Archivo Gatopardo

Los Infiltrados

Este adelanto del libro El Narco: Inside Mexico’s Criminal Insurgency, de Ioan Grillo —corresponsal extranjero en México— presenta una reveladora inmersión en la vida de los agentes de la DEA y su papel en la guerra contra el narcotráfico.

Por Ioan Grillo / Ilustración Alejandro Magallanes
En México a los informantes se les conoce como "soplones", en Colombia les llaman "sapos".

En México a los informantes se les conoce como “soplones”, en Colombia les llaman “sapos”.

Cuando Daniel —un agente de la DEA— vio la película Miami Vice, casi se le sale el corazón en una sala de cine de la ciudad de Panamá. Era un remake de la serie policiaca icónica de los años ochenta. Los detectives Crockett y Tubbs ejecutaban una operación encubierta con traficantes de cocaína colombiana. Se hacían pasar por “camellos”, vestidos de traje y camisa blanca, planeaban mover un cargamento con el polvo blanco que después incautarían. Era una contradicción extraña: un par de policías que transportan droga para confiscarla, exactamente la misma operación que Daniel realizaba en Panamá en la vida real.

Entonces, Daniel se reunía con los magnates de la cocaína colombiana haciéndose pasar por un mercenario que transportaba narcóticos. Llevaba meses tratando de infiltrarse y estaba ya por persuadirlos de cargar tres toneladas de cocaína en un barco que controlaba la DEA y la sacaría de Panamá. Sería el atraco de la historia. Pero Miami Vice llegó a las salas de cine: si ellos veían la película, pensó Daniel, sería hombre muerto.

“Fue algo grave. Vi la película y me dije: ‘¡No puede ser, hijos de puta!’. Nos estaban comprometiendo. Era lo mismo que estábamos haciendo. Tuvieron que ser agentes los que realizaron esa película, porque el argumento era sólido. Estuvo muy, pero muy cerca.

“Entonces uno se tiene que agarrar los huevos. Al diablo con la película. Me vale madres. Esto es lo que soy, así era como lo veía entonces. Había que lograrlo o morir”.

En la guerra contra las drogas, cada vez es más frecuente que los agentes de la DEA se asocien con los traficantes para poder adelantárseles. Tienen que reclutar informantes, estar cerca de ellos y saber cómo utilizarlos para luego ir a tirar bala.

Los grandes decomisos de droga no son resultado ni de la buena suerte ni de la fuerza bruta. Tienen que ver más bien con los servicios de inteligencia, con saber dónde se realizarán los embarques, o cuál será la casa de seguridad del próximo martes. Sólo hasta entonces se envía a la infantería de marina. Son medidas de inteligencia que, como lo han descubierto los agentes antinarcóticos en cuatro décadas de guerra contra el narcotráfico, vienen siempre de la mano de los infiltrados y los informantes.

Esto ha hecho que los traficantes de drogas se hayan vuelto particularmente violentos hacia todo el que huela a traición. En México, a estos informantes se les conoce como “soplones” —y les cortan los dedos y se los meten en la boca—, mientras que en Colombia les llaman “sapos”.

Una vez que los cabecillas de los cárteles son extraditados a Estados Unidos, muchos terminan por convertirse en “sapos” —o en “supersapos”— y pueden negociar la entrega de otros criminales. Los agentes antinarcóticos realizan así cada vez más decomisos, arrestan a más personas, mientras que los capos encarcelados se dedican a escribir sus memorias y se convierten en estrellas de cine.

La pregunta clave para entender el futuro del problema es si la policía mexicana o estadounidense podrá derrotar a la gran bestia del narcotráfico con arrestos y decomisos. Es una táctica que continúan ejerciendo los jefes de la DEA y el gobierno de Felipe Calderón a pesar de las diversas bajas que han sufrido. Pero los cárteles a menudo parecen ser organizaciones invencibles, inmunes a cualquier cosa que haga la Policía o el Ejército. Si en verdad los agentes se organizan y actúan juntos, ¿los cárteles se colapsarán?, ¿los contrabandistas dejarán de ser una insurgencia criminal que amenaza la seguridad nacional para volverse un problema común de delincuencia?

La historia de Daniel revela cómo un agente de la DEA se ha infiltrado en uno de los mayores cárteles de la droga en México y otro en Colombia, y ha sobrevivido para contarlo. Muestra la realidad de las calles en las ciudades fronterizas mexicanas como resultado de la estrategia contra el crimen que se originó en Washington.

Daniel proviene de los estratos más bajos y peligrosos, como es el caso de muchos otros soldados. La DEA está siempre en busca de gente como Daniel, que nació en Tijuana, que se juntó con una pandilla californiana asociada a los Crips y que en sus años de adolescente se reventaba a golpes a quien se pusiera enfrente. Los agentes encubiertos de la DEA son como los primos ordinarios de los acaudalados espías de la CIA: un anglosajón educado en Harvard nunca podrá ser un buen negociante de cocaína con el cártel de Medellín. Daniel cuenta que se libró de una vida de delincuencia cuando se unió al Cuerpo de Marines de Estados Unidos. Y fue a Kuwait, donde disparó una ametralladora en la Guerra del Golfo.

Me encuentro con Daniel en un departamento y me cuenta su historia con unas cervezas Tecate y una pizza de por medio. Tiene una complexión fuerte, viste traje y corbata, y usa unos términos militares precisos como muchos otros veteranos y policías. Habla de su caprichosa juventud y, de pronto, lo sorprendo tarareando unas viejas canciones punk y hiphoperas de los años ochenta, desde Suicidal Tendencies hasta Niggaz With Attitude. Dice que adora la película de traficantes Scarface, de 1983.

Scarface es la mejor película de todos los tiempos. Era el sueño americano, especialmente para un inmigrante; el sueño de llegar a Norteamérica y tener éxito”.

Daniel ya conocía el mundo del tráfico de drogas cuando vio Scarface de niño en Imperial Beach, San Diego. Había vivido en Tijuana una infancia al borde del peligro, cuando el menudeo de mariguana estalló en los años setenta. Uno de sus primeros recuerdos fue ver a su papá recibir en casa a hombres desconocidos y sacar montones de dinero de un compartimiento secreto en una mesa de centro de caoba. Cuando mira hacia atrás, Daniel cree que es muy probable que su padre traficara mota. Luego, a los diez años, su mamá murió, y Daniel tuvo que irse a vivir con sus abuelos a Estados Unidos.

“Mi mamá fue muy dura conmigo, y murió cinco días antes de uno de mis cumpleaños. Le guardé mucho rencor. Fue uno de los demonios que me persiguieron toda mi vida”.

Mudarse de casa y de país resultó un desafío. Daniel no habló inglés de manera fluida hasta que tuvo catorce años y, para ese entonces, era ya un chico problemático que habían expulsado de tres escuelas por mala conducta. Muchos de sus amigos robaban coches o motocicletas y llevaban drogas a la frontera; mientras que Daniel fumaba mariguana y se emborrachaba con frecuencia. “Era uno de esos mala-copa que arruinaban las fiestas. Siempre que estaba a punto de pelearme con alguien me quitaba la camisa. Yo hacía pesas y en la escuela estaba en el equipo de lucha, así que me gustaba presumir y decirle a medio mundo: ‘¿Estás seguro de que quieres que te parta tu madre?’. Era como un ritual”.

Finalmente, Daniel terminó la escuela y recibió su diploma de high school, en una institución para chicos problemáticos de San Diego. De ahí entró directo al Cuerpo de Marines. Parecía que iba a dejar atrás la vida de mariguano, porque ahora disfrutaba del entrenamiento físico y había resultado talentoso para muchos deportes. Hasta fue seleccionado para formar parte de un cuerpo de élite dentro de los marines. La vida militar parecía ser muy divertida. Hasta que Saddam Hussein invadió Kuwait. Tuvo que entrenarse en Omán para después meterse en una zanja en el desierto, desde donde disparaba con una ametralladora S.A.W. a las tropas iraquíes que salían en masa de Kuwait, asesinando probablemente a muchos.

“Estaba triste, la gente ya se había rendido, pero muchos peleaban hasta el final, especialmente la Guardia Republicana, que le tocó lo que le tocó.

“Y además estaba que me cagaba de frío. Nos habían dicho que iba a hacer mucho calor, y dejamos todo el equipo para el frío. Pero al llegar, estaba haciendo un puto frío. Todo el tiempo estuvo lloviendo y se nos llenaban de agua las zanjas. Era una mierda”.

Después de cuatro años de estar en las fuerzas armadas, Daniel volvió a la vida civil, llevando de vuelta a casa un poco de esa miseria que es el síndrome del Golfo: un estado que se creía que era causado por exponerse a químicos tóxicos, cuya gama de síntomas iban desde los dolores de cabeza hasta los defectos congénitos de los hijos de muchos veteranos. Su experiencia militar le permitió conseguir su primer trabajo en el comando antinarcóticos del estado de California, arrestando a traficantes. Junto con otros veteranos, Daniel sobrevolaba el estado en un helicóptero con un rifle automático M16 y atracaba las plantaciones de mariguana. Muchas de éstas eran controladas por mexicanos y se localizaban dentro de parques y bosques nacionales; algunas eran enormes granjas con más de doce mil plantas. Recuerda que durante una redada unos matones les dispararon con Kaláshnikovs.

“Nos fuimos directo al suelo, arrodillados, pero contraatacamos. Finalmente ellos se dieron a la fuga. Estos tipos sí que tienen huevos, están locos”.

El siguiente empleo de Daniel fue como agente aduanal, y detenía a traficantes que llegaban cargados a la frontera. Debido a la gran cantidad de carros que atascan la frontera Tijuana-San Diego, los agentes aduanales sólo podían detener unos cuántos vehículos. Para Daniel y muchos otros agentes, la clave estaba en tratar de leer a la gente y oler quién era el que andaba sucio. Daniel descubrió que tenía un talento especial para reconocer contrabandistas.

“Es como un sentido. Los observo y veo si el sujeto que está conduciendo corresponde con el coche o si el coche no corresponde con el sujeto.

“El problema fue que la gente en las calles me reconocía, porque yo crecí ahí. Decían: ‘Esto es una contradicción. Antes fumábamos mariguana juntos’. ‘Bueno, eso era antes, pero esto es lo que soy hoy’, les decía. Para evitar venganzas, tuve mejor que irme hacia al norte”.

Como Daniel lograba grandes decomisos de mariguana, cristal, cocaína y heroína, los agentes de la DEA lo invitaron a unírseles. De pronto se convirtió en agente federal con un salario elevado, que trabajaba en grandes investigaciones. Su carrera se disparó. Al principio se quedaba en la frontera, y lo llamaban cada vez que los agentes aduanales hacían algún arresto. Su trabajo consistía en tratar de voltear a los contrabandistas para que colaboraran con la DEA. Encontró que su cercanía con la cultura fronteriza le daba un talento especial para convertir a sospechosos en informantes.

“Yo no necesito al policía rudo. Sólo necesito de mí mismo porque soy el que vende el producto. ‘Hiciste lo que hiciste, eso ya queda en ti’, les decía. ‘¿Cómo puedo ahora ayudarte para salir de ésta? No puedo volver y borrar tu pinche vida. Si quieres salir de ésta, órale, hagámoslo’. Así me vendo, me vendo por la forma en que le llego a la gente y en la que le hablo”.

Daniel persuadía a los traficantes para que llevaran la droga al punto de entrega, mientras agentes antinarcóticos los seguían. Las redadas se realizaban en las bodegas —en San Diego, o a menudo en Los Ángeles—. También los agentes seguían a las bandas y desarticulaban toda la operación. Daniel perfeccionó así el arte de cultivar informantes y entrenarlos para poder introducirse en los cárteles.

Pero el uso de informantes es éticamente cuestionable. En teoría, los agentes federales no deben pagar a informantes involucrados en actividades criminales. En la práctica lo hacen, y los agentes tratan de no saber en qué andan metidos los informantes porque, como ellos dicen, “no son de los que cantan en el coro de la iglesia”. A los agentes también les preocupa que sus informantes vayan a ser agentes dobles que alimenten a un cártel con información. O agentes triples. Daniel descubrió que uno tiene que meterse en la mente de un informante para cerciorarse de que le esté jugando derecho.

“Tengo que asegurarme de que no estén mintiendo o me estén montando una trampa para chingarme. ¿Quién quiere morir por nada? Yo no.

“Todos los informantes están sucios. Todos ellos. Tal vez estén limpios en un momento dado, pero son como una persona sucia que se da un regaderazo: mañana estará sucia otra vez”.

En la guerra de México contra las drogas, hay dos casos destacados que involucran a informantes que han desatado escándalos dentro de las fuerzas policiacas de Estados Unidos. En ninguna se involucró a la DEA, pero sí al ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, por sus siglas en inglés) —una agencia que forma parte del Departamento de Seguridad Nacional que creó el ex presidente Bush y que también se ha involucrado en la lucha contra el narcotráfico—. En ambos casos, unos agentes de Inmigración rompieron las reglas: contrataron informantes que realizaban asesinatos en Ciudad Juárez. Esto causó un escándalo en ambos lados de la frontera, había sicarios en la nómina estadounidense matando gente en México.

Después de dos años y medio de trocar contrabandistas en la frontera, los oficiales de la DEA vieron en Daniel un enorme potencial. Tenía el perfil perfecto para el trabajo encubierto al sur del río Bravo: mexicano, agresivo, tenía calle, era un ex marine y sus antecedentes eran comprobables. Entonces lo enviaron a una academia en la que los agentes aprenden a trabajar encubiertos, un curso de dos semanas.

“No aprendes ni madres en dos semanas. Era únicamente por protocolo, y sólo servía para ponerle palomita a ese trámite. Aprendes más en las calles”.

Con licencia para trabajar encubierto, Daniel empezó a atender operaciones internacionales mayores. Ya no le importaban unos cuantos kilos de droga, ahora iba por toneladas.

Después de muchos años en este trabajo, se involucró en un caso enorme en Panamá. Viajó al paraíso de los rascacielos de Centroamérica, atestado de hombres de negocios y criminales que vienen de todo el planeta, así como discotecas glamurosas, casinos y prostitutas de alto nivel, todo dentro de un sofocante clima tropical. Como la mayoría de los grandes casos, éste comenzó con un informante, un colombiano que había heredado una compañía de transportes de su padre. El hombre introdujo a Daniel con los grandes traficantes.

Hoy los traficantes de droga modernos subcontratan a mercenarios para que transporten la mercancía. Esto les ahorra el lío de ser dueños de muchos barcos y aviones, y reduce el número de empleados.

Daniel se hizo pasar por una de esas personas que brindan servicios de transporte y ofreció un buen precio por tonelada para mover la cocaína en su barco. De esa forma, los narcotraficantes pondrían una enorme cantidad del producto en la nave que, en realidad, la DEA controlaba. También, les entregarían montones de efectivo a los agentes. Era una emboscada perfecta y simple, pero la de mayor escala hasta entonces.

Para ser convincentes, Daniel se tuvo que construir un personaje como transportista de narcóticos, su álter ego. Me muestra una foto suya en la que encarnaba a ese personaje. Tenía el pelo largo con un pañuelo amarrado en la cabeza y, en los ojos, una mirada agresiva.

“Justo yo me podría haber convertido en ese güey —dijo tronando los dedos—. Ahí estaba el problema. Él se parecía un chingo a mí. Porque yo crecí como un sinvergüenza. La gente me preguntaba: ‘¿Ya te vas a disfrazar?’ ¿Cuál disfraz? Resultaba que en el fondo yo era ese pinche güey”.

Daniel rentó una enorme suite en un viejo hotel de Panamá donde todos los narcotraficantes pasaban el tiempo. También iba a uno de los mejores téibols y se dejaba ver botando dinero por doquier. (La DEA pagaba las cuentas del hotel, pero los clubes de striptease iban por su cuenta). Durante muchos meses iba y venía de Panamá, entablando tratos con los narcotraficantes. Se reunía con ellos en restaurantes de mala muerte. Primero era con uno, luego con dos, entonces tres, siguieron cuatro. Hasta que un día se sentó con ocho traficantes colombianos.

“Es algo preocupante porque hay muchos ojos observándote. Recuerdo que rompí el hielo y me puse a hablar del partido de futbol. Yo sigo mucho el futbol —le voy al Arsenal y al Boca Juniors— y luego platicamos por horas. Ellos están ansiosos y hambrientos de dinero.

“Y me gustan las cosas que tienen descargas de adrenalina y ésta fue una de ellas. El trabajo encubierto tiene esa adrenalina, porque no sabes qué es lo qué va a pasar, si vas a regresar con vida o no”.

Daniel se estaba acercando. Pero la misión le cobraba la factura. Comenzó a confundir su propia identidad. Se perdía en el mundo de los traficantes colombianos, con su séquito de mujeres hermosas. ¿Quién era en realidad?, ¿el policía encubierto o el traficante? Recuerda que, antes de asistir a estos encuentros, tenía miedo. ¿Qué tal si echaba todo a perder y delataba su verdadera identidad? Algo que lo hizo permanecer con los pies en la tierra, dice Daniel, fue un disco del neoyorquino Moby que contenía unas pistas con ritmos profundos y melancólicos.

“Escuchaba esta canción y me prendía. Así es como encontré la motivación para sacar toda la energía y adrenalina necesaria para hacer lo que debía. Tomaba un taxi desde el hotel donde me hospedaba e iba para encontrarme con esos tipos, y sabía que tenía que ganarles.

“Nunca desvié la mirada, nunca miré hacia abajo. Siempre sonaba seguro y convincente. Si yo me hubiera visto ahora como me veía entonces, seguro también me habría creído. Tenía una mirada seca y hablaba duro y directo. Tenía esa mirada que decía: ‘Si me jodes, nos vamos a un mano a mano'”.

Eso fue cuando Miami Vice se estrenó en los cines. Enseñaba la misma estafa que estaba tramando. Al verla estuvo a punto de huir. Pero no se detuvo. Afortunadamente, al parecer, los colombianos nunca vieron la película.

Finalmente, el día del trato llegó. Los colombianos se tragaron el anzuelo y entregaron cerca de cuatro toneladas de cocaína y un maletín con dinero. Cargaron la droga dentro de un buque de casi once metros, que se usaba para distribuir cables en el fondo del mar. Tenía suficiente combustible como para navegar hasta España. Además de Daniel y la tripulación, subió a bordo un colombiano que navegaría con el cargamento. El buque levantó anclas. Y entonces —¡bang!— la Marina lo incautó. Daniel desmontó un cargamento de droga que valía cientos de millones en la calle.

Panamá fue difícil, pero otra misión dejó en Daniel una marca más profunda: fue cuando realizó la misma operación encubierta pero con narcotraficantes mexicanos.

La emboscada se preparaba en una ciudad fronteriza con Estados Unidos. Gradualmente Daniel fue armando conexiones para una operación mucho más grande de contrabando. Les ofreció a unos traficantes mexicanos un camión para meter narcóticos a Estados Unidos. La idea era capturar la droga y el dinero y arrestar a todos ellos en la bodega donde el camión se tenía que dirigir.

Un estudiante de Derecho de veintitantos años era el principal contacto de Daniel con los traficantes. Se había metido en esto para poder pagar la Facultad de Derecho donde estudiaba. En seis meses recibiría su cédula profesional. El estudiante se tragó el cuento de Daniel y compró sus servicios de transporte.

Cuado se llevó a cabo el traslado del cargamento, Daniel recibió una llamada telefónica del estudiante. El cártel lo había tomado como rehén en una casa a cambio de la entrega del cargamento.

“Me llamó y me rogó por su vida, se podía escuchar a través del teléfono cómo lo golpeaban, en una habitación, hasta quitarle el último aliento. Llevamos entonces todo hasta allá: entregamos la mercancía y arrestamos a la gente que estaba recibiendo el cargamento. Pero nunca volví a verlo [al estudiante]. Encontraron su coche y su billetera en la calle”.

Unos días después, Daniel recibió una llamada de los padres de aquel estudiante. Habían encontrado el teléfono de su hijo y ahí el número de Daniel. Le preguntaron qué podían hacer para recuperar el cuerpo.

“Los padres me preguntaron si yo sabía dónde había quedado el chico, para que le pudieran dar una sepultura decente. En verdad me conmovió. Te sientes una mierda, porque ¿qué pasaría si ese chico hubiera sido mi hijo? Le tienes tanto amor a un hijo que seguro lo buscarías por debajo de la tierra. Creo que eso me marcó definitivamente. ‘¿Qué chingados estás haciendo?’, me decía. Estás matando gente. Los estás poniendo en una trampa para que se los atoren”.

Daniel comenzó a tener dudas. Pidió permiso para dejar sus misiones encubiertas y se convirtió en un agente regular, por lo menos por un corto tiempo. Fue poco después de esto cuando lo conocí para tomar un par de cervezas y comer una pizza.
“Me corté el cabello. Necesitaba un descanso. Quería cambiar”.

Los agentes de la DEA como Daniel entrenan a sus homólogos mexicanos en el marco de la Iniciativa Mérida. Washington concluyó que la clave para restaurar el orden en México era fortalecer a la policía y a las instituciones de seguridad pública. Estados Unidos ofrece décadas de experiencia en el combate al narcotráfico, que ha culminado con el desarrollo de agentes encubiertos como Daniel. Con la ayuda de estos policías estadounidenses, se espera que México pueda dar un gran golpe a los cárteles de droga.

En esta misma lógica, Colombia sería una historia de éxito que México debería seguir. A principios de los noventa, Colombia tenía cuerpos policiacos débiles y corruptos. La violencia y la guerra civil lo habían convertido en uno de los países más violentos del mundo. Sin embargo, con el dinero y la experiencia de Estados Unidos, canalizados con el Plan Colombia, el país andino pudo construir una policía y un ejército temibles. Hoy la Policía Nacional Colombiana presume ciento cuarenta  y tres mil oficiales y docenas de aeroplanos, helicópteros y armamento pesado. Su división antinarcóticos tiene un índice considerable de éxito en los arrestos a traficantes.

La Policía Nacional Colombiana basa hoy su estrategia antinarcóticos en el uso de informantes de la DEA. Hasta han mejorado la técnica. Se han destinado grandes recursos para pagar a los informantes, con el propósito de hacerlos ricos por el resto de su vida. El gobierno también trabaja en persuadir a la población para que delate a los criminales. En Colombia, los “soplones” son héroes, argumentan, no “sapos”.

Yo buscaba entonces observar más de cerca cómo Colombia hacía uso del trabajo de los informantes. En una de mis visitas a Bogotá, el fotógrafo alemán Oliver Schmieg me presentó con su contacto de confianza de la Policía Nacional Colombiana, un agente que respondía al alias de Richard. Cuando le llamamos a Richard, nos dijo que, de hecho, estaba por reunirse con otro informante, pero que no habría problema, podíamos llegar y platicar con el “soplón” también.

Llegamos a la reunión en un club militar que está en un exclusivo vecindario bogotano. Ese tipo de clubes son comunes por todo el país, y son una prerrogativa para elevar la moral de los servicios de seguridad pública. Uno de los problemas clave de las fuerzas policiacas mexicanas es la baja moral, así como sus pésimos salarios y la tasa desastrosa de bajas. En contraste, los clubes militares colombianos incluyen albercas para nadar, canchas de futbol y restaurantes. Encontramos a Richard sentado en una mesa tomando café. A su mano derecha tenía un compañero oficial y a su izquierda dos informantes. Nos sentamos para sostener una reunión agradable: dos periodistas, dos agentes, dos “soplones”.

Richard es un hábil policía colombiano que tiene poco más de cuarenta años, con el cabello negro y una chamarra de piel café clara. Mientras estamos sentados alrededor de la mesa, nos hace sentir relajados, como si estuviéramos frente a una situación cotidiana. Ahí está el informante que canta como pájaro, un criminal delgado, de tez clara. Lleva unos jeans sucios. Trabaja en un laboratorio de cocaína en alguna parte de la jungla colombiana controlada por paramilitares. Sin embargo, explica, ellos compran la cocaína de las mismas guerrillas de izquierda. Richard retoma el punto: “¿Ves?, están trabajando juntos. Todo es por dinero”. Colombia está realmente peleando una insurgencia criminal, como México, pero no es una guerra ideológica”.

Richard convence a un “soplón” para que describa cómo está compuesto todo el laboratorio, para que la policía colombiana pueda llegar a desarticularlo. Pregunta al informante dónde se encuentran los hombres armados, dónde están las armas escondidas, dónde está el generador, cuántos vehículos tienen. Necesita saber toda esa información para que no haya sorpresas cuando el equipo llegue entre ráfagas de fuego. Son datos que no se pueden obtener con imágenes satelitales. Tienes que comprarlos.

El informante dice que son entre sesenta y ochenta hombres los que están en torno al laboratorio. Usan pick-ups Toyota y tienen francotiradores con Kaláshnikovs. Richard escribe los detalles en un bloc de notas y registra información en su teléfono celular. “La misión ha sido autorizada”, le dice al chivato. “Estás dentro”. Si todo camina conforme al plan, dice, el informante obtendrá una recompensa de decenas de miles de dólares.

“En este negocio, los informantes necesitan dinero suficiente para llevarse a toda su familia y vivir en un lugar diferente. Necesitan además poder hacerse de una vida con el dinero que les damos”.

Richard tiene relaciones amigables con sus informantes. Se ríe y hace bromas y discute asuntos familiares con ellos. Al voltearme a ver, me explica: “En este negocio tienes que ser amigo de unos y otros, porque hay que confiar en todos ellos. Si alguien es leal y trabaja bien, es porque confía en ti. Y vaya que es duro que un informante confíe en mí y yo en ellos. Pero tienes que construir esa confianza”.

Richard viene de un pueblo del norte de Colombia y se unió a la policía porque era una manera de salir de la pobreza. Ha pasado veintiún años de su vida en la fuerza policiaca, la mayor parte de ellos en la división antinarcóticos. Durante este tiempo ha visto cómo se han transformado los servicios de seguridad pública en Colombia. La compra metódica de información, dice, ha sido una parte crucial para el cambio. Y Richard es uno de los mejores manipuladores de informantes en la policía. Actualmente ha contactado a cerca de doscientas fuentes.

“Lo más importante son las medidas de inteligencia. Si tienes las fuentes, si tienes la inteligencia, entonces puedes ir detrás de cualquier traficante en el planeta”.

El estilo colombiano de recurrir a chivatos se está importando a México. Durante mucho tiempo estuvo prohibido pagarles a informantes, pero el gobierno de Felipe Calderón ha introducido un importante sistema de recompensas. Entre los años 2010 y 2011, esos pagos fueron clave para localizar a grandes narcotraficantes que fueron arrestados o muertos. Este recurso ha sido una de las razones cruciales por las que el gobierno de Calderón ha podido atacar a tantos blancos importantes —para la alegría de los estadounidenses.

Los que mejor conocen cómo opera el negocio son los traficantes de alto nivel como los hombres de confianza, los jefes mismos y sus lugartenientes. Cuando la policía arresta a uno de estos grandes jugadores, le sacan hasta la última gota de información. Entonces siguen adelante con la persecución, catean más cargamentos de droga y laboratorios y arrestan a más traficantes.

Los colombianos decidieron en los años noventa que estos traficantes podían representar una amenaza menor si eran extraditados a Estados Unidos. Ahí se ha realizado la mayor parte de los interrogatorios y se obtienen confesiones e información, siempre en forma de negociaciones y tratos. Uno de los abogados más importantes del narco, Gustavo Salazar —que representó a Pablo Escobar, a otros veinte capos y a cincuenta lugartenientes—, me explicó cómo son estas negociaciones mientras platicábamos en un café de Medellín:

“Trato con estos señores de la droga todos los días. Todos son temibles pero cuando los arrestan pueden convertirse en unos niños llorosos, asustados. No quieren estar encerrados por el resto de su vida. Así que están dispuestos a hacer un trato.

“Entonces informan a los agentes dónde están sus propiedades y cuentas de banco. Y dan nombres y pistas de otros traficantes. Así pasan el tiempo en prisiones que no son tan severas o se les reduce la sentencia”.

Los tratos hechos por estos traficantes han sido documentados desde hace tiempo. Entre los mafiosos colombianos que han pactado está Andrés López, un capo del Valle del Norte. López acusó a otros miembros de su organización criminal, quienes a su vez acusaron a otros más. Luego, López escribió un libro titulado El cártel de los sapos, que se convirtió en una exitosa serie de televisión en Colombia. Aparentemente ha sido liberado y radica ahora en Miami, donde se aventuró a co-escribir otro libro y vive en el glamuroso mundo de las estrellas de la televisión latina y sale con algunas bellezas famosas de las telenovelas mexicanas.

Los tratos hechos entre los líderes colombianos y las cortes estadounidenses están llevando a la policía hacia los capos mexicanos.

El trato más notable fue el que hizo el narcotraficante Osiel Cárdenas, fundador de los Zetas. Osiel fue extraditado en 2007 y participó en negociaciones con las autoridades estadounidenses durante los tres años siguientes. Los detalles de este convenio se mantuvieron ocultos de la opinión pública. Pero los reportajes de Dane Schiller, publicados en el Houston Chronicle, revelaron gran parte del trato. Resulta que Osiel Cárdenas fue enviado a una prisión de mediana seguridad en Atlanta, donde puede salir de su celda para comer, ir a la biblioteca y tener tiempo libre. Además, no deberá cumplir una eternidad tras las rejas. Su fecha de liberación será en 2028. Como consecuencia de su ayuda, los agentes decomisaron treinta y dos millones de dólares en bienes, y Cárdenas pasó información de sus viejos aliados en el tráfico de drogas. Esos datos seguramente son el origen de algunos grandes arrestos a los Zetas entre los años 2010 y 2011.

Muchos de estos tratos parecen estar cambiando el futuro de la guerra contra el narcotráfico en México. Pero el sistema tiene sus obvias fallas. Cuando la mayoría de los criminales hacen tratos para poder salir antes de prisión, dan un mal ejemplo. Al final, el castigo ya no es un elemento disuasivo. Y una carrera criminal no debería terminar con un ex traficante que sale con una hermosa estrella de telenovelas.

La confiscación de bienes es también un tema controvertido. Los agentes estadounidenses toman el dinero del narcotráfico. Dicen que lo hacen para el “tío Sam”, pero una vez más están cosechando los beneficios de la venta de cocaína y heroína. Al final, el dinero de los traficantes es un incentivo para seguir sosteniendo esta guerra. \\

Traducción de Guillermo Sánchez Cervantes.

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