La segunda Bachelet

Con una mayor comprensión de las demandas del pueblo chileno, más madura y menos dependiente de su encanto para llegarle a la gente, Michelle Bachelet se prepara para su segunda presidencia. Todos los ojos están fijos sobre ella.

Por Patricio Fernandez
El defecto que más le destacan a Bachelet es su desconfianza.

El defecto que más le destacan a Bachelet es su desconfianza.

Cuando Michelle Bachelet ganó las elecciones presidenciales por primera vez, el 11 de diciembre de 2005, miles de mujeres llenaron la Alameda, la principal avenida del centro de Santiago, luciendo bandas tricolores, como si todas ellas hubieran llegado al poder. Nunca antes una mujer había sido presidenta de Chile. El discurso de género fue importante durante esa campaña. Su corte de pelo se puso de moda: comenzó a hablarse de las bachimelenas para referirse a quienes, igual que ella, usaban el cabello chuzo y corto, como un casco de coirones. Se trataba de una mujer separada, con hijos de distintos hombres, que había sufrido la tortura y el exilio, hija de un padre muerto a manos de la dictadura. Fue un triunfo altamente simbólico.

Seis años antes, cuando el presidente Ricardo Lagos le ofreció ser ministra de Salud, casi nadie sabía de ella. La doctora Bachelet había llevado la vida de una militante de base del Partido Socialista y, para entonces, trabajaba en uno de los servicios de ese ministerio. Lagos apenas la ubicaba; su nombre se lo dio el partido cuando, recién electo, pidió que le recomendaran mujeres para los ministerios.  Ella pertenecía a esa ala de La Concertación —la alianza de centro izquierda, en el poder desde la recuperación de la democracia en 1990— inconforme con los avances y críticas de los consensos alcanzados con la derecha. Para finales del gobierno de Lagos, el cuarto de los concertacionistas, la coalición ya lucía gastada. Parecía que una elite transversal se hubiera enquistado en la toma de decisiones. Los cambios en el país, desde fines de la dictadura pinochetista hasta entonces, fueron inmensos. La pobreza había bajado del cuarenta a cerca de un catorce por ciento. La capital se llenó de restaurantes. Aumentó el consumo de drogas. Los homosexuales (hasta 1999 la sodomía estaba penada) comenzaron a pasear de la mano. Coincidiendo con la explosión de las comunicaciones cibernéticas, Chile salió de su enclaustramiento. Gobernaba la centro izquierda, pero seguía siendo el prototipo neoliberal. Se hicieron todos más ricos, pero algunos demasiado más que otros. La riqueza continuó su camino de concentración en poquísimas manos, mientras las seguridades sociales seguían reinando por su ausencia. Este malestar aún no se manifestaba con la energía que lo vimos estallar más tarde, cuando ella irrumpió como candidata a comienzos de 2005.

La primera Bachelet no representó un cambio en la línea económica ni tampoco una reforma importante en las instituciones políticas, todavía muy teñidas por el autoritarismo pinochetista. Creó un pilar solidario en el sistema de pensiones que le dio una base a los que no recibían nada, pero no tocó la administración privada de las jubilaciones. Ella simbolizó, de alguna manera, la reconciliación de la sociedad chilena, una especie de sanación, un cierto bálsamo materno. Su popularidad, en efecto, se vio catapultada por un hecho revelador: ella, la hija de un militar asesinado por sus pares, recién nombrada ministra de Defensa (2002) se subió a un tanque anfibio mowag, con medio cuerpo afuera, sonriente y rodeada de soldados en tenida de campaña, para recorrer ciertas poblaciones anegadas por un temporal. La imagen, capturada por la prensa, produjo un efecto impresionante en sus índices de aprobación. ¿Qué tuvo esa fotografía que terminó cuajando en Michelle Bachelet las aspiraciones de tanta gente? ¿El encuentro de una historia quebrada, la placidez de una sonrisa en medio de gestos adustos, la posibilidad de cambiar el tono, el fin de la guerra…? No llegaba a La Moneda un político como el resto, sino alguien mucho más cercano y espontáneo. No hay quien conozca a Bachelet que hable mal de ella como persona. Es compleja, la mayor parte de los seres humanos lo son, pero no tiene dobleces. El defecto que más le destacan es su desconfianza. Y la verdad es que razones tiene de sobra para desconfiar, porque desde que a su padre lo mataron los propios compañeros de armas y hasta un novio suyo que fue funcional a los torturadores, de traiciones ha sabido.

Durante su primer periodo no le fue fácil gobernar. Resintió el machismo de los grandes señores de la política y la fuerza de los intereses partidarios. Durante los primeros años de su mandato, sus cercanos acusaron “un feminicidio político”. Ella no era, por otra parte, una maestra en el arte del tejemaneje de los hilos del poder. Las ínfulas renovadoras con las que comenzó su gobierno 2028—caras nuevas, paridad de género— a medida que pasaba el tiempo fueron cediendo cupos a la experiencia de los viejos zorros. No se trató de una administración especialmente transformadora. Vivió la primera gran explosión del movimiento estudiantil, entonces conocido como “El Pingüinazo” —eso parecen los escolares de uniforme: pingüinos—. Ya entonces pedían lo mismo por lo que volvieron a protestar, con multiplicadas energías, cinco años más tarde. Terminó, sin embargo, con una aprobación impresionante, cercana al ochenta por ciento. No supo —¿o no era posible?, ¿o no intentó lo suficiente?—, traspasar a Eduardo Frei, una carta vieja de la vieja Concertación, su todavía fresca popularidad. Y, así las cosas, el año 2009 ganó la derecha.

En una entrevista que le hice al final de su primer gobierno, Michelle Bachelet me dijo: “Lo que más me gustó fue conocer las casas de los chilenos por dentro”. Lo decía sin una pizca de ingenuidad. Entendía que la relación de la gente con sus autoridades había cambiado y buena parte de los dirigentes de su propio sector no lo querían comprender. Hartos de los acuerdos cupulares, los ciudadanos aspiraban  ser escuchados.

A comienzos del gobierno de Sebastián Piñera, Bachelet asumió en Nueva York la dirección ejecutiva de la recién creada ONU Mujeres, en calidad de secretaria adjunta de Naciones Unidas. Según ella, se fue de Chile para facilitar el surgimiento de nuevos liderazgos, lo que no sucedió con la fuerza que esperaba. Durante su ausencia, en cambio, despertaron los movimientos sociales. Las protestas no apuntaban solamente al actual gobierno de derecha, sino también a las políticas de La Concertación. El año 2011 cientos de miles de personas marcharon reclamando educación gratuita y de calidad, respeto por el medio ambiente y por las comunidades locales a la hora de implementar proyectos energéticos, matrimonio igualitario, un nuevo trato con el pueblo mapuche y mayor autonomía para las regiones. En ninguna de estas causas se echaba de menos a los gobiernos anteriores. Prácticamente no hubo político conocido que se asomara por esas manifestaciones porque hubiera sido blanco de abucheos e insultos. Empezó a sonar fuerte la demanda por una nueva constitución. La institucionalidad imperante —aunque con correcciones, heredada de tiempos de la dictadura—, no estaba a la altura de las nuevas demandas democráticas. No es fácil dar con las razones precisas que permitieron, mientras todo esto sucedía, que el nombre de una lejana Michelle Bachelet siguiera creciendo en las encuestas. Ella no daba entrevistas ni hacía declaraciones, pero, literalmente, brillaba por su ausencia. Buena parte de los reclamos apuntaban a su gobierno, no obstante lo cual mantenía la confianza de la ciudadanía. La Bachelet que volvió a enfrentar esta nueva elección presidencial, sin embargo, ya no era la misma. Y el país, ciertamente, tampoco.

Es bastante claro que un ciclo de nuestra historia, en Chile, ha llegado a su fin. El 2013 se cumplieron cuarenta años del golpe de estado de Pinochet y veinticinco desde que el no ganara en el plebiscito con que terminó su gobierno. Las demandas de hoy no son las de los años noventa. Si entonces lo que se exigía era saldar las deudas de la dictadura, en esta nueva etapa se le están cobrando a la democracia. Durante todo este tiempo en Chile se festejó la energía individual y el emprendimiento privado como valores supremos. Diría que hoy acá nadie duda de la necesidad e importancia del mercado. Hechos sucesivos, sin embargo, fueron dejando a la luz que en esta carrera había trampas inaceptables. Los accionistas mayoritarios se aprovechaban de los minoritarios, las grandes cadenas de farmacias se ponían de acuerdo para subir los precios de los remedios; La Polar, la más popular de las multitiendas, le cobraba a sus deudores pobres intereses descomunales. Chile se llenó de universidades privadas que hallaron un nicho de negocio en la promesa de un título profesional para los hijos de quienes nunca lo tuvieron. Hoy son muchos los obreros endeudados por querer mejorar el estatus de su descendencia. Pero muchas de esas universidades, movidas por el lucro y no por el amor al saber, estaban dando cartones vacíos, y el Estado avalando los préstamos que oxigenaban su estafa. En las escuelas quedó demostrado que se vivía una segmentación quirúrgica. Los pobres estudiaban con los pobres, los menos pobres con los menos pobres, la clase media con la clase media, y así sucesivamente, hasta la cima gloriosa de los privilegiados. El movimiento estudiantil tomó esa fuerza gigantesca, porque para todos era claro que allí estaba el germen y la más nítida fotografía de nuestra desigualdad. Bachelet, apenas llegó, aseguró suscribir todos estos reclamos. “De haber estado acá, me dijo, me hubiera gustado marchar”.

Tres fueron los ejes de su segunda contienda presidencial, la que el quince de diciembre ganó con un sesenta y dos por ciento de las preferencias: reforma tributaria, educación gratuita y de calidad, y nueva constitución. Esta vez no fue sencillamente su encanto el motor de la campaña. Supo encarnar mejor y con más realismo lo que la población reclamaba: una mayor intervención del Estado, sin necesariamente estatizar. Regresó bastante más formal: la bachimelena dio paso a un corte aerodinámico, cambió las ropas sueltas por trajes de dos piezas y ajustados, y estuvo menos tallera y festiva.

Dio por superada La Concertación y constituyó una alianza más amplia, desde la Democracia Cristiana al Partido Comunista, hoy conocida como La Nueva Mayoría. Estableció lazos con los principales dirigentes del movimiento estudiantil, varios de los cuales llegaron al parlamento. Camila Vallejo, su rostro más emblemático, fue electa diputada haciendo campaña junto a ella.

Por estos días se espera que haga público su gabinete. Entonces podrá verse con más claridad la estrategia que elija para llevar a cabo sus promesas a partir del once de marzo, cuando asuma. Michelle Bachelet es de izquierda, pero pragmática. No juró transformaciones imposibles y en varias de sus intervenciones —que no fueron demasiadas, porque llegó más hermética y calculadora que nunca—, procuró morigerar las expectativas desbandadas. Sabe que sus ministros no pueden repetir una foto del pasado. Hará esfuerzos por incorporar rostros nuevos. Pero ya fue presidenta una vez y sabe también que las habilidades políticas no se improvisan, y que su manejo en esta área deberá ser mayor que a comienzos de su presidencia anterior. Son muchas las diferencias que deberá administrar al interior mismo de su coalición de gobierno, sin considerar todavía esa ciudadanía activa y lejana a los partidos que difícilmente acallará sus exigencias cuando las vea contradichas. Los ajustes por realizar no son menores. Lo que se espera de ella, en el fondo, es algo parecido a un nuevo pacto. El problema de Chile hoy no es precisamente la pobreza, sino la inmensa desigualdad instalada en todos los ámbitos: el económico, el social, el cultural y el político. Más allá de su traducción a las discusiones concretas, es eso lo que esconde el compromiso de una nueva constitución: un acuerdo que permita dar un salto democratizador, acorde a los tiempos y a los nuevos deseos de la comunidad. El reto no es pequeño. Veremos cómo le va. //

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