La Batalla de Ciudad Mier (parte II)

Ésta es la historia de un pueblo de la frontera con Estados Unidos arrasado, en silencio, por la guerra de Tamaulipas.
(Continuación de “La Batalla de Ciudad Mier (parte I)”)

Por Diego Enrique Osorno / Fotografía Daniel Aguilar

Ciudad Mier es la línea divisoria entre dos grupos en guerra.

Ciudad Mier es la línea divisoria entre dos grupos en guerra.

Ciudad Mier es la línea divisoria entre dos grupos en guerra.

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Un par de años después de la firma del Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá se intensificaron los trabajos de explotación de gas de la Cuenca de Burgos, al permitirse de forma parcial la participación de empresas privadas. No es poca cosa la infraestructura gasera que ha sido levantada en la zona desde entonces, aunque la guerra la ha puesto en un segundo plano: hay 127 estaciones de recolección, 28 de trasiego y 10 de entrega, así como 108 ductos de gas húmedo y 114 tuberías de gas seco con una longitud total de 2 789 kilómetros. En su conjunto, colocadas en línea recta, la totalidad de las instalaciones equivaldría a la distancia en carretera del Distrito Federal a Arizona. Aun así, la red de explotación todavía es muy limitada para la riqueza que hay en la región. En el vecino estado de Texas, por ejemplo, hay 90 mil pozos explorados y 10 mil produciendo, mientras que en Tamaulipas existen 11 mil explorados y solamente 1 900 produciendo, de los cuales, la mitad paró sus actividades a causa de la guerra.

Ciudad Mier y los demás poblados de la zona de guerra se localizan en una de las principales regiones energéticas del país. Hace unos años, luego de que se anunció una fuerte inversión de Pemex en el área y de que se prometió un esquema de privatización parcial, la Frontera Chica empezó a ser conocida como un nuevo El Dorado. La expectativa de una explotación masiva del gas generó un boom económico: empresas y trabajadores emigraron a los pueblos de la región, provocando que aumentaran todos los precios, desde los tacos de carne asada hasta el de la hectárea de tierra.

Sin embargo, en 2010 el panorama cambió radicalmente: la guerra ahuyentó a pueblos enteros, hizo que bajara el precio de los predios, y en lugar de bonanza llegó la miseria y con ella la región comenzó a ser identificada como una tierra inhóspita.

En medio de la guerra, una cuadrilla de trabajadores estaba dando mantenimiento a la estación de compresión de gas de Pemex llamada Gigante 1, construida en un tramo de Nueva Ciudad Guerrero, municipio vecino de Ciudad Mier. De repente apareció un grupo de hombres armados y les advirtió que se fueran de ahí. Los técnicos obedecieron y reportaron a sus superiores lo que les había pasado ese 16 de mayo de 2010. No trabajaban directamente para la empresa paraestatal Pemex, sino para Delta, una de las compañías subcontratadas.

Junto con la estadounidense Halliburton, compañías como Delta llegaron hace tiempo a la zona, atraídas por la promesa de bonanza que dejaría la explotación de la Cuenca de Burgos, en la que Pemex calculaba en 2003 que se invertirían veinte mil millones de dólares durante los años siguientes.

Los jefes de la cuadrilla descreyeron el relato de los trabajadores y les ordenaron regresar la semana siguiente a la estación de compresión, si no serían despedidos. Así lo hicieron y, cuando apenas tenían unas horas de haber vuelto a la estación Gigante I, apareció uno de los grupos en guerra y, sin más, se llevó a cinco de los trabajadores que estaban ahí. No hubo resistencia alguna. Los demás empleados alcanzaron a correr y esconderse. A la fecha nada se sabe del paradero o destino del mecánico Anselmo Sánchez Saldívar, de los ayudantes de mecánico, Martín Franco y Martín Zúñiga, del instrumentista de máquinas de compresión, Saúl García Ayala, y del operador de plantas de compresión, Christopher Cadena García. Rancheros que vivían en los alrededores de las instalaciones de la Cuenca de Burgos, como Gerardo García, César García y Adán de la Cruz Santiago, también fueron secuestrados y, al igual que los trabajadores de Pemex, siguen desaparecidos al día de hoy. El número de personas desaparecidas cerca de las estaciones de Pemex es mayor, casi tan grande como el miedo a denunciarlas.

Tal y como lo comentan algunos conocedores de la región, suena a teoría de la conspiración suponer que en medio de la lucha de intereses que se disputan el estado de Tamaulipas se encuentren también ciertas compañías petroleras de Texas. Sin embargo, cabe recordar que además del negocio de la guerra, Afganistán e Irak representaron muy buenas inversiones en cuanto a energía se refiere para las mismas empresas estadounidenses que hoy —y desde hace tiempo— tienen los ojos puestos en la Cuenca de Burgos.

También suena a teoría de la conspiración ese afán de justificar todos los males de la zona como el resultado de un enfrentamiento entre un cártel y otro, ignorando los intereses políticos y económicos que existen en la Frontera Chica, intereses que, de algún modo, quedaron en medio de la disputa por el control del tráfico de drogas a Estados Unidos.

Conspiración o no, nada se sabe con certeza sobre lo que pasará con el tesoro nacional que hay bajo el teatro de la guerra en Tamaulipas.

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En una situación de guerra, negarse a prestar testimonio es una de las maneras que los testigos tienen de salvar sus vidas. Fingir ignorancia es una forma de sobrevivir. Y en esta guerra, los bandos en pugna exigen un silencio a su favor.

Por lo general las revueltas buscan hacer visible algo. Lo de Tamaulipas es otra cosa: lo contrario.

Te cuentan que hace poco estuvo por aquí la televisora Al Jazeera, y que lo que decían los periodistas enviados era que nunca habían estado en un terreno tan fangoso, donde el riesgo y el desconcierto lo dominaran todo. Los de Al Jazeera, que en los años recientes han estado en las líneas de fuego de los principales conflictos bélicos del planeta, no pudieron recorrer la carretera de La Ribereña. Ni los funcionarios locales ni los militares les dieron mínimas garantías de que saldrían vivos si lo intentaban. Optaron por hacer un reportaje sobre la forma en que los sheriffs fronterizos texanos viven el drama tamaulipeco.

¿Qué más? Nadie sabe cómo cubrir lo que sucede aquí. Por mucho, la tarea más difícil del periodismo la tienen tus colegas locales. En los periódicos de Tamaulipas lo que debe callarse supera a lo que se puede contar. Enciendes la radio del coche. Hay canciones de Rigo Tovar o de Cuco Sánchez, o comentarios sobre los resultados del torneo de futbol nacional, pero no se informa de las cinco personas asesinadas hace unas horas en el centro de Reynosa ni, tampoco, de los ataques con lanzagranadas en un ejido de Camargo. Te preguntas: ¿cómo va a documentarse cincuenta años después, lo que hoy sucede en Tamaulipas si no existe registro alguno al día siguiente?

Sabes que el silencio que hoy existe en Tamaulipas no se generó de forma espontánea. Para funcionar, el silencio requiere de un sofisticado aparato de represión. Necesita de fosas clandestinas, de gobernantes ilegítimos, del monopolio de los cuernos de chivo, de la degradación económica, de policías corruptos y de una sociedad civil aletargada. “Quien se impone mediante el ruido debe hacer un mayor esfuerzo para mantener su hegemonía que quien lo hace a través del silencio”. Kapuscinski decía eso y decía también que por tal motivo, la palabra “silencio” casi siempre aparece asociada con palabras como “sepulcro” (silencio sepulcral) o “mazmorras” (el silencio de las mazmorras).

No se trata de asociaciones gratuitas.

Sabes que a Pepino lo mataron sin que nadie hiciera nada y en silencio. Uno de los hombres que oyó todo —y que lo vio al día siguiente colgado antes de entrar a misa— te contó que desde entonces no ha podido dormir bien. Ese hombre ha entrado ya al laberinto negro de los insomnios que producen todas las guerras.

La batalla de Ciudad Mier, de todo Tamaulipas, es sobre todo una batalla contra el silencio.

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El 2 de noviembre de 2010, cuando los Zetas lanzaron una contraofensiva para recuperar el control de Ciudad Mier, Matilde González Puente estaba en la sala de su casa viendo la telenovela de las cuatro de la tarde. Al escuchar los primeros balazos se levantó de la silla para ir a cerrar primero la puerta principal y luego la del patio. Los balazos se siguieron oyendo e imploró: “¡Virgen, líbreme!”, mientras lamentaba en sus adentros que hubiera gente con una piedra en lugar de corazón. Después dos balas pasaron cerca de ella y se estrellaron al lado de un viejo ropero, dejando un par de hoyos. Matilde González se apresuró a entrar a una pequeña bodega dentro de la casa, donde había un colchón, el cual se colocó encima para tratar de sentir menos miedo y calmar el temblor de su artritis. A sus ochenta y dos años, Matilde no había podido abandonar el pueblo como la enorme mayoría lo había hecho ya. Uno de sus hijos vive en Monterrey y sus dos hijas en Estados Unidos, una en California y la otra en Texas. “Vivo de milagro, por pura cosa de diosito”, me dijo el día que la conocí. Matilde nació el 18 de diciembre de 1928, cuando no tenían mucho de haber menguado las batallas revolucionarias en México y estaba en pleno auge la lucha cristera. Fue una de las pocas personas que nunca abandonaron Ciudad Mier, y me dijo que ya estaba resignada a morir como nació: en medio de la guerra. Creía que lo sucedido al pueblo tenía una explicación divina y que los responsables recibirán algún día lo que merecen: “Dios sólo espera el momento indicado”.

Pasaron varias horas hasta que amainó la tormenta de pólvora ocurrida ese Día de Muertos que Matilde González pasó encerrada. Toda la noche hubo humo saliendo de la esquina norte del pueblo, y en las calles del acceso a Reynosa quedaron los esqueletos de tres camionetas calcinados y un camión recolector de basura volteado tras ser improvisado como barricada. En algunas paredes aparecieron pintas de grafiti con mensajes como: “Su plaza Ja ja ja”, “Sálganle Golfas, ya llegamos” y “Pónganse vergas porque ya llegamos los zetas a quedarnos”.

Otro hombre, de ojos color avellana, Gregorio Olivo Salinas, nacido por los mismos años que Matilde González, también estuvo cuando sucedió la batalla del Día de Muertos. Mientras platicábamos, a varias semanas de los sucesos, unos albañiles trabajaban en Hidalgo, una de las calles principales donde había fachadas de casas que tenían las paredes negras por el fuego y otras que guardaban todavía tantos impactos de bala en el concreto que parecían estar enfermas de sarampión.

—¿Cuántos balazos se habrán disparado ese día? —pregunté.
—¿Aquí? Millones de cartuchos que se recogían ahí. Hasta para venderlos por kilo, pero no se mataba tanto porque todos estaban bien escondidos, arriba de las casas.

—¿Le había tocado a usted una cosa así?
—Fui jefe de la policía vario tiempo, tres etapas. Pero no, había otras cosas duras, nada cómo esto.

—¿Cómo qué?
—La (policía) federal era la que andaba aquí encargada de ese asunto. Yo estuve del 86 para atrás y ya después arreglé mi pasaporte y me fui a trabajar para allá (señala en dirección a unos mezquites detrás de los cuales está el río Bravo).

Gregorio Olivo empezó a fastidiarse de la conversación. Se movía de un lado a otro y se tocaba el ala izquierda del sombrero vaquero que llevaba puesto.

—Ojalá que se mejore la situación de Ciudad Mier —le dije.
—Ojalá, qué más quisiéramos porque pues apenas se está arrimando la gente al pueblo. Aquí estaba antes solo, solo. En esta calle nada más yo me quedé. Ahora bueno, pues ya comienza a haber familias.

—¿Y usted por qué no se fue?
—¿A dónde me voy? Al cabo lo que no te pasa de joven, de viejo no te escapas. [Risas]. Yo no tenía a dónde correr.

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En este instante, la única compañía que sientes en la solitaria carretera por la que vas es la de unas cruces monumentales ubicadas en el kilómetro 35. Son del tamaño de una casa de tres pisos y están a la entrada de un cementerio.

Unos kilómetros más adelante aparece, en el carril de sentido contrario, el único vehículo con el que te has topado en media hora de recorrido. Es una vieja pick-up conducida por un hombre de bigote y camisa celeste, quien enciende y apaga las luces un par de veces justo cuando su coche está frente a ti. Quiere decirte algo. En cualquier otra carretera pensarías que te avisa que tienes una llanta ponchada, o que más adelante te vas a topar con un accidente o con un tramo en mal estado, pero en esta carretera lo que se viene a la mente es que adelante hay un enfrentamiento o un retén de alguno de los grupos de la guerra. Sigues la marcha y lo que encuentras es una obra en construcción que parece abandonada, por lo que debes salir de la carretera unos metros y andar entre la tierra antes de retomar el camino de asfalto. Solares yermos, arbustos verdigrises, corrales vacíos, tristes nopales, bodegas de alimento para vacas derrumbándose: el paisaje de un campo agonizante va quedando atrás.

Poco antes de entrar a Ciudad Mier, en el municipio contiguo de General Treviño, ves a tu costado izquierdo un rancho donde hay algo de vida y una imagen que parece un espejismo: avestruces y ponis compartiendo cautiverio entre los mezquites retorcidos de troncos gruesos y follaje abundante que les regalan sombra. Más adelante, asomándose por el valle, adviertes unas columnas de humo negro, denso y brumoso. Otra vez se activa discretamente una alarma dentro de ti.

Así se recorre esta carretera, bajo tensión.

El coche continúa su marcha. Pasas a un lado de la humareda y te das cuenta de que fue causada por basura quemada. La siguiente imagen con la que te topas es la de pequeños montículos con costales llenos de tierra y tambos atiborrados de rocas en ambos lados de la carretera, trincheras que por el momento no dan refugio a nadie.

Has llegado al sitio que andabas buscando: Bienvenido a Ciudad Mier.

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El C.D.G. inició la ofensiva contra los Zetas divulgando un canto de batalla con ritmo de hip-hop. Un rapero fronterizo cuyo nombre artístico es Sr. Cortés grabó la canción de propaganda. Se llama “El reto” y busca explicar el porqué del inicio de la guerra en febrero de 2010. Dice así:

Recuerda ciudadano: no todo es violencia, por eso el CDG, también en eso piensa. Respeto a tu familia, no te metas conmigo, insisto y te recuerdo: yo no soy el enemigo.

Esto va de parte de CDG, esto es un llamado, así es que escuchen bien: el pleito no es contigo, ni con el gobierno, pero si nos buscas, arderás en el infierno. El que mata a mujeres y niños es un cobarde. Hay que ir de frente, porque así es el jale. Confunden la valentía con la felonía, cuando en verdad, es pura cobardía. Los que se creen valientes, allá ellos con su fama, mienten y quitan la vida a gente inocente. Los invito: topón de frente. Ya saben: escojan el puente, la hora, el día para desaparecerlos como los dinosaurios, extinguirlos en masa con la metraca, taca-taca-taca.

Pa que el pueblo sepa que el CDG respeta, en todo el planeta, pa que se den cuenta que aquí va la vuelta, pa los que secuestran.

Y con el gobierno evitamos la fricción, pero si así lo quieren nos damos un tocón. Es por eso que con ellos evitamos balaceras, para que así gente inocente no se muera. Pueblo no confundan al cártel con cobardes; si el CDG no mata más que a los cobardes.

Ya lo saben, acabemos con la escoria. Y protejamos bien nuestras colonias. Así es que los retamos a que se la fleten al estilo bravo, líderes enfrente, no manden achichincles para que los mate, amárrense las bolas, bola de cobardes.

Matamoros, Reynosa y Laredo, todo Tamaulipas, también el mundo entero, en el entrenamiento el cártel no escatima, por eso en Tamaulipas, el CDG domina. Flétense cabrones, nos damos un tocón, y donde ustedes quieran, les damos un juntón. Maten pero el hambre, y déjense de pedos, y por si necesitan, yo les presto mi dedo.

Esto es un reto.

A su vez, los Zetas, poco después de iniciados los ataques, enviaron a los buzones de los correos electrónicos de funcionarios locales, periodistas y empresarios, el siguiente escrito, explicando su posición ante la guerra:

Este es un comunicado oficial de parte de La Compañía.

Sabemos que en todas las ciudades están molestos con todo lo que está pasando, y están hartos de ver cómo esto no se termina, pero aquí esta la realidad de lo que querían saber:

A nosotros nos tachan de secuestradores, extorsionadores, asesinos y demás, pero les recuerdo que nosotros, antes de que iniciara todo esto, estábamos a las órdenes del Cártel del Golfo (CDG), y por lo cual recibíamos órdenes. Ahora que ellos nos declararon la guerra, aún así nos culpan de quemar casas, de matar gente inocente y demás, como si ellos no hicieran eso.

Se tachan de finos, estudiados y buena gente, que hasta roban tiendas de ropa para vestir bien. Queman casas porque creen que así nos iremos para siempre, matan a gente inocente para echarnos la culpa de eso y que toda la ciudad se ponga en contra de nosotros, y ellos queden bien. Ponen comunicados en diferentes medios para tapar el sol con un dedo.

Nosotros no necesitamos andar diciendo a la gente que nos apoye, ni mucho menos reclutamos alumnos de secundarias como ellos lo hacen. Nosotros somos gente preparada para combate y no necesitamos de gente que no sabe ni manejar una arma.

Ellos nos declararon la guerra y ahora no la ven llegar porque están situados en territorios donde no se pueden mover para ningún lado y por eso necesitan de sus alianzas con otros cárteles para defenderse, pero no saben que sus aliados los terminarán exterminando primero a ellos.

Así que espero que les quede claro la realidad de quién recluta gente no preparada, de quién asesina gente inocente para culparnos a nosotros, de quién arma sicosis en la ciudad para que la ciudadanía crea que con ellos las extorsiones, secuestros y asesinatos terminarán, de quiénes publican miles de “comunicados” y pagan mucho dinero para que sus videos sean publicados.

Somos lo que somos pero estamos conscientes de nuestras acciones y antes de realizarlas, le añadimos inteligencia.

Sólo nos resta decirles que no salgan de sus casas si no tienen nada a que salir, y ante cualquier evento en la calle, traten de resguardarse, pero tengan por seguro que nosotros sí tenemos entrenamiento, no como ellos, que no saben actuar ante una situación así. Con esto no les estamos pidiendo que nos apoyen ni que anden poniendo gente, solo que no se metan con nosotros y que nos dejen trabajar. Al final de esto, saldrá victorioso quien tenga más poder y más estrategia para poder realizar su trabajo.

Estamos conscientes de que perderemos gente, pero ellos perderán todo. Nosotros podemos realizar nuestro trabajo sin necesitar el apoyo de la población inocente.

Atentamente: La compañía Z.

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La primera vez que viniste a Ciudad Mier después de que pasó la parte más intensa de la guerra que desplazó a casi todos los habitantes del pueblo fue con Santos, un experimentado camarógrafo de Multimedios Monterrey, que, junto con el periodista Daniel Aguirre, entró antes que nadie a la zona para corroborar la diáspora provocada por los enfrentamientos del 2 de noviembre. Las noticias sobre lo sucedido ese día aparecieron con tibieza en los diarios nacionales, donde no hay nunca el espacio suficiente para recoger todo el caudal de la violencia nacional.

Si estás allá, en ese raro oasis de paz en el que se convirtió hoy el Distrito Federal, puedes abrir el periódico casi cualquier mañana del año y leer que ayer en (aquí puedes poner Ciudad Mier, o Guasave o Fresnillo…) han sido ejecutados (aquí puedes poner cinco o diez o cincuenta) sicarios en (una cárcel, un rancho o tal plaza principal) y que… Tras empezar a leer la noticia te darás cuenta de que es la misma que leíste hace unos días, y la semana pasada también, y el año anterior, y mejor darás la vuelta a la página para enterarte de otra cosa más novedosa. Masacres de jóvenes, crímenes contra niños, asesinatos de alcaldes y las desapariciones de periodistas ocurren tan lejos de la capital del país, y son ya tantos que se olvidan al día siguiente.

Santos te contaba que cuando llegó a Ciudad Mier, tras los enfrentamientos del 2 de noviembre, él y su compañero iban con chaleco antibalas y casco, acompañados por soldados. Estaban conscientes de que si les pasaba algo, habría lamentaciones públicas y condenas por parte de los políticos unos días, pero que después sus muertes acabarían perdidas en la montaña de estadísticas.

Cuando tú y él viajaban hacia Ciudad Mier, Santos te contaba que la otra ocasión estuvo poco tiempo en el pueblo, pero que alcanzó a grabar muchos esqueletos de camionetas calcinadas y casas llenas de hoyos. Los soldados que lo escoltaban le daban tres minutos para grabar en cada parada. Le advirtieron que podía haber francotiradores, emboscadas o asaltos imprevistos, pero por suerte no hubo nada de aquello. Santos te hablaba de lo que para él significa reportear en esta zona, y de repente hizo una lista en su mente con los nombres de periodistas desaparecidos o asesinados que él conoció.

El día del viaje con Santos la mayor parte de la carretera estaba recubierta por neblina. Gotas de lluvia ligera perlaban el cristal del coche, pero de cualquier forma se podían ver los llanos dorados de la orilla del camino. Santos y tú suspendieron la conversación abruptamente en la gasolinera de Cerralvo, donde un grupo de veinte soldados, en dos camionetas, montaba guardia, con los dedos muy cerca del gatillo, listos para el combate.
La situación los devolvió a la realidad del camino: hasta para ir a cargar combustible había que hacerlo preparado para la guerra.

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Alberto González nunca había tenido ningún cargo de elección popular hasta que fue electo alcalde de Ciudad de Mier a media guerra. La disputa no obsequió saldo blanco a la clase política local: una semana antes de los comicios celebrados el 4 de julio, fue asesinado el candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a la gubernatura, Rodolfo Torre Cantú, quien prácticamente tenía ganadas las votaciones. Alberto González, un hombre de pelo cano y lentes de profesor de Biología, era el supervisor escolar de la zona comprendida por Ciudad Mier. En 2010 aceptó ser el aspirante priista a la alcaldía de un pueblo que nunca ha sido gobernado por otro partido que no sea el PRI. Para las elecciones del 4 de julio de 2010, Ciudad Mier ya estaba semivacío debido a los enfrentamientos. Ochenta por ciento del padrón registrado no votó; de los 6 009 electores empadronados, apenas acudieron a las urnas 1 486 y, de esos, 1 210 eligieron al candidato priista. Sólo cincuenta y cuatro habitantes votaron por el aspirante del Partido Acción Nacional (PAN).

A principios de 2011, Alberto asumió el cargo de presidente municipal. Una de las primeras cosas que hizo su administración fue organizar cuadrillas de albañiles que remozaran los impactos de bala —miles de ellos— que había, principalmente, en las casas del casco y en los monumentos de las tres principales entradas al pueblo. Por esos días acompañé al alcalde en un recorrido a bordo de su camioneta. Fuera de las calles principales, el panorama lo componían casas abandonadas, calles tristes, sin personas ni perros, y comercios cerrados con los neones apagados.

Justo cuando el nuevo presidente municipal me explicaba que ya habían remozado la mayor parte del pueblo, pasamos a un lado del Hotel El General, la construcción favorita de los francotiradores, la cual se veía todavía muy dañada.

—Bueno —dijo el alcalde antes de que yo comentara algo—, en esta parte, pues el edificio fue destruido y fue quemado y ahora presenta como quiera otra cara, pero bueno, se siguen llevando a cabo obras de reconstrucción.

El edificio más afectado por la batalla de Ciudad Mier fue la comandancia municipal, cuya construcción era atacada constantemente, pese a que desde el inicio de la guerra ya no había policías dentro de ella. Durante el último enfrentamiento que se registró, el cual incluyó un ataque con lanzagranadas, ocurrió algo curioso: el edificio se incendió y de la fachada principal cayó material de estuco que estaba sobrepuesto en la pared. La fachada original, con arcos, columnas y un águila republicana en el centro, quedó así a la vista, dándole un aire histórico y más solemne al edificio en ruinas, cuya antigüedad era de casi ciento treinta años.

Le conté después el hallazgo de este “tesoro” en medio de la guerra al escritor tamaulipeco Martín Solares, quien me dijo que para él la caída de la fachada de la comandancia de Ciudad Mier era la metáfora perfecta de lo que pasaba en el país: las balas estaban haciendo que cayera el barniz de la realidad que durante muchos años había sido ocultada superficialmente, y que ahora se estaba desmoronando porque no aguantaba un balazo más.

Entré con el alcalde al viejo edificio y me topé con trozos de cables y las paredes ennegrecidas. En un escritorio había una televisión, un teléfono, una taza y una lámpara de mano achicharrados; estaban ahí también los papeles y plásticos que alimentaron el fuego.

—¿Vio la película El Infierno? —pregunté de repente al alcalde.
—No la he visto, pero ya me han dicho que lo de Mier es algo parecido —contestó con cierto fastidio.

—¿Por qué quiso ser alcalde de Ciudad Mier en un momento así?
—Estamos muy motivados porque la gente también está muy motivada, está muy entusiasmada precisamente por recuperar esto, y eso te hace más fácil la situación. Además, el ambiente que vive Mier, yo creo que no es exclusivo de Mier, es nacional… Pero bueno, vuelvo a repetir, me siento contento porque me siento respaldado por la gente y también tenemos el respaldo de otras dependencias: Pemex, por ejemplo, que ha estado muy atento para ayudarnos en la reconstrucción de nuestro querido Ciudad Mier.

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Ésta es la tercera vez que viajas a Ciudad Mier en lo que va del año. Ahora lo haces con dos colegas de Monterrey y con Daniel Aguilar, un fotógrafo con el que te han tocado algunas balaceras en Oaxaca y en otros sitios de la atribulada geografía nacional. Pero no hablan de eso durante el viaje. Platican de estos paisajes fronterizos, usados varias veces por Tarantino y Robert Rodriguez para filmar sus películas, de lo bonita que es la colonia Condesa allá en la ciudad de México, del grupo musical Intocable, de lo caro que es el equipo fotográfico, y de cosas así.

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El domingo 6 de marzo de 2011, Ciudad Mier cumplió 258 años de haber sido fundada. Si la celebración del aniversario anterior se había cancelado debido a la guerra, ahora un grupo de pobladores, junto con el flamante alcalde, Alberto González, habían decidido organizar los habituales festejos para devolverle la vida al pueblo. Ese domingo al mediodía, bajo el resguardo de sesenta soldados, por la plaza principal caminaron duquesas, princesas y reinas, con grabaciones de música del piano de Raúl Di Blassio de fondo.

Aunque todavía se percibía el cataclismo de la guerra en algunos edificios, decenas de los pobladores exiliados en Texas y en Monterrey regresaron momentáneamente a Ciudad Mier. Una jovencita preparatoriana con vestido color merengue y peinado de salón fue nombrada reina Emily I, recibió una corona y un cetro y su primera actividad como reina del pueblo fue decretar que Ciudad Mier debía seguir manteniéndose unida pese a la difícil situación.

Tras la coronación, frente a la comandancia municipal —ya algo restaurada— fue colocado un arriate con carbón encendido para asar en unas cruces de acero 258 pollos, uno por cada aniversario del poblado.

—¿Por qué festejar con pollos asados? —pregunté a Diego Treviño, el secretario particular del alcalde.
—Porque era para lo que había, ¡pero para el otro año vamos a asar cabritos! —contestó emocionado al ver que más de quinientas personas se encontraban en la plazoleta que meses atrás había atestiguado horrores que no venía al caso recordar en ese momento.

La fiesta por el 258 aniversario de Ciudad Mier sólo incluyó el primer cuadro de la ciudad. Fuera de ahí el panorama sigue siendo desolador. Un fraccionamiento de casas Geo construido en 2003 está completamente abandonado, sin vida alguna. El resto de las calles y la devastación del paisaje advierten que quizá por ahora lo que hay sólo es un periodo de entreguerra.

Por la tarde, el cura ofició una misa en la que imploró por la paz del pueblo. Los fieles oraron junto con él: “Señor, ayúdanos a combatir el miedo y la inseguridad, consuela el dolor de quienes sufren, da acierto a las decisiones de quienes nos gobiernan, toca el corazón de quienes olvidan que somos hermanos y provocan sufrimiento y muerte”.

El alcalde Alberto González era quizá la persona más eufórica esa tarde, mas no por la fiesta. Unos días antes recibió una llamada telefónica de Julián de la Garza, uno de los directivos de Pemex encargados del proyecto de la Cuenca de Burgos. La cita entre ambos ya había ocurrido, y el funcionario petrolero le había informado que le entregarían a su administración una buena cantidad de recursos económicos para sacar adelante a Ciudad Mier; le confirmó también que en la primavera se reactivaría la explotación de varios pozos de la Cuenca de Burgos, y que la compañía texana Halliburton estaba muy interesada en afianzar su presencia en este 2011.

La esperanza del alcalde era tan grande, que calculaba que dentro de unos meses Ciudad Mier podría volver a tener policías.

20
Antes de irse de Ciudad Mier van al entronque con la carretera La Ribereña, donde un enorme monumento con forma de campana recibió miles de impactos de bala y cerca del cual absolutamente nadie se atreve a vivir. Daniel Aguilar quiere hacer unas fotografías del sitio, que en realidad es un cántaro monumental que alude a la leyenda de la creación del poblado. Mientras Daniel hace sus fotos, uno de tus colegas grita: “¡Ya valió madre!”, y señala al horizonte de la carretera. Volteas y ves una camioneta blanca pick-up de modelo reciente, luego otra igual atrás, y después otra, y otra… “¿Son ellos?”, pregunta. Tú callas. Ninguno sabe qué hacer. Se quedan de piedra. El convoy se va acercando, hasta que pasa a un lado de ustedes y alcanzas a ver que las camionetas tienen en el costado un pequeño logotipo de Pemex. Son once y pasan de largo. Tú vuelves a respirar. \\

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