La matanza de los pies descalzos

Por casi un siglo, México pretendió olvidar un genocidio que acabó con la vida de alrededor de 300 migrantes chinos, asesinados, mutilados, desvestidos y saqueados durante la Revolución Mexicana. La historia fue borrada. Hoy existen muchas versiones académicas y orales sobre quiénes acabaron con esta colonia china en el norte mexicano: desde las turbas
revolucionarias de Pancho Villa, los maderistas y hasta los coahuilenses mismos. Éste es un adelanto de La casa del dolor ajeno (Random) del escritor mexicano Julián Herbert, un ensayo que busca las claves detrás de esta masacre.

Por Julián Herbert / Ilustración Diego Huacuja T.

La antigua casa de campo del doctor Walter J. Lim es un chalet de tejados color verde y muros de ladrillo rojo intenso. Los ladrillos adquieren una tonalidad profunda porque las juntas fueron delineadas con empaste blanco. El techo es curvo y parece derramarse como una ola esmeralda sobre un jardín en el que habitan, al lado de naranjos y toronjos más jóvenes, dos moreras centenarias. Estos árboles, tal vez emparentados con otros de la misma especie que hay en el bosque Venustiano Carranza, al oriente, donde hace muchos años prosperaron huertas chinas, dan testimonio de un anhelo empresarial: la intención de convertir en productora de seda a una comarca famosa por sus cultivos de algodón. No hubo tiempo de hacerlo. Seis meses después de iniciada la Revolución Mexicana, los maderistas entraron en esta finca y violaron a la mujer encargada de cuidarla. Luego una turba intentó linchar a Lim frente a la plaza 2 de abril pese a que el médico portaba en el antebrazo izquierdo un distintivo de la Cruz Roja. Walter J. logró salvarse para narrar, meses después, su versión del pequeño genocidio perpetrado en Torreón entre el 13 y el 15 de mayo de 1911. No todos sus compatriotas corrieron con la misma suerte: alrededor de 300 inmigrantes chinos fueron asesinados, mutilados, desvestidos y saqueados. Sus cadáveres terminaron en una fosa común, cavada bajo las órdenes de un inglés, junto al muro exterior de la Ciudad de los Muertos. Otros acabarían al fondo de las norias del rumbo de El Pajonal.

—El doctor nunca fue cónsul ni encargado de negocios del imperio —aclara Silvia Castro: una mujer delgada, entrecana y aguileña—. Era líder de la comunidad china local, que es muy distinto. Para la época en la que ocurrió la matanza, ya había tomado incluso la nacionalidad mexicana.

Estamos a las puertas del Museo de la Revolución, del que la maestra es directora. Es decir, a las puertas del chalet que fuera propiedad de Lim a principios del siglo XX. Hace décadas que el edificio se halla en plena ciudad, a 10 minutos en taxi del centro histórico de Torreón, en medio de un distrito comercial y habitacional de clase media.

—Ésta no era su casa —añade Silvia—. Él sí era el dueño pero no vivía aquí. La quinta la cuidaba Ten Yen Tea, su cuñado. La hermana de Lim, que es la única mujer china de la que hablan los archivos, estaba acá en compañía de sus hijos cuando llegaron los rebeldes. Cuenta el doctor que apuntaron con rifles a la niña mayor para obligarla a decir que se casaría con ellos. Luego echaron a todos a la calle y saquearon la propiedad. Los Ten se refugiaron en casa de un señor apellidado Hampton.

Entramos en el vestíbulo, un pasillo muy corto y oscuro. Un óvalo de cerámica empotrado a la pared aclara que: “Esta casa fue construida por el doctor J. Wong Lim. Posteriormente fue adquirida por la Compañía Explotadora de Bienes Raíces, S. A. Luego, y según algunos testimonios, funcionó como prostíbulo. Más adelante perteneció a Ignacio Berlanga García, y después a Carlos Valdés Berlanga y a su familia. Finalmente pasó a manos de don Ramón Iriarte Maisterrena, quien la donó durante los festejos por el Centenario de Torreón para que albergara el Museo de la Revolución”.

Me divierte la parodia de las genealogías bíblicas que el cartel consagra a la propiedad privada, y es curioso que el texto llame al dueño original J. Wong Lim: todos los documentos que conozco, incluso un anuncio de periódico donde el facultativo promueve su consulta, lo presentan como Walter J. Lim, Sam Lim o JW: adaptaciones anglosajonas de su nombre. Es un detalle sin importancia y un guiño del tiempo que permite atisbar cuán teñido de tradición oral llegó a nosotros el relato de la masacre.

También encuentro irónico que Ramón Iriarte Maisterrena —ex CEO del emporio de lácteos Grupo Lala, figura tutelar del conservadurismo norteño e ícono de la burguesía en Hispanoamérica: un prototipo del capitalista salvaje— aparezca como mecenas del museo. Apuesto a que, si estuviéramos en 1914, ninguno de los héroes que el recinto ensalza consideraría la prosperidad de su benefactor ya no digamos deseable, sino siquiera lícita. Ésta es una de las paradojas que le dan a Torreón su aura sublime: es una ciudad profundamente porfirista que ama la revolución con ardor de quinceañera.

Es lunes. Las salas de exhibición están cerradas al público. Recorro en penumbra la duela recién pulida, me aposto en ventanas que semejan troneras, descifro haciendo bizcos cicloramas que, con párrafos pulcros y fotografías borrosas, intentan resumir una guerra civil que se cobró un millón de muertos (buena parte de ellos víctimas del hambre y las enfermedades) en diez años. Subo la escalera de pino que conduce a la segunda planta. En un rincón de la sala, desplegada en gran formato, descubro una imagen traviesa: una primera plana de El Imparcial que magnifica los triunfos del ejército huertista en 1914. No es eso lo que llama mi atención sino una nota marginal sobre el arribo de una nueva y muy nutrida misión diplomática china. La integraban los señores Chen Loh, Hu Chen Ping, T. Chen y George H. Hu. Infiero que entre sus encargos albergaban el reclamo a Victoriano Huerta de los tres millones cien mil pesos en oro que el presidente Madero prometió pagar tras la desgracia lagunera. Pero a Madero lo mandó asesinar el propio Huerta una noche de febrero de 1913, sin permiso de la civilización occidental y con la venia del Muy Respetable Señor Embajador de los Estados Unidos. Dudo que estuviera entre los planes del gobierno golpista amortizar las deudas de un demócrata muerto.

—¿Quiere un té? —pregunta Silvia.
Acepto.
Nos dirigimos a su oficina, un edificio independiente ubicado en el traspatio del precioso chalet. Conversamos. La maestra me hace un resumen del libro Tulitas of Torreon, me muestra imágenes de la época revolucionaria captadas por H. H. Miller, me permite digitalizar un ejemplar de The Torreon Enterprise que conserva enmarcado sobre su escritorio, me concierta una cita con Ilhuicamina Rico, historiador local que ha escrito sobre el movimiento magonista en La Laguna…

—Mire —dice girando hacia mí la pantalla de su computadora—: así es como se veían las turbas de menesterosos captadas por la lente de Miller la víspera del asalto.

La fotografía muestra un conjunto de carretas en formación dizque militar. No hay armas a la vista. Los vehículos parecen cuerpos de gigantes acuclillados y desnudos. La madera está podrida. Los personajes —hombres y mujeres— lucen paupérrimos.

—Fueron ellos quienes atacaron a los chinos —asevera Silvia—. Eran una troupe de pícaros que seguía a todas partes a los ejércitos revolucionarios con la abierta intención de consagrarse al saqueo. La mayoría ni era de aquí. Como apunta Juan Puig al final de Entre el río Perla y el Nazas, la del 15 de mayo fue una tragedia espontánea: la reacción de una masa popular que desahogó su frustración sobre un grupo particular de inmigrantes por considerarlos demasiado diferentes. Poco o nada tiene que ver lo que pasó con un acto de xenofobia de los laguneros.

Palabras más o menos, y a excepción de unos cuantos, ésa es la opinión de los historiadores mexicanos. Es una tesis plausible y, a la vez, una muy conveniente para la idiosincrasia lagunera, la burguesía y los anales de la patria. Es una tesis con la que no estoy de acuerdo y cuyos argumentos me propongo rebatir.

L matanza de chinos de Torreón es un episodio revelador y soterrado de la Revolución Mexicana, y no podría decirse que el nulo (re)conocimiento histórico que hay de ella se deba a falta de testimonios. Entre 1911 y 1934 circularon distintas versiones orales e impresas. Son varios —no diré que muchos— los académicos que se ocuparon del tema entre 1979 y 2012. Si leyera en términos borgesianos, diría que es algo que quiere ser contado: cada pocos años se defiende de morir. Este libro es apenas una versión de ese gesto.

Al mismo tiempo, distintas pulsiones sociales —incluyendo, curiosamente, a los actuales chinos de Torreón— han hecho todo lo que estaba en su poder por desleír el relato. De ahí que sea difícil acceder a sus claves más sutiles.

Me enteré cuando era niño. Me lo refirió Julián Jiménez Macías, un chico proveniente de La Laguna que cierta noche de Halloween, mientras pedíamos “dulce o truco” por las calles oscuras del Barrio del Alacrán, me descalabró a causa de un precoz lío de faldas. A manera de castigo y por orden de sus padres, mi tocayo ocurrió dos o tres tardes junto a mi lecho de convaleciente. Procuraba resarcirme del madrazo con la crónica de partidos de futbol llanero, páginas de la nota roja y antiguas historias de cadáveres. En la versión que él contaba, el homicida de los chinos habría sido un fantasma legendario: Pancho Villa.

Al paso de los años descubrí otras encarnaciones del suceso y no pocas veces imaginé que le dedicaría una noche de prosa. Tuve el pretexto en 2012, cuando se reeditó Entre el río Perla y el Nazas. Mi intención era hacer una reseña; tres cuartillas máximo. Pronto descubrí que tenía demasiada información y, sobre todo, demasiadas opiniones encontradas. Me tentó la idea de emprender algo más largo a partir de Entre el río Perla… y de otras fuentes. “Será —pensé— un ensayo de entre 15 y 20 páginas.”

El genocidio que México no quiere recordar.

En el verano de — había indagado suficiente como para plantearme la aventura de una novela histórica, pero en cuanto empecé a inventar noté que traicionaba los materiales: la ficción ya la había escrito el Espíritu Nacional. Lo que no había, o existía a medias, era la crónica. Decidí hacer un relato ambiguo, un corte estilístico transversal donde los eventos del pasado y sus muescas en el presente (y en mí) se engarzaran en un solo territorio. Una lectura gonzo aplicada a la historia. No una épica o una tragedia ni mucho menos una tesis universitaria: un reportaje ubicuo.

A contramano de lo anterior, y conforme avanzaban mi indagación y su escritura, noté que la pulsión de la novela total me arrastraba a la fiebre. Para narrar la masacre, me pareció indispensable trazar anécdotas en torno al modo en que llegué a las fuentes y registrar la peculiaridad de que el pequeño genocidio siga siendo tabú para muchos torreonenses (especialmente para los empresarios). Para explicar por qué Torreón tuvo una colonia china tan próspera a principios del siglo XX, fue necesario contar la meteórica fundación de la urbe, describir la condición mitad aristocrática y mitad picaresca de La Laguna, consignar el multiculturalismo y el racismo presentes en la tradición de la comarca. Para explicar por qué la sinofobia nacional tuvo su expresión apoteósica en un ferropuerto, tuve que volver a los orígenes y las consecuencias de la diáspora china y a su peculiar carácter trasnacional, cuya unidad cultural y financiera se extendió durante 100 años por Canadá, Estados Unidos, México y el Caribe.

También debí recurrir a la prensa satírica del porfiriato y a los primeros documentos sobre la migración ilegal entre México y Estados Unidos, cuyos protagonistas no fueron mojados mexicanos sino cantoneses.

No me atreví a desaprovechar la historia del primer filósofo confuciano que pisó las calles de un pueblo del oeste: Kang Youwei, el hombre que encabezó la primera revolución moderna en China y cuyo pensamiento tendría a la postre alguna influencia en el de Mao Zedong y cuya tendencia a la especulación inmobiliaria fundaría en el desierto mexicano la compañía bancaria y de tranvías Wah Yick: un edificio que fue el corazón urbano de la mayor matanza de orientales en América.

A ratos dudé si a cualquier no lagunero podría interesarle la historia de La Laguna. La conservo porque me importa el teatro de la masacre. También porque se trata de una comarca míticamente rancia e inusitadamente joven; tanto, pongo por caso, como el humilde pueblo de pescadores japoneses que habría de convertirse a finales del siglo XIX en el soberbio puerto de Yokohama. Ambos territorios geográficos y simbólicos son la puesta en escena de la utopía industrial y comercial del liberalismo, una religión laica que extrajo de la nada mundos que, en ciertos husos horarios, envejecieron prematuramente: casi a la misma velocidad que un ser humano.

(Miento; decidí conservar mi retrato de Torreón por una mera pulsión textual: el deseo de narrar una ciudad a la que amo en clave de parodia —en el sentido etimológico que da Gerard Genette a esa palabra: una oda paralela— de la novela latinoamericana del siglo XX.)

Me gusta la idea de que estas páginas podrían contener un relato pero también un ensayo: una reflexión oblicua sobre la violencia en México. Conversé con historiadores para dar a mi criterio un punto de partida sólido, entrevisté a cuantos taxistas se cruzaron a mi paso, procuré ver el reflejo de la historia patria en la vida cotidiana del Torreón contemporáneo, recopilé anécdotas sabrosas cada vez que pude y sin importar que ello me condujese a barrabases digresiones… El resultado es un libro medieval: una denuncia barnizada de crónica militar y financiera salpicada de pequeñas semblanzas biográficas que imita con igual (mala) fortuna a Stefan Zweig que a Marcel Schwob. Una antología de textos ajenos glosados y/o plagiados en un lenguaje que rehúye la escritura creativa. Una antinovela histórica sobre escritura: un caldo de prefijos como huesos para dar sabor a un graso campo literario donde la carne se acabó.

¿Por qué alguien querría leer un libro así?

Esa pregunta me hice en octubre de —. Había redactado 180 cuartillas de La casa del dolor ajeno cuando me invitaron a hablar de él en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Dudé: si mi retablo regional corría el riesgo de no ser interesante para los mexicanos, ¿qué caso tendría comentarlo con gente que vive al otro lado del mundo?

Viajé a Santiago de Chile en compañía de Cristina Rivera Garza. El tema de nuestro encuentro fue uno que todavía hoy mantiene en vilo mi lenguaje: la desaparición forzada (establecida en febrero de 2015 como homicidio múltiple por el sistema judicial mexicano) de 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, en el estado de Guerrero. En aquel momento —mientras bajábamos desvelados del avión y nos encontrábamos con los profesores Macarena y Fernando, nuestros anfitriones, y Cristina era detenida durante una hora por la policía de aduanas debido a que olvidó declarar una inocente bolsita de almendras— no sabíamos que el caso iba a convertirse en lo que fue: el fenómeno social y mediático que más profundamente afectaría la presidencia de Enrique Peña Nieto. Si bien los 43 no son la desaparición forzada más grave acontecida en México, sí representan una fractura medular entre la sociedad y el Estado. Suave Patria parapléjica y diamantina.

Mientras yo hablaba en el Centro Cultural Gabriela Mistral, GAM, de cualquier cosa, en decenas de ciudades mexicanas nació un fenómeno de indignación que recorrería brevemente el planeta. Esa noche, leyendo las noticias en un hotel de Providencia, decidí que la masacre torreonense podía no importarle a nadie pero funcionaba para mí como el escudo de Perseo: un círculo pulimentado por el tiempo en cuya superficie logro atisbar, sin verme petrificado, la cabeza de Medusa en la que se ha convertido mi país.

Esta no es la historia que buscabas: es la que tengo.

La primera referencia data del 16 de mayo de 1911. Uno de los sobrevivientes se las ingenió para huir de Torreón, donde la línea telegráfica había sido cortada, y se trasladó a Monterrey o a Saltillo, desde donde envió a Ciudad Porfirio Díaz un cable dirigido al empresario Wong Chan Kin narrando el pequeño genocidio. Kin participó la información a Shung Ai Süne, encargado ad interim de negocios chinos en la ciudad de México. Éste alertó por último al agonizante régimen porfirista. Tanto la prensa nacional como la extranjera ignoraron la noticia hasta el 22 de mayo. Semejante dislate no tendría explicación si no fuera por el balde de pólvora que se derramaba entonces a través de los pulmones de la Suave Patria.

A mediados de mayo de 1911 se fraguó, al margen de las efemérides, la defenestración de Porfirio Díaz, ese extraordinario estadista que tuvo la ilusión de que la modernidad podía introducirse en un país mediante estructuras metálicas, inmigración de gente rubia y cargas de caballería sobre la población civil. El 8 de mayo, un ejército de cerca de 2 500 hombres comandado por Francisco Villa, Pascual Orozco y Francisco I. Madero sitió Ciudad Juárez. El 13, las tropas irregulares de Durango y Coahuila asediaron Torreón comandadas por Emilio Madero y Jesús Agustín Castro, un ex tranviario de 23 años. Ese mismo día, Emiliano Zapata cercó Cuautla y puso en jaque a las tropas de Victoriano Huerta, quien no se atrevió a combatir a campo abierto por miedo a dejar desamparada la capital de la nación. Ciudad Juárez cayó el día 10. Torreón, el 15. Cuautla —luego de una semana de tremendos combates—, el 19. Aunque se trató más de una coincidencia que de un evento coordinado por los insurrectos, perder simultáneamente esas tres batallas les costó el régimen a los Científicos. Para el 22 ya no existía el antiguo gabinete y la renuncia de Díaz —efectiva a partir del 25— era cosa de trámite.

Fue ese 22 de mayo cuando se publicó la noticia: en Torreón, las tropas maderistas habían asesinado —se computaba entonces— a 224 chinos y siete japoneses. Una buena cantidad de notas aparecieron en la prensa estadounidense, mexicana y china. La cobertura extranjera —muchas veces errónea: The New York Times afirmó que el doctor Lim había muerto linchado— condenó los sucesos. La prensa mexicana se debatía entre una indignación histérica y evidentemente porfirista; una defensa a rajatabla del maderismo, cuya estrategia fue desde el principio culpabilizar a las víctimas acusándolas de combatir en forma armada al ejército revolucionario; y un humorismo cínico y racista que minimizaba la barbarie arguyendo que, después de todo, tampoco es que la vida de un chino valiera tanto como la de un mexicano.

Se ordenaron cuatro investigaciones.

La primera, promovida a finales de mayo por Emilio Madero, recayó en la persona de Macrino J. Martínez, un revolucionario torreonense que, sin mayor trámite o currículum, recibió el nombramiento de juez militar. La segunda, la dirigió Jesús Flores Magón y fue superficial y lenta; apenas si vale la pena hablar de ella. La tercera, comisionada en agosto por la Secretaría de Relaciones Exteriores, fue dirigida por Antonio Ramos Pedrueza, prestigiado jurista y diputado de la XXV Legislatura (la última de don Porfirio). La cuarta investigación, también de agosto, se llevó a cabo a nombre del gobierno chino con asesoría de funcionarios estadounidenses. Los comisionados fueron Chang Yin Tang (quien no viajó a Torreón sino que envió a su secretario particular, Owyang King) y los abogados Lewens Redman y Arthur W. Bassett. También contó con el apoyo extraoficial del juez Lebbeus R.Wilfley, quien fungió como redactor de diversos documentos e informante personal del presidente Taft.

La investigación —si es que puede llamársele así— de Macrino J. Martínez fue un amasijo de retórica infumable, testimonios falseados y trapacerías diversas cuyo objetivo era exculpar a los soldados maderistas y convencer a la opinión pública de que la colonia china había atacado primero al Ejército Libertador de la República.

El documento de Flores Magón sería el más tardío de todos: se concluyó en diciembre de 1911. Da cuenta de 10 órdenes de aprehensión contra presuntos culpables.

El informe de Ramos Pedrueza no sólo es una importantísima fuente histórica; es también la principal fuente ideológica de las tesis que los historiadores mexicanos sostienen sobre la masacre, una lectura jurídicamente concienzuda que se atiene a los hechos, ignora el contexto y recurre al expediente antropológico y al enigma de la violencia perpetrada por una masa anónima para dar una explicación que no involucre a la gente decente.

La indagación del gobierno oriental desembocó en un pequeño informe que fue publicado en forma de folleto bilingüe inglés/español y se imprimió en un papel mucho más bonito que el de cualquiera de los reportes nacionales. No es un documento tan prolijo como el de Ramos Pedrueza (cita 15 testimonios, ninguno de los cuales es incluido en forma directa), pero reúne las anécdotas más vívidas y crueles de la matanza.

Con los años, el gobierno federal integró un expediente de cuatro legajos (miles de páginas) que incluye artículos periodísticos nacionales y extranjeros; los oficios y telegramas entre distintas instancias oficiales, algunos escritos en un hilarante lenguaje cifrado; la correspondencia diplomática entre México y la legación china; los informes emanados de las comisiones investigadoras; y los engorrosísimos trámites para establecer el monto y las fechas de pago de una indemnización a favor del imperio celeste. Los papeles se acumularon hasta 1934, año en que la sinofobia personal de Plutarco Elías Calles, Jefe Máximo, adquirió dimensiones de política exterior y sepultó cualquier esperanza de arreglo. Los documentos se encuentran en el Archivo Histórico Genaro Estrada de la Secretaría de Relaciones Exteriores, en la ciudad de México.

Me despido de Silvia Castro y salgo del Museo de la Revolución por el portón trasero, una verja pintada de color verde bandera que da a una calle diagonal cuya desembocadura es el bulevar Independencia. Antes de cerrar la puerta (“Jálele fuerte —me ha dicho la maestra—, porque si no se nos meten y ni nos damos cuenta”), echo una última mirada al chalet del doctor J. Wong Lim. Visto de espaldas, el edificio tiene un aura sombría. No sé si esto se deba a que a su lado aparece el moderno y modesto reducto de las oficinas, o quizás a que el esplendor que antes percibí en su fachada sólo se logra en presencia de una naturaleza civil: césped bien cuidado, enredaderas de colores, árboles centenarios que han sido abastecidos con suficiente agua… Así ha de verse, pienso, la parte trasera de cualquier construcción histórica: será una zona de obscenidad elemental, la imagen de una estructura que ha sido despojada de los adornos que le impuso la jardinería; es decir, la retórica. Esta idea del despojo me trae a la memoria otra anécdota de la masacre.

Dicen que, mientras los mataban, algunos maderistas descubrieron que los chinos guardaban sus ahorros en los zapatos. La voz se corrió. Por eso los improvisados sepultureros que arrojaron los restos a la fosa común notaron que los muertos iban descalzos.

Cruzo corriendo el bulevar Independencia. No hay semáforo ni puente peatonal entre la tienda Soriana y el hotel donde me hospedo, así que sorteo el tráfico del mediodía al puro valor mexicano, toreando automóviles bajo el tremendo sol del desierto de Mayrán. Imagino una cohorte fantasmal: los espectros de 303 chinos que recorren —con los pies desnudos, quemados por el asfalto— las calles de una ciudad que no los conoce.

Ilustración: Diego Huacuja T.

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