Los ojos de Benicio

Benicio del Toro es uno de los grandes intérpretes de nuestro tiempo. En su larga carrera —que incluye más de treinta largometrajes— ha ganado casi todos los premios a los que puede aspirar un actor y ha creado personajes memorables. A pocas semanas del estreno de Sicario, su película más reciente, recibió en exclusiva a Gatopardo en Los Ángeles. En una larga conversación con Silvana Paternostro —con quien trabajó en la cinta Che— habló sobre sus inicios en la serie de James Bond, su larga historia con México, su método de trabajo, su empatía con el Che Guevara y su compleja relación con la fama.

Por Silvana Paternostro / Fotografía Luis García

Lo común en este tipo de encuentros es que la entrevistadora y la estrella no se conozcan, pero esta vez es diferente: Benicio del Toro y yo trabajamos juntos durante casi ocho años. Entre 2001 y 2008 hicimos un poco de todo para la película Che, dirigida por Steven Soderbergh. Benicio fue el protagonista —obviamente—, pero también productor, y yo, productora asociada. Antes de filmar una sola escena entrevistamos —en La Habana, en París, en Cancún, en Nueva York— a familiares, sobrevivientes e historiadores de la Revolución Cubana. Durante la filmación, me dio espacio a su lado en un par de escenas. Por ejemplo, cuando filmamos la secuencia del famoso discurso que dio el Che en las Naciones Unidas (si parpadeas, no me ves). Ya con película bajo el brazo, en el Festival de Cannes de 2007, nos paramos en grupo ante las escalinatas del Grand Palais mientras nos encandilaban los flashes de los fotógrafos. A Benicio le dieron la Palma de Plata por su actuación, luego también el premio Goya. En este largo camino nos hicimos amigos y cómplices de una aventura en la que hubo momentos extenuantes, tanto de tensión como de diversión. Aprendimos a movernos en equipo, a entendernos a veces sólo con miradas.

Seis años más tarde nos encontramos de nuevo en las escaleras de Regen Projects, una espaciosa megagalería angelina que se ha convertido, durante unas horas, en un estudio fotográfico para la portada de Gatopardo. “Compañera”, me dice Benicio, y nos damos un abrazo corto y cariñoso.

—Ella puede escribir el artículo sin hablar conmigo —le dice en inglés a Robin Baum, su publicista.
—Pero tenía ganas de volver a verte, Benicio —le respondo.

Este reencuentro lo hace posible un personaje aterrador. Benicio interpreta en Sicario, película dirigida por el canadiense Denis Villeneuve (Prisoners, Enemy), a Alejandro, un “tirador de droga” dispuesto a todo para lograr su cometido: vengarse de quien mató a su familia. Para ello, se inmiscuye en una operación antidroga liderada por un desaforado operador de la CIA, interpretado por Josh Brolin. Los dos no hacen sino atropellar y romper leyes. Atrapada en medio está una inocente Emily Blunt, en el papel de agente antiterrorista, aterrada al ver como estos dos operan sin límite alguno. Villeneuve nos adentra en las entrañas del monstruo de la guerra contra las drogas. El mensaje, que viene lleno de sangre, de nihilismo, de momentos de una violencia absurda es indiscutible: es una guerra que no se puede ganar.

Sicario es una canción desesperada a dos voces, un narcocorrido y una balada country: el narcotraficante latinoamericano y el contratista estadounidense dispuestos a cualquier cosa. Benicio dice que es una película que “juega” con esa duda universal: ¿el fin sí justifica los medios?. “Yo creo que no, la ley se tiene que respetar, verdad”, dice.

Sólo que todo ocurre en la borrosa frontera entre Juárez y El Paso, entre lo legal y lo ilegal, entre la lucha de cómo se rompen las reglas en el Norte y cómo se rompen las reglas en el Sur. O sea, un papel perfecto para Benicio, quien se especializa en balancearse en esa cuerda floja; en darle matices a los grises y no quedarse en el blanco y negro; en encontrar el punto débil entre el bien y el mal, moviéndose muchas veces entre lo latino y lo sajón.

En Sicario, que se estrena en México en octubre, Benicio nos muestra un personaje sinuoso, resbaloso y muy malo. Es imposible saber bien si es mexicano o colombiano (su sobrenombre es Medellín). Su mirada, a veces de lobo, a veces de loco, es inquietante. No entendemos bien por qué este matón es capaz de acariciar la mano de su colega ojiazul con una dulzura escalofriante. Pero sabemos, o por lo menos yo, que queremos seguir viéndolo hasta el final. He ahí el trabajo de Benicio.

Desde que Felipe Restrepo asumió como director de esta revista, me dijo que soñaba con tener a Benicio en la portada. “El momento ha llegado”, le dije en marzo, cuando me enteré del estreno de Sicario. Benicio aceptó darle a Gatopardo dos horas: una para hacer las fotos y otra para mi entrevista.

Es un día de un calor inusual en Los Ángeles: húmedo, como si estuviéramos en el Caribe, donde creció Benicio. “No es normal, el clima está cambiando definitivamente”, nos dice (la ecología es uno de sus temas favoritos: en su natal Puerto Rico forma parte de una campaña para proteger un corredor ecológico). La oficina de Shaun Regen, con el sofá y sillas de cuero negro, lentamente se convierte en la casa de Gatopardo. Los catálogos de Cy Twombly, de Catherine Opie y las copias de Artforum sobre la mesa le dan paso a las herramientas de la maquillista (la que exigió la publicista de Benicio), a cafés y botellas de agua y a los pañuelos y corbatas de marca que el equipo de Gatopardo ha escogido para Benicio.

Lleva puesta una cachucha —de esas llamadas “de camionero”, que le encanta ponerse— y una sudadera verde brillante. De la cintura para arriba parece jugador de béisbol. Los zapatos, sin embargo, son de vestir y perfectamente boleados.

Luz Arredondo, directora de Comunicación de la revista, y Rigo de la Rocha, el director creativo, pasaron días buscando atuendos “que le fueran a gustar”. Sudando, un poco por el calor y otro poco de nervios, le muestran a Benicio uno por uno los cambios que le han preparado. Él sin poner peros da su visto bueno. Como mago hace aparecer un gancho del que cuelga otro perfecto atuendo. “Empecemos con éste”, dice. Rigo sonríe y Luz está encantada: “Ese Dior le queda pintado”.

Benicio le regala su rostro a la maquillista y, en menos de tres minutos, está. Se pasa la palma de las manos primero por el pelo un poquito engrasado y luego por la boca y frunce el ceño como niño incómodo con el lápiz labial.

Afuera de la oficina, Luis García, quien manejó desde San Diego con su asistente, una chica alta y delgada con el pelo azul, ya instaló el ciclorama y ella ya midió la luz.

—¿Dónde está la música? —bromea Benicio con un chico serio que pretende trabajar en su computadora mientras pasa todo esto.

Es exactamente como lo recordaba: espontáneo y sencillo en su trato pero siempre preparado para su trabajo. Por eso creo que trajo el vestido que sabe que le queda al pelo. Hay que salir al ruedo, hay que jugar pelota, a veces en español y a veces en inglés. Pero para triunfar, los riesgos hay que manejarlos.

—Listos —dice Benicio, perfecto de pies a cabeza.
Ya entiendo el porqué de los zapatos.

Benicio del Toro lleva casi veinte años dedicado a “mi profesión”, como la llama. Llegó “dando tumbos”, pero a sus 48 años y con más de 35 películas hechas ha conseguido casi todos los premios y reconocimientos posibles: el Oscar a mejor actor secundario, la Palma en Cannes, el Goya en San Sebastián, entre muchos otros. Ya pertenece a esa liga de actores que son reconocidos por su obra: en 2 014 recibió el Premio Donostia en el Festival de Cine de San Sebastián y este año será el “Corazón de honor de Sarajevo”. Los periodistas que cubren la industria del cine en Los Ángeles lo idolatran: “Cualquier oportunidad de ver a Benicio del Toro en acción es un placer”, leo en el Hollywood Reporter que encuentro en el lobby del hotel donde me estoy alojando. Se refiere, en particular, a su personificación de Pablo Escobar en Paraíso perdido, una cinta que también se estrena en estos meses. “Pocos no estarán de acuerdo que el puertorriqueño es uno de nuestros grandes actores”, continúa la revista.

Aunque conozco bastante bien a Beno, como le dicen sus más allegados, hoy me entero de que México juega un papel importante en su carrera. “La primera película que yo hice, la de James Bond —me cuenta— se rodó en parte en los Estudios Churubusco.” En Licencia para matar, Benicio, a sus veintiún años, interpretó un pequeño papel de villano en esta serie de oro. Aprovecho para que me cuente cómo decidió meterse en el riesgoso mundo hollywoodense que hoy tiene a sus pies.

—Tú te imaginas —me dice con esa cadencia caribeña que compartimos y me lo repite, con mas suavidad esta vez, como acordándose de aquel niño travieso que creció en San Juan en una familia de abogados—. Tú te imaginas. Yo, salir así. Yo nunca pensé que iba a ser actor ni nada de eso.

Por las historias que le he oído, lo veo de niño, el menor de dos varones, y el más callejero o “realengo” como dice él en su español boricua. Por las noches llegaba a su casa y “le hacía los cuentos de las maldades” a su hermano. Por su parte, Gustavo, hoy pediatra oncólogo, se la pasaba leyendo y le contaba las historias de los libros que leía. Al cumplir catorce años llegó a una secundaria en Pensilvania donde aún “no le metía mano” a los libros y sus compañeros se burlaban de su acento en inglés. Sin tener claro qué quería estudiar, llegó a la universidad en San Diego.

—De momento decido tomar una clase de actuación, y digo “quiero estudiar teatro” y por eso del teatro me salgo del colegio y me voy a Nueva York —me cuenta—. Y empiezo a dar tumbos. La familia mía no estaba muy contenta.

Siempre me pasa que cuando lo oigo hablar siento que estoy con cualquier primo barranquillero y no con la estrella de Hollywood a quien lo espera un gran coche negro afuera.

—Acabo en Los Ángeles porque me dieron una beca en Stella Adler.

Estudiar en Stella Adler para un actor es como estudiar en Harvard. De ahí salen los mejores: Marlon Brando y Robert De Niro, entre ellos. Me explica que para hacer la audición de entrada requieren tres monólogos. Benicio escogió uno de Shakespeare, de Ricardo Tercero; uno de teatro contemporáneo, Key Exchange, una obra sobre una pareja que no quiere intercambiar llaves y que estaba de moda en los ochenta; el tercero —ya ahí empieza a sorprender—, una canción de The Doors: “y la convertí en monologo”.

—Nada, recibí la beca y dije “aquí me quedo”.

Hoy cuenta sus atrevimientos con tono de satisfacción, de que hizo lo correcto. Pero antes de poder contar los tumbos con placidez, con humor, pasó uno, dos, tres años de vacas flacas, de ir “a muchas audiciones”. Hasta 1987, cuando logra que lo contraten en Licencia para matar.

—Pasar de nada a James Bond fue como wow, wow, wow, wow.
Sonrío porque me acuerdo de lo onomatopéyico que es al hablar. Me cuenta cómo le dio la noticia a todos sus allegados, sobre todo a aquellos que tanto dudaron de su talento.
—Pom, pom, pom —y lanza puños de tira cómica.
—¿Te marcó conseguir un papel en una película de Bond?
—Sí, me marcó, pero yo creía que yo estaba ya, ya. Yo iba a ser estrella. Ya había llegado. Y de pronto no conseguí trabajo inmediatamente después. Fue como que wow y ¡bum!

"Al entrar en escena, se hace un acto de fe".

“Al entrar en escena, se hace un acto de fe”.

Luis, el fotógrafo, empieza a disparar. Benicio entra al ruedo e inmediatamente saca a relucir las líneas de expresión de su cara, esas que el mundo conoce y las mujeres adoran. Sus ojos calmados se tornan en ojos de ave rapaz. Benicio, el conversador, el sencillo, el atento, el que tiene una palabra cómica o educada —inglés para los anglos, español para los chilangos— se transforma en el Benicio con mirada de portada.
Benicio está trabajando, entrando en calor, comodísimo en su Dior.

De atrás de la cámara sale una voz, “¿Dónde vives, Benicio?”. Es el fotógrafo que decide conversar.
—Enggssaggmoka —susurra el actor, como los que le salen, y que ya son de culto, a Fred Fenster en Sospechosos comunes, el personaje que lo sacó del boom post-bondiano. La traducción de su murmullo: Santa Mónica.
—¿Y hace cuánto vives en Los Ángeles? —insiste Luis.

Benicio contesta pero también baja su famosa mirada. Se echa para atrás como dejando que pase el golpe de la desconcentración.
—¿Y en qué estás trabajando ahora?
—Siempre trabajo en muchas cosas —dice. La vaguedad es señal inconfundible de que no quiere hablar.
—¿Alguna en especial?

Estoy lista para intervenir cuando, desde más atrás, se oye una voz sajona. “Stop it. Paren.” Es Robin, su publicista. “Hay algo que no está funcionando.”

El equipo de Gatopardo corre hacia la computadora que señala Robin, donde las imágenes que dispara Luis van apareciendo. A Robin no le gusta el Benicio que asoma en pantalla. “La luz no está funcionando. No me gustan los ángulos.”

El corre, corre pasa sin que Benicio intervenga o se mueva de su sitio. Luis cambia el lente. Robin queda satisfecha.

“Ese Benicio dentro de la oficina preguntando sobre la revista, dejándose vestir de Vuitton, de Prada o de Zegna —recuerda Luz días después—, era muy diferente al que salía. En la oficina habla mucho, pregunta, chistea. Afuera es otra cosa. Me llamó la atención cómo dejó que Robin hiciera su trabajo. Me di vuelta y lo vi tranquilo sentado. Y vi cómo nos observaba.”

Finalmente, todo empieza a fluir mejor. Benicio se pone los diferentes sacos que le han traído, uno con pañuelo en el bolsillo, otro con corbata gris. Benicio toma las riendas de la sesión y le dice a Luis: “Mira, yo me voy a poner aquí y me voy a mover como un reloj”. Entre tomas, agarra los lentes de sol que traía y posa con ellos. “Shoot, shoot, shoot… no tan rápido… bájale el volumen, Luis… ya, terminamos”, indica.

Ahora me toca a mí. Se ha puesto una camiseta negra y holgada de los Giants. Los zapatos siguen siendo los mismos. Nos sentamos a conversar en la salita de la oficina y empiezo a grabar. Un poco para no confundirme —esto no es una visita, es una entrevista— empiezo con una pregunta de periodista predecible a estrella de cine: “Cuéntame sobre tu proceso creativo”. Le digo que en sus películas he notado que hace cosas que me sorprenden: actos de maldad o de bondad. “Mis ojos se van siempre hacia ti como si fueras un imán cada vez que apareces en escena. ¿Lo haces a propósito?”, pregunto.

Benicio está comiendo una ensalada de pollo. Antes de contestar pone el tenedor de bambú a un lado y cambia de posición. “Te lo voy a hacer rápido”, me dice, pero su respuesta no lo es. Empieza pausado, como si una niña de siete años le hubiera pedido a Einstein que le explicara la teoría de la relatividad. Al final, lo que recibo es una master class en actuación. Aquí algunos de sus tips:

“Al entrar en escena, se hace un acto de fe. Hay que encontrar esa confianza entre los actores porque, si no, nada va a funcionar. No me gustaría pensar que mi compañero de escena opina que Benicio se te mete en el medio, te atropella.
“Hay que llegar sabiendo qué historia está haciendo el director. Hay que saber de qué va la escena, para hacer la misma película que el resto del equipo. Tiene que estar ya sobrentendido que estamos en la misma película. Entonces empieza la fe que tienes con los actores. Y pues tienes que explorar cosas porque la vida es así.
“Estamos buscando recrear cosas que parezcan espontáneas y que la persona que está viendo, que está explorando dentro de un mundo, lo sienta así. Para eso hay que tener libertad, pero tiene que ser una libertad ordenada. He aprendido que si no tienes idea de lo que vas a hacer, es mejor no hacer nada porque, si haces algo, lo más seguro es que te estrelles.
“Si vas a hacer algo y quieres vivir de ello, hay que tener ese sentido de disciplina, de competencia, no con otras personas, pero con uno mismo.
“Una de las cosas que yo tengo, no es sólo talento, sino que yo empiezo algo y me quedo pega’o hasta que no lo acabe.”

Me consta. Benicio estaba pega’o con el Che Guevara desde cuando filmaba en Churubusco. Es decir: dieciocho años antes de que interpretara el papel. Le pido que me cuente la historia que he oído antes, en la que se topa con la foto del Che y ve algo que no se esperaba. Sólo sabía que había sido en la Ciudad de México.

En una de esas largas caminatas que hacía, esperando a que le tocara trabajar, entró a una librería y se topó con un libro de un Che muy joven. Eran cartas escritas a sus parientes en los años cincuenta. Le llamó la atención la portada. Era un Che como nunca se lo había imaginado: uno que sonreía.

—Yo conocía un poquito del Che pero, viniendo de Puerto Rico y Estados Unidos, el Che siempre era el más malo de todos. La imagen era de miedo, y vi esa foto del Che —me dice, baja la voz y continúa— y me tocó. Yo estaba leyendo ya, metido un poco con los poetas beat, y empiezo a leer al Che y digo: “Pero este tipo está escribiendo lo mismo y es latinoamericano” y hago una conexión ahí con él. Espiritual, verdad.

Choca las palmas de las manos y le sale un “¡Tas!”. Benicio quiere meterse un pedazo de pollo a la boca pero prefiere seguir recordando lo que sintió en ese momento.

—Me identifiqué. Hasta había una carta en la que decía que tenía la idea de ser actor. Era un muchacho. Ese sentido de que no voy pa’ ningún la’o. Y esa energía que tenía, cómo escribía. Su sentido del humor me voló la cabeza. Lo que encontré fue una búsqueda…

Benicio, con un guiño, me cuenta que regresó a Los Ángeles con una maleta repleta de libros del Che, tantos que en la aduana lo pararon y le preguntaron si pertenecía al Partido Comunista. “Y yo les contesté: ¿Hay un Partido Comunista aquí? ¿Dónde queda?”, me dice.

Pero su identificación con el Che Guevara en 1987 no era tanto con el guerrillero armado como con el muchacho latinoamericano, como él, buscando un propósito. Ese Che Guevara sonriente y sin norte le sirvió de norte. Oyéndolo llegó a la conclusión de que esa identificación que tiene con el ícono de la boina revolucionaria es precisamente el querer romper con ese estereotipo. Pienso que quizás invoca esa dicotomía cada vez que interpreta un papel. Cuando vio que la imagen que le habían vendido no correspondía con aquellas cartas con las que tanto se identificó, entendió que el blanco y el negro no existen. Será por eso que cuando actúa no permite que nada ni nadie, ni el bien ni el mal, ni Alejandro en Sicario, ni Pablo Escobar, ni el Che Guevara, sean encasillados. Es esto lo que convirtió al muchacho perdido en la estrella que tengo enfrente.

Benicio y yo nos conocimos a principio del 2001, en los días que estaba promocionando Traffic, también de Steven Soderbergh. Mi amiga Laura Bickford, productora de Traffic, nos presentó en el lobby del Mercer Hotel en Nueva York. Comenté que salía al día siguiente para La Habana. Desde 1994, yo reporteaba en la isla y además tenía una licencia especial para hacer intercambios culturales entre los dos países. Esa noche decidimos que iríamos juntos a Cuba. Laura y Benicio tenían años hablando sobre el tema de la película del Che y ésta era la oportunidad para finalmente empezar a tocar puertas. Yo me comprometí a acompañarlos, simplemente porque me divertía la idea.

A las pocas semanas de haber recibido el Oscar, aterrizábamos en La Habana, Laura, Soderbergh, Benicio y yo. Le recuerdo que llegó con el brazo enyesado y el Oscar en la maleta. Se había fracturado la muñeca filmando La presa (The Hunted) y llevaba la estatuilla porque al regreso paraba en Puerto Rico y quería llegar con el trofeo a su tierra. “Yo me acuerdo de cómo nos enseñaste La Habana que conocías”, me dice. “Es que las amistades que hicimos fueron grandes. Tengo las fotos de la primera noche en casa de Jorge Perrugoria.”

Y ahí empezamos a intercambiar recuerdos e impresiones: La Habana nos encanta. Me cuenta que acaba de estar y a cuáles de nuestros amigos vio. Se dice que hacer una película une tanto como los lazos familiares y que dura para siempre. Eso es sin duda cierto pues han pasado ya seis años y sentada con Benicio siento esa familiaridad. Posiblemente el hecho de que somos caribeños, que nos hicimos en los Estados Unidos, que hablamos mucho spanglish, nos acercó más. Benicio sueña con volver algún día a llevar una película a Cuba. “Es que presentar en Cuba en el Yara es como participar en las Olimpiadas”, me dice. Respondo que, en ese caso, yo vuelvo a trabajar con él.

Cuando nos conocimos, Benicio ya tenía su club de fans, no tan grande como el de hoy. Cinéfilos que lo vieron en su debut en Bond; cuando se robó el show con los incomprensibles murmullos en Sospechosos comunes; cuando emprendió el viaje surrealista con Johnny Depp en Fear and Loathing in Las Vegas; como el entrañable amigo portorro de Basquiat en la película de Julian Schnabel sobre el pintor.

Después de Traffic, pasó de ser actor a ser estrella. Todos quieren con él: lo dirige Alejandro González Iñárritu en 21 gramos y lo vuelven a nominar al Oscar. Martin Scorsese lo ficha para varios proyectos. Después de nuestra aventura guevariana protagonizó El hombre lobo junto a Anthony Hopkins y Emily Blunt. Luego vino un par de narcointerpretaciones: en Salvajes de Oliver Stone y el mítico Pablo Escobar.

No por eso podemos encajonar a Benicio. En Jimmy P., lo vemos vulnerable, un veterano de la Segunda Guerra Mundial, nativo norteamericano, recibiendo tratamiento psiquiátrico. El año pasado hizo de superhéroe en Guardianes de la galaxia. Precisamente el día de nuestro encuentro, Variety comenta que le han ofrecido un papel importante en la próxima Guerra de las galaxias. “Pero todavía no hemos llegado a un acuerdo”, aclara. Le pregunta a Robin si sabe quién es responsable de haber sacado la noticia antes de tiempo.

Cualquier cosa que haga Benicio ahora es noticia, desde los trabajos que le ofrecen hasta cualquier salida a la calle. De tropezón en tropezón, de acto de fe en acto de fe, de olvidarse de la escena en la que no le fue bien, Benicio encontró lo suyo. Toda esa búsqueda lo volvió celebridad, lo volvió famoso.

Entendí la fama moviéndome a su lado. Cuando empezamos a llegar juntos a entrevistas, me sorprendió cuánto hablaba la gente. En París, estuvimos dos días enteros oyendo hablar a Regis Debray. En Santa Clara, fue la misma Aleida March quien nos dio un tour guiado de cómo el Che, con ella a su lado, se había tomado Cuba. Pasamos horas con Camilo, el hijo del Che; con Pombo y Urbano, los dos sobrevivientes en Bolivia; conocimos al dentista que le hizo la prótesis falsa con la que entró a Bolivia.

Cada uno de esos viajes nos dejaba agotados. Hacíamos entrevistas eternas —sesiones hasta de quince horas diarias— en las que él y yo entrevistábamos y traducíamos para el resto del equipo. Ni Laura ni Steven hablan español; los cubanos tampoco hablaban inglés. Cada uno de ellos nos dejó con historias compartidas.

—¿Te acuerdas la vez que al fin llegó la llamada para ir a conocer a Fidel?
—Claro, le quería llevar una pelota de béisbol para que me la firmara. Le compré dos a un chamaco por la calle, una de esas caseras, de trapo y tape. Fidel las firmó. Pero la historia es cómica al final —me dice.

—Claro, la tinta del Sharpie se estaba corriendo y Daisy Granados —gran actriz y otra de las grandes amistades que hicimos—, te dijo que sellaras la firma con brillo de uñas.
—Y tú te imaginas, yo entro a la tienda del Hotel Nacional y le digo a la muchacha que me dé un frasco de barniz de uñas. Y ésta se me queda mirando… —los ojos de Benicio se abren simulando los de la vendedora sorprendida.
—La fama —le contesto.

La fama hace que las chicas se le tiren encima: lo vi. Hace que los novios de las chicas las empujen a bailarle: lo vi. Hace que el presidente de un país te reciba: lo vi. Hace que en los aeropuertos y en los restaurantes las filas sean más cortas y los asientos mejores: lo viví.

Quiero que me hable de lo que él siente. Le pregunto cuándo fue la primera vez que se sintió famoso, pero me dice que no tiene memoria de un momento preciso. En cambio me muestra el peso de la fama. Se lleva las manos en cuadro a su ojo derecho y me mira a través del encuadre. Amenazante.

—Yo le digo el ojo de King Kong. Por cualquier ventana de tu casa ves el ojo de King Kong mirándote. Un ojo inmenso. Mirándote así. A veces sientes que no puedes hacer nada.

Miro el reloj. Rompería las reglas del tiempo pactado pero sé que tiene que salir a recoger a su niña a clase de ballet. Termino a propósito con otra pregunta de cajón y con voz de reportera.

—Benicio, ¿qué te gustaría hacer además de actuar? —me refería dentro de su profesión: escribir, dirigir, producir más, pero él malentendió y no lo corregí.

—Me gustan muchas cosas: la música, el arte… Pero, ¿sabes qué me gusta? —me dice, volviéndose a sentar, muy derecho esta vez.

Me mira a los ojos y en un tono travieso y misterioso, como le gusta ser, me dice: “I like to watch people“.

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