Larga distancia

En los locutorios de Barcelona las personas se teletransportan: el cuerpo ahí y la voz, las palabras —las muchas palabras— allá, en el país que dejaron, con la gente a la que dejaron, para buscar algo mejor, aunque sea un futuro tasable en euros. Nadie, cuando entra a estas cabinas, quiere tener testigos de sus lágrimas, sus esperas, sus aburrimientos y su crispación. Pero ahí dejan un poco de su vida, siempre; y de ahí recogen, también, mucho para seguirla llevando.

Por Catalina Gayà / Fotografía Italo Rondinella

Nadie entra en la cabina telefónica número cinco.
Es exactamente igual que las otras nueve: cinco palmos de profundidad, una silla de oficina, una tabla que aguanta un teléfono, blanco o negro (éste blanco), el papel pegado a la madera del fondo en el que se lee que hay que pulsar la tecla almohadilla (numeral) cuando el otro conteste, y que también aparece en inglés: “When listen from other side please push hash key#“, y el ventilador polvoriento, inmóvil, porque en Barcelona el termómetro marca diez grados.

“Éste es el más barato de la zona”, dice una mujer teñida de rubio con una maleta roja, enorme, acompañada de otras dos mujeres, mientras abre la puerta del locutorio. El escaparate que da a la calle está forrado por carteles de exposiciones que se pueden visitar en Barcelona —”Picasso, vida en azul”, ocupa bastante espacio— y por cuartillas que representan banderas de países con el precio de la conexión por minuto. “Bolivia, 0.10 céntimos”, se lee sobre los colores de la bandera boliviana, una franja roja, otra amarilla y una verde, desteñidas por el sol.

“Nos vemos al rato”, se despide otra de las mujeres, morena, de unos cincuenta años, y se mete en la cabina tres. La más joven, de unos treinta, abre la puerta de la cuatro. La rubia que acarrea la maleta revisa el local, como buscando posibles ladrones, pero finalmente la deja frente a la puerta de la cabina seis —es de vidrio, así que la podrá vigilar desde dentro— y cierra.

Desde fuera se las ve cabizbajas. Dos de ellas, la de la maleta y la que está en la cabina cuatro, se miran las uñas, ambas con perfecta manicura francesa. La de la cabina tres juega con un celular mientras habla. Es en el gesto recogido de las tres mujeres cuando se entiende por qué la cabina cinco de este locutorio del centro de Barcelona, en la Ronda de Sant Pau y que se llama Sant Pau, queda siempre vacía. En todas las puertas de las demás cabinas hay calcomanías pegadas con publicidad de compañías de móvil: “Recarga aquí todos los móviles”; “Compra aquí tarjetas para llamar al extranjero”. Los adhesivos, que quedan a la altura de la cabeza, resguardan la intimidad del que se teletransporta: cuerpo en Barcelona y voz en Pakistán (0.10 céntimos el minuto), en Argentina (0.12), en Blangladesh (0.5), en México (0.15). La puerta de la cabina cinco está limpia: marco de madera, puño dorado y un cristal diáfano. Sin adhesivos, el que está dentro está desprotegido: cualquiera puede espiar las lágrimas, las esperas, los gestos, el aburrimiento, la crispación. Y nadie quiere testigos cuando está allí dentro.

Abdul Razzaq, el dueño de este locutorio que ofrece también servicio de internet, mantiene los cristales impolutos, todo metódicamente ordenado, identificadas las cabinas con un número en el dintel de cada puerta y enumeradas las once pantallas de ordenador. Las tres mujeres que están en las cabinas se conocieron en Barcelona, las tres son bolivianas, pero, aunque han escuchado de los hijos, de los maridos, de los problemas de cada una “en casa” —que, siempre, significa “en Bolivia”— no conocen a esos esposos, hijos y madres de las otras más que por fotos y anécdotas sueltas. La llamada de las mujeres se alarga más de una hora. “Cuando la gente llama a casa —dice Alí, el chico que trabaja para Abdul— habla mucho, hasta dos horas”.

El locutorio, iluminado por luces fluorescentes, siempre permanece sumido en un silencio tenso, artificial, como de confesionario de iglesia. Hace sólo diez años, cuando España era el paraíso del ladrillo, los locutorios eran ruidosos: había que pedir turno y hacer cola. En cada calle del centro de Barcelona, en el Raval, había dos, tres locutorios, cuyos nombres eran un recorrido por la geográfía de Pakistán: Bimisllah, Rawalpindi, Penjab. Entonces —y pareciera que ha pasado un siglo— la clientela era abundante. Ahora a los locutorios regresan los hombres pakistaníes: las mujeres y sus hijos están con los padres, de nuevo en Pakistán, en unas vacaciones que se alargan meses.

En el Raval, la mayoría de los locutorios son de pakistaníes. En el Born, otro barrio de Barcelona, ya no hay locutorios (ésa es la zona que se proyecta como el Soho barcelonés). En el Poblesec, los locutorios eran de dominicanos o de colombianos, pero ahora hay pocos, casi siempre están vacíos y los encargados son chicos que ya nacieron en Barcelona, o que vinieron cuando eran muy pequeños.

En el Bismillah, que es una ciudad al sur de Pakistán y un locutorio de la calle de Joaquin Costa, en el Raval, el dueño, un joven pakistaní, me dice que no le puedo hacer preguntas. Frente a una de las pantallas hay un niño filipino, de unos once o doce años, que reconozco de la calle. No me ve porque está ensimismado matando soldados. Es uno de los siete niños que hay frente a siete pantallas jugando el mismo juego. Todos llevan el uniforme azul de un colegio de pago cristiano y todos tienen los cascos puestos.

Antes de 2001, los dueños de los locutorios siempre recibían a los periodistas: era el boom de estos locales. Pero el once de septiembre lo cambió todo, aunque pocos se atrevan a decirlo en voz alta.

En el locutorio de Abdul Razzaq, frente a las cabinas, están los ordenadores. Un cartel en la pared aclara: 1 hora=1 euro; 2001ora=50 céntimos; 15 minutos=30 céntimos. Hay tres hombres sentados frente a tres de las diez pantallas que tiene este locutorio —todas con webcam, Skype y audífonos— que teclean, escuchan o hablan. Están uno al lado del otro, pero se mantienen en sus mundos respectivos. El que está frente a la máquina número uno se llama Sayed y chatea con su esposa mientras, por el móvil, está pendiente de un partido de críquet. Ella no puede ver que él sigue el partido, lleva un hijab (un pañuelo que le cubre el pelo) y sonríe. No se le escucha porque Sayed tiene puestos los auriculares, pero está en Pakistán, es maestra, y él, en el Raval barcelonés, está sin trabajo. Llevan quince años separados. Tienen cuatro hijos, el menor de siete años, y hace esos mismos siete años que Sayed no va a Pakistán ni toca a su esposa ni ve a sus hijos.

Los clientes entran con tabletas y móviles, pero el locutorio ofrece precios hasta diez veces más bajos que las tarifas oficiales, y esto permite saber qué sucede en ese lugar al que todos llaman “mi casa”, casi en tiempo real. Este espacio es un cordón umbilical, un cordón frágil, creado de palabras, muchas veces las mismas y otras veces no del todo ciertas, sobre todo desde que empezó la crisis, hace seis años: cómo contar que, desde octubre de 2013, ya no te atienden en los hospitales si no tienes papeles; cómo explicar que, desde 2010, se arman filas de trabajadores en las afueras de la ciudad y que solo quien tiene suerte consigue trabajo por un día como jornalero; cómo decir que compartes habitación con otras tres personas; cómo narrarle a tu mujer, en Ecuador, que de noche duerme otro en la cama que tú ocupas de día.

Entro a la cabina cinco, que permanece vacía. Escucho que la mujer de cabina seis, la de la maleta roja, hace un recuento de lo que va a poner en esa maleta prestada que saldrá al día siguiente hacia Bolivia. La llevará su hermano, que también vive en Barcelona. Describe el vestidito para su hija: “Le he comprado ropa bonita. Envíame la foto”. En Bolivia habrá una fiesta de quince años para su hija, a la que no ve desde hace dos. La niña, ahora adolescente, ya no se cree eso de que “mamá vendrá prontito”, como le decía la abuela que la crió. La silla de la cabina en la que estoy mira hacia la madera que la separa de la cabina seis. Sin esa madera, esa mujer teñida de rubio me estaría casi rozando las rodillas. En la cabina cuatro, la mujer repite cansinamente: “Pásame a papi, mi amor”. Silencio. “No mi amor, pásame a papi. No, mami, vale cien euros, pásame a papi”. Silencio. “¿Quién es esa morena, pues?”. Silencio mucho más largo. La mujer tiene la espalda pegada a la mía.

Las baldosas del locutorio son blancas y negras. Alí está tras el mostrador y controla, a través de un programa informático, los países a los que se llama y cuánto duran las comunicaciones. Está sentado, sólo se le ven la frente y la raya del pelo negro, perfecta.

—¿Por qué no te sientas más arriba?
—Para que no se vean los ordenadores: podría venir un marroquí o un rumano y robar.
—Un marroquí diría que viene un pakistaní, ¿no?

Alí se ríe y no dice nada más. Un hombre acaba de entrar en la cabina siete, está llamando a Pakistán y, de momento, no le contestan. Alí nunca se queda mirando a los que están en las cabinas porque, cuando empezó a trabajar en el locutorio, le impresionaron las lágrimas, los enfados y, sobre todo, el silencio amargo que se hace al colgar. Como la clientela es fija, porque viven cerca, ya sabe quién llora y quién se enfada. Alí creció en Pakistán: tres hermanas, dos hermanos. Su papá trabajaba en la construcción en Dubai primero y en Barcelona después, así que se acostumbró a vivir sin padre.

—A casi todos en Gujrat les sucede lo mismo.

Se refiere a los niños de su ciudad, en Pakistán, que crecen sin padre: durante nueve años sólo vio al suyo cuando éste se conectaba desde un locutorio de Dubai o de Barcelona. Dos años atrás, Alí llegó con su madre y sus hermanos a esta ciudad y ahora trabaja en un locutorio. Tiene veintiún años y mantiene a toda su familia porque el padre se quedó sin trabajo.

Cuando explotó la burbuja inmobiliaria, se deshinchó la España que recibía inmigrantes y ahora muchos o están en paro, o migran hacia otros países, o hacen el viaje a la inversa, con la ayuda de sus familias y hasta de sus embajadas, y, por eso, el de los locutorios es un negocio a la baja. Quien se acoge a los programas de retorno del gobierno —cobrar la ayuda al desempleo de manera anticipada y en un solo monto— sabe que no podrá regresar a España, como mínimo, en tres años, y eso aunque tenga papeles. En 2011, España perdió 85 941 residentes de países extracomunitarios, aunque la cifra incluye a los nuevos nacionalizados españoles. Ese año, la población extranjera censada en España era de 5 730 666 personas, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), un 12.2% de la población. En 2012, la tasa de paro de la población inmigrante rozaba el 37% (frente al 24.4% de la media en España).

Alí dice que no ha sido fácil: ni vivir sin su padre ni vivir con él. Mira unas hojas que acaba de imprimir. Son para el muchacho, también de Pakistán, que trabaja como camarero en la cafetería de al lado que tiene un examen para obtener la nacionalidad española. Una de las preguntas es el nombre de la esposa de Mariano Rajoy. En España nadie sabe cómo se llama esa mujer.

Llevo una semana sentada junto a la máquina de refrescos, en una silla de plástico, frente a las cabinas, justo al lado de los ordenadores. A veces se enciende el motor de la máquina de refrescos marca Pepsi. Por 1 euro: aguas, zumo de naranja y coco. El runrún se alarga cincuenta segundos, acaba con un redoble seco de motor. Se pone en marcha cada cuarenta y cinco minutos y, aparte de ese ruido, lo único que se escucha la mayor parte del tiempo son palabras en tagalo, árabe, urdú, bengalí y castellano con todos los acentos de Latinoamérica.

Han pasado una hora y trece minutos, y la mujer de la maleta roja, de la cabina seis, abre la puerta y regresa a Barcelona. Alí se pone de pie con el ambientador en la mano. Abdul le ha enseñado que, cuando el cliente libera la cabina, hay que apagar la luz y cerrar la puerta. Pero casi nadie enciende la luz aunque sean las once de la noche, cuando cierra el locutorio. En el tránsito hacia casa, la penumbra otorga intimidad.

La mujer de la maleta roja se llama Inés y dice que, por favor, no escriba el apellido porque no quiere que alguien lo lea en su casa, y quiere decir, como siempre, “en Bolivia”. Llegó a España hace unos quince años, y siempre vivió en Barcelona.

—¿Qué envías? —le pregunto.
—Veintitrés kilos puedo enviar. Vestidos, zapatillas de deporte, de todo para mis hijos.

Su marido está allá y ella va cuando puede, cada dos años. Aquí cuida a una viejita y entra a las siete, así que tiene prisa. Lo que quiera saber, tendré que preguntárselo rápido.

—¿Cómo hace para vivir dos vidas, la de aquí y la de allá?
—Es que no son dos vidas, es una. La mía.

Suspira y acomoda la maleta junto al mostrador donde está Alí y se sienta en la otra silla que Abdul ha puesto junto a una mesita de plástico, para que yo pueda estar y entrevistar más cómodamente. Se enciende el motor de la máquina de refrescos. Ella repasa con la mirada el tablón de anuncios que tiene enfrente —una estantería del Ikea reciclada— donde la gente deja carteles: se alquila habitación para latinos que no fumen. Inés sin apellido empieza acomodándose el pelo y ajustándose el abrigo rojo hacia atrás.

—Lo que tienes que entender es que nosotras venimos por el bien de nuestras familias, para mejorar.

"Estamos aquí para trabajar, no nos ven, no nos quieren ver."

“Estamos aquí para trabajar, no nos ven, no nos quieren ver.”

Mira hacia las cabinas donde están sus amigas. Una le hace señas con la mano de que ella tiene para rato, y yo sé que este es el único rato que compartiremos las dos. Después, no la volveré a ver. Ya me pasó con otras dos mujeres. Ellas eran madre e hija, y estaban sentadas frente a una pantalla de ordenador.

—No ponga los nombres, por favor. Somos hondureñas —me dijo la mamá—. Yo vine primero, vine en avión desde Honduras hace siete años.
—¿Por qué Europa?, pregunté.
—Porque para ir a Estados Unidos hay que cruzar por México, y no sé si sabrá qué son los coyotes. Estuve un año sola y estaba muy triste, por eso vino mi hija mayor. Tenía quince años cuando llegó. Antes vivíamos en otro barrio, era mejor, ahora con la crisis hemos alquilado una habitación cerca de aquí.
—¿No fuiste a la escuela? 2013le pregunté a la chica.
—No, esperé un año y a los dieciséis busqué trabajo.
—Es que lo necesitamos para mantener a sus hermanos, tengo dos hijos más y uno ya está en la universidad y el otro en la secundaria. Mi marido los cuida.
—¿Ése fue el acuerdo?
—Sí, acordamos que yo vendría para poder tener un futuro en nuestro país y, la verdad, nos unió como pareja. Ahora nos vemos todos una vez a la semana gracias a Skype. Aquí trabajamos, las dos, cuidando ancianos, pero ya este año nos regresamos a nuestra casa, ¿verdad?
—¿De dónde te sientes, hondureña o española?, le pregunté a la hija.
—Si te digo la verdad, no lo sé.

Me invitaron a la próxima conexión, en una semana, en el mismo locutorio. La mamá dijo que así podría conocer a su marido, ver a sus otros hijos. Pero nunca aparecieron, nunca contestaron las llamadas, y dejaron de ir al locutorio. Por eso, cuando Inés se acomoda y se cruza los brazos frente al pecho como para marcar una frontera, sé que será la última vez que la tenga enfrente.

—¿A quién le importa lo que digamos en un locutorio?— dice Inés, que trajo a su hermano, que consiguió los papeles antes de que el gobierno de Rajoy anulara la legalización por arraigo, que es esposa a la distancia y mamá de locutorio, que, a veces, se siente mala madre y, otras veces, mala hija, porque idolatra a su propia madre, que cría a sus hijos allá en Bolivia y, al mismo tiempo, la envidia.
—Estamos aquí para trabajar, no nos ven, no nos quieren ver. Trabajamos, enviamos  dinero a casa, enviamos lo que podemos. Con mi sueldo aquí podremos tener un futuro. Así es la vida.

Cuando le pregunto si nunca sale un sábado, si no va al cine o a una comida, se enfada.

—Trabajo los sábados. Cuido a una anciana catalana. Trabajo muy duro para mantener a los míos: seis días a la semana.

Una de las amigas acaba de salir de la cabina: una hora y cuarenta y siete minutos marca la pantalla de Alí: tres llamadas a tres números bolivianos y una llamada a Colombia. Inés se despide.

—No pongas el apellido —me dice.
—Nunca me lo ha dicho —le digo.
—Ah.

En 2005, en plena época de bonanza económica, en España había 1.7 millones de mujeres inmigrantes, la media de edad era de treinta y cuatro años y el 80% trabajaba en el servicio doméstico, el comercio o la hostelería. Para ellas, era más fácil encontrar trabajo en la economía sumergida que para los hombres.

A las 21:15, hora española, se va la luz en alguna población de Pakistán. Tres hombres que están frente a los ordenadores levantan los brazos quejándose. Uno es Sayed, el hombre que seguía el partido de críquet en el celular. Lo miro con cara de qué pasó.

—Apagón, como siempre.

Hace unos días, Sayed me explicó cómo llegó a Barcelona. Ahora, cada vez que me ve entrar al locutorio hace una mueca. Si llega cuando yo estoy, ya no se sienta cerca de la máquina de refrescos, donde yo puedo ver la pantalla uno. Se retira hasta la pantalla cuatro o la once, si es que está libre, porque es la más retirada. Si llega antes y me ve entrar, se levanta de la pantalla uno y se sienta en la terraza de la cafetería vecina. Sayed llegó a Barcelona a los treinta y un años, en 1992. En Pakistán era policía, pero ser policía, en Pakistán, no es “ideal”. “Los políticos nos usaban, a los policías, para todo”. Ahora está en el paro, pero no deja de enviar dinero a la familia. Ha reducido los gastos a doscientos euros al mes: comparte habitación con otros cinco hombres en un piso de tres habitaciones. No, no piensa regresar a Pakistán. Desde el locutorio envía currículums: perfecto inglés; poco de castellano y nada de catalán. Sayed trabajó en construcción. Cuando España se llenó de cemento, todos los albañiles eran pakistaníes, marroquís, rumanos y se juntaban en grupos, según la nacionalidad. También montó dos locutorios. En los locutorios las palabras que se usan son mínimas: gracias, fotocopias, internet, sí, no, escáner. Por eso, muchos inmigrantes se dedican a este negocio. Los cerró en 2007. ¿Su mujer sabe lo que sucede en España? Me mira con desprecio. “Mi mujer es maestra, mi hija estudia medicina, va a la universidad. Sabe lo que sucede aquí y en todo el mundo porque se informan”. Sayed es fuerte, atractivo. Siempre viste de marrón.

Una mañana en el locutorio subo detrás de Abdul, el dueño, al piso de arriba. Varias veces al día he visto subir al camarero de La Alhambra, la cafetería vecina, con una bandeja llena de cafés. Abdul Razzaq siempre lleva americana, azul o beige, va bien vestido, zapato negro lustrado, camisa de cuadros pequeños, normalmente azul, o lisa y roja. Por las mañanas atiende en el locutorio y fue el único propietario, de los seis locutorios que visité, que me dio permiso para hacer preguntas y estar —ése fue el verbo que usé para explicarme— tanto como quisiera. Me dijo que no entendía muy bien qué significaba estar, pero que me sentara en la mesita junto a la máquina de refrescos y que preguntara a quien quisiera responder. Eso hice y, en dos semanas, parte de la clientela ya me saludaba. La otra mitad trataba de evitarme.

Abdul se sienta frente a dos mapas: un atlas topográfico de Catalunya y un mapa de las comarcas catalanas.
—¿Qué hacen aquí arriba? —pregunto.
—Clases de castellano y traducciones, es más tranquilo para la entrevista, ¿no crees?

Hace cinco años, Adul podría haber sido uno de los hombres que he conocido en la planta de abajo: llamadas a sus padres en Gujrat —en el Punjab pakistaní de donde son la mayoría de pakistanís en Barcelona—, a un hermano en Italia, a otro hermano en Dubai. Hace poco más de un año, Abdul decidió que dos mil locutorios en toda Catalunya —cuatrocientos en Barcelona—, necesitaban unirse para, dice él, “poder defender nuestros derechos, que nos traten como comercio local”, y trasladó la petición al Partido Socialista de Catalunya (PSC), del que es militante, y a la Confederación de Comercio de Catalunya. En mayo de 2013, se convirtió en presidente del gremio de locutorios de Catalunya. Es un hombre de izquierdas, pero no de la izquierda europea. Es de izquierdas de una manera que recuerda a los líderes comunitarios latinoamericanos o a los sindicalistas viejos, aunque Abdul sea joven: cuarenta y dos años, casado con hijos, pero de la familia “mejor no hablamos”. Está acostumbrado a que lo entrevisten en urdu. En castellano se pone nervioso. La habitación no tiene ventanas: mesas grises, sillas negras, luz fluorescente. Cuenta que, desde que llegó a España, en el año 2000, ha intentado, de muchas maneras, que la comunidad pakistaní esté unida, que sepa que tiene derechos, pero no es fácil.

La Organización Internacional para las Migraciones publicó un informe, en octubre de 2012, en el que advertía que, en España, “se está potenciando la imagen de la inmigración como un excedente indeseable del que convendría deshacerse”. Abdul llegó con veintiocho años, con una maleta que, asegura, es la misma que tiene a los cuarenta y dos, y con la idea de trabajar (“de camarero”, “en fábricas” o “donde se pudiera”) para vivir en Barcelona y enviar dinero a la familia. Durante nueve años fue eso lo que hizo.

—Pero no quería ir del trabajo a la casa a dormir. Era trabajar, sí, pero también quería hacer algo por la comunidad.
Sus padres eran militantes del Partido del Pueblo Pakistán (PPP).
—Lo conocerás, de Benazir Buttho, de izquierdas —dice.

Al mes de llegar, fundó un club de lectura —”poesía y narrativa y también de autores de aquí”, se apresura a matizar, y cuando matiza algo lo repite siempre dos veces- en una cafería pakistaní, en la Rambla del Raval. En pocos meses, se convirtió en colaborador de El Mirador, un periódico en urdu para la comunidad pakistaní en España. En una de las reuniones del club de lectura, coincidió con un periodista de Gujrat, su ciudad, que estaba de visita en Barcelona, y que le ofreció ser el corresponsal de Jazba, un periódico pakistaní. Al año, fundó el Partido del Pueblo Pakistaní (PPP) en Catalunya y siguió trabajando en la fábrica. ¿Viene con una maleta desde Pakistán y, en un año, crea un partido político?
—¡Aún la tengo la maleta! Yo no soy rico: me muevo en metro. En Pakistán, había una dictadura y aquí había mucha gente que estaba en contra, por eso lo fundamos.

Durante los primeros nueve años, Abdul llamó a Pakistán desde locutorios como este.
—Nos reuníamos en las noches en los locutorios, nos quedábamos hasta tarde hablando con la familia. Éramos jóvenes y era divertido.

En 2009, abrió su propio negocio: este locutorio, el único de la Ronda de Sant Pau, en el centro de Barcelona, y en sólo cuatro años ha conseguido crear un gremio para un comercio que sigue siendo desconocido para la clase media barcelonesa, que sigue viendo estos establecimientos como un comercio de y para inmigrantes, sin ninguna relación con su vida. Los barceloneses que entran —jóvenes en paro que pagan la conexión en céntimos y ancianos que piden a Alí que les recargue el móvil o que les borre los mensajes— tampoco son parte de esta Barcelona que, como ponen las banderolas en las calles, es una smartcity. En febrero de 2013, la Confederación de Comercio de Catalunya emitió un informe en el que exponía, con datos de 2011, que el de los locutorios, así como la telefonía móvil e internet, es el negocio por el que apuestan los inmigrantes. En las conclusiones se lee que, con la crisis, los locutorios están cerrando y se están reconvirtiendo en fruterías.

—El primer locutorio de Barcelona abre en 1997, en la calle de Sant Pau.
—¿El Universal?
—Sí, tienen familia en el Reino Unido y trajeron la idea. En el locutorio no se necesitan muchas palabras, por eso muchos paisanos abren locutorios.

Los primeros locutorios de España datan de los ochenta. Eran negocios que no podían existir en territorio español porque no había regulación a la que ampararse, así que abrían de manera  clandestina: se montaban en pisos de particulares y se accedía a ellos con una contraseña. Funcionaban una temporada y, luego, cambiaban de ubicación. En los ochenta, era un lujo hablar al extranjero desde la casa. En los noventa, se montaban abiertos a la calle, como cualquier comercio. Funcionaban un año o dos, mientras se tramitaba la licencia. Pero, como era común que no se las otorgaran, desaparecían. A medida que fue pasando el tiempo, la legislación les abrió un hueco pero, aun así, es difusa. Le pregunto a Abdul si sigue trabajando como periodista.

—No, ahora me preguntan a mí. Tengo una página web que se llama Maizbaan, El Anfitrión, y que es leída por la comunidad pakistaní en el extranjero.

Me ha dicho Abdul que el primer locutorio que se abrió en la ciudad es el Universal y yo sé que está en una de las calles del Raval que más acercan cualquier urbe a la imaginería de Blade Runner. Es la calle de la puerta trasera de El Liceu, la ópera de Barcelona, la calle de las prostitutas embutidas en minivestidos de lycra y la de la nueva y flamante Filmoteca, el cine del gobierno catalán, que reúne a la burguesía, a los hispters y a los intelectuales catalanes. Llego hasta El Universal caminando detrás de un hombre que arrastra un carro lleno de zapatos.

Sé que el dueño del Universal Telecomo, Naeem, no quiere hablar con la prensa. Fue una de las personas que pidió a los españoles que no criminalizaran a los musulmanes tras el once de septiembre. Apareció en la tele local diciendo que Estados Unidos no tenía derecho a bombardear su país, Pakistán. Unos meses después de ese once de septiembre llegó la policía. Él no estaba en Barcelona; se había ido de vacaciones al Reino Unido, donde viven sus hermanos mayores. Arrestaron a dos de sus trabajadores y a él lo acusaron de falsificación de documentos. No pudieron demostrar nada y el juicio fue nulo, pero a Naeem le quedó claro que, pese a haber llegado a Barcelona en 1982, cuando tenía trece años, y haberse casado con una española y tener tres hijos catalanes, él siempre sería extranjero.

Cuando le pregunto, no dice que sí ni que no a entrevistar a la clientela: hace un movimiento de cabeza y yo me siento en una silla de las dispuestas para esperar. La puerta está abierta y por la vereda pasan familias de marroquíes, dos mujeres dominicanas que dejan las bolsas en el suelo y descansan antes de seguir, unos africanos que cargan grandes bultos, una prostituta nigeriana que se pelea con su chulo mientras cuatro turistas, que acaban de aterrizar en la ciudad, se apartan todo lo que pueden. Dos parejas —ellas con tacones discretos, vestidas de beige, y ellos de traje formal— se dirigen al Liceu. Un hombre trajeado entra al locutorio. Es pakistaní: traje reluciente de los que estaban de moda en los cincuenta. Va con otro otro hombre que quiere cambiar el roaming de su teléfono. “Remember: Happy person; happy mobile“, dice Naeem, y se despiden diciendo bye.

—Viene de Arabia Saudita para hacerse un tratamiento en la Clínica Barraquer [la clínica de oftalmología más prestigiosa de España] —dice Naeem.

Entonces Naeem se decide a hablar: cerrará el negocio porque el de los locutorios es un negocio “en vías de extinción”. De hecho, en tres horas han entrado cinco personas. “Viber, Whastapp, la crisis, Skype”. Lo reconvertirá en otra cosa. ¿En qué? Ya verá: su familia tiene verdulerías, peluquerías y carnicerías en Barcelona.

—Mi pueblo no se queda estancado. Quiere progresar, por eso montamos comercios. Si trabajas para otro, te pagan seiscientos euros al mes. ¿De qué te sirve? De nada. Ahora muchos esperan la nacionalidad. España es un país de tránsito. Lo que pasa es que aquí han olvidado que España también fue pobre, que los abuelos vivían en las trastiendas como hicimos nosotros cuando llegamos. Trabajamos de las 8:00 a las 23:00 horas, como ellos antes, pero no se acuerdan. Lo que pasa es que si yo hablo contigo, habrá repercusiones, ya lo he vivido.

Me explica que la policía se llevó a sus trabajadores, que la policía lo acusó de falsificación de documentos, que en España siempre hay una “imagen asociada a lo que es ser extranjero”.

—¿Por qué no lo convertiste en un cíber?, le pregunto.
—No me gusta. Te viene cualquier tipo de gente y aquí también hacemos envío de dinero. Hemos quitado el cristal porque la policía nos obligó.

Entra una mujer, quiere enviar dinero a Paraguay. Naeem se calla. Sabe que quiero entrevistar a una mujer. Me hace señas de que lo haga. Daniela me pregunta: “¿Por qué quiere escribir de nosotras?” Es paraguaya y lleva ocho años en Barcelona. Vino tras su hija: “la niña” se lanzó a España cuando tenía veintidós años porque quería “juntar dinero para ir a la unversidad”, pero se casó con un español, y se acabaron los planes del estudio. Daniela acordó con su marido, que ahora es pensionado, que vendría por un año porque “la niña sentía mucha añoranza”. Un año dio lugar a otro, y Daniela decidió que si trabajaba podría pagar la carrera de su otra hija, más pequeña. Ahora trabaja, duerme, y vive en casa de “un señora” en la zona alta de la ciudad. La tratan “muy bien” y quiere acabar de pagar los estudios de su otra hija (ya se graduó en nutrición y ahora estudia enfermería, ambas carreras en universidad privada), ahorrar y tener una vejez “relajada”. Los sábados, estudia como auxiliar de enfermería.

—¿Sabe lo que dijo el papa de las mujeres paraguayas?
—No.
—Que somos muy trabajadoras y muy alegres. Yo llevo la felicidad dentro de mí. Me puedo adaptar a cualquier lugar del mundo, el ser humano puede, no sé, vivir en cualquier país. Nací en Paraguay y viví hasta los trece años en Brasil, mis papás trabajaban en Brasil.
—¿Es la segunda vez que emigra?
—Yo no lo diría así: somos vecinos con Brasil, pasamos de un lado a otro, sin más. Emigré a los cuarenta y dos años cuando vine a España y, ¿sabe? aquí es que escuché de la palabra depresión.

Cada mes, Daniela envía unos doscientos cuarenta euros a Paraguay a través de Universal Telecom. Su hija, la que está casada con un español, vive cerca del locutorio. Naeem tiene los auriculares puestos. No sé qué mira en la pantalla, pero se ríe.

Algo ha cambiado en el locutorio de Abdul desde que subí la escalera y lo entrevisté. Ahora se me acercan muchos clientes y me dan la mano. A muchos me los presenta Abdul. “¿Quiere que llame?”, me pregunta un señor. ¿Por qué? “Así me sacará en su artículo”. ¿A dónde va a llamar? “A Bangladesh”. ¿A quién? “Dígame usted”. ¿Por qué? “En mi país, Blangladesh, hay disturbios. Si quiere me entrevista: las protestas contra el gobierno de mi país no salen en los periódicos en España. Me llamo Masaud y soy el fundador del Partido Nacionalista de Bangladesh en España”.

Lo entrevisto, pero fuera del locutorio: en un bar, a dos calles, y a la entrevista llegan nueve miembros del partido de los 115 integrantes que tiene el Partido Nacionalista de Bangladesh (BNP, por sus siglas en inglés) en España. El bar es un bar cualquiera de España: café corto, aceite refrito, solo que casi no se habla castellano y el dueño y la clientela son bengalís. El dueño ya está avisado de que vendríamos. Me dicen que me siente y piden café con leche. Me han citado, dicen, para explicarme que durante las últimas elecciones, las que se celebraron el cinco enero, fueron “fraudulentas”. Masaud explica que el partido en el Gobierno en Bangladesh, la Liga Awami, ha encarcelado a cinco mil opositores.

—Todos de mi partido —asegura con un acento latino—. Ha asesinado a quinientas personas y ha cerrado periódicos y encerrado a periodistas. Sólo participó un 5% de la población en las elecciones del cinco de enero, en mi país no hay democracia.
—¿No le pueden hacer nada a usted por denunciarlo?
—Aquí, no. Ahí, sí.

Masaud Ahsan emigró a España licenciado en Económicas por la Universidad de Dacca. En la universidad ya era militante del BNP, el segundo partido mayoritario de Bangladesh. Llegó a Vinaròs, en Castellón, para trabajar en un restaurante de un amigo y, a los tres meses, se instaló en Barcelona, donde encontró trabajo en restaurantes y, después, en varias en fábricas. El dieciséis de diciembre de 1997, fundó el BNP.

—Cuando vine a Barcelona, pensé que si organizaba el partido aquí podía generar más vínculos culturales y ayudar a los paisanos.

Cada vez que no encuentra una palabra en castellano o en inglés, alguno de los que están sentados lo ayudan. Cada vez que habla de la líder de su partido, Jaleda Zia, el hombre que está a mi derecha me toca el brazo y busca imágenes en su móvil para enseñármela. Cuando se cuela una imagen de una familia bengalí: la pasa rápidamente.

—Jaleda Zia, nuestra líder, estuvo en arresto domiciliario durante diecisiete días. En mi país, mi partido no puede hablar —dice Masaud y todos asienten y dan, al mismo tiempo, un sorbo ruidoso al café con leche.

Masaud se casó en Bangladesh, en 2003, y, tras la boda, su mujer vino con él a  Barcelona. Ella está en casa. Sus hijos son catalanes, nacieron aquí, hablan catalán.

—¿Los jóvenes de Bangladesh que viven en España tienen la misma conciencia política que usted?
—Sólo se interesan por la música de Bangladesh. Han nacido aquí y si quieren participar en los partidos políticos de aquí, será su vida.

Después, me dicen que todos los bengalís de Barcelona van al locutorio porque todos tienen gente “allá” y que, si quiero, para la foto, pueden llamar a quién yo quiera en Bangladesh para que vea que es verdad. Algunos tienen a las esposas y a los hijos; otros, a  las madres, a los padres, a los hermanos. También, explican, pueden llamar a Dubai o a Emiratos Árabes, o a Qatar, o a Reino Unido o a Arabia Saudí o a Alemania.

En la puerta del locutorio, una moto para niños, de plástico, se pone en marcha y un bum-bum-bum estridente resuena adentro. Es la primera vez que escucho ese ruido: la puerta que da a la calle está abierta y yo estoy detrás del mostrador, junto a Alí. En la pantalla de su computadora dice que, desde la cabina cuatro, están llamando a Siria, a 0.10 céntimos el minuto. Al entrar al locutorio, el hombre que ahora llama a Siria se detuvo frente a la cabina 5 y, finalmente, entró en la cuatro. Su voz viaja hasta Damasco, una ciudad en guerra. Su madre vive en algún barrio de ese infierno. En un momento, enciende la luz de la cabina y, a los pocos segundos, la apaga. Se llama Osama Alkhatib y llegó a España en 1992.

Cuando sale del cubículo, compra dos tarjetas de prepago para llamar al extranjero. Con seis euros puede hablar “unos ciento veinte minutos”. En la tarjeta se lee: ciento treinta.

—No es cierto, es menos tiempo —dice.

Osama vino a los treinta y un años y se instaló aquí porque le gustó la vida, la libertad, “la libertad”, repite varias veces.

—Yo no vine por necesidad económica, la verdad. Me gustó la vida en Europa. En Siria, trabajaba para una petrolífera estadounidense, me iba bien, pero vine y vi que ésta es otra vida.
—¿Y su madre?
—Está bien, vive con una hermana. Mi hermano las ayuda, en las tiendas les suben comida. Ellas están bien. Hay miles de historias en Siria y cada una de ellas es suficiente para derrocar a un Gobierno en Europa, pero no pasa nada en Siria.

Osama habla un castellano con acento argentino, a veces chileno. Sus abuelos emigraron a Latinoamérica: uno en barco, el otro con viaje pagado por su hermano que ya vivía en Argentina, en Mendoza.

—Eran los turcos en Argentina, tenían tiendas donde se vendía de todo. En la zona donde nacieron mis abuelos, muchos emigraron huyendo del imperio Otomano.

Una mujer filipina llama a Manila. Sayed está frente a la pantalla once y mira a Osama. No nos sentamos en la mesita de plástico. Nos apoyamos en el mostrador, frente a Alí. Es la primera vez que Alí escucha una entrevista.

—¿Cómo puedo callar? Los hechos delatan lo que sucede. Siria es un país destrozado, perdido. Después de años de dictadura, el miedo está establecido en nuestra sociedad; no sólo en Siria. En todo el mundo árabe, la gente calla por miedo a las represalias. Hoy por hoy las milicias extranjeras llenan las calles del país. Siria se llenó de yihaidistas. Son ellos los que se pelean: grupos chiítas de Irak, de Irán, del Yemen, de Afganistán, chechenos. Estos apoyan el régimen. Del otro lado: salafistas, extremistas, integristas que vienen de todo el mundo apoyados por países. ¡Todos los grupos extremistas tienen nombre extranjero! Las fuerzas extranjeras, todo tipo de milicia, deberían salir de Siria. Nadie quiere la paz en Siria, todos quieren controlar el país. El régimen no deja entrar ni comida ni medicina en el campo de Yarmouk, en Damasco: hay doscientas mil personas sin comida ni medicina. Hay muertos por inanición.

Habla, grita, gesticula, se enfada y se ríe por nervios. Los tres hombres que están en los ordenadores no le hacen caso. La señora filipina, tampoco. Explica que no habla de eso con su madre: ni de la guerra ni de las bombas ni de los seis millones de desplazados ni de su casa que ya no existe en Damasco porque una bomba acabó con ella. Por teléfono hay que aparentar normalidad. ¿Están bien?, se pregunta, y la respuesta universal es sí. ¿Comes?. Otra vez: sí.

Lo que me cuenta Osama aparece, al cabo de dos días, en El País. Carmen Rengel, desde Jerusalén, reportea el catorce de enero: “El hambre mata en Siria”. El quince de enero sigue: “El régimen Sirio bloquea los alimentos y medicinas para doscientos mil civiles”. La periodista denuncia lo que sucede en el campo de Yarmouk, lo mismo que me ha dicho Osama. Ese mismo día hay otra nota, también de la misma periodista, también desde Jerusalén: “Espías europeos se reunieron con el Gobierno sirio ante el auge yihaidista”. Osama trabaja en la Confederación de Comercio de Catalunya como responsable del área del comercio extranjero. Por eso ha pasado por el locutorio, para hablar con Abdul. Osama me señala un cartel que está en la puerta que lleva al piso de arriba: es una viñeta con todo aquello que se puede hacer en el locutorio y con el que se fomenta el uso del catalán en los locutorios. En el póster, dibujados, hay un fax, un ordenador, una cabina con mujer joven que llama a México. Le responde un bigotón frente a una de las pirámides de Chichén Itzá. Los dos sonríen pero aquí, en el locutorio, los que están en las cabinas nunca sonríen. Aquí nadie ha hablado catalán más que para nombrar los números, las horas y para decir adiós: adéu.

—¿Por qué no entró a la cabina cinco?
—¿No entré? —pregunta Osama.

Quedamos en encontrarnos fuera del locutorio. En una cafetería Siria, en otro barrio, donde, frente a un té sirio (cardamomo y canela), me seguirá contando qué sucede en Siria y el dueño del restaurante me dará las gracias por contar la historia de su pueblo.

Una mañana, temprano, le digo a Abdul:
—Nadie entra en la cabina cinco.
Abdul mira hacia la cabina cinco sorprendido.
—Son todas iguales —balbucea— ¿Por qué?
Por la pegatina, le digo, porque no tiene pegatina.

Sayed levanta la mirada de la pantalla y se fija en la puerta de la cabina cinco. Sonríe. Hoy está en la pantalla uno. Ha llegado antes que yo. //

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