Archivo Gatopardo

La voz de Chipilo

En las calles de un pueblo de México, en el altiplano más mestizo, se habla una lengua italiana del siglo XIX. Lo que comenzó como un experimento de la época es ahora una comunidad de colonos en lucha por preservar una cultura que, según pasan los días, se vuelve más insólita.

Por Pablo Zulaica Parra / Fotografía Felipe Luna

"Somos el único pueblo de México de puros italianos. Pero allá nos llaman 'messicani', los mexicanos"

"Somos el único pueblo de México de puros italianos. Pero allá nos llaman 'messicani', los mexicanos"

“Somos el único pueblo de México de puros italianos. Pero allá nos llaman ‘messicani’, los mexicanos”

El chipileño, una lengua de otro tiempo
En el centro de Chipilo, el cantante de ópera Hugo Colombo habla y su voz es un trueno bien impostado que sube y baja el tono como lo hacen los italianos al hablar. Es como si sus palabras dibujaran una y otra vez las laderas del Monte Grappa, la colina que queda en el centro del pueblo, justo frente a la terraza en la que acaba de pedir un ron a gritos en un dialecto véneto, que es característico de esta zona. Sin levantarse de su silla, en el mismo idioma, Hugo también pide un café a la pizzería de Paolo, que está en la esquina de enfrente. Eso no es raro, porque Hugo es el tenor de Chipilo. Lo raro es Chipilo. Está a quince kilómetros de Puebla, y Puebla está en el centro de México.

A la lengua de Hugo se le llama “chipileño”. No es italiano. Tampoco es véneto, que se habla alrededor de Venecia, sino una rama de ese idioma que se distanció en el espacio y el tiempo. En el pueblo de Hugo la gente cuenta con orgullo que una lingüista estadounidense, Carolyn MacKay, ha escrito un diccionario mexicano-véneto-italiano-chipileño. Es un diccionario sólo de utilidad para los tres mil quinientos habitantes de Chipilo.

El véneto llegó a México en 1882 de la mano de un grupo de migrantes de Segusino, un pueblo del interior no muy lejano a la ciudad de Venecia. Corrían los tiempos de Giuseppe Garibaldi y el romanticismo estribaba en unificarlo todo en torno al sentimiento de una nación italiana recién fundada. También su idioma. Cuando algunos de aquellos campesinos dejaron sus hogares, cada comarca o valle tenía sus particularidades lingüísticas mucho más diferenciadas que en la Italia de ahora. Y ésa es la razón de que el dialecto chipileño tenga, si cabe, más valía, porque aquel véneto llegó aquí intacto, sin normativizar, y conservó todos sus matices.

“Es más puro, porque no está ‘contaminado’ del italiano unificado —dijo Hugo—. Quieren hacer un reglamento del véneto de Chipilo, pero ¿cómo lo van a hacer si ni siquiera el véneto que se habla ahora en Italia tiene uno?”

Hugo explica su postura. En su opinión, su dialecto debe volar libre. Para él, que vive y canta en chipileño, fijar una gramática sería un sinsentido, en especial si su tradición ha sido eminentemente hablada. Enfrente están los partidarios de normativizarlo. Dicen que en esa inconsistencia está el peligro, ya que muchos de sus hablantes no saben cómo deben escribirse los fonemas.

La lengua es sólo el principio. No se trata únicamente de ella. Chipilo es pequeño y con sólo un paseo se comprende que es mucho más que una forma de hablar lo que allí preservan.

Dos tierras y una identidad muy propia
Éstas son algunas particularidades de Chipilo: tiene un idioma que casi nadie comprende. Es un pueblo de “güeros” —rubios, pálidos— en una zona mestiza que hasta hace poco se hablaba náhuatl. Es una comunidad de ganaderos prósperos donde antes no crecía nada. Y su virgen —María Auxiliadora—, se atreve a disputar la predilección guadalupana. Pocos conocen Chipilo y menos aún tratan de comprenderlo. ¿Acaso los chipileños mismos lo entienden? Saben, como Hugo, que su supervivencia pasa por explotar esas rarezas. Que lo peor que les podría suceder es pasar desapercibidos.

Y una de esas rarezas es que Chipilo no tenía comunicación con Segusino, el pueblo de origen. La mayoría de los chipileños nunca tuvo la oportunidad de visitar su madre patria y su “italianidad” ha sido hija de una herencia. El primer encuentro de sus pobladores sucedió apenas en 1982, año del centenario de Chipilo. “Digamos que allí se habían olvidado de los que vinieron”, dijo Hugo. “Desde ese año, varios fuimos y vinimos. Pero ahora nos conocen más en Italia que en México”.

La comunidad ha logrado apoyos de ultramar y ahora recibe algunas partidas de fondos italianos y europeos para la conservación de su patrimonio intangible. Pero en México muy pocos la conocen.

Me tocó presenciar la siguiente escena: estábamos Hugo y yo a unos kilómetros de Chipilo, en la iglesia del pequeño pueblo de Tonantzintla. El guía explicaba a los visitantes la valía de su retablo indígena. Una oyente cercana, cosas del azar, dijo ser conductora de un programa de ópera en una radio de Puebla. “Soy tenor —le dijo Hugo—, y de Chipilo”. Y ella, sorprendida, deseaba saber más. Hugo no le platicó que ha cantado en la inauguración de la Puerta Santa vaticana (2000), que por ello acompañó a Juan Pablo II a sus vacaciones invernales en Cortina d’Ampezzo, ni que es primer tenor en la Capilla Musical Pontificia y en Santa María la Mayor, en Roma. Ésos son los datos para los que no sabemos canto. A ella le contó de sus clases magistrales con Jonas Kaufmann y el peruano Juan Diego Flórez. Le habló de su maestra Pamela Hebert, ex alumna de Maria Callas en los teatros neoyorquinos. La mujer iba entendiendo y le pidió que, por favor, cantara. Hugo dijo que no, pero pulsó play en su iPod, en el que tenía apenas grabado un minuto de canto. Y ella calló, se puso la mano en el pecho, cerró los ojos y sonrió. Al cabo de un minuto, cuando los abrió, estaban llenos de lágrimas.

Hugo es el habitante más cosmopolita de Chipilo, pero no lo conocen en Puebla.

Pero Hugo admite que, de México, apenas conoce Chipilo y el aeropuerto del DF. En 1999, con apenas diecisiete años, se fue a vivir a Italia. Primero a Segusino, luego estudió en París y en Padua y ahora pasa la mayor parte del año a caballo entre Padua y Roma, según dónde deba cantar. Hace dos meses que llegó a Chipilo y, por primera vez, se siente mejor aquí que allá.

“Mi cultura me ha obligado a seguir defendiéndola porque somos pocos. No me siento mexicano, pero tampoco italiano porque no sería el mismo habiendo nacido y crecido allá. Pero quizá saber que algún día regresaré aquí me ha hecho valorar un poco más México”, dijo Hugo.

Para solicitar la ciudadanía italiana, Hugo debió presentar los papeles de sus padres y sus cuatro abuelos. Explicar que es chipileño no le hubiera servido de mucho.

Como a “la Roma”.

Sentados en un escalón frente a la vinatería, a las afueras de Chipilo, nueve jugadores de futbol se hidrataban con dos six de cerveza. Entre ellos había varios pelirrojos pecosos, güeros de ojos rasgados con narices aguileñas. Todos vestían short, el mismo color negro y el mismo color naranja, con logos de Kappa y Diadora, ambas firmas italianas. Bromeaban en voz alta en algo que no se entendía nada. Era domingo, aún temprano, y en Chipilo acababa de jugar la Roma.

—Sí, somos la Roma y hoy perdimos, por si quieres apuntar.

A la Roma de Chipilo la había derrotado “el Necaxa”. Participan en la liga regional de Tlaxcalancingo y no son el único equipo del pueblo. También participan el Chipilo 100, “la Juve” y “el Inter”. En la cancha, todos ellos hablan véneto antiguo, y eso no les granjea demasiadas amistades.

“Sí nos ‘opacan’, no nos quieren en esa liga —dijo uno—; se burlan de la manera como hablamos”.

“Ya nos llamaron la atención, no quieren que hablemos así —dijo otro—. Creen que los estamos insultando, dicen que los ofendemos”.

Sin entrar al contenido, tiene mucho de heroico que en las canchas de México se hable una lengua así. Y no sólo pasa en las de futbol. En las gradas del club deportivo, a unos quince minutos a pie, una señora de aspecto nórdico y labios de color carmín que recoge las últimas existencias del bar me indica que los viejos de las “bochas” aún están jugando en su rincón. Los gritos llegan desde atrás de una fila de cipreses, donde unos quince sombreros vaqueros revolotean en una calva del terreno, pura tierra gris, alrededor de unas bolas de colores. Entre bravuconadas y aspavientos —y vasos de tequila y de mezcal con gusano, porque el vino italiano, que sí llega, es aún demasiado caro—, los hombres discuten si jugarán otra partida de bocha, una especie de boliche popular de Italia. Hablan todos a la vez, como si fuera un salón de niños grandes. La mayoría son pálidos y altos, visten pantalones de rayas y camisas lisas o a cuadros. Sólo uno usa gorra y algunos tienen bigote, pero a ninguno se le entiende nada.

Noatri parlon “talian” —explica uno de ellos, ya más calmado, poniendo la fuerza en la última “a”—. Talian legitimo. Son incomunicabili. A Segusino, dialecto segusino.

He tenido que pedir a José Manuel Berra Belloso que no cambie su habla para dirigirse a mí. Sus abuelos fueron italianos y españoles, y él se comunica en chipileño, véneto antiguo o, como dice él, talian. Sería difícil imaginar las bochas sin talian.

Quizá la amenaza más grande para cualquier minoría cultural sea la incapacidad humana de comprender lo diferente. Eduardo Montagner, un estudioso local, extrapola los problemas del ámbito lingüístico al social. Menciona que se suele asimilar a los güeros con la estética, lo económico y lo urbano. Que en la comarca, al verlos rubios y entre vacas, creen que para los chipileños ser de campo es una suerte de deshonra. De hecho, muy cerca de Puebla, en la ciudad de Cholula, había escuchado que en una mezcla de sorna y deseo llamaban a las chipileñas “italianas de rancho”. Sin embargo, todo el mundo decía querer una. Lo recordé al ver a dos rubias flacas y melenudas pasar frente a la vinatería sonriendo en una Vespa. Enseguida vi a otras dos jóvenes que caminaban vestidas de domingo, una de impecable blanco. Para atravesar un baldío tomaron un atajo: pasaron frente a unas canchas nuevas con un muro a medio pintar (“A. S. Roma, scuola affiliata, campus Messico“), luego entre dos montones gigantes de estiércol envueltos en nubes de moscas y, sin mayor complicación, saltaron un riachuelo con la ayuda de unas piedras. Así son las güeras de rancho.

EN CHIPILO, LOS desencuentros se dan en todos los planos y parecieran demostrar que la naturaleza de sus habitantes lleva una contradicción implícita. También en el aspecto religioso. Muchos chipileños, que son católicos y no poco devotos, se dirigen cada 8 de febrero hacia el Paso de Cortés, un paraje a más de tres mil quinientos metros de altitud entre los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl, en su peregrinación hacia el Distrito Federal. Caminan unos ciento treinta kilómetros para llegar a la Basílica de Guadalupe. Sin embargo, cuando el viejo párroco de Chipilo cambió la imagen de María Auxiliadora, la que más devotos tiene, por una Guadalupana, no hizo muchos amigos. Según Hugo, al padre se le acusaba de llevar el templo a su antojo. Antes hubo un cura de la colonia, pero el siguiente, que vino de fuera, celebraba en español. Además, no le gustaba que en misa se cantara en chipileño, como los habitantes siempre habían hecho, porque decía que también venían fieles de otros pueblos. Y Hugo sabe que el canto es gran parte de su tradición.

—Cholula [ciudad especialmente religiosa, a escasos diez kilómetros] tiene una iglesia para cada día del año. ¿Tienen que venir a misa aquí si no quieren que cantemos en chipileño?

Chipilo es hoy un pueblo próspero de tres mil quinientos habitantes que da trabajo diariamente a cerca de tres mil personas de los pueblos aledaños. Convivir desde el respeto es a veces un complicado ejercicio de equilibrio, y al cabo de los años quedan suspicacias. Algunas controversias históricas provocaron que el pueblo cierre filas y celebre sus raíces con un modo de vida netamente familiar. Fuera, no pocos reconocen su valía para el trabajo y consideran a Chipilo un modelo de progreso. Otros, sin embargo, los acusan de elitistas y los tildan de ladrones. A ellos, los chipileños los toman por confianzudos, irresponsables e igualmente amigos de lo ajeno. Una postura acrecienta a la otra, y al revés. Hugo admite que la defensa del patrimonio sí provoca cierto racismo, o al menos clasismo. Pero no siempre es el lugareño quien marca esa diferencia: también quienes, incluso viniendo de otros pueblos de la zona, se asimilan como chipileños.

AL ANOCHECER, Elena, la tía de Hugo, nos sirve café en su cocina y luego se disculpa. Es un lugar sobrio y todo allí tiene un fin práctico. La mesa es amplia y la cocina grande porque en las casas de campo vénetas, la cocina es el centro de reunión. Desde ella, como suele ser habitual, hay acceso directo a las cuadras. Elena cuenta que a veces los peones llegan con actitud muy sumisa. Hay a quien eso le gusta y también hay a quien no. Y cuando los patrones no se sienten respetados suelen ponen el alto.
—Sabemos pintar la raya invisible. A veces basta con mirarse.

Por ejemplo, en casa de Hugo está empleada Sonia, vecina de un pueblo cercano. Hugo habla fuerte, como siempre, y ella enseguida obedece. Pero de pronto, de manera inesperada, Sonia se le pone a la altura:
—Huguito es un grosero. Hugote, porque ya está grande…

Hugo piensa en cómo devolvérsela. Ambos hacen como que se ignoran, pero aflojan algunas sonrisas. Se tienen confianza. No se da en todas las casas, pero ellos, cuando Sonia ha preparado todo, se sientan a la misma mesa. Convivencia sólo significa adaptarse a la manera de ser del otro.

Elena también ha visto casos de asimilación ideal. “Es que yo no sé qué tengan ustedes, que para trabajar saben, y podrían enseñarle a todo México”, le dijo una vez un peón. Se acuerda de un chipileño que hablaba náhuatl con sus empleados y también de algunos indígenas que sabían véneto. Y otro caso de integración, más actual, tiene lugar siempre en el Capodanno (Año Nuevo). De madrugada, muy temprano, los niños de Chipilo van casa por casa a pedir dulces entonando una canción tradicional, el “Bondi bondan” (“Buen día, buen año”). Ahora, el aguinaldo es compartido. Los niños de los pueblos vecinos comenzaron a aprendérsela y acuden a Chipilo para recitarla y ganar también sus dulces.

Los chamacos de hoy, dice ella, en véneto lo entienden todo. Pero una empleada joven le confesaba que, aun comprendiéndolo, no hablaba véneto porque su mamá se enojaba. Ya perdimos nuestro idioma, se quejaba, y ahora no vamos a perder el otro.

Otro momento que demostró lo complejo de una identidad y lo peligroso de generalizar fue el Mundial de Futbol de 2002. Aquel año, México enfrentó a Italia por un lugar en los octavos de final. En un video, los reporteros capitalinos entrevistaban a chipileños con el corazón supuestamente dividido. Ante las cámaras, al menos después de la edición, el 1-1 fue festejado en supuesta igualdad. Elena y Hugo no lo creen.

—¡Eso es porque estaban las cámaras! No somos italianos…
—Ni mexicanos tampoco. Chipilo es algo muy original.
—No nos sentimos cultos, porque no lo somos. Pero diferentes, sí.

Algunos reportajes de televisión nacional se han cuidado de mostrar que en los días patrios también hay desfiles en Chipilo. Es cierto, pero, ¿es eso, lo impuesto, lo que determina a uno? José Manuel Berra, en las bochas, también se preguntaba qué es lo chipileño.
—Somos el único pueblo de México de puros italianos. Pero cuando vamos allá nos llaman messicani, los mexicanos. Y no hay otra cosa que decir. Nosotros somos tercera generación ya. Somos mexicanos.

Cuando acabaron las bochas pedí a los participantes tomarles una foto. El talian volvió a aflorar y, en medio de otro enjambre de palabras muy lejanas, cada uno agarró una bola para posar con ella. Sentí que estaba entre una banda sinaloense y una película costumbrista italiana. Para los que llegamos de fuera, Chipilo es extraño y necesita referencias externas, pero mientras siga así será innegablemente único.

La difícil historia de Chipilo y cómo llegó hasta hoy
La noche del sábado había tenido lugar en Chipilo una función de fonomímicas —una especie de repaso a la actualidad en clave de comedia y sátira— y medio pueblo subió la escalinata por la que se accede a la Casa d’Italia. Güeros y morenos compartieron un teatro difícil de ubicar en México. Se parodió a Raffaella Carrà, Laura en América, Madonna, Alejandra Guzmán o Eros Ramazzotti. Sentados en las últimas butacas, Hugo me contó que cuando las penurias remitieron, el pueblo invirtió para convertir aquel lugar en un pequeño teatro y salón comunal. El edificio, situado en la plazoleta arbolada que hay junto a la iglesia, había servido antes para acoger a las familias recién llegadas que no tenían casa. Muchas de ellas debieron repartirse un espacio que apenas si daba para todos.

Desde 1882, año de su fundación, Chipilo fue una colonia en el sentido original de la palabra, un pedazo de aldea véneta que extrañamente, en lugar de migrar a Argentina o a Brasil como era habitual en Italia en esa época, se asentó en el estado de Puebla y creció a base de trabajo duro en unas tierras poco fértiles.

Rafael Piloni, otro de los jugadores de bochas, había intentado explicarme por qué llegaron allá.
—Les lavaron el coco a nuestros antepasados. Les dijeron que acá hasta las mulas resbalaban en oro de tanto que habría en estas tierras. Llegaron los vénetos y se encontraron sin lo prometido y sin poder comunicarse. Ésa fue la primera mentira de Porfirio.

A finales del siglo XIX, México estaba en una etapa de afrancesamiento. Los pobladores de esta zona, que aún hablaban náhuatl, eran considerados ciudadanos de segunda, y el gobierno de Porfirio Díaz decidió poblar el campo mexicano con campesinos europeos. Aquellos pioneros también venían pobres, huyendo de una hambruna, y recibieron unas tierras yermas. Se vieron perdidos, abocados a un trabajo extenuante que apenas si dejaba réditos porque, además, tributaban al gobierno. Por si fuera poco, se los mantuvo confinados en esas tierras por diez años. Algunos volvieron a migrar a otros lugares. Los demás, pronto se encontraron frente al alzamiento zapatista, que entre los enemigos de la tierra los incluyó a ellos. Se decía que los combatientes venían a Chipilo por comida y dinero, pero también a llevarse a las güeras. Al final, la colonia resistió atrincherada en torno al Monte Grappa.

El Grappa es un símbolo de Chipilo. Más bien, son dos. Durante la Primera Guerra Mundial, en Italia, las alturas del Grappa original fueron un baluarte desde el cual la resistencia logró contener el avance de las fuerzas austriacas. Hoy, todo aquello dista un siglo y diez mil kilómetros de aquí, pero la colonia véneta de México, que estaba por ese entonces en pañales, decidió honrar a sus paisanos caídos en aquella batalla en Europa nombrando igual a su montículo mexicano. Pero el Grappa chipileño también tuvo su guerra. Elena, la tía de Hugo, me dice que durante la Revolución fue el bastión carrancista de la zona.
—En las trincheras, los vecinos levantaban sus sombreros valiéndose del rifle. El invasor zapatista creía ver al enemigo, disparaba y, una vez desarmado, los nuestros atacaban.

Las mujeres daban la voz de alarma al grito de “Scarperi!” (“zapatistas”, que viene de scarpa, “zapato”). Luego llevaban víveres a los hombres, habitualmente la polenta —pasta de maíz— y el formai —queso en véneto.

Desde la cima de su Grappa, apenas cincuenta metros sobre el llano de Chipilo, se ve espléndido el humear pausado del Popocatépetl (en cuyas faldas entrenan ahora los corredores de trial, otra afición muy italiana, la de las motos, en la que ha destacado el pueblo). Al Popo mira también la Madonnina, una copia fiel de la virgen que se encuentra en el Grappa de Italia, que corona el montecito junto a una losa en la que se recuerda, en su idioma, a los fallecidos de ultramar.

Finalmente, en el panteón de Chipilo también se pueden comprender algunas cosas. A él se llega dando vueltas de caracol por el camino del Grappa, una senda asfaltada que discurre junto a la tapia de una finca a la sombra de altos árboles. Parece que estuviera inspirado en una villa véneta clásica, como las del renacentista Andrea Palladio. A Hugo no le queda duda. Y al cementerio, además, uno entra en dirección a Italia. Se levantó en pendiente sobre la ladera sureste del montículo, dividido en tres estadios, y es de los rincones más viejos del pueblo. Las lápidas fechadas en los años treinta y cuarenta son una vasta colección de tipografías art decó. Palos gruesos rectilíneos y curvas perfectas que trazan un amplio glosario de apellidos transalpinos. Spezia, Zecchinelli, Martini, Berra, Merlo, Galeazzi, Bortolotti, Zanella… o el propio Colombo. Así hasta la treintena. Las tumbas nuevas tienen también algunos apellidos castellanos y hasta uno indígena. Y su panteón, por cierto, no es para nada chico.

Sin embargo, la lápida más insólita está en la parte alta. Es reconocible porque desde lejos ya se distingue en ella la talla de un fascio. El texto está en el mismo tono: “1928… anno VI… forte anima italiana, amó il Messico, amó la natale Chipilo essendone guida di fede fascista“. El aparato propagandístico de Mussolini también visitó Chipilo. Pero según Agustín Zago, el cronista local, vino a causar un daño enorme en una población que se sentía abandonada y engañada: “Las exaltaciones y la propaganda eufórica no se correspondieron con acciones concretas en ayuda de los hermanos de raza”.

CHIPILO SE HA FORJADO año tras año, día tras día, con trabajo duro en los campos familiares o entre los tambos lecheros siguiendo con la tradición de Segusino. Precisamente existió una gran fábrica de muebles llamada Segusino, que llegó a emplear a cuatro mil personas. Pero no hay un gran recuerdo de ella porque cambió el estilo de vida del pueblo, cuentan, importando madera canadiense y vendiendo muebles con destino incierto. Y ahora preocupa la rentabilidad de la leche. No hay otra posibilidad que el minifundio, y han subido el forraje, la gasolina y los fertilizantes, pero el gobierno obliga a vender aún el litro a cinco pesos. Mientras se pueda, el trabajo del campo y la lengua véneta seguirán siendo la verdadera historia de Chipilo. Y su orgullo, el de un pueblo que salió adelante sin olvidar quiénes fueron. Saben que no les han regalado nada. Elena dice que todo se levantó a base de trabajo, que la tierra era “puro tepetate”, además que las ayudas que provienen de Europa son relativamente nuevas.
—Existen grupos de chipileños en Guanajuato, Texas o Chicago. De pronto fuimos muchos y la tierra se quedó pequeña.

Al salir de aquella mini-Scala que era la Casa d’Italia, las calles olían a estiércol. En pocos minutos, los asistentes se despidieron y el pueblo quedó desierto. Regresamos al bar de la otra vez y sólo había dos amigos del dueño clavados en la barra. Una música altísima rompía la paz y, animado por la canción que comenzaba, Hugo eligió una mesa.
—¡Ésta es buenísima, “La notte“!

Era pop rock romanticón, cantado por un grupo forjado entre la Rai y el Festival de San Remo. Pero, por mucho que le pesara a mi anfitrión, la noche del sábado chipileño no daba para más. El pueblo había desaparecido y regresamos al folclor.
—La vida del campo hace madrugar muchísimo. Hay que atender el ganado.

Y eso significa, por ejemplo, levantarse a las cuatro de la mañana. A esa hora, cuenta Hugo, ya se pueden ver señoras barriendo las calles antes de comprar el pan e ir a recoger la leche. Aunque sea domingo. Además, el pueblo lo mantienen limpio los propios vecinos: su tío abuelo, cuando en un tope se le caía abono del remolque, incluso se bajaba a recogerlo.

La vida en la colonia siempre fue austera y laboriosa. Para hacerse una idea de este modo de vida secular basta con ver la casa de los Colombo al salir el sol. Está dividida en tres bloques de aspecto rústico unidos por un cobertizo bajo el cual come, en hileras, medio centenar de vacas. Hugo duerme arriba, en el único bloque que tiene dos pisos. Bajo su ventana, de un lado, están las cuadras. Para encontrar las escaleras es preciso pasar entre los tambos en los que un peón hierve la leche, al lado de los refrigeradores en que los primeros quesos recién hechos de ese día comienzan a curarse. Al pasar, Hugo les echa un ojo. Después espera a que el distribuidor del gas termine la recarga y firma él mismo el comprobante, porque su padre ya ha salido a repartir la leche en su vieja camioneta por los otros pueblos. De no ser por el gas y un par de refrigeradores, daría la sensación de que los días han amanecido igual durante los últimos ciento treinta años.

Incluso los domingos. El sentido del deber es tal que hasta el alcohol exige disciplina. Igual que Hugo no pudo negarme que allí se toma mucho, yo no puedo decir que he visto algún borracho por las calles. Los viejos de las bochas, antes de acudir a la partida semanal y de destapar sus litros, han ordeñado al ganado o repartido leche por los pueblos, como Hugo Colombo padre. Y cuando hacen falta manos en el campo, las del hijo deben ayudar. Incluso cuando una vaca va a parir.
—A veces, la ternera viene del revés. Y entonces, con las manos, debo ayudarla a salir.

Es inevitable imaginar a Hugo en acción y acto seguido verlo cantando en la Puerta Santa.
—Yo creo que soy el único tenor del mundo que hace eso.

La abnegación para el trabajo y su peculiaridad son indiscutibles. Sorprende que Chipilo, en ciento treinta años, no haya logrado siquiera un municipio propio. Son parte de San Gregorio Atzompa, el municipio al que tributan impuestos, y el volumen de ingresos es comparativamente tan alto que la cabecera les revierte mucho menos de lo que ellos dan.

Sin duda, las camionetas de último modelo son símbolo inequívoco de esa bonanza. Pero el lujo no puede con todo y comparte las calles con muchachas en sencillas motos y rubios que se desplazan a caballo. También se ven muchas camionetas viejas, como la que usa Hugo, una Chevrolet de 1965 algo golpeada, pero con asientos de cuero y acabados impecables. Su único añadido es un reproductor de CD en el que ahora suenan arias de Verdi. Él sabe lo que significan esas fieles camionetas que han cargado buena parte del progreso de la colonia. “Si se la choco, mi padre me mata”. Algunas cosas no van a cambiar. En Chipilo, el estatus se sigue midiendo en cabezas de ganado.

El futuro, una labor de todos
Dos semanas más tarde, los jugadores de la Roma y el árbitro me permitieron jugar los últimos minutos. De pronto fui Jorge Dosetti Bortolotti y vi resurgir al equipo con un 6-0 contra el Deportivo Unión, un conjunto de los alrededores. En el marcador poco quedó por disputar y esta vez no hubo peleas, aunque en la cancha se hablaron dos idiomas, uno en cada equipo que, con mi salvedad, nunca se mezclaron.

Claro que una cosa es defender el habla y otra negar su convivencia. Como toda lengua viva, el chipileño está expuesto a influjos ajenos. En el carro de regreso, por ejemplo, Moisés Castro Piloni bromeaba con las peleas que había provocado en la cancha y su postrera autocrítica fue de lo más ilustrativo:
Ancora no so come che la me ragazza la me aguanta tantissime ‘pendejade’!

A David Bagatella, que también había entrado en la segunda mitad, no se le veía güero. Seguramente era otro hijo mestizo de Chipilo, que desde luego también los hay. (En las bochas, días antes, uno de los viejos bromeaba acerca de su propio tono de piel: “¿Que por qué salí moreno si mi hermano es güero? ¡Porque nací de noche!”.) Calentando en la banda, David me contaba que entre ellos, cuando uno habla en español, suelen recordarle que tienen algo que preservar. Según la lingüista italiana Patrizia Romani, el mestizaje es el factor más fuerte ante el desplazamiento del véneto. Seguramente, a la larga, la consanguinidad será inevitable y entonces personas que se involucren como David tendrán la llave de la pervivencia. El dialecto ya se ha perdido en las otras colonias vénetas —las de Huatusco (Veracruz), Querétaro y la ciudad de México— y, cada uno a su manera, amigos y enemigos de la reglamentación lingüística, busca que no pase lo mismo.

Por su parte, en la última feria regional de ganadería, Juan Minutti Zago, alias Johnny, se alegró de dar el trofeo oficial de bochas a un forastero. El ganador, aunque tenía un lado italiano, era de San Martín Texmelucan, a una media hora de ahí. “Esto es de los viejitos —dijo entonces Johnny—, llegó con los que vinieron de Italia. Lo bueno es que está calando entre los pueblos vecinos porque, si se pierde esto, se pierde todo”.

Por las noches, cuando ya no hay autos, Hugo acostumbra subirse en la vieja camioneta de su padre y cruzar de punta a punta el pueblo, hasta las últimas luces, para luego regresar. Como si fuera un forastero que llegase y se preguntara qué es eso a lo que llaman Chipilo. Por algo dice que los que vienen de lejos comprenden mejor el modo de vida de la colonia. Por eso, y porque es él quien dirige el coro de la iglesia cuando regresa al pueblo, escribió al Vaticano buscando cambiar al párroco por otro francés con ascendencia véneta. El nuevo cura es mexicano, pero parece haberse ganado al pueblo.

Al final de mi estancia, Hugo había logrado que una vecina me prestara un libro sobre Chipilo. De regreso de la casa, una mano en el grandísimo volante, otra abriendo el libro como podía, desaceleró la camioneta y comenzó a cantar. Era una marcha festiva, muy campestre, que contaba en véneto las bellezas de Chipilo. Camionetas, jinetes y peatones discurrieron tras las ventanillas abiertas bajo el torrente de voz de Hugo.

Chipilo puede resultar curioso, no necesariamente bello. Lo cierto es que allí llevan ciento treinta años sabiendo ser diferentes, alimentando el estómago con el fruto de su campo y el alma con su habla. Es la manera, la única que tienen, de entender la vida. Pero en el fondo, Hugo y los suyos no piensan muy distinto de esa madre indígena que no quería que su hija perdiera su lengua por segunda vez.

—Hay que lograr una sola voz, fuerte y no agresiva —dijo mientras me llevaba a donde partía el autobús—. Un coro es una multitud de voces que deben hacerse una. //

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