Martha Payne

Martha Payne, una niña escocesa de nueve años, se convirtió en un
fenómeno mediático y social al publicar en un blog fotografías de los
tristes almuerzos que servían en su escuela. A pesar de que la noticia
le dio la vuelta al mundo, el condado en el que ella y su familia viven,
Argyll and Bute, se ha aferrado a la censura.

Por Catalina Gayà
La primera edición del libro que cuenta la historia de Martha se agotó en una semana.

La primera edición del libro que cuenta la historia de Martha se agotó en una semana.

La primera edición del libro que cuenta la historia de Martha se agotó en una semana.

La primera edición del libro que cuenta la historia de Martha se agotó en una semana.

Por Catalina Gayà

Recuerdo que Polly Payne, la hermana pequeña de Martha, se detuvo en seco, gritó “Stop!” y se soltó. Hasta ese momento, yo sujetaba a las dos hermanas de las manos tan fuerte como podía. Era el 28 de agosto de 2011, día de san Juan Degollado y fiesta mayor en mi pueblo, en Mallorca. Las tres intentábamos esquivar a la marabunta de niños y jóvenes que provocaban con gritos de “Banya verda (Cuerno verde)” a los siete dimonis —cada uno encarnando a uno de los siete pecados capitales— para que los diablos los persiguieran, dando latigazos a diestro y siniestro.

Tomar la decisión de acercarse a esos seres con cuernos es un proceso conflictivo que entraña un duelo entre el corazón y el raciocinio. “Es macho o hembra, es persona”, grita la razón. El corazón, en cambio, se dispara ante el miedo de lo que pueda ocurrir. Porque nunca alcanzas a descifrar hacia dónde mira el diablo. Sabes que si no los provocas, no te pegarán, pero los diablos, como los pecados, son de naturaleza traicionera y difíciles de predecir. Yo sigo librando esa batalla y tengo treinta y siete años. Cuando Polly Payne gritó “Stop!” teníamos enfrente, a menos de dos metros, al diablo de la avaricia, y parecía que se había fijado en nosotras. Martha Payne permanecía en silencio. Recuerdo que me arrodillé y le pregunté a Polly si quería que me acercara a ese diablo y averiguara si ella, que era una niña escocesa de seis años, podía darle la mano. Polly dijo que sí, y Martha, con ocho años, se unió a mí sin pensárselo.

El monstruo tenía la cara roja y nos sacaba una lengua inmóvil de madera, lucía un traje negro con llamas devoradoras y serpientes venenosas, tenía cuernos de chivo, un látigo en la mano y era tres veces más grande que Martha. Si yo hubiera sido escocesa, hubiera tenido ocho años (los que tenía Martha en agosto de 2011) y un adulto me hubiera arrastrado a hablar con Satanás, me hubiera negado en redondo.

Ella vino, confiando en mí, en lo que yo le había contado sobre los demonios mediterráneos: que no pegan a las niñas escocesas y que representan para la gente de mi pueblo el fin de la cosecha del trigo y los últimos días de calor y de fiesta. El diablo, que se las sabe todas, vio cómo nos acercábamos y balanceó el bastón. Yo le pregunté si podíamos tomarnos una foto con él y movió los cuernos en señal de aprobación. Martha se mantuvo a mi lado.

Desde entonces, y hasta octubre de 2012, no volví a ver a Martha Payne, pero durante todo ese tiempo gran parte de este mundo global e “hiperconectado” se aprendió su nombre. Martha Payne es la niña que el 30 de abril de 2012 puso en marcha NeverSeconds, un blog en el que, con el seudónimo de VEG (Veritas Ex Gusto, en latín), mostró la clase de comida que le daban en la escuela pública de Escocia a la que aún acude. Es la niña que, en menos de seis meses, consiguió que casi nueve millones de personas leyeran ese blog y que hasta 30 escuelas de todo el mundo participaran en la redacción de la página. Ganó media docena de premios —entre ellos, el Human Rights Young Person of the Year, que concede la Organización británica para la Defensa de la Libertad y los Derechos Civiles—, hizo que el Parlamento británico discutiera sobre la calidad de los menús escolares y logró reunir 147 600 euros para una ONG local, Mary’s Meals.

“Una bloguer británica de nueve años se ocupa de la comida de su escuela”, describía, el 25 de mayo, The Times, y comparaba los esfuerzos de la pequeña con la campaña de Michelle Obama por mejorar la comida de los niños. El 15 de junio The New York Times publicaba: “Una niña de nueve años suspende su comida escolar”. “Los fondos recaudados de una niña blogger irán a Malawi”, anunciaba La Repubblica el 18 de junio. Durante varios meses, la televisión de Japón, Brasil, España y Alemania, entre muchas otras, llenaron horas de debate sobre “el fenómeno Martha Payne”, y los medios británicos —la BBC, The Guardian, The Daily Telegraph— se hicieron eco del blog casi desde el primer día.

En realidad, haciendo balance, fueron pocos los adultos que leyeron el blog de Martha durante los seis meses que, de una manera u otra, estuvo en el candelero. No lo hizo el condado de Argyll and Bute que, el 14 de junio, censuró el blog. No lo leyeron tampoco los políticos británicos, escoceses e ingleses, que buscaron a Martha para hacerse la foto en un momento en el que en Escocia se peleaba la primera batalla por la independencia de Inglaterra (los Payne no quisieron fotos con políticos). No lo hizo tampoco la televisión japonesa que quería que toda la familia Payne se desplazara a Japón para que Martha pudiera bloguear sobre la comida de las escuelas japonesas (los Payne no aceptaron la oferta). Todos se quedaron con las dos primeras imágenes que colgó Martha el 8 de mayo de 2012. Una, con un trozo de pizza, una croqueta, un poco de maíz desperdigado y una magdalena pequeña. La otra, una hamburguesa de queso, dos croquetas exactamente iguales a las de la otra foto, unas rodajas semitransparentes de calabacitas y una paleta helada de tres sabores. El texto que acompañaba a estas fotos era el siguiente:

¡Ya he regresado! Mi cámara se estropeó, pero mi papá me prestó la suya. Creo que está en shock por las fotos. La primera foto es de la semana pasada y la segunda, de hoy. La pizza de la primera foto está bien, pero me hubiese gustado algo más que una croqueta. Soy una niña que está creciendo y necesito concentrarme durante toda la tarde y no puedo hacerlo si sólo me dan una croqueta. ¿Podría alguno de ustedes?

— Comida — 6 sobre 10
— Bocados — ¡no me acordé de contarlos, pero no muchos!
— Platos — principal / postre
— Ranking de salud — 4 /10
— Precio — 2.38 euros
— Pelos — ¡0!

Hoy el menú fue: una hamburguesa de queso y un helado, pero como pueden ver sólo tuve una paleta helada de tres sabores. Me gusta más el helado de crema. Me dieron dos croquetas y tres rebanadas de calabacita cuando dije no a los garbanzos.

— Comida — 7 sobre 10
— Bocados — ¡comer, contar y hablar con los amigos es demasiado difícil!
— Platos — principal / postre
— Ranking de salud — 2 /10
— Precio — 2.38 euros
— Pelos — ¡0!

Lo bueno de este blog es que mi papá ahora entiende por qué siempre llego hambrienta a casa. Hoy me hizo un postre de banana, lástima que no me gustan las bananas. Lo ven, ¡no soy perfecta!
VEG

Martha estaba en lo cierto. Su padre, David Payne, estaba conmocionado por esas imágenes. David Payne es un pequeño granjero en Lochgilphead, uno de esos pueblos escoceses costeros y estereotipadamente bucólicos donde, en apariencia, todo navega en una calma chicha. La esposa de David y madre de Martha, Rebecca Helliwell, es doctora, de modo que es David quien durante once años se ha hecho cargo de la casa y de los niños. Así lo acordaron cuando nació Joe, el mayor de los tres hermanos.

Aquella tarde de la primera semana de mayo, desde la cocina de su casa, David Payne tuiteó la entrada de Martha, la subió a Facebook y casi todos sus contactos rebotamos el link a nuestras cuentas de Facebook. David no era consciente de que con ese tuit acababa de poner en marcha el engranaje mediático mundial y que, en muy pocas horas, su teléfono convertiría la vida de su familia en un infierno que duraría seis meses. Tampoco yo, que soy periodista, imaginaba que esas fotos provocarían un incendio. Le di la enhorabuena, posteé el link y nada más.

Pero en octubre, cuando visité a la familia, en Lochgilphead, David me dijo que el verdadero comienzo de NeverSeconds había tenido lugar en el verano de 2011, cuando Martha, Polly y yo andábamos corriendo tras los demonios de mi pueblo. Una tarde de esa última semana de agosto, mientras los hermanos de Martha estaban en la piscina, la niña me había preguntado por qué me dedicaba a escribir. En el huerto de mi padre y sentadas sobre una pared de piedra centenaria, mi respuesta fue: “Para mostrar cosas que la gente generalmente no ve”. Ella escuchaba y jugueteaba con una concha de mar que acaba de sacar de un bolsito marrón. “¿Te gustaría escribir?”, le pregunté yo. “Sí”. “Entonces escribe sobre las cosas que te pasan, que ves en tu día a día y que los otros no son capaces de ver porque no pueden o porque no quieren”.

Las vacaciones se acabaron, y yo no supe nada más de Martha hasta muchos meses más tarde, cuando, el 8 de mayo, su papá me envió el link al blog de NeverSeconds, diciéndome, en un e-mail, que tras aquella conversación que tuve con la niña en 2011, Martha les había anunciado, a él y a Rebecca, que de mayor quería ser “periodista o corredora de fondo”. Había empezado a participar en la revista escolar y su primera tarea había sido redactar un artículo sobre el hundimiento del Titanic. El día que entregó el texto había llegado a casa entusiasmada y repitiendo a quien quisiera escucharla —sus dos hermanos, Joe y Polly, sus padres, David y Rebecca, y su perra Jura— que quería “escribir cada día para explicar historias reales como si fuera periodista”. Cuando fui a su casa en octubre, David me contó que la niña le había dicho: “Es más fácil explicar la verdad que inventársela, papá”. Me asusté, porque esas también eran mis palabras: eso es lo que les repito a mis alumnos.

David la animó a empezar un blog, pensando que sólo sería un ejercicio literario. Martha decidió escribir sobre aquello que sus papás, sus tíos y abuelos no podían ver y que, para ella, era muy cotidiano: la comida que le daban en el colegio y que, además, le disgustaba porque nunca la dejaban repetir. Comprobó que la cantante Selena Gómez tenía un blog y decidió que en el suyo también habría fotos. Pidió permiso en la escuela para tomar imágenes de las comidas en el comedor escolar y lo consiguió. Su padre le enseñó cómo subirlas a la web y ella tituló el blog NeverSeconds (Nunca se repite, porque no poder repetir el plato era lo que más le molestaba del comedor). Se había tomado al pie de la letra unas palabras dichas en un atardecer de verano en Mallorca.

El 30 de abril de 2012 fue su día cero en el mundo del periodismo. En realidad, ese día sólo publicó un plan de intenciones porque su cámara se había quedado sin batería y no pudo tomar la foto del menú. Después de eso, durante el fin de semana, se olvidó del blog. Pero el 8 de mayo publicó la entrada con la foto de la pizza y, por los caminos de la red, Jamie Oliver, considerado el cocinero más influyente del Reino Unido y de Estados Unidos, le envió un tuit dándole la enhorabuena. “Escandaloso, pero estimulante. Sigue así”, escribió Oliver. En ese momento, NeverSeconds se convirtió en noticia en todo el mundo. Durante años, Jamie Oliver ha impulsado la reforma de los comedores escolares británicos y estadounidenses y, desde un programa propio y de máxima audiencia en la BBC, adoctrina sobre cómo comer sano y atajar la obesidad. Sus libros de recetas son best sellers y el cocinero es, hoy por hoy, uno de los personajes más influyentes de la cultura británica.

En menos de diez horas, el blog se convirtió en trending topic en el Reino Unido y consiguió diez mil visitas. Dos días después del tuit de Oliver, el 10 de mayo, NeverSeconds tenía 105 000 visitas, y en el Reino Unido, que durante años ha estado acomplejado por la calidad de su comida y que ahora vive con verdadera pasión el imperativo de la comida sana, no se hablaba de otra cosa.

Bonita historia para la era del entretenimiento. Una niña escocesa consiguió, sin proponérselo, crear un debate mediático sobre la calidad de la comida en los comedores escolares. Muy rápido, niños de Japón, Corea, Estados Unidos, Laos, Camerún, España, Alemania, Estonia, la India, República Checa, Australia, Emiratos Árabes empezaron a enviarle fotos tomadas en sus propias escuelas. “En esos primeros días, periodistas de todo el mundo llamaban para hablar con ella, pero intentábamos que Martha se mantuviera al margen. No entendíamos todo el revuelo mediático”, me contó su padre.

La niña seguía con su blog, escribiendo desde el comedor de su casa. Esas dos primeras fotos, las que habían dado la vuelta al mundo, eran sólo una anécdota pero, al parecer, nadie se dio cuenta de que, muchas veces, a Martha le gustaba la comida del comedor. El 9 de mayo elogiaba la sopa de zanahoria (8 sobre 10, en su puntuación); las fajitas mexicanas del día 12 le parecieron “deliciosas” (8 sobre 10); las salchichas del 14 de mayo, 8 sobre 10. Llegó al 9 sobre 10 el 15 de mayo, con unos macarrones con salsa. Pero la foto del trozo de pizza, desde mayo a diciembre, fue descargada trece millones de veces.

Argyll and Bute, el condado en el que vive la familia Payne, podría haber hecho un comunicado elogiando la capacidad de análisis y de crítica de sus alumnos de primaria. Pero al condado de Argyll and Bute la mirada crítica de Martha Payne no le causó ninguna gracia.

El 12 de mayo, cuatro días después de que el blog apareciera, BBC Escocia entrevistó a Malcolm MacFadyen, el jefe de Servicios Públicos del condado de Argyll and Bute, y éste puso en duda la veracidad del blog y atacó a los Payne, dando a entender que la forma de educar a sus hijos no era la correcta. Dos días después, la misma cadena y en horario de máxima audiencia, entrevistó a Martha y David Payne y a Jayne Murphy, la responsable de las comidas escolares del condado, y ésta sugirió que todo había sido producto de la invención de Martha porque había “seleccionado” lo que fotografiaba. El tono de Murphy era tan agresivo que la presentadora le recordó que la persona de la que estaba hablando tenía nueve años. Como la entrevista fue telefónica, Jayne Murphy no veía a la niña ni a su padre, que estaban en un estudio de grabación. Murphy insistía en que siempre había tomates en el menú y que no era cierto que no se pudiera repetir. Martha sólo respondió que ella “simplemente” no había visto tomates en el comedor.

Su padre, en el libro que publicó el pasado noviembre y que la editorial Cargo tituló La increíble historia de Martha Payne, escribe que a Martha le cayeron las lágrimas cuando escuchó a Murphy y que dijo: “No es justo. No está bien. Sólo te permiten coger vegetales o ensalada y sólo tienes lo que te dan”. Esta entrevista marcó un antes y un después en la actitud de David Payne respecto al blog. Una vez acabado el encuentro, dudó de su hija, la cuestionó, le preguntó si estaba segura de que no la dejaban repetir el plato. La niña corroboró lo que había dicho y sus hermanos, Joe y Polly, lo confirmaron. Según el libro de David Payne, Joe dijo: “Que le guste o no le guste la comida es una opinión de Martha, pero que no nos dejan repetir es un hecho, y que tienes que escoger entre ensalada o vegetales está escrito”.

El 21 de mayo, el blog alcanzaba el millón de lectores y en los periódicos del Reino Unido los lectores publicaban cartas y comentarios: “No crezcas”, se repetía en muchos de esos comentarios en los foros en The Guardian o The Times. The Daily Telegraph pidió a sus lectores que explicaran sus memorias sobre los comedores escolares. Muchos adultos recordaban una mala experiencia que, con los años, se habían borrado y que ahora golpeaban de nuevo su memoria.

Martha seguía escribiendo y tomando fotos. El 23 de mayo puntuaba un 6 sobre 10 una hamburguesa y explicaba: “A mi papá y a mí nos han invitado a una reunión organizada por el famoso chef escocés Nick Nairn. Ha invitado a mucha gente importante y a nosotros para discutir sobre la comida en los comedores escolares y sobre lecciones de cocina”. Ese día publicó la foto de una bandeja rosada. Era la comida de un niño japonés. Se la había enviado a su e-mail y Martha quiso compartirla.

Fue en esos días que le llegó un correo electrónico con un comentario que decía que ella al menos comía y que, en cambio, en el mundo había muchos niños que tenían hambre. Su abuelo John Helliwell le dio la idea de abrir una cuenta en el blog para Mary’s Meals, una ONG escocesa presente en varios países de África, que alimenta con porridge a los niños que acuden cada día a clase, y de la que él es voluntario. Abuelo y nieta tramaron conseguir 7 000 libras (8 316 euros) para construir una cocina en Lilongwe, en Malawi. Los primeros cincuenta y nueve euros los consiguió porque Der Spiegel le ofreció ese dinero por la imagen del trozo de pizza.

A esas alturas, David Payne ya había recibido ofertas, que iban desde rodar una película para Hollywood, conocer a Michelle Obama e ir a los estudios de Disney hasta participar en un congreso de redes sociales de Texas con su hija como experta. Incluso René Redzepi, el chef del restaurante danés Noma, calificado como mejor restaurante del mundo, invitó a Martha y a su padre a la conferencia anual de chefs en Dinamarca; pero cuando David le preguntó a Martha si quería conocer a Redzepi, ella se quejó porque ese fin de semana tenía planeado ir a acampar con sus abuelos. No fueron a Dinamarca y así quedó zanjada la cuestión. Por ese entonces, aunque un tanto expuesta, la familia Payne aún podía manejar la situación.

El 28 de mayo, la historia de NeverSeconds ya era vieja. Rebecca me dijo cuando fui a verlos, en octubre, que poco a poco hubo menos llamadas de los medios y que su vida regresó a la normalidad. Ella, al hospital en el que trabaja. David, a cuidar a sus ovejas que, en plena primavera, estaban pariendo. Martha, Joe y Polly, a la escuela. “Tuvimos dieciséis días de tranquilidad”, me dijo Rebecca.

El 12 de junio, Martha puntuó con un 10 sobre 10 la comida del día: macarrones con salsa y gelatina de postre. Dos días después, el 14 de junio, el condado le prohibió tomar más fotos porque el Daily Record, un tabloide escocés, estaba exigiendo el despido del servicio de catering de la escuela en un titular: “Es tiempo de despedir a las monitoras del comedor”.

Dos días después, el 14 de junio, Martha se despidió en el blog: “Esta mañana en clase de matemáticas, la directora me sacó de clase. Me dijo que ya no podía tomar más fotos por un titular de periódico. Yo sólo escribo un blog, no en los periódicos. Estoy triste”. David Payne hizo su primera aparición digital en el blog y explicó que la decisión había sido del condado y no de la escuela.

Al día siguiente, el blog, Martha y todos los Payne regresaron a las primeras planas. En la pantalla global que es el mundo, la noticia de la censura corría en la red: el condado de Argyill and Bute había vetado el blog de una niña de nueve años. La historia de NeverSeconds ya era noticia en medio mundo y ahora llegaba a Taiwán, Estados Unidos, Tailandia, Corea del Sur, Nueva Zelanda…

Los periodistas elogiaban el blog de Martha e informaban sobre la decisión — “extraña”, “escandalosa”, “inconcebible”— del condado. El País, en España, recalcaba el mismo 15 de junio que “los comentarios” de Martha no eran “siempre críticos” y ponía así en evidencia la censura del condado. También ese mismo día The Washington Post titulaba que la niña había agitado un debate. Tim Worstall, de la revista Forbes, hablaba en su columna de Martha y comparaba la censura del condado con el “efecto Streisand”. En 2003, los abogados de Barbra Streisand intentaron censurar una imagen aérea de una propiedad de la cantante en California. La fotografía colgaba de una página en internet y la persona que la tomó explicó que estaba haciendo un trabajo sobre la erosión de las playas por el efecto de las grandes mansiones en la costa. Entonces, esa imagen, que sólo había sido descargada seis veces y dos de ellas por parte de los abogados de Streisand, fue vista por 420 000 personas. El 2 de julio, Paris Match le dedicaba un artículo a Martha y lo titulaba: “La ‘minibloguer’ que cambia el mundo”.

En ese momento, los reporteros acampaban frente a la puerta de la familia, los tabloides sensacionalistas buscaban a las mejores amigas de la niña para que chismorrearan y al teléfono de David entraban tantas llamadas que era imposible atenderlas todas.

Al día siguiente de que el condado de Argyll and Bute decidiera censurar el blog, la cuenta de NeverSeconds para Mary’s Meals alcanzó los 53 489 euros. El Programa Mundial de Comida (WFP, por sus siglas en inglés) le envió un tuit: “Gracias, Martha, por entender la importancia de la nutrición. No podríamos estar más de acuerdo contigo”.

La presión fue tal que, el 16 de junio, el condado de Argyll and Bute levantó la orden y permitió a Martha —y a nadie más que a Martha— tomar fotos en el comedor. La niña sólo publicó tres imágenes más. El 22 de junio su post no tuvo foto. Escribió que “era demasiado duro” tomarla ese día. Y no dijo más.

Martha había empezado a tener miedo de sus compañeros. “Cuando la profesora la sacó de la clase, los compañeros de Martha entendieron que ella había hecho algo que estaba mal al escribir ese blog y, a partir de ese día, los chicos, sobre todo los mayores, empezaron a molestarla, a empujarla mientras tomaba las fotos y a reírse de ella en el patio —me contó David en octubre—. Me di cuenta de lo que pasaba porque, al revisar la cámara de fotos de Martha, vi que a partir de determinado momento había varias imágenes movidas de la misma toma hasta que aparecía la que estaba encuadrada. Los chicos pasaban por su lado y la empujaban cuando ella sacaba la cámara, entonces ella tenía que empezar de nuevo”. ¿Por qué siguió? “Porque ella quería. A los periodistas siempre les responde que está muy contenta por haber podido ayudar a los niños en Malawi. A mí me dice que lo que más le gustó es que nunca tiramos la toalla”.

Llegué a casa de David Payne y Rebecca Helliwell el 21 de octubre, cuando la presión ya había pasado y sin intención de escribir nada sobre la historia de Martha Payne. Me costó encontrar la casa porque está en las afueras de Lochgilphead. Recorrí un camino angosto y atravesé un bosque vetusto y frondoso. Estaba rodeada por el otoño escocés, dorado, encendido, vivo. Extrañamente, había sol. David me había dicho que los ciervos acampaban en su terreno, pero no los vi.

Me recibieron David y la perra, Jura, en la puerta. Martha, Polly y Joe miraban un episodio de Doctor Who. Los juguetes, los libros, las piezas de Lego estaban desparramados por el suelo de la sala como si hiciera meses que en esa casa nadie tuviera tiempo para poner orden. Los chicos habían hecho galletas para mí, o eso me dijo Polly. Martha estaba nerviosa. No sabía cómo acercarse a mí, ni yo a ella. Dejé mi bolsa en una habitación en el piso superior y me detuve a ver el paisaje: árboles y enormes, viejas montañas al fondo, y el mar, negro, muy diferente al Mediterráneo. Polly vino a buscarme y me ofreció una galleta. En un minuto, me contó que Martha había escrito un blog “como si fuera periodista como tú”, que habían estado en África, que habían ido al plató de la BBC, en Cardiff, y que Martha había ganado muchos premios, que había ido a Londres y que ella, Polly, la había acompañado. Bajamos a la cocina.

La casa de los Payne no tiene cuadros. No los necesita: las ventanas son enormes y el paisaje se cuela en el comedor, el salón, las habitaciones. Las ovejas de David pastorean libres mientras una llama, que la familia Payne bautizó con el nombre de Pedro, las vigila. La familia acababa de llegar de Malawi donde Mary’s Meals, la ONG a la que Martha dio todo el dinero recaudado en el blog, inauguró dos cocinas. Un día antes de mi llegada, Martha y David habían estado en Londres, donde Martha había recibido el premio al mejor blog de comida del año, que concede The Observer, el suplemento dominical de The Guardian. En la mesa de la cocina estaba el suplemento con una foto de Martha a dos páginas. La habían hecho cerca del sauce japonés que yo veía desde la cocina.

La familia estaba exhausta y se le notaba. Habían sido seis meses de platós, de entrevistas, de noticias. David tenía unas ojeras que le llegaban a los pies. Estaba atrapado por el e-mail, Twitter, Facebook, por centenares de cartas y paquetes que se acumulaban y el teléfono, que no dejaba de sonar. Estaba escribiendo un libro sobre esos seis meses y tenía que entregarlo en esos días. El trajín del libro, me dijo Rebecca, no era nada comparado con lo que habían vivido. “Seguimos sin entender por qué todo el mundo se interesó por el blog. Tú, que eres periodista, ¿lo sabes?”, me preguntó.

Ese primer día me fui a dormir y no hablamos de la censura porque yo pensaba que era algo del pasado y, otra vez, no quería escribir nada sobre los Payne.

Fue al día siguiente, mientras paseaba por Lochgilphead con David, cuando me di cuenta de que algo no cuadraba. Lochgilphead tiene tres mil habitantes, pertenece al condado Argyll and Bute y es uno de esos pequeños pueblos de Escocia limpios, ordenados y bucólicos que aparecen en las guías como ejemplo de calidad de vida. No hay contaminación, los vecinos se conocen, practican deportes y van de aquí para allá con modernísimas mountain bikes o portando sus kayaks. En las calles impolutas, amplias y trazadas con escuadra, hay tiendas especializadas en cupcakes, políticas de reciclaje y muchísimas charities.

Esa mañana acompañé a David a la oficina de correos, que también es papelería y estanco. Y nadie le hizo el menor comentario sobre África. Era, como mínimo, extraño, puesto que la noche anterior la BBC lo había mostrado, en horario de máxima audiencia, acarreando agua en un pueblo africano donde los niños se mueren de hambre y donde se habían construido dos cocinas con el dinero recaudado por un blog que había nacido en ese pueblo. Además, esa gente tenía que conocer a Rebecca, la madre de Martha, porque era la médica de muchos de ellos. Pero nadie dijo nada.

La segunda parada fue en una tienda de verduras y tampoco hubo comentarios. En cualquier pueblo de España, donde vivo, hubiera habido una pancarta con el nombre de la niña en la entrada del pueblo. Quizás hasta una calle con su nombre.

Finalmente, en una ferretería, una mujer anciana dio la enhorabuena a David por el viaje a África, por la iniciativa de Martha y le preguntó: “¿Cómo ha afectado esta experiencia a los niños?”. David respondió que no lo sabía con certeza, que sólo el tiempo lo diría, y que Rebecca y él habían ido tomando decisiones según lo que les había parecido más correcto para la niña. Además de la señora estaban en la ferretería el dueño y cuatro clientes, pero ninguno de ellos hizo otro comentario. Antes de que nos fuéramos, la señora dijo algo que me ayudó a entender el silencio: “Estábamos orgullosos de Martha hasta que el condado la censuró”. “¿Y ahora no lo están?”, le pregunté. La señora balbuceó un “Sí, pero…”.

“¿Qué sucede?”, le pregunté a David cuando salimos. “El condado de Argyll and Bute tiene una gran influencia porque emplea a mucha gente”, me explicó David, y señaló la librería del pueblo. “No quisieron participar en un documental de la BBC sobre Martha por miedo a perder al condado como cliente”.

Empecé a entender, entonces, que al relato le faltaba la mitad: lo que sucedía en ese pueblo, lo que le ocurría a Martha en la escuela. David me explicó que ningún profesor había hecho ningún comentario sobre el blog, ni positivo ni negativo. “Supongo que eso ayudó a que los niños pensaran que algo estaba mal”. Tampoco el condado había dicho nada más. Tras dar marcha atrás con la censura, no respondió las llamadas de los medios ni a las críticas de la ciudadanía. En su página web casi cuatro mil personas de todos los rincones del Reino Unido presentaron quejas públicas preguntando quién había censurado a Martha y, sobre todo, por qué lo habían hecho. No hubo respuesta.

David Payne solicitó lo que en el Reino Unido se conoce como un Freedom of Information Request al condado de Argyll and Bute para pedir si se había abierto algún expediente disciplinario a algún empleado en relación a NeverSeconds. Es un mecanismo legal que permite a los ciudadanos acceder a la información que guardan las autoridades públicas. “Se decidió que la demanda estaba fuera de la competencia de esa ley”, me dijo David.

Esa noche, cuando los niños ya estaban en la cama, David y Rebecca me contaron su versión de la historia. Ésta era la primera velada de los últimos seis meses en la que no había llamado ningún periodista.

“El día que el condado censuró a Martha, llamé al condado para pedir una explicación de lo que había pasado y recibí la llamada del director ejecutivo de Servicios a la Comunidad, Cleland Sneddon —dijo David—. No sé por qué, pero me acuerdo que hablamos durante 28 minutos y 16 segundos. Me dijo que fue él quien tomó la decisión de censurar las fotos en el blog de mi hija. Nunca me escuchó y hasta se rio de mí. Ese día entendí que teníamos que apoyar a Martha en todo esto. Nos ofrecieron hacer un libro con las entradas del blog, acompañadas con unas recetas de gente famosa, pero yo quise explicar lo que había pasado, y, por eso, durante las últimas semanas y en el viaje a África, empecé a escribir el libro. No soy escritor, pero creo que hay que explicar la verdad. Cada libro vendido dará de comer a 25 niños de la ONG porque parte del dinero de las ventas se destina a Mary’s Meals”.

David tenía los ojos rojos de cansancio y miedo de perder algún e-mail que fuera “importante”. Yo reconocía en él ese “subidón” de adrenalina que dan los cierres de los periódicos, las guerras, las revoluciones sociales, el sentirse parte de la historia. Seis meses antes, este hombre era un agricultor tranquilo que cuidaba de sus hijos. Ahora, los periodistas y editores de periódicos más influyentes del Reino Unido y cocineros como Jamie Oliver o Nairn lo llamaban Dave. The Times le acababa de ofrecer cuatro adelantos, durante cuatro domingos seguidos, del libro que todavía no había terminado de escribir.

La vida de Rebecca tampoco había sido mucho más tranquila de junio a octubre. Había sabido que pacientes y colegas habían criticado a su familia. “Pensaban que queríamos aprovecharnos de la fama de Martha cuando ni siquiera sabíamos cómo manejar la situación. Se rumoreó que alguien iba a empezar un blog para hablar mal del servicio médico. No lo hicieron”.

Al final de esa noche empecé a leer el libro de David, que aún no estaba en imprenta. La familia dormía. En la página 134 se lee: “La hora del patio y de la comida se convirtieron en la oportunidad para que otros niños, generalmente mayores, la molestaran. […] La censura del blog parecía que hubiese sembrado la semilla en esas mentes jóvenes de que Martha tenía que ser castigada. A medida que los incidentes fueron subiendo de tono, la confianza de Martha se fue por los suelos”.

La escuela de Martha Payne tiene vistas al mar y campos de rugby enfrente. Recogí a Martha y a Polly en la puerta. Joe, el hermano mayor de Martha, salió disparado porque había quedado con unos amigos para ir a nadar. Martha lo hizo sola. La maestra había mostrado en la clase el documental que había grabado la BBC en África y ella sentía vergüenza y quería desaparecer. Después de seis meses de vida pública, esta niña de nueve años tenía la autoestima aniquilada, algunas amigas se habían distanciado de ella, había perdido la espontaneidad y estaba harta de las cámaras y de las mismas preguntas de siempre. Esa tarde iba a llamarla una periodista de Der Spiegel y Martha dijo que seguro le preguntaría: “¿Por qué empezaste a escribir NeverSeconds?”. Esa tarde la mujer alemana, en efecto, hizo la pregunta. Sentada en un sofá, Martha respiró, puso cara de hartazgo y repitió con voz cansina: “Quería ser periodista como la esposa de un amigo de mi padre”, la esposa del amigo de su padre que, claro, soy yo.

El 22 de junio, cuando dejó de subir las fotos, Martha también dejó de escribir sobre la comida de la escuela. El blog siguió, pero eran otros chicos de las otras escuelas los que subían fotos de sus comidas y la comentaban. Ella hablaba de sus premios, de las visitas al Parlamento de Londres o de los rodajes en la BBC. Conoció a Rowan Atkinson y, en el blog, escribió que había estado a punto de saludarlo con un “Hello, Mr. Bean“. Estaba tan nerviosa cuando vio a Jamie Oliver —la invitó a su programa— que escribió que no le salían las palabras. Cuando le otorgaron el Human Rights Young Person of the Year, “por defender la libertad de expresión”, contó: “Aquí hay hombres y mujeres que defienden la libertad de expresión antes de que yo naciera. Eso asusta”.

Yo sólo le hice una pregunta en esos días. Estábamos sentadas en la escalera de la casa esperando a que Polly escondiera en el salón algo que nosotras teníamos que encontrar. Le dije: “¿Qué tal en África?”. “Calor”, respondió, y se quedó callada.

Cuando regresé a Barcelona no podía dejar de preguntarme: ¿por qué el blog se volvió viral? Hay dos ingredientes: una niña cuenta una historia sobre un mundo vetado a los ojos de los adultos que, a su vez, tienen hijos en ese mundo. El segundo: un gobierno censura a una niña, y calla. ¿Por qué la censuraron? No tenía respuesta. ¿Las fotos de la pizza y de la hamburguesa? Eran tristes, sosas, pero no revolucionarias.

Me puse en contacto con el condado de Argyll and Bute. Se generó un e-mail automático de respuesta. A éste le siguieron varias semanas de silencio hasta que apareció un e-mail en el buzón en el que se informaba que ya se habían hecho declaraciones públicas dando la enhorabuena a Mary’s Meals y que no se harían más comentarios. Ni una línea sobre Martha Payne o sobre NeverSeconds.

El no comment del condado parecía exagerado, pero no tanto si se investiga un poco el contexto. En 2010, el condado de Argyll and Bute recibió fuertes críticas porque había un plan para desmantelar una red de escuelas rurales. Una fuente que prefirió no revelar su identidad explicó que el condado de Argyll and Bute había enviado precisamente ese año, 2010, una carta a todos los maestros en la que “les recordaba que no podían hablar con la prensa sobre el condado y que si se sabía de alguien que hiciera comentarios negativos sobre éste, esto le supondría romper las condiciones de su contrato y sería sujeto a una acción disciplinaria”. Pregunté si la política de silencio impuesto hacía dos años había cambiado, pero no obtuve respuesta.

También encontré que, el 10 de febrero de 2012, un periódico escocés había publicado que, “según una fuente anónima”, Jo Smith, la jefa de comunicaciones del condado, habría usado “el concepto cuenta espía” en una conferencia celebrada en Glasgow en septiembre de 2011. El titular del periódico decía “Una de las jefas del condado se conecta para espiar a los críticos”, y en la historia se insinuaba que se habían abierto “cuentas espías” en las redes sociales para vigilar opiniones críticas de los residentes en el condado. El 21 de febrero se había abierto una investigación independiente que había continuado hasta agosto. El resultado de la investigación, que está en la red, concluyó que “no se encontraron ni las cuentas espía ni ningún otro tipo de espionaje”, pero Smith fue despedida en agosto.

Durante esa investigación, otros dos profesionales del equipo de comunicación fueron suspendidos porque se averiguó que habían intercambiado “comentarios jocosos” sobre el condado por un servicio de mensajería interna.

De modo que, en paralelo al debut de Martha Payne en el ciberespacio, el equipo de comunicación social del condado vivía un momento convulso.

Días más tarde, recibí un e-mail de David Payne. Habían presentado el libro y, en sólo una semana, se había agotado la primera edición. Tenía propuestas para traducirlo al alemán, al japonés y al español. También me contó que la directora de la escuela les había pedido a Martha y a sus hermanos que hicieran una presentación frente a padres y estudiantes de su viaje a África. Los hermanos la hicieron y, tras la presentación, la directora otorgó a Martha un diploma en el que se la nombraba Ciudadana Global. Martha lo llevó feliz a casa y lo colocaron junto al plato con el logo impreso del The Observer Food Monthly, una mariquita de barro hecha por Polly y otro plato con las huellas de las manos de Joe, Polly y Martha. David me envió la foto. En el diploma, que no tiene el logotipo de la escuela ni del condado, no se hace ninguna mención al blog. Sólo están la firma de la directora y la fecha.

El 12 de diciembre de 2012, la BBC regresó a Lochgilphead para volver sobre la historia de NeverSeconds. Pidieron al condado grabar unas imágenes del menú escolar y la respuesta fue que la asociación de padres no estaba de acuerdo. Entonces la BBC pidió a Martha que hiciera una última foto en el comedor, y la niña accedió. Fue a la escuela con la cámara en la mochila, pero regresó sin la imagen porque, una vez allí, sintió miedo. “Al final, ellos han ganado. La han silenciado”, me dijo David Payne, a través de Skype. Rebecca, entonces, interrumpió la conversación, apareció en la pantalla y dijo: “Bueno, no todo es negativo: hemos ido a África y hemos podido explicar la historia de esos chicos. Y, además, hemos sobrevivido a todo esto”. Hasta el 24 de enero, Martha no volvió a escribir en su blog. Las nuevas entradas no hacen referencia a la comida que le dan en la escuela. \\

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