La voz de la tribu

Javier Sicilia no es el primer doliente que se convierte en una
referencia contra la inseguridad, pero sí es el primer poeta místico
que de un día para otro se ve forzado a salir de su cueva y pastorear
una protesta nacional.

Por Emiliano Ruiz Parra
Sicilia nunca había sido un político, pero en sólo seis semanas se convirtió en el personaje más relevante de México.

Sicilia nunca había sido un político, pero en sólo seis semanas se convirtió en el personaje más relevante de México.

Sicilia nunca había sido un político, pero en sólo seis semanas se convirtió en el personaje más relevante de México.

Sicilia nunca había sido un político, pero en sólo seis semanas se convirtió en el personaje más relevante de México.

Por Emiliano Ruiz Parra / Fotos de Ramiro Chaves

“La Iglesia es una puta, pero es mi madre”, afirma Javier Sicilia Zardain entre una bocanada de humo y una sonrisa. Pienso que en esa frase se sintetiza la contradicción esencial que Sicilia percibe en el mundo moderno: la Iglesia debía ser custodia de la pobreza de Cristo y predicar esa pobreza, pero se corrompió. Construidas a imagen y semejanza de la Iglesia católica, el resto de las organizaciones de la modernidad —el Estado, las escuelas, los hospitales— se corrompieron también. La frase expone el sentido del humor y la franqueza de Javier Sicilia.

Continúa: “[Los jerarcas de la Iglesia] son gente muy omisa, muy obtusa, muy antievangélica. Eso no conmueve mi fe, no la fastidia. Sólo me da mucha vergüenza. La tradición tiene una frase, la casta meretrix, traducida como ‘la puta casta’: la Iglesia, cuando emputece, emputece. Pero sigue siendo casta del otro lado, en esos cristianos comprometidos, esos sacerdotes como [Alejandro] Solalinde —y hay muchos Solalindes— jugándose el Evangelio en su piel. Ésa es mi Iglesia, que se meció en los brazos de esa puta”.

Pobreza, y en particular la pobreza de Cristo que debería predicar la Iglesia, no debe entenderse como sinónimo de miseria. Sicilia repudia la miseria y aspira a un mundo justo. La pobreza es un concepto más complejo: implica la renuncia de Dios a sus privilegios como divinidad para encarnarse en un hombre pobre, nacido en un pesebre y ejecutado como delincuente común. La pobreza es por tanto renuncia y, de esa manera, es amor. Ese amor sólo es posible en la gratuidad. No significa dar, sino darse.

La Iglesia ha traicionado ese amor al institucionalizarse y convertirse en la administradora del amor del nazareno. En lugar de predicar la pobreza se dedicó a cultivar su contrario, el poder. El Estado nació a imitación de la Iglesia y ha perpetuado esa traición a la caridad, al amor personal entre los humanos, y se ha convertido también en una agencia administradora del poder, de acuerdo con la crítica de la modernidad de la que participa Sicilia.

Javier Sicilia no deslinda su pensamiento filosófico del resto de sus actividades intelectuales ni de su vida cotidiana. Suena radical cuando no deja títere con cabeza y se lanza igual contra los narcos que contra partidos, sindicatos y empresarios: desde su punto de vista, todos somos solidarios del mal del mundo (aunque también somos solidarios del bien). A veces suena ingenuo cuando apela al corazón de los hombres, pero es porque confía que el amor de Cristo hiberna en cada uno de nosotros.

Por ello hay que entender su vida —y su acción política— a la luz de su pensamiento, que fue moldeado por las ideas del filósofo vienés Iván Illich, fundador del Centro Intercultural de Documentación (Cidoc) en Cuernavaca. Por medio de la crítica de Illich, Sicilia sustentó sus intuiciones respecto de Cristo, la Iglesia y el mundo contemporáneo. La civilización cristiana, de acuerdo con esa visión, es la corrupción de las enseñanzas de Cristo y su reverso maligno.

En el prefacio al tomo II de las Obras reunidas (FCE) de Iván Illich, Sicilia expone el pensamiento illichiano: La fuente de su crítica a la modernidad se fundamenta en un pasaje del Evangelio: Con afán de provocarlo, un experto en la Ley llegó con Jesús y le preguntó: ¿Y quién es mi prójimo? Jesús contestó con una parábola: Un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó se encontró con una banda de salteadores que lo robaron y lo dejaron medio muerto. Por ahí pasó un sacerdote, que se apartó del camino sin auxiliarlo. Luego pasó un levita —sacerdote judío de menor jerarquía—, que también se cambió al otro lado del sendero. Por último pasó un samaritano, que le vendó las heridas, lo subió a su caballo, lo llevó a una posada y pagó su recuperación. Jesús concluyó el relato con una pregunta al experto: ¿Cuál de los tres se portó como prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

Sicilia explica que, tras el paso del tiempo, la parábola del Buen Samaritano (Lucas 10, 25-37) perdió el desafío radical que supuso en la Palestina de hace dos mil años. Samaritano se convirtió en sinónimo del que ayuda a alguien más, pero entonces significaba nativo de Samaria, por tanto un extranjero que no sacrificaba en el templo como lo prescribía la ley mosaica. Para recuperar su sentido original habría que sustituir al samaritano por un palestino de nuestros días que encontrase a un soldado israelí moribundo —un ocupante de su tierra— y curara sus heridas.

En los tiempos de Jesús, la noción de projimidad dependía de ser partícipe de un mismo ethnos y un mismo ethos cultural: el hombre de lengua griega tenía obligaciones con los hablantes de su lengua, pero no con los que hablaran diciendo bar bar, los bárbaros. Lo mismo los judíos. Ni el sacerdote ni el levita de la parábola habían incurrido en una falta contra la projimidad al desentenderse del moribundo. Por el contrario, el samaritano prácticamente había cometido una traición al apiadarse de un hombre que no pertenecía a su etnia y que, de esa manera, podía considerarse un enemigo o un adversario. Por medio de esta parábola Jesús introduce una idea revolucionaria para su época: cada persona tiene la libertad radical de elegir a su prójimo y en ella reside la ilustración más poderosa de la caridad: Dios está en el otro.

Los cristianos primitivos entendieron ese mandato y en su casa guardaban un guiso, un cabo de vela y un lecho, “por si el señor Jesús llegara a tocar la puerta en la persona de un desconocido, un extranjero”. Cuando la Iglesia primitiva se volvió imperial, se asumió como la administradora de la caridad. Se instituyeron las primeras casas de hospicio y se diluyeron así las relaciones personales entre el samaritano y el menesteroso. La salvación se convirtió en un bien que podía obtenerse a través de una institución.

Sicilia: “La institucionalidad ha alcanzado el interior mismo de la casa. En estas sociedades ya no queda sitio para el anciano, que es enviado a los asilos, o para el enfermo, que es enviado a los hospitales… nada queda del misterio de la gracia que es convertido en gratuidad —y sigue—, no es que hayamos dejado de pensar en el prójimo. Pero éste se ha vuelto una realidad abstracta y desencarnada que administran las instituciones. La traición a esa nueva mirada, a esa nueva manera de mirar al prójimo, es el pecado”. Esta crítica se resume en una cita de San Jerónimo: “La corrupción de lo mejor es lo peor”: el pecado es la corrupción de la caridad de Cristo.

Cuando Javier Sicilia conoció a Iván Illich confirmó que se hallaba en presencia de un iluminado. “A Iván Illich le sucedió lo mismo que a Juan el Evangelista: se le concedió ver los profundos sentidos del misterio de la Encarnación y padecer su reverso atroz: el misterio que nace de su corrupción: el mal”.

El poeta lo esperaba en el jardín del Cidoc, en Ocotepec. Reconstruyo ese encuentro de manera sintética con el relato que escribe Sicilia: Illich salió de su biblioteca y se dirigió a mí gesticulando y como alguien que leyera y dialogara con el mundo con todo su cuerpo. Me estrechó los brazos como si nos conociéramos desde siempre. Me emocionó abrazar a ese hombre cuyo pensamiento me fascinaba. Sus movimientos tenían la vivacidad de un pájaro que capturaba cada parte de lo que tenía enfrente. Se sentó junto a mí e inmediatamente tomó mi mirada. No me asombraba la vivacidad con la que me interrogaba sobre el misticismo. Me asombraba, en cambio, la enorme bola que había crecido en el lado derecho de su mejilla —un cáncer, según la ciencia médica— una bola para ese hombre que había hecho la crítica más lúcida a la iatrogénesis de las instituciones médicas. Había asumido la ascética del arte de sufrir y combatir el dolor de otras maneras. A fuerza de dolor, la vivacidad de ese hombre decaía lentamente en la conversación.

En un momento en que el dolor se hizo insoportable, se alejó rumbo a la biblioteca para volver media hora después con la vivacidad recobrada. La segunda vez me atreví a decirle: “Mire, Iván, no soy agente de la DEA ni hombre de prejuicios. Conozco su pensamiento y…”. Me invitó a acompañarlo a su estudio: un camastro, un escritorio de madera de pino, libros, un par de teléfonos, una laptop y una mesita aderezada con miel, frutas secas, un cabo de vela, popotes, papel de aluminio y una extraña resina.

Bendijo aquella mesa con voz lenta: “Padre, te doy las gracias por la amistad que me acompaña, por la fruta que vamos a compartir, por la alegría y por la tierra que pisamos; te doy también gracias por el opio que me permite seguir trabajando”. Compartimos el opio y la fruta y, sentados en flor de loto, nos sumergimos en una larga y silenciosa meditación.

Cuando retomamos nuestra conversación, su rostro se había distendido y había vuelto a él esa penetrante vivacidad. Aunque a lo largo de mi historia he conocido hombres de profunda fe, nunca como en aquel momento y en las veces que recé a su lado he sentido con tal peso la sentencia de Jesús: “Donde dos o más se reúnan en mi nombre ahí estoy yo”.

El presentimiento
Antes de partir a Filipinas, Javier Sicilia tuvo un presentimiento oscuro, angustioso. Llamó a su hijo Juan Francisco y le entregó los papeles de la casa, una novela prácticamente concluida, su último libro de poemas intitulado Los restos. “Le dije: ‘Aquí está esto’, como si me fuera a morir, dejándole la responsabilidad. En el fondo había una intuición de que algo podía pasar. En el fondo yo estaba reteniendo a mi hijo, diciéndole: ‘Hazte cargo de todo esto para que no te vayas’. Era una intuición oscura como la de los poetas. Como decía Platón: los poetas siempre dicen la verdad pero oscuramente. No la ven con claridad porque la padecen”.

Juan lo había llevado a un mercado a comprarse unas botas de motociclista y le había regalado las suyas. Javier dio con ellas la vuelta al mundo. No quiso volar por Estados Unidos por un principio moral: “Nos han tratado como su traspatio, y no quería hacerles cola”. Paró en Amsterdam, que no conocía, y junto con Isolda, su compañera, visitó la zona roja y olió el aroma del hachís y la mariguana de los cafés. Llegó por fin a Filipinas —en donde ha sido traducido al tagalo— invitado por el Instituto Cervantes. Ahí se encontró con su entrañable amigo de la preparatoria Tomás Calvillo, ahora embajador de México en ese país, con quien compartió desde adolescente la pasión por la poesía. Sicilia se encontró a un pueblo dulce, acogedor y sonriente. La Polonia de Asia, como él la llama: un enclave católico en medio de un océano de pueblos islámicos, budistas e hinduistas.

Las botas le llagaron los pies. No pudo caminar más con ellas y le pidió prestados los zapatos a Tomás. Con ellos recibió la noticia de la muerte de Juan Francisco, cuyo cuerpo sin vida apareció el 28 de marzo, al lado de otros cuatro jóvenes —amigos suyos del condominio en el que había crecido— y dos adultos, asesinados por narcotraficantes.

“El regreso fue muy problemático porque no quería encontrarme las cenizas de mi hijo, sino velarlo y acompañarlo hasta el final. Tomás Calvillo se movió para que el embajador de Estados Unidos nos diera una visa humanitaria. Pero mientras tanto estábamos ahí sentados, impotentes, dando vueltas a la embajada. Por fin nos dieron una de dos años. La visa estuvo lista pero ya se había ido el vuelo. Tuvimos que esperar doce horas más y por fin pudimos volar. Ahí escribí el poema con el que concluyo mi labor poética (dedicado al silencio de Juan). En Los Ángeles nos estaba esperando el cónsul. Fueron dos días amargos”.

En México le acortaron la salida en Migración y Aduanas. Relata su amigo Jean Robert: “Me sorprendió la extraordinaria presencia que tenía para los otros. Pudiendo ensimismarse en su dolor, tenía una palabra personal para cada quien. Viví en Amsterdam y le había dado unos consejos de a dónde ir. Me abrazó y me dijo: ‘Fuimos a tu ciudad y qué bonitos lugares nos hiciste visitar'”.

El asesinato de Juan Francisco se convirtió en el despertar político de Javier Sicilia —aunque también en su renuncia a la poesía—. A pesar de que padre e hijo tenían intereses distintos (Juan Francisco no entendía la poesía más mística de su padre: “No entendí un carajo de Permanencia en los puertos. Leí tres fragmentos y lo cerré. No me interesa que me digas de qué se trata”, le comentó amistosamente alguna vez) había entre los dos un profundo amor. Compartían además dos pasiones: el futbol y el dominó, que jugaban con frecuencia. Dice Javier Sicilia: “No sé si los vuelva a disfrutar porque están asociados no sólo con mi alegría, sino con mi hijo”.

Sicilia entendió el martirio de Juan Francisco como un llamado a tomar las calles para exigir un replanteamiento de la estrategia en la guerra contra el crimen organizado y evitar así que otro padre viera morir a su hijo. El 6 de abril encabezó la marcha más grande en la historia de Cuernavaca. Ese día se instaló en platón frente al Palacio de Gobierno de Morelos, donde exigió la renuncia del gobernador Marco Antonio Adame. Y el 5 de mayo salió de Cuernavaca rumbo al Distrito Federal en una peregrinación silenciosa que recorrió ochenta kilómetros y que desembocó el 8 de mayo en la concentración más grande del sexenio, con la exigencia de firmar un amplio pacto de reformas sociales y políticas para restaurar el tejido social.

—Pudiste haberte recogido al luto pero te echaste para adelante, ¿por qué?

—Por dignidad, por mi hijo, porque mi hijo le dio nombre a cuarenta mil desconocidos, porque nos obligó a mirar la desgarradura del tejido social, porque no quiero que se muera un muchacho más. Es un principio de dignidad y el poeta tiene que ser digno de la palabra que ha escrito. La palabra hay que volverla a veces acto. Y aquí me compromete el acto. Por medio de mi hijo me obliga a volverla un acto donde el ethos herido de la gente se expresa. Soy un vehículo en ese sentido.

Un boceto
Siempre se viste igual: botas de motociclista, pantalones de mezclilla gastados, playera de algodón, camisa de cuadros que ocasionalmente cambia por una rayada. A pesar de los calores de Cuernavaca, carga con una chamarra café de borrega —que le regaló su hijo Juan Francisco— y de vez en cuando se cubre con un chaleco beige de pescador. En sus bolsillos no falta uno o dos paquetes de Delicados con filtro. Antes del asesinato de su hijo estaba por dejar de fumar: ya había conseguido reducirlo a ocho cigarrillos diarios y se aprestaba a seguir el método Pfizer, pero desde la tragedia ha vuelto a vaciar cajetillas con premura.

El amor por la poesía y el Evangelio los aprendió de su padre Óscar Sicilia, que dejó trunca la carrera de Derecho, poeta que no escribía sino declamaba sus versos y que le enseñó también la caridad: los fines de semana iba a los hospitales a confortar desahuciados y Javier lo acompañaba en esas faenas de amor, dolor y muerte. De él escribió: “Mi padre me heredó una fortuna: Cristo, el humor y la poesía”. Vendedor de playeras, un empresario le prestó dinero y ambos establecieron una maquiladora textil con la que le dio a sus hijos una vida de clase media. Javier fue el segundo de cinco hermanos —dos han muerto ya— que crecieron en la calle Cerro del Cubilete en la Campestre Churubusco. El apellido Sicilia lo rastrearon hasta el siglo XVII en las Islas Canarias; el Zardain viene de Galicia. Su abuelo materno fue cafetalero en Córdoba y su madre, hoy de ochenta y dos años, terminó la carrera de Químico Fármaco Bióloga aunque se retiró a la vida familiar.

A los quince años, Sicilia recibió de su papá una edición bilingüe de Las flores del mal. “Léelo y ámalo, porque yo lo tuve que leer a escondidas”, le dijo. Estudió la preparatoria en el Instituto de Humanidades y Ciencias (Inhumyc), un colegio de los Misioneros del Espíritu Santo, en donde conoció dos amigos que galvanizarían su vocación: los poetas Fabio Morábito y Tomás Calvillo, con quienes fundaría revistas y gozaría tardes de tertulia literaria.

Cuando entró a la preparatoria le apodaban el Fantasma porque aparecía y desaparecía de repente. Era tímido e introvertido, apartado. Pero pronto se volvió entrón e incluso se probó como actor amateur. Ahora su carácter es transparente e impulsivo, dulce y hospitalario, no exento de exabruptos cuando se inconforma. Su habla cotidiana está salpicada de cabrones, pinches y chingados.

“Ama el futbol y el dominó como sólo una quinceañera puede amar a su novio”, ha escrito de sí mismo. Jugó la posición de defensa central —la misma, piensa, que hubiera jugado Jesús de haber existido el soccer en Galilea— hasta que se rompió la rodilla en un partido con Juan Francisco, su hijo, y los amigos de éste. Su rodillera mecánica terminó por legarla a su hijo, brillante armador de las fuerzas básicas del América que tuvo que retirarse tempranamente por lesión de meniscos.

De joven fue vegetariano hasta la anemia y se dejó el cabello largo, que se recogía en cola de caballo o en una trenza. No es abstemio, pero no pasa de una cerveza o una copa de vino: prefiere el café exprés. Ama el sol, pero tiene una alergia vampírica, y en cuanto sale a la luz lanza una retahíla de estornudos.

De su padre heredó el amor por García Lorca, Machado, Nervo y López Velarde. Las lenguas extranjeras se le dificultan (era “un redomado burro para el francés y su pronunciación era muy chistosa”, recuerda Fabio Morábito) pero se matriculó en Letras Francesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en donde lo deslumbró Saint-John Perse, a quien quiso imitar en sus primeros poemas, ambientados en Córdoba y Veracruz. Pero después el redescubrimiento de San Juan de la Cruz le daría el tema definitivo en su obra poética: el misterio de Dios en el alma. Sus primeros poemas —liras encabalgadas— saben a reescrituras del Cántico espiritual. A su canon se agregan Paul Celan, Iosif Brodsky, T. S. Eliot, Ezra Pound, George Bernanos y Graham Greene.

De la burocracia cultural obtuvo su subsistencia varios años: fue editor de la colección Material de Lectura de la UNAM y durante una década fue redactor en el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua (IMTA), donde traducía a un lenguaje accesible la prosa técnica de los ingenieros. De la ineficiencia burocrática rescató la posibilidad de robar algunas horas al día para su trabajo literario: “Yo seguía la regla de Alfonso Reyes, que vivió de la burocracia: ‘El trabajo burocrático hay que hacerlo rápido y mal’. Uno no puede recomponer la burocracia, por eso hay que refundar este país”.

Quizás el misterio que más lo cuestione sea la kenosis de Dios: la renuncia de la Divinidad a sus privilegios y su encarnación en un judío pobre que ofrenda su vida para la salvación de todos. Si la encarnación de Dios es un oxímoron —Dios como debilidad pura—, títulos de varios de sus libros, también lo serán: Permanencia en los puertos (1982), su primer libro de versos y la reunión de su poesía hasta 2004: La presencia desierta (2004). Así también la novela El reflejo de lo oscuro. “Como narrador carece de la argucia del novelista”, me explica su amigo Francisco Rebolledo. En efecto, lo suyo no es la creación de suspensos y tramas. Sus novelas son vehículos para expresar ideas, pero estupendos vehículos, cargados de personajes complejos y de pasiones profundas.

Dios, como debilidad pura, significa pobreza, renuncia: “La renuncia de Dios a ser Dios, el amor a lo pequeño, lo pobre y lo simple”, ha escrito. Coherente con esa visión, Javier no acumula dinero y cuando le sobra, reparte. Su sustento ha dependido de los trabajos que consigue y que alterna con la escritura: editor, guionista, traductor, profesor, tallerista, articulista, becario del Sistema Nacional de Creadores. Con un libro de poesía bajo el brazo, va de aquí para allá en coches subcompactos a cumplir con sus compromisos de trabajo. Aun gozoso y bromista, a Sicilia lo distingue su disciplina con la oración y con el trabajo literario. Sigue una vida de sobriedad tal como la entendía Iván Illich: la sobria ebrietas, el gozo de la austeridad.

Por épocas de salarios decentes se compró una casita en un barrio de clase media en Cuernavaca: un solo piso, tres recámaras pequeñas, un jardincito en ele y una alberca común para el conjunto de los condóminos. A esa casa se fue a vivir con Cocó, su ex esposa, una mujer que antes de casarse trabajaba como sobrecargo. Muy atractiva, Cocó aportaba equilibrio a los hábitos de asceta de Javier: era fiestera, sociable y de agudo sentido del humor. Con Cocó tuvo dos hijos, una mujer y un varón (Estefanía lo hizo abuelo), el segundo de ellos, Juan Francisco Sicilia.

La ruptura con Cocó, cuando sus hijos eran ya veinteañeros, lo devastó. “Estoy deshecho”, le dijo a uno de sus amigos. “Le robé mucho tiempo a mi familia en muchos momentos”, me dice cuando le pregunto de sus hábitos de trabajo literario. Escribió sobre sí mismo en La confesión: “Ni siquiera he podido hacer feliz a la mujer que amo ni hacer de mi familia, esa pequeñita comunidad donde debería estar el amor de Cristo, una insinuación del Reino”.

Al terminar el bachillerato entró a un seminario de jesuitas, pero no pudo con el voto de obediencia: “La castidad es un acto de elección; la pobreza también, pero la obediencia va contra ti mismo”. Se salió convencido de que su camino era ser laico y formar una familia. Combina un catolicismo irrenunciable con una tolerancia genuina. Tiene grandes amigos ateos (Fabio Morábito y Francisco Rebolledo). Sus causas se identifican con la izquierda, pero eso no le impidió cultivar amistad con el desaparecido Carlos Castillo Peraza —otro pensador católico— ex presidente del Partido Acción Nacional (PAN) y mentor de Felipe Calderón.

Javier nació en 1956, pero parece un viejo. De frente amplia, su cabello y su barba encanecíeron. Detrás de unos gruesos lentes de miope miran unos ojos verdes muy claros con dulzura y atención. Su espalda se encorva. A su lado camina Isolda, su compañera, que lo cuida y le da orden a su agenda ahora enloquecida.

La angustia
El sufrimiento obsesiona a Javier Sicilia. En el dolor de Jesús en la cruz, Sicilia captura el misterio del cristianismo que más lo interpela: Dios muerto como un delincuente en manos de los hombres. La pasión de Cristo, la película de Mel Gibson que narra al detalle el sufrimiento del nazareno, lo impresionó vivamente. De las representaciones de Cristo, lo conmueve La Crucifixión de Grünewald. El mal, que se simboliza en el dolor de Cristo pero que lo rebasa, provoca una angustia terrible en Sicilia, una angustia que ha mermado su salud al punto de provocarle cegueras parciales en el ojo derecho.

“Cuando me dio la primera ceguera parcial le hablé a mi oftalmólogo, que me veía desde niño. Abrió la puerta del consultorio y me dijo: ‘¡Ven acá! ¡Este tipo de enfermedades le da a la gente que vive con altos niveles de estrés: políticos, cirujanos, pilotos aviadores y a poetas pendejos como tú!'”, lo reprendió. Si cierra el ojo izquierdo, su visión se debilita y los rostros aparecen difuminados, “pixeleados, como cuando borraron la imagen de Santiago Creel”, dice con sentido del humor.

Posee una voz sonora y grave, estupenda para leer poesía en voz alta. De joven fue actor aficionado en la preparatoria y actuó en pequeños papeles en documentales de Canal 11 con guiones que hacía con su amigo el poeta Jorge González de León (con él coescribió el guión de la película Goitia, un dios para sí mismo, por el que recibieron un Ariel). Pero le invade el pánico escénico. No tiene problema en dirigirse a un auditorio —ha dado clases y coordinado talleres a lo largo de su vida profesional— pero batalla para hablar frente a las masas. “Actué en guiones y cortometrajes. Siempre me gustó el teatro, pero soy malísimo. El pánico escénico es una cosa…”.

Esa angustia estaba presente desde la preparatoria. Fabio Morábito recuerda: “Evitábamos saludarlo de mano. Sus amigos le decíamos que le orinaban las manos: ‘¡Qué asco, Javier, otra vez vienes orinado!’. Era muy nervioso”.

Lo entrevisto por primera vez el 9 de abril, en Cuernavaca. “Esto me cuesta mucho trabajo”, se confiesa respecto de hablar con un reportero. Interrumpe la charla porque lo espera la prensa en el plantón frente al palacio de gobierno. Me agradece que lo acompañe del Centro Cultural Universitario a la Plaza de Armas. “Siento en el estómago los nervios”, se sincera. Un día antes había tenido un exabrupto con los periodistas y le urgía disculparse. Durante la segunda entrevista, a fines de abril, estuvo más de una hora arrugando nerviosamente un trozo de papel celofán.

—¿Es una angustia existencial? —le preguntó.
—Sí. Tengo por desgracia una percepción terrible del mal y de los abismos del mal. Siempre lo he cargado. Quizá por eso mi poesía última es en muchos sentidos desoladora. No es una angustia de orden psicológico, aunque algo hay de eso porque somos seres muy complejos, pero creo que su base es espiritual”.

Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero que muero porque no muero, escribió Santa Teresa. El verso de la poeta de Ávila muestra la obsesión de los místicos por la muerte: he ahí el hueco, el silencio donde se reencuentra el alma con Dios. Sicilia no se reconoce como poeta místico —aunque la crítica e incluso sus amigos así lo definan— pero tiene a San Juan de la Cruz y a Santa Teresa en la cúspide de su canon. En sus poemas el sufrimiento es un tema recurrente, como en su propia versión de La Pasión de Cristo:

De “Viernes Santo (II)”

Soy, del hombre que cuelga en esta tarde,
el clavo de su mano, la derecha;
soy la lanza, la punta que lo acecha,
en su carne el flagelo que más arde.

Pero no debe confundirse angustia con depresión. De su padre heredó un filoso sentido del humor. Y de su fe católica obtiene un concepto clave para equilibrar su obsesión con el sufrir: el gozo. Si la vida lo va rodeando de lápidas, Javier Sicilia responderá con la alegría de pertenecer al milagro de la Creación, de despertar cada mañana como si el mundo estuviera recién hecho. En cada piedra, cada rostro, cada sonido y cada silencio encuentra a Dios. Siguiendo a Simone Weil, piensa que la belleza (y el arte) es el ropaje de Dios, y la belleza está contenida en cada rincón del planeta. Para el poeta, la realización del gozo puede darse sólo en comunidad y a la comunidad hay que amarla gratuitamente. Por eso formó a su familia con la ilusión de ser una inspiración del Reino de Dios. La amistad, en su visión, es una forma del amor. Sus amigos, los de ahora y los de antes, los creyentes y los ateos, los que se han alejado de él y los que han permanecido a su lado, lo aman y se sienten amados por Sicilia. Cuando los abraza, los aprieta y, sean hombres o mujeres, les da un beso en la mejilla. A la revista que dirige actualmente la llamó Conspiratio no porque se remita a ninguna conspiración, sino a la co-respiración de los cristianos primitivos: al término de la liturgia, los participantes se besaban en la boca en un acto llamado conspiratio que se sustituyó por el apretón de manos que dice: “La paz sea contigo”.

Huayamilpas
De la entrevista con Fabio Morábito: Lo conocí en el Inhumyc. Fuimos inseparables en la prepa y en la universidad. Al principio era muy apartado, le daba un poco de miedo la escuela. Ya conociéndolo vimos que era un chavo muy sensible e inteligente. Le decíamos el Fantasma porque como que levitaba, no sabías bien cómo atraparlo. Era muy reflexivo y atormentado, pero tenía un gran sentido del humor. Yo me quedé un chorro de veces en su casa. Su papá era buenísimo para contar chistes verdes. Llegabas y antes de saludar a Javier te contaba el último chiste y te morías de la risa. Era una casa de clase media acomodada, sin ostentación. También jugábamos futbol y Javier lo hacía muy bien. Solía ser central y yo extremo derecho porque era muy rápido.

Javier y yo hicimos una revista de corte crítico y político, Tabú, que imprimíamos en mimeógrafo y la vendíamos a nuestros compañeros. Presentábamos un consejo de redacción inexistente para darnos caché: puse a mi tío, que era psicoanalista en Florencia, o inventábamos nombres. Poníamos: Fulanito de Tal, politólogo, y firmábamos los artículos a veces con nuestros nombres o a veces con los de estos tipos. Nos veían un poco como los rebeldes de la escuela, los melenudos, los críticos: hicimos un movimiento, queríamos quitar las calificaciones y que los alumnos se autocalificaran. Teníamos mil proyectos: queríamos hacer una antología de la poesía provinciana y por eso fuimos a Veracruz y también allá vendíamos Tabú en el malecón.

En el Inhumyc hicimos una obra de teatro con música y baile. Conocimos a una bailarina que era mayor que nosotros y los dos nos enamoramos de ella. Era una obra que inventábamos sobre la marcha. El protagonista se llamaba Arcano, vivía en el tragaluz de una casa y no podía bajarse de allí. La obra giraba en torno de por qué este chavo no bajaba. Tenía canciones porque yo componía música. No se montó pero durante varios meses la ensayamos con disciplina. ¡Qué bueno que no la terminamos, porque la hubiéramos presentado!

Al término de la prepa quedamos de ir a vivir a una colonia proletaria antes de entrar en la universidad. Era el deseo de conocer un poco más profundamente nuestro país después de que habíamos alardeado tanto en nuestras publicaciones de izquierda. Su padre conocía a un grupo de jesuitas que trabajaba en las colonias Ajusco y Ruiz Cortines, que entonces eran de paracaidistas. Nos fuimos Javier, Federico Gaxiola y yo. Vivimos seis meses en un cuarto. La primera semana estuve yo solo y las ratas ahí amanecían. A esa edad todo lo tomábamos a broma: “A ver si te comen las ratas”.

No teníamos acceso al baño. Nos levantábamos e íbamos a orinar a una gran extensión de lava llena de arbustos. Nos bañábamos en la casa de los jesuitas y de ahí íbamos a desayunar con la gente. Desayunábamos, comíamos y cenábamos en diferentes casas. Les dábamos dinero y nos preparaban un buen desayuno: fruta, huevos, pan, tortillas. Nuestro objetivo era ser útiles. Entre nosotros nos llevábamos bien, aunque teníamos nuestros roces porque uno quería hacer tal cosa y el otro quería hacer tal otra. Nos parecía que, como eran paracaidistas y vivían de manera semioculta, era bueno que se comunicaran sus historias, que contaran cómo habían llegado ahí y no se sintieran avergonzados de ocuparan un lugar ilegal. Lo hacían jóvenes de la colonia y nosotros lo coordinábamos. Luego a Javier se le ocurrió hacer un cultivo de hidroponía cuando no estaba de moda todavía, pero no cuajó. Después se nos ocurrió poner bancas en algunos lugares para crear espacios públicos.

La gente nos veía como semicuras. Los jesuitas nos presentaron y, aunque nosotros cuidábamos de aclarar que no éramos curas, sin ese respaldo no hubiéramos hecho nada. A mí me besaron la mano varias veces. En la colonia era una relación con mujeres porque los hombres salían temprano a trabajar y regresaban de noche. A ellas les pagábamos la comida. Les preguntábamos con cuánto teníamos que cooperar y nos decían “pues con tanto”. Un día llegó el padre Guevara —Guevarita, le decíamos— con el látigo: “¡Están locos, les están dando una miseria!”. Para nosotros, de clase media, no nos costaba nada, pero para ellos era mucho, no teníamos idea de los precios de las cosas. Al otro día nos pusimos al corriente y aumentamos la contribución, porque la gente no decía nada, ni una queja.

Al término de la experiencia Javier me dijo: “Voy a ser cura”. Los jesuitas eran muy brillantes, personas muy cultas y leídas que trabajaban con abnegación. Los admirábamos mucho. Y Guevarita era muy querido, un hombre que contaba chistes, muy sabrosa persona. Eso le impresionaba mucho a Javier. Él tenía esa vocación religiosa y siempre tuvo en su horizonte la posibilidad de volverse sacerdote. Me dijo: “Ya lo decidí, voy a entrar al seminario”. Pero entonces conoció a Cocó y se enamoró.

Nos reencontramos en la Facultad de Filosofía y Letras después de un año de que él estuvo en Ciencias Políticas y yo en Sociología. Hicimos la revista El Telar, que era una hoja doble carta doblada en cuatro. Nos reuníamos en su casa varios poetas jóvenes, porque su padre era un tipo muy amistoso, con veleidades literarias, que llegó a grabar un disco con sus poemas. Siempre participaba y leía en voz alta.

El que más escribía poesía era Javier. Yo había escrito muchos poemas en italiano, pero más que poesía escribía cuentos. Con Javier tuve una cosa que sólo he vuelto a tener con Antonio Deltoro: leernos poemas por teléfono. Aunque nos veíamos diario, si en la tarde escribíamos un poema nos llamábamos para leérnoslo. Recuerdo uno que me leyó: era malísimo, pero tenía un verso muy bueno. “Javier, es muy malo, pero tal verso es estupendo”, le dije. “Es de Saint-John Perse, lo tengo entrecomillado”, contestó.

Me parece importantísimo escribir con otros. Los chavos entre sí son feroces, son los mejores críticos, los que te educan mejor. Los padres te pueden dictar sentencias, pero quienes te enseñan ciertos códigos de honorabilidad, de lealtad, de lo que se puede y no se puede hacer, son los amigos. Lo que se encarna son los ejemplos de los otros. El otro es tu maestro.

Alquilamos un cuarto de azotea en la colonia Cuauhtémoc e hicimos nuestra biblioteca. Era un cuarto chiquito y logramos dividirlo en dos. Íbamos a leer o a leernos. A veces, cada quien estaba de un lado, leyendo. También estaban los libros de Tomás Calvillo, otro poeta y amigo entrañable de la preparatoria. Cuando dejamos el cuarto yo fui el encargado de llevar los libros a mi departamento. En la mudanza, los dejé en la escalera y salí a hacer una cosa. Cuando volví me los habían robado. Yo estaba angustiadísimo. Les hablé y les dije: “Sus libros se perdieron”. “Pues vale madre”, me dijeron los dos.

Nos fuimos alejando, eso hay que decirlo, después de la universidad. Él se casó, yo no me casé pero me junté y nos fuimos distanciando. No hubo un motivo que desatara un alejamiento, fueron las maneras de ser, de ver las cosas. Pero ha permanecido un gran afecto, un gran respeto. Eso no se borra y te da la posibilidad de reengancharte enseguida. A pesar de que dos personas se pueden distanciar queda ese lecho común insustituible.

El Arca
Gracias a su madre, Catalina Zardain, Javier Sicilia conoció a Gandhi. Ella tenía la biografía de Fischer como su libro de cabecera, al lado de los discursos de Martin Luther King. “Tuve los genitores invertidos”, dice. Su padre, recuerda, era puro amor y acogimiento, mientras que su madre lo echó para adelante. “Me hizo muy bien mi madre en el sentido de que yo era muy pañalón. Y ella me decía: ‘Ándele, cabrón, váyase para afuera, déle para adelante’. Mi padre me enseñó el Evangelio y la poesía y mi madre me enseñó la justicia. Por ella llegué muy temprano a Gandhi, un hombre de profunda espiritualidad, que hablaba de lo mismo que hablaba mi tradición. Gandhi amaba mucho el Evangelio”.

Manuel Calvillo, papá de su entrañable amigo Tomás, poseía una vasta biblioteca en su casa de la Plaza de la Conchita, en Coyoacán, a donde Javier acudía por conversaciones y libros. Una tarde, practicando artes marciales, Tomás se rompió la órbita del ojo. Sicilia lo visitó unos minutos antes de que lo operaran:

—Javier, descubrí algo maravilloso en la biblioteca de mi padre: Lanza del Vasto. Vete a la librería del Sótano y compra todo lo que encuentres de él y luego vienes a ver cómo salgo.

Compró los diez títulos que encontró, que sólo costaban quince pesos. Tomás salvó el ojo y apenas salió del quirófano recibió la visita de Javier.

—Nunca había leído una interpretación tan hermosa del Evangelio —le dijo Sicilia.

Filósofo italiano, Giuseppe Lanza del Vasto se fascinó por Gandhi y se unió al movimiento de independencia de la India en 1936. A su vuelta a Europa se dedicó a conciliar la tradición católica con el pensamiento del líder indio y en Languedoc, Francia, fundó El Arca, una comunidad laica inspirada en el ashram gandhiano. Sicilia y Calvillo se abocaron a investigar cómo llegar a ella. Providencialmente, una vecina de Tomás ya había pasado allá una temporada, y Calvillo se fue inmediatamente. De regreso compartió su experiencia con Javier, quien hizo las gestiones para irse. Cuando tuvo las condiciones ya habían llegado a su vida su esposa Cocó y sus dos hijos, de cuatro y dos años. El poeta y filósofo Pierre Souyris le abrió las puertas del Arca, pero le pidió que antes pasara dos meses con él en su casa como su discípulo intelectual. Después la familia Sicilia Ortega llegó al Arca en La Borie-Noble. En Vigilias, Sicilia dedica varios versos a la experiencia como en el poema “El Arca no varó en el Ararat”:

Todo está bien ahora y todo empieza,
mas la forma del Arca no ha parado,
su arquetipo en la noche de las cosas
continúa su viaje desolado.

A fines de la década de los ochenta, Javier Sicilia se mudó a Cuernavaca no sólo para procurar una ciudad pacífica y tranquila en la que crecieran sus hijos. También quería fundar un Arca en México. En las clases de filosofía que impartía en distintas universidades difundía el pensamiento de Lanza del Vasto y animaba a sus alumnos a incorporarse al proyecto. Y conoció a la pareja formada por George Voet y Patricia Gutiérrez Otero, a quienes también animó. Voet sabía hacer pan artesanal.

“Me encontré un lugar muy padre junto al ramal de un río en un pueblo que se llama Oacalco, rumbo a Cuautla. Era hectárea y media de un terreno que había sido cañero y se había venido abajo. Veías muy bien el Tepozteco y la cordillera. Juntamos una lana y lo compramos. Vino George y pusimos una panadería artesanal. Tuvimos hortalizas, un huerto de limones y árboles frutales. Jean Robert, discípulo de Iván Illich, es arquitecto y nos ayudó a diseñar la construcción. Sacamos la revista Ixtus, que era la parte reflexiva hacia fuera”.

Los sueños del Arca se plasmaron en el poema “Los peregrinos del Arca”, que Sicilia le dedicó a Cocó y a sus dos hijos:

Sobre la dura tierra sin orillas
vamos los peregrinos en la niebla,
buscando en la espesura que nos puebla
el Arca y sus secretas maravillas.

“Pero yo tenía el problema con los chavos, que eran la mayoría. Estaban en la carrera y los papás me alucinaban, me veían como a una especie de loco, un guruteca que iba a llevar a sus hijos a la ruina. Les dije: empezamos pero terminen la carrera. Había otros matrimonios interesados, pero no entendían bien el proceso… empezaron a desertar los mayores. George no estaba convencido. Seguíamos haciendo pan, pero no estaba muy arraigado en la transición hacia allá. Los muchachos se casaron y me fui quedando solo con el chingado proyecto a cuestas. Mis hijos no le hallaban a pesar de que vivimos en el Arca seis meses. Me rompí la rodilla, no sabía qué hacer con eso. Nunca se completó la transición de la vida urbana al Arca. Tuvimos que vender el terreno, repartí la lana a la gente que había metido dinero y ahí quedó todo. Algunos muchachos lo vieron muy cuesta arriba y se fueron a vivir al Arca en Francia. De eso quedó Ixtus“.

En La confesión. El diario de Esteban Martorus, uno de los protagonistas es Javier Sicilia. Para no confundir a la persona con el personaje, le pregunto cuánto hay de real en el hombre de ficción. Mucho me dice Sicilia. En La confesión, el juicio que Sicilia vierte sobre el fracaso del Arca es severo:

“Tuve un sueño y lo único que tengo es papel y los restos de un naufragio. Pienso a veces que sólo éramos un pinche puñado de desesperados que se ignoraban; de ilusos que habíamos hecho del alto sueño del matrimonio y de la vida comunitaria un refugio para no mirar nuestras propias miserias; excrecencias que llevaban en ellas la misma contaminación del mundo que nos repelía. Todo ese sueño valió madre y ahora debo arreglármelas con esa enorme y larga planicie que es la realidad concreta de mi pequeñez. Aprender a mirar el Reino donde parece no estar y donde, quizá, siempre debí buscarlo, en mi vida de todos los días, tan simple, pobre e inestable como el mundo”.

Cementerio

De Pascua:

No comprendo la muerte, y sin embargo,
ha vuelto, llega aprisa
como un terrible embargo
de Dios a nuestra vida, como amargo
destino a nuestras puertas,
como un odio maldito

¿No miraste
a mis pequeñas, muertas?
¿No sentiste y tocaste
el cuerpo de mi padre? ¿No palpaste
la carne de mi hermano
destrozada; la piel de Benedicta, sí,
que se pudre en el guano?

Javier Sicilia publicó Pascua en 2000. Para entonces, su cementerio particular estaba formado ya por su padre, Óscar Sicilia, su hermano Óscar Ricardo y las hijas de éste, las gemelas Ana y Paola. Óscar Ricardo, a quien apodaban el Oreja (era de orejas grandes) iba de vacaciones con su familia a Puerto Vallarta. “Fue un accidente estúpido por culpa de ICA (Ingenieros Civiles Asociados). Les dio flojera bajar hasta la caseta y abrieron un claro en una curva para pasar los torton. Cuando mi hermano sale de la caseta se encuentra con uno. Mueren sus dos hijas. Sobrevive su esposa que, curiosamente, era la hermana de Cocó, y queda vivo un niño muy chiquito, Santiago, que ahora es un estupendo pianista y poeta”. La muerte de su hermano y de sus sobrinas lo envejeció diez años en una semana, recuerda uno de sus amigos.

Otra pérdida sensible fue la madre Benedicta, abadesa de Ahuatepec —heredera del monasterio de Gregorio Lemercier— y, para Sicilia, una santa. A Benedicta le rinde homenaje al hacerla protagonista de La confesión.

Pascua retrata la angustia de la muerte que rodea a Sicilia: “En todo está la muerte”: en el frutero, en el nintendo, en el polvo, en la silla, en la pimienta. Mueren los libros de Celan y los de Santa Teresa y San Juan, mueren la rima y el verso medido. Pero tras la muerte llega la resurrección. Sus muertos le hablan: “Aquí estamos, Javier, estamos todos: Paola, Ana, Óscar y tu padre y todos los que han muerto de los tuyos transformados en Cristo resurrecto”. Todo reza. Rezan la aurora, la sangre espesa, Plutarco, San Marcos y Celan. Renacen en su librero Santa Teresa y Juan y hasta el verso bien medido.

Mis muertos están vivos
y con ellos mi ensueño,
mis gustos, mis motivos
para vivir y ser y mis sentidos.

Pero a poco se agregará un nuevo excavamiento, como él llama a los abismos que la muerte abre en su alma. En Vigilias, publicado en 1994, le había dedicado una oración a su hermana mayor, que había abandonado el hogar. Le pide a la Virgen que tenga piedad de ella y de su familia: “Hazla volver, María, hazla volver”, suplica. En una nota al pie agregada en la edición de 2004, Sicilia informa: “Mi hermana volvió y es una alcohólica anónima. Publico esta oración con su permiso”. Pero el daño al hígado era irreversible y murió pocos años después. Me dice en entrevista: “No pensé que iba a volver una tragedia más grande y cinco años después vino una tragedia peor, el asesinato de mi hijo”.

—¿No te preguntas, como Job, por qué Dios permite que maten a tus hijos inocentes?

—He pensado mucho en el tema del mal. Es un tema fundamental en mi vida. Tengo la idea de que si Dios pudiera hacer eso no sería Dios, sería un tirano. La libertad es una responsabilidad del hombre. Pudo haber intervenido bajo el clamor del Huerto de los Olivos: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”, pero va a responder de una forma fantástica con la resurrección: “Ustedes no fueron dignos de la libertad ni de la palabra pero yo respondo por el Hijo después de que ustedes llevaron la libertad al extremo del crimen”. El amor es debilidad pura, Cristo es debilidad pura, Dios es debilidad pura. El amor es el hueco, nunca el sometimiento. Los padres nos retiramos por amor, porque si no, aplastamos a nuestros hijos, no los hacemos libres. Es como decir: “El presidente es culpable”. No, somos todos, aunque él tiene una responsabilidad mayor. Tenemos la culpa todos de lo que está pasando.

El trabajo lo distrae del duelo. Cuando no recibe a un dirigente social o a un periodista, Sicilia escribe con esmero sus discursos y artículos. Pero el dolor escuece a su madre, Catalina Zardain. Lo visito a fines de abril en casa de uno de sus familiares, en donde reside temporalmente en la ciudad de México. Mientras Sicilia concluye una reunión de trabajo, su madre conversa conmigo. Menciona a sus muertos, los mismos de Javier salvo Benedicta. Le pido que me platique de sus estudios universitarios en química (pocas mujeres que hoy tienen ochenta y dos años estudiaron una carrera), de la preparatoria en San Ildefonso, de los cafetales de su padre en Córdoba, pero regresa al tema como si no pudiera salir de un laberinto. Le duele que no hayan aparecido los asesinos de su nieto, que pasaba largas temporadas con ella, le duele el país podrido: “Vivo en el limbo. Mi alma se ha muerto”.

La voz de la tribu
Su entrañable amigo Pietro Ameglio dudó por un momento que Javier Sicilia se echara para adelante cuando regresó abruptamente de Filipinas. Lo conoce de hace veinticinco años —el baby shower de Juan Francisco se celebró en su casa— y temía que su tendencia a la contemplación y el ensimismamiento pudieran apartarlo de enarbolar el malestar social por la guerra contra el narcotráfico. Apenas conversaron sobre el asesinato de Juan Francisco, Pietro le asestó: “Tu hijo es un cordero pascual: tienes una responsabilidad social de gran envergadura”. La tragedia, me dice Ameglio, “tocó la mejor fibra de Javier. En su línea de pensamiento, es una gracia enorme para el país: el cuerpo de Juan Francisco concentró una identidad particular que se juntó con un humus muy podrido”.

Sicilia, hombre de letras y de reflexión, “oso de cueva”, como lo define Ameglio, tuvo el talento de convertir su luto personal en un movimiento que desafía a la clase política en su conjunto y particularmente al presidente Felipe Calderón. Hasta el asesinato de Juan Francisco Sicilia, la guerra contra el narco se contaba de acuerdo con la narrativa oficial: salvo 10% de “civiles”, los muertos pertenecían a alguno de los bandos de delincuentes. Eran víctimas culpables cuya muerte no se investigaba ni se castigaba. En el terreno de la guerra, Calderón gozaba de un consenso tácito de la oposición e incluso de la opinión pública. Hasta que irrumpió Javier Sicilia.

Observo el Zócalo lleno el 8 de mayo y me viene a la mente otra marcha por la paz, la que caminó del Ángel de la Independencia al Zócalo el 12 de enero de 1994. Como ésta, aquélla era una marcha para detener una guerra y, como ésta, se nutría primordialmente de esa masa amorfa que se ha dado en llamar “la sociedad civil”: asalariados e integrantes de la clase media que no pertenecen a partidos ni a organizaciones ni marchan por obtener una prebenda. Salieron a las calles ese 12 de enero sin ser zapatistas y, sin ser lopezobradoristas, marcharon contra el desafuero de Andrés Manuel López Obrador el 25 de abril de 2005. Pero esa “sociedad civil”, decisiva en las batallas políticas mexicanas, no había tomado las calles en todo el sexenio de Calderón. Hasta hoy carecía de una causa suficientemente sólida. Le hacía falta un líder confiable y, paradojas de la política mexicana, el líder más confiable de nuestros días es aquel que no quiere ser líder, sino que encabeza este movimiento por un sentido de responsabilidad. Otras paradojas: al frente de una marcha progresista van un poeta católico, dos sacerdotes emblemáticos —Alejandro Solalinde y Miguel Concha— y un líder mormón, Julián Le Barón. Detrás de ellos desfila la izquierda: los zapatistas —el asesor de Marcos, Sergio Rodríguez Lascano— los campesinos de San Salvador Atenco con todo y machetes, la policía comunitaria de Guerrero, los dirigentes de 1968. Y hasta un prominente líder empresarial, Alberto Núñez Esteva.

Sicilia nunca había sido un político profesional pero en seis semanas se convirtió en uno de los personajes más relevantes de México. Supo dar los pasos precisos para convertir su dolor de padre en una protesta nacional y, además, de dotarla de un ambicioso programa de reforma política y social. Los seis puntos del pacto que firmarán organizaciones sociales en Ciudad Juárez el 10 de junio incluyen el fin de la guerra —aunque no demanda la retirada del Ejército de las calles— la revocación de mandato, el retiro de fuero a legisladores, la generación de condiciones sociales y económicas para el bienestar social. Exige pasar de un paradigma criminal a uno de salud pública en la política contra las drogas, aunque no demanda expresamente la legalización.

El poeta es impulsivo. Tres días después de la marcha, en la sesión de fotos con Ramiro Chaves, Javier Sicilia nos cuenta que no había considerado plantear la renuncia del secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, en la marcha, ni lo había consultado con nadie. Pero mientras caminaba al Zócalo su ánimo se fue calentando con testimonios de víctimas que apuntaban por acción u omisión a los policías federales. Y por eso lanzó esa exigencia antes de leer un discurso cuidadosamente preparado y que no particularizaba culpables sino apuntaba contra la clase política entera. Ese impulso le dio las ocho columnas al otro día en casi todos los periódicos. ¿Impulso u olfato político?

Radical porque va a las raíces, Sicilia no apuesta por una política de todo o nada. Calderón lo invitó a negociar y Sicilia le tomó la palabra: sí al diálogo, pero que sea público, en el Palacio Nacional, transmitido en vivo y que primero se escuche a las víctimas. Sí a la foto con Calderón, pero que se dé en medio de un diálogo público.

De mis apuntes de la segunda semana de abril, cuando cubro la mega marcha en Cuernavaca y el plantón en la Plaza de Armas:

Javier Sicilia es el personaje de la vida pública más peculiar de los últimos años. No es el primer doliente que se convierte en una referencia contra la inseguridad, pero sí es el primer poeta místico que de un día para otro se ve forzado a salir de su cueva y pastorear una grey. Detesta que lo llamen líder y le pesa serlo. No quisiera encabezar marchas sino hacer novelas. No quisiera pronunciar discursos sino escribir ensayos. No quisiera celebrar reuniones sino animar conversaciones.

Me llama la atención las semejanzas y diferencias con el subcomandante Marcos. Ambos irrumpieron prácticamente de la nada: uno envuelto en la neblina de su pipa, el otro en la bruma de sus Delicados. Los dos se visten siempre igual: el uno, de uniforme de campaña; el otro, de poeta friolento en tierra caliente. Pero Marcos se preparó desde adolescente para la política, mientras que a Sicilia el liderazgo le cayó como penitencia.
Marcos conoce los símbolos que seducen a los reflectores. Sicilia, por el contrario, siente los nervios en el estómago cuando se tiene que enfrentar a un grupo de reporteros. Se desespera pronto, se enoja y los enfrenta. Después se da cuenta de su error y pide disculpas, pero las cámaras tienen ya la imagen del hombre que pierde los estribos. Hombre de reflexión, desconocía que los medios demandan frases cortas, mensajes simples y contundentes. Se enredó con la propuesta del pacto con los narcos. Primero, sí a pactar, luego que no, sólo exigirles que respeten sus códigos de honor y no maten a los que pasan por ahí. Cristiano genuino, cree que en el fondo del alma de cada hombre y cada mujer, del sicario, del capo, de la líder sindical, del magnate de las telecomunicaciones, del diputado y el gobernador, está el amor de Cristo. Difiere de Hobbes: el hombre no es lobo del hombre. O no necesariamente. Pero mientras lo explica ya se enredó de nuevo frente al micrófono y dijo algo que no debía decir.

Lo veo a la cabeza de la marcha más grande en la historia de Cuernavaca, el miércoles 6 de abril. Curiosamente es una marcha donde predominan las guayaberas, los pantalones de lino, el acento fresa de la clase media que cambió el inseguro Distrito Federal por “la eterna primavera”, y que ahora vive en una de las ciudades más peligrosas del país: Cuernabalas. Sicilia bufa como un toro. No ha tenido tiempo de vivir su duelo. Se trepa al techo de una combi blanca frente a la zona militar y pide al Ejército que reflexione: ¿por qué desertan sus elementos?, ¿por qué cuando desertan y se pasan al enemigo recurren a la máxima crueldad? ¿Qué pasa adentro de las fuerzas armadas para que actúen así?

Sicilia es nuevo en esto. Sus amigos, que de la noche a la mañana se convierten en su equipo político, son nuevos también. Nadie pone orden a las vallas después de que Sicilia se baja del templete desvencijado donde pidió la renuncia del gobernador. Un hombre moreno y cacarizo igualito a Edward James Olmos, quizás un indígena nahua, se pone las pilas y llena el vacío: reparte a la gente, amarra un cordón, interpone su grueso cuerpo frente a los periodistas. Ha marchado discretamente a unos diez metros de Sicilia a la vanguardia del contingente, ataviado con saco de lino azul. Cuando baja la tensión me acerco a preguntarle su nombre.

—Edward James Olmos —responde con fuerte acento extranjero.

Dice que no conocía personalmente a Sicilia pero que había leído su poesía. Cuenta que esa mañana tomó el avión de la una de la tarde y llegó en coche a Cuernavaca apenas a tiempo para marchar. Me da su visión de México: “Deben levantarse como lo hicieron en Egipto: sin tirar balazos”. Mientras lo espera para cenar, Sicilia da una entrevista a Carmen Aristegui desde el asta bandera. A su lado, un reportero pasa al aire con una noticia macabra: han encontrado sesenta y cinco cuerpos en Tamaulipas. Con el paso de los días la cifra crecerá a 183.

Olmos toma el avión en la madrugada de regreso a Los Ángeles. Con el poeta se queda su equipo político-literario. Improvisados muchos de ellos, uno destaca por su experiencia y su claridad: Pietro Ameglio, mexicano nacido en Uruguay, profesor de historia en la UNAM, fundador de la ONG Servicios de Paz y Justicia (Serpaj) y activista gandhiano de la no-violencia. Ha sido escudo humano en Bosnia y ha ayunado por la paz en Ciudad Juárez. El pensamiento de Gandhi y Lanza del Vasto hermanaron a Pietro y a Sicilia hace casi tres décadas.

Alto, sonriente y sencillo, Pietro no se sube nunca a los templetes, pero es el estratega político del movimiento. Con él consultó Javier Sicilia qué hacer tras la muerte de su hijo. Sicilia pensaba desde el principio en una marcha en el Distrito Federal. Pietro lo disuadió: primero Cuernavaca, en donde podría arroparlo un movimiento que se ha ido entrenando desde la oposición a la construcción de un Costco en el Casino de la Selva (que terminó en derrota) y ya después la capital. Con él tomó la decisión de plantarse frente al Palacio de Gobierno después de la megamarcha cuernavacense. “El proceso tiene que ver con la gradualidad. No se trata de ahorcar al adversario porque se reproduce la guerra en su peor etapa y se invita a la gran represión”, me explica un par de días después de la marcha en un café del centro de Cuernavaca. Pietro lo acompañó a las reuniones con el gobernador Marco Antonio Adame y el presidente Felipe Calderón.

Cerca de Sicilia está el novelista Francisco Rebolledo, autor de Rasero. De sesenta años, químico de profesión y escritor por vocación, es su amigo desde los noventa. A Rebolledo (Paco, le dicen sus amigos) y a Sicilia los vincula la pasión por San Juan de la Cruz y las discusiones en torno de Dios. Hijo de refugiados españoles, Rebolledo creció en un ambiente ateo y así se ha quedado hasta el final. Como buen ateo, el tema de Dios lo obsesiona y, tras San Juan de la Cruz, se convierte en el tema más recurrente con Sicilia. “En el discurso de Dios, que nos une, nos estamos amando”, me dice. Anarco de corazón, Rebolledo es un lopezobradorista firme, y por eso Sicilia a veces lo excluye de reuniones clave: “Paco, no vengas”, le pidió antes de la reunión con el presidente Calderón. “Es exactamente la línea que no quiere Javier. Estamos haciendo política gandhiana, no se trata de (ir contra) Calderón ni de politizar esto, y eso es retedifícil”, me dice.

Jean Robert, nacido en Suiza y naturalizado mexicano, es otro de los hermanos del alma de Sicilia. No acude a las reuniones políticas, pero su influencia en el poeta es considerable. Es el discípulo más importante de Iván Illich, el filósofo de cabecera de Sicilia. De estupendo humor y marcado acento francés, Jean Robert lleva a la vida cotidiana la crítica a la modernidad illichiana: no usa automóvil ni teléfono celular. Lo encuentro en la plaza de Armas y me pide un minuto para revisar su correo. Le ofrezco mi computadora. “No, mi correo de papel”. Se mete a la oficina de correos, abre su buzón y luego retoma la conversación. Dice de Sicilia: “Luchamos juntos en el Casino de la Selva, a veces haciendo plantones. Lo he visto muy fuerte y lo hace muy bien. Sólo tengo miedo de que se agobie. Quisiera verlo más selectivo. Contesta todas las preguntas, se pasa horas con reporteros que no lo merecen. Es de una gran bondad”.

Rocato Bablot, editor, narrador y promotor cultural, no es de los amigos íntimos de Javier —se respetan y se quieren, pero no es la misma relación como con Pietro, Paco o Jean Robert— pero sí es el activista más entregado. Está al pie del cañón en el plantón, en las marchas y en la logística. A él le toca lidiar con las rencillas internas y llevar a las asambleas la opinión de Sicilia. Otro que dejó los libros para tomar las calles.

El único perredista que se coló al primer círculo fue el ex diputado Ignacio Suárez Huape, que compartió con Sicilia la movilización contra el Costco en el Casino de la Selva. Huape consigue apoyos económicos y en especie con sus amigos diputados y senadores, pero no está en las decisiones clave, las que Sicilia toma con Ameglio y Rebolledo.

El viernes 8 de abril platico con el sacerdote José Antonio Sandoval. Lo conocí en 2004, cuando era secretario ejecutivo de la Comisión Episcopal de Pastoral Social y escribió una lúcida carta pastoral contra el desafuero de López Obrador que suscribieron los obispos progresistas del país. El padre Toño, como lo conocen, promovió acercamientos de los obispos con la izquierda y los sindicatos independientes, pero también facilitó el diálogo con el PAN (es amigo de Margarita Zavala). Cuando dejó la Pastoral Social se regresó a Cuernavaca y fundó el Colegio Don Bosco, una escuela que da cientos de becas para los niños y jóvenes de los barrios bravos de Cuernavaca.

Mientras comemos una cecina caen a su BlackBerry decenas de correos con propuestas ciudadanas. Sicilia lo buscó y le pidió que lo alimentara de ideas, y él a su vez convocó a su red a que le mandara iniciativas. Me cuenta una historia de paz y reconciliación: años atrás era párroco en San Antón, una de las colonias más violentas de Cuernavaca. En la fiesta patronal, las pandillas aprovechaban para cobrarse los agravios de todo el año y la sangre llegaba al río. Los sacerdotes promovieron entonces un pacto entre todos los actores de la colonia —pandillas incluidas—, lograron que se decretara ley seca y que el alcalde y el gobernador firmaran como testigos. La violencia se terminó y la celebración anual recuperó su talante festivo. El padre Toño apura el plato y se va a una reunión con Sicilia de varias horas. Al otro día, el poeta habla por primera vez de convocar a un pacto para la paz y lo convierte en el punto central de su programa. De San Antón para México.

Conforme el movimiento se vuelve nacional, Sicilia amplía el abanico de personas a quienes consulta para sus pasos políticos: su amigo el ex sacerdote Alberto Athié, el editor Andrés Ramírez, Carmen Aristegui y Emilio Álvarez Icaza —quien contribuye profusamente a la redacción del pacto—. A su movimiento se adhieren figuras simbólicas: Eduardo Gallo, Olga Reyes, los curas Miguel Concha y Alejandro Solalinde, Julián Le Barón, el obispo Raúl Vera, padres y madres de niños de la guardería ABC, entre otros dolientes y activistas.

Y, pese a su dolor y a las presiones por radicalizar el movimiento, Sicilia se sostiene. Pospone una cita conmigo para recibir a estudiantes de la UNAM. Quiere contenerlos, me dice. Se sienta al centro de un círculo y les cuenta la historia de Espartaco: la primera rebelión importante contra el imperio llegó a Roma, no supo qué hacer ni qué alternativa ofrecer al poder del César, y fue aplastada. Y una vez más se descarta para cualquier cargo público: los poetas son pésimos presidentes, dice, y cita la fallida experiencia de Václav Havel, en la República Checa. Pienso que ahí reside su credibilidad, en la renuncia. En que no quiere ser presidente, ni gobernador, ni senador. Ni siquiera quiere dirigir este movimiento.

—¿Cómo ha sido para ti la conversión de poeta a dirigente de masas? —le pregunto.

—Como una cruz. No lo esperaba, no lo quería, no lo quiero. No quiero que se me vea como dirigente de masas sino como una voz moral. Quisiera rescatar ese sentido que antiguamente tenía el poeta: la voz de la tribu, en donde un ethos violentado y humillado encuentra su dignificación. Y puedo ir con una masa inmensa o puedo ir yo solo. La voz es la voz, no soy yo. Digo que hay que restablecer los significados, pero no soy yo el que los va a restablecer.

“Estoy orgulloso de ti”
¿Has recibido algún tipo de solidaridad de la jerarquía católica?
Para nada. Fuera de Raúl Vera y de sacerdotes comprometidos con el Evangelio, los obispos son omisos. El nuevo obispo de Cuernavaca, Alfonso Cortés, me habló una semana después (del asesinato de Juan Francisco) y eso porque ciertos curas lo presionaron, pero mejor ni me hubiera hablado. No se oía conmovido en lo más mínimo. No hizo un pronunciamiento público. Ahí está podrido todo.

¿Qué respuesta has visto de los políticos?
Siguen siendo ciegos. Retoman un discurso a lo estúpido. Hay que oír a López Obrador hablando del amor. No sabe ni lo que está diciendo él que dice que es cristiano. Si habla del amor, que renuncie a su candidatura, que se vuelva un servidor público, no un hombre de poder. El amor es la negación del poder, es el servicio, el no-poder. Calderón es otro católico, pero parece que leen el cristianismo desde los ojos del César, no del Dios que renuncia a sus poderes y se vuelve el pobre de Nazaret. No saben ni lo que dicen. Cuando pronuncian la palabra amor debería de quemarle los labios, porque es precisamente la negación del poder.

¿Cómo ves en esta luz el 2012?
Fatal. Esperaría que los partidos tuvieran coherencia y declinaran sus candidaturas y buscáramos un candidato de unidad nacional con una agenda que permitiera reconstituir y romper las complicidades que hay. Yo no, pero hay gente que lo puede hacer, hay hombres o mujeres con los que podríamos estar de acuerdo. Yo quisiera ser una voz más nada más. Mi mundo es la escritura. Para mí es un peso duro de llevar porque no es mi vocación.

¿Vas a plantear de manera abierta la declinación de las candidaturas?
Sí. También para romper esa cosa espantosa que se llama Elba Esther (Gordillo), que se ha vuelto una maquinaria electoral. Y para romper las complicidades, porque vivimos en un Estado cooptado. Los criminales están adentro. No existirían estos cabrones (el crimen organizado) si no hubiera complicidad y el Estado no estuviera cooptado por ellos mismos. En todos los partidos hay monstruos. Hay que refundar, pero se necesita humildad, amor. Creo que un país es su dignidad y este país se ha vuelto indigno.

¿Te han buscado los políticos?
No, pero si me buscan voy a hablar con todos. Nos guste o no Elba Esther ahí está, no podemos prescindir de ella ni de Carlos Slim. Es el país que tenemos, ¿podemos hacer una conversión de corazón de toda esta gente para que sirva lo que tiene que servir y deje de obsesionarse con la mierda? Hay dos definiciones del dinero fantásticas. Léon Bloy dice que es la sangre del pobre. Papini dice que es el excremento del demonio, ¿podrán dejar de obsesionarse con eso y poner su servicio al bien común? Es una esperanza, pero una esperanza teologal (ríe).
Ha dominado la idea de que existen dos tipos de víctimas: las víctimas inocentes y las víctimas culpables, las que estaban involucradas con el crimen. Tú hablas de reivindicar a los cuarenta mil muertos.
Tenemos una deuda con ellos y con esas familias. No sólo es la destrucción de una vida que no merecía ser destruida sino que se destruye la vida de familias enteras. Se dejan llagas que no vuelven a componerse y se les obliga a cargar con el peso de que son criminales. Es indigno que un Estado sostenga eso, es criminal. Y aun cuando hubiera andado en malos pasos es una víctima de la omisión del Estado. El Estado es criminal. El Estado que nos gobierna, los gobiernos que administran el Estado, son criminales. Y los poderes fácticos son criminales también.

¿No temes que la transparencia de tu discurso, que su radicalidad, porque es radical en la medida de que va a la raíz, te margine de los medios, del mainstream, de que los políticos digan, “Sicilia no quiere ni con Peña Nieto, ni con Calderón ni con López Obrador…”?
La verdad es la verdad. Que me marginen, que me ignoren. Son miserables, canallas y criminales, pero se los diga yo o no, es la verdad. Ser un ser humano es difícil, hay que construirse y negarse. Si ellos no quieren hacerlo es su problema. La humanidad es una conquista de lo mejor del hombre.

¿Temes una derrota política de tu movimiento?
Todo es posible. No depende de uno. Desde mi fe diría: si después de dos mil años de cristianismo no podemos entender el mensaje del pobre de Nazaret, del Dios que renuncia al poder, del Dios que se hace servidor y que muere como delincuente de derecho común, si no lo hemos podido entender, la derrota está allí. Llevamos dos mil años de derrota.

¿Para ti fue un despertar el asesinato de Juan Francisco?
Sí, de alguna forma su presencia, su nombre, el ponerle nombre a las víctimas me obliga a eso. Tengo fe de que no sea en vano. Lo hago por eso, por un principio de dignidad humana y de dignidad por mi hijo, que le ha dado rostro a los que el gobierno ha despreciado y criminalizado. Estoy seguro de que lo volveré a ver como volveré a ver todo lo que he amado y a quienes he amado en el amor de Cristo, y espero que me diga: “¿Sabes qué?, lo hiciste bien. Estoy orgulloso de ti”. \\

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