Leonora y su importante remesa de yoyos

Pedro Friedeberg, artista pop y surrealista, escribió unas fantásticas memorias que comienzan a circular en julio. Presentamos el capítulo 30 del libro De vacaciones por la vida, de Trilce Ediciones, dedicado a la recién desaparecida pintora Leonora Carrington.

Por Pedro Friedeberg
Leonora Carrington acompañada por Pedro Friedeberg.

Leonora Carrington acompañada por Pedro Friedeberg.

La primera vez que vi a Leonora fue cuando yo trabajaba en la galería de Antonio Souza, en octubre de 1955. Leonora vestía muy elegante, toda de negro, incluyendo zapatos de tacón y velos de gasa; era una mujer pálida y distinguida que parecía un bello cadáver muy nervioso. Ese día estaba muy agitada pues, según entendí, un lama tibetano le había enviado una importante remesa de yoyos. El envío fue retenido en la aduana de la retirada calle Ceylan. Me pidió llevarla en mi pequeño coche Fiat: “Daría cualquier cosa por no escuchar la conversación de un taxista”. Cuando llegamos no estaba el aduanero o la persona encargada pues se había ido a un entierro. Leonora entendió que el susodicho llevó a su papagayo recién fallecido a un taxidermista, algo con lo que ella simpatizó profundamente.

Para no desaprovechar totalmente el viaje, decidió pasar por casa de Tana Corcuera, a fin de recoger unos óleos miniatura de unos ratones pintados por Leonora que Tana rechazó porque no tenían las colas “bien peluditas”. Leonora le había prometido añadirles más pelitos. Cuando llegamos a la casa Bernal-Corcuera, nos hicieron pasar por la cocina porque estaban encerando el parquet del vestíbulo. Leonora tomó esto como un profundo insulto, pero de todas maneras entramos y Tana nos invitó a tomar té. Un criado con guantes blancos anunció que se había agotado el té, lo cual Leonora tomó como un segundo insulto. Ante su indignación, nos sirvieron agua de jamaica. Tana explicó a Leonora que ella no había pedido ratones, sino más bien ardillas, pues su marido estimaba mucho a estos animalitos, pero que de todas maneras les faltaba pelo en sus colitas, y esto Leonora lo tomó como una tercera ofensa. En el viaje de regreso Leonora me dijo que jamás volvería a hablar con Tana. Pero algunos meses después, las vi platicando animadamente en el mercado de San Juan, frente al puesto de los pulpos. En otra ocasión, Leonora me confesó: “El panorama de muchos pulpos muertos me calma los nervios sobremanera”.

En fin, Leonora vio que era un buen chofer y que le podría ser útil (yo dominaba además la lengua inglesa y sus variantes). Así que un día me invitó a su casa en la calle Chihuahua, entonces una ruina porque llevaba cinco o diez años reconstruyéndola, o más bien parchándola. Aquí conocí a sus dos hijos, Pablo y Gabriel (Gaby), quienes estudiaban una profesión que los obligaba a coleccionar ajolotes, animales prehistóricos —afortunadamente en peligro de extinción— que se encuentran solamente en las pútridas aguas de los canales de Xochimilco. Creo que ahora son patrimonio de la humanidad, digo los ajolotes.

Por una frágil y peligrosísima escalera de caracol subimos al cuarto de Emérico Chiki Weisz, el marido de Leonora. Chiki yacía en la cama leyendo Madame Bovary en húngaro. Al pie del lecho se encontraba la maleta, ligeramente desvencijada y aún sin desempacar, con la que él había huido de Budapest y cruzado los Pirineos a pie en 1936 para alistarse como voluntario en las filas republicanas españolas. Por muchos años no volví a ver a Chiki. Cuando preguntaba por él, Leonora me decía muy seriamente que estaba en el supermercado fotografiando las chuletas de cerdo: “Oh yes, Chiki is at Sumesa photographing pork cutlets“.

En otra ocasión, Leonora entró muy agitada a la galería de Antonio Souza. Había explotado un tanque de gas en un café en la esquina de Génova y Hamburgo y ella temía por la vida de sus hijos que se hallaban en la escuela. Tuvimos que calmarla con un Valium (desafortunadamente no había pulpos en la galería), explicándole que la escuela de sus niños se hallaba a 14 kilómetros de la explosión.

Leonora vivía muy apegada a sus hijos. Recuerdo un domingo que Gaby fue a Cuautla con los boy scouts y tenía orden terminante de reportarse cada media hora con su madre. Efectivamente, usaba el teléfono a intervalos muy regulares: “Mamá, ya vamos por Chalco”, “mamá, ya llegamos a Nepantla”, “mamá, ya estoy en Amecameca”. ¡Y esto antes de que hubiera teléfonos celulares!

Leonora posee extraños dones y transpira inquietantes vibraciones o atrae singulares ondas que se podrían traducir como estrategias del subconsciente. Por ejemplo, jamás viaja por aire pues le dan terror los aviones. Su viaje anual a Nueva York solía hacerlo en autobús y tren y tardaba casi una semana en el trayecto. Un día, finalmente, la convencí de acompañarme a Nueva York en avión, con el argumento de que ese viaje toma sólo cuatro horas y media. Muy pálida, con varios Valium y vodkas de por medio, logré subirla a la aeronave. A la media hora, sobrevolando el Golfo de México, el piloto anunció que el aparato sufría un desperfecto, por lo que aterrizaríamos de emergencia en Nueva Orleans. En efecto, bajamos en este lugar.

Cuando Leonora descendió del avión, pálida y desencajada nos dijo: “¿Ya ven, ya ven…?”. Sobra decir que huyó del aeropuerto, no sin antes insultarme profusamente porque la había obligado a subirse a ese instrumento de tortura, y argumentando que yo seguramente había intrigado con el piloto para causar un desperfecto en el motor del avión. Ella siguó el viaje en tren y en autobús, y llegó tres días después a Nueva York. Yo arribé el mismo día del desperfecto del avión, que había sido reparado en pocas horas. De regreso solía recogerla en Laredo un camión repartidor propiedad de uno de sus amigos, grandes industriales y magnates del “refresco”.

En ocasión de aquel viaje a Nueva York, Leonora y yo habíamos quedado en ir a cenar. Nos citamos en su hotel del Gramercy Park y cuado le pregunté adónde quería cenar me dijo que no le importaba en lo más mínimo con tal de no tener que ver a su art dealer, Alexander Iolas, con quien esa tarde había tenido un serio disgusto. Yo sugerí ir al Fortune Garden, un restaurante chino de la Segunda Avenida, como a sesenta calles de donde nos encontrábamos. Tomamos un taxi y al llegar al restaurante nos encontramos, ocupando precisamente la primera mesa junto a la puerta, a nadie menos que Alexander Iolas.

Leonora se hizo la que no lo veía y nos sentamos en una distante mesa al fondo del restaurante, donde procedió a regañarme exuberantemente, arguyendo que yo, una vez más, había intrigado con mis pesadas bromas con la sola intención de causarle un profundo disgusto.

En otra ocasión, Leonora sugirió que la llevara a Tuxpan, Veracruz, pues le dijeron que la playa de este lugar era igual de horrible que la de Blackpool o la de Bournemouth, en Inglaterra, lugares que Leonora añoraba profundamente desde su niñez. Llevaríamos a Gaby, que ya no estudiaba ajolotes sino arqueología, y de paso podían conocer el Castillo de Teayo, pirámide cercana a Tuxpan. Salimos de México y a la mitad del camino trasnochamos en el hotel Mi Ranchito, donde sólo quedaba un cuarto que debimos compartir los tres. Saliendo de la habitación en la mañana, nos tropezamos en el pasillo con el embajador de Inglaterra y con sus dos perros: Baskerville y Picasso. El embajador, personaje aborrecido por Leonora, a quien había tratado de evitar por largo tiempo, nos miró con extrañeza, igual que todos los miembros de su séquito, al notar que habíamos compartido una habitación. Leonora inmediatamente dedujo que yo había intrigado maquiavélicamente para elaborar ese desagradable y penoso encuentro. Jamás hallamos el Castillo de Teayo y Leonora decidió una vez más que se trataba de otra intriga mía para confundir al pobrecito de Gaby. El único éxito del viaje fue que la playa de Tuxpan efectivamente era un desastre; estaba tapizada de peces muertos, aguamalas, repugnantes algas y chapopote que se le pegaba a uno en los pies, mientras un gélido viento huracanado del monte aullaba constantemente.

Evoco un típico día en casa de Leonora, que solía ser así: en la entrada, tres indios lacandones muy desaliñados esperan tener audiencia con la maestra, pues ella está en proceso de reunir material para El mundo de los mayas, mural que realiza para el Museo de Antropología. En el salón de arriba, María Félix ya está sentada en un altísimo banco, en pantalones de montar y con los pechos al aire, posando para el retrato que le hace Leonora. A María ese estado de semidesnudez le causa un poco de frío y pide que le pongan un calentador. La cocinera, que es perfectamente disléxica, le conecta una estufa eléctrica que inmediatamente hace un corto y explota, espantando a dos gatos dormidos tras un librero que contiene todos los libros de misterio y asesinatos jamás escritos. Para esto entra Gaby con uno de sus ajolotes y las ayudantas de María huyen despavoridas. Mientras, las cobras de Edward James, excéntrico personaje a quien me referiré más adelante, suben lentamente las escaleras, en tanto que él en el teléfono le grita desaforadamente a su veterinario que está en Managua, Nicaragua: que las serpientes de cascabel —que en aquel momento reposaban en el cuarto 415 del hotel Francis— no han ovulado en seis meses y que él tiene la culpa pero que, de todas maneras, le envíe otras veinticinco mil orquídeas para sus jardines de Xilitla, remesa que su secretaria, Katie Walsh, irá a recoger a la frontera de Belice. En el otro cuarto, junto al salón, se oye el jazz que escucha Pablo, el otro hijo de Leonora, y desde la cocina, adyacente también al salón, se oyen los horribles berridos del bebé de Marcelina, la cocinera, que carga a su bebé mientras realiza alguna de sus incontables labores. Marcelina, que es tartamuda, entra cada dos minutos para consultar con Leonora: “Señora, ¿le po-po-pongo na-na-bo-bo-bo al ca-ca-caldo?”, “Señora, ya se aca-ca-bó el Fa-fa-fab”. Por la ventana que da al patio se ven de repente dos extrañas figuras descendiendo lentamente por la escalera de caracol. Es Chiki ayudando a bajar a Aldous Huxley, que está casi ciego. Pero Leonora no se inmuta ante todo esto y sigue fumando continuamente mientras pinta a la Doña, quien le relata una de sus interminables y acostumbradas anécdotas explicando el porqué de su perfección, inteligencia y belleza. Desde lo alto de un librero desordenado y polvoso, los gatos siameses observan toda esta escena con sus grandes ojos verdes, mientras los dos papagayos, Belfagor y Agliarept, ensayan el lenguaje estridente del chofer del camión de la basura. En ese momento suena otra vez el timbre. Ahora es de la florería Matsumoto, que Sofía Bassi le manda seis docenas de rosas a Leonora. Sofía Bassi es una pintora acusada posteriormente de estar involucrada en el asesinato de su yerno el conde Acquarone en Acapulco. Sofía trata de pintar a lo Leonora y por eso la adora y le envía constantemente regalos. Pero Leonora tira las flores a la basura gritando: “Don’t they know I hate cut flowers?“.

Ahora estoy algo alejado de ella, pues hace unos cuatro o cinco años, estando reunidos en casa de Leonora, ella empezó una de sus acostumbradas arengas feministas acerca de la superioridad de las pintoras frente a los pintores. Yo respondí sarcásticamente: “Seguramente Suzanne Valadon —quien originalmente había sido cirquera y pintó escenas de la vida cotidiana— o Sonia Delaunay —pintora cubista que tuvo cierta influencia en el campo de la decoración— eran los más grandes pinceles del siglo XX”. Leonora guardó un silencio glacial, dio a entender que daba por terminada aquella soirée y me indicó que saliera de su casa y no volviera a poner pie en ella jamás. La pintora María Luisa Ortega (alias Mimí Bearns) y Alan Glass —allí presentes y supuestamente amigos míos—, dos de las personas más hipócritas que conozco, obviamente no levantaron ni un dedo para defenderme. Yo, por mi parte, estoy encantado de no tener que volver a esa abominable casa.

En 2003 me visitó Masayo Nonaka, una activa promotora cultural japonesa que ha venido a México tres veces en diez años. Lo ha hecho para localizar y llevarse en préstamo obra pictórica realizada por mujeres. Con esta obra organiza exposiciones en diez de los mejores museos de Japón. Ha llevado obra de Leonora, Remedios Varo, María Izquierdo y Alice Rahon, y también fotografías de Lola Álvarez Bravo y de Kati Horna. Pero siempre es obra solamente de mujeres. A mí nunca me han invitado a una exposición de puros hombres. Una vez le dije a Leonora: “Deberían hacer una exposición con obra hecha exclusivamente por mujeres con pito”. Se me figura una postura racial-fascista: “Tú no puedes exponer porque no tienes la nariz respingada” y quién sabe qué otros absurdos argumentos. Y estas señoras, que participan cada cinco minutos en este tipo de exhibiciones exclusivas, dicen que las tratan muy mal y que son ninguneadas. No sé de qué se quejan.

Madame Nonaka vino a mi casa en México porque yo tenía un cuadro de Alice Rahon, artista en cuya obra estaba interesada. Quería que le prestara la pintura pero decidimos que mejor no, porque es de un formato pequeño y corríamos el riesgo de que se la “clavaran” muy fácilmente al estar expuesta en el museo. Se llevó cuadros maravillosos de México: las mejores veinte pinturas que pudo conseguir de Frida Kahlo —artista expuesta en Japón unas catorce veces—, las mejores de María Izquierdo y de Leonora. De Remedios no llevaba porque es una obra muy difícil de conseguir y más si la requieren prestada por seis u ocho meses. Los japoneses, sin embargo, son muy formales: trasladan la obra en las mejores condiciones y va bien asegurada, además de que hacen unos catálogos estupendos.

Cuando se iba Masayo le dije: “Si ves a Leonora, infórmale que voy a hacer una exposición exclusivamente con obras de hermafroditas musulmanas albinas. Y comunícale que ella no está invitada porque ni es musulmana, ni hermafrodita, ni albina”.//

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