La balada de Néstor y Cristina

Néstor Kirchner era un hombre grandote y a la vez desgarbado, tenía el pelo gris y ralo, la piel áspera y el ojo izquierdo desviado. Apenas sabía usar internet, casi nunca leía libros, casi siempre comía pollo hervido, pescado o fideos, no había aprendido a hablar ningún idioma. Fue el presidente que sacó a Argentina de su miseria. Ésta es una revisión de su legado a la luz de las elecciones presidenciales de octubre, en las que seguramente se reelegirá su viuda, Cristina.

Por Juan Morris

El Tango 01 acababa de despegar del aeropuerto de Dulles, en las afueras de Washington. Eran las once de la noche. Esa tarde, Néstor Kirchner había tenido una reunión de 35 minutos con George W. Bush en el Salón Oval de la Casa Blanca y, después de palmearle la rodilla al hombre más poderoso del planeta, le había dicho que él no era de izquierda ni de derecha, que él no tenía esos problemas, y se lo había dicho así: “No tengo esos problemas, yo soy peronista”. Era julio de 2003. Kirchner tomaba un vaso de whisky con Coca-Cola light en el despacho del avión presidencial mientras charlaba con Alberto Fernández, su jefe de gabinete, cuando el comandante del vuelo le avisó que había un llamado del ministro de Defensa en la cabina.

—¡Andá a atenderlo vos! —le dijo Kirchner a Fernández.

Mientras el jefe de gabinete respondía el llamado, Kirchner volvió a revisar el cuaderno escolar marca Rivadavia de tapa dura, en el que llevaba anotados los asuntos de Estado: ni un BlackBerry, ni una palm ni una laptop, Argentina se administraba en un cuaderno escolar.

—Y, ¿qué pasaba? —le preguntó a Fernández cuando volvió unos minutos después.
El juez español Baltasar Garzón había pedido la detención y extradición de cuarenta y cinco jefes de las Fuerzas Armadas argentinas, involucrados en los crímenes de la última dictadura militar, para juzgarlos en España.

—¿Y qué hacemos? —preguntó Kirchner, pero no esperaba una respuesta concreta. Era una pregunta no específica que se hacía a sí mismo mientras giraba el vaso de whisky con su mano derecha y se empezaba a hundir en sus propios pensamientos.

Era una jugada difícil: que los militares argentinos fueran juzgados en otro país era inaceptable para cualquier gobierno y más para uno que se había pronunciado en contra de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, promulgadas en 1987 durante la presidencia de Raúl Alfonsín, que paralizaron los juicios contra los militares acusados de secuestros, torturas y asesinatos durante la última dictadura (entre 1976 y 1982). Y además había dos problemas.

El primero era que Kirchner llevaba sólo cuatro meses en el poder después de ganar unas elecciones que, en realidad, había perdido, como para tener que lidiar de entrada con un tema tan espinoso. En la primera vuelta, en un paisaje político atomizado, el otro candidato, Carlos Menem, había ganado con 24% de los votos, un porcentaje que lo obligaba a ir a balotage contra el segundo, que era Kirchner y había sacado 22%. Pero, viendo que en una segunda vuelta no tenía chances, porque el progresismo y el radicalismo se iban a alinear detrás del santacruceño, Menem decidió no presentarse y Kirchner asumió como presidente sin ganar la elección, con la endeble legitimidad de ese porcentaje bajo: veintidós.

El segundo problema era que había un decreto del ex presidente Fernando de la Rúa que prohibía la extradición de argentinos al exterior por crímenes de la última dictadura militar, pero rechazar la extradición amparándose en ese decreto se parecía demasiado a proteger su impunidad.

—La lógica es que, si vos no los extraditás por ser argentinos, es para juzgarlos en tu país. Pero nosotros no los podemos juzgar por las leyes de perdón —le respondió Alberto Fernández.

Pero Kirchner ya no lo estaba escuchando: se había quedado mirando por la ventanilla. Al otro lado del vidrio, la oscuridad se comía el mundo. El Tango 01 volaba a once mil metros de altura sobre la Costa Este de Estados Unidos: una luz intermitente atravesando la nada. Y Kirchner miraba la nada como si la viera: era un presidente tramando un país, midiendo las tensiones y los rencores del pasado y cambiando la historia de la república en su cabeza: hay hombres que piensan esas cosas.

—¿Sabés lo que vamos a hacer? —dijo de pronto, como volviendo en sí—. Cuando lleguemos, derogamos el decreto de De la Rúa y después los llamás a los presidentes de nuestro bloque de senadores y diputados y les decís que tienen que juntar los votos para anular las leyes de perdón.

—¿Estás seguro? —le respondió Fernández—. ¿Y cómo se lo decimos a los militares?
—Mirá, es muy fácil. Que tienen dos opciones: ser juzgados en España y terminar presos cuatrocientos años, o ser juzgados en Argentina y que por lo menos los vayan a visitar sus familiares.

Después lo miró y, haciendo un gesto defensivo con las manos, como quien se ha quedado sin explicaciones, le dijo:
—Alberto, ¿para qué queríamos gobernar si no era para cambiar las cosas? Cambiemos todo…

“Eso era Kirchner”, dice hoy Alberto Fernández, su ex jefe de gabinete, en la sala de reuniones de su oficina en Buenos Aires. Eso era Kirchner: un presidente que podía tomar una de las medidas más importantes de su gobierno en un rapto, respondiendo a una jugada judicial de un juez español. Un hombre al que los conflictos le resultaban estimulantes. Un cabrón con sentido histórico.

“Era algo impactante. Otros hubiéramos visto, estudiado y revisado el problema doscientas veces, y él en diez minutos lo resolvió”.

En la oficina hay un escritorio señorial de roble oscuro, una mesa de reuniones para diez personas, una gran biblioteca y cuadros pintados en acrílico. Es el mediodía de un miércoles de marzo de 2011.

Fernández se alejó del gobierno hace ya tres años, en julio de 2008. Su partida fue uno de los daños colaterales de la primera gran crisis del kirchnerismo. Néstor Kirchner había terminado su mandato como presidente un año antes, con 70% de imagen positiva, y lo había sucedido su mujer, Cristina Fernández de Kirchner, ganando las elecciones con 45% de los votos. Pero el peso político de Néstor, como centro neurálgico del kirchnerismo, era tan grande que el traspaso de mando fue visto por la oposición como un acto puramente simbólico: primero se habló de un gobierno manejado en “doble comando” y después se habló de que el verdadero presidente era Néstor, que los ministros se reportaban con él, que las órdenes salían desde su teléfono. La sombra de Kirchner envolvía al gobierno de su esposa, ¿pero de qué manera podían diferenciarse del mismo espacio político los gobiernos sucesivos de una presidenta y un ex presidente que dormían en la misma cama?

Algo estaba claro: el que mantenía las alianzas que sostenían al gobierno era él y, para volver más orgánico el apoyo del aparato peronista, asumió como presidente del Partido Justicialista.

La primavera cristinista duró exactamente un año, hasta que el gobierno anunció que iba a aumentar de 35 a 44.1% el precio de las retenciones a las importaciones de cultivos como la soya y el trigo, una medida que no le cayó nada simpática a uno de los sectores más poderosos de Argentina: el campo. Lo que siguió fue una pelea furiosa con los productores agrarios, que cortaron rutas y desabastecieron a la capital durante varias semanas mientras el gobierno se endurecía en su postura. Ésa terminó convirtiéndose en la madre de todas las batallas. El conflicto desembocó en la ruptura con el vicepresidente, Julio Cobos, que votó a favor del campo cuando el conflicto llegó al Congreso. Y la intransigencia llevó al gobierno a enfrentarse también con el Grupo Clarín, dueño de varios diarios, canales de televisión y radio, que se había plegado completamente a los reclamos de los productores agrarios.

“Y cuando llegó el momento de hacer la autocrítica, y yo la hice, me encontré con una posición muy terminante dentro del gobierno que decía: no nos equivocamos en nada. Cuando vi eso y sentí que mis opiniones ya no estaban pesando, creí que lo mejor era dar un paso al costado”, explica el ex jefe de gabinete.

En su pelea contra el Grupo Clarín, el kirchnerismo consiguió que el diario más vendido de Argentina se convirtiera en un órgano opositor enfurecido, y demasiado obvio en la manipulación de las noticias para golpear al gobierno. Ésa podría haber sido una gran victoria K, sólo que los diarios, los canales y la radio que construyeron los empresarios aliados al gobierno, beneficiados con la publicidad oficial, son el reverso exacto: medios que sólo atacan a los enemigos del gobierno y que sólo informan lo que le conviene al oficialismo.

A partir de entonces, en el mapa político de Argentina se abrió una grieta de la profundidad de un océano y dejó de haber un espacio posible entre el kirchnerismo acérrimo y la oposición rabiosa. Y aunque eso les sirvió para ganarse muchos enemigos, también les sirvió para ganarse el apoyo incondicional de una juventud que abrazó la causa K como una revancha, recuperando el valor de la militancia para una generación criada en los noventa con la política como mala palabra.

El movimiento fue bautizado “La Cámpora” y tuvo como plataforma de expansión a varios cuadros políticos que empezaron militando desde sus blogs, después desde diarios de grupos afines al kirchnerismo y, por último, desde programas de televisión ultraoficialistas como panelistas. La juventud K buscó en los símbolos, la estética y la épica de los setenta los materiales con que construir a Néstor Kirchner como el paladín de la nueva política, un líder pop transmutado en héroe de una historieta de los setenta llamada El Eternauta: el héroe del derrumbe.

Kirchner fue el único presidente argentino en convertirse en stencil.

Carruaje fúnebre del ex presidente argentino Néstor Kirchner, en octubre de 2010.

Carruaje fúnebre del ex presidente argentino Néstor Kirchner, en octubre de 2010.

El sur de Argentina no es exactamente el sur: cuando se dice “sur”, se piensa en una región montañosa cercana a la cordillera de los Andes con grandes lagos azules, bosques inmensos y cumbres nevadas que está casi en el centro del mapa de la república, apenas más abajo. Ahí —hasta donde llegó, en 1879, el general Julio Argentino Roca corriendo a los indios en su conquista del desierto— quedó fijado para siempre el mapa mental de cualquier argentino cuando se habla del sur.

Desde Buenos Aires hasta las ciudades patagónicas y turísticas como Bariloche, San Martín de los Andes o Villa La Angostura hay alrededor de 1 600 kilómetros. Y después de eso, viene la nada: más de 1 500 kilómetros de tierra baldía, una estepa cruda asolada por vientos de ciento treinta kilómetros por hora e inviernos de veinte grados bajo cero, donde no hay nada, donde no crece casi nada y donde la vida es un reflejo para protegerse de la naturaleza.

Kirchner venía de la nada. De esa nada.

Era un hombre moldeado por el filo del viento de los confines patagónicos, la crudeza de los inviernos desolados y las maneras extorsivas de la política. Un político que había aprendido a sentirse cómodo en la incomodidad.

“En Santa Cruz, Kirchner había aprendido a gobernar en situaciones de desorden y desestructuración, porque es un desierto. Y eso le dio una experiencia que pudo trasladar después cuando la Argentina se convirtió en una especie de páramo”, dice el sociólogo Ricardo Sidicaro, autor del libro Los tres peronismos (publicado por Siglo XXI Editores), una obra fundamental para comprender el pragmatismo mutante del movimiento.

Para entender quién era Néstor Kirchner y por qué llegó hasta donde llegó, hay que entender cómo era Argentina en esos días. En diciembre de 2001, los noventa habían implosionado. El gobierno de coalición de Fernando de la Rúa había llegado al poder como una respuesta moral y austera a los años de exceso y corrupción del menemismo, pero resultó una experiencia vacía. De la Rúa había heredado un país en recesión, y su reacción había sido recortar salarios y jubilaciones, subir los impuestos a la clase media y endeudarse aún más con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Pero la convertibilidad —un peso igual a un dólar— ya había entrado en una fase terminal y, con la economía prendida fuego, los capitales inversores no tardaron en evaporarse.

El gobierno, mientras tanto, limitaba a la mínima expresión la cantidad de dinero que la gente podía retirar de sus cuentas bancarias: una medida que olía a confiscación y que terminó siéndolo, encendiendo una chispa de furia en las clases medias, que salieron a las calles a protestar ante el avance del Estado contra su mayor capital simbólico: el ahorro. De la Rúa perdía el apoyo de los gobernadores peronistas y, mientras la clase media avanzaba sobre la Plaza de Mayo, los saqueos estimulados por los punteros o líderes barriales, las últimas terminaciones nerviosas del aparato justicialista en el conurbano bonaerense, alimentaban por televisión las fantasías apocalípticas de disolución nacional: la barbarie avanzaba sobre la civilización.

Fueron unos días en los que Argentina entró en un bucle temporal distópico: un país arrasado por asambleas de vecinos que gobernaban las esquinas, clubes del trueque como terapia paliativa para una economía quebrada y una frase repetida como un mantra en todas las manifestaciones: “Que se vayan todos”. Mientras tanto, la reorganización administrativa del gobierno sucedía en votaciones estiradas hasta la madrugada en el Congreso y, en una sola semana, iban a pasar cinco presidentes por la Casa Rosada.

Tras la renuncia de De la Rúa, asumía el rol vacante el presidente provisional del Senado, y al día siguiente la mayoría justicialista del parlamento votaba como presidente interino a Adolfo Rodríguez Saá, que iba a renunciar siete días después. Por algunas horas el presidente de la Cámara de Diputados lo sucedía como presidente mientras el Congreso volvía a votar, y esta vez el elegido era el dirigente bonaerense y peronista Eduardo Duhalde, el único líder peronista que podía calmar las aguas y pacificar a una provincia que sólo le respondía a él. Una vez en el gobierno, Duhalde normalizó el país, reactivó el aparato productivo, devaluó la moneda y, un año después, llamó a elecciones.

Y así como las circunstancias moldean a los héroes, la crisis construyó a Néstor Kirchner como candidato. El pedido de renovación política coincidía con que fuera un gobernador desconocido de una provincia alejada. El desmantelamiento estatal que había convertido a las instituciones en carcazas inútiles y la necesidad de fortalecimiento de la devaluada autoridad presidencial sintonizaban con su desapego institucional y su personalismo. La crisis abrasiva se correspondía con un líder rústico como él. El desorden de un país que no podía detenerse en las formas se ajustaba a su imagen desalineada.
Kirchner se parecía a Argentina.

“Sólo en las circunstancias que produjo la crisis de 2001, Kirchner pudo llegar a la presidencia”, asegura Artemio López, director de la Consultora Equis, encargada de las mediciones de imagen para el gobierno. “Y llegó con las manos absolutamente libres porque era un outsider de la política, nadie imaginaba que iba a llegar. Y entonces, lo que fue una debilidad se transformó en una fortaleza. Y además, demostró saber qué hacer, ¿no?”

En 2003, Kirchner asumió el gobierno de un país en el que 54% de la gente era pobre y 24% no tenía ningún tipo de trabajo y, sobre esa base, inició un proyecto político que impulsó una recuperación institucional y económica asombrosa, con medidas acertadas y, también, condiciones mundiales muy favorables.

En el poder, llevó las negociaciones hasta límites inimaginables y consiguió una quita de 75% en los intereses de la deuda externa, reinstauró los convenios laborales, renovó y amplió una Corte Suprema de Justicia sospechada de parcialidad con jueces elegidos a dedo por Carlos Menem y surfeó los precios altos de commodities como la soya, que sirvieron para volver a llenar las arcas del Estado.

Y por oportunismo o convicción —si es que eso realmente importa en política—, mientras pactaba con lo peor del sindicalismo y distribuía recursos públicos a los gobernadores de las provincias que respondían a él, llevó adelante una agenda progresista única: promovió el fin de las leyes de perdón, y los militares volvieron a la cárcel, convirtió los Derechos Humanos en un tema central de su agenda y, en la continuidad del gobierno de su esposa, se votaron la Ley de Matrimonio Gay, la Asignación Universal por Hijo (una pequeña ayuda social para trabajadores informales, desocupados y servicio doméstico con hijos menores a 18 años), una Ley de Medios democrática para romper los monopolios (que impide, por ejemplo, que un grupo con licencia de canales de aire tenga también canales de cable) y se nacionalizaron los fondos jubilatorios.

“Había una contradicción ahí, pero es lo que le da espesor a la cosa y le da espesor al político. Yo traté de comprender esa doble faceta, pero creo que no pude”, dice el filósofo José Pablo Feinmann, uno de los intelectuales de izquierda que apoyó con más convicción a su gobierno.

“Yo digo siempre en broma que el kirchnerismo tiene un buen lejos. Y la verdad es que tiene un muy buen lejos. Y cuanta más atención uno le presta a las oposiciones, el lejos del kirchnerismo es más glamoroso y lindo”, dice el sociólogo Gabriel Puricelli, investigador del Laboratorio de Políticas Públicas y uno de los analistas políticos más afilados de Argentina. “Ahora, basta dar dos pasos para darse cuenta de la diferencia que hay entre el lejos y el cerca”.

—¿Y cuáles serían esas diferencias?
—No pudieron transformar el crecimiento en desarrollo, aplicando políticas de mayor calidad que de manera inevitable obligaban a diseminar un poco más el poder. En general, el uso que ha hecho Kirchner de la burocracia estatal ha sido muy subóptimo, básicamente porque le han dado trabajo y responsabilidad a muy poca gente dentro del Estado. Y la lógica de hiperconcentración de poder se repite en cada área del Estado y hace que el argentino siga funcionando a una fracción de su capacidad.

Feinmann, por su parte, acaba de publicar El Flaco, un libro escrito en dos meses y medio de noches sin dormir y varios litros de Speed en lata, en el que relata su relación equívoca con Kirchner. En un capítulo cuenta, por ejemplo, la noche que estaba cenando en la Quinta Presidencial de Olivos con Kirchner y, de pronto, Alberto Fernández entró con un mapa de la provincia de Buenos Aires, corrió lo que había sobre la mesa y lo abrió. Era 2004 y el gobierno se preparaba para las elecciones legislativas del año siguiente, en las que Kirchner tenía que ganar la mayor cantidad de votos para revalidar el apoyo conseguido en la primera mitad de su mandato. Kirchner, que estaba tomando una copa de vino tinto, apoyó un dedo sobre un punto cualquiera del mapa y preguntó a quién tenían ahí.

—La pegaste. Porque ahí, justo ahí, no tenemos a nadie —dijo Fernández.
Debajo del dedo largo y huesudo del presidente estaba Escobar, un municipio a cincuenta kilómetros de Buenos Aires. Kirchner le preguntó qué punteros había en la zona, a qué partido pertenecían y cuál estaba más cerca de ellos. Fernández le contestó que ninguno estaba cerca, pero el más barato respondía a Luis Abelardo Patti, un ex subcomisario condenado por torturas y asesinatos durante la última dictadura, que durante los noventa había sido funcionario de Menem y llegó a ser intendente de Escobar. Kirchner, entonces, miró a Feinmann con algo de malicia y le preguntó qué opinaba.

El filósofo le aconsejó que mejor no pusiera a nadie. Kirchner le respondió que no podía decirle a la gente del Partido Justicialista que iba a regalar una localidad porque sólo le gustaba la gente limpia.

—Entonces poné al de Patti —le dijo Feinmann—. Y que digan lo que se les cante. Debe ser el más corrupto. A los dos días es tuyo.

Kirchner logró eso: que buena parte de la izquierda inmaculada y estéril se manchara con su pragmatismo. Logró que dentro de la Unión Cívica Radical, el partido históricamente enfrentado al peronismo, hubiera radicales K, es decir, radicales filoperonistas. Y, después de terminar su gobierno, que la fórmula presidencial con la que su mujer iba a llegar al poder fuera con un ex gobernador radical como vicepresidente.

Después de esa demostración territorial de pragmatismo, Feinmann le preguntó si eso era la política, finalmente, y Kirchner le respondió que sí.

—Es no hacerle asco a nada.

En 2007, hacia el final de su mandato, Kirchner dejó un país con 20% de pobreza y 7% de desocupados, con el pequeño detalle de que las cifras oficiales incluían entre los ocupados a los destinatarios de los planes asistenciales más ínfimos, como la Asignación Universal por Hijos, que reciben unos cincuenta dólares al mes.

“Kirchner le aportó a la salida de la crisis una combinación casi perfecta de pragmatismo y testarudez —explica Puricelli—. Identificó cuáles eran los principios de políticas económicas y de gestión del poder necesarios en ese momento para la salida de la crisis y no se dejó conmover por nada en la aplicación de esos principios”.

Y su forma de gobernar fue abrir frentes de conflictos: ése era el campo de acción sobre el que trabajaba, el lugar donde se sentía más cómodo para negociar, porque para él la política era una confrontación de intereses explícita.

“Soy un patagónico testarudo, un hombre humilde pero de convicciones fuertes”. Así se había definido ante Bush en su encuentro en la Casa Blanca. Y era cierto. Kirchner era un hombre grandote y a la vez desgarbado, tenía el pelo gris y ralo, la piel áspera y el ojo izquierdo desviado, lo que daba la sensación de que siempre estaba pensando en algo más, que nunca podía concentrarse en una sola cosa. Apenas sabía usar internet, casi nunca leía libros, casi siempre comía pollo hervido, pescado o fideos, mezclaba el whisky con Coca-Cola light, no había aprendido a hablar ningún idioma y a pesar de que, al llegar al poder, tenía una fortuna declarada de dos millones de pesos, había viajado por primera vez en su vida a Europa después de asumir como presidente.

Y cuando viajaba a cualquier parte del mundo, lo primero que preguntaba estuviera en la ciudad que estuviera era cuánto valía el metro cuadrado, cuántos habitantes había y cuál era el salario medio: era presidente, pero veía el mundo con los ojos de un especulador inmobiliario.

Para Puricelli, Kirchner encarnaba una visión conservadora del mundo. “Pero conservadora con la menor carga ideológica posible. En el sentido de que era un tipo que estaba de manera permanente en la búsqueda de una normalidad y no de una transformación. Ahora, había una brecha tan grande entre lo que puede ser considerado mínimamente normal y el contexto de disolución después de 2001, que esa brecha parece un salto revolucionario”.

Kirchner se levantaba todos los días a las seis y media de la mañana, desayunaba un yogurt, una taza de leche con apenas un chorrito de café y unas tostadas, leyendo los diarios. Después caminaba media hora en la cinta mientras hacía los primeros llamados a sus funcionarios. Así empezaban todos sus días, estuviera en la residencia presidencial de la Quinta de Olivos, en su casa de Santa Cruz o en el hotel Four Seasons de Nueva York. Cuando viajaba, siempre pedía que en la suite del hotel hubiera una cinta para caminar.

Y si estaba en Olivos, después de la caminata en la cinta se duchaba, se cambiaba y se iba a la Casa Rosada en el helicóptero presidencial, un viaje de diez minutos mirando la capital del país que gobernaba desde la altura, mientras amanecía sobre el Río de la Plata. Y lo primero que hacía al entrar a la casa de gobierno era llamar a su despacho al secretario de Hacienda para revisar las cuentas del Estado, como un almacenero revisa cuánto tiene en la caja, cuánto debe y cuánto le deben.

En los primeros tiempos de gobierno, además, empezaba el día marcando números al azar en el teléfono y, cuando lo atendían, decía: “Hola, soy Néstor Kirchner, el presidente, y quería saber qué piensa de mi gobierno”.

“Tenía un modo de conducción radial: él se ponía en el centro, todos le traían la información y él después distribuía la acción. Sabía todo lo que pasaba en el Estado”, explica Alberto Fernández.

Había sólo dos momentos en los que la política quedaba en mute. Durante los noventa minutos de los partidos en los que jugaba el Racing, el club del que era hincha. Y cuando miraba en el microcine de la Quinta de Olivos las últimas películas que se estrenaban. Alberto Fernández recuerda una mañana en la que estaban en casa de Kirchner, en El Calafate, acorralados por el frío patagónico, sin sus mujeres, sin saber qué hacer, hasta que Néstor se acordó de que Daniel Scioli, su vicepresidente, le había dado unos DVD.

“Nos habíamos levantado a las diez de la mañana y estábamos los dos aburridos tomando un café frente al televisor y, de repente, Néstor me dijo: ‘Scioli me mandó una serie que dice que es buena’. Entonces, llamó a su secretario y le dijo: ‘Che, poneme la serie esa que me dio Scioli. La serie era 24 y nos pasamos ocho horas seguidas mirando los capítulos’”, cuenta.

—¿Qué cree que fue lo que enganchó tanto a Kirchner de la serie?
—Todo aquel que estuvo en el poder sabe que el poder te enfrenta a dilemas. Y en la serie viste que dicen: “Si no torturo al árabe, me hacen volar Los Ángeles con una bomba atómica”. A nosotros no nos tocó nada parecido, pero sí constantemente se nos presentaban dilemas. Después, siempre jorobábamos con Néstor y decíamos: “¿A nosotros nos vendría bien un Jack Bauer?”.

En la Casa Rosada, la oficina de Fernández tenía una puerta que daba directamente al despacho presidencial y, hacia el final del mandato, muchas veces, el presidente lo interrumpía abriendo la puerta mientras estaba en alguna reunión de trabajo y le decía: “Alberto, ¿podés venir un segundito?”. Fernández, entonces, pedía que lo disculparan y se iba al despacho presidencial.

“Y cuando entraba, Néstor me decía: ‘Vení, sentate, vamos a escucharla a Cristina’. Y me hacía escuchar los discursos de campaña de Cristina, que eran todos iguales, porque en campaña repetís y repetís siempre lo mismo. Y él la escuchaba embelesado. Estaba muy enamorado. Y era mutuo”.

La balada de Néstor y Cristina nació en los agitados años setenta en las agitadas calles de la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. Néstor había llegado en 1969 desde Río Gallegos, la capital de Santa Cruz, para estudiar Derecho y descubrió la política apenas empezó a desarmar la valija en la pieza compartida que alquilaba en una pensión universitaria en la Calle 45. Su compañero de cuarto era Juan Carlos Conocchiari, el Rata, que militaba en Montoneros, una organización peronista de izquierda con un brazo armado que en 1974 iba a pasar a la clandestinidad y se iba a convertir en el principal enemigo de los militares después del golpe de 1976.

Cristina se había criado en Tolosa, un suburbio obrero de La Plata, hija de una empleada pública que simpatizaba con el peronismo y un chofer de colectivos de la línea 3, radical hasta la médula, con quien la relación siempre fue distante. Después de un año de haber estudiado Psicología, se cambió a Derecho y en los pasillos de la facultad se contagió del espíritu militante de la época. El 20 de junio de 1973, Néstor y Cristina integraron la columna universitaria que fue a esperar en Ezeiza el regreso de Juan Domingo Perón de su exilio en España, sólo que no se conocían.

En los pasillos de la facultad de Derecho, cuando pasaba esa morochita que se maquillaba como para ir a bailar, que había empezado a ir a las peñas políticas y llevaba libros de Eduardo Galeano bajo el brazo, todos se olvidaban por un rato de lo que estaban hablando.

Néstor tenía veinticuatro años, se había dejado el pelo largo, seguía usando anteojos gruesos y, mientras rendía libre las materias de la carrera, militaba en la FURN, la Federación Universitaria de la Revolución Nacional. Cristina tenía veintiuno, una militancia cada vez más activa y un noviazgo de cuatro años que ya la empezaba a aburrir: a su novio le gustaba el rugby, a ella la política.

Y si hay que encontrarle un momento épico a esta historia romántica, es éste: cuando Cristina, la chica más linda de la facultad, escapa de su destino abandonando a su novio rugbier y apuesto por un compañero de militancia flaco, desgarbado y feo.

Y fue un amor veloz: seis meses más tarde, el 9 de mayo de 1975, Néstor y Cristina fueron en colectivo a casarse al Registro Civil de Tolosa. Perón había muerto en junio de 1974, lo había sucedido su mujer, Isabel Martínez de Perón. Pero con el peronismo dividido y la vida civil atravesada por facciones armadas de derecha e izquierda, las cosas se le habían ido de las manos, y el 24 de marzo de 1976 los militares habían tomado el poder. Muchos compañeros más comprometidos con la militancia habían sido secuestrados o asesinados, de modo que después de que Néstor rindiera su último examen decidieron irse a Santa Cruz, donde todo estaba más calmo.

Néstor abrió su estudio jurídico en la calle 25 de Mayo, en el centro de la ciudad de Río Gallegos, mientras Cristina rendía las materias libres que le quedaban y cuidaba a su primer hijo, Máximo, que acaba de nacer.

Ésta es la parte de la historia preferida del progresismo y los partidos de izquierda para atacar a los Kirchner y su supuesta revancha histórica, porque mientras en La Plata sus compañeros de facultad militantes desaparecían o eran asesinados por el ejército, y Argentina entraba en uno de sus periodos más sangrientos, en Río Gallegos, Néstor y Cristina empezaban a enriquecerse. Una financiera había contratado a Néstor para cobrarle a deudores incobrables, al tiempo que el Banco Central firmaba la Circular 1.050, que estipulaba que las cuotas de los créditos se indexaran con la inflación, que unos meses después iba llegar al 100%, haciendo que muchos ahorristas no pudieran hacer frente a sus hipotecas. Y Kirchner, el encargado de cobrarlas, les ofrecía comprarles las propiedades por precios bajos antes de que el banco se las rematara y perdieran todo. Entre 1977 y 1980, Kirchner compró, en esas condiciones, veintiún propiedades, entre casas, departamentos y terrenos. Y con el dinero llegó la política. Primero abrió su propio espacio dentro del peronismo santacruceño, el Ateneo Juan Domingo Perón. Después, abrió la unidad básica Los Muchachos Peronistas en Nuestra Señora del Carmen, un barrio humilde en los suburbios de Río Gallegos. Con la militancia territorial ganó espacio en el partido y consiguió un puesto en la Caja de Previsión Social de la provincia mientras, como abogado, representaba al sindicato de los trabajadores mineros, un gremio poderoso de la provincia, que unos años más tarde, en 1987, le iba a dar un apoyo indispensable para ganar la interna peronista en Río Gallegos y pelear por la intendencia.

El 7 de septiembre de ese año ganó las elecciones para intendente por apenas ciento once votos. Sabía que tenía poco apoyo, apostó a la espectacularidad: construyó clubes deportivos, centros comunitarios, plazas, renovó toda la iluminación de la ciudad poniendo unos faroles amarillos que aún permanecen y cuatro años más tarde, en 1991, fue elegido gobernador. Acababa de nacer Florencia, su segunda hija.

“Recibo una tragedia: no hay plata para sueldos; no hay nada en la caja, sólo pagarés”, dijo en su discurso de asunción y, en efecto, no pagó los sueldos de diciembre de ese año y le bajó el salario en 10% a todos los empleados públicos, que en Santa Cruz son la mitad de la población, pero prometió que en un año se los iba a devolver. Y cumplió. Después de conseguir que el Estado nacional le pagara quince millones de dólares —de regalías mal liquidadas por YPF en el gobierno anterior—, devolvió con intereses la plata que había retenido. Así empezaron doce años de reinado, en los que modificó dos veces la constitución provincial para poder ser reelegido y re-reelegido. Manejó su relación con la prensa por medio de la publicidad oficial (otorgándola o retaceándola), supo cómo administrar la caja pública para disolver los frentes opositores y basó su poder en las divisas por los recursos naturales de la provincia: exactamente lo mismo que iba a hacer más tarde en el país.

Además, inventó El Calafate como punto turístico de la provincia: un pueblo a trescientos kilómetros de Río Gallegos, construido al borde del Glaciar Perito Moreno que se convirtió en una ciudad durante su gestión, donde construyó una mansión que sirvió como cuartel de invierno para planear su aventura nacional al tiempo que levantaba un pequeño imperio de hoteles, empresas y tierras fiscales compradas por casi nada y vendidas en dólares a partir del cual construyeron una sospechada fortuna de más cincuenta millones de pesos.

“No tenemos una sola gota de odio, de bronca, sólo queremos que la Argentina crezca”, dijo Kirchner en su último discurso. Fue el mediodía del 18 de octubre de 2010, cuando ya no era presidente, en General Lamadrid, una ciudad de ocho mil habitantes en el interior de la provincia de Buenos Aires, adonde había viajado para inaugurar un gasoducto.

Fue un discurso breve, como todos sus discursos. Kirchner era el hombre de las doscientas palabras. Elisa Carrió, líder de la Coalición Cívica y opositora furiosa al gobierno, lo había bautizado así burlándose de la arquitectura endeble de sus palabras. Y tenía razón. Las palabras de Kirchner no estaban a la altura de su dimensión política: eran unos artefactos que no sabía muy bien cómo manejar. En público, las frases le quedaban por la mitad. Eran ideas sin resolución sintáctica, un murmullo que no encontraba forma de moldearse. Pero no es que le importara: a él, como a su padre, las palabras nunca le habían hecho falta para conseguir lo que quería.

En 1945, su padre había enamorado a su madre en código morse, cuando Río Gallegos era un ciudad de recién llegados que vivía sobre todo de las vacas y las ovejas y que estaba alejada de casi todo, salvo de la ciudad chilena de Punta Arenas, con la que la comunicación telegráfica era cotidiana. De este lado, en la Oficina de Correo, el telégrafo lo manejaba un chico de veinticuatro años que se llamaba Néstor Carlos Kirchner, como todos los varones primogénitos de la familia; del otro lado, la operadora era una chica de dieciocho años, morochita y maciza, que se llamaba María Juana Ostoic y era hija de un croata que vivía de vender los muebles que fabricaba.

Se habían visto una vez, durante un partido de futbol que el equipo del Correo de Río Gallegos había ido a jugar a Chile contra sus colegas de Punta Arenas, y se habían ido enamorando así, sin palabras, a través del telégrafo. Cuando eso ya no fue suficiente, Néstor Carlos viajó a Punta Arenas a pedir la mano de María y se casaron en 1946. Tuvieron tres hijos: Alicia, Néstor y María Cristina.

Para Néstor la infancia fue pasarse las tardes encerrado en el fondo del almacén familiar, leyendo las historietas de Cisco Kid y El Llanero Solitario que llegaban desde Buenos Aires junto a los pedidos de galletitas, chocolates y café. En el colegio, sus compañeros se burlaban porque usaba anteojos gruesísimos para corregir un ojo desviado y porque cuando hablaba pronunciaba las eses como si fueran jotas. Sus problemas de dicción eran tan graves que repetiría cuarto año y, al poco tiempo, sería rechazado en la carrera docente, su primera vocación. Así que, frustrado, terminó anotándose para estudiar abogacía en La Plata, y después vino todo el resto.

Néstor Kirchner llegó muerto al Hospital Jorge Formenti. Eran las ocho de la mañana del miércoles 27 de octubre de 2010 cuando el cuerpo del ex presidente entró en una camilla por la puerta de emergencias del hospital de El Calafate, rodeado de una turba de médicos que intentaban revivirlo y los gritos de su mujer, la presidenta, que le pedía: “¡No me dejes! ¡No me dejes!”.

Kirchner quería volver a ser presidente. Y en el último tiempo vivía obsesionado con las encuestas que medían las proyecciones para las elecciones de octubre. Dentro del kirchnerismo, sin embargo, muchos veían con mejores ojos que la candidata volviera a ser Cristina. En 2010 ya había sido operado dos veces por problemas coronarios y las dos veces la recomendación de los médicos había sido la misma: que parara, que se alejara un poco del estrés. Pero Kirchner no podía tomar distancia de la política. Podía ser un político que había sacado a cuarenta millones de argentinos de la peor crisis institucional, pero parecía incapaz de pensar en su propia muerte. Y, en parte, los cientos de miles de personas que la misma tarde de su muerte fueron a la Plaza de Mayo estuvieron ahí porque tampoco habían pensado, de verdad, que ese hombre pudiera morirse. El cajón de madera lustrosa que descansó un día y medio en el Salón de los Patriotas de la Casa Rosada para que la gente fuera a despedirlo era la prueba un tanto inverosímil de que Kirchner era, empezaba a ser, el pasado.

“La de Cristina es una conducción más institucionalizada y tiene otro país donde eso puede ser posible. Tiene una realidad social un poco más homogénea y un nivel de demanda de otras características, por lo tanto su estilo empalma mejor con esta realidad”, evalúa Artemio López, uno de los encargados de elaborar las proyecciones que desvelaban a Kirchner. “Además, el estilo de Néstor es irrepetible y tampoco sería bueno que se repitiera, porque éste es otro país”.

Para muchos, Kirchner no supo convivir con las mejoras que había logrado en el país y se empeñaba en seguir gobernando como en plena crisis.

“El último Kirchner fue un hombre conflictuado por la realidad —dice Fernández—. Fue un Kirchner que nunca entendió cuál era su rol si no era presidente. En 2009 me lo encontré en la asunción de un diputado amigo y me acuerdo de que su secretario le acercó un papel con una información, una crítica que le habían hecho. Entonces la leyó, puso cara, me la dio a mí para que la leyera y me dijo: ‘¿Te das cuenta cómo es la cosa? Yo digo las mismas cosas de siempre, pero lo que antes caía bien ahora cae mal’. Y yo creo que él sentía eso. Que las cosas que antes caían bien, ahora caían mal. Que se había convertido en un personaje antipático”.

“Mientras que Menem tenía una relación sensual con el poder y su longevidad es una prueba de que lo disfrutaba, a los Kirchner el poder los hizo levantar temprano, los hizo sufrir, les provocó tensiones. El kirchnerismo tiene una visión mucho más ascética, mucho más centrada en el ejercicio del poder”, dice Puricelli.

El día de su muerte se despertó cerca de las siete y, al levantarse, se sintió mal y volvió a la cama. A las ocho menos diez volvió a despertarse, y cuando intentó ponerse de pie se desvaneció, golpeándose la frente contra la mesita de luz. Todavía en el piso de su cuarto, recibió los primeros intentos de resucitación con un desfibrilador y le inyectaron una ampolla de adrenalina intracardiaca.

“Me voy a someter una vez más a la voluntad del pueblo”, dijo Cristina casi siete meses después, en junio de 2011 y todavía de luto, al anunciar finalmente su candidatura para las elecciones presidenciales de octubre. “Siempre supe lo que tenía que hacer, lo supe inclusive el 28 de octubre pasado, en este mismo lugar, cuando miles y miles que pasaron a despedirse de Néstor Kirchner me gritaban: ‘Fuerza, Cristina’”.

En la ambulancia y en el hospital siguieron intentando que el corazón reaccionara. Finalmente, uno de los médicos anotó las 9:15 como hora de la muerte. Después del velatorio en la Casa Rosada, un cortejo atravesó la ciudad bajo la lluvia, por avenidas valladas hasta el aeroparque, donde un avión llevó su cuerpo a Santa Cruz.

“Cristina no está dispuesta a hacer ninguno de los gestos que Kirchner le hacía al peronismo y eso puede tener consecuencias —asegura Puricelli—. Al mismo tiempo, le está abriendo espacios en el Estado a gente más joven, de manera más desprejuiciada que Néstor. ¿Qué sale de eso? En el peor de los casos, te sale que los jóvenes que se incorporan no saben dónde están los botones y te hacen una cagada gigantesca, y el peronismo se le subleva el 11 de diciembre después de que gane…Y en el mejor de los casos, el peronismo descontento apechuga porque, al fin y al cabo, si ella se hace reelegir, el partido siempre se disciplina a los ganadores y por ahí los chicos estos saben gestionar bien las cosas. Está completamente abierto. Da para una gran cagada. Pero no está dicho que no pueda salir bien”.

La mañana de su muerte fue la mañana de un día lento y desolado; en ese preciso momento, un ejército de medio millón de censistas se estaba desplegando por el territorio argentino para un enorme censo de alcance nacional. Las calles de la capital estaban vacías, las calles de la provincia estaban vacías, las calles de todo el país estaban vacías. Durante siete años, la realidad política argentina había sucedido en la cabeza de Kirchner, y ahora que acababa de morir tenía sentido que el país estuviera en silencio: era el fin de una época.

Tenía sesenta años. \\

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