La Batalla de Ciudad Mier (parte I)

Ésta es la historia de un pueblo de la frontera con Estados Unidos arrasado, en silencio, por la guerra de Tamaulipas.

Por Diego Enrique Osorno / Fotografía Daniel Aguilar

Ciudad Mier es la línea divisoria entre dos grupos en guerra.

Ciudad Mier es la línea divisoria entre dos grupos en guerra.

Ciudad Mier es la línea divisoria entre dos grupos en guerra.

La mañana del 22 de febrero de 2010, cuando Ciudad Mier se preparaba para las fiestas anuales, quince camionetas con las siglas del cártel del Golfo (C.D.G.) entraron por el acceso de la carretera de Reynosa como caballos desbocados. Los pistoleros enfilaron a la comandancia de la Policía Municipal, bajaron de sus vehículos y comenzó a sonar el tableteo de sus ametralladoras contra el viejo edificio. La gente que estaba alrededor echó el cuerpo a tierra y como pudo fue a refugiarse.

El tiroteo amainó. Seis policías municipales asustados, golpeados, jadeando con la boca abierta, rojos de sangre y con el miedo en la mirada, fueron sacados de la comandancia por los pistoleros, quienes gritaban consignas contra los Zetas. Ésa fue la última vez que se vio a los seis policías y fue también la última vez que hubo policías municipales en Ciudad Mier.

El comando instaló pistoleros en los tres principales accesos al corazón de Ciudad Mier y montó un cerco para que cuatro camionetas exploraran las calles en busca de casas y negocios a los que hombres de rostro parco entraban por personas específicas. En ese lapso, la plaza principal, ubicada frente a la comandancia, fue usada como paredón. Vaciándose de sangre, dos hombres detenidos por los pistoleros fueron llevados a la plaza. Ahí los acribillaron y después los decapitaron. Sus cabezas terminaron colocadas en un rincón de la plazoleta. Con el paso del tiempo, por el uso frecuente que se le dio, aquel rincón sería conocido como “La Esquina de los Degollados”.

Un par de horas después de que los pistoleros abandonaron el pueblo, el Ejército hizo un rondín fugaz y desapareció antes de que oscureciera. Toda la semana siguiente el pueblo vivió con somnolencia. El silencio de las noches era cortado por voces lejanas y disparos aislados. Las calles estaban sucias y ruinosas, sencillamente no hubo cómo realizar los festejos anuales del 6 de marzo, los cuales fueron cancelados en ese 2010, algo que no sucedía desde la época de la Revolución.

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Aunque no ves a nadie, sabes que hay alguien viéndote a ti. Lo sientes mientras caminas entre el metal escupido por las bocas de los fusiles, regado entre vidrios rotos que, pese a tu cautela, es inevitable hacer que crujan con la pisada de las botas. Debes apurarte a terminar de mirar las gruesas manchas de sangre seca y los miles de impactos de bala que aún quedan en las paredes de las casas. No puedes dejar que caiga la noche mientras buscas recuperar más testimonios de lo que sucedió estos meses aquí. La oscuridad de una zona de guerra no es lo mismo que la oscuridad a secas, además, no existe ningún hotel o sitio al cual meterte a pasar la madrugada. Por ahora, éste no es el Pueblo Mágico que se anuncia a la entrada: a juzgar por la destrucción existente, es la primera línea de la guerra de Tamaulipas.

Se supone que los bandos en pugna emprendieron la retirada hace unas semanas a los campamentos que han montado en ranchos cercanos, y tú, aunque no vengas empotrado a una unidad del Ejército, que porta casco y un chaleco antibalas pesado y caluroso, puedes caminar por estas calles donde se ven construcciones cubiertas de ceniza, con basura chamuscada en el suelo y sin señal aparente de vida en su interior. Pero sabes que estás en un pueblo fantasma y es posible que los fantasmas te estén observando.

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Lo de Ciudad Mier no fue un estallido de violencia irracional. La incursión del 22 de febrero de 2010 formaba parte de un plan más ambicioso para tomar el control de la franja divisoria entre Tamaulipas y Texas, conocida del lado mexicano como la Frontera Chica. Zona clave para cualquier tipo de tráfico ilegal a Estados Unidos, aquí se localiza también la Cuenca de Burgos, el principal yacimiento de gas natural con que cuenta México.

Las cabeceras de pueblos como Miguel Alemán, Camargo, Valle Hermoso y Nueva Ciudad Guerrero fueron asaltadas de la misma forma en que ocurrió con Ciudad Mier. El inicio de esta ofensiva que el país tardó en identificar tiene varios nombres: quienes la emprendieron —los integrantes del C.D.G.— reivindicaron su ataque sorpresa como “La Vuelta”, mientras que el blanco de su ofensiva, los Zetas, marcó esa fecha del calendario con el título de “La Traición”. En cambio, la gente, simplemente lo llamó “El Alzamiento”.

Los ataques coincidieron con la divulgación en México de unas palabras de arrepentimiento de Osiel Cárdenas Guillén, quien lideraba ambos grupos antes de ser extraditado a Estados Unidos, donde a cambio de una pena reducida de 25 años de prisión en una cárcel de mediana seguridad, proporcionó información clave contra los Zetas, agrupación que él mismo fundó una década atrás.

Cuando estalló la guerra en Tamaulipas —un estado cuyo tamaño es cuatro veces mayor que el de El Salvador, y cuyas costas abarcan buena parte del Golfo de México—, no hubo referencia ni posicionamiento particular de las corporaciones policiacas estatales y federales para dar cuenta de lo que estaba sucediendo. Ante las preguntas de algunos periodistas sobre los reportes de balaceras y enfrentamientos en la región, el entonces gobernador Eugenio Hernández dijo que se trataba de pura psicosis. En la bitácora pública de actividades, la Comandancia de la Octava Zona Militar del Ejército apenas reconoció tres enfrentamientos, en los cuales cayó un soldado y otros once fueron heridos. Finalmente, basados en un reporte de la DEA, funcionarios del gobierno federal filtraron a columnistas de la ciudad de México que lo que sucedía se debía a una alianza de el cártel del Golfo con el cártel de Sinaloa y la Familia Michoacana, bajo un lema que —según decían— convenía a todos: “México unido contra los Zetas”.

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Estás frente al Hotel El General, bautizado así en honor a Francisco Villa: un edificio blanco de tres pisos, ubicado en el cruce de las calles Allende y Colón, a menos de 20 kilómetros de distancia del puente internacional de Roma, Texas, uno de los accesos que tiene Ciudad Mier a Estados Unidos. Puedes reconocerlo por el mural que representa a Pancho Villa. Durante los días de combate, en una de las ventanas contiguas al mural se instaló un francotirador en busca de cabezas. Las construcciones de mayor solidez en el pueblo fueron usadas como lugar de resguardo durante las batallas callejeras, y las que no fueron incendiadas, acabaron con más hoyos que un queso gruyère y aún se encuentran severamente dañadas.

Ciudad Mier fue sitiada por lo menos en tres ocasiones a sangre y fuego en 2010, pero los francotiradores no fueron los que sembraron el mayor terror. En una de las incursiones, uno de los grupos armados capturó a un peón apodado Pepino y lo sometió a juicio sumario. A plena luz del día lo llevaron hasta la plaza principal, donde lo estuvieron golpeando bajo la acusación de ser un halcón (vigía) del bando rival. Él alegaba que esto no era cierto mientras le cortaban un brazo. Todos los habitantes del casco principal podían oír su gritadera mientras lo descuartizaban. Nadie se asomó. Tanto era el miedo que pasaron casi doce horas antes de que alguien se atreviera a descolgarlo de la rama del árbol donde lo ahorcaron.

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Un hombre de aire campesino llamado José Concepción Martínez participó en “El Alzamiento” del 22 de febrero. Antes de ser reclutado para la guerra de Tamaulipas estuvo ocho años en la Marina Armada. Patrullaba Ciudad Mier en una camioneta con logos del C.D.G. cuando se topó con un convoy de los Zetas que lo capturó y lo hizo su prisionero. En un video, enviado en agosto de 2010 por sus captores por medio de mensajes electrónicos masivos, y subido y bajado de Youtube de forma intermitente, se ve a Concepción y a otros tres pistoleros vestidos con uniformes de camuflaje, hincados, con las manos amarradas a la espalda y los ojos vendados mientras eran interrogados por un comandante de los Zetas. Concepción relata que estaba en Reynosa en espera de indicaciones junto con otros diez pistoleros antes de integrarse a una estaca, nombre que dan los grupos criminales de la región a sus equipos de vigilancia más pequeños. Su sueldo quincenal era de ochocientos dólares. Había sido capturado mientras trataba de escapar de un enfrentamiento durante su bautismo de fuego en la guerra. Aunque contraatacó con una ametralladora, tropezó en la retirada y el arma se le encasquilló. No tardó mucho en ser sometido.

El segundo de los prisioneros que aparecen es José Abel Rubí. Abel nació en Baja Verapaz, un pueblo del centro de Guatemala. En la ciudad de Zacapa lo contactó un hombre de apodo el Paisa, quien andaba buscando gente que quisiera irse a una guerra que iba a empezar en el noreste de México, para la cual se necesitaban personas que supieran matar sin que eso les afectara el sueño a la hora de dormir. Les decía que a cambio el sueldo sería de 1 500 dólares al mes. Abel aceptó y se embarcó con otros hombres en el puerto De Ocos hasta llegar a las costas de Oaxaca después de ocho horas de navegación. En Oaxaca los esperaba un autobús, al cual se subieron junto con salvadoreños, nicaragüenses y hondureños, incluyendo algunas mujeres. El vehículo llegó sin mayores problemas hasta Reynosa, donde los recibieron y les avisaron que trabajarían para el cártel del Golfo. A Abel lo asignaron a la plaza de Ciudad Mier. Una tarde en la que vigilaba la carretera apareció un convoy rival. Cuando quiso subirse a la camioneta en la que patrullaba, su compañero arrancó y lo dejó ahí, junto a otros compañeros de aventura bélica, muertos y atravesados por las balas.

El tercero de los prisioneros de guerra que aparecen es un hombre que dice ser de Ciudad Victoria, Tamaulipas, y haber sido contactado ahí por Jesús Martínez Hernández, un joven reclutador a quien apodaban el Binomio, quien, semanas después de iniciados los combates, se dio un tiro en la cabeza, debido a un ataque de paranoia. El prisionero de Ciudad Victoria relata que la mayoría de los hombres reclutados en México son de Michoacán; ellos son quienes integran los comandos que recorren la región acompañados por algún nativo de Tamaulipas, elemento que a su vez suele tener la función de guía.

El cuarto de los prisioneros se llama Miguel López Rodríguez y es del puerto de Veracruz. Cuenta que después de un enfrentamiento fue capturado en Ciudad Mier. Tenía once días de estar de guardia ahí y se movía por las carreteras de los alrededores, junto con otras tres decenas de hombres, a bordo de siete camionetas. Cuando sus captores se lo llevaban, de reojo vio que atrás quedaba un reguero de muertos, tiesos como el cuero. Saldo mudo de la batalla.

Tras dieciocho minutos de proyección, el video acaba abruptamente, sin que hasta la fecha se sepa el destino de los prisioneros. Por el momento hay que agregarlos al número de las desapariciones forzadas en la región, y preguntarse si sus restos aparecerán algún día, cuando sean desenterradas las fosas comunes cavadas por ambos grupos para maquillar el horror de su lucha encarnizada.

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Aunque aquí suelen matar a alguien a diario, casi no hay muertos. Tamaulipas, una de las regiones más violentas del país, tiene reservada la palabra muerte para otras cuestiones espirituales (algo curioso si se toma en cuenta que el mundo que se ve hoy por estos rumbos no incita precisamente a ser espiritual). En lugar de muertos, se habla de acribillados, encajuelados, encobijados, rafagueados, entambados y sobre todo de ejecutados. El verbo matar casi nunca se conjuga: más bien se dicen —y se practican— sus sinónimos. Piensas en eso mientras viajas por la carretera que va de Monterrey a Ciudad Mier, considerada una ruta algo más que peligrosa, donde a veces recorres tramos tan largos y solitarios que se podría jugar en ellos un partido de futbol en pleno lunes al mediodía.

Recuerdas un viaje lejano, allá en la adolescencia, cuando de repente al coche lo asaltaba por las ventanillas el sonido de una polka norteña o el olor denso de arracheras asándose sobre el carbón y chiles serranos tostándose entre las brasas. Ahora no hay nada de aquello. Oyes las roncas combustiones emitidas por el motor del coche y el aire te parece asfixiante.

Marín, Doctor González, Cerralvo, General Treviño son los nombres de pueblos sin vida que quieres dejar atrás cuanto antes, mientras te diriges a Ciudad Mier enumerando cada uno de los 158 kilómetros de esta carretera que la guerra convirtió en un camino de sombras.

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A diferencia de Sinaloa y Chihuahua, en Tamaulipas no se cuenta con una larga tradición en el tráfico de drogas. No al nivel de Sinaloa, que desde los treinta ha surtido de importantes cantidades de heroína, mariguana y cocaína a estados como California, el lugar del mundo con más consumidores de drogas por metro cuadrado, y por ende el mercado más codiciado de esa empresa armada que es el narco. En el noreste de México, sobre la ruta a ciudades como Nueva York, si bien existía el contrabando, el narcotráfico tuvo un crecimiento importante hasta hace apenas dos décadas, en un principio bajo el control omnipotente de la Policía Federal y de un grupo de traficantes al que se le denominó “El Cártel del Golfo”, por la ubicación de Tamaulipas en el mapa.

Un profesor llamado Óscar López Olivares, quien fuera socio del capo Juan García Ábrego —y que más tarde se convirtió en testigo protegido del gobierno estadounidense—, tiene una historia que contar. En sus memorias, aún inéditas, relata la forma en la que García Ábrego le dio un giro empresarial a la organización que había fundado el tío de éste último, Juan Nepomuceno Guerra.

De cara a lo que vendría después, las ambiciones del contrabandista Juan N. Guerra eran sin duda modestas. Cuenta López Olivares:

En el año de 1980 quedó establecido el puente aéreo Matamoros-Oaxaca, con un promedio de 4 vuelos por semana de 400 kilogramos de cañamo indígena (mota, marihuana, grifa, hierba verde) en ese tiempo contaba con 40 años y jamás en mi vida había visto la hierba, pues apenas acababa de conocer la cocaína, que los mismos agentes federales me habían enseñado a utilizar, contra el cansancio del vuelo. En Matamoros, la Policía Judicial Federal, estaba compuesta únicamente por tres elementos y todos eran amigos de Juan García Ábrego desde la infancia. Les conseguíamos oficinas, muebles, armas y les pagábamos la luz así como una gratificación por cada viaje. Durante los años siguientes se hizo una constante que a cada comandante nuevo que llegaba, había que comprarle nuevamente todo, pues el que se iba no dejaba nada.

Este tipo de operaciones fueron las que predominaron y se afianzaron durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, cuando se incluyó al cártel de Cali como el gran proveedor de la cocaína colombiana vendida a los consumidores estadounidenses. En enero de 1996, García Ábrego fue detenido y extraditado a Estados Unidos, y el cártel del Golfo vivió su primera transición. Por esa época, a finales de los noventa, Osiel Cárdenas Guillén tomó el control y empezó a oírse hablar de los Zetas, pero lo que se decía sobre ellos parecía más leyenda que realidad.

En un inicio, los Zetas eran un grupo de escoltas encargados de cuidar la vida del capo. Sin embargo, a partir de 2003, cuando Osiel Cárdenas Guillén fue detenido y encarcelado en una prisión de máxima seguridad, el grupo conformado por ex militares de élite entrenados en Estados Unidos creó una organización de corte marcial dirigida por Heriberto Lazcano, cabo de infantería desertor con entrenamiento especial en combate, inteligencia y contrainsurgencia. La extradición de Cárdenas Guillén a Estados Unidos acabó por darles la autonomía total como un nuevo grupo en el mapa del narcotráfico nacional, convirtiéndose, incluso, en una especie de marca registrada de la violencia extrema. Su fama hoy es tal, que un zeta no es solamente quien forma parte de dicha organización, sino también lo es aquel sicario o narco que pone la violencia por delante del “negocio”.

Hasta febrero de 2010, el cártel del Golfo prácticamente había desaparecido. Fue entonces cuando ocurrió “El Alzamiento” y cuando el grupo que lo encabezó revivió las siglas C.D.G. para nombrar la alianza de algunos traficantes tamaulipecos con el cártel de Sinaloa y la Familia Michoacana, en contra de los Zetas.

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Como Ciudad Mier, hay otros pueblos a la redonda colapsados por la guerra. Uno es San Fernando, como cualquiera podría imaginar después de que ahí se encontraran, el 23 de agosto de 2010, los cadáveres de setenta y dos migrantes. Lo sabes también porque gente de ahí te ha contado cómo la plaga de la guerra y los enfrentamientos llegaron a trastocarlo todo desde febrero; arrojaron decenas de muertos y con ello impactaron la vida de los habitantes del casco de San Fernando. Sin embargo, sabes también que lo peor ocurrió en las carreteras y las brechas donde se cree que los asesinatos se cuentan por cientos. De esto se sabe muy poco con certeza, debido a que la prensa regional no puede informar de ello, y los enviados de la prensa nacional y extranjera estarían en grave riesgo si intentaran pisar la zona para investigar.

Las brechas son espacios ideales para moverse y esconderse en una guerra como la de Tamaulipas; y más que un pueblo, San Fernando es, en cierto sentido, un casco urbano con un laberinto interminable de brechas. La gente que debe transitar por algunas de éstas te relata cómo el olor a muerto tiene impregnados los caminos y cómo los zopilotes ya pasan más tiempo pisando la tierra que volando. ¿Cómo hacer que la curiosidad venza al miedo, para ir a verificar si lo que se dice sobre las brechas es verdad y no una exageración?

Te cuentan también que, en los primeros días de la guerra, era común ver la ciudad patrullada por convoyes de pistoleros de uno u otro bando, apuntando sus armas hacia la calle y las casas. Esas manadas de vehículos que irrumpían en el pueblo llegaron a estar formadas hasta por cuarenta camionetas pick-up doble cabina, en las cuales se movían cuatro pistoleros en cada una: ciento sesenta hombres con armamento seguramente adquirido en Estados Unidos. A veces los convoyes paraban su marcha e instalaban retenes en las carreteras para vigilar el ingreso a la zona. Otras veces desataban el trueno de sus fusiles contra cualquier cosa que les pareciera amenazante.

Hasta antes de la matanza de los setenta y dos migrantes, ocurrida en un rancho del ejido El Huizachal, la presencia del Ejército era reducida en San Fernando. Después de la tragedia la zona se militarizó, pero sólo unos días. Cuando los soldados se fueron, los ánimos de los habitantes que todavía no huían se volvieron a desmoronar. Te dicen que quizá no vas a encontrar un solo sanfernandense que no haya perdido amigos, familia o conocidos de toda la vida a causa del conflicto. Te aseguran que no todos los muertos son narcos, que hay muchos inocentes, que no debes olvidar que en las guerras la muerte es pareja y que siempre hay dramas terribles como los que han sucedido en ésta; dramas como el de esas familias que han hecho funerales y enterrado solamente las cabezas de sus parientes muertos, porque el resto de los cuerpos jamás lo pudieron encontrar.

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Basta echar una ojeada a un mapa de México para darse cuenta de que Ciudad Mier es la línea divisoria entre dos grupos en guerra. Reynosa, área de influencia del C.D.G., queda al oriente, y Nuevo Laredo, bajo control de los Zetas, al este. Ciudad Mier está justo a la mitad, por eso es explicable que ahí se librara la batalla más importante de la guerra de Tamaulipas. Lo que no es explicable es que Ciudad Mier fuera abandonado a su suerte, que las autoridades lo dejaran morir lentamente, durante casi nueve meses.

Al menos eso creen algunos de sus pobladores, quienes sospechan que uno de los grupos está haciendo la guerra que debería hacer el gobierno y que se preguntan que si esto no es así, por qué no entraron antes los militares de forma permanente, como lo hicieron hasta finales de año, el 2 de noviembre, tras un enfrentamiento que provocó el éxodo de prácticamente todos los habitantes.

En la Octava Zona Militar responden a esta pregunta diciendo que era imposible hacerlo debido a que la mayoría de la tropa estaba concentrada en otras operaciones ordenadas desde la ciudad de México, y que Ciudad Mier no era el único lugar en guerra. Algunos de los pobladores no creen esto y argumentan que hubo negligencia gubernamental. A su juicio, la lógica fue dejar que los narcos se destruyeran entre ellos, y al hacerlo, de paso, se permitió que destruyeran Ciudad Mier.

En ese lapso, los muertos de la guerra de Tamaulipas se quedaron sin acta de defunción. De febrero a noviembre de 2010 hubo masacres, asesinatos selectivos y balaceras, pero no hubo parte informativo de las batallas ni comunicado o vocero que diera cuenta de lo sucedido o de sus causas. En medio de los bandos en pugna, los habitantes eran juguetes de un azar indescifrable, y fuera de Tamaulipas pocos se enteraban de lo que sucedía. La información de la zona salía a cuentagotas vía internet. Una mujer se atrevió a grabar la forma en que quedó La Ribereña —la carretera que comunica a Ciudad Mier con el poblado de Camargo— luego de un enfrentamiento que duró toda la madrugada. Días después de subir las imágenes a las redes sociales, el video se convirtió en noticia de portada en los diarios nacionales y tema de conversación por unos días. Luego se reanudó, otra vez en silencio, la guerra de Tamaulipas: cadáveres tirados, harapos ensangrentados, esqueletos de camionetas calcinadas, miles de cartuchos percutidos y militares peinando la zona aparecen en la grabación de un enfrentamiento cuyo registro oficial no existe, pero que ocurrió y se supo gracias al teléfono celular de una mujer desconocida.

Algún día alguien contará la historia de tantos anónimos valientes que también ha producido la guerra de Tamaulipas, como esta mujer.

Durante ese tiempo, Ciudad Mier no sólo fue un pueblo sin policías: fue un pueblo sin escuela, sin bancos, sin carnicerías, sin médicos y sin farmacias, porque los principales establecimientos estuvieron cerrados buena parte de los nueve meses. Camionetas cargadas de gente con maletas y bultos abandonaban al pueblo. La Arquidiócesis estuvo a punto de dejar a Ciudad Mier también sin cura, pero —pese a la orden de sus superiores— el sacerdote del pueblo fue el único de la Frontera Chica que se rehusó a abandonar su templo durante los enfrentamientos. El tamaño de la soledad de Ciudad Mier era tal que el alcalde sólo visitaba la presidencia municipal dos veces por semana, y el resto de los días los pasaba en Roma, Texas, o en cualquier otro lugar lejano y seguro.

En 2010 no sólo no se celebró el aniversario del pueblo, tampoco hubo fiestas de Semana Santa, Día de las Madres ni siquiera Grito de Independencia. La vida civil en Ciudad Mier se fue extinguiendo de forma callada y cruel, hasta que en noviembre apenas quedaban mil de los 6 117 habitantes de los que habla el censo oficial. Fue entonces cuando el país le prestó un poco de atención a la tragedia del pueblo, ignorando lo que le había ocurrido a lo largo de los meses anteriores.

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Cuando empezó la guerra, uno de los pocos periodistas que viajaron de la ciudad de México a Tamaulipas para ver lo que pasaba fue un buen amigo tuyo. Serio como persona y más como reportero. No es de esos que hacen periodismo porque andan buscando la misma adrenalina que puedes conseguir si te subes a la Montaña Rusa, o de los que creen que las guerras son como en las películas de Hollywood, o que se trata de un asunto poético. Antes estuvo en Líbano, y sabe que los campos de batalla están llenos de sangre, de cuerpos mutilados, de dolor y de pánico; que la palabra guerra no tiene el mismo significado para un político que la usa como un elemento más de su retórica que para quien la padece en carne y hueso.

Tu amigo estuvo trabajando al principio sin demasiados aspavientos en esos días de marzo de 2010 en Reynosa, junto con un camarógrafo de Milenio Televisón. Hicieron un reportaje sobre el hip-hop que le canta al narco y otro sobre la cuenta de Twitter del gobierno de la ciudad. Cuando trataban de corroborar unos datos —precisamente sobre periodistas locales desaparecidos a causa de la guerra— se toparon con un convoy de hombres armados que circulaba a plena luz del día por un lugar céntrico. Los pistoleros pasaron al lado de ellos. A los pocos minutos, los volvieron a topar por segunda ocasión, unas calles adelante. Los pistoleros detuvieron a tu amigo y al colega camarógrafo, les pusieron pistolas en la sien y cortaron cartucho, los golpearon, los llevaron a una casa de seguridad y los interrogaron. Antes de dejarlos en libertad les ordenaron: “Váyanse y avisen que la prensa no venga a calentarnos la plaza”. Pocos minutos después tu amigo te llamó y soltó a bocajarro: “A la mierda el periodismo: no sirve para nada lo que hacemos”.

(Este reportaje continúa en “La Batalla de Ciudad Mier (parte II)”, disponible del lado izquierdo al final de la sección de Notas relacionadas.)

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