Los Mastretta

Lo que no sabían los conductores del programa de automovilismo Top Gear es que detrás del auto deportivo mexicano Mastretta MXT está la entreñable historia de una familia italo-mexicana, cuyo padre guardó un secreto toda su vida.

Por Emiliano Ruiz Parra
El Mastretta MXT: concreción de un sueño familiar.

El Mastretta MXT: concreción de un sueño familiar.

Habían pasado casi cuarenta años desde aquel lejano martes de mayo de 1971 en que su padre, Carlos Mastretta Arista, murió de un derrame cerebral tras dos jornadas de agonía, a los escasos 58 años y dejando tras de sí a una viuda y cinco hijos adolescentes. A casi cuatro décadas de esa pérdida, no sólo gravitaba en la atmósfera la decena de mujeres en bikini que desfilaban en torno de un automóvil deportivo color mandarina, ni los vestidos largos y los trajes de terciopelo de los invitados. Era el 14 de noviembre de 2010, y el Ex Convento de San Hipólito de la ciudad de México se había reservado para la presentación del primer automóvil diseñado y ensamblado en México, el Mastretta MXT, un coupé de dos plazas capaz de acelerar a 100 kilómetros por hora en menos de cinco segundos. A pesar de su ausencia física, Carlos Mastretta Arista —que para efectos de esta historia se llamará Carlos Segundo— dominaba los recuerdos de esa noche festiva, con su aura de humo de cigarro que lo acompañaba a lo largo del día y el aire cavilante y melancólico que se le había impregnado tras participar en la guerra más cruenta de la historia.

A primera vista, producir el primer auto deportivo mexicano había costado cinco años desde que los hermanos Carlos y Daniel Mastretta Guzmán se propusieron incursionar en el mercado de los coches deportivos. Pero quizás habría que decir que no fueron cinco sino veinticuatro años, pues en 1987 los mismos hermanos fundaron la empresa Tecnoidea con el sueño de hacer coches. Aunque estrictamente hablando habría que contar cincuenta y cuatro años, desde la tarde remota en que su padre Carlos Segundo los subió a un coche de carreras que él mismo había armado en su garage y que bautizó con el nombre de Faccia Feroce, “rostro feroz”.

Su hermana mayor, la escritora Ángeles Mastretta, estaba segura, y así se lo hizo saber a sus hermanos, de que si su padre Carlos Segundo hubiera vivido lo suficiente, ese día habría vuelto a morir, pero ahora de la emoción, al ver un sueño genealógico vuelto realidad. Su otra hermana, Verónica, lamentaba no sólo la ausencia de su padre, sino también la de su madre, María de los Ángeles Guzmán, una hermosa poblana que no ocultaba su escepticismo respecto a la obsesión por los coches de sus hijos varones: “¿Cómo ves lo de tus hermanos, no estarán soñando?”, le preguntaba su madre. Verónica se quedó con ganas de responderle: “No, mamá, no estaban soñando, el Faccia Feroce hoy se llama Mastretta MXT”.

¿Pero cómo había empezado todo? Más de 50 años atrás, en una casa de la calle 15 Sur, a unas cuadras del centro de Puebla, el niño Daniel Mastretta Guzmán se pasaba el día dibujando, ensamblando piezas de mecano, diseñando artefactos con los cartones de cornflakes y cualquier material que cayera en sus manos, e inventando aparatos con el cesto de ropa sucia y el taburete de la casa. Le gustaba cortejar a las muchachas con coches a escala que él mismo pintaba. “Su imaginación no tenía fin”, escribió Verónica recientemente. Callado y humilde, aprendió italiano sin que nadie lo notara, leyendo Quattro Ruote y otras revistas italianas de automovilismo que llegaban por correo a casa, con tal fervor que su conocimiento de esa industria alcanzó el nivel enciclopédico. Muchos años después, cuando Daniel escribió sobre su padre, dejó claro que su primer recuerdo estaba ligado de manera indisoluble a los automóviles: “Debo haber tenido tres o cuatro años. La imagen es bastante clara. Estamos en el garaje de la casa de la 15 Sur. Mi papá está sentado al volante de este pequeño monoplaza venido como del futuro. El Faccia Feroce. Podría ser la primera imagen que tengo del mundo automotriz, que se convirtió para mí en una adicción”. Curiosamente, su hermano mayor, Carlos Mastretta Guzmán, que de niño estaba más interesado en ser campeón de goleo de la liga infantil que en diseñar automóviles, también asocia el primer recuerdo de su padre al coche de carreras: “¡Ahí voy yo, subido en el Faccia Feroce! Voy en las piernas de mi papá, en la 15 Sur, hacia arriba. Un recuerdo absolutamente imborrable y con el que me surge la primera lágrima al escribir estas palabras. ¿Qué clase de lágrima es ésta? Es de completa emoción, la que sólo se tiene en momentos grandes en nuestra vida. Mi papá, el Faccia Feroce y yo. Ese día fui el rey del mundo”. Carlos Mastretta Guzmán —a quien habría que llamar Carlos Tercero— fue el primero de los hermanos que dejó Puebla para estudiar en el Distrito Federal la carrera de Administración en la Universidad Iberoamericana. Pronto lo siguió Daniel. Verónica, en su columna de Milenio Puebla, lo recuerda así: “Cuando Daniel entró a estudiar diseño industrial a la Universidad Iberoamericana mi padre ya había muerto. Con muy poco dinero armaba los diseños que les iban dejando de tarea. Sus materiales, por falta de recursos, siguieron siendo los cartones, los palos, el resistol, pero sus trabajos siempre eran perfectos. Sus papalotes volaban, sus diseños y dibujos tenían un toque que lo llevarían, muchos años después, a ganar el Premio Nacional de Diseño Industrial” (que obtuvo en 1997).

¿Pero cómo había empezado todo? Muchos años atrás, en 1930, y en un lugar muy lejano, Carlos Segundo se matriculó en la carrera de Ingeniería Automotriz en Pavía, al norte de Italia, en donde Enzo Ferrari le dio clases de Motores de Aviación. En la escuela era conocido como Il Messicano por haber nacido en Puebla de los Ángeles, aun cuando su padre era un italiano macizo del Piamonte. Al Messicano lo impresionó el piloto Tazio Nuvolari, héroe de las pistas italianas, a quien Ferdinand Porsche consideraba el mejor piloto de todos los tiempos. La Italia de los treinta atravesaba por un embelesamiento con Benito Mussolini del que Carlos Segundo no era ajeno. Il Duce visitó la escuela de Carlos cuando él estaba cerca de graduarse. El discurso y la presencia del fundador del fascismo cayeron en tierra fértil en el ánimo del joven ingeniero, como lo narra su hijo Sergio Mastretta, compilador del libro Memoria y acantilado, que recoge cartas y escritos de Carlos Mastretta Arista y que constituye una fuente primordial para esta nota: “Son los años de esplendor del Duce, brutales para desgracia de sus opositores, gloriosos para el desvalido espíritu imperial de los italianos, que prende como yesca en el ánimo de los campesinos antiguos de la Lombardía. El espíritu patriota de la época, el catolicismo radical heredado por la abuela —reforzado por la revuelta cristera— y el nacionalismo del abuelo Carlo, encaminarán sin remedio al joven poblano a enrolarse en el ejército”. Carlos Segundo se alista en el Décimo Regimiento de Ingenieros e inicia un diario cuyo epígrafe es una cita de Mussolini: “Se necesita ser fuerte, no volver nunca atrás cuando se ha tomado una decisión”. Esa frase de manual de autoayuda refleja su estado de ánimo los primeros meses en el ejército, en 1934, cuyo diario está plagado de oraciones breves como “Desde que estoy aquí tengo momentos en los cuales me viene una tristeza que me hace llorar”, “No creo que sea indolencia sino decepción porque yo creía ésta una vida diferente”, “Se fue enero, dentro de un año, si Dios quiere, regreso a mi casa”, “Siguen los días como las páginas de un libro estúpido”, pero contrastarán con las líneas de mayo, cuando ya está en prácticas militares: “Ésta ya es otra vida, más de hombres como los quiere el Duce“, “Me siento otro y bendigo a Dios por esto. Veo la vida con seguridad”. En Memoria y acantilado, con un tiraje de apenas diez ejemplares, Sergio Mastretta considera que la decisión de su padre de enrolarse en el ejército italiano determinará su historia. Y también la de sus futuros hijos.

¿Pero cómo había empezado todo? Todo había empezado en África, muchos años atrás, en una de las derrotas militares más vergonzosas en la historia de Occidente. El reino de Italia, que se había creado apenas en 1861, quería entrar en la carrera colonialista en el continente negro y había invadido Abisinia, hoy Etiopía, para convertirla en un protectorado. Italia quiso asestar un golpe fulminante el primero de marzo de 1896, al atacar con cuatro batallones las fuerzas del emperador Menelik II en una zona montañosa. Los italianos contaban con unos veinte mil hombres, mientras que los abisinios sumaban —según distintas versiones— de setenta mil a cien mil efectivos, aunque muchos de ellos eran campesinos desarmados. Los italianos pretendieron lanzar un ataque de madrugada, pero fueron descubiertos por centinelas y, en vez de sorprender, se vieron sorprendidos en un descampado. Murieron unos siete mil soldados italianos, tres mil fueron hechos prisioneros y mil quinientos quedaron heridos. Los generales huyeron y la derrota marcó el fin de las pretensiones imperialistas italianas en Abisinia, hasta que Mussolini la invadió de nuevo cuarenta años después. De acuerdo con las crónicas, el ataque estuvo mal planeado, fallaron los mapas, el ejército italiano estaba pobremente armado y se componía de soldados viejos mezclados con jóvenes inexpertos. La derrota tuvo un altísimo costo en casa: el primer ministro Crespi cayó a los ocho días y se registraron diversas movilizaciones, algunas de ellas violentas, para protestar por la pésima planeación de la batalla y su elevadísimo costo humano y político.

Uno de los sobrevivientes fue Carlo Manstretta Magnani, que para efectos de esta historia se llamará Carlos Primero. A sus 22 años era capitán del ejército italiano y jefe de una sección de telegrafistas. Su retirada del campo de batalla a través del desierto fue larga y sufrida y, con otros sobrevivientes, debió matar a las mulas para alimentarse con su carne en el trayecto a la costa. Carlo regresó a casa y contó su historia a un tío periodista en Turín. Y ese acto, contar su historia, la historia de un descalabro militar en África que no había visto Europa desde los tiempos de Aníbal, lo marcaría de por vida. Los colonialistas no le perdonaron que, supuestamente, hubiera revelado detalles del fracaso militar y se tuvo que exiliar, con la seguridad de que habría de regresar a morir a Stradella, el pueblo vinicultor donde había nacido.

Con ese episodio se resumen dos aspectos que perseguirán a los Mastretta durante años: el afán de contar y la guerra. Carlo Manstretta desembarcó en Nueva York en 1898, pero le incomodó el racismo estadounidense contra la colonia italiana y se embarcó de nuevo. En Veracruz, el oficial de aduanas simplificó su apellido a Mastretta y castellanizó su nombre a Carlos. Trabajó primero en la ciudad de México en una compañía de ferrocarriles, y después se instaló en Querétaro, donde su talento como ingeniero civil y su emprendimiento pronto rindieron frutos. Dirigió la construcción de la presa La Carmelita y conoció a una señorita devota, Ana Arista, con quien se casó y se instaló en Puebla. Las tres primeras décadas del siglo XX fueron prósperas para Carlos Primero, aun cuando la Revolución Mexicana perturbaba la tranquilidad de su estado, como él mismo lo testimonia en sus cartas: “Aquí tuvimos otro levantamiento, pero ha sido pronto sofocado. Hay siempre provincias enteras en manos de los rebeldes. Yo tengo mucho trabajo y espero tener un buen año”, escribe en 1912. A sus parientes en Stradella les envía miles de liras y les dice cómo deben repartirlas, en dónde invertir y qué cuentas saldar. De mantener esa prosperidad, pensaba, en unos años podría comprar la Rocca Mantovani, una vieja construcción militar en una colina de Stradella, y pasar ahí su retiro. A su primer hijo lo bautizó Marcos, en honor al abuelo, y al segundo, que nació en 1912, lo llamó Carlos. Su familia la completó otro varón y dos mujeres. En 1926, ya con Italia nuevamente unida bajo el encanto demagogo de Mussolini, los integrantes de la colonia italiana en Puebla se tomaron una foto. Al centro aparece el próspero Carlos Mastretta Magnani. Detrás de ellos preside la reunión un enorme retrato del primer ministro que para entonces ya se hacía llamar Il Duce.

Carlos Primero no ocultaba su fervor mussolinista. Sus cartas de los años veinte y treinta rebosaban de entusiasmo por ver a una Italia altiva bajo la guía del hombre fuerte, y posiblemente ese entusiasmo explique por qué mandó a su hijo Carlos a estudiar ingeniería a su patria. Una vez terminada la carrera y tras un breve servicio en las fuerzas armadas, Carlos Mastretta Arista regresó a Puebla en 1936 con ánimo de establecer un negocio. Pero su estancia en México aparentemente no fue fructífera. Quizá la falta de empleo para un ingeniero automotriz, combinada con el encanto y la seguridad que prodigaba el dictador italiano, lo atrajeron de vuelta a la tierra de su padre. Pensaba que su partida sería breve. Llevaba en mente un negocio petrolero y otro automotriz que podrían realizarse en el plazo de un año. Eso le dijo a Natalia Fernández, la mujer de la que estaba enamorado y que se quedó esperándolo en Puebla. Memoria y acantilado reconstruye los años previos a la guerra por medio de las cartas de su padre, de su hermano Marcos, de un amigo de nombre Enzo, de su amada Natalia y, ocasionalmente, de Carlos mismo. En ellas se revela un estupendo escritor epistolar que mantiene vivo el amor de Natalia con una prosa elegante y seductora, a quien le promete volver para contraer matrimonio. Le dice a su padre que tiene el proyecto de escribir un libro sobre México para derrumbar los mitos que los italianos tienen de este país, y que quiere ser corresponsal de automovilismo para revistas mexicanas. Pero lo llaman a las armas y debe combinar su mando de tropa con los negocios particulares.

Aunque Europa olía a pólvora, Il Duce inspiraba certidumbre. Carlos Segundo escribió el 17 de septiembre de 1938: “Hace tres semanas que esta pobre y vieja Europa se sacude ante el preludio de una guerra general. En Italia, por virtud del Duce, reina sin embargo una paz y una tranquilidad absoluta […] Mussolini y tras él toda Italia no sólo conservan una paz grandiosa, sino que indica a unos y a otros la única solución posible: Mussolini dará al mundo la paz. Vive tranquila porque muy pronto nos veremos”, le dice a Natalia. Mientras tanto su padre lo saturaba de un patriotismo que había encontrado en el dictador una vía para vengar supuestas afrentas históricas y henchir el orgullo nacional. Lo felicitaba por haber entrado al ejército y le presumía que él había sido el mejor alumno de su generación: “Es necesario ocupar París, no abandonarlo en algunos siglos para que sepan que las fanfarronadas se pagan […] yo odio a los franceses y estoy convencido de que jamás seremos respetados si no resolvemos hacerles la guerra”, o bien “si estuviera en Italia con los míos, a los 64 años, podría todavía dirigir un pelotón de zapadores, excavando trincheras y obras de fortificación en general. Mi actual experiencia y mi voluntad lograrían que cumpliera con mi deber”. Pero el éxito que Carlos Primero y su hijo Marcos Mastretta cultivaban en México, en Italia se tornaba en fracasos para Carlos Segundo. Por cumplir con el ejército, Carlos descuidó el negocio petrolero, que de un día para otro se derrumbó. El pesar de la derrota, mezclado con el hartazgo por las habladurías en Puebla y por el escepticismo que despertaba su noviazgo a distancia con Natalia, Carlos Segundo terminó la relación con su amada y anunció que rompía puentes con México.

En Puebla, el entusiasmo de Carlos Primero respecto a la guerra se tornó en desazón y angustia. Desazón porque la inminencia del conflicto le frustraba el deseo de pasar sus últimos años en Stradella, y angustia porque comprendía que su hijo se vería envuelto en una pelea que se perfilaba atroz. Por la radio de onda corta escuchó el llamado a las armas de la clase 1912 y le preguntó si ya ha sido reclutado. Carlos Segundo le respondió con una de las últimas cartas enviadas antes de la guerra: le dijo que colaboraba en Vela e motor y Motonautica y que quería dedicarse al periodismo automovilístico.

Después se sumergió en el silencio.

Entre 1941 y 1943 mandó una sola carta, y luego reapareció hasta 1945, cuando ya Italia estaba ocupada por el ejército estadounidense y el Duce había sido ejecutado. Lo que ocurrió con Carlos Mastretta Arista durante la Segunda Guerra Mundial pertenece más al ámbito de la especulación que al de la certeza. Ni a su futura esposa ni a sus hijos les contó jamás qué hizo entonces, en dónde estuvo, por qué desapareció. En Memoria y acantilado se recogen un par de cartas en las que deja algunas pistas sobre su papel en el ejército. Cuando describe una iglesia en Roma, dice: “En los años tristes de la guerra… cerca de este templo se encontraba el edificio del Estado Mayor, del cual yo dependía”. Y en otra carta añade: “1942: Marsella, Lyon, Konlovatz, Spalato, Sección IV Contraespionaje, Roma, Estado Mayor, Viena, Budapest, Varsovia, Gomel: un oscuro oficialillo vagabundeando por mil lugares”. Cuando restableció comunicación, contó escuetamente que había trabajado en la Societá Editrice como reportero de automovilismo y que se formaba varias horas en un domicilio en Milán para recibir una ración de coles hervidas y “arroz-engrudo”.

Su hija Ángeles Mastretta visitó a una novia que tuvo su padre durante la guerra. Obtuvo muy pocas respuestas, porque ella tampoco quería profundizar en las heridas de esos años.

—¿Mi papá estaba en el ejército? —le preguntó.
—Todo el mundo.
—¿Pero mi papá disparaba?
—No, cómo se te ocurre, tu papá estaba en una oficina.
No le dijo más.

¿Carlos Mastretta Arista fue espía del gobierno italiano? A favor de esta hipótesis están sus propias confesiones de que dependía del Estado Mayor y que acudía a la sección de contraespionaje. Vagabundeó, dijo, en ciudades de Francia, Croacia, Polonia, Austria, Hungría y Bielorrusia, territorios ocupados por los nazis pero con movimientos de resistencia antifascistas. Hablaba español con acento mexicano —por sus escritos se infiere que sabía inglés y francés—, así que podía encubrir su identidad italiana. Y su silencio de tantos años podría deberse a que no quiso arriesgarse a que sus comunicaciones, que estaban expuestas a la intercepción del enemigo, pudieran descubrir su identidad. Pero ésas son sólo especulaciones. Carlos Mastretta Arista calló sobre su participación en la guerra. En 1945, en una carta que le escribe a su hermano Marcos —un próspero constructor que fundó el Partido Acción Nacional— dice: soy un hombre “triste y sombrío. Simplemente he vivido”. Le aseguró que no se casaría nunca y que volvería a México en cuanto le fuera posible.

“Es un misterio que a mi mamá no le interesó desenredar. A ella la sacó adelante, las remembranzas y la fantasía no eran lo suyo. Ella decía: ‘Yo estoy en una guerra diaria’. No tenían mucho dinero y debían de salir adelante con cinco hijos. Mi papá era capaz de decir que el matrimonio era peor que la guerra y estaba con una mujer que era muy buena y muy guapa. Él era generoso y bondadoso, con un sentido del humor fantástico y muy oportuno, pero tenía una zona melancólica, que no hubiera tenido si la guerra no hubiera pasado por encima de él”, me dice Ángeles Mastretta.

Aun cuando fue oficial del ejército italiano, Carlos Mastretta Arista salió de Italia reconocido por el consulado como mexicano, con un plazo de seis meses para regularizar su nacionalidad en el país. Su trámite demoró meses, le hicieron imprimir sus huellas digitales 186 veces, pero por fin pudo abordar un carguero estadounidense en Génova que lo llevó a Nueva York. Sus hijos descubrieron en su baúl un fragmento del diario de viaje, que empezó a escribir en su último día en la península y que se interrumpe cuando el barco atraviesa el Estrecho de Gibraltar. Si sólo de ese diario dependiera inferir los trabajos de Carlos Mastretta Arista en los años de la guerra, el lector podría decir que se dedicó a pulir su prosa. “Llegué a Stradella a las siete de la noche. El reloj de la vieja torre medieval acaba de lloriquear las once y tres cuartos, mientras la nieve sigue impasiblemente transformando la llanura en un sudario”. El reloj “lloriquea” las once como Italia llora su desgracia: las avenidas señoriales se vuelven “un hacinamiento de muros chamuscados”, las paredes lucen consignas de “muerte a fulano, muerte a zutano”. El tren que lo lleva a Milán se divide en dos secciones: una con calefacción y asientos —que transporta a los soldados estadounidenses— y la otra para los italianos derrotados. Este último lleva las puertas bloqueadas por el hielo: “Rebosante de humanidad entumida y silenciosa, macilenta y amargada. Esto quiere decir: perder la guerra”. Los italianos se emplean como sirvientes de los soldados ocupantes, “diez guapas genovesas ayudan a cinco sargentos americanos a fumar cigarrillos, masticar chicle, tratar despectivamente a los malaventurados necesitados de ayuda; todo en un salón donde antiguamente se reunían, allá por el 1400 y pico, los banqueros genoveses a discutir si le prestaban o no dinero al rey de Inglaterra”. Los niños recogen colillas del piso y las mujeres limosnean una lata de comida con los oficiales estadounidenses. Carlos Segundo se ve a sí mismo en una obra de teatro que ya agotó sus dos primeros actos pero al que aún le falta por representar el tercero. “Adiós, Italia […] hijo tuyo de adopción, luché por un mundo mejor, más noble, más sano, siguiendo la idea de un grande hijo tuyo, hoy proscrito y maldecido por escribas y fariseos de todas lenguas y razas. Pero, día vendrá. ¿Más, qué vale lamentarse? Estoy pisando las láminas y, pronto, la tierra del vencedor […] Sólo escombro pueden llevarse de Italia”. Cuando el barco pasó frente a España, anotó: “¡España, el último vestigio de la obra de Mussolini como hombre político, que aún resiste a la borrachera democrática que atraviesa el mundo”.

El relato del viaje en barco es delicioso. En el desvencijado carguero confluyen ex soldados italianos en desgracia, prepotentes oficiales estadounidenses, un capitán danés, la condesa Maraldi, un primo del rey de Italia, un supuesto obispo calvinista que despierta la desconfianza en el olfato sagaz de Carlos Mastretta, un radiotelegrafista chileno, un comunista cubano que viaja esposado por asesinar a un marinero filipino, un fogonero portugués, entre otros personajes. Mastretta, “no queriendo la cosa”, obtiene la historia del cubano: pertenece a la Unión Internacional de Marineros, organización fachada del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (Comitern), que había matado al filipino en una discusión política y lo llevaban a Nueva York para juzgarlo en una corte militar. Al otro día, Carlos advierte que hace falta uno de los botes salvavidas. En el calor del cuarto de máquinas, el portugués le cuenta la historia: “¿Sabe, amigo, que Panchito se ha marchado a saludar a Franco?”, le dice el fogonero. “Panchito [el cubano] había destripado al finlandés al margen de una discusión política y [el fogonero] siendo miembro activo del partido y de la Unión Internacional de Marineros, había decidido ayudar a Panchito a esquivar las preguntas de un fiscal americano […] Ya Panchito tenía una dirección en Cartagena y además el chileno radiotelegrafista, también del partido, se había encargado por la mañana de transmitir lo más tarde posible el telegrama que el capitán Wolfberg había enviado a las autoridades españolas advirtiendo del probable desembarco del cubano en esas costas”.

En unos minutos, Carlos Mastretta develó una conspiración para evadir a un preso comunista de un carguero estadounidense, una tarea que las autoridades del barco fueron incapaces de hacer. Desafortunadamente el diario se interrumpe ese cuatro de marzo con una metáfora alcohólica de la ocupación soviética y angloamericana de Europa: “Pobre Mar Mediterráneo, cuna de toda civilización. Vodka y whisky dominan tus costas”.

Aun cuando Carlos Mastretta Arista tenía visado para transitar por Estados Unidos, agentes del Federal Bureau of Investigation (FBI) lo escoltaron hasta la frontera con México. A su vuelta era un hombre derrotado. Los fracasos empresariales y la guerra devoraron nueve años de su vida. No tenía dinero ni mujer. Su salud resentía los años de privaciones, adquirió el hábito de fumar de manera obsesiva y, sobre todo, estaba desmoralizado. Pero conoció a una mujer de veintidós años, una de las más bellas de Puebla, y la cortejó puntualmente con una carta a la semana durante dos años. Una vez más su prosa lo salvó. María de los Ángeles Guzmán, una muchacha tímida, catorce años menor, decidió corresponder. “Al robarme el alma me devolvió la vida”, decía Carlos Mastretta sobre la mujer que lo hizo rectificar su decisión de morir solo. Se casaron y tuvieron cinco hijos: Ángeles, Verónica, Carlos, Daniel y Sergio.

Carlos Mastretta Arista estableció diversos negocios. Asociado con su hermano, fabricó revolvedoras de cemento hidráulico, organizó la Carrera Panamericana de automovilismo y escribió la crónica para revistas italianas. Y apostó por importar automóviles Fiat y venderlos con facilidades de pago. Pero nuevamente fracasaron. Su padre, Carlos Primero, le había legado la casa en Stradella porque pensó que sería el único de sus hijos que volvería a su tierra. Carlos Segundo vendió a sus parientes en Italia la casa familiar. La vendo para comprar una casa en México, donde me estableceré definitivamente, les mintió. Nunca compró una casa en Puebla. Carlos dejó un testimonio de esos años: “Llevo la vida modesta de un trabajo estatal —es gerente de ventas de Renault en Puebla, empresa intervenida por el Estado— con el dinero necesario para llegar a fin de mes. Una vida en constante ansiedad y sin otras perspectivas de mejora… me he convertido en un hombre con las características de fracasado”. Además era hipoglucémico, hipertenso y padecía de cálculos renales.

Ángeles Mastretta, una de las escritoras mexicanas más leídas, recuerda su infancia como el país de las maravillas. Su padre trabajaba todo el día pero comía y cenaba en casa. Era un hombre dulce y bondadoso que transmitía sus pasiones —por los coches, por la escritura— con enorme suavidad. Los Mastretta rentaban una casa, que se conectaba a través del jardín con la casa de su tía y sus cinco primos de apellido Sánchez Guzmán. Estaba llena de autopistas, de Scalextric, de revistas de automovilismo, del Corriere della Sera y la Domenica del Corriere. Una de las joyas era el tren eléctrico marca Lionel, cortesía de los Reyes Magos, que hoy, 50 años después, sigue funcionando. De clase media, nunca les faltó nada, aunque a diferencia de las familias de sus amigos, ellos nunca fueron propietarios y siempre pagaron renta, pues el dinero de la casa de Stradella se tuvo que destinar a reponer los fondos prestados de cuando Carlos quiso introducir la Fiat en Puebla y los inversionistas quisieron ganancias al primer año. A su padre, recuerda Ángeles, le agobiaba que su esposa, con una academia de ballet, contribuyera con el sostén de la casa. Carlos Mastretta Arista se levantaba temprano y a las ocho de la mañana ya estaba de camino al trabajo. Regresaba a la una y media a comer y a las tres treinta ya estaba de nuevo en la Renault. Cuando la familia salía de vacaciones, él se quedaba en Puebla a seguir trabajando. “Era un señor que nunca comió fuera de su casa y nunca salió a cenar: fue a la guerra y de ahí a su casa. Se quedó cansado para siempre”, reflexiona Ángeles. Los sábados laboraba medio día y los domingos escribía su columna Automovilismo, que tenía la subsección “Temas automovilísticos”, firmada por su heterónimo Temístocles Salvatierra, un telegrafista que redactaba sus observaciones sobre el tráfico como si fueran telegramas. Temístocles cuenta también las historias del Mísero Vendecoches, el álter ego de Carlos Mastretta: “Contaba cómo llegaba un señor con su suegra, mujer, tres niños, y cómo los empujaba el Mísero Vendecoches para que cupieran en el Renault”. En sus ratos libres, además de escribir, Carlos Mastretta modificó un Renault Dolphin en convertible y construyó el Faccia Feroce en el garage.

Además de sus colaboraciones sobre automovilismo, que sostuvo por más de veinte años, Carlos Mastretta Arista publicó semanalmente la columna Mundo Nuestro. Durante seis meses la mandó todos los días, aunque su salud lo obligó a volver a una entrega a la semana. En Mundo Nuestro, Mastretta escribió con agudeza sobre la vida poblana: señaló la mala planeación, el crecimiento desmedido, la especulación inmobiliaria, la desigualdad social, la indolencia de las autoridades e incluso la proliferación de automóviles. Llama la atención que no quedara ni un atisbo de ideología fascista o de nostalgia autoritaria en su escritura. Por el contrario, Carlos Mastretta fue un promotor de la democratización del régimen, un crítico de la corrupción y de la verticalidad del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Sus detractores lo acusaron de comunista, que era la acusación preferida contra los disidentes.

Ángeles Mastretta cuenta una anécdota que ilustra el carácter de su padre. Una mañana, ella amaneció con una herida en el dedo. Revisaron el colchón, pero no le brotaba ningún alambre. Descubrieron a una rata, que había llegado a la casa metida en el coche de la mamá. El médico les dijo que tenían que vigilar al animal durante unos días para ver si tenía rabia y dar el tratamiento adecuado a la niña. Carlos Mastretta se llevó la rata a su trabajo, pero no presentó síntomas de rabia. Un año después, recuerda Ángeles, le seguía llevando zanahorias.

Carlos Mastretta Guzmán —Carlos Tercero— fue el primero que se mudó a la ciudad de México para estudiar. Lo siguieron Daniel y Ángeles, todos matriculados en la Universidad Iberoamericana. Ángeles cambió la Ibero, de cuatrocientos pesos mensuales de colegiatura, por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), de sólo doscientos pesos al año. “Cuando se lo dije a mi papá le brotó una personalidad que nunca había manifestado, la de un hombre temeroso, porque él sí tenía muy claro el 68, que a mí me había importado un comino porque estaba en la febril adolescencia. No vivió para ver el 10 de junio de 1971 porque murió en mayo, pero estaba muy preocupado. Yo pensaba que a mi papá lo había matado yo del disgusto”.

“Durante muchos años —continúa Ángeles— pensamos que mi papá se había muerto porque había querido: la cosa se puso tan agobiante que dijo: ‘Yo paso a retirarme con un derrame cerebral’, cosa que no es verdad. Fumaba como dos cajetillas diarias y era sedentario. Le preocupaba de más que tenía que mantener cinco hijos. Si hubiera vivido unos años más hubiera visto que ya no había problemas. Yo entré a trabajar y mis hermanos consiguieron becas. Esa monstruosa carga que tenía sobre sus espaldas en 1970 se acabó en el 73. Todo mundo se empezó a ganar la vida”.

Su madre, Ángeles Guzmán, Geles, no volvió a casarse. Cuando su hijo menor terminó la universidad, ella, de sesenta años, se matriculó en la preparatoria abierta. Cambió las faldas por los pantalones de mezclilla, se colgó un morral al hombro y se inscribió en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla en la licenciatura en Antropología. De setenta años, fue la oradora en la fiesta de graduación. Dijo que ése era el día más feliz de su vida. Murió en 2008, de ochenta y seis años.

En la década del setenta del siglo XX, el transporte público mexicano se componía mayoritariamente de coches sedán que cobraban un peso, conocidos como “peseros”, un término que se lexicalizó para las combis y microbuses que atestaron las calles en las décadas por venir. Daniel Mastretta Guzmán abordaba el pesero en Taxqueña para llegar a la Ibero, ubicada entonces en la Campestre Churubusco, y le parecía absurdo que, si la señora que iba en medio quería apearse, los otros dos pasajeros tuvieran que descender para darle paso. Su tesis de licenciatura fue Autobús urbano para las condiciones mexicanas. Apenas terminó la carrera, entró a trabajar en el despacho de Juan Manuel Aceves, pionero del diseño industrial mexicano, quien le confió el diseño de carrocerías. A los tres años se fue a Ruta-100, la empresa de transporte del gobierno del Distrito Federal, donde se quedó un lustro dibujando camiones. Luego trabajó para diversas compañías carroceras. En 1987 fundó Tecnoidea con su hermano Carlos, que tenía experiencia como director comercial de empresas de línea blanca. “Los dos primeros años fue una empresa de las tardes y de chambitas de logos y diseño gráfico, hasta que agarramos una chamba de hacer un autobús chato para el gobierno del DF”. Durante veinte años, Tecnoidea fue una empresa de diseños de carrocería de transporte público y de carga. Unos veinticinco modelos de camiones que circulan en México salieron del lápiz de Daniel Mastretta, aunque se fabricaron con logos de firmas internacionales. En un taller en casa de Daniel, se hacían los prototipos y los moldes y las grandes fábricas los construían en serie. Pero llegó la crisis de 1995, que arrasó con las carroceras. Los Mastretta se refugiaron en los coches-réplica: copias de automóviles clásicos que se montaban en chasises de Volkswagen sedán, como un Porsche de los cincuenta del que hicieron veinticinco unidades. Y Daniel se lanzó a su primer diseño, el Mastretta MXA, un auto deportivo montado también sobre un chasís de “vochito”. No fue fácil sobrevivir a esas épocas. Ángeles Mastretta cuenta que los préstamos que les hacía a sus hermanos los consideraba a fondo perdido.

En 2004, ya repuestos de la crisis, descubrieron que había un nicho para los automóviles deportivos: cada año, en el mundo, se venden unos veinte mil coches de este tipo, cuyo atractivo es que son casi únicos: de cada uno se producen unas cien, doscientas, hasta ochocientas unidades al año, pero no más. Contradictoriamente, una empresa pequeña como Tecnoidea no podría darse el lujo de armar un coche popular, pero puede probar suerte en el mercado de los coches de lujo, que se producen casi de manera artesanal. La planta de Tecnoidea, en el municipio de Lerma, dista de las imágenes clásicas del armado del Ford-T o de la enajenación que produce la cadena de montaje que describe el sociólogo francés Robert Linhart en la novela De cadenas y de hombres. En la planta, de 2 500 metros cuadrados, trabajan treinta y cinco obreros repartidos en secciones, que hacen pieza por pieza, salvo el motor marca Ford Duratec. Su plan es armar cien Mastretta en un año: dos por semana, en contraste con las 1 500 unidades diarias que hace la Volkswagen de Puebla, por ejemplo. Si se vende, los Mastretta quieren hacer cuatrocientos o quinientos automóviles más. Al día de hoy tienen vendidas por adelantado unas cincuenta unidades. Quieren ver al MXT circulando en Europa, Estados Unidos y Medio y Lejano Oriente. Para el mercado europeo consiguieron al distribuidor británico Lifestyle Automotive.

Además de su propia inversión en tiempo y dinero, los Mastretta obtuvieron financiamiento de Nacional Financiera y tocaron la puerta de Emilio Azcárraga, Pedro Aspe y Andrés Gómez, empresarios aficionados a los coches deportivos, que se entusiasmaron con el MXT. Su inversión fue menor, pero ayudaron a captar capital y ofrecieron sus puntos de vista. Pedro Aspe lo probó en Puebla y Emilio Azcárraga en el Autódromo Hermanos Rodríguez, donde lo corrió a más de 200 kilómetros por hora. “Ya quiero el mío”, le dijo a Carlos.

Al igual que el resto de sus diseños, Daniel dibujó a mano el Mastretta MXT en sus cuadernos de tapas negras. Al trazo en tinta le añadió volumen con acuarela. Y después se preocupó por el aspecto técnico. El resultado es un coche de 930 kilogramos (bastante ligero para su tipo), de 390 centímetros de largo, 175 de ancho, con un tanque de 40 litros, 16 válvulas y 250 caballos de fuerza, transmisión manual y motor en la parte trasera del auto. Su precio de 58 000 dólares, afirman Carlos y Daniel, es muy competitivo para el mercado. El probador oficial del Mastretta se llama Carlos Mastretta Aguilera —Carlos Cuarto—, hijo de Carlos Mastretta Guzmán y ex piloto semiprofesional de carreras. Me dice que la suspensión del coche y el centro de gravedad se proyectaron para ofrecer la misma experiencia que un coche de carreras. Para hacer énfasis en el carácter mexicano del automóvil, la escudería Mastretta lo ofrece en colores como blanco raspado, plata Taxco, negro petróleo, dorado tequila, rojo chile, verde maguey, amarillo Acapulco y azul Cancún.

El Mastretta MXT cobró notoriedad mundial por ser utilizado como pretexto para un sketch racista en el programa Top Gear, de la BBC, el 30 de enero pasado. Sentados en sillones de automóvil, con un público complaciente que les celebraba sus chistes, presentaron una fotografía del Mastretta MXT, al que llamaron “La Tortilla”. Richard Hammond dijo que los coches reflejan las características nacionales, así que mientras los autos alemanes son eficientes y bien hechos, los mexicanos debían ser “flojos, irresponsables, pedorros y obesos, dormidos sobre una barda, mirando un cactus, y cubiertos con una manta con un hoyo en medio en lugar de abrigo”. James May añadió: “Es interesante, ¿no? Porque los mexicanos son incapaces de hacer comida, ¿cierto? Porque todo es como vómito con queso encima”. “Vómito refrito”, completó Hammond. “Sólo imagínate despertar y darte cuenta de que eres mexicano”, lanzó Hammond de nuevo. Jeremy Clarkson terció: “Sería genial porque podrías volver a dormirte y decir: ‘Ah, soy mexicano’. Por eso no creo que se quejen, porque el embajador mexicano debe estar roncando en la embajada”.

Una respuesta lúcida vino del comediante inglés Steve Coogan, en un artículo publicado en The Observer —la edición dominical de Guardian— el 5 de febrero, cuya versión en línea acumula casi mil comentarios. Coogan inicia su artículo diciendo que es un fan de Top Gear, al que ha sido invitado tres veces, pero duda que, después de su artículo, lo vuelvan a convocar.

Algunas de sus reflexiones: “Muy bien, chicos, tengo sugerencias para el próximo show. Jeremy, ¿por qué no describir la comida kosher como ‘vómito con queso’? Mejor aún: a los fundamentalistas islámicos como flojos e irresponsables. Silencio. Esas comunidades están bien organizadas, ¿o no? Mejor limitémonos a los menos problemáticos. ¿Ancianos?, ¿personas con discapacidad? ¡Ya sé: mexicanos! Hay muy pocos para ser problemáticos y no tienen celebridades que se molesten. Y la mayoría de ellos están a muchas millas de aquí”.

Coogan agrega que la justificación inicial de la BBC —tras la queja formal del embajador Eduardo Medina-Mora— fue vergonzosa. La BBC dijo que el programa se servía de estereotipos de naciones europeas para hacer comedia: por ejemplo, que los franceses son arrogantes y los alemanes hiperorganizados. “Pero eso evadía un punto crucial —dijo Coogan—: la etnicidad: los ejemplos que se usaron para justificar esa basura llena de odio son países ricos mayoritariamente poblados por blancos: ¿qué tal que los muchachos [de la BBC] hubieran descrito a los africanos o paquistaníes como flojos, irresponsables, etcétera? […] En Top Gear son tres jóvenes ricos burlándose de los mexicanos pobres: ¿valiente, originalísima aportación?”

Hay una fuerte dimensión ética en la mejor comedia. No sólo evita reforzar prejuicios, sino que debe activamente desafiarlos. En la comedia debemos de reflexionar antes de hablar. Ésta no fue la ocasión. De hecho, si puedo tomar prestada la chispa wildeana de Richard Hammond, su postura frente al tema fue ‘floja, irresponsable y pedorra’. No es completamente su culpa. Parte de la responsabilidad está en lo que algunos llaman la reacción ‘posmoderna’ a la rígida corrección política. Algunas veces, es cierto, las cosas necesitan una sacudida, las ortodoxias necesitan ser retadas [pero] estos compas piensan que ser ofensivos les confiere una suerte de aura de fregonería ‘anti-stablishment‘. En realidad, al igual que sus chamarras de cuero y sus jeans, esa actitud es ultraconservadora”.

Carlos y Daniel Mastretta recibieron un correo electrónico la mañana del lunes 31 de enero de sus distribuidores británicos con la noticia del programa. Vieron el video y dirigieron una carta de protesta a la BBC. Desde entonces cosecharon la fama de haber sido el pretexto para un ataque xenófobo y se han acostumbrado a las entrevistas. Pero sus planes de producción no cambiaron. El Reino Unido sigue siendo uno de sus objetivos prioritarios.

A la muerte de Carlos Mastretta Arista, sus hijos descubrieron que no había sido sólo el tranquilo y predecible vendecoches que ellos habían conocido. Al encontrar su diario en el escritorio de la agencia automotriz, Verónica se dio cuenta de que no sabía casi nada de su vida antes del matrimonio. Las dudas se ampliaron cuando recibió una carta de Milán, acompañada de una foto de su padre en traje de campaña y con una mujer en los brazos. La firmaba Italia, una novia de Carlos de la época de la guerra. A partir de ahí Sergio Mastretta, periodista y fundador de una estación de radio —y socio de una empresa de software para verificar automóviles—, recopiló las cartas, escritos y artículos de su padre en un libro, y pidió para el epílogo una reflexión de cada uno de sus hermanos. “Cada uno de nosotros sacó algo de tus muchos genios: la búsqueda de la belleza en la palabra escrita, la serena pasión por transformar el mundo, el humor imbatible, la mirada irónica ante los milagros tecnológicos, la estética de la velocidad y el trazo de la mano para imaginar una realidad inasible”, escribió. Ángeles confiesa cómo sigue llorando su orfandad: “Tener papá siendo adulto debe ser como andar por la vida bajo un paraguas inmenso”. Luego lamenta las cosas que no pudo decirle: “Papá, no importa que no seas rico. Papá, ya entendí por qué no eres rico. Papá, cuéntame de la guerra y de las otras cosas que te duelen. Papá, en un tiempo más no tendrás que mantenernos. Papá, no cometas la estupidez de morirte, porque el resto será la mejor parte. Será un premio la vida que te falta”. Daniel imagina el placer de su padre al planear, diseñar y construir el Faccia Feroce. “Si algo le agradezco es que me haya pasado esa mecánica mental completita. Lástima que las condiciones de su tiempo y lugar no le permitieron dedicarse a construir autos. Estoy seguro de que hubiera vivido muchos años más”. Carlos reconoce que entre su padre y él hubo una barrera invisible que no supieron franquear los dieciocho años que se conocieron. “¿Por qué habremos puesto esa barrera?, ¿me tenías miedo?, ¿o yo a ti? Sólo hubiera querido decirte que gracias por ese instante glorioso del Faccia Feroce. Conservo ese momento como mi mayor tesoro. Qué lástima que no hubo muchos más, aunque, al fin y al cabo, ése fue demasiado y me alcanzará para toda la vida. Por encima de la barrera y a través de la barrera, este hombre inteligente, apasionado y simpático me pasó algunas fortalezas: sé lo que eres, cree en lo que crees, goza lo que gozas y corre todas las carreras”. \\

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