaje de la noche a la mañana. También es uno de los personajes que más me ha hecho crecer, me ha exigido mucho más que otros. Y ése es el tipo de actor que soy, al que se le exige con cada proyecto. Soy un actor afortunado.

A Bernal le falta mucho por realizar. Ahora tiene en mente levantar un proyecto teatral, una obra ambiciosa, Macbeth, de William Shakespeare, el asesino de los sueños, el que no puede dormir por la conciencia y cree está muy actual con los tiempos que vivimos.

—Lo voy a lograr, lo voy a levantar, estoy seguro. Me estoy convirtiendo en el actor que siempre he querido ser. //

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