Lecciones de lo bueno y lo malo con Roberto Sosa

De las paradojas que suceden cuando Roberto Sosa, uno de los mejores actores de México, interpreta a Juan Orol, el Rey del Churro, y a Gustavo Díaz Ordaz.

Por Patricia Vega / Fotografía Phoebe Theodora

 

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El año 2012 ha sido muy productivo para Roberto Sosa, quien mueve vigorosamente las manos mientras formula su recuento: este septiembre lo podremos ver en la piel de Juan Orol —considerado el peor cineasta mexicano, por lo que se le apodó el Rey del Churro— en la cinta El fantástico mundo de Juan Orol, ópera prima de Sebastián del Amo, y espera que en octubre, coincidiendo con un aniversario más del movimiento estudiantil de 1968, lo podamos ver como el odiado ex presidente Gustavo Díaz Ordaz en la cinta Tlatelolco de Carlos Bolado.

Pero Roberto tiene más motivos de alegría: este año también fue nominado al Ariel —premio que anualmente otorga la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas en abril— a la mejor coactuación masculina por su soberbia interpretación del travesti Lulú en la película Victorio de Alex Noppel. Y apenas, a finales de agosto, se llevó a cabo la “alfombra negra” por los dos años en cartelera del Cáncer de olvido, obra escrita y dirigida por Víctor Salcido, por la que Roberto obtuvo el premio de la Agrupación de Críticos y Periodistas de Teatro (ACPT) al mejor actor de monólogo, género en el que Sosa incursionó por primera vez con este montaje.

Actualmente, el actor recorre el país promocionando su cinta sobre Juan Orol en la piel del personaje: se enfunda en un traje oscuro a rayas y porta, con garbo, un sombrero como los que usaban los gángsters de antaño, en la época en la que los malos-malos usaban metralleta, traje y corbata.

Hace treinta años, cuando corría 1982, se dio una confirmación de fuego para Roberto Sosa: a los doce años de edad, al tiempo que se esforzaba por sacar adelante las materias de la enseñanza secundaria, le ofrecieron el papel protagónico en la obra teatral El soldadito de plomo e interpretar a Diego, el personaje central en la película El caballito volador, dirigida por Alfredo Joskowicz; también fue invitado por el productor Valentín Pimstein para dar vida al Pecas, el amigo de Lucerito, en la exitosa telenovela Chispita, de Televisa.

Por si la anterior olla de presión no fuese suficiente para un preadolescente, hay que considerar el estrés provocado por un hecho más: su papá —el también actor de nombre Roberto Sosa— estaba en total desacuerdo con que su hijo trabajara en el medio artístico, ya que prefería tanto para él como para su hermana Evangelina, a la que había arrastrado al cine, la vida normal de los infantes que dedican su tiempo a estudiar y a jugar. Mientras, su mamá, por el contrario, apoyaba totalmente las aspiraciones artísticas de su hijo, lo que era motivo de pleitos constantes en la casa familiar que, muchas veces, se convertía en un infierno del que Roberto quería salir huyendo.

La combinación de estrés y exceso de actividades, así como su mal manejo emocional, provocó un truene que era de esperarse. Aunque ya era un actor experimentado, Roberto era todavía un niño que no pudo con la presión y somatizó la situación: un día amaneció sorpresivamente con una protuberancia en la mejilla izquierda. De acuerdo con la información que su médico proporcionó a la familia, resultó ser un tumor que debía ser extirpado de manera inmediata.

“Cuando salí de la anestesia y me enseñaron en un espejo el resultado de la intervención quirúrgica pensé: ‘Chin… con esta cara tasajeada, mi carrera actoral está acabada'”, dijo Roberto. Era, por cierto, una cicatriz queloide, de esas que tienen un color distinto al de la piel sana y que no se aplanan debido al exceso de tejido cicatricial, por eso no se vuelven menos visibles con el paso del tiempo.

Ese temor se convirtió en una realidad dolorosa. Después de algunos meses, Valentín Pimstein se hartó de rodar todas las escenas de Roberto desde un mismo lado, el derecho, con el propósito de ocultar la cicatriz que atravesaba la mejilla izquierda del simpático Pecas. Finalmente, el productor decidió que el personaje dejara de ser interpretado por Sosa. El jovencito Roberto vivió la experiencia como un rechazo personal, por lo que se vio obligado a trabajar esa emoción negativa.

En 1984 fue invitado a sumarse a la cinta Bajo el volcán, una ambiciosa coproducción entre México y Estados Unidos, basada en la novela homónima y de tintes autobiográficos, en la que el escritor inglés Malcolm Lowry describió el infierno que vivió en Cuernavaca. Filmada en territorio mexicano, la película fue dirigida por el famoso realizador John Huston y fotografiada por el no menos famoso Gabriel Figueroa. Contó con la participación de Albert Finney —nominado al Oscar por su papel de Firmin, el alcohólico ex cónsul británico—, Jacqueline Bisset, Anthony Andrews, Katy Jurado y Emilio el Indio Fernández en los papeles más destacados. Además de constituir su lanzamiento a nivel internacional, Roberto jamás imaginó que uno de los productores del filme, Michael Fitzgerald, le financiaría una nueva intervención quirúrgica, ahora de carácter estético, para “rasparle” la cicatriz con el propósito de que le quedara “pareja y sin bordos”.

De ahí en adelante, las cosas volvieron a encarrilarse para Roberto Sosa, y el actor descubriría muy pronto que la visible cicatriz de su rostro se había convertido en un sello personal. Podía ser aprovechada y remarcada por los directores que decidieran usarla. O si de plano era algo que no le gustara al realizador, el maquillaje también estaba para borrarla mágicamente.

“Afortunadamente ha sido una cicatriz que no me estorba —aclara el actor—. Por el contrario, se ha acoplado muy bien a algunos de mis personajes más característicos y que he obtenido, justamente, por esa cicatriz: es una marca de vida que ya me gusta tener”.

Treinta años después del incidente quirúrgico, Roberto Sosa gesticula con energía frente a la reportera y se mira en un espejo imaginario. Acordamos que conversaríamos al finalizar la sesión fotográfica para no perturbar su concentración. Vestido con ropa deportiva y calzado con tenis, se burla de lo que asume, con gran desparpajo e ironía, como una parodia de sí mismo que, a últimas fechas, ha convertido en un Leitmotiv que repite aquí, allá y acullá, con un histrionismo aderezado con un tono medio jocoso y burlón: “Estoy flaco y soy mujeriego, tengo una cicatriz evidente en la cara, yo tampoco canto pero puedo interpretar con mucho estilo y se me da fácilmente aporrear un piano: soy el actor perfecto para interpretar a Agustín Lara”. Así que no debe causar sorpresa alguna que llevar a la pantalla la vida de uno de los mayores compositores de música popular en México se convierta en el próximo proyecto personal de Roberto Sosa.

Por su fisonomía y cicatriz también ha interpretado a muchos personajes marginales como chavos banda y taxistas. Pero la investigación y las entrevistas realizadas para este reportaje provocan la certeza de que, si este camaleónico actor se lo propusiera, podría representar —también de manera verosímil— a un embajador vikingo nacido en tierras nórdicas, aunque alguien pensara que eso, por su físico, es imposible.

Aquí algunos datos duros que se desprenden de sus diversas fichas filmobiográficas disponibles en internet: cuarenta y dos años de vida, de los que ha dedicado treinta y cinco, de manera ininterrumpida, a la actuación en cine, teatro y televisión. Tiene en su haber un poco más de un centenar de películas, alrededor de una treintena de obras teatrales y unas veinte telenovelas, también ha participado en diversos videoclips musicales y anuncios comerciales. Sus actuaciones le han merecido nominaciones a los prestigiosos premios nacionales y extranjeros, y que ha obtenido: su primer Ariel (por coactuación masculina) fue por interpretar al Duende en la película Lola, de María Novaro; por su papel del policía federal Pedro Rojas en la película El patrullero, de Alex Cox, se llevó la Concha de Plata a la mejor actuación en el marco del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, España, y conquistó el Hugo de Plata del Festival Internacional de Cine de Chicago, por su rol protagónico en Lolo, película de Francisco Athié.

Bajo la dirección de realizadores como Oliver Stone, John Huston, Alex Cox, John Sayles, Luis Puenzo, Juan Luis Buñuel y Tony Scott, entre los extranjeros, así como por María Novaro, Paul Leduc, Francisco Athié, Nicolás Echevarría, Alfredo Jozkowicz, Benjamín Cann, Jorge Fons, Felipe Cazals y Arturo Ripstein, entre los nacionales, Roberto Sosa ha acumulado una gran experiencia actoral.

Esto ya no se encuentra en ninguna ficha: en todos los casos se ha ganado el respeto de jefes, colegas y técnicos por su amabilidad y gran profesionalismo: siempre llega y lo hace a tiempo, se aprende sus parlamentos, se coloca en su marca y prepara a su personaje con dedicación y apasionada entrega.

Pero ojo con la información en la red: como las bases de datos se realizan con robots que trabajan de manera automatizada, a Roberto Sosa hijo también se le atribuyen papeles en las películas en las que participó su padre, que también se llama Roberto Sosa. Por ejemplo, la interpretación de un chofer de autobús en María de mi corazón, la aclamada película de Jaime Humberto Hermosillo, con guión del propio cineasta y del Nobel colombiano de literatura, Gabriel García Márquez. Lo mismo sucede con otras cuatro cintas que se le adjudican en Internet Movie Database (www.imdb.com).

Roberto Sosa Martínez nació en la ciudad de México el 17 de abril de 1970. Sus progenitores, Roberto y Evangelina, tenían respectivamente veintisiete y treinta y tres años de edad cuando nació Roberto. Aunque el padre se dedicaba a la actuación y la madre cantaba zarzuela, él declaró en el Registro Civil que era empleado federal y la ocupación de ella quedó registrada sólo como empleada. En ese entonces, el domicilio familiar se ubicaba en Villalongín 167-15, en la colonia Tabacalera de la delegación Cuauhtémoc, en el Distrito Federal.

La historia de Roberto provoca el deseo de querer adaptar la minificción que el escritor Augusto Monterroso escribió en una línea para convertirla en “Cuando despertó, la actuación todavía estaba allí”. No es que Roberto en algún momento de su niñez tomara la decisión consciente de convertirse en actor. Simplemente la actuación le sucedió como algo natural, ya que su madre se lo llevaba, junto con su hermana —la también actriz Evangelina Sosa, un año mayor que él—, a sus clases, ensayos y actuaciones para no dejarlos solos en casa. Jugaban, entonces, a hacer historias en las que daban vida a otros personajes.

“La primera vez que pisé un escenario —recuerda entre risas— sólo tuve que cruzarlo de un lado a otro, usando una botarga, en la obra teatral Del centro de la Tierra a la Luna, he de haber tenido como unos siete años, y me decían todavía ‘Robertito'”.

Sin embargo, su debut formal en la actuación se dio en la televisión, cuando Roberto participó, en 1979, a la edad de nueve años, en una serie de programas educativos coproducidos por la Secretaría de Educación Pública y el Canal Once. Ahí empezó a ser dirigido por reconocidos realizadores mexicanos con los que coincidiría más tarde en la pantalla grande.

Su primera participación cinematográfica se da en 1980, a los diez años de edad, en una coproducción entre México y Estados Unidos dirigida por Stewart Raffill que se estrenó hasta 1981: Los gringos (High Risk), en la que Sosa Martínez interpreta a un niño que ayuda a escapar a los protagonistas, con quienes comparte fugazmente el set: James Brolin, Anthony Quinn, Lindsay Wagner, Ernest Borgnine y James Coburn, entre otros.

En el Teatro del Bosque —hoy llamado Julio Castillo, en homenaje a uno de los mejores directores de escena que ha dado el país—, no cabe ni una aguja más. Los espectadores desbordan la capacidad del enorme foro teatral y están sentados hasta en las escaleras.

Es la memorable noche del 8 de mayo de 1988: fin de la exitosísima temporada de la obra De la calle, ese texto dramático de Jesús González Dávila que, en manos de Julio Castillo y con el alma y cuerpo de Roberto Sosa, se volvió un hito en la historia teatral mexicana. Quien vio ese hiperrealista y legendario montaje, seguramente, todavía lo recuerda.

Aturdida por la potencia artística y desgarradora del montaje, esta reportera escribió una crónica de esa función, que se publicó al día siguiente en el diario La Jornada y de la que reproduzco un par de fragmentos: “Un túnel negro nos obliga a ser testigos. No hay escapatoria posible. Sólo un hueco para atisbar el lado oscuro, turbio de la ciudad. Pareciera decirnos, anda, ven y mira el mundo de los De la calle: los jodidos, los humillados, los sin nombre, los marginados, los sin nada…

“Y el escenario se empieza a poblar con muros y los personajes del dramaturgo Jesús González Dávila: los teporochos, las putitas, los tiras, los chemos, los tragafuegos, los locos, los tristes, los punks, los vendedores ambulantes, los merolicos, los ladrones, los que amanecen muertos en las banquetas […] Si una puñalada corta la vida de Rufino, el muchacho cuya única posesión son sus catorce años, los espectadores reciben las cuchilladas de este par de miradas amargas, que sin juzgar describen la sordidez urbana. Con De la calle, la ciudad ha perdido su inocencia”.

Roberto Sosa tenía diecisiete años, pero como se veía más chavito, pudo interpretar de manera verosímil a Rufino, ese adolescente de catorce años inventado por González Dávila que, en compañía de su amiga, recorre los bajos fondos de la ciudad con la única ilusión de encontrar a su padre, a quien creía muerto y del que sólo conoce su apodo.

En ese entonces, Sosa todavía no contaba con ninguna preparación actoral de carácter formal, pero su gran intuición y la experiencia acumulada hasta ese momento lo llevaron a ser seleccionado por Julio Castillo, de entre un conjunto de jóvenes aspirantes que sí provenían de distintas escuelas de actuación.

“De la mano de Julio Castillo, que era un director que tenía la enorme facultad y sensibilidad para guiar a los actores a través de atinadas improvisaciones y que sabía encontrarte las fibras emocionales necesarias para cada una de las escenas, los más de treinta actores que formábamos parte de la Compañía Nacional de Teatro fuimos encauzados en un trabajo que resultó tan bueno”.

Por De la calle, Roberto Sosa obtuvo, en 1988, el Premio Nacional de la Juventud, el Premio al Mejor Actor de Teatro y la Mención de Excelencia por parte del gobierno de México.

Nadie podía imaginar que cuatro meses más tarde, el 19 de septiembre de 1988, Julio Castillo moriría a los cuarenta y cuatro años de edad como consecuencia de un síndrome hepatorrenal.

Además de sus memorables creaciones teatrales, Julio Castillo heredó a México a un Roberto Sosa decidido a convertirse en actor profesional y que en los años siguientes volvería a obtener el premio como Mejor Actor de Teatro en las obras Enemigo de clase (1992), en versión de Benjamín Cann; Equus (1997), bajo la dirección de Rafael Sánchez Navarro, y Trainspotting (1999), dirigida por Gabriel Retes.

A diecinueve años de su estreno, el crítico cinematográfico Jorge Ayala Blanco sostiene, sin variar una coma, lo que escribió en el diario El Financiero del 21 de abril de 1993 sobre la película Lolo, de Francisco Athié, magistralmente protagonizada por Roberto Sosa y por la que el actor ganó un premio internacional.

Ayala blanco pensaba que sin De la calle “y sin la frágil presencia escénica entrañable de su protagonista, Roberto Sosa, acaso no existiría Lolo, poniendo de paso al día la ternura malvada de Los olvidados. Pero la sofisticación de la miseria en Athié va incluso más allá de lo previsible”.

La voz del crítico, ahora al teléfono, reitera que si Lolo representó el retrato de una juventud crucificada en los más duros tiempos del presidente Carlos Salinas, impulsor de las políticas neoliberales, la interpretación de Roberto Sosa convirtió a la película de Athié en uno de los mejores filmes mexicanos realizados durante el último par de décadas.

Roberto Sosa ya había trabajado, entre 1985 y 1989, en cuatro películas bajo la dirección de Paul Leduc —¿Cómo ves?, Barroco, Latino Bar y Dollar Mambo—, que lo retaron actoralmente porque fueron cintas con pocos diálogos o sin ellos. De ahí que tuviera que echar mano de todos sus recursos para expresar lo que Leduc le solicitaba únicamente por medio de gestos, miradas, reacciones.

“Fueron experiencias maravillosas”, recuerda.

Sin embargo, su búsqueda de excelencia y su deseo de convertirse en un verdadero actor, con todas las de la ley, lo llevaron a emigrar a París, en 1994, donde estudió en la Escuela Nacional de Circo Annie Fratellini y en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático durante tres años.

Sosa reconoce que, como actor, muchas veces le ha tocado interpretar personajes dramáticos, intensos. Sin embargo su formación actoral le permite sentirse con la capacidad para abordar los diversos géneros teatrales.

Además de dominar la acrobacia, el malabarismo y otras artes circenses que le permiten hacer con su cuerpo prácticamente lo que se le venga en gana, juega tenis, practica box, hace yoga, levanta mancuernas para hacer músculo cuando se siente “ñango” y usa la caminadora de manera cotidiana.

Aunque se ve flaquito —complexión heredada por la vía paterna—, su buena condición física (pesa 60 kilos, mide 1.68 m y es talla 28 y 34 en camisa y saco) le permite soñar con hacerle un homenaje teatral a Buster Keaton —”Ese personaje maravilloso del cine mudo que poseía unas facultades físicas e interpretativas fantásticas”—, en el que el actor pueda rehacer muchas de las escenas que requieren de dotes acrobáticas.

“Soy de la breve minoría que no forma parte de las estadísticas de obesidad en el país”, dijo, rematando el tema.

En 2007, Roberto Sosa se fue a estudiar de nuevo, junto con su pareja de ese momento —una periodista cuyo nombre omite— a la Universidad Stanford, en California, Estados Unidos. Como en ese momento se repetía mucho la clase de personajes que le proponían, decidió tomarse un “sabático de dos años” y aceptó convertirse en becario asociado de la John S. Knight Fellowship.

Ella se fue a estudiar periodismo y él una materia sobre cómo el trabajo corporal y gestual de actores como Chaplin, Wayne, Brando o James Dean ha influido, por medio del cine, en el comportamiento social generacional.

Durante ese periodo, Roberto también estudió cine documental porque, como actor de ficción, argumenta, le interesa muchísimo ese fenómeno en el que pareciera que el cine documental y el de ficción se están amalgamando, con el propósito de acercarse más a un espectador cada vez más interesado en lo que percibe como historias reales.

Queridos Reyes Magos:
Lo único que les pido es poder ver a mi hija Vaita más a menudo y pasar un día completo con ella, sería formidable.
Ojalá me concedan este deseo.
Atentamente,
Roberto Sosa.

Éste es el resultado de solicitar al actor que escribiera una carta imaginaria a los Reyes Magos.

De Roberto Sosa podrían ponerse en duda algunos de sus amores, salvo dos: el amor a la actuación y el amor a su hija, mencionados en riguroso orden de aparición.

Ahora que es el turno de que nos hable del amor por su hija, el rostro, literalmente, se le ilumina:

—Tengo una hija hermosísima que este 2012 cumple catorce años, que está en segundo de secundaria y va bien en la escuela, que es una niña muy sensible e inteligente, que tiene una buena relación con su mamá [la actriz Vanessa Ciangherotti] y a la que sus amigas y amigos quieren mucho por todas sus cualidades. Se llama Vaita, nombre que significa “lo que se descubre todos los días en el amanecer dorado”.

Vaita nació en 1998, cuando Roberto tenía veintiocho años y Vanessa veintiséis. Para entonces llevaban dos años de un matrimonio que finalmente fracasó ante las constantes infidelidades del actor. La pareja se divorció en 2002, cuando la niña tenía apenas cuatro años de edad.

Imposible no evocar aquí el poema de Eduardo Lizalde: Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses; / que se pierda / tanto increíble amor. / Que nada quede, amigos, / de esos mares de amor […] Que tanto amor queme sus naves / antes de llegar a tierra. // Es esto, dioses, poderosos amigos, perros, / niños, animales domésticos, señores, / lo que duele.

Tras su divorcio, durante los primeros seis o siete años que siguieron alcanzaron acuerdos que les permitieron llevar una rutina civilizada: Vaita estaba una semana con su papá y otra semana con su mamá. Todo compartido, tanto los espacios como el tiempo.

“Yo les seguí dando casa hasta el año pasado en que se decidieron cambiar a otra casa. Y durante todo este tiempo, yo me he hecho cargo de los gastos de educación de mi hija”.

Roberto adopta un aire reflexivo cuando se le pide ahondar en el tema de su paternidad.

“Como no nacemos con un instructivo bajo el brazo —se defiende el actor—, seguramente he cometido muchos errores, pero de esos tropezones, caídas, mortificaciones, pérdidas, dolores, enojos y mentiras vas aprendiendo a reconocer lo que no quieres repetir.

“He tratado de ser un padre amoroso y he procurado estar cerca de mi hija, pero no lo he estado todo lo que quisiera. Sobre todo porque ha crecido rapidísimo, y Vaita ya está en una edad en la que sus papás, literalmente, le valen gorro, y en sus tiempos libres, cuando no está en la escuela, ella prefiere estar con sus amigas y sus cuates, en lugar de estar con sus papás. Vaita ya está tomando sus propias decisiones y me parece bien, pero me duele”.

Asume con nostalgia la “pérdida” de no ver a su hija de manera cotidiana durante los dos años que estuvo en Estados Unidos. Y le duele que desde su regreso las cosas cambiaran y ya no hayan sido tan parejas.

—Entonces es algo que sí te ha pegado.
—Sí, cómo no. La distancia con mi hija me ha pegado muchísimo, muchísimo, muchísimo…, mmm…, yo, que soy un enamorado, resulta que la única mujer que me dice “no” y me pone en mi lugar es la niña que más amo: mi hija.

“Claro que la extraño y pienso en ella todos los días, la invoco y le deseo todo el bien, que se encuentre feliz, a gusto, sana…, es todo lo que pido.

—¿Te arrepientes de algo?
—Pues no, porque los errores son los que muchas veces te ayudan a crecer y madurar; son lecciones de vida que me han enseñado para dónde jalar y para dónde no.

“Y sin embargo —interrumpe y agrega motu proprio— ahora hay una buena relación con Vanessa. El año pasado estuvimos trabajando durante seis meses en una serie de televisión en la que ella dirigía la segunda unidad y yo participaba como actor. Los dos nos comportamos en el set de una manera muy profesional, adulta, madura: yo me dejaba dirigir por ella y noté su crecimiento artístico. Fue maravilloso recuperar ese nivel de comunicación, respeto y entendimiento con la madre de mi hija.

Roberto sostiene que, independientemente de las diferencias que los llevaron al divorcio, Vanessa y él tienen que seguir conviviendo de manera amistosa en pro de una hija “que vamos a tener por el resto de nuestras vidas”.

A pesar de sus palabras, algo pasó que, a principios de año, llevó al actor a conceder una entrevista, “cuando no estaba en mi mejor momento”, a una publicación de espectáculos durante la que hizo “unas declaraciones poco afortunadas” —así las calificó la propia Vanessa Ciangherotti, por lo que no las repetiremos aquí— que volvieron a tensar la relación entre los ex esposos. Tan es así que, a pesar de recurrir a la intermediación de una amiga en común, Vanessa declinó la invitación a participar en este reportaje.

“De Roberto no quiero hablar ni bien ni mal”, dijo por medio de interpósita persona.

Víctor Weinstock y Roberto Sosa se conocieron en el medio teatral en 1996. Aunque han trabajado pocas veces juntos —Weinstock lo dirigió en la obra Caos en el Polyforum— Víctor se convirtió en el mejor amigo, el “cuate del alma” de Roberto, al grado de que Weinstock no duda en definirlo como “mi otro yo”.

Divorciados ambos, se consuelan mutuamente cuando les va mal con sus respectivas ex parejas. Así que cojean del mismo pie.

En aras de conocer a Roberto fuera del escenario, se le pide a Víctor que comparta el mejor recuerdo que guarda de la amistad con Roberto.

Ésta es la breve anécdota:
“Un día que yo no quería celebrar mi cumpleaños porque estaba totalmente deprimido, Roberto pasó a secuestrarme y me llevó a un campamento de música. Él se encargó de que las diez mil personas que estaban ahí se enteraran de que era mi cumpleaños…, y todo el mundo me regaló cerveza, comida, aire y felicidad.

“El mejor cumpleaños que he tenido en mi vida me lo regaló Roberto. Eso es lo que hizo por mí, y eso es lo que he visto que hace por su familia”.

Sin embargo, Weinstock concede que ése puede ser también, a veces, el peor defecto de Roberto: volverse sobreprotector.

El 29 de abril de 1988 el legendario y mal cineasta Juan Orol recibió el que sería su último y único homenaje en vida —organizado por la Dirección General de Actividades Cinematográficas de la UNAM— por sus cincuenta y dos años como actor, director, guionista, editor, musicalizador, coreógrafo y productor de sus películas: un hombre-orquesta que hacía de todo.

Orol se casó con Dinorah Judith cuando ella tenía diecisiete años —era hija de un gran amigo suyo, la conoció cuando ella tenía cuatro años de edad—, dirigió a su quinta y última musa en quince películas. Su joven esposa lo acompañó a recibir, a los noventa y cuatro años y en silla de ruedas, una medalla fabricada, de manera significativa, con la plata recuperada en los propios laboratorios fílmicos de la UNAM.

Menos de un mes después, el 26 de mayo de 1988, se dio a conocer la muerte de quien fuera considerado como el peor cineasta de México, ya que sus más de cincuenta “delirantes” películas dan testimonio de las razones por las que fue apodado el Rey del Churro.

En esos días, Roberto Sosa se recuperaba del rigor, en escena, del montaje de la obra De la calle, sin imaginar que, casi un cuarto de siglo después, sería el elegido por el debutante cineasta Sebastián del Amo para dar vida en la pantalla a ese peculiar cineasta —de origen español y avecindado en México— que de tan malo se volvió bueno y que en la actualidad es considerado un “surrealista involuntario”, entre otros epítetos que hablan de su singularidad.

Cuando el actor recibió el guión de la cinta se puso a preparar el papel de Orol con gran entusiasmo, debido a que es poco frecuente que llegue a sus manos un papel con todas las posibilidades que ofrece un arco de vida tan amplio. A medida que el personaje envejece, Roberto fue haciendo un trabajo corporal de vista cansada, encorvamiento y envejecimiento de la voz, entre otros muchos elementos que le ayudaron a construir el tránsito vital de un cineasta fuera de serie, que se buscó la vida por todos lados: que trabajó como torero, beisbolista, corredor de autos y también en la policía secreta filmando fusilamientos. Fue por esta última actividad que Orol se enamoró del cine.

Por los títulos podemos imaginarnos el contenido de sus películas: Madre querida (1949), El reino de los gángsters, Gángsters contra charros (1947); Cabaret Shanghai (1949), El sindicato del crimen (1953), Zonga, el ángel diabólico (1957), La maldición de mi raza (1964) y El fantástico mundo de los hippies (1970), por mencionar unos ejemplos.

“El cine de Juan Orol —resume Roberto— no contó con invitaciones a festivales cinematográficos como sí las tuvieron las películas de Roberto Gavaldón, del Indio Fernández y de otros cineastas de esa época y, aunque era destrozado por la crítica, fue un cine muy popular que llenaba las salas cinematográficas, cuando todavía había cines de dos mil y hasta de dos mil quinientas butacas, que eran ocupadas por un público que iba a divertirse, a gritar, a chiflar y a pasar un rato agradable con la familia. Es un cine que logró autofinanciarse”.

De hecho, a Orol se le conoce como el Rey del Churro porque, independientemente de una calidad nula en la que predominaban escenas tan chuscas e inverosímiles que hasta divertidas resultan, su obsesión era producirlas en serie, una tras otra.

El gallego Juan Orol estuvo casado con cinco de sus musas-actrices —Consuelo Moreno, María Antonieta Pons, Rosa Carmina, Mary Esquivel y Dinorah Judith— y fue un director “que tenía un garbo y un arrojo ‘echao pa’elante’ que ya quisiéramos que existiera en muchos de los realizadores actuales”, reconoce el actor.

Roberto Sosa ve El fantástico mundo de Juan Orol como un homenaje al cine mexicano por medio del retrato de este polémico director que considera que vale la pena rescatar porque los jóvenes no lo conocen. En una época en la que predominaban las comedias rancheras y la temática rural, Orol lleva la urbe al cine por medio de historias sobre rumberas y gángsters. Creo que es como el abuelo de los videohomes y el precursor del cine de ficheras que, querámoslo o no, forma parte de nuestra cinematografía.

Cuando Roberto Sosa se vio ante el espejo realmente se asustó. Dijo para sí mismo, tocándose el rostro: “¡Ay, nanita, qué miedo! Sí doy el gatazo”.

Esa impresión emocional no provenía de constatar su verdadero aspecto físico, como cuando siendo un niño de doce años salió del quirófano y vio su rostro en el espejo. A diferencia de aquel viejo trauma infantil, en esta ocasión el actor de cuarenta y un años vivió una “experiencia maravillosa” al revisar el resultado de los efectos prostéticos y del maquillaje que le aplicaron en la cara, para transformarlo en el odioso presidente Gustavo Díaz Ordaz de la película Tlatelolco, que está por estrenarse en los próximos días.

Tlatelolco es una película que habla de una historia de amor, muy a lo Romeo y Julieta, que es el pretexto para retratar y reflejar un momento histórico tan fundamental en la historia de nuestro país como lo es el Movimiento de 1968.

Desde que el realizador Carlos Bolado lo llamó, Roberto se sorprendió de ser visualizado como Gustavo Díaz Ordaz; el cineasta consiguió muchos videos para que el equipo viera al personaje real y puso a disposición del actor bibliografía suficiente y documentos diversos para que pudiera comprender tanto al personaje como el origen de sus decisiones y acciones.

“Efectivamente, la máscara ahí está y puede tener parecido con el personaje, pero mi responsabilidad fue hacerlo hablar e imprimirle una credibilidad ante los espectadores”.

Nadie me lo preguntó, pero me trepé a la caminadora una hora, a ver si llego a Tijuana o de perdis a Zacatecas #el informante 🙂

informacioninútil: ayer fallece #stevejobs y anoche perdí en unos tacos mi gorra de #apple

sabadaeando en casa, luego de hacer ejercicio…leyendo guiones y libretos pendientes #placeres inútiles

la autocompasión es uno de los defectos más autodestructivos, nos consume toda la energía positiva

#yosolopasabaporaqui Buen día!

Huevonear es oximoron, el verbo implica acción #yosolopasabaporaqui

Mi voto es como mi estado civil: libre y secreto

Me dan miedo las películas de miedo

Nadie me lo preguntó, pero hoy es de esos días en que me caigo bien

Roberto Sosa tiene 5 031 amigos —el límite máximo— en su cuenta de Facebook. Su “biografía” abre con una imagen de la película El fantástico mundo de Juan Orol, y en una de sus fotos más recientes se le ve con cigarro en la boca, un traje de rayas y un sombrero tipo gángster. La información que acompaña la imagen informa “Rockeando ayer en la presentación de El fantástico mundo de Juan Orol en el Festival Internacional de Cine del Centro Histórico de Toluca”.

Por otro lado, en su cuenta en Twitter, @RobertoSosaMtz, tiene 27 026 seguidores, sigue a 845 y ha posteado 12 554 tuits —los datos son del 20 de agosto de 2012— la imagen que se distribuye en forma de mosaico por su página (¿o se dice muro?) reproduce al cartel promocional de la película dirigida por Sebastián del Amo.

Es un convencido de que, si pertenece a la generación que le tocó vivir la transición tecnológica, hay que estar en las redes sociales. De hecho, le encanta estar comunicado, pero no le gusta postear ni tuitear “babosadas”, como eso de “Ahorita vengo, voy al baño”.

“Si utilizas las redes sociales para el trabajo son maravillosas: ayudan muchísimo en la difusión, porque tienen un alcance que ni te imaginas”.

Al actor le parece fantástico que desde su BlackBerry se pueda comunicar con personas de distintos lugares del mundo gracias a Facebook y a Twitter.

“Cuando viajo me gusta tomar fotos, subirlas y compartirlas. También me gusta compartir películas, videos, música, textos, poemas o ideas…, pues sí, las redes sociales te abren las ventanas a muchísimas posibilidades, muchísimas”.

Paradójicamente, el día de la entrevista, Roberto Sosa olvidó su móvil en la casa y se le notaba un poco inquieto. Suponemos que la inquietud fue producto de no poder tuitear que lo estaban entrevistando para Gatopardo ni poder compartir ningún comentario o, tal vez, burlarse de las preguntas de la entrevistadora para darle carrilla.

Roberto Sosa se ha sumado de manera abierta al movimiento #YoSoy132 porque se considera un ciudadano preocupado por lo que pasa en el país y se hace eco de la falta de credibilidad en los discursos políticos actuales. No obstante, en la red circulan diversos videos en los que el actor manifiesta su apoyo a Andrés Manuel López Obrador.

Señala que simpatiza con los jóvenes de #YoSoy132 porque dicho movimiento se ha manifestado como apartidista, independientemente —aclara— de que haya grupos políticos específicos que quieran colgarse del movimiento como tal.

Sin embargo, el actor sostiene que manifiesta su posición política de manera más clara por medio de los personajes a los que da vida y de su participación en proyectos que denuncian el estado de las cosas. Por ejemplo, en la obra Cáncer de olvido interpreta a un escritor que estaba siendo torturado para que dejara de ser contestatario y crítico frente al sistema político, y allí no deja títere con cabeza; en la película sobre Juan Orol se habla de un cine corrompido por las instituciones; el caso de la cinta Tlatelolco entraña una crítica al momento histórico que vivió el país en 1968 por medio de la interpretación de un personaje como Díaz Ordaz, que es tan polémico, malquerido y mal recordado; encarnar a un personaje como el secuestrador de Man on Fire (Hombre en llamas) entraña la posibilidad de denunciar a las mafias.

—Me gusta involucrarme socialmente en la problemática de mi país por medio de un cuestionamiento de los distintos actores sociales y políticos, pero desde mi trinchera, que es la actuación.

—¿Y en la televisión?
—Hago poca tele porque me interesa entrarle a los proyectos que hablan de lo que está sucediendo en nuestro país, y la tele se aleja mucho de esos temas. El año pasado participé en la serie Bajo el alma porque sus capítulos eran diferentes en términos temáticos, se hablaba en ellos del desempleo, la homosexualidad, las mafias, el narco y…, ¡en esos proyectos sí me gusta participar!

Anteriormente, Roberto Sosa participó en proyectos para Epigmenio Ibarra, cuando Argos le estaba maquilando a TV Azteca, y en los que también se hablaba de corrupción, infidelidad, engaños, pero con un lenguaje y con temas cercanos a lo que se vive en el país por medio, por ejemplo, de la mención de los titulares de los periódicos del día.

“Y a los otros proyectos, concluye el actor, la verdad es que ni me invitan ni me entusiasman: son estas historias de princesas en las que el rico se enamora de la muchacha pobre y que la saca de su miseria prometiéndole amor eterno…, no son proyectos en los que yo encuentre una motivación o un aliciente que me haga participar en ellos”.

Instantes finales en la memoria
Es claro que Roberto Sosa se divierte antes y durante la sesión de fotos para este reportaje; adora su trabajo y lo hace con pasión. Las horas corren, llega el momento de suspender las tomas fotográficas para que los integrantes del equipo de producción, que ya desfallecen de hambre, coman un tentempié. Sin embargo, esos tacos de sirloin, en tortilla de harina, acompañados de guacamole y que son para Roberto, continúan enfriándose en la bandeja; su destinatario opta por fumar un par de cigarrillos en la terraza. Con algunos remanentes del maquillaje en el rostro pero ya sin el vestuario para las fotos, damos comienzo a la entrevista que habíamos pactado.

Francamente preocupada por la hora, lo invito a relajarse y a comer los tacos —ya para entonces empacados para llevar— mientras conversamos. Roberto declina la propuesta con un simple “No te preocupes, al llegar a casa los caliento y me los como”.

Cuando acaban las preguntas y respuestas, nos despedimos. Veo a Roberto Sosa Martínez —uno de los mejores actores que actualmente tenemos en el país— perderse entre una multitud que camina por las calles del Centro Histórico de la ciudad de México. La reportera, hija de padres divorciados desde sus primeros recuerdos, no puede desprenderse de la impresión de que Roberto es, en el fondo, un solitario que extraña con locura la convivencia cotidiana con su hija adolescente. Posiblemente sea cierto eso de que, como lo afirmó durante la entrevista, no se arrepienta de nada, porque de lo bueno y lo malo, sostiene, ha obtenido siempre una lección.

Sin embargo, este destacado actor comunica, sin verbalizarlo, que hay situaciones en las que ya no es posible dar marcha para atrás, aunque así se quisiera.

Jalar pa’lante es lo que nos queda. //

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