La cacería del hombre lobo

Cuando tenía siete años, Marcos Rodríguez Pantoja fue vendido por su familia a un ganadero que necesitaba un pastor de ovejas. Un día, el hombre que se encargaba de cuidarlo lo abandonó en una cueva perdida en una cordillera que recorre Andalucía y Castilla-La Mancha. Marcos se refugió con una manada de lobos y vivió con ellos 12 años. En 1965, fue
cazado por las autoridades que lo llamaban “El Hombre de la Sierra”. Fue obligado a adaptarse y a cambiar sus costumbres a la fuerza. Desde entonces vive, incómodo, entre la especie a la que más le teme: la humana.

Por Sandra Lafuente / Fotografía Corina Arranz

¿Es él? Un hombre mayor, aires de dandy, está parado en la primera curva de la aldea gallega de Rante, con las manos en los bolsillos, erguido, grave. Viste sombrero tirolés, chaqueta debajo del chaquetón azul oscuro, camisa color coral abotonada hasta el cuello y zapatos forrados con pelo de conejo. Con mirada distante sigue el paso del automóvil al que ha estado esperando. Lourdes Plaza, una mujer que es su amiga y que conduce el automóvil, dice:
—Es Marcos.

¿Éste es el que creció con los animales de la sierra y fue animal él mismo?

Hace 49 años, en 1965, un vigilante de los cotos de unos marqueses en la Sierra Morena —una cordillera que recorre Andalucía y Castilla-La Mancha— avizoró con largavistas a un hombre con el pelo largo hasta la cintura, que iba vestido con pieles de ciervo, y dio parte a la Guardia Civil. Al día siguiente, mientras ese hombre comía madroños, como lo había hecho desde los siete y durante los últimos 12 años, llegaron tres uniformados a caballo, le dijeron buenas tardes y él no supo responder. Intentó defenderse con el cuchillo con el que apuñalaba ciervos, desollaba conejos y desconchaba los troncos de los alcornoques para hacerse zapatos de corcho, pero los guardias lo ataron de manos, lo esposaron: le dieron caza. En los pies le habían crecido callos de cuatro centímetros. Tenía 19 años y apenas hablaba. Sabía balar, bramar, berrear, graznar, ulular, gruñir, bufar, pero había olvidado las palabras. Lo último que hizo cuando lo capturaron fue aullar. Los lobos, a quienes tenía por amigos, aullaron en respuesta.

Los guardias lo llevaron primero a la barbería del pueblo de Fuencaliente, y el hombre se le echó encima al barbero porque creyó que lo iba a matar con la navaja.

—¡El Hombre de la Sierra! ¡El Hombre de la Sierra! —reían los vecinos del pueblo cuando lo vieron.

Era la plena dictadura de Franco. Los guardias civiles lo abandonaron en la plaza de Cardeña, el pueblo vecino. Allí comenzó la historia de su “civilización”, rodeado de la especie a la que más temía: la humana. Humana había sido la madrastra que le había dado de palos cuando él se negaba a robar bellotas para alimentar a los cerdos que criaban y que lo dejaba a la intemperie, sin comer. Humano había sido el padre que, a sus siete años, lo había vendido a un ganadero. Humano el ganadero que lo había entregado a un viejo pastor y humano ese viejo que le había enseñado a pastorear y que un día había desaparecido, dejándolo solo en medio de la nada.

Desde 1965, cuando fue encontrado en el bosque, y durante muchos años, nada se supo de su historia más allá del ámbito del pueblo donde, incluso, muchos descreían de ella. Hasta que Gabriel Janer la contó por primera vez en el libro Entre llops. L’infant salvatge de Sierra Morena, y el hombre comenzó a aparecer en la prensa. Janer encontró cuando investigaba la historia, entre 1975 y 1976, que “la gente había procurado echarle toda la tierra necesaria con la finalidad manifiesta de borrarla de la memoria”. De ese trabajo quedó un registro audiovisual en súper 8, que las televisoras usarían años después. ¿Es este, entonces —erguido, grave, aires de dandy y sesenta y ocho años—, aquél?

—Tanto gusto —saluda elegante, dando la mano.

Es, en efecto, Marcos Rodríguez Pantoja, el Niño Salvaje de Sierra Morena, aunque prefiere que le digan El Hombre Lobo. Va vestido así, con prestancia y buenas ropas, porque, dice, ya pasó mucho tiempo de su vida en pelotas.

* * *

A este señor sexagenario tan erguido, que en la Sierra Morena y siendo niño soportó inviernos medio desnudo y aprendió a mantener la sangre caliente corriendo como chita, el frío se le ha vuelto una marca dolorosa en las lumbares y, desde noviembre, le aguijonea el oído derecho por una gripe tozuda. Las rodillas, que soportaron cargas pesadas y horas eternas de pie de los trabajos en la construcción y la hostelería, también le gritan durante las heladas. Es abril. El clima es nuboso, incierto, indeciso: el sol calienta lo que un foco encendido.

—Estoy como el tiempo: má —dice, con el acento andaluz de su niñez, aunque vive en este pueblo de Galicia hace tres lustros.

En el monte se hizo heridas que curó con plantas. Ya entre los hombres, superó una operación por apendicitis, una cirugía de rodillas y otra de próstata. Se recuperó de una caída desde lo alto de una construcción en Madrid y de la mutilación de los dedos de la mano derecha con una máquina hormigonera en Mallorca, donde vivió 10 años.

—Llevaba el torniquete, cogí los huesecillos, les metí en la camiseta, me fui al clínico y me dijeron que me tenían que cortar los dedos y dije “aquí no se corta nada, señores”, y vino un médico y dijo “enfermera, anestesia”. ¿Y eso qué es? ¿Eso que deja a los bichos dormidos, muertos? No, quiero ver cómo me lo curan. Entonces me pusieron anestesia local. Uno dice “tijeras”, digo “aquí no cortan”, dice “no, que se van a quedar ladeados”. Digo “se queda como sea, yo pego un aullido ahorita y vienen todos los bichos de Sierra Morena”. Y resulta que el día de antes yo había salido en el periódico y dice el médico: “Tú eres el que saliste en el periódico, tú eres el Hombre de Sierra Morena, el Hombre Lobo”. Dice “bueno, no te preocupes, se te van a quedar los huesos ladeados”. Empezaron a poner huesos. Me tiré dos años hasta que se puso todo eso bien.

"Hay gente humana que mata sin motivo, por gilipolleces. Nosotros los animales matábamos para comer".

“Hay gente humana que mata sin motivo, por gilipolleces. Nosotros los animales matábamos para comer”.

Sin embargo, nunca se había sentido tan enfermo como con esta gripe que ya le dura un invierno y media primavera. Su apetito no es el mismo que el de antes. Ahora, un conejo entero le dura tres semanas; antes, media hora. Pero para él, lo más preocupante es que no tiene ganas de aullar, como lo hace siempre que tiene público y que ese público lo reconoce como El Hombre Lobo.

* * *

La desolación y la miseria precedieron la vida de Marcos en el bosque. Él, su padre, su madrastra y un hijo de ella vivían en una barraca en el pueblo de Cardeña, en la provincia de Córdoba. Hacían carbón para vender. Desde muy niño, Marcos cuidaba cerdos y comía con ellos —lo que podía—. Dormía a la intemperie. Recibía palizas de todas partes: de su madrastra, de guardias civiles y pobladores que se enojaban si los cerdos que cuidaba se colaban a los trigales. Hijo de Melchor y Araceli, el menor de tres hermanos, había nacido el 8 de junio de 1946. La familia no tardó en emigrar a Madrid, a un barrio pobre en el que el padre trabajaba en una fábrica de ladrillos. Su mujer, Araceli, murió a los pocos años, y él repartió a los hijos entre parientes, pero se quedó con el más chico, Marcos. No tardó en juntarse con otra mujer, y volvieron a vivir a Cardeña.

Vivían allí cuando, un día de 1953, un ganadero le ofreció a Melchor dinero por el niño. Era norma no escrita que los chicos trabajaran pastoreando rebaños y sus padres recibieran algún pago por ello. Marcos, que por entonces tenía siete años, subió al caballo de ese hombre, que primero lo llevó a una casa donde le dio de comer y que, cuando cayó la noche, lo llevó al bosque y lo dejó en una cueva en la que vivía un viejo pastor que tenía a su cargo 300 cabras, propiedad del ganadero. El pastor casi sin hablarle, le dio a Marcos leche de las cabras, le enseñó a hacer recipientes y zapatos de corcho, a cazar y cocinar liebres. Un día dijo que salía a buscar un conejo, y no regresó más.

Marcos se quedó solo. Intentó mamar leche de las cabras y no pudo; ordeñarlas, y tampoco. Pocos días después, mató a su primera liebre y descubrió que, cuando caían al río, las tripas atraían a los peces, que podían pescarse con la mano. Nadie fue a buscarlo y él siguió cuidando de las cabras, sin tener conciencia de que trabajaba para el dueño del rebaño. El terrateniente y sus empleados aparecían de vez en cuando y le dejaban trozos de pan. El resto del tiempo, Marcos estuvo solo, hasta el día de la captura. “Luego supe que ellos iban a verme y me veían de retirados. A lo mejor para que no tuviera mucho contacto con ellos, para que no me diera ninguna idea de marcharme”, dijo Marcos a Gabriel Janer en Entre llops…

Un día, mientras desollaba un conejo, llegó una zorra. Marcos le dio un trozo de la presa y la zorra ya no se separó de él. Para atraer a las perdices usó hojas de cebolleta, que eran más finas que las del puerro: las soplaba para imitar el ruido del macho; ellas se acercaban y él las mataba a garrotazos. Pronto intuyó también que si los ciervos bajaban a beber agua a la orilla, podía atacarlos a cuchilladas. Aprendió a aprovechar todo: la piel para cubrirse el cuerpo, las tripas para pescar, la carne para comer. La primera vez que se encontró con los lobos era todavía un niño. Llegó a la madriguera, vio a los cachorros solos, y se quedó dormido con ellos. La madre loba había ido a buscar comida y, cuando volvió con la presa, Marcos quiso quitarle un trozo de carne. La loba le dio un zarpazo, y después se aproximó. El pensó que lo atacaría, pero lo que hizo fue acercarle parte del alimento. Después de eso, jura Marcos, se convirtió en el macho alfa de la manada.

—Yo era jefe de todos. En la cacería me tenían mucho respeto. Si yo me quedaba dormido detrás de una mata, venían los ciervos, con lo cuernos me tiraban rodando pa’ bajo y se ponían a reírse de mí.

Marcos lo recuerda mirando al suelo, un trozo de césped artificial en la sala de su casa de Rante, este pueblo de la provincia de Ourense que da entrada a Galicia, en el norte de España. Parece la imitación de una guarida —pequeña, fría, húmeda—, como esa en la que vivió en el bosque, de roca, piedra y tierra. En el muro de su casa, un letrero muestra la silueta de un lobo con esta frase: “Quien me busca me encuentra. ‘El Niño de la Sierra Morena’”. Pintadas a brochazos por él, hay pisadas de lobo en las paredes y en las escaleras que conducen a la puerta de entrada.

Marcos nunca cuenta su historia completa: sólo retazos de un rompecabezas que completan quienes lo han conocido. Como Gabriel Janer y el cineasta Gerardo Olivares, que hizo una película sobre su vida, Entrelobos, que se estrenó en 2010, y un documental Marcos, el lobo solitario, el mismo año.

—Ya ni me interesa ni nada. A muchos les digo, compra el libro y te lo lees. No sé cómo explicártelo, cómo decírtelo.

La sala está empapelada con afiches de la película, recortes de periódico que cuentan su historia. Hay un retrato suyo donde aparece abrazando a un lobo en el rodaje, y muchas fotos: Marcos de traje y corbata el día del estreno de la película, Marcos cocinero, Marcos marinero, Marcos con mujeres, Marcos en misa, Marcos mordiendo la oreja de un conejo. El escaparate, la mesa y la mesilla están saturados. Santos de porcelana, un papá Noel, luces de navidad, un estetoscopio, escudos, llaveros, audífonos, peluches, gorros, calendarios, cuadros, floreros, medallas, lámparas de aceite. En su cueva del bosque siempre había una llama encendida. El viejo pastor le enseñó que el fuego no debía apagarse nunca. Eso intentó Marcos, pero en los largos años en el monte no pudo evitar que se extinguiera alguna vez, y descubrió cómo se hacía: el roce accidental de una piedra con otra, la fricción, una chispa, ramas y hojas secas: una hoguera. Hoy, es el encendedor oficial del fuego de los asados del pueblo de Rante, y el de los cohetones de las fiestas patronales. En casa guarda una colección de mecheros, y lo sigue fascinando ver aparecer la llama con apenas apretar un dedo. Mecheros tren, bicicleta, barco, carro, lata de sardinas, cabeza de lobo, estación de gasolina, bujía, computadora, zapato, calculadora, cámara de fotos.

Cuando los guardias civiles lo dejaron en la plaza del pueblo de Cardeña, después de la captura en 1965, Marcos encontró a unos pastores trashumantes y pasó con ellos varios meses. Llegaron al pueblo de Lopera, y allí se quedó en manos del párroco, José Luis Gálvez, un seminarista y misionero que tomó la iniciativa de su reeducación. Lo llevó a vivir a casa de su madre y le enseñó las primeras normas de los hombres. Marcos no era capaz de calzarse ni de vestirse. Creía que dentro de la radio había gente prisionera y una vez rompió a golpes el aparato para que esas personas escaparan. El párroco intentó que socializara con otros niños pero, al jugar fútbol, los echaba al suelo como a presas.

En 1967 lo llevaron a Madrid, a un hospital manejado por unas monjas. Le cortaron los callos de los pies y pasó un mes en una silla de ruedas, antes de volver a caminar. Le cambiaron toda la dentadura. Una monja durmió con él para que se acostumbrara a la cama y no se echara a dormir al suelo. Le enseñaron los nombres de las cosas, lo llevaron a misa. Por las noches, ayudaba a cuidar a los enfermos. Le consiguieron trabajo en la construcción y en una aserradora. Un día fue al cine, a ver una de vaqueros, y al oír los disparos se echó a correr entre las butacas, pensando que iban dirigidos a él.

En 1968, las religiosas le dieron unas pesetas, lo subieron a un tren y lo mandaron al servicio militar, donde dice que volvió a ser feliz. Como le gustaba estar con los perros y gatos de la división, y jugaba a las carreras con ellos, lo llamaban loco. Pero un día le pidieron hacer guardia, con la indicación de que disparara si oía algo extraño. Un compañero le jugó una broma, hizo ruido, no le dio el santo y seña y Marcos disparó una ráfaga. No hubo heridos, pero lo expulsaron y lo enviaron de regreso a Madrid. De allí se fue a Mallorca, con un soldado que le robó todo el dinero y lo dejó abandonado en una pensión de Palma. Los dueños llamaron a la policía, que estaba al tanto de su llegada porque las monjas habían pedido que lo cuidaran y lo pusieran a trabajar en algo. Así, fue asistente de cocina y barman, albañil, barrendero, trabajó en la construcción y tuvo el accidente con la hormigonera. A la hora de pagarle, lo estafaban siempre: le pagaban, por ejemplo, con un billete de quinientas pesetas y a él, que no entendía el dinero, le parecía poco; le daban varias monedas de una peseta y él creía que era más. Vendió hachís creyendo que era una medicina para el dolor de estómago. Lo invitaron a robar chalets con una pandilla.

Gerardo Olivares, el cineasta que hizo Entrelobos y se convirtió en uno de sus amigos más cercanos, llama a estos años de Marcos en Mallorca “la etapa en que empieza a corromperse”. Durante estos 10 años se hizo amigo de las máquinas tragaperras y de los gintonics. Se fue a Málaga, con otro hombre que lo dejó abandonado en la ciudad.

—Yo podía haberme puesto a pegar tiros. Tengo motivos, por lo que me han hecho. Y hay gente humana que mata sin motivo, por gilipolleces. Nosotros los animales matábamos para comer —dice Marcos, sentado en la banqueta de su casa.

Han pasado años y Marcos sigue llamando a los hombres “las personas humanas”, como si fueran una categoría ajena.
—¿Ya confías más?
—Ya mejor con la gente humana. Ya entiendo muchas cosas antes no entendía nada de nada. He dado con gente buena y con mala he dado, más con mala que con buena, ¿sabes? La mayoría de la gente van como a reírse de ti, ¿me comprendes? Ahora ellos se ríen de mí y yo me río de ellos.

Manuel Rodríguez, un policía gallego jubilado y viudo, encontró a Marcos en Fuengirola un día de 1997, viviendo al raso. Rodríguez lo invitó a comer. Escuchó la historia de la Sierra Morena y le creyó después de que Marcos le mostrara el libro que el antropólogo Gabriel Janer había escrito sobre su vida. Le ofreció llevárselo con él a Rante, para que arreglara una finca, pero Marcos se marchó a Alhaurín el Grande, donde estuvo un tiempo vendiendo pólizas hasta que, un día, de paso por Fuengirola, se reencontró con Manuel Rodríguez y aceptó su oferta. Cuando entraban en el territorio neblinoso de Galicia, Marcos pensó que llegaba a otro país porque no brillaba el sol.

* * *

En inglés los llaman feral children. Feral por fiera. Hay listas con sus nombres y casos. En general, vivieron poco y no hubo grandes avances en su proceso “civilizador”.

El de Marcos no es el relato del Mowgly de Ruyard Kipling, que se adaptó feliz y casado entre los ingleses. Ni del decimonónico Víctor de Aveyron, que nunca pudo “civilizarse” y murió joven. Ni de las hermanas indias Kamala y Amala, de nueve y tres años, que murieron de disentería y fiebre tifoidea en los años veinte del siglo pasado. Más recientemente, hace siete años, se supo de otra niña, la camboyana Rochom Pngieng, encontrada cuando ya era mujer. Pero un año más tarde desapareció y se cree que volvió a la selva. Entre ellos y Marcos hay rasgos comunes: la marginación, el abandono, el abuso, el atraso. Y que todos quisieron volver al monte. Marcos, sin embargo, nunca lo intentó, aunque lo deseó con fruición por mucho tiempo, pero, después de haber regresado a ese valle para hacer la película Entrelobos y de haber comprobado que eso que vivió tampoco está, ya no.

—Lo importante es cómo Marcos creía que veía lo que vivía. Estaba dando sentido a la realidad —dice Gabriel Janer, que para su investigación habló con Marcos durante un año completo, cada día—. Todos los problemas que ha tenido en la sociedad, que para él ha sido un mundo adverso, muy adverso, le hacen pensar que aquello era más tranquilo y más feliz. Pero no ha sido feliz ni en un momento ni en el otro. Es una persona que ha sufrido una marginación tremenda, tiene que arreglárselas como puede en un tiempo difícil y, porque es inteligente, sobrevive.

* * *

En la aldea de Rante viven unas setenta familias que hablan gallego y se ganan la vida con trabajos de fontanería, productos de huertas medianas y empleos en un polígono industrial cercano.

Marcos vive solo, como uno más de los pobladores que en su mayoría tienen edad de jubilación. El pueblo está atravesado por una carretera casi siempre vacía, con casas de granito a la vera. Hay un silencio no apto para oídos urbanos. Hay una panadería y una peluquería. Una ermita con cementerio en el jardín y, en vez de plaza, una curva ancha donde para el camión-tienda de Lina a vender víveres. Hay un bar, que Marcos frecuenta.

Lourdes Plaza y su marido Antonio Aguilera, castellanos cincuentones, viven a pocos metros de Marcos. Con ella pasa él muchas horas. Comparten almuerzos y cenas, los paseos vespertinos con los perros. Con Antonio recoge setas en temporada. El matrimonio conoció a Marcos cuando ellos llegaron al pueblo, en 2003. Marcos había llegado seis años antes. Lourdes lo vio por primera vez en una fiesta con orquesta, sombrero cowboy, cerveza en mano, bailando.

—Vacilando a todo el mundo, haciéndose notar. Iba un poco saltimbanqui. Intentaba caer bien en el pueblo, iba haciendo monadas —comenta Lourdes en su cocina—. En casa de Manuel cambiaba completamente, porque Manuel le llevaba recto. Ha cambiado muchísimo.

Antonio recuerda que la primera impresión fue la de ver a un hombre solitario, absorto en una máquina tragaperras del bar, copa de vino al lado.

—Me daba pena, porque es un vicio. El del bar mismo llegó a quitar la máquina para que Marcos no jugase, porque le tomaron cariño. En el pueblo nadie le creía. Fuimos las primeras personas que le apoyamos y le creímos.

La pareja se hizo amiga de Manuel Rodríguez, el dueño de la finca en la que trabajaba Marcos. En la finca, Marcos construyó una pajarera alta de dos puertas, con perdices, palomas, tórtolas, pericos: les abría la puerta y se iba con ellos posados en sus hombros. En esa época, se perdía noches enteras y se iba de juerga. Manuel Rodríguez llegó a arrepentirse de haberlo llevado a Rante porque, además, Marcos no sabía darle conversación. “Me hizo muchas, sufría y al mismo tiempo me daba lástima. Ahora lo aguanto perfectamente, porque llegué al convencimiento de que era un niño”, explica en el documental Marcos, el lobo solitario. Ahora, hace al menos tres años que Marcos no bebe y no hace de bufón en el bar. Manuel Rodríguez murió en 2011. Marcos dejó la finca, y se vino a esta casa, que un vecino le prestó. Vendió boletos de fútbol, fue rastreador de caza, arregló vergeles. Por todo eso recibió poco o ningún pago. Antes de entrar al quirófano, en una operación de la que no saldría con vida, Manuel le había pedido a Lourdes que se encargara de Marcos si algo le pasaba.

* * *

Marcos vio la película de Gerardo Olivares cientos de veces (y el documental otras tantas). Fue al estreno en Madrid, codo a codo con actores de renombre, photocall para la prensa en la alfombra roja. Todavía pone el DVD por las noches, cuando le cuesta dormir y no tiene ganas de ver la saga de Tarzán o algún programa sobre fauna.

—Siempre ha tenido ese complejo de pasar por la vida sin dejar nada y ahora dice, “yo ya me puedo morir tranquilo porque dejo una película y un libro” —dice Gerardo Olivares, el cineasta, una mañana de febrero en Madrid—. Esto le ha dado una felicidad brutal, porque ha pasado de ser un hombre del que mucha gente se reía, a ser alguien que lo llaman para dar conferencias en colegios. Pero sabes que pase lo que pase sigue teniendo ese espíritu de niño, y eso no lo puede cambiar y hay mucha gente que no entiende esa parte de Marcos.

En la casa de Rante, Marcos se cruza de piernas, se soba la mano, sentado en la banqueta.

—Me gustó, no por verme yo, me gustó por la gente, ¿no? Digo, por lo menos he dejado algo, ¿no? Por lo menos que sepan algo de mi vida. Yo quería olvidarme de todo porque toda la gente se reía de mí. Yo no sabía hablar del gobierno, no entiendo nada de fútbol. ¿De qué iba a hablar, pues? De lo mío. Y me decían que me lo inventaba. Entonces, les mostraba el libro.

Entrelobos fue un boom y Marcos dio entrevistas, charlas. Imitó delante de cámaras y micrófonos a la perdiz, al águila, a los mochuelos. Trepó los árboles, subió a lo alto de peñones. Aulló como lobo.

—Ni las gracias te dan, corriendo por ahí, haciendo el lobo, el zorro, al final sacan una porquería. Haciendo el gilipolla, el tonto. No me dicen ni adiós y si te he visto no te conozco. La vida es así.

Sin que nadie se lo pida, sin embargo, Marcos se levanta del taburete a buscar una hoja de puerro. La muerde apretando la dentadura postiza, haciendo más pequeños sus ojos mínimos: cierra la boca con la mano derecha —los dedos desfigurados— y usa la mano izquierda como sordina. Sopla, se enrojece. Suena como un perdigón —el macho de la perdiz— llamando a la hembra. Un graznido estridente que acelera y crece. Después gira, se calza los lentes y toca en un órgano que está a su lado una pieza de su creación, híbrido de misa, fandango y pasodoble. No hace mucho tocó la misma canción para la BBC.

—¿Cómo se llama?
—Yo qué coño sé. No sé ni lo que toco.

Otra tarde aparece con gorra de marinero, unas botas vaqueras hasta las rodillas, un chaleco naranja fluorescente. Un paraguas. Va con Lourdes y su perro Cus a un paseo vespertino por el bosque. Se queja de que las caminatas ya no son tan largas como antes, de que se cansa. Se adentran por un sendero rodeado de pinares, madroños, alcornoques y árboles aún desnudos, hojas secas, rocas cubiertas de musgo fresco. Sólo se escuchan las pisadas en la tierra húmeda y, a ratos, la voz de Marcos, que arrastra el paraguas como bastón:

—Aquí hay muy poca yerba que se coma —dice Marcos—. Esto parece perejil, pero no es. Mira, estos son lechuguitas, pero salvajes. Como la gente echa veneno, pues esto ya no lo come nadie. Parecido a esto era mi papel higiénico.

Agarra una rama seca, hueca, se la acerca a la boca, y reproduce el llanto de un bebé.

"Hay gente humana que mata sin motivo, por gilipolleces. Nosotros los animales matábamos para comer".

* * *

A Marcos no le gusta el silencio de la casa. Cuando en el monte no oía nada, salía de la cueva, gritaba para confirmar que no lo habían dejado solo y los animales respondían. Tuvo una novia con la que estuvo a punto de casarse en Palma de Mallorca, pero ella lo dejó porque pensó que él no podría trabajar después del accidente con la hormigonera.

—Eso no es cariño ni es leche. No tuve ninguna más, he vivido mi vida solitario. Una chica buena sería lo más grande para mí, un orgullo. La llevaría como una reina pero, ¿dónde coges eso? Ni que estés toda la vida echando la lotería. Más vale vivir solo.

A los efectos de su trabajo académico, en 1975 Gabriel Janer le organizó exámenes médicos y psicológicos. Las pruebas concluyeron que Marcos tenía una inteligencia promedio, pero que sólo podía aplicarla cuando disponía de tiempo para responder las preguntas. En una escena del documental, Manuel Rodríguez trata de que Marcos aprenda a leer para que, entre otras cosas, pueda usar un teléfono y sepa lo que dicen las recetas del médico y los recibos del banco y la luz. Marcos le dice que para qué: que para cuando aprenda
 ya le tocará morirse. Las monjas fueron las primeras que le dieron lecciones de lectura. Gabriel Janer también lo intentó en Mallorca. Y Lourdes, en Rante. Con su ayuda, Marcos le escribió una carta a su hermano Juan José, que vive en Barcelona, y con quien habla de vez en cuando.

—A veces me pongo triste —dice Marcos—: No sé por qué. Pienso: ¿por qué no poder tener una vida como todos los demás? Haber ido al colegio, yo qué sé. Sería más tonto o más listo o peor. Tampoco los estudios lo hacen todo. Veo mucha gente con estudios que no son capaces de lo que yo. Si supiera de letras sería, yo qué sé, sería un charlatán o sería un ministro. Es que es muy bonito tener un papel delante y todo lo que estás diciendo lo estás leyendo. Eso cualquiera lo hace.

Marcos está de pie en su dormitorio oscuro, el ventanal cubierto con un trapo grueso que evita el paso de la luz. Siluetas de mujeres desnudas acompañan a las fotos de los lobos en las paredes, de donde también cuelgan su colección de corbatas y de sombreros. Control remoto en mano, vuelve a ver en su televisor esta escena del rodaje de Entrelobos: él en lo alto de una roca, chaqueta de camuflaje, un aullido largo. Se queda a torso desnudo, se tiende sobre la roca y llega un lobo y lo lame.

Olivares trabajó con una manada y sus criadores. Marcos se familiarizó con ellos antes de grabar. Marcos dice que Olivares sólo le pidió que se subiera a la roca y aullara dos veces. El criador abrió la puerta, Marcos vio que llegaban cuatro lobos. Se tiró al suelo, boca arriba, con mano en la garganta. La loba lo olió y lo lamió. Él le sopló suave el hocico. Vino otra y también lo lamió. Llegó el macho, gruñó. Marcos respondió con otro gruñido, con una mano en el cuello y la otra lista por si lo mordía. El lobo abrió la boca y él le metió la muñeca entre los dientes. Lo sopló despacio y el macho agachó las orejas.

—Mira qué roca hay allí —comenta, la voz un hilo, los ojos empozados frente a la pantalla—¿Tú te imaginas eso? No lo sabes. Me entra un calofrío de verlo nomás. No me creo que estoy aquí con ellos.

* * *

Un perro labrador llamado Norte salta al río a recoger piedras. Las lanza Lua, su dueña, una médico joven que se une a Marcos y Lourdes en uno de sus paseos vespertinos. Marcos gruñe, le tira una piedra a Norte. Después maúlla como un gato crispado. El perro se lanza al agua y escarba. Por el camino, Marcos subió árboles, vadeó torrentes, se encaramó en las rocas. Ahora, habla de las palizas de su infancia, de su vida en el bosque. De cómo se hacía los zapatos de corcho, de cómo se congelaba en el invierno.

—La verdad no sé cómo estoy vivo. Creo que estoy vivo porque tiene que haber bichos de todas las clases. Los jabalíes eran mis únicos enemigos. Lo que pasa es que son más malos cuando tienen las crías, ¿sabes? Yo también era muy malo. Yo le cogía a los pequeñitos y empezaban a chillar y venía la jabalina detrás de mí y yo tenía que correr para arriba, y los pedazos de corcho iban al agua.

—¿Y nunca te pilló ninguno?—pregunta Lua.
—Nooo —contesta Marcos—, era yo más listo que ellos. Para bajarme de ahí tenía que llamar a mis padres. Entonces pegaba un aullido.
Coloca la mano derecha en un puño sobre la boca, la mano izquierda de sordina.
—Auuuuuuuuuuuuuuuu.
El sonido, atronador, es como la sirena que anuncia un bombardeo.
—Y venían los lobos y echaban al jabalí y bajaba yo. No había manera, los jabalíes son muy malos, son criminales. Auuuuuuuuuuuuuuu.

De regreso a Rante, Lourdes canta una copla mientras conduce. Le pide a Marcos que cante. Él tararea.
—Mejor canta “La panadera”, que te sale mejor.

Marcos sigue mirando al frente y canta:
—Tengo una rubia panaderaaaaa/ que con el calor de los hornooos/ se está volviendo morenaaa
—¡Ole!—celebra Lourdes.
—Tres meses sin cantar, me cago en la mar salada.
La risotada le atropella las palabras.

* * *

El Hombre de la Sierra sobrevivió a la expectativa de vida promedio de un niño salvaje. Ya está demasiado “civilizado” y no soporta los inviernos. Viste con corbata los domingos, usa un buen reloj. En mayo viajó a Segovia, para dar otra conferencia. No quiere mudarse más, ni de este pueblo ni de esta vida.

—La vida que vivo ahora que no la he vivido nunca, ¿me comprendes?

Abre los brazos, mira carretera abajo todo Rante desde la bocacalle que su casa, como si contemplara un territorio conquistado.

—Me he hecho polvo trabajando para nada, he rodado tanto. Ya me siento como si fuera venido del infierno a la gloria. Tengo mi casita, entro cuando quiero, no me hace falta ninguna persona. Ya creo que ya he puesto los pies en el rincón este. Me parece que ya me quedo aquí.

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