Iñaki Urdangarin

La casa pierde

Por primera vez en la monarquía parlamentaria española, un miembro de la Casa Real ha sido imputado por un delito. ¿Hasta qué punto el caso Urdangarin pone en jaque al rey de España?

Por Toño Angulo Daneri / Fotografía Getty Images

La comparecencia judicial del primer miembro de la monarquía española imputado por un delito duró veintidós horas repartidas en dos días y batió un récord. Iñaki Urdangarin, casado con la infanta Cristina y, por lo tanto, yerno del rey Juan Carlos I de España, duque de Palma y miembro de la Casa Real, fue citado a declarar ante un juez acusado de prevaricación, falsedad documental, fraude fiscal y malversación de fondos públicos a través de empresas de su propiedad, como el Instituto Nóos y la inmobiliaria Aizoon, de la que el duque es socio a partes iguales con la infanta Cristina. La declaración de Urdangarin empezó a las nueve de la mañana del sábado 25 de febrero de 2012, continuó el domingo y terminó hacia las cuatro de la madrugada del lunes 27. Hasta ese momento, el récord de una comparecencia judicial en España era de treinta y seis horas, pero repartidas en cinco días. Urdangarin, ex jugador de balonmano en ciento cincuenta y cuatro encuentros internacionales con la selección española, tres Juegos Olímpicos y seis copas de Europa, impuso un nuevo promedio por jornada.

En ese lapso, el juez José Castro del Juzgado de Instrucción número 3 de Palma de Mallorca le hizo unas quinientas preguntas, y a éstas siguieron dos interrogatorios más: el de la fiscalía y el de la “acusación popular”, un derecho ciudadano incluido en la Constitución española, que en el caso Urdangarin encabeza el sindicato anticorrupción Manos Limpias. Las interrupciones que hubo a lo largo de esos dos días fueron pocas y muchas, y no paradójicamente, sino según como se miren las cosas. Pocas fueron las pausas imprescindibles, obligadas por la necesidad de dormir y de comer tanto del imputado como de los veintipico letrados presentes. En cambio, las ocasiones en las que el juez tuvo que detener el interrogatorio para repetir una pregunta usando las mismas palabras o echando mano de su personal diccionario de sinónimos fueron muchas. Lo que ocurría era que por momentos Urdangarin no recordaba, no le constaba o directamente desconocía la existencia de ciertos documentos de sus empresas que, sin embargo, llevaban su firma.

—La instrucción del señor Iñaki Urdangarin fue exasperante —me dice una semana después la abogada que dirigió la acusación popular desde Manos Limpias, Virginia López Negrete.

Estamos en un café del centro de Madrid, muy cerca de su sindicato, y para este momento, los temas del día relacionados con el caso Urdangarin son dos: si la infanta Cristina debe acudir a declarar también como imputada por haberse beneficiado de los negocios de su marido, y la historia de una prostimodelo rusa de 1.90 de estatura con la que el duque habría estado saliendo en Barcelona y a la que los servicios españoles de inteligencia habrían seguido por ser sospechosa de pertenecer a una especie de nueva KGB. Mientras, en el café madrileño, la abogada López Negrete prosigue:

—Y te lo digo yo, que lo viví cuando me tocó interrogarlo: un señor que lo tenía todo bien aprendido y para el que todo eran balones fuera. Entonces llegó un momento en que nos sabíamos de antemano sus respuestas: “No sé, no me acuerdo, no me consta. No me consta porque no era responsabilidad mía. No era responsabilidad mía, sino de mi subordinado”. Su señoría el juez Castro estaba desesperado, como lo estábamos todos, y fue ahí cuando le dijo: “Mire, señor Urdangarin, usted ha dicho que quería declarar voluntariamente. Pues si ha venido a declarar, declare. Para venir a decir ‘no sé, no me acuerdo’, mejor no lo hubiera hecho, y no estaríamos un fin de semana veintipico personas aquí sentadas”. Eso fue lo que le dijo. No que no volviera, sino que declarase.

Iñaki Urdangarin

Iñaki Urdangarin

Hacia las cinco de la mañana, acabada la comparecencia, el yerno del rey se reunió con la infanta en el Palacio de Marivent, la residencia de verano que la Casa Real tiene en la zona exclusiva de la isla de Palma de Mallorca. Pocas horas después volaron juntos a Madrid, de ahí a París y de París a Washington, DC, donde ambos viven con sus cuatro hijos desde 2009. Por su parte, el juez José Castro se prometió a sí mismo en voz alta que nunca más iba a autorizar una declaración que no fuese grabada. Con esta frase aludía a que, además del estilo Urdangarin de responder con evasivas, hubo otro detalle que provocó la duración maratónica de la comparecencia del duque: el pedido —aceptado por el juez— de no grabarla en video ni en audio, lo que llevó a la necesidad de escribir a mano cada pregunta y su respectiva respuesta. Por último, la abogada López Negrete le entregó al juez una petición para llamar a declarar a la infanta Cristina también en calidad de imputada. Es decir, la propia hija del rey sentada en el banquillo de los acusados. El juez desestimó el pedido aduciendo que con ello se podía “estigmatizar gratuitamente a una persona”. Manos Limpias ha recurrido a esa decisión bajo el principio de igualdad ante la ley, invocada por el propio rey en su discurso navideño. El asunto no se resuelve todavía.

—Sí, se le puede estigmatizar —dice López Negrete soltando las palabras una por una—. Se le puede estigmatizar como a cualquier ciudadano español que es llamado a declarar para esclarecer si es copartícipe de un presunto delito. La mujer de Diego Torres, principal socio de señor Urdangarin y el otro gran acusado, también está imputada. Y por lo mismo la infanta Cristina: por ser copartícipe de una sociedad presuntamente corrupta. ¿Se le puede estigmatizar por algo así? Sí, tendrá que pasar por donde pasa cualquier hijo de vecino, ¿y qué? ¿La ley es igual para todos, como dijo su majestad en diciembre, o en qué quedamos?

—¿Por qué como imputada y no simplemente como testigo?
—Nadie quiere acusarla de ningún delito, sino que vaya a declarar. Si lo que dice es coherente, se le desimputa y ya. Ser testigo no excluye la posibilidad de que como consecuencia de su declaración una persona acabe siendo imputada.

—¿En España cabe realmente esa posibilidad?
—Manos Limpias le ha pedido a la infanta que acuda a declarar porque creemos que sabe muchas cosas. Por un lado, es propietaria de la mitad de la sociedad Aizoon, a la que se destinaron gran parte de fondos públicos. Pero no sólo es propietaria, sino secretaria de la sociedad. Es decir, levanta, lee y firma las actas. Por otra parte, la infanta Cristina, con perdón, no es que sea la típica ama de casa. Ha estudiado Ciencias Políticas, con lo que la mayor parte de las asignaturas que ha llevado son de derecho, y pertenece a la Casa Real, es decir que cuenta con asesores de muy alto nivel para todo.

—Y representa a la monarquía, que incluye al rey como jefe de Estado.
—Representa a la monarquía, sí, que es una de las máximas instituciones de este país, por lo que se le debe exigir el doble de responsabilidad que a una madre de familia. Si los negocios de la familia de una infanta se llevan mal, se está implicando a la Casa Real, que representa al país. Entonces, lo que cualquier persona debería leer bien una vez, ella lo debería leer dos. Por último y no menos importante, la infanta se estaba beneficiando de la sociedad. Y no sólo por el incremento patrimonial del señor Urdangarin, pues ella misma sacaba dinero de la sociedad.

Curiosamente, el sindicato Manos Limpias tiene fama en España de ser una organización de extrema derecha. Fue creado en 1995 como un gremio de empleados públicos, y le debe esa reputación a su dirigente más conocido, el abogado Miguel Bernad, quien venía de participar en la fundación de partidos como el Frente Nacional —el equivalente español del Front National francés de Jean-Marie Le Pen— y de recibir honores y distinciones de, por ejemplo, la Fundación Francisco Franco. En febrero de este año, tres semanas antes de que el ex juez Baltasar Garzón fuese condenado y expulsado de la carrera judicial, The New York Times publicó un editorial titulado “Truth on Trial in Spain“, en el que, hablando del juicio a Garzón y de la situación de la justicia en España, se refería al sindicato Manos Limpias, sin mencionarlo abiertamente, como un grupo de ultraderecha. Ahora, en la conversación que tengo con la abogada Virginia López Negrete, no hace falta que le recuerde esto en voz alta. Basta que le pregunte qué hace un sindicato como el suyo en una causa como ésta, más propia de izquierdistas republicanos antimonárquicos, para que ella me ataje diciendo que Manos Limpias lucha contra la corrupción, esté donde esté, pero en absoluto contra la monarquía. La prueba de ello, dice, es que al mismo tiempo que en el caso Urdangarin están participando en otro juicio contra un municipio gobernado por un partido nacionalista vasco —que en ciertos lugares de España todavía se considera de izquierda: el nacionalismo independentista, vasco o catalán— por haber hecho una parodia “indignante” del rey.

—Y eso también lo llevo yo, ¿ves? En defensa de su majestad.

Según el relato clásico, las historias de príncipes y princesas terminan el día de la boda. En la Casa Real española, como en toda monarquía de verdad, de esas que aún existen fuera del mundo de los cuentos, lo más interesante en términos dramáticos siempre viene después. En noviembre del año pasado, la Fiscalía Anticorrupción registró la sede del Instituto Nóos en Barcelona, cuyo primer presidente y cabeza principal era el yerno del rey, Iñaki Urdangarin, y con ello abrió el que hasta entonces venía siendo el secreto más celosamente guardado de la Casa. La Fiscalía considera que el duque de Palma y su principal socio en Nóos, Diego Torres, se apropiaron de fondos públicos del Estado español para trasladarlos, en beneficio propio, a paraísos fiscales. Es la forma como lo hacían lo que tiene herida de gravedad la imagen de la monarquía: Nóos, que en griego —aunque sin la tilde— significa “inteligencia”, era un instituto sin fines de lucro con el que Urdangarin y Torres ofrecían servicios de asesoría a distintas administraciones del Estado, sobre todo para eventos deportivos. Para algunos, lo que hay más allá de la falta de escrúpulos de un par de empresarios es que el escándalo pone el foco en el dinero y las cuentas de la monarquía. Un lugar a donde nadie había querido mirar hasta hoy.

Iñaki Anasagasti, veterano político español, dirigente del Partido Nacionalista Vasco y autor de Una monarquía protegida por la censura, uno de los libros más duros que se hayan escrito nunca sobre el rey Juan Carlos I y la Casa Real, duda de las palabras y las intenciones de Manos Limpias. Por teléfono, me lanza y se hace a sí mismo esta pregunta: “¿Qué pretende Manos Limpias?”. Pero antes de responderla, una pequeña pausa.

Mi impresión es que este texto ha ido avanzando sin los hipervínculos necesarios. Hoy casi nadie lee sin hipervínculos. Ni bien aparece escrito el nombre del rey Juan Carlos I de España, de su hija la infanta Cristina o de su yerno Iñaki Urdangarin, y de inmediato el lector puede hacer clic sobre ellos y acceder a los principales datos biográficos que no está de más conocer. De modo que no me parece mala idea presentar a los protagonistas de esta historia como si se tratara de una obra de teatro del Siglo de Oro español.

Rey Juan Carlos I de España. Jefe del Estado español, cuya forma de gobierno es una monarquía parlamentaria: el rey reina pero no gobierna. Según el ensayista Miguel Roig, los españoles, antes que monárquicos, son juancarlistas. Le agradecen haber sido uno de los arquitectos de la Transición que dejó atrás la dictadura de Franco y haber defendido el Estado de derecho vigente ante una intentona de golpe militar conocida como el 23F, por el día en que se concentraron los hechos: 23 de febrero de 1981. Hoy es el gran símbolo de la unidad, estabilidad y convivencia del país. Hasta el año pasado, antes del caso Urdangarin, un estudio le daba un índice de confianza de 5.5 sobre 10, frente a un 3.1 para los obispos y 2.6 para los políticos. Su fama de marido infiel que ha tenido no una sino muchas amantes, y que la periodista Pilar Eyre acaba de remover con su libro La soledad de la reina, no es nueva. En 1998, Jon Lee Anderson ya escribía sobre sus infidelidades en The New Yorker, pero sólo daba credibilidad a un episodio: su “desaparición” momentánea en 1992 y su posterior y extraña aparición en Suiza, sin tener un motivo de Estado para estar allí. Desde entonces, las historias que circulan sobre su apetito sexual y su tendencia a la juerga son tan fabulosas —una de ellas lo pinta conduciendo de madrugada su propia moto, bebido y a velocidad de vértigo, de vuelta al Palacio de la Zarzuela donde vive en Madrid— que resultan poco menos que increíbles. Al menos tratándose de alguien como el rey, que el pasado 5 de enero cumplió setenta y cuatro años. La que no le gusta es su otra fama: la de un eficiente y muy entrenado “lobbysta” que ayuda a cerrar negocios no millonarios, sino a menudo multimillonarios. A eso, dicen sus partidarios, contribuye su carácter campechano, el que sea políglota y su buena relación con los jeques y, en general, con el mundo árabe más pro occidental y pro empresarial. Gracias a su gestión, por ejemplo, el rey Abdalá de Arabia se decidió por la industria española para construir un tren bala que unirá La Meca y Medina, las dos ciudades santas del islam. Para Miguel Roig, todo está bien mientras la que gane sea España, esto es, los españoles. Iñaki Anasagasti se pregunta, sin embargo: “Si el rey no gana nada con estos negocios, ¿cómo se explica entonces que figure en la lista de la revista Forbes entre los hombres más ricos del mundo?”.

Iñaki Urdangarin. Esposo de la infanta Cristina, la segunda hija de los reyes de España, y por eso, duque de Palma de Mallorca con tratamiento de excelentísimo señor. Con 1.97 m de estatura, fue jugador profesional de balonmano y ganador con la selección española de dos medallas de bronce en los Juegos Olímpicos de Atlanta y Sydney. Cuando llegó a Atlanta, llevaba cuatro años con su novia de toda la vida. Quince meses después, en octubre de 1997, se casó con la infanta y en 2000 anunció su retiro de la actividad deportiva. No habían pasado cuatro años desde entonces cuando se descubrió que Urdangarin había comprado, a nombre de su familia, un palacete en el exclusivo barrio barcelonés de Pedralbes. Excepto la revista ¡Hola!, que hace las veces de boletín oficial de la monarquía y que como tal publicó un espléndido reportaje gráfico de todos y cada uno de los ambientes de la mansión, otros medios hicieron cuentas y las cifras no les cuadraron. En ese año, 2004, tanto el duque como la infanta Cristina eran meros empleados de las empresas para las que trabajaban, y el palacete les había costado seis millones de euros. La versión extraoficial, hasta hace unas semanas, era que el rey había citado a Urdangarin, le había dado una reprimenda y le había pedido que se fuese a vivir fuera de España. Ahora, después de la comparecencia, se sabe que el rey no se vio con él personalmente, sino que se lo mandó decir con un conde que trabajaba como asesor de la Casa Real. La abogada Virginia López Negrete reproduce a su manera ese encuentro entre el conde y el duque: “Señorito Urdangarin, usted debe abandonar el país, por tres motivos: primero, no vuelve a contactar ni a hacer negocios con ninguna institución pública; segundo, no vuelve a pertenecer a ningún cargo ejecutivo de ninguna fundación, y tercero, no vuelve a tener negocios de larga duración con su socio, el señor Diego Torres”. Ambos, Urdangarin y la infanta Cristina, junto con sus cuatro hijos, se mudaron finalmente a vivir a Washington, DC, en 2009. Es decir, muchos años después de ese primer escándalo. Ahora se sabe también que el duque desoyó la sugerencia de su suegro y mantuvo relaciones con su socio Diego Torres. Por eso ha ofrecido disculpas públicas, pero no ha aceptado ninguna responsabilidad. Toda la culpa se la endosa a Torres, a los familiares de éste y a otros subordinados. Torres hasta hoy se ha negado a declarar.

Infanta Cristina. Infanta de España por ser hija de reyes (la segunda), duquesa de Palma de Mallorca y esposa de Iñaki Urdangarin. Su nombre completo es Cristina Federica Victoria Antonia de la Santísima Trinidad. Es vocal del Instituto Nóos y socia en partes iguales de Aizoon, aunque según varios testigos del caso que lleva el apellido de su marido no formaba parte del “círculo cerrado de toma de decisiones”. Por tal motivo, el juez ha decidido excluirla de la imputación.

Diego Torres. Ex número dos, primero, y posteriormente ex presidente del Instituto Nóos. Conoció a Urdangarin en una prestigiosa escuela de negocios española, ESADE, en la que él era profesor del departamento de Política de Empresa y donde el duque se licenció en Administración y Dirección de Empresas y cursó un máster en Business Administration. A Torres lo expulsaron de la escuela en noviembre del año pasado, cuando se empezaron a conocer los detalles del caso Urdangarin. Al igual que el duque de Palma, está imputado por fraude fiscal, falsedades y supuesta malversación de fondos públicos. Por lo visto, la clave de los negocios en Nóos radicaba en los contactos y buenas artes del yerno del rey para las relaciones comerciales y en la experiencia de Torres como consultor. Cuando se destapó el caso, se apresuró a decir que Urdangarin era quien tomaba las decisiones. Desde entonces no ha vuelto a declarar.

Reina Sofía. Esposa del rey y, por esa condición, miembro de la Corona y de la jefatura del Estado español. Tiene fama de discreta y respetuosa en grado extremo de la voluntad y el severo carácter del rey, a quien no por casualidad sus propios hijos llaman “el patrón”. Entre las decisiones más importantes que se le atribuyen están la aprobación de los noviazgos de sus tres hijos y haber sido la diseñadora en la sombra del look de la princesa Letizia: básico, sencillo y sin estridencias.

Príncipe Felipe. Príncipe de Asturias, heredero directo de la Corona, futuro rey. Antes de anunciar su compromiso con la periodista Letizia Ortiz, tenía fama de hijo de papá, engreído y antipático. Hoy se habla de él como el heredero mejor preparado de la historia: abogado, máster en Relaciones Internacionales en Estados Unidos y oficial de las tres fuerzas militares. Además, con un promedio de catorce viajes oficiales al año, muchos de ellos a América Latina, los diplomáticos del Palacio de la Zarzuela bromean diciendo que “con excepción de Fidel Castro, es el que mejor conoce a los líderes de la región”. En julio de 2007, la revista de humor El Jueves, algo así como la antagonista más radical de ¡Hola! en cuanto al tratamiento de la Casa Real, publicó una portada en la que el príncipe aparecía desnudo teniendo sexo con Letizia. El motivo que había inspirado el dibujo era un subsidio gubernamental de dos mil quinientos euros para incentivar a las parejas a tener hijos. El texto, en boca del príncipe, decía: “¿Te das cuenta? Si te quedas preñada… ¡esto va a ser lo más parecido a trabajar que he hecho en mi vida!”. La orden judicial de retirar esa edición de El Jueves es la mayor controversia pública en la que se ha visto envuelto hasta ahora.

Princesa Letizia. Esposa del príncipe y, como tal, princesa de Asturias y futura reina de España. Antes de que el príncipe anunciara por sorpresa su compromiso, la biografía esencial de Letizia Ortiz Rocasolano era otra: periodista de la tele, divorciada e hija de padres divorciados, nieta de taxista y cuñada de un empleado municipal de limpieza. La prensa y la “chismosería” española no se cansaron de frotarse las manos. El origen del romance fue contado en una miniserie con pretensiones dramáticas, emitida en prime time y con cifras récord de audiencia. En ella aparecía el príncipe en pantalones cortos, sentado en un sofá del Palacio de la Zarzuela y preguntándole a su madre si la chica que salía en la pantalla no le parecía bonita. Casi una década después, el periodista del diario El País Jesús Rodríguez define a Letizia como “la nueva imagen de la monarquía y la marca española más conocida en el mundo detrás del Barcelona y del Real Madrid”.

Infanta Elena. La infanta mayor, hermana de Cristina, duquesa de Lugo, casada en 1995 y divorciada en 2009 de Jaime de Marichalar. Hasta el caso Urdangarin, se le tenía por la pobrecita sin suerte de la familia.

¿Qué pretende Manos Limpias —se pregunta Iñaki Anasagasti al teléfono— citando a declarar a la infanta Cristina como imputada nada más empezar la instrucción?, ¿que se despierten las fuerzas monárquicas de la sociedad española en defensa de todo lo que sea la Casa Real y de esta manera la imputación se resbale a la primera de cambios y todo lo avanzado se pierda? De hecho, ya se empezaron a mover los portavoces de los partidos mayoritarios para que este asunto no toque a la Casa Real ni al rey.

—Mi impresión es que ni Urdangarin, ni la infanta ni la Casa Real han quedado bien parados tras la comparecencia. Hoy se empieza a hablar del dinero en la monarquía, un asunto que antes era tabú.
—Se habla de Urdangarin como de Jack el Destripador, un delincuente cualquiera. Eso no quiere decir que se esté tocando el tema de fondo, que es la responsabilidad del rey en todo esto y el control que debería tener un gobierno en democracia sobre la monarquía. Para empezar, sobre sus cuentas, pero no sólo. ¿Sabe usted cuánto nos cuesta la monarquía a los españoles?

—Cerca de nueve millones de euros al año según los datos que empezaron a publicarse en la web de la Casa Real a finales del año pasado.
—Mentira —dice Anasagasti—. Ésa es una de las dos mentiras que se dicen de la monarquía española: que es una de las instituciones españolas más valoradas y a la vez una de las más baratas. Pero yo le voy a decir algo: además de esos 8.9 millones, la Casa Real recibe otros sesenta de los ministerios que se encargan de su seguridad, de sus viajes por el mundo, del mantenimiento de sus palacios y de sus coches. ¿Ese dinero es objeto de algún tipo de auditoría? Ninguno. No sólo eso, sino que todas las iniciativas parlamentarias que hemos presentado para que desde el gobierno se ejerza ese control se han estrellado contra la defensa que hacen los partidos mayoritarios. Su argumento es que el rey es una figura decorativa sin responsabilidad.

—Urdangarin deja claro en su comparecencia que el rey sabía de sus negocios. De ahí que lo mandara mudarse fuera de España y no volver a tratar a su socio Diego Torres, cosa que no hizo, y pese a ello el rey no volvió a mover un dedo.
—Se pretende decir que el rey es intachable, y sin embargo ya se ve en este caso que ha actuado con poca ejemplaridad y transparencia. ¿No podía haberle pedido que al menos devolviera el dinero?

El domingo 26 de febrero, cuando el interrogatorio judicial a Urdangarin llevaba casi trece horas, la fiscalía le preguntó al duque de Palma acerca de una cuenta en Suiza en la que la empresa española Aguas de Valencia había hecho un ingreso de trescientos mil euros. La historia la cuenta el semanario Interviú en su reciente edición del 12 de marzo. Los fiscales pensaban que ese dinero había ido a parar a manos de Urdangarin y su socio Torres. Sin embargo, el duque respondió que no: “Alguien cuyo nombre no recuerdo se mostró interesado en internacionalizar las actividades de la empresa [Aguas de Valencia] y yo lo que hice fue ponerle en contacto con un tal Mansour Tabaa”. Repitió el nombre y el apellido, para que no quedase ninguna duda. “Tabaa, con dos aes al final”, dijo, según Interviú. Tabaa, explica la revista, es un empresario jordano que aparece en los archivos del Departamento de Estado estadounidense como un conocido contratista de armas a escala mundial. Uno de los informes de WikiLeaks lo incluye incluso dentro del programa Blue Lantern, que es como cifradamente se llama, o llamaba, el tráfico de armas en la administración estadounidense. La impresión que tienen algunos periodistas españoles de esta extraña mención del empresario jordano por parte de Urdangarin es que podría tratarse de un mensaje velado y dirigido a la Casa Real, específicamente a su suegro. O me defienden de manera incondicional o voy soltando este tipo de bombitas pestíferas cuya investigación puede conducir a otras personas que no soy yo. Otra vez, específicamente a su suegro. El rey y sus negocios.

—Le voy a contar una anécdota —dice Anasagasti—. Hace seis meses viajé con una delegación parlamentaria a Arabia Saudita para hablar del tren de alta velocidad que unirá La Meca y Medina. Se supone que el tema era ése, pero en todos los sitios a los que íbamos no hacían más que hablarnos del rey: qué bueno era el rey de España, cuántas veces había estado por allí, en fin. El rey se mueve en ese mundo con mucha comodidad, quizás un poco excesiva, ¡y a todo el mundo le parece normal! ¿Cuántos amigos tiene usted que hayan sido imputados y condenados por fraude o delitos de corrupción?
—Creo que ninguno.

—Pues el rey tiene amigos, varios de ellos, que han acabado en la cárcel por ese tipo de delitos. Mario Conde, Javier de la Rosa, Manuel Prado y Colón de Carvajal… ¡que fue su administrador privado durante dos décadas! Esto no hay quien lo sostenga. Pero ya le digo, a todo el mundo le parece normal.

Jaime Peñafiel debe de ser el chismoso más informado acerca de lo que pasa en los herméticos palacios de las monarquías en el mundo, no sólo en la española. Ha asistido a unas cincuenta bodas reales. Ha publicado dieciséis libros con títulos como ¡Dios salve… también al rey!, ¿Y quién salva al príncipe? o El hombre que se acuesta con la reina. Se ha fotografiado al lado del rey Hussein y la reina Noor de Jordania, y de Isabel II del Reino Unido. Y por supuesto, entre otras decenas de monarcas, príncipes y consortes, en su casa vagamente aristocrática tiene varios retratos junto al rey Juan Carlos I. Es tal la cercanía de Peñafiel con ese mundo —y su curiosidad por hurgar en él— que es también el autor de una de las fotos más íntimas que se conozcan de la Casa Real: una del príncipe Felipe cuando era bebé, sentado en su sillín con bolitas y florcitas de colores y comiéndose una galleta de vainilla con las manos.

Así pues, cuando le pregunto si hay antecedentes en la Casa Real que se puedan comparar en gravedad y escándalo con el caso Urdangarin, Peñafiel, un hombre en sus setenta, de mejillas sonrosadas, saco azul, pañuelo a juego, no duda en responder:
—No —dice, tajante—. En la monarquía española, no. En otras tenemos el caso del príncipe Bernardo de los Países Bajos, sobornado por una compañía norteamericana fabricante de aviones de guerra, o el caso del príncipe Lorenzo de Bélgica, acusado de desviar fondos de la Marina y de tratar de vender las fotos de sus gemelos recién nacidos, que llevaron a su padre, el rey Alberto, a dejar el camino libre para que su hijo fuese llevado a tribunales sin privilegios.

Iñaki Urdangarin, primer miembro de la Casa Real en ser imputado por un delito.

Iñaki Urdangarin, primer miembro de la Casa Real en ser imputado por un delito.

—Volviendo al caso Urdangarin, ¿hay información nueva y fiable sobre cómo se está viviendo este asunto dentro de la Casa Real?
—Como un auténtico drama —dice Peñafiel—. El escándalo ha dividido a la familia, la ha roto. El rey, se ve, hace esfuerzos por defender la institución, da el mensaje que se quiere transmitir. Como siempre, asume el protagonismo. La reina Sofía, en cambio, ha cometido errores, como viajar a Washington y aparecer sonriente al lado de su yerno cuando el caso ya había estallado. Desde entonces ha desaparecido. Ha sido castigada, apartada del discurso oficial.

Durante veinte años, Peñafiel fue también jefe de redacción de la revista ¡Hola!, que además de difundir cada semana en setenta países las altruistas, refinadas y a menudo banales actividades de la aristocracia mundial, en España es el boletín oficial no declarado de la monarquía. En sus páginas, la Casa Real se comunica de manera más directa con la gente, eso sí, bajo su discurso natural: por medio de la fotografía, de preferencia posada, y por medio del silencio. Desde que detonó el caso Urdangarin, ¡Hola! ha expresado su duelo por la familia real en reportajes de gran despliegue gráfico, como “El príncipe Felipe esquía con sus amigos en Sierra Nevada” o el célebre “La reina, días en familia con los duques de Palma [su hija, la infanta Cristina, y su yerno, Iñaki Urdangarin] en Washington”. Este último, a decir de Peñafiel, fue el que le costó a la reina la condena a un doble silencio, incluido el fotográfico. El reportaje fue publicado el 7 de diciembre del año pasado. Desde entonces, en efecto, a la reina no se le ha vuelto a ver en ninguna foto.

Entre lo más audaz que ¡Hola! ha dicho sobre el caso Urdangarin figura este titular aparecido la semana siguiente a la comparecencia: “La infanta Cristina, al lado de su marido”. La noticia es la lealtad marital de la hija del rey y no la imputación del duque ni su interrogatorio de veintidós horas ante un juez, varios fiscales y un sindicato anticorrupción. Uno de los implicados en la inmensa trama de fraudes y facturas falsas que componen el complejo caso Urdangarin lo resume así: Urdangarin se sentía protegido por una “inmensa sensación de impunidad”. Alejado de este discurso oficialista de su antigua ¡Hola!, Peñafiel no ha dejado de ser un chismoso de alto vuelo. Es más, su fama de decir sin filtro lo que piensa lo ha convertido en uno de los invitados favoritos de los programas del corazón que abundan en la televisión española y que siguen básicamente el mismo patrón: eligen a una persona susceptible de ser criticada por cualquier motivo, y una media docena de panelistas la hace leña como si se tratara de un árbol caído y con termitas.
De modo que si Peñafiel se queda callado durante unos segundos pero es evidente que quiere añadir algo, hay que dejarlo. Al final, Peñafiel siempre acabará disparando. Como ahora:

—Estas cosas ocurren, a mi modo de ver, porque en una monarquía uno no debe casarse sólo con quien quiere, sino además con quien debe. La prueba, como ve, son los hijos políticos de los reyes: Jaime de Marichalar, divorciado de la infanta Elena y, hasta antes del caso Urdangarin, un poco el patito feo de la familia. Luego está la princesa de Asturias, doña Letizia, mujer divorciada que ya dio mucho [de] que hablar en su momento, y que hoy, aunque ha logrado cosas positivas como transformar a un antipático como el príncipe Felipe en una persona amable, vive enfrentada a sus cuñadas las infantas, y eso le da no pocos dolores de cabeza al rey. Y por último, bueno, el joven de los negocios, Iñaki Urdangarin, que parecía el yerno perfecto, distinguido, alto, guapo, rubio, ex deportista de élite, y ahora resulta que no es trigo limpio.

En el sumario de dos mil setecientas páginas que hoy se conoce, tras la comparecencia del duque, destaca un informe que cuantifica en 5.8 millones de euros el dinero cobrado por el Instituto Nóos a las administraciones públicas entre 2004 y 2007. Y de ese monto, hay al menos 1.4 millones que no aparecen justificados ni siquiera con facturas falsas, que es otro de los delitos que se le imputan al yerno del rey. Pedro J. Ramírez, polémico periodista y opinante de todo cuanto pasa en España desde su cargo de director del diario El Mundo, preguntaba el otro día cómo era posible que los clientes de Urdangarin pagaran cifras tan desorbitadas por asesorías e informes a menudo carentes de valor y sentido, e incluso literalmente vacuos. “La respuesta la dieron con sinceridad los presidentes de dos clubes de futbol, el Villarreal y el Valencia, a los que el duque de Palma ‘sacó’ miles de euros: porque detrás estaba un miembro de la familia real y se sentían obligados a rascarse los bolsillos para no quedar mal”. En su declaración policial, el que era presidente del Valencia en 2005, Juan Bautista Soler, ha admitido incluso que ‘se sintió obligado’ a contratar los servicios de Nóos ‘debido a que era Iñaki Urdangarin quien los pedía'”.

En resumen, el largo juicio que le espera al yerno del rey es por una serie de actividades destinadas a apoderarse de fondos públicos por medio de consultorías y estudios inflados, presupuestos ficticios y facturas falsas. Una parte del dinero recibido a través del Instituto Nóos habría ido a parar a las cuentas de la empresa Aizoon, la inmobiliaria de la que Urdangarin es socio a partes iguales con la infanta Cristina. Pero el caso Urdangarin no se acaba aquí, sino que incluye también otro monto de facturas emitidas al parecer con el puro objetivo de evadir impuestos. Para ello, el duque y su socio Torres eran asesorados por un especialista en colocación de fortunas en paraísos fiscales.

“Iñaki Urdangarin no sólo es el yerno del rey, sino que realizaba lo que realizaba por ser el yerno del rey”.

La frase es del ensayista argentino Miguel Roig, autor de Las dudas de Hamlet. Letizia Ortiz y la transformación de la monarquía española, un libro centrado en la figura de la princesa de Asturias, pero que analiza además lo que cada miembro de la familia ha pasado a simbolizar desde la llegada de la ex periodista de televisión a la Casa Real. Sobre el caso Urdangarin, Roig piensa que el problema no es tanto la corrupción en sí misma “en un país con un mapa de corrupción cada vez más extendido como España”, sino el que ponga a la gente a mirar hacia un lugar que hasta ahora no se miraba: las finanzas, o mejor dicho, cómo se financia la monarquía.

—¿Por qué no se habla del dinero de la Casa Real? Si te fijas —dice por teléfono—, una de las razones por las que cuesta materializar el dinero del rey es porque el rey es el dinero. Lo era en las monedas de cien pesetas y lo sigue siendo ahora en las monedas de un euro. Cuando se mira un euro, puede que se vea al rey, pero cuando el rey aparece públicamente, nadie ve el dinero.

El 11 de diciembre del año pasado, el jefe de la Casa Real, Rafael Spottorno, el único diplomático de la corte autorizado a hablar en nombre del rey, compareció en la sala de visita del Palacio de la Zarzuela. Era un desayuno de trabajo convocado para informar sobre lo que fuera de allí ya se empezaba a conocer como el caso Urdangarin. “La monarquía encarna un principio de estabilidad de gran valor político en el que la ejemplaridad es básica”, dijo. Quienes lo conocen desde hace tiempo opinan que Spottorno es uno de esos diplomáticos experimentados a los que no se les escapa una palabra que no haya sido previamente autorizada. Al final de la conferencia, dijo dos cosas más: que desde ese día el duque dejaría de participar en los actos oficiales de la Casa Real, y que “ante las múltiples filtraciones confusas pero suficientemente ilustrativas, sí tengo que decir que no me parece un comportamiento ejemplar”.

Días después, la escultura de Urdangarin fue retirada del cuadro oficial de la Casa Real en el Museo de Cera de Madrid y colocada en la sección de los deportistas destacados. La peculiaridad de este museo es que sus piezas suelen contar con la complicidad del homenajeado, sea éste el rey Juan Carlos, Vargas Llosa o Antonio Banderas, pues para que sus figuras sean idénticas al original tienen que haber donado prendas de su ropero y permitido que les midan la distancia que hay, por ejemplo, entre sus ojos y la punta de su nariz. Gonzalo Presa, gerente del museo, me cuenta que el traslado de Urdangarin se debió al mensaje de Spottorno. El cuadro oficial de la Casa Real era justo eso: la representación de la monarquía en los actos de Estado, es decir, al que el duque había dejado de pertenecer. Con los deportistas destacados está ahora al lado de Messi, Nadal o Zidane. Con una diferencia: mientras los otros visten uniformes deportivos, él va de camisa y suéter cuello V.

Cuando en su mensaje de Navidad el rey dijo que “la justicia es igual para todos”, la frase no sólo se interpretó como una alusión al duque de Palma. Algunos completaron el gesto: el jefe de Estado animaba al juez José Castro a celebrar un juicio limpio y sin privilegios. Los escépticos, como el vasco Anasagasti, están convencidos, sin embargo, de que la Casa Real, “como de costumbre, acabará encontrando la forma de protegerse”. Teme que el juicio se alargue tanto que al final varios de los delitos fiscales prescriban, o que todo pase a manos de la Audiencia Nacional, cuya fama de “benévola con el poder la precede”. En cualquier caso, el siguiente y quizá verdadero momento clave llegará con la comparecencia del socio de Urdangarin, Diego Torres. Mientras, muchos españoles comunes y corrientes, y otros que no lo son tanto, como la directora de la edición española de la revista Vanity Fair, Lourdes Garzón, piensan que el caso Urdangarin debería servir para acabar de una vez con la opacidad con que se manejan las cuentas de la monarquía. Garzón lo decía así en un editorial: “A lo mejor, unos y otros deberíamos empezar a considerar que, en estos tiempos, todas esas cuestiones tendrían que estar tan claras como las cifras del paro [desempleo]. A lo mejor llegamos a la conclusión de que la monarquía sólo se sostiene con otro peligroso y trasnochado intangible: la fe ciega”. Otros compatriotas suyos, en bares, cafés y foros de internet, varios de ellos desempleados en esta España en crisis, no lo dicen con tanta elegancia. \\

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