Messi: el genio outsider

En 2015 Lionel Messi ganó la Liga de España, la Copa del Rey y la Liga de Campeones de Europa con su equipo, el Barcelona. Pero sus comportamientos misteriosos desconciertan a sus fanáticos. ¿Qué tiene Messi en la cabeza, en qué piensa cuando corre con la pelota?

Por Andrés Burgo

En estos tiempos en que Lionel Messi ganó en un chasquido de dedos la Liga de España, la Copa del Rey y la Liga de Campeones de Europa con el Barcelona, ponerlo bajo sospecha sería tan delirante como sostener que al fútbol se juega con una pelota cuadrada. Conviene recordar, sin embargo, que un rumor de disconformidad lo rodeaba hacía un año, en el Mundial de Brasil —, cuando quedaron dos imágenes suyas, una eléctrica y otra unplugged.

El reclamo —no unánime, pero sí notorio— era que el goleador serial de la primera fase del torneo, el que despabilaba al planeta en cada uno de sus arranques de felino, había derivado en un futbolista herbívoro en la segunda parte del Mundial. Era un murmullo apuntalado con estadísticas bajo el brazo: cuatro goles convertidos en la primera ronda y ninguno entre los octavos de final y el partido definitorio ante Alemania. Como si hubiese aplicado el modo off, Messi pareció aislarse en sí mismo y desentenderse del mundo exterior en algún momento de los partidos de Argentina.

En su país la inquietud alcanzó tintes histéricos: “Corré, movete, equivocate, pero hacé algo”, se desesperaban algunos hinchas frente al televisor. No era tanto un fastidio futbolístico sino anímico, mental. ¿Por qué Messi parecía poseído por la abulia cuando se estaba jugando dos cartas inéditas, la de ser campeón del mundo y la de alcanzar a Diego Maradona en la recargada mitología argentina? ¿Por qué Messi parecía caminar en la cancha?

La lista podía continuar, incluso en ligero tono de reproche, pero siempre se trató una disyuntiva falsa. Messi ya vivía en su planeta cuando se convirtió en lo que es, el más fascinante futbolista del siglo XXI, y cuando, en 2015, el año en que volvió a su mejor versión, ganó la Triple Corona. Qué tiene Messi en la cabeza, en qué piensa cuando corre con la pelota dentro del pie o se dispersa a la espera de entrar en contacto, son enigmas de los que debería ocuparse la ciencia: el misterio que, en el fútbol, equivale a la pregunta acerca de cómo fueron construidos Machu Picchu o las pirámides de Egipto. Que los biomecánicos estudien su zancada corta —pasos de 30 centímetros, la mitad que la de un jugador que mide 1,90— nunca develará su rasgo camaleónico: la errónea percepción de que a veces no está. Aunque es cierto que en el Mundial — y en los meses previos acentuó su imagen de aparente desidia (en la medida en que era corroído por una cadena de dilemas físicos, tácticos y espirituales), nunca hubo un Messi devorador y otro desconectado: siempre fue un devorador desconectado. A veces moviendo sus piernas supersónicas como si levitaran diez centímetros por encima del césped y otras dejándose hundir como si la cancha fuera de arenas movedizas.

En palabras del poeta alemán Rainer Maria Rilke, si los demonios abandonaran a Messi, sus ángeles también se marcharían. Acusarlo de ser un despistado sería dispararle al sostén de su grandeza: la descomunal biografía del argentino no habría sido posible sin su poder de abstracción, un ensimismamiento que lo acompañó en toda su carrera. La psicología de Messi, insondable en sus obras y sus silencios, siempre fue inaccesible. Hasta el técnico de Argentina en el Mundial — desistió de interpretarlo. Cuando Alejandro Sabella le pidió consejos a Pep Guardiola —el entrenador del Barcelona que entre 2008 a 2012 orientó la versión galáctica de Messi— acerca de cómo convivir con el ídolo reservado, el catalán le recomendó hablarle lo estrictamente necesario y rodearlo de compañeros que lo respetaran. En otras palabras, lo que en Argentina significa “que no le rompan las pelotas”. Dejarlo ser.

Las islas de Messi en medio de los partidos o sus comportamientos misteriosos fuera del fútbol son el apéndice de una introspección que desconcierta hasta a sus familiares. Messi, el libro del periodista español Guillem Balagué (Editorial Principio, —), revela que Leo también puede ser hermético en sus demostraciones de amor. Un día de 2011 volvió a su casa y anunció que se había tatuado el omóplato izquierdo. El remate inesperado fue cuando mostró la figura dibujada: era el rostro de su madre, Celia. Sus padres casi se desmayan. Messi no había anunciado el tributo ni siquiera a su homenajeada, y ese es un secretismo que también aplica cuando convierte goles: decide sin que nadie intuya qué hará, ejecuta con cara de póker y después sonríe con la discreción de Dick Tracy. Atisbar qué pasa por su mente supone un enigma para compañeros y rivales.

Messi no es un muchacho tímido, aseguran sus familiares, sino introvertido. De escuchar más que de hablar. Ya de chico, en el colegio Las Heras de Rosario, se movía a la sombra de Cintia Arellano, le vecina que ejercía de intérprete ante las maestras y le compraba sándwiches en el recreo. “Su ventrílocua”, la calificó el escritor argentino Leonardo Faccio, autor del libro Messi, el chico que siempre llegaba tarde y hoy es primero (Debate, 2011). De Argentina a España también se fue sin preanuncios ni dejar huellas. “No viene porque tiene hepatitis”, especulaban sus amigos de Newell’s, el equipo rosarino en el que Messi jugó en categorías infantiles, sin saber que ya había viajado a Europa para probarse en el Barcelona. Al llegar con 13 años a La Masía, la incubadora de cracks del Barça, los nuevos compañeros chocaron contra su prudencia monosilábica. “Creíamos que era mudo”, recordó Cesc Fábregas, el mediocampista que una década después sería su socio en el equipo mayor del Barcelona. “Vení que no mordemos”, lo invitó a sociabilizar Gerard Piqué, otro niño que se preparaba para la fama. Pero a Messi le gustaba metabolizar en soledad: en 2002, cuando Argentina quedó eliminada en el prólogo del Mundial de Japón, Lionel se fue del club —donde pasaba las mañanas y las tardes— para no tener que soportar las bromas de sus compañeros. Ese día prefirió almorzar en casa. Su pena era suya, y muy pronto sus proezas deportivas también serían intransferibles.

Muchos futbolistas que convivieron con Messi se enteraron de su ascenso meteórico por terceros. Cuando fue convocado en 2003 para debutar con la Primera del Barça, durante un amistoso en Portugal, fue su padre quien le confirmó la convocatoria y él, que tenía 16 años, rumió ese logro sin compartirlo con sus compañeros. Sus amigos de Rosario, a su vez, se enteraron de su estreno por los diarios. “Estoy re contento, pero me rompió los huevos (el asedio de los periodistas). A ver si se habla menos de mí”, les escribió por correo electrónico a los pocos días, cuando ya perfilaba un silencio monacal ante los medios. “Si no tengo nada para decir, no digo nada”, sería la piedra basal de su sigilo, un mesías que hablaría poco y haría hablar mucho.

El mundo comenzaba a orbitar a su alrededor pero Messi siguió caminando en puntas de pie. “Dicen que su padre le preguntó después del debut: ‘¿No estabas nervioso?’ Y como Lionel le dijo que no, el papá le respondió con cariño, abrazándolo: ‘¡Sos un marciano!’”, recuerda el periodista argentino Ramiro Martín, autor de Messi, un genio en la escuela del fútbol (Lectio, 2013). La figura emergente también comenzó a refugiarse debajo de su caparazón. El Barcelona ganó la Champions League en 2006 pero Messi, en vez de festejar el título junto con sus compañeros, se aisló en el vestidor: estaba enojado con el entrenador Frank Rijkaard porque no lo había incluido entre los titulares ni los suplentes que afrontarían la final ante el Arsenal, en París. Su marginación era lógica porque hacía varias semanas que no jugaba, como consecuencia de varias lesiones, pero se declaró en rebeldía —siempre en silencio, como también suele llorar, con un gemido mudo— y no salió a dar la vuelta olímpica.Deco, un compañero ya curtido, le acercó al vestuario la medalla que le correspondía.

Un mes después, en su primer Mundial, el de Alemania 2006, los viejos caciques de la selección argentina le hicieron sentir el rigor de un ambiente que puede ser vampírico. La estrella díscola no fue cobijada por sus compañeros y reaccionó con reciprocidad: para el cruce en cuartos de final con Alemania, Messi se sentó en el banco de suplentes con los auriculares al cuello. Ya en el partido, una vez realizados los tres cambios, se sacó los botines. Era tan outsider que, una vez que Argentina perdió por penales y quedó eliminada, permaneció en el banco corroído por la tristeza, pero alejado de sus compañeros, en su propio planeta. Tenía 18 años.

Toda esa impavidez lo acompañó y lo protegió en su explosión de los meses siguientes. En especial entre 2008 y 2012 —y otra vez en 2015—, construyó la gestión más prolífica de un futbolista a nivel clubes y consiguió la membresía VIP para ingresar al club más selecto, el de Maradona, Pelé, Alfredo Di Stéfano y Johan Cruyff, los Fab Four del fútbol en versión analógica.

Messi es el Big Bang de la pelota moderna y parece no haberse enterado. Su proverbial ensimismamiento actuó de coraza. Debe ser hermoso fabricar alegría para millones de personas, desde España hasta Japón pasando por Bolivia y Kenia, pero también debe ser una carga enorme, y Messi lo consiguió sin creer que nos hacía un favor. Reaccionó con naturalidad a una obra sobrenatural.

Cualquier humano común no hubiera resistido. Los millones, los contratos, los sponsors, las empresas, los compromisos, los romances, las putas finas, el mundo a un chasquido de dedos de distancia, los autos, el lujo, los carroñeros, la prensa obsecuente, la prensa maldita, la envidia, los celos, las patadas, las presiones, la ignorancia, la maldad. ¿Cómo mantenerse de pie, cómo aislarse, cómo seguir creciendo sin que te devore el ego cuando el Aleph del fútbol está concentrado en vos, que sos un chico de 169 centímetros y 67 kilos?

Pero Messi fue inconmovible y siguió jugando como si de fondo sonara “Across the Universe”, aquella canción de Los Beatles cuyo estribillo repite: “Nothing’s gonna change my world”. Alguien debería editar un video clip con ese tema: defensores chocándose entre sí y arqueros despatarrados mientras una alfombra roja se desenrolla para que Messi camine una y otra vez hacia el gol con la sonrisa serena y el rostro impertérrito.

Cuando en 2007 le hizo al Getafe un gol estéticamente calcado al que Diego Maradona le había convertido a Inglaterra en 1986, la analogía fue inmediata para todos, menos para él. Sus compañeros del Barcelona le comentaron en el vestuario el paralelismo de la jugada que acababa de construir, pero él dijo que no se había dado cuenta. La estrella Messilandia funciona en su propia galaxia. Hay jugadores que le relatan al mundo sus proezas: con Messi es al revés. Tampoco su arte parece pellizcarlo.

Desde siempre, y ya en sus años de esplendor, Messi hibernaba en algún momento de los partidos. Caminaba la cancha. Tenía algo del Siddhartha de Herman Hesse: no como si buscara la pelota sino como si, más bien, esperara encontrarla. Uno de sus socios en el Barcelona, el español Xavi —un maestro Jedi del mediocampo—, reconoció en 2011 durante una entrevista con el periodista chileno Javier Cáceres que el argentino solía ponerse en off. Que se apagaba. “Cuando me doy cuenta de que Messi lleva cinco minutos sin tocar el balón, me pongo nervioso y pienso: ‘No puede ser, ¿dónde está?’ Y cuando lo encuentro, le digo ‘Ven acá, a mi lado, a tocarla’. Él es delantero y los delanteros a veces se apagan, ¿sabes? Están como en off”.

Romario, el ex futbolista brasileño, aseguró en esa época que Messi tenía el síndrome de Asperger. “Una forma leve de autismo que le concede el don de la concentración por encima de todo y de todos”, dijo el campeón del mundo en 1994, aunque los familiares del rosarino lo desmintieron e hicieron saber su malestar por lo que consideraron un juicio sin fundamento médico. Con mayor elegancia, el escritor argentino Hernán Casciari ahondó ese concepto, el de la introspección desmedida, en un texto al que tituló “Messi es un perro”. El fenómeno había convertido diez goles en los últimos tres partidos con la selección argentina y el Barcelona: “Se lo ve como en trance, hipnotizado; solamente desea la pelota dentro del arco contrario, no le importa el deporte ni el resultado ni la legislación. Hay que mirarle bien los ojos para comprender esto: los pone estrábicos, como si le costara leer un subtítulo; enfoca el balón y no lo pierde de vista ni aunque lo apuñalen. ¿Dónde había visto yo esa mirada antes? ¿En quién? Hice zoom en sus ojos. Y entonces lo recordé: eran los ojos de Totín, mi perro”, escribió Casciari.

¿Por qué llora en silencio el más fascinante futbolista del siglo XXI?

¿Por qué llora en silencio el más fascinante futbolista del siglo XXI?

Mientras Messi seguía resplandeciendo e imponía una pregunta que al comienzo parecía una herejía —“¿Este chico es mejor que Maradona y Pelé?”—, el héroe discreto también se refugiaba en su burbuja fuera de la cancha. Según cuenta Balagué en su libro, en la temporada 2006/07, la última a cargo de Rijkaard en el Barcelona (la que antecedió a la llegada de Guardiola), el descontrol se multiplicó en el vestuario y diez matrimonios se separaron. Messi hizo la del salmón: remontó el río, fue contra corriente. Se puso de novio, y no con una modelo rusa sino con la chica a la que cortejaba desde su infancia, Antonella Rocuzzo, la prima de su mejor amigo, quien sería la madre de Thiago, su hijo. Concentrado en su propio ecosistema, Messi lleva 15 años en España sin que se le haya contagiado un “vale, tío”. También su acento rosarino es imperturbable, aunque semejante recogimiento no implica que se trate de un joven sumiso o sencillo de llevar. Puertas adentro, es un caudillo al que le basta un gesto para ejercer poder: después de un partido del Barcelona, y en el autobús de regreso al aeropuerto, le envió un SMS a Guardiola para expresarle su disgusto por algunas cuestiones tácticas. Lo significativo, escribió el periodista argentino Sebastián Fest en Ni rey ni dios (Sudamericana, 2013), es que ambos estaban ubicados a pocos asientos de distancia.

Si por entonces su impavidez no llamaba la atención era porque el Barcelona jugaba un fútbol celestial. La renuncia de Guardiola, a mediados de 2012, movió las placas tectónicas del equilibrio anímico del argentino. Messi parecerá inconmovible pero, cuentan quienes lo trataron, necesita que los planetas a su alrededor estén alineados. El desorden puede conspirar contra su genialidad. Entre 2008 y 2012, sólo permaneció ausente diez días por lesión. Alejado Pep, se sucedieron los técnicos y el plantel entró en autogestión durante el interinato de Jordi Roura, el reemplazante de Tito Vilanova, enfermo de cáncer. Los entrenamientos duraban 40 minutos y el físico de Messi se resintió. Desde entonces, sus músculos más sensibles, los bíceps femorales —los que le permiten su velocidad supersónica y los cambios de ritmo—, colapsaron cinco veces en dos años.

El físico de Messi quedó erosionado. El pedido del cuerpo médico fue medir los esfuerzos. Dosificar. Hacer poco y nada en defensa. A lo sumo ocupar espacios. Y reservar la energía para sus formidables arranques de gacela sudafricana sólo cuando tuviera la pelota. El cambio de escenario incluyó el adiós a su histórico kinesiólogo, Juanjo Brau. Messi aumentó entonces su apariencia pasiva en medio de los partidos, como si aplicara el sonambulismo. A esa alteración física —y por lo tanto psicológica— , el handicap de sentirse a disgusto con su cuerpo, se le sumó el desgaste de un equipo que dejó de ser un coro de ángeles. El Barça perdió intensidad. Xavi, su cómplice en el toque corto, quedó lejos. Leo recibió menos pases y los rivales aprendieron a defenderse.

Con el imperio catalán resquebrajado, y en su búsqueda por reencontrar a su único fetiche, la pelota, Messi dejó de ser un delantero neto y se retrasó al mediocampo. En dos temporadas pasó a correr dos kilómetros menos por partido, 25% menos de lo que acostumbraba. Balagué apuntó en su libro que, durante un clásico contra el Real Madrid, el argentino apenas recorrió 1.6 kilómetros más que el arquero, José Pinto. Las preguntas se tornaron apocalípticas: ¿Es Messi o su holograma? ¿Sus repentinas arcadas y vómitos tenían una causa física —no le cerraba el hiato, explicó su familia— o eran una válvula de escape que somatizaba su tensión psicológica? Toda una manifestación para un joven que se expresa mejor con el cuerpo que con las palabras.

En eso llegó el Mundial —, después de una temporada que habría sido impresionante para cualquier otro futbolista —convirtió más de 40 goles—, aunque no tanto para él: sin títulos importantes con el Barcelona, físicamente averiado, con la Justicia española acechándolo por supuesto fraude fiscal y con los dirigentes de su club pagándole (por la espalda) un sueldo inferior al de Neymar, su nuevo compañero en Cataluña.

Como Messi al 60% de su potencial es mucho más que el máximo posible para sus colegas, su genialidad por goteo llevó a la Argentina a la segunda fase de la Copa del Mundo. Ya en la recta hacia la final, los laberintos tácticos de su equipo y de los rivales acentuaron su doble imagen, que en realidad es una sola: la del crack disperso, el que en Barcelona también parece descansar en medio de los partidos, pero habitualmente protegido por un medioambiente sin fisuras.

Tuvo la Copa del Mundo tan cerca que muchos esperaban un último esfuerzo, pero esa inmolación nunca llegó. Messi siguió igual que siempre, inmerso en la abstracción que le permitió construir una carrera fabulosa y que lo acompañará después del retiro.

Algunos se apuraron a escribir la necrológica de un joven de 27 años, en especial durante la primera semana de 2015, cuando Messi y sus silencios entraron en cortocircuito con el nuevo técnico del Barcelona, Luis Enrique. En qué pensó el héroe discreto nunca lo sabremos, pero sí cómo reaccionó: reinventándose de la manera más insospechada. Dentro de la cancha, y ya con el uruguayo Luis Suárez ubicado como centrodelantero, Messi volvió a jugar por la derecha y patentó diagonales eléctricas que, como dijo el periodista español José Sámano tras su gol al Athletic de Bilbao en la final de la Copa del Rey, merecerían tesis doctorales. Fuera de la cancha también se redescubrió: asistió en secreto a un nutricionista italiano, Giuliano Poser, un gurú que trabaja con dietas especiales, correcciones posturales, terapia emocional y Flores de Bach. Dejó las pizzas y las salsas, perdió cuatro kilos, dejó de vomitar y de sufrir lesiones musculares, volvió a sacudir al mundo, acalló murmullos y ganó su cuarta Liga de Campeones de Europa. A veces con su lado eléctrico, otras con su versión unplugged.

Que en su estoicismo no haya carisma es una noticia saludable: cuando deje de jugar, es posible que no se deprima. Messi no parece necesitar las ovaciones. A diferencia de otros héroes furiosos (y, por lo tanto, más dependientes, más humanos, más empáticos), él nunca estuvo dispuesto a sacrificarse por nosotros.

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