Portada Juan Manuel Santos

Juan Manuel Santos, la vía del elegido

¿Cómo llegó el presidente Juan Manuel Santos, uno de los favoritos de la élite colombiana, a ganar el Premio Nobel por negociar la paz con las FARC?

Por Felipe Restrepo Pombo / Fotografía Ricardo Pinzón y Archivo personal de Juan Manuel Santos

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El poder es una cuestión de segundos. Faltan menos de diez minutos para que sean las ocho de la mañana y la neblina todavía cubre gran parte de la pista de despegue de la base militar CATAM. Se perciben los rezagos de una gélida madrugada en Bogotá: una fina capa de escarcha cubre las ventanas y el piso. Marzo de 2016 ha sido un mes con cambios climáticos abruptos y ha llovido poco. El país sufre una sequía inquietante. La escasez de agua tiene a Colombia al borde de una crisis energética y, por su cuenta, el gobierno de Juan Manuel Santos enfrenta uno de sus peores momentos.

Un grupo de cuarenta personas esperamos sentados en el FAC 0001, un Boeing 737 que sirve como avión presidencial desde 2005. Entre los tripulantes de la cabina están algunos asesores de Presidencia, periodistas, viceministros, agentes de seguridad, comandantes del ejército y varios ministros. Alcanzo a ver a Mauricio Cárdenas, de Hacienda, a Juan Fernando Cristo, de Interior y a Luis Felipe Henao, de Vivienda. También está María Lorena Gutiérrez, ministra de la Presidencia y una de las colaboradoras más cercanas de Santos (pocos meses después dejará esa posición en medio de una tormenta política). Aguardamos la llegada del Presidente para volar hacia Cartagena de Indias: es el único pasajero que falta. El ambiente es tenso pues debe estar a las diez de la mañana en el Congreso Nacional de Municipios, un encuentro que reúne, una vez al año, a los alcaldes de los 1,122 municipios de Colombia. Este año, la reunión es vital pues el Presidente debe contar con todo el apoyo posible en las regiones. Pero el retraso implica que la comitiva presidencial llegará tarde al encuentro. Durante las diferentes ocasiones en las que me he encontrado con Santos en los últimos meses, el tiempo siempre es un factor determinante.

Juan Manuel Santos

Retrato en el despacho del Presidente en la Casa de Nariño, en octubre de 2016. Por Ricardo Pinzón.

Finalmente, entre la bruma, se acerca la caravana que viene desde la Casa de Nariño, la residencia oficial del Presidente de la República y la sede de gobierno del país. Escoltado por varias camionetas blindadas, motos y una ambulancia, un vehículo negro se detiene frente al avión. El Presidente desciende y sube las escalinatas trotando. Casi simultáneamente se encienden las turbinas. Santos entra a la oficina privada, ubicada a un costado de las sillas de los ministros. La crisis energética es su mayor preocupación. Después del despegue pide reunirse con su círculo más cercano para discutir las salidas. A principio de año, un incendio afectó a la hidroeléctrica Guatapé, una de las mayores suministradoras de energía. Las lluvias no aparecen y los embalses están en niveles críticos. Todo hace prever que habrá racionamientos. Esa posibilidad angustia a todos pues sería un golpe para la popularidad del gobierno, bastante disminuida en este momento. Las encuestas muestran que apenas el 20% de los colombianos apoya la segunda gestión de Santos.

Ya en el aire, sin embargo, los ánimos se calman. Una funcionaria encargada de protocolo, de unos treinta años, me dice que los vuelos son su momento favorito. Sólo ahí puede comer, descansar y olvidarse de su teléfono. Todos los días, antes de las seis de la mañana y hasta la medianoche, el equipo recibe mensajes de Whatsapp desde el despacho del Presidente. Otro funcionario me cuenta que la presión que viven es agotadora. Pero que el Presidente es un buen líder, centrado y con una estrategia clara. Incluso en los peores momentos nunca lo ha visto alterado. En esto coincide con muchos otros entrevistados: Juan Manuel Santos es un hombre, ante todo, analítico.

El Presidente me invita a pasar a su oficina poco antes de terminar el vuelo. Lo encuentro sentado, revisando la versión final del discurso que presentará frente a los alcaldes. A un lado hay una cama sencilla. Del otro, un escritorio y un baño. Pocas semanas antes de cumplir 65 años, y tras cinco y medio de asumir como Presidente, parece muy vital. Viste un pantalón caqui y una camisa blanca con mensajes alusivos a la paz y al ahorro de energía estampados en la espalda. Su mirada, detrás de sus párpados pesados, es profunda.

—¿Siente que está atravesando uno de los peores momentos de su gobierno? —le pregunto.

—Hay vientos cruzados. Para hablar como un marino, tengo que navegar aguas agitadas. A veces aparecen piratas, tiburones, vientos, huracanes. Pero lo importante es no perder el rumbo —dice, con una sonrisa disimulada; voltea la cabeza y observa el mar Caribe—. Ya casi llegamos.

El avión aterriza en el aeropuerto Rafael Núñez de Cartagena. Se abren las compuertas, entra una brisa agradable, tibia y salada. El Presidente se dirige a la pista, donde hay un dispositivo de seguridad. El oficial de mayor rango hace un saludo militar y lo acompaña hasta un vehículo. Enseguida, avanzamos a toda velocidad por las vías de Cartagena: una decena de motos se adelanta y abre paso entre el tráfico. En pocos minutos llegamos al centro de convenciones, ubicado a pocas calles del barrio Getsemaní. El edificio tiene una vista privilegiada sobre la bahía, el centro histórico y las murallas cartageneras.

Adentro, en un auditorio repleto, los alcaldes aguardan. Antes de entrar, pasamos por una pequeña sala donde lo esperan miembros de la alcaldía de la ciudad; todos quieren saludarlo y tomarse fotos. Finalmente se sube al podio. Uno de los lugares comunes que más se repite sobre él es que es mal orador. Muchos insisten en que no logra comunicar bien sus mensajes en los discursos, que no tiene empatía con las multitudes. Sus conocidos dicen que no transmite la misma seguridad y carisma que demuestra en los salones privados. Pero, en ese momento, presencio una transformación. Su cuerpo se tensiona y pone muy recto. Su voz es más fuerte y sus gestos más contundentes. Se dirige al público con frases cortas, casi cortantes. Habla en un tono que levanta ovaciones. Defiende todas sus políticas de gobierno, insiste en que no habrá racionamientos y da tranquilidad sobre el proceso de paz con las FARC.

En efecto, desde que los diálogos entre el gobierno y la guerrilla comenzaron oficialmente en Cuba, en septiembre de 2012, Santos se ha visto obligado a defenderlos en casi todas sus apariciones públicas. Su discurso comienza con la misma metáfora del marino que le escuché en el avión.

Se toma más tiempo del previsto para exponer sus ideas y los alcaldes lo detienen con preguntas y dudas. De nuevo, sus asistentes sufren: a las dos de la tarde lo esperan en las instalaciones de una planta hidroeléctrica cartagenera privada que donará energía al país para sobrellevar la crisis. La comitiva aguarda nerviosa, pero no interrumpen al Presidente que escucha a los alcaldes con atención. Otra de las críticas que le hacen es que no conoce las necesidades específicas de cada región del país. Que entiende bien los grandes temas aunque no se detiene en las minucias. Al final, les promete a los alcaldes que los ayudará con cada una de sus peticiones.

Con más de media hora de retraso, salimos hacia el nuevo destino. En la marina del centro de convenciones nos esperan tres botes del ejército con sus motores encendidos. Un contingente militar ayuda a los invitados a subir. Los tres botes arrancan y atraviesan a toda velocidad la bahía de Cartagena. Veo al presidente Santos hablar con un almirante y señalar algunos puntos en el horizonte. Es un día especialmente soleado y la luz rebota sobre el mar. El resplandor es tan fuerte que es casi imposible abrir los ojos. Imagino que durante estos momento Santos recuerda sus años en la Marina, en su adolescencia.

Cruzamos la zona de Bocagrande, luego pasamos Tierra Bomba y, después de media hora en los botes, llegamos a una bahía llamada Mamonal. Es una zona industrial en la que hay refinerías, excavaciones petroleras y cementeras. A esa hora de la tarde la temperatura sobrepasa los 30 grados. Santos se baja de la lancha y se dirige a pie hasta la planta donde lo esperan. Lleva una gorra azul con una paloma blanca dibujada en el frente. Saluda a los ingenieros y a los obreros; hace algunas preguntas técnicas sobre la producción de energía. Los generadores hace un ruido ensordecedor que no deja escuchar las respuestas.

En menos de una hora termina la visita y regresamos a los botes que nos llevan esta vez a un puerto adyacente a la pista de despegue. Subimos de nuevo al FAC 0001. El encargado de la alimentación del Presidente dice con orgullo que tuvo tiempo de conseguir arroz con coco, carimañolas y jugo de corozo —todos platos típicos de la costa atlántica colombiana— para su jefe. A los demás nos reparten un sándwich y un refresco.

Me acerco a Pilar Calderón, la consejera para las Comunicaciones (quien dejó esa posición un mes después). Le pregunto qué sigue en la agenda. Me dice que el Presidente debe estar en Bogotá a las siete de la tarde y que tendrá reuniones hasta bien entrada la noche. Le pregunto si todos los días son así. Me dice que a veces son incluso más intensos. Observo, un par de filas más adelante, a la chica de protocolo que duerme una siesta con su teléfono en una mano y con medio sándwich en la otra.

A medida que nos acercamos a Bogotá, el avión atraviesa por nubarrones pesados. En el horizonte se ven rayos. Parece que está por caer una fuerte tormenta. Lo cual es una buena noticia pues significa que la temporada de lluvias puede empezar. Cuando aterrizamos ya cae un aguacero. El Presidente es el primero en bajar. Durante el viaje comió, durmió una corta siesta, se bañó y se cambió de ropa. Pero también tuvo tiempo para pasar, fila por fila, a saludar a todos los tripulantes del vuelo. Sus asistentes —sin excepción— me dijeron que era un jefe muy afectuoso. Que jamás, ni en las peores crisis, lo habían escuchado gritar o tratar mal a alguien. Es estricto y casi paternal con su equipo.

Ahora lleva un abrigo y un traje oscuros. Lo veo subirse de nuevo a su coche escoltado por varios soldados. Uno de ellos lleva una sombrilla. El auto se dirige de nuevo a la Casa de Nariño, casi doce horas después de haber llegado a CATAM. El equipo parece desgastado pero saben que todavía su jornada no termina. Entonces esto es el poder: una intensa y agotadora carrera en contra del reloj.

Juan Manuel Santos en la Casa de Nariño, el 3 de diciembre de 2012. Retrato por Ricardo Pinzón.

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* * *

Unas semanas después llego a la Casa de Nariño. Es 23 de marzo de 2016: la fecha es importante porque, un año atrás, el Presidente afirmó que ese día se firmaría un acuerdo final de paz con las FARC. Sin embargo, el proceso sigue en La Habana. Desde muy temprano en la mañana, los opositores del gobierno critican ferozmente, desde la prensa y las redes sociales, este nuevo retraso. El tiempo, otra vez, corre en su contra: la mayoría de los colombianos tienen la sensación de que la demora es perjudicial y que los acuerdos serán negativos para el país.

Atravieso la Plaza de Bolívar, el corazón del centro histórico de Bogotá, y llego a la entrada de la calle Octava. Después de pasar por varios filtros de seguridad, un miembro del Batallón Guardia Presidencial me guía a través de los patios y salones del impresionante Palacio, construido a comienzos del siglo XX y que fue la casa del prócer Antonio Nariño.

Veo salas de techos altos, decoradas con gobelinos, lámparas de cristal, bustos en mármol y mobiliario de la Colonia. Las paredes están tapizadas con retratos en óleo de algunos de los más ilustres personajes de la historia del país: Simón Bolívar, Francisco de Paula Santander, Antonio Nariño, José Celestino Mutis, entre otros. Hay piezas valiosísimas de arte precolombino y colonial en cada rincón. Reconozco obras de algunos de los grandes nombres del arte colombiano: Andrés de Santamaría,
Fernando Botero, Alejandro Obregón, Beatriz González y Édgar Negret. Los largos pasillos, tapizados con una chillona alfombra roja, están desiertos. La acción palaciega parece ocurrir entre muros: en la privacidad de los despachos. Mientras camino siento las miradas suspicaces de algunos funcionarios.

Me piden esperar en una sala de juntas. En las paredes hay una colección de fotografías tomadas durante los últimos seis años. En ellas aparece el Presidente jugando futbol en una escuela; navegando el río Magdalena; visitando a los indígenas arhuacos, koguis y kankuamos; inaugurando una carretera en alguna región perdida del país; rezando con devoción de rodillas frente a un crucifijo; abrazando niños y ancianos. Después de un rato, llega Pilar Calderón, quien me acompaña hasta su oficina.

Cuando entramos, Santos está relajado. A pesar de las malas noticias del día, se ve tranquilo: de nuevo su sangre fría. Más tarde hará una alocución televisada en la que sostendrá que el proceso de paz va por buen camino y que los colombianos deben ser pacientes. En su lugar de trabajo hay todo tipo de documentos y libros de historia y análisis político. Atrás de su escritorio hay un enorme retrato del día que tomó posesión del cargo, al lado de una bandera del país. Un colaborador me cuenta que esa bandera, con un escudo nacional bordado, es la favorita del Presidente y siempre está su lado en las fotos oficiales. Me propone que la utilicemos en la sesión de fotos.

Santos viste un elegante traje de tweed escocés, hecho a la medida, una camisa blanca y una corbata roja de seda. José Mejía ha sido su sastre por 40 años. Él corta los paños que el Presidente compra en Inglaterra. Usualmente escoge los mismos tonos: azul oscuro y gris. Según la revista Cromos el estilo del corte siempre es el mismo: “pantalón con pliegues, recto y doblado en la bota; saco de dos aberturas, dos botones, solapa termino medio con ojal y solapas en los bolsillos”. Dicen que en su clóset tiene una enorme colección de corbatas y de camisas, organizadas por colores. En las paredes de una sala al lado de ese clóset cuelgan varias caricaturas que le han hecho y que manda a enmarcar.

Nos sentamos frente a frente. Él se instala en un sillón de cuero, bajo uno de los grandes ventanales por el que entra una luz difuminada que apenas alumbra el suntuoso despacho. La mitad de su rostro queda iluminada y la otra en las sombras.

—¿Cómo ve el avance del proceso de paz?

—Después de 50 años de guerra y más de cuatro años de negociaciones, hemos avanzado muchísimo: estamos a punto de poder llegar a un acuerdo final pero todavía hay algunos puntos por definir. Pero llegaremos, se lo aseguro.

—Usted sabe, mejor que nadie, que la política es un juego de percepciones, ¿cómo combatir la percepción, tan generalizada, de que un acuerdo es malo para los colombianos?

—La paz va a traer muchos beneficios, va a traer más inversión, va a traer más empleo, va a traer nuevas oportunidades para la gente, sobre todo en las zonas de conflicto que van a poder ser visitadas por todos los colombianos, van a poder ser desarrolladas.

—Siguiendo la idea de la reconciliación, ¿está dispuesto a perdonar a sus enemigos políticos?

—Soy muy pragmático y no tengo odios ni obsesiones de ese tipo. Me ha ido bien en mi carrera política por saber conciliar. Sigo el ejemplo de Abraham Lincoln, quien gobernó con sus rivales. Las enemistades, las rivalidades, se pueden disminuir y pueden desaparecer. Uno puede encontrar puntos en común. Ésa ha sido mi actitud y creo que eso es lo que la paz necesita.

Retrato por Ricardo Pinzón.

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La relación de la familia Santos con el poder viene desde la República de la Nueva Granada, en el siglo XVIII. En 1781, según el diario El Espectador, el campesino Pedro Santos Meneses participó en la Revolución de los Comuneros contra los impuestos de la corona española en el departamento de Santander. Unos años más tarde, sus hijos Antonia y Fernando, participaron en la campaña libertadora de Simón Bolívar. Antonia Santos fue fusilada en la Plaza del Socorro por las fuerzas realistas y es considerada una de las heronínas de la Independencia.

Pero fue hasta finales del siglo XIX cuando la familia entró de lleno en la vida pública colombiana. Entonces los hermanos Hernando, Enrique y Eduardo Santos Montejo fundaron varias revistas y diarios. En 1911, junto a Alfonso Villegas Restrepo, crearon el diario El Tiempo que, muy pronto, se convirtió en el periódico liberal del país. Enrique, conocido como “Calibán”, se dedicaba a la parte periodística, mientras que Eduardo manejaba las relaciones entre el diario y el partido liberal, el más poderoso en ese momento. Eduardo forjó grandes vínculos con el gobierno francés durante sus viajes a París. Entre 1938 y 1942 fue presidente. Se dice que fue el hombre más poderoso del siglo XX en Colombia: por sus relaciones políticas y la influencia de El Tiempo. Fue, además, un escritor respetado y amigo de grandes intelectuales como Albert Camus, quien escribió que Santos era “un auténtico hombre libre”.

“Calibán” tuvo dos hijos con Noemí Castillo, Enrique y Hernando. Ellos heredaron la dirección del periódico y lo convirtieron en el medio más influyente de Colombia. Se casaron con dos hermanas, Clemencia y Elena Calderón. Enrique —quien fue editor del periódico durante 60 años— y Clemencia tuvieron cuatro hijos: Enrique, Luis Fernando, Juan Manuel y Felipe.

Juan Manuel Santos Calderón nació el 10 de agosto de 1951 en la clínica Marly, en el barrio Chapinero de Bogotá. Se crío bajo la estricta mirada de Clemencia. A los cuatro años, jugando con sus hermanos, sufrió quemaduras de tercer grado con pólvora y gasolina. Pasó cuatro meses en el hospital; la situación llegó a ser grave pues varias de las heridas se infectaron.

Una vez recuperado, Juan Manuel creció a la sombra de grandes figuras de la política nacional.

—Desde joven fue disciplinado, sabía lo que quería, lo lograba, sabía cómo conquistar a los viejos —me cuenta Enrique, su hermano mayor, una tarde en que nos encontramos en su apartamento en Bogotá.

—¿Y fue un niño consentido?

—¡Mucho! Siempre fue el favorito, el consentido de mi papá. Tenía una simpatía pícara, siendo un hombre tímido, porque es una persona tímida. No tiene una enorme facilidad ni una simpatía espontánea, pero con su inteligencia, su método, su perseverancia logra las cosas.

En el Country Club, al norte de Bogotá, se volvió un aficionado al golf. Desde entonces ese deporte ha sido una de sus pasiones. Poco a poco se fue convirtiendo en uno de los jugadores más respetados de su club. Tanto así que, muy joven, fue admitido en un grupo llamado “La pesada” del que hacían parte políticos y empresarios, conocidos por su alto hándicap y por sus altas apuestas. Más adelante se salió de ese grupo y fundó otro con amigos, llamado “Los extraditables”. Ahí la norma era apostar grandes cantidades de dinero en cada hoyo. Quienes han jugado con el Presidente dicen que su gran virtud como golfista es su cabeza fría.

—Desde chiquito está oyendo a estadistas, escuchando discusiones políticas. Y desde esa edad se interesó muchísimo por eso —cuenta José Gabriel Ortiz, exembajador de Colombia en México y uno de sus amigos de infancia.

—¿Siempre fue uno de los consentidos de la élite colombiana?

—Sí. Es famosa la anécdota de cuando llegó llorando y en un traje de baño empapado al bar del Country Club en Bogotá, a los nueve años, porque sus hermanos lo estaban molestando. Ahí lo consolaron los expresidentes Eduardo Santos y Alberto Lleras. Le dieron veinte pesos para que comprara dulces.

También en el Country se aficionó al póquer. Es un lugar común decir que Santos es un apostador y que toma muchas decisiones políticas con la lógica y frialdad con la que apuesta en la mesa. Ésa es una suposición pero lo que sí es cierto es que es un gran jugador. Durante un viaje a Europa, la familia fue invitada a una tarde de póquer en la casa de una noble italiana. Juan Manuel, que tenía 15 años, acompañó a su padre y a su tío. Uno de los invitados no se presentó y el adolescente Santos lo reemplazó, a pesar de la reticencia de los mayores. Terminó ganando a todos en su mesa.

A los 16 años su vida dio un giro. Entró al servicio militar —que entonces era obligatorio en Colombia— en la Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla de Cartagena, junto a 200 compañeros. Recibió la identificación NA42-139, del contingente número 42. Sus jornadas empezaban desde la madrugada con largos entrenamientos físicos y tácticos. Siempre fue uno de los soldados más disciplinados. Sólo en una ocasión rompió las reglas. Cuando se acercaba su cumpleaños 17, intentó escaparse para almorzar en el Club de Pesca con su novia. Sus superiores lo descubrieron y como castigo lo recluyeron tres días en un calabozo. Dicen que Santos cumplió el duro castigo sin quejarse.

Lejos de ser una experiencia traumática, como podría esperarse para un joven de clase alta, varias veces Santos ha dicho que fueron los mejores años de su vida. Que le enseñaron a ser ordenado, paciente y decidido. El servicio militar le dejó la costumbre de trotar todos los días en la madrugada. Después de su paso por las fuerzas armadas se fue a estudiar Economía y Administración de Empresas en Estados Unidos.

Por su talante y su personalidad, todos en su familia lo veían como el próximo presidente de la dinastía Santos. Tanto así que sus hermanos lo llamaban, con cierta ironía, “Señor presidente” desde niño. El vaticinio se cumplió, como escribió Mauricio Becerra en la revista DonJuan: “A veces a uno le da por pensar que es imposible que alguien haya estado en tantos momentos críticos del país, en tantas situaciones clave, en tantas situaciones históricas como lo ha estado Juan Manuel Santos”.

Juan Manuel Santos junto a sus hermanos y primos y a su abuelo, Enrique Santos Montejo. / Archivo personal

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—¿Cuál es su primer recuerdo político, el primer momento en que sintió interés por la política?

—Cuando me fui a vivir a Londres y comencé a escuchar a unos viejos que iban a la delegación del café que hablaban de política y al mismo tiempo veía lo que estaba pasando en Londres. Me puse a leer sobre estadistas en Inglaterra para aprender. Entonces me comenzó a parecer interesante. Y me fue gustando la política.

—Se dice que nació para ser presidente…

—Es absolutamente falso. Eso no tiene ninguna base de verdad. Lo que pasa es que yo nací en una familia muy política. Toda la vida, desde niño, escuché hablar y opinar sobre el poder. Di el paso mucho después, cuando tenía 40 años.

—¿De qué le ha servido ser un Santos?

—En la política ha sido un lastre. Ser político con el apellido Santos es mucho más difícil, no abrió puertas. Tal vez al principio ayudó mucho porque la gente pensaba que si me ayudaban a mí, el tiempo iba a ser más benévolo con ellos. Después se dieron cuenta de que no, que la corriente era totalmente contraria a esa práctica. Eso fue una norma de conducta de mi familia. Los apellidos tradicionales también generan muchas reacciones, a la gente no le gusta las dinastías.

—Me llama la atención la relación con su hermano Enrique, porque ambos tienen un pensamiento político diferente, pero a la vez se han complementado…

—Él siempre ha sido muy contestatario; muy crítico, en el buen sentido de la palabra; muy implacable en su forma de juzgar, sobre todo a sus hermanos menores. Siempre hemos sido amigos, con cierta rivalidad. Hemos sido muy críticos, un poco brutales entre nosotros, ésa es la naturaleza de nuestra relación.

—Sin embargo ahora es uno de sus grandes apoyos y consejeros…

—Estamos mucho más maduros, es una relación más calmada. No nos vemos mucho, no tengo tiempo para verlo, a veces le pido que me ayude en ciertas cosas específicas de la paz, cosas muy concretas. Su trayectoria es fundamental y su consejo me ha ayudado sin duda.

—Además de él, ¿quiénes son las personas a las que usted más escucha?

—A veces es fácil ser víctima de la soledad del poder. Yo consulto a personas específicas, dependiendo de los casos. No soy muy de escuchar consejos de una sola persona y nunca lo he sido. No tengo un solo consejero al que escuche todo el tiempo.

A los 18 años, Santos aparece con una gaita en la Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla en Cartagena. / Archivo personal

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El 7 de octubre de 2016 es un día que Juan Manuel Santos difícilmente va a olvidar. El teléfono sonó todavía en la penumbra de la madrugada. Es muy posible —aunque ninguno de sus colaboradores lo niega ni lo afirma— que el Presidente pasara la noche en vela: intuía que era el favorito para ganar el Premio Nobel de la Paz. El mensaje llegó temprano y disipó las dudas. La presidenta del Comité Noruego del Nobel, Kaci Kullmann Five, dijo: “Al entregarle el Nobel de Paz al presidente Juan Manuel Santos, se espera que se logre la paz, la reconciliación y la justicia en Colombia (…) El comité espera que el premio de paz le dé fuerza para que tenga éxito en esta difícil tarea”.

Esa mañana Santos dio un discurso muy breve en televisión, acompañado de su esposa. Dijo que estaba honrado, aunque el premio le pertenecía a las víctimas del conflicto, y se ofreció a compartirlo con ellos. El anuncio fue, de cierta forma, la culminación de su carrera política y la consagración histórica para la que se había preparado. Pero, en otra de las grandes paradojas de esta historia, llegó cinco días después de su derrota más grande.

Las semanas más intensas en la vida de Santos empezaron el 24 de agosto de 2016, cuando se anunció que las negociaciones entre el gobierno y las FARC llegaban a un acuerdo final. El acuerdo se dio después de cinco años de negociaciones en Cuba, dirigidas por él. Al día siguiente, el Presidente entregó el acuerdo al Congreso y anunció con grandilocuencia que había “ordenado el cese al fuego definitivo con las FARC a partir de las cero horas del lunes 29 de agosto. Se termina así el conflicto armado”. Poco después, decidió que el 2 de octubre se realizaría el plebiscito para que los colombianos decidieran si aceptaban o no el acuerdo. Esa decisión, para muchos, fue un mal cálculo. Algunos de los asesores más cercanos al Presidente le aconsejaron que no cumpliera su promesa de campaña, pues no tenía la obligación jurídica de refrendar los acuerdos en las urnas y el riesgo era muy alto.

Entretanto, los líderes de la guerrilla hicieron algunos gestos de reconciliación. Fueron a pueblos donde habían cometido masacres y pidieron perdón a las víctimas. Entre estos actos estuvo la visita a Bojayá, Chocó, donde murieron más de 100 personas por una explosión dentro de una iglesia donde se refugiaban civiles.

Pero estos gestos no fueron suficientes. Un gran sector de la sociedad colombiana veía con muy malos ojos los acuerdos de paz logrados en La Habana. La oposición, encabezada por el expresidente Álvaro Uribe Vélez, hizo una campaña en contra de lo pactado. El antecesor de Santos viajó por todo el país haciendo campaña por el voto por el No. Uno de sus argumentos más fuertes fue que, una vez implementados los acuerdos, Colombia se entregaría a lo que llamó el “castrochavismo”. Se trata de una enrevesada teoría según la cual Santos, en alianza con la guerrilla y los gobiernos de Cuba y Venezuela, aplicaría políticas de extrema izquierda. Después de insistir bastante, Uribe me respondió una llamada, en octubre de 2016, desde su oficina en Medellín:

—¿A qué se refiere precisamente con el “castrochavismo”? —le pregunto.

—Las FARC en los años sesenta empezaron como una guerrilla marxista leninista. Después terminaron protegidas por Chávez y además como el cartel de cocaína más grande del mundo. La semana anterior al plebiscito, las FARC unánimemente aceptaron los acuerdos de paz porque dijo que reivindicaban la lucha armada y ellos repitieron su agenda chavista, marxista y leninista —responde por teléfono.

—¿En qué sentido Colombia se podría transformar en un país “castrochavista”?

—En el tema económico, el acuerdo no dice que van a acabar con la propiedad privada, ni tampoco está en la Constitución venezolana de Chávez. Pero el acuerdo crea unas condiciones que asfixian la empresa privada y el sector agropecuario. Chávez y Castro empezaron por el campo, lo expropiaron, pusieron a sus países a aguantar hambre y después siguieron con el resto de la economía.

—¿Usted cree entonces que Juan Manuel Santos es un líder comunista?

—Yo no podría decir que él comulga con el “castrochavismo”, yo me estoy refiriendo a lo que está en los acuerdos. Y me estoy refiriendo a otros temas, por ejemplo, antes de su elección Santos era una de las voces latinoamericanas más críticas del “castrochavismo” y en estos seis años lo que ha hecho es tolerar todos sus atropellos, como han sido tolerados por muchos líderes latinoamericanos, lo cual es una vergüenza.

A pesar de la intensidad de la campaña por el plebiscito y, de nuevo ante las advertencias de sus asesores, se hizo una gran ceremonia de la firma de la paz en Cartagena de Indias. El evento fue el 26 de septiembre de 2016. Ese día, Santos y el comandante de las FARC, Rodrigo Londoño, se dieron la mano y firmaron el documento. Los testigos fueron los presidentes Enrique Peña Nieto, Nicolás Maduro, Michelle Bachelet y Raúl Castro. También estaba el secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, y John Kerry, secretario de Estado de los Estados Unidos. En un mensaje extenso, el líder guerrillero le pidió perdón a todas las víctimas por los daños causados. El Presidente derramó varias lagrimas y dijo que por fin se cumplía el sueño de su vida.

Pero la felicidad no duró tanto. El 2 de octubre, hacia las siete de la tarde, la Registraduría Nacional anunció los resultados de las votaciones del plebiscito. Con una participación de tan sólo el 37% —un número supremamente bajo para una decisión tan trascendental— se impuso el No con el 50.21% de la votación. La diferencia entre el Sí y el No fue de menos de 54,000 votos. Poco después de conocerse el resultado, el Presidente dio un breve mensaje en televisión, corto, concreto y, claramente, con un tono de decepción. Prometió escuchar las propuestas del No y buscar un acuerdo que sí aceptara el país.

El resultado del plebiscito fue una sorpresa. Algunos han tratado de explicarlo como una muestra de rechazo o como una respuesta a los 50 años de crímenes de las FARC. A eso se sumó que la cifras de aprobación de la gestión del gobierno no llegaban al 20 por ciento: una tendencia que venía desde los dos años anteriores.

Al día siguiente, muchos opositores del gobierno pedían la renuncia del Presidente. Santos se vio obligado a convocar de nuevo a su equipo de negociadores y él mismo se tuvo que reunir con sus oponentes. Tuvo que escuchar a sus más férreos críticos, entre ellos a Uribe, con quien no se había reunido en los últimos seis años. El panorama parecía oscuro. Pero, en un nuevo giro, llegó el premio Nobel de la Paz. El reconocimiento le dio a Santos una nueva autoridad y un margen de negociación.

—El ambiente político en Colombia está tremendamente enrarecido y muchos dirigentes políticos no le dan mayor importancia al premio, lo cual, en opinión, es muy injusto —dice el analista Carlos Caballero.

—¿Cuál puede ser el panorama?

—Aún si se renegocia el acuerdo y un pacto político con la oposición facilita comenzar a ejecutarlo a través del Congreso, Santos va a estar muy debilitado y con muchas fuerzas en contra.

El mayor peligro después del resultado del plebiscito era que Santos perdiera el liderazgo y que las FARC decidieran regresar a sus actividades ilegales. Sin embargo, al cierre de esta edición, ése no fue el caso. Después de los resultados, una gran parte de la sociedad —en particular los estudiantes— organizaron marchas en todas las ciudades del país exigiendo un nuevo acuerdo. Las FARC aceptaron negociar otra vez y las propuestas de los opositores se escucharon. Su mayor crítica al acuerdo era que los guerrilleros tendrían participación en política, no regresarían el dinero que recibieron por el narcotráfico y no irían a la cárcel. El 14 de noviembre se anunció un nuevo acuerdo que se firmó el 24 de noviembre de 2016 en Bogotá, en una ceremonia más sobria, y que será aprobado por el Congreso de la República. La implementación de los acuerdos, la reparación de las víctimas y la reinserción de los guerrilleros a la vida civil será un proceso que tardará varias décadas.

Santos recibirá el premio el 11 de diciembre. Será el segundo colombiano en recibir un Nobel: el primero fue Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura de 1982. El Presidente se reunió con sus hermanos poco después de la noticia y los invitó, junto a sus parejas, a la elegante recepción en Oslo.

Durante su paso por la Universidad de Harvard, Santos junto a su esposa en espera del primer hijo. / Archivo personal

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En 1971, Juan Manuel Santos terminó sus estudios en Economía y Administración de Empresas en la Universidad de Kansas y regresó a Colombia a trabajar en la Federación Nacional de Cafeteros. Ahí conoció a Arturo Gómez Jaramillo, el gerente. Santos fue nombrado asistente de relaciones públicas y después encargado de la Fábrica de Café Liofilizado en Chinchiná, Caldas. Dos años más tarde, Gómez Jaramillo —que se convirtió en uno de sus grandes mentores— lo envió a Londres como jefe de la delegación de la Federación Nacional de Cafeteros ante la Organización Internacional del Café. En Inglaterra, estudió un posgrado en el London School of Economics, se aficionó a los trajes ingleses y encontró a su primer gran amor. Durante la era de Margaret Thatcher, en 1979, se casó con Silvia Amaya, a quien conoció a través de su amigo Néstor Osorio. Ella fue directora de Cinematografía del Ministerio de Cultura y directora de algunas películas. El matrimonio duró poco y siempre tuvo como epicentro Londres.

También durante esa época investigó la vida de uno de un personajes que lo obsesionó: Winston Churchill.

—Usted cita muy seguido a Lincoln y a Roosevelt, ¿cuál es su personaje histórico preferido? —le pregunto.

—Es una combinación entre Lincoln, Roosevelt y un personaje que admiro muchísimo y que he estudiado, Winston Churchill. Esos personajes encarnan, cada uno, unas características muy especiales que creo que han sido fundamentales en sus respectivos momentos para la historia. Su forma de ver la vida, de ver la política, de ver el mundo han sido una gran enseñanza.

Un año después, dejó Londres y se fue a la Universidad de Harvard a estudiar un posgrado en Administración Pública. Al terminar pensó en quedarse a vivir en Estados Unidos, pero fue nombrado subdirector de la que siempre había sido su casa: el diario El Tiempo. La oferta era muy atractiva y llegó a ocupar esa posición durante una de las épocas más convulsionadas del país. Enfrentó el momento más intenso de la guerra entre Pablo Escobar y el Estado. El capo de Medellín le declaró la guerra a todos los grandes medios y amenazó directamente al diario de los Santos. Toda la familia se reunió y decidió que no podían dejarse intimidar y que los editoriales —escritos en su mayoría por Juan Manuel— tendrían que ser críticos de Escobar. El narcotraficante juró vengarse.

En medio de la guerra en Colombia, Juan Manuel y Enrique recibieron el Premio Rey de España de Periodismo por las “Crónicas de Nicaragua”, una serie de artículos donde narraban cómo el Frente Sandinista de Liberación Nacional había derrocado al gobierno. Los dos hermanos viajaron juntos a Madrid a recibir el premio. Después de la premiación, en el hotel, decidieron tomar unos tragos y jugar cartas. En el momento más álgido de la partida, y ya bastante borrachos, apostaron el dinero que habían recibido por el premio. El vencedor fue el hermano menor. Desde esa ocasión prometió que donaría el dinero que recibiera de otros premios a causas más nobles. Ha cumplido su promesa: ese dinero se lo regaló a la familia de su empelada doméstica. Y el del Premio Nobel se lo regaló a las víctimas del conflicto en Colombia.

Durante su paso por El Tiempo, Juan Manuel mezcló hábilmente la labor periodística con la política. Mientras sus hermanos y primos se centraban en el cubrimiento de la actualidad, él se encargaba de entender los mecanismos más sutiles de la maquinaria del poder. Servía de gozne entre los jugadores políticos y el periódico; era quien recibía a los que visitaban el diario en busca de apoyo. Escribía los editoriales que tenían un enorme peso en la actualidad nacional y publicaba una columna semanal llamada “Me da mucha pena” que era muy comentada. Los editores de esa época cuentan que era cuidadoso con la redacción y la gramática. Que se tardaba hasta cinco horas escribiendo sus textos y columnas, encerrado en su oficina.

Santos se casó con María Clemencia Rodríguez. En varias entrevistas ella ha dicho que su encuentro fue “amor a primera vista”. Se conocieron gracias a una amiga en común, Noemí Sanín. María Clemencia era su secretaria privada en la Caja Social de Ahorros. Muy pronto se formalizó el noviazgo y se casaron por lo civil en 1988. Viajaron de nuevo a Harvard, donde Santos había recibido una beca de un año en la Fundación Nieman de Periodismo.

Ahí conoció a otros de sus mentores: el escritor Carlos Fuentes. El mexicano dictaba un curso de cultura iberoamericana y se sorprendió con la inteligencia del colombiano: “A Juan Manuel Santos lo consideré, como Sarmiento a Domingo, mi mejor alumno”, escribió unos años más tarde. También, en su novela La silla del Águila, publicada en 2003, anticipó que Santos sería Presidente de Colombia y lo describió como un hombre con “mirada felina, ojos de gato transformado en puma”.

Un año más tarde, en 1988, nació su primer hijo: Martín. Luego vinieron, en 1990, María Antonia y, finalmente, Esteban en 1993. En medio del nacimiento de sus hijos, su carrera también dio un giro definitivo. Cuando el candidato presidencial Luis Carlos Galán fue asesinado por sicarios de Pablo Escobar, la campaña presidencial quedó en suspenso. Quien terminó tomando las banderas de Galán y se convirtió en el nuevo presidente fue César Gaviria, que inició un proceso de modernización del Estado y creó el ministerio de Comercio Exterior. Su candidato para el nuevo cargo fue Santos.

La propuesta que le hizo Gaviria significaba una encrucijada. Por un lado, la posibilidad de ser director de El Tiempo estaba muy cerca. Pero su sueño era, en realidad, la política. En ese momento recordó un consejo que le dio su abuelo: “No se arrepienta de lo que hizo, eso no importa. Arrepiéntase de lo que dejó de hacer”. Con eso en la cabeza, se decidió por la política.

—Me di cuenta de que sí, me gustaba el periodismo y estaba contento, pero quería algo que me subiera más la adrenalina, entonces di el paso —dice.

Desde la época de Eduardo Santos, el diario había planteado como filosofía separar los dos oficios. Así que el nombramiento causó un amargo enfrentamiento dentro de la familia.

—Había un conflicto de interés inevitable entre ser un periodista que aspira a ser el fiscal del poder público y privado, y tener aspiraciones políticas, era incompatible-, me dice Enrique.

—¿Y ahí hubo un distanciamiento de Juan Manuel con El Tiempo?

—Sí, se prestó a muchos conflictos internos. Hernando Santos escribió un editorial descalificando ese nombramiento, regañando al presidente Gaviria por hacerle ese daño al periódico. Ese gesto causó una ruptura entre Hernando y Juan Manuel. Yo tuve muchos roces con mi hermano porque no aprobaba su decisión.

En esa misma época Pablo Escobar cumplió con su promesa de vengarse. Francisco Santos, hijo de Hernando y jefe de redacción de El Tiempo, fue secuestrado en 1990. La situación fue muy traumática pues varias veces estuvo en peligro de muerte. Tras ser liberado al año siguiente, Francisco se convirtió en un abanderado de la lucha civil contra el secuestro y empezó a entrar en la vida pública.

Como ministro y bajo la idea de Gaviria de abrir el mercado colombiano hacia el exterior, Santos hizo los primeros tratados de libre de comercio y estuvo presente cuando se abrió la primera zona franca del país en Bogotá. Pero su primer gran movimiento llegó en 1993. En ese momento se elegía el “designado presidencial”, una figura que fue sustituida por la de vicepresidente en las siguientes elecciones. Para efectos prácticos, se trataba del segundo cargo más importante del poder Ejecutivo y el reemplazo del Presidente en caso de su ausencia. El gran favorito era el ministro de Comunicaciones, William Jaramillo. Pero Santos demostró una enorme capacidad de lobby con los senadores y fue el elegido.

Santos cuenta que durante el ejercicio de ese ministerio se dio cuenta de que Colombia no alcanzaría una estabilidad económica si no llegaba una paz estable. Ése sería el germen de su obsesión por firmar un acuerdo de paz.

Con el fin de su participación de un año gobierno de Gaviria y ya con más popularidad, en 1994, creó la Fundación Buen Gobierno, una organización dedicada a promover prácticas adecuadas de las instituciones públicas y un centro de pensamiento para fortalecer el ejercicio de gobernar adecuadamente. En la fundación estuvieron Germán Cardona Gutiérrez, Catalina Crane Arango, Sergio Díaz-Granados y Germán Chica, que luego hicieron parte de su gobierno.

El primer evento que organizó fue llevar a Colombia a Adam Kahane, un canadiense que fue muy importante en el proceso de paz de Sudáfrica, recomendado por Nelson Mandela. Santos conoció al líder sudafricano ese año, cuando era presidente de la UNCTAD (La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo). Desde entonces Mandela se convirtió en otro de sus grandes ídolos y, de cierta forma, un modelo a seguir. Kahane le dijo a Santos: “Usted puede tratar de buscar que se reúnan en una mesa los diferentes actores de este conflicto tan complejo”. Ahí nació un ejercicio que se llamó Destino Colombia, un simulacro de proceso de paz con todos los actores involucrados en el conflicto. Se puede decir que para el entonces ministro, la paz se alcanzaría a partir de tres elementos: el militar, el económico y el político.

En La Tercera Vía: una alternativa para Colombia, publicado en 1999, Santos dibuja esta intuición. En su primer libro propone aplicar el modelo político de Tony Blair, ex primer ministro británico, a Colombia. El concepto de la Tercera Vía alude a una visión de la economía alternativa, entre el neoliberalismo y un fuerte intervencionismo del Estado. Según la revista Semana, la teoría de Santos en el libro se resume en dos frases: “El mercado hasta donde sea posible, el Estado hasta donde sea necesario”.

Desde Buen Gobierno, se volvió un duro crítico del ra que siguió a la gestión de Gaviria, Ernesto Samper. Santos arremetió contra el gobierno después de que se comprobara que Samper había recibido dinero del Cartel de Cali para su campaña. Durante el llamado Proceso 8000 —en el que se investigó la responsabilidad de Samper— Santos se reunió con el zar de las esmeraldas Víctor Carranza, con los paramilitares Carlos Castaño y Salvatore Mancuso y con algunos líderes de las FARC. Su intención era iniciar un gran proceso de paz que desembocara en una nueva Asamblea Constituyente. Al final, la iniciativa fracasó.

El exministro Santos encontraba refugio en la casa de campo familiar, ubicada en Anapoima, una pequeña población a unos kilómetros de Bogotá. Ahí, en una casa estilo mediterráneo, rodeada por unos jardines suntuosos —que Clemencia, su madre, cuidó con sus propias manos hasta el día de su muerte— con una impresionante vista a un cañón inmenso por el que cruza un río, la familia Santos hacía sus celebraciones y sus cónclaves. Era uno de los pocos momentos en que Enrique padre y sus hijos se reunían para hablar de temas claves del país.

Hasta esa época, había llevado una barba poblada. Pero durante un fin de semana en Anapoima decidió afeitarse. Salió tarde de su cuarto ese domingo, con su nueva apariencia. Su familia le preguntó la razón del cambio y dijo que lo había hecho porque a su hija María Antonia no le gustaba. Sin embargo, luego le confesó a un grupo de amigos que lo había hecho porque la noche anterior se había desvelado pensando que ningún presidente en las últimas décadas en Colombia tenía barba.

En esa casa de recreo es donde Santos siempre se ha sentido más relajado. Varias veces lo vi practicar su swing de golf en el jardín, jugar horas de póquer con sus amigos y hermanos, trotar y jugar tenis y organizar cabalgatas. Pero es ahí donde le dedica más tiempo a su familia. Otro de los aspectos que muchos reconocen es que Santos es un padre cariñoso, que constantemente se preocupa por sus tres hijos.

En 1998, llegó un nuevo Presidente: el conservador Andrés Pastrana. Su gran propuesta fue hacer otro proceso de paz con las FARC. Pastrana ordenó hacer una zona desmilitarizada en dos departamentos, para realizar los diálogos con los guerrilleros. La guerrilla aprovechó la pasividad de las Fuerzas Militares y se fortaleció durante esa época. Mucho tiempo después, en su libro Memorias olvidadas, Pastrana contó que la idea de hacer esa zona de distensión había sido de Santos.

La negociación entre Pastrana y las FARC fue un fiasco y su gobierno entró en crisis. Para aplacar las críticas, el Presidente le ofreció a Santos ser su ministro de Hacienda. Él aceptó con reticencia: el índice de desempleo superaba el 20% y la economía estaba estancada. Santos promovió una serie de medidas extremas, entre ellas una reforma tributaria, y logró destrabar la economía. Pero el descontento de los colombianos era evidente y eso propició que el sucesor de Pastrana fuera un hombre que cambió el panorama, Álvaro Uribe Vélez.

Santos, durante la época en que trabajó como subdirector del periódico El Tiempo. / Archivo personal

* * *

Regreso a la Casa de Nariño unas semanas después del anuncio del Premio Nobel. Me encuentro, otra vez, con un derroche de adrenalina. Ese día comienza la visita de Estado de Enrique Peña Nieto a Colombia. La llegada del mandatario mexicano ha mantenido ocupado a casi todo el equipo de Presidencia por un par de días. Pero, como si fuera poco, a las 9 de la mañana estalla una pequeña crisis: el Presidente ordena cancelar el comienzo de un nuevo proceso de paz con el ELN. Efectivamente, al mismo tiempo que transcurría el proceso con las FARC en La Habana, el gobierno se había acercado al otro grupo guerrillero colombiano. Estaba programado que los diálogos comenzaran esa tarde en Quito, con la supervisión del gobierno ecuatoriano. Sin embargo, los líderes del ELN —una guerrilla mucho más pequeña y extrema que las FARC— incumplieron una promesa indispensable para iniciar las conversaciones: no liberaron a Odín Sánchez, un excongresista secuestrado en Chocó. Este nuevo impasse obligó a congelar el proceso y, claramente, afectó mucho al Presidente. Su decepción se nota en la cara. Desde que el No ganó en el plebiscito del 2 de octubre, el liderazgo del gobierno ha sido cuestionado, ha sufrido críticas demoledoras desde diferentes frentes y la presión es intensa. Enrique Riveira, el secretario privado de la Presidencia de la República, me dice que el 2016 ha sido una montaña rusa con muchas emociones encontradas.

El Presidente cita en su sala de reuniones privada a Riveira, a Juan Fernando Cristo, a Camilo Granada, el nuevo consejero para las Comunicaciones (que reemplazó a Pilar Calderón), a Mauricio Lizcano, Presidente del Senado, a Rafael Pardo, consejero para el posconflicto y a todo el staff de comunicaciones. Entre todos deben escribir, en menos de un cuarto de hora, el comunicado que el Presidente leerá en público para anunciar el aplazamiento de las negociaciones. Mientras tanto, hay revuelo en los pasillos que en otra ocasión me parecieron silenciosos. Llegan algunos funcionarios de la cancillería para coordinar con los de Presidencia los últimos detalles para recibir a Peña Nieto. Hablo con Yolima Jiménez, secretaria de Santos desde hace más de 30 años.

—El Presidente es muy puntual, odia que las citas se atrasen o que alguien llegue tarde —me dice cuando le pregunto sobre las virtudes de su jefe.

—¿Es muy riguroso?

—Es muy juicioso con el ejercicio y con el yoga. También con la dieta. Es muy ordenado.

—¿Qué le molesta?

—Detesta la chambonería.

Santos responde llamadas, lee documentos y escucha a un consejero, todo al mismo tiempo. Lo interrumpen para anunciarle que tiene una llamada con Rafael Correa desde Ecuador. En una charla breve, Santos le agradece al Presidente ecuatoriano por su paciencia y le explica con detalle las razones de su decisión. Afuera, el Batallón de Guardia Presidencial empieza a formarse en el Patio de Armas. Se escucha el retumbe de los tambores de guerra de la banda militar que ensaya para homenajear al Presidente de México en su primera visita de Estado al país.

Se acerca el mediodía, la hora de llegada de los invitados. Antes, es momento de tomar las fotos para la portada de esta revista. Santos se levanta de la mesa de juntas para posar frente a la cámara de Ricardo Pinzón, que espera en un salón contiguo. El Presidente se mira al espejo: revisa que el cuello de su camisa blanca no esté arrugado, que su corbata púrpura esté bien anudada y que el broche de la paloma de la paz que lleva en la solapa izquierda de su traje azul marino no esté chueco. Le pide a su secretaria que revise su peinado. Pregunta, entre risas, si se ve guapo. Sus amigos coinciden en que el Presidente es muy vanidoso. Revisa con cuidado sus fotos y, desde muy joven, se practica tratamientos de belleza. Esto, desde luego, ha sido muy criticado por sus opositores, quienes consideran que esta vanidad es su motivación política.

Luego se para frente a las cámaras con autoridad. La postura es tensa. En su rostro se nota el agotamiento. Mantiene un rictus, una sonrisa apenas esbozada, y la mirada fija.

—¿Ha jugado golf últimamente? —pregunto para distraerlo.

—Quiero recuperar el golf. Si he jugado tres veces en los últimos cinco años es mucho.

—¿Cómo se relaja en su tiempo libre?

—Viendo series y películas.

—¿Qué series?

—Me encanta House of Cards

—¿Y películas?

—La última que vi fue Creed, la de Sylvester Stallone, de boxeo. Y otra que me gustó mucho fue Spotlight, la de los periodistas en Boston. Me recordó mis años en la Unidad Investigativa de El Tiempo.

Santos trata de ir todos los años al Hay Festival, al festival de Cine y al de música en Cartagena de Indias. Justamente, en el Hay Festival de 2012 tuvo una charla con su mentor, Carlos Fuentes. Es un hombre culto que sabe de cine, literatura y arte.

Llega María Clemencia de Santos, esposa del Presidente y primera dama: ya es la hora de recibir a Peña Nieto y a su delegación. “Tutina”, como se la conoce, viste un impecable conjunto de pantalones negros y chaqueta gris. Muchas veces ha sido considerada una de las mujeres más elegantes de Latinoamérica. La pareja presidencial desciende por las escaleras centrales y camina hasta el Patio de Armas. Ahí encuentran a Peña Nieto y a Angélica Rivera, la primera dama mexicana. Reciben los honores militares y escuchan los himnos respectivos.

Ya en el Palacio, los presidentes dan una fugaz rueda de prensa, donde anuncian los acuerdos bilaterales que se firmarán durante esa visita. Habrá ayuda en temas comerciales, de seguridad, migratorios, ambientales y deportivos. Santos aprovecha para hacer el anuncio del proceso con el ELN. Peña Nieto dice que el gobierno mexicano dará una importante apoyo económico para la paz en Colombia.

Cuando se termina la rueda de prensa, los presidentes suben al segundo piso del palacio, acompañados de las primeras damas y los miembros de sus gabinetes. Ahí, se ofrece un almuerzo para ellos y unos cuarenta invitados entre los que hay miembros del cuerpo diplomático, congresistas, empresarios y periodistas. Veo, al final de las escaleras, un óleo monumental de Tito Salas que muestra a Simón Bolívar en el Congreso de Angostura. Los invitados llegamos al comedor principal, llamado el Salón Patria. Ahí nos distribuyen en mesas que llevan nombres de flores. Me siento en la mesa de los lirios.

El almuerzo de cinco tiempos transcurre como es previsible: entre manteles, arreglos florales, copas de cristal y una delicada vajilla con el escudo nacional tallado en dorado. Hay intrigas políticas, chismes y brindis con champaña acompañados de discursos. Santos, ya mucho más relajado, exalta las virtudes de México y su estrecha relación con Colombia. No puede faltar una mención a Gabriel García Márquez. Además, dice, tiene una amistad personal con Peña Nieto. El mexicano responde con un brindis en el que exalta la grandeza de Colombia. También cita a “Gabo”. Todos sonríen satisfechos y brindan de nuevo por una exitosa visita de Estado.

Observo a Santos, en el puesto central de la mesa de honor. Sin duda ése es su ambiente; el Presidente brilla en medio de las protocolos, la diplomacia y las alianzas políticas. El almuerzo termina temprano. En la noche los dos presidentes viajarán a Cartagena de Indias para participar en la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado.

En Londres en 1976 durante su paso por la Organización Internacional del Café. / Archivo personal

* * *

—Volviendo al tema del posconflicto, ¿cómo se ve usted en el trabajo de expresidente? —le pregunto durante nuestra primera charla.

—Estoy convencido que no voy a joder a mi sucesor. Soy muy institucionalista: las instituciones deben funcionar y los hombres somos pasajeros. No estoy matriculado con el poder porque eso es otro tipo de obsesión que lo lleva a uno a cometer muchos errores. Me han dicho que la viudez de este poder es dificilísima, pero yo estoy seguro de que la voy a gozar mucho.

—No lo veo retirado del ejercicio político porque usted está en eso desde niño…

—Va a sorprenderse: soy muy poco protagonista. ¿Qué quisiera yo? Ser profesor; dar conferencias, aquí o en el exterior; gozar de mis hijos, que me ha hecho falta, y gozar un poco la vida, esta vida política es dura.

—¿Qué le aconsejaría al siguiente gobierno? ¿Cómo ve usted en líneas muy generales que debería ser un siguiente gobierno en Colombia?

—Vamos a dejar un país muy diferente pero con proyecciones enormes. Uno de nuestros éxitos es que hemos tenido gobernabilidad, atrayendo a los contrarios. La polarización es muy perjudicial para el progreso y por eso en la medida en que podamos mantener nuestras diferencias entre los colombianos, que eso es normal, pero respetándonos y aprendiendo a ponernos de acuerdo sobre los aspectos importantes. Es un paso fundamental para consolidar nuestra democracia.

—¿Colombia debería tener un papel más activo en repensar la lucha contra las drogas?

—Lo estamos teniendo. Somos realistas. Hay una oposición grande de muchos países a cambiar de estrategia, sobre todo de los países asiáticos. El continente ya casi en su totalidad está mucho más abierto, eso no se logra de la noche a la mañana. Pero se está abriendo la discusión a nivel mundial.

* * *

La llegada al poder de Álvaro Uribe significó un cambio radical en la política colombiana. Entró a la Presidencia con un apoyo masivo pero el mismo día de su posesión, en agosto de 2002, hubo un aviso sobre cuál sería el tono de su gobierno. Esa tarde, mientras entraba al Congreso a jurar su cargo, las FARC lanzaron un ataque con granadas contra la Casa de Nariño. Los ocho años que siguieron supusieron un duro enfrentamiento militar entre el Estado y esa guerrilla.

Durante las elecciones, Santos criticó a Uribe y apoyó a su oponente, Horacio Serpa. Por eso —además de algunos enfrentamientos en el pasado—, su relación con el nuevo Presidente fue distante; los dos tienen, además, orígenes sociales e ideológicos muy distintos. A esto se sumó que Uribe escogió como vicepresidente a Francisco Santos, su primo menor. Ese movimiento afectó a Juan Manuel, pues consideraba que “Pacho”, como es más conocido su primo, no tenía sus mismos méritos. Quizá por eso fue un duro crítico del primer gobierno de Uribe y de Francisco.

Pero Santos es un estratega y después de que Uribe fue reelegido, en 2006, entendió que tenía que cambiar sus planes. Si quería estar de primero en la fila de los candidatos para sucederlo, tenía que alinearse con sus políticas militaristas. Ya había ocupado cargos muy relevantes, pero seguía siendo un desconocido frente a la opinión pública. Sus niveles de favoritismo no alcanzaban siquiera el 1% de los votantes. Y ahí vino otra de sus jugadas maestras: aprovechó la popularidad de Uribe para convertirse en un personaje de relevancia nacional.

Su primer paso fue renunciar al partido del que él y su familia habían hecho parte desde siempre. Varias veces el partido Liberal le propuso que fuera su líder. Pero le dio la espalda: se dedicó a unir a todos los que apoyaban a Uribe, entre ellos Óscar Iván Zuluaga y Luis Guillermo Vélez, para formar una nueva coalición. Ésta se llamó Partido Social de Unidad Nacional, más conocido como el Partido de la U.

La U tuvo un éxito sin precedentes y por primera vez, en las siguientes elecciones parlamentarias, se convirtió en mayoría en el Congreso. Esto no había ocurrido jamás en la historia reciente de Colombia, donde el poder parlamentario siempre se dividió entre liberales y conservadores. Santos le dio un giro a su imagen y empezó a ser visto como un líder hábil. Como recompensa —y, de nuevo, a pesar de su recelo— Uribe lo nombró ministro de Defensa. Ése era el escalón que le faltaba. Santos conocía muy bien el funcionamiento de las fuerzas armadas y éste era un puesto de vital importancia para el andamiaje gubernamental de Uribe: la seguridad democrática, una ideología que ponía todo el poder del Estado al servicio de la defensa de los civiles y en contra de los grupos al margen de la ley.

Santos gestionó una enorme ayuda económica por parte del gobierno de George Bush en Estados Unidos. Así el Ejército Nacional se modernizó y creció. El nuevo ministro se enfocó en atacar a las FARC sin misericordia. Dio de baja a “Martín Caballero” (cabecilla en la Costa Atlántica), a “Negro Acacio” (quien controlaba el narcotráfico en la guerrilla) y a “Raúl Reyes” (miembro del Secretariado General). Pero el gran momento llegó el 2 de julio de 2008. Después de muchos meses de planeación, el Ejército llevó a cabo la famosa Operación Jaque. Ese día, sin disparar una sola bala, rescataron a la excandidata presidencial Ingrid Betancourt, tres contratistas estadounidenses, siete miembros de las Fuerzas Militares de Colombia y cuatro policías que estaban secuestrados. La hazaña militar fue una noticia mundial y puso a Santos bajo los reflectores.

Más tarde ese año, el ministro de Defensa ordenó un bombardeo en la frontera entre Colombia y Ecuador para dar de baja a otro de los líderes, alias “Raúl Reyes”. Este operativo, desató una crisis diplomática. Uribe apoyó a su ministro y rompió relaciones con el presidente ecuatoriano Rafael Correa. Esta actitud desató la ira de Hugo Chávez. El presidente venezolano dijo que Santos era “un francotirador” y “guerrerista”. Los gobiernos venezolano y ecuatoriano consideraban que Santos y Uribe habían violado las fronteras y estuvieron a punto de declararle la guerra a Colombia.

Unos meses después, Santos publicó el libro Jaque al terror: los años horribles de las FARC, donde explicó sus razones para organizar los ataques contra la guerrilla. Además empezó a dar ruedas de prensa —en un podio muy similar al que utiliza el Presidente y rodeado por la alta cúpula militar— en el que informaba sus victorias.

Antes de que Santos llegara al ministerio, se firmó un decreto en el que se daba un incentivo económico a los soldados por cada guerrillero o paramilitar que mataran. La medida llevó a que muchos miembros del Ejercito hicieran una macabra práctica en la cual mataban civiles, disfrazaban sus cuerpos con uniformes de las FARC y cobraban el dinero. Durante los gobiernos de Álvaro Uribe, este tipo de prácticas se incrementó: según estudios de investigadores de la Universidad de La Sabana y la Universidad Externado de Colombia, aumentaron en un 154 por ciento. Las ejecuciones extrajudiciales salieron a la luz pública —sobre todo a raíz de la muerte de un grupo de jóvenes en Soacha, un municipio cercano a Bogotá— y se llamaron “Falsos positivos”. Santos fue acusado de ser uno de los instigadores. Pero nunca aceptó la responsabilidad y condenó esta práctica. Creó una Comisión Especial con la Fiscalía para facilitar las investigaciones. Pasó a premiar capturas y desmovilizaciones por encima de bajas en combate y éstas solo podían ser recogidas por fiscales. A partir de entonces, sus enemigos lo empezaron a llamar “Falsantos” o “Chucky, el muñeco asesino”.

Más allá de sus polémicas decisiones como ministro de Defensa, su estrategia fue un éxito. En primer lugar, se convirtió en la mano derecha de Uribe, superando a su primo. También dio muestras de ser un líder seguro y maduro. Su popularidad dio un salto exponencial y, a medida que se acercaban las elecciones presidenciales de 2010, se empezó a perfilar como el candidato más fuerte.

En 1991, Juan Manuel Santos fue nombrado ministro de Comercio Exterior durante el gobierno de César Gaviria. / Archivo personal

* * *

—Muchos lo consideran demasiado calculador, ¿es así?

—Es falso también. Pero que soy un animal político, pues sí. En cierta forma, muchas veces tomo decisiones que son de carácter político, cierto. Y pues aquí estoy de Presidente de la República, ésa es la mejor demostración. Nunca tuve la obsesión de ser Presidente. Es posible que la gente no cree esto. Es la verdad: siempre estuve un poco alejado de esa posibilidad para no dejarme llevar por las ganas. A la larga esto me ayudó mucho a tomar decisiones que al final fueron muy productivas.

—Por ejemplo, cuando aceptó hacer parte del gobierno de Andrés Pastrana…

—Cuando ese gobierno estaba en su peor momento, me mandó a todo su gabinete a pedirme que entrara. Me ofrecieron cualquier ministerio y escogí el más difícil, el de Hacienda. Lo escogí, un poco por aquello de alto riesgo, alto rendimiento. Tuve que tomar decisiones muy impopulares, pero a la larga resultó que era lo que había que hacer y la gente lo apreció como una cosa de valor político.

—¿Pasó lo mismo cuando aceptó ser ministro de Defensa en el gobierno de Álvaro Uribe?

—Sí, era un riesgo grande pero me fue bien. Tuvimos mucho éxito y resultó muy positivo.

—¿Ve una constante en su carrera de tomar esos riesgos, esas decisiones riesgosas?

—Son decisiones impopulares que se vuelven populares. Siempre lo he hecho con la conciencia tranquila que estoy haciendo lo correcto. Y eso es muy importante para darme seguridad. Ha sido una estrategia rentable.

* * *

“La llave de la paz no está en el fondo del mar”, fue la frase del discurso que resonó con más fuerza durante la posesión de Juan Manuel Santos. La tarde del 7 de agosto de 2010, acompañado de su familia, amigos y aliados, llegó, por fin, a la meta que había vislumbrado tantos años atrás: se convirtió en el Presidente número 59 de Colombia. La recta final, no obstante, fue accidentada.

Una vez se confirmó que Álvaro Uribe no podía aspirar a una segunda reelección que buscaba —tras un fallo de la Corte Constitucional— Santos anunció, ese mismo día, el 18 de mayo de 2009, su candidatura. No era el favorito de Uribe para sucederlo pero, dadas las circunstancias, era la opción más pragmática. Su opositor fue Antanas Mockus, un excéntrico filósofo, que representaba al Partido Verde. Su movimiento, la “ola verde”, logró levantar una verdadera marea de entusiasmo entre los votantes jóvenes y no tradicionales. Incluso llegó a puntear las encuestas por unas semanas. Muchos pensaron que Mockus ganaría las elecciones y se convertiría en el Presidente más sui géneris de la historia de Colombia.

Las predicciones resultaron equivocadas y subestimaron la disciplina de Santos. En el momento más álgido de su campaña, cuando iba perdiendo, cambió toda la conformación de su equipo. Contrató al J.J. Rendón, especialista en estratagemas electorales, quién se encargó de desacreditar a Mockus. Además, había un problema recurrente: Santos no conectaba con el público. Uno de los cambios importantes en la publicidad fue comenzar a llamarlo “Juan Manuel” y no “Santos”, para que la gente lo sintiera menos lejano. Con su rigor característico, contrató profesores y especialistas que le ayudaron a superar su timidez y su tartamudeo, que tenía desde la época del colegio. Todavía hoy, en las madrugadas, Santos hace ejercicios de vocalización para superar ese impedimento.

De nuevo el plan resultó y Santos ganó la primera vuelta, junto a su fórmula vicepresidencial: el líder sindicalista Angelino Garzón. Un mes después pasó como una aplanadora y derrotó a Mockus por varios puntos porcentuales. Recibió más de 9 millones de votos, el 69% de la votación: la más alta en la historia del país.

Una de sus primeras decisiones fue crear lo que llamó la Unidad Nacional: un acuerdo entre todos los partidos para agilizar su agenda en el Congreso. Santos tampoco se enfocó en la acción militar, como estaba previsto; por el contrario, estimuló proyectos económicos y de infraestructura. Sin embargó siguió golpeando a las FARC: el 22 de septiembre cayó alias “Mono Jojoy”, uno de los líderes más sangrientos de la guerrilla. Ese mismo mes restableció su acercamiento a los gobiernos de Venezuela y Ecuador, con los que las relaciones estaban deshechas.

Las reuniones con los dos países fueron un éxito. Tanto así que, unos meses después de posesionarse, Santos dijo que Hugo Chávez era su “nuevo mejor amigo”. El comercio se volvió a abrir en la frontera y las relaciones se calmaron. Con Rafael Correa fue similar. Los cancilleres de ambos países empezaron a construir nuevos lazos para normalizar su relación diplomática. Así mismo, se acercó a Néstor Kirchner, secretario de Unasur y expresidente de Argentina, y con su esposa Cristina Fernández, la presidenta de Argentina, con quienes Uribe había tenido pésimas relaciones.

Santos insistió en que su plan de gobierno estaba centrado en lo que llamó las “locomotoras”: esfuerzos centrados en reactivar la agricultura y estimular la minería legal; en la restitución de tierras a las víctimas del conflicto y las poblaciones desplazadas por la violencia y la reconstrucción de la infraestructura (de viviendas y carreteras).

Durante un viaje a la Asamblea General de Naciones Unidas, en 2012, se le detectó el tumor en la próstata. Entonces tuvo que ser intervenido de urgencia: se le practicó una prostatectomía radical. “Me hicieron exámenes y no hay rastros de cáncer en ninguno, o sea que estoy totalmente curado”, dijo el Presidente después de salir de la clínica. En octubre de 2016 tuvo que regresar a Estados Unidos de emergencia por una situación similar. Pero los médicos confirmaron que era una falsa alarma.

Su gran apuesta fue la paz. El 4 de septiembre de 2012, anunció formalmente el comienzo de un diálogo entre el gobierno y la guerrilla para buscar una salida al conflicto. Cuba y Noruega eran los países garantes mientras que Venezuela y Chile acompañarían el transcurso de las conversaciones. Las negociaciones serían primero en Oslo, Noruega, y después en La Habana, Cuba. La palabra final la tendrían los colombianos con una refrendación popular.

Santos era el cuarto Presidente en la historia de Colombia que buscaba firmar la paz con la guerrilla: antes lo habían intentado —y fracasaron— Belisario Betancur, Gaviria y Pastrana.

Las charlas, sin embargo, venían de mucho tiempo atrás. Mientras estuvo en el Ministerio de Defensa, buscó una salida negociada. Como ministro, pidió el consejo de su hermano Enrique y se reunió con académicos y politólogos para hablar del tema. Sabía que el mecanismo tenía que ser distinto a los otros proceso de paz anteriores y fallidos. Esta vez las FARC no podían oxigenarse ni usar los diálogos para fortalecerse. Enrique Santos y Henry Acosta empezaron a tener charlas secretas con emisarios de la guerrilla.

—La ilusión era que íbamos a encontrar una guerrilla acabada y lista a acordar una paz exprés porque habían sufrido unos golpes terribles —cuenta Enrique—. Y no: nos encontramos a unos tipos duros, lúcidos, fuertes y casi sectarios.

Una vez se superó esa etapa, las negociaciones se hicieron públicas, Santos y Acosta dejaron el proceso y el Presidente nombró a un equipo liderado por Humberto De la Calle, quien fue vicepresidente del gobierno de Ernesto Samper. Ellos tenían que supervisar los detalles día a día mientras que el Presidente se encargaba de supervisar los avances semanales. También hablaba en privado con varios consejeros internacionales, según la revista Semana: Joaquín Villalobos, Shlomo Ben Ami, Jonathan Powell, Dudley Ankerson y Bill Ury.

Durante las tensas conversaciones, cayó en combate alias “Alfonso Cano”, jefe militar de las FARC. Esto estuvo a punto de dañar el proceso pero el Presidente sostuvo que durante los diálogos no habría un cese al fuego y que las acciones militares se mantenían.

Mientras tanto, el expresidente Uribe miraba con malos ojos lo que ocurría. Por su naturaleza autoritaria, pretendía seguir dirigiendo las decisiones de Estado. No aprobó cómo se organizó el proceso ni el acercamiento de Santos con Cuba, Venezuela y Ecuador. El expresidente decidió desligarse del Partido de la U e irse a la oposición desde un nuevo movimiento: el Centro Democrático.

Se presentó a las elecciones parlamentarias y fue elegido senador. Su partido obtuvo 20 escaños: la segunda fuerza política. Pero la batalla campal fue durante las elecciones presidenciales de 2014. Santos se presentó a la reelección y el Centro Democrático seleccionó a Óscar Iván Zuluaga —exministro y amigo personal de Uribe— como su candidato. Después de una campaña violenta y llena de ataques personales, Zuluaga ganó la primera vuelta, lo que obligó a Santos a tomar, de nuevo, una decisión arriesgada: juró que si era elegido firmaría la paz con las FARC durante su segundo mandato. La promesa revirtió las preferencias y el candidato-presidente logró su cometido. Ganó la segunda vuelta con el 51% de las preferencias y una ventaja de menos de un millón de votos.

La confrontación entre Santos y Uribe llegó a puntos muy intensos. El expresidente dijo que Santos era “un canalla y redomado mentiroso”. Mientras que el Presidente dijo que su primo Francisco tenía “sida en el alma”.

Su segundo gobierno quedó condicionado a la gran promesa de campaña: tenía que firmar la paz pronto. El nuevo plan de gobierno se llamó Paz, Equidad, Educación. Era una hoja de ruta pensada para un país sin conflicto armado. Se aceleraron las negociaciones y el Presidente mandó a La Habana nuevos delegados para movilizar las discusiones. Incluso ordenó un cónclave en el que ninguna de las parte se podía levantar hasta que llegaran a un acuerdo final. Al mismo tiempo, viajó por el mundo buscando apoyo para un hipotético posconflicto. Uno de sus grandes aliados fue Barack Obama, Presidente de Estados Unidos, que se comprometió a ayudar económicamente a Colombia.

En el segundo periodo, Santos propuso diferentes iniciativas. El nuevo vicepresidente, Germán Vargas Lleras, se dedicó a liderar la construcción de casas gratis para los más pobres. Por su parte, se lanzó el programa Ser Pilo Paga, con el que el Ministerio de Educación entregó becas en las mejores universidades de Colombia a los estudiantes más de bajos recursos más destacados. Además se preparó una reforma tributaria que todavía está en discusión. Pero todos estos programas quedaron eclipsados frente al controversial acuerdo con las FARC. Las complicaciones del proceso fueron desanimando a la opinión. Además, los colombianos comenzaron a sentir que el gobierno cedía demasiado frente a los guerrilleros. Los reparos de Uribe y los demás opositores sobre la justicia transicional y la participación política de guerrilleros tuvieron mucho eco. Así mismo, una gran crítica era que Santos quería firmar muy rápido para recibir la gloria y la consagración histórica, en detrimento de los intereses del país. El gobierno no logró contrarrestar estas percepciones. La popularidad de Santos se vino a pique. El porcentaje de aprobación no pasaba de 15% en las encuestas. El Presidente que había ganado las elecciones con la mayor votación en la historia, cinco años después se transformó en uno de los más impopulares en la historia reciente.

No obstante, todo parecía encaminarse hacia un triunfo del Sí en el plebiscito. Pero entonces las cosas dieron una vuelta inesperada y empezaron las semanas más extrañas en la vida de Santos.

* * *

El legado de Juan Manuel Santos está por definirse: otra de las paradojas de su vida. Se trazó un plan para alcanzar sus metas y éstas dependen, ahora, de eventos que no están en sus manos. Llegó a la Presidencia con la votación más alta en la historia del país pero las encuestas siempre lo han castigado. Tanto así que perdió la votación del plebiscito del 2 de octubre que era crucial para su proyecto. Su gran aliado, Álvaro Uribe, y su primo, Francisco, se convirtieron en sus peores críticos. Es uno de los líderes más admirados por la comunidad internacional, aunque en Colombia sus niveles de popularidad son muy bajos. Nació como favorito del poder político y periodístico pero terminó criticado por la élite. Es acusado de “castrochavista”, cuando fue un ministro de Defensa que atacó como nadie a las FARC. Pasará a la historia como el primer Presidente en la historia de Colombia que recibe un Premio Nobel de la Paz por su intento de acabar la guerra. Y, sin embargo, los alcances de ese acuerdo tienen un futuro incierto.

Empieza a caer la tarde en Bogotá en marzo y, desde la oficina de la Casa de Nariño se alcanza a ver un atardecer espléndido. Santos se levanta de su sillón. Está visiblemente cansado. Se acerca a la ventana, levanta una persiana y mira con cierta melancolía hacia el cielo. Hay tiempo para dos últimas preguntas antes de marcharme:

—Usted dice que el ejercicio político saca lo peor de las personas. ¿Ha sacado lo peor de usted?

—El odio no lleva a ningún lado. Pero no es fácil entender eso. Se requiere de un trabajo que comienza con uno mismo. Cuando uno está en paz, le queda más fácil hacer la paz con otros.

—¿Cómo define el poder?

—Es relativo, es efímero. Uno no puede aferrarse al poder y lo que yo quisiera es usarlo de la mejor manera. Quiero mirar para atrás y decir: el poder me sirvió para hacer bien algo.

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