Las heridas de Michelle Bachelet

En su segundo mandato presidencial, Michelle Bachelet partió dispuesta a impulsar reformas estructurales para corregir la desigualdad en Chile. Bachelet, quien se enfrentó a un escándalo en 2015, está frente a su última y más difícil prueba.

Por Andrea Insunza y Javier Ortega

El miércoles 11 de febrero de 2015, en medio del sobrecogedor paisaje del Lago Caburgua, en el sur de Chile, Michelle Bachelet comenzó a enfrentar la crisis más profunda de su segundo mandato como presidenta del país. Un trance que reduciría a escombros su popularidad, debilitaría a su gobierno al extremo y provocaría un quiebre en su familia, sumergiéndola a ella misma en un abatimiento que duraría meses.

Ese día, mientras vacacionaba con su familia en una cabaña rodeada por bosques que llegaban hasta orillas del lago, tuvo que confrontar a su hijo mayor, Sebastián Dávalos, de 38 años, director sociocultural de la Presidencia, quien hasta entonces trabajaba a metros de ella en el palacio de La Moneda. En una de sus conversaciones más difíciles como mandataria, le comunicó que tenía que renunciar al cargo, y que para hacerlo debía regresar de inmediato a Santiago. Dávalos tuvo que acatar. Ese día inició el retorno a la capital chilena junto a su esposa, Natalia Compagnon, de 33, y sus dos pequeños hijos. Cuarenta y ocho horas más tarde, dimitió.

La crisis había comenzado días antes, cuando se hizo público que en plena campaña presidencial de 2013 Dávalos había acompañado a su mujer a una reunión con Andrónico Luksic, dueño de un banco y uno de los hombres más ricos del país. En esa cita la nuera de Bachelet gestionó un millonario crédito para financiar un negocio de especulación inmobiliaria, a cargo de su empresa, de nombre Caval. La noticia abrió un vendaval. Era evidente que Dávalos y su mujer habían sido recibidos por el banquero sólo por ser familiares de Bachelet. El privilegio chocaba frontalmente con el espíritu del gobierno más progresista desde el retorno a la democracia en Chile. Una administración que estaba empeñada en una serie de reformas para reducir la desigualdad en un país que ostenta una de las brechas más amplias entre ricos y pobres en el mundo. Según el Banco Mundial, con datos de diciembre de 2015, Chile ocupa el lugar 14 entre las naciones más desiguales del planeta. Pero, además, el hecho dio pie a una investigación judicial en la que la nuera de Bachelet ya fue formalizada por delitos tributarios, mientras su empresa es investigada por casos de corrupción.

Meses después, en privado, la mandataria definiría lo que comenzó a vivir a partir de esas horas como “una bola de nieve”, el inicio de un alud que derribó sus más preciados capitales desde que, hace poco más de una década, irrumpió como fenómeno en la política chilena: la credibilidad y la cercanía con la gente. Luego del estallido del llamado caso Caval, como se conoce al escándalo, el nivel de popularidad de Bachelet descendió al más bajo desde el retorno a la democracia, superando apenas el 20 por ciento. Según la encuestadora Adimark, en julio Bachelet sumó 15 meses con una aprobación bajo el 30 por ciento, algo indédito desde el inicio de la serie en 2009. La desaprobación a su gobierno, en tanto, alcanzó el 81 por ciento.

Antes de su primera llegada a La Moneda en 2006, Bachelet ostentaba una trayectoria completamente distinta a la de sus tres predecesores, Patricio Aylwin (1990-1994); Eduardo Frei Ruiz-Tagle (1994-2000) y Ricardo Lagos (2000-2006), todos mandatarios de su misma alianza de centro izquierda. La médico socialista no era parte de los próceres de la Concertación, la coalición que gobernó Chile desde 1990 a 2010, y había aceptado ser candidata presidencial a regañadientes. A diferencia de sus antecesores, no tenía ni vocación de poder ni un plan de gobierno definido cuando triunfó. Además, provenía del ala más izquierdista de aquel conglomerado, el sector que peor lo había pasado con Pinochet y que quedó marginado del poder en los albores de la transición.

Como militante socialista e hija de un general de la Fuerza Aérea que no se plegó al golpe de Estado de 1973, ella misma había sufrido la traición, la muerte de varios cercanos —entre ellos su padre—, la tortura, el exilio y la clandestinidad.

A pesar de eso, tras el retorno de la democracia inició su propio camino de reencuentro con los militares. Más tarde, luego de ser ministra de Salud, coronó este proceso como la primera mujer y víctima de la dictadura en liderar el Ministerio de Defensa en la historia del país, y llegó a La Moneda en 2006, convertida en la primera gobernante femenina de Chile. Pese a que partió a tropezones, a que se le criticó la falta de liderazgo y a que a menudo ella misma se sintió puesta a prueba por no ser hombre, dejó ese gobierno con un 80 por ciento de aprobación, en 2010.

Luego de cuatro años de mandato del empresario centroderechista Sebastián Piñera, Bachelet retornó a La Moneda en 2014 y puso en marcha un ambicioso programa de cambios estructurales, que incluye una reforma tributaria redistributiva, el fin del lucro en la educación, el reemplazo del sistema electoral de Pinochet y el inicio del proceso para una nueva constitución política.

Gracias a una experiencia con el poder que no tenía en 2006 y con un bagaje internacional adquirido en Nueva York, donde por dos años y medio estuvo a cargo de ONU Mujeres, hoy está empeñada en hacer lo que no pudo o no se atrevió en su primer mandato. Una suerte de revancha consigo misma que quedó en suspenso a partir de febrero de 2015, cuando en el lago Caburgua se vio obligada a pedirle a su primogénito que abandonara el gobierno.

La crisis dañó la relación con su hijo, quien dejó de participar en eventos familiares como el Año Nuevo en el Palacio Presidencial de Cerro Castillo, una bella residencia frente a la costa de Viña del Mar, y las vacaciones en Caburgua. A Bachelet se la vio afectada por meses, “ausente”, describe un testigo. Aunque sigue hablando con su hijo por teléfono y por Whatsapp, el vínculo ya no es cotidiano.

La tarde del 24 de mayo de 2016, en el Salón Azul de La Moneda, con un monumental óleo del maestro chileno Roberto Matta como fondo, es notorio que a Bachelet todavía le incomoda hablar del tema.

—Yo no me voy a referir al proceso judicial mismo, porque eso está en la justicia, y lo único que nosotros hemos hecho desde un principio es colaborar —dice, mientras bebe una infusión de hierbas.

Ese mismo día, en la mañana, Bachelet había declarado voluntariamente como testigo ante el fiscal que lleva el caso, lo que se sabría recién dos días más tarde. En esa declaración, la mandataria dijo que no conocía los negocios realizados por la empresa de su nuera y que ni siquiera sabía el nombre de la compañía. Agregó que no supo de las gestiones de Caval para conseguir un crédito bancario, que sólo se enteró cuando el caso se hizo público, y que “yo no realicé nunca una gestión para la empresa Caval”.

—Es evidente que esto ha tenido un impacto fuerte en mí ante la ciudadanía.
Y en lo personal ha sido súper duro y doloroso —reconoce.

—¿Por qué?

—Prefiero dejarlo hasta ahí.

Sólo en ese momento se le ve abatida. El resto de la conversación, Bachelet transita entre la desconfianza y la cercanía. Pregunta sobre Gatopardo, qué tipo de revista es, a qué público está destinada. Luego despliega su humor, de un modo que llega a sorprender para las típicas formas de un gobernante. Antes de iniciar la entrevista, bromea con un control remoto que tiene en una pequeña mesa a su derecha. “Es el botón del poder”, ríe, antes de agregar: “El poder de pedir café”. El pequeño aparato sirve para llamar a uno de los mozos de palacio, que trae las tazas y una tetera con agua recién hervida.

Las grandes pruebas de su vida están ligadas a pérdidas y quiebres traumáticos, que ha enfrentado echando mano a lo que ella suele llamar su “sentido del deber”. En el caso de lo ocurrido con su hijo, no obstante, es claro que esta ética de la responsabilidad chocó con su afecto: aunque lo apartó de su cargo, contra las recomendaciones de algunos de sus cercanos Bachelet se ha resistido a condenarlo públicamente.

Hasta este episodio, la trayectoria política de esta mujer de 64 años, separada, madre de tres hijos y con dos nietos, era la de una constante tensión entre sus obligaciones y sentimientos, donde casi siempre se impusieron las primeras. Incluso en circunstancias extremas.

* * *

—Michelle, en las noticias dicen que Allende se suicidó…

—No, no… No puede ser, mamá, no puede ser…

Es la tarde del 11 de septiembre de 1973. Las Fuerzas Armadas chilenas han consumado el golpe militar que derroca al gobierno de izquierda de Salvador Allende. Michelle Bachelet, una muchacha delgada y atractiva, de largo cabello rubio, está en la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, donde a los 21 años alterna sus estudios con una activa militancia socialista. Junto a otros compañeros, desde hace un par de días duerme en el campus universitario para defenderlo de un posible asalto. Pero ese martes por la mañana queda claro que el esfuerzo es más bien candoroso: la propia Michelle y sus compañeros presencian, desde un balcón de la Escuela, cómo dos aviones Hawker Hunter bombardean La Moneda. Se trata de un espectáculo perturbador e insólito para un país que hasta entonces tenía una de las democracias más estables de América Latina.

Ahora Michelle habla por teléfono con su madre, la antropóloga Ángela Jeria, quien, alarmada y afligida, le dice que Allende está muerto, que la Junta Militar controla el país. La vía chilena al socialismo está tan liquidada como suspendidas las libertades democráticas. No se trata sólo de una derrota política. Bachelet forma parte de una generación de jóvenes de izquierda que sufrirá lo peor de la dictadura —la persecución, el exilio, la represión—, y que mirará con desconfianza la transición chilena pactada con Augusto Pinochet. Pero, además, Bachelet vivirá la versión íntima de la tragedia. A partir de esa mañana, su vida y la de su familia sufrirán un cambio dramático.

Michelle es hija de Alberto Bachelet Martínez, un general de la Fuerza Aérea (Fach). Parte de su infancia la ha pasado en bases militares jugando con su hermano mayor, Alberto, entre paracaídas que encuentran botados fuera de la casa en bases aéreas como las de Antofagasta, en el norte, y Quintero, en la costa central. Su familia es atípica en ese mundo. Su padre es masón —no católico, como es común en las Fuerzas Armadas—, y cultiva un perfil más intelectual que el promedio de sus camaradas de armas: en su tiempo libre escucha música clásica y ópera; es un gran lector. La madre de Michelle, Ángela Jeria, trabaja en la Editorial Universitaria de la Universidad de Chile —otra excepción, esta vez entre las esposas de oficiales—, y desde principios de los setenta estudia antropología. Tiene estrechos lazos con intelectuales de izquierda, además de parientes que integran la Unidad Popular, la coalición de gobierno que respalda a Allende. Michelle crece entre estos dos mundos: el militar y el de las ideas progresistas.

Cinco décadas más tarde, vestida con chaqueta y pantalón azul, una blusa blanca, y usando aros y collar de perlas, en un salón de La Moneda, la presidenta recuerda:

—Nosotros vivimos en villas militares solamente en algunos lugares: Antofagasta y Quintero. El resto del tiempo vivimos en casas propias. Entonces, si bien yo provenía del mundo militar, y mis tíos y tías, en el concepto chileno, eran los otros oficiales, tuve una vida muy civil, porque fui a la escuela pública. Mis padres, además, tenían un alto nivel de conversación política, votaban en todas las elecciones.

En el Liceo 1 de Niñas, en Santiago, se destaca como alumna y la eligen presidenta de curso. En la adolescencia su vestimenta incluye atuendos hippies: flores, sandalias y collares de mostacillas. Integra una academia de teatro, toca la guitarra y forma un grupo de música junto a cuatro compañeras. Es fanática de The Beatles. Adora a Paul McCartney, cuyas fotos adornan su pieza, su bolsón, su clóset. Cuando en 1966 la banda lanza su sexto disco, Rubber Soul, siente que toca el cielo: una de las canciones del álbum, una balada romántica compuesta y cantada por Paul, se titula “Michelle”.

En 1970, al ingresar a la universidad para estudiar Medicina, se une a la Juventud Socialista, donde integra el equipo de formación política y es muy cercana a los líderes. A sus padres les parece natural que milite. Paralelamente, en febrero de 1973, Alberto Bachelet asume, a pedido del presidente Allende, un sensible cargo en el gobierno: la jefatura de la Dirección Nacional de Abastecimiento y Comercialización (Dinac), encargada de luchar contra el mercado negro y el acaparamiento. Una función con rango de ministro, delicada y políticamente muy expuesta. A los 21 años, Michelle conoce al jefe de Estado cuando éste invita a sus padres a comer a su casa y ella los acompaña. Allende la llama “la doctorcita”.

—Conocerlo personalmente para uno era súper emocionante, aunque no era una conversación de tú a tú —dice Bachelet en La Moneda, a metros de su despacho—. Yo era una muchacha joven y siempre estuve con mis padres, y él obviamente me invitó por simpatía no más, porque en realidad con quien le interesaba conversar era con mi padre y con mi madre.

En la mañana del martes 11 de septiembre de 1973 en que el presidente Allende muere, el padre de Michelle es encañonado, detenido y maniatado por sus propios camaradas de la Fuerza Aérea. Pero ella aún no lo sabe. Alberto Bachelet permanece incomunicado hasta la tarde. Cuando lo liberan, entrega su carta de renuncia. Es un oficial “constitucionalista” y nada tiene que hacer en un régimen dictatorial. Cree que, en el peor de los casos, van a relegarlo. Pero dos días después vuelven a detenerlo. Michelle Bachelet será testigo de cómo la “familia aérea” va a darles la espalda y de cómo los viejos compañeros van a traicionarlo. Lo más siniestro es que el comandante en jefe de la institución, Gustavo Leigh, uno de los líderes del golpe y miembro de la Junta Militar, el “tío” Gustavo, como solía llamarlo ella, le da la espalda a quien era su amigo. No intercede por él y nunca más vuelve a tener relación con la familia.

Después de un mes incomunicado, y tras sufrir un infarto, Alberto Bachelet es enviado a su casa bajo arresto domiciliario. Por esos días, la familia analiza dejar el país. Hay una oferta concreta: el régimen de Juan Velasco Alvarado —un dictador progresista que gobierna Perú desde 1968— ha ofrecido recibirlos en Lima. Pero Alberto Bachelet tiene dudas. Irse de Chile sería aceptar que es culpable. “Soy inocente y preferiría quedarme aquí para demostrarlo. Pero si me voy, quiero saber si tú vas conmigo”, le dice a su hija. “No, papá, yo me quedo… tengo cosas que hacer acá”, responde ella.

Michelle no ha dejado sus actividades partidarias. Aunque se ha deshecho de las huellas que pueden delatar su militancia (afiches, cancioneros, libros, documentos); aunque ha cambiado sus jeans por faldas para verse más formal, y aunque la camisa verde olivo característica de la Juventud Socialista ha quedado escondida en el fondo de un baúl, sigue militando en la clandestinidad. Su padre no pregunta, pero lo entiende. “No se habla más del tema. Nos quedamos. No te voy a dejar sola”, le dice.

El 18 de diciembre de 1973, el general Bachelet vuelve a ser detenido. Es sometido a interrogatorios y torturas. El 12 de marzo de 1974 muere de un infarto. A Michelle Bachelet la rondarán por siempre las dudas sobre si debió haber aceptado exiliarse con sus padres en Perú.

—Claro que me he preguntado si quizás estaría vivo si yo hubiera decidido irme. Pero, por otro lado, mi papá entendía mi posición. Entendía que irse era dar pábulo a las mentiras que se decían de él. Y él también quería defender su honor, su verdad.

Un año después, en enero de 1975, dos agentes de la Dirección Nacional de Inteligencia (Dina), la sanguinaria policía secreta de Pinochet, golpean con vehemencia la puerta del departamento en que viven Michelle y su madre. Entran, les hacen preguntas, registran el lugar. Suena el teléfono: es Jaime López, uno de los más altos dirigentes de lo que queda en pie del Partido Socialista. Jaime tiene 25 años y es el novio de Michelle. “Mi amiga Dinamarca me invitó a tomar té”, le dice ella en código. López comprende de inmediato que está siendo detenida. A ambas mujeres las suben a una camioneta y les vendan los ojos. Las trasladan a Villa Grimaldi, uno de los centros clandestinos de detención y tortura más temidos. Al llegar, las amarran a un par de sillas. No pueden hablar. Cuando ya es de noche las interrogan sobre sus actividades políticas. Después de eso, madre e hija no volverán a verse en varios días. Michelle queda encerrada en una pieza con varios camarotes, donde hay otras siete detenidas. Viste sandalias, jeans y una blusa. Justo enfrente está la pieza con la temida “parrilla”, una estructura metálica donde los torturadores aplican descargas eléctricas a los detenidos.

A toda hora, Michelle puede oír los alaridos. Día y noche, los agentes se llevan a varias de sus compañeras de la celda para someterlas a la tortura. Ella las cura, a su regreso, con colonia (que alguien ha llevado) y trozos de tela.

Junto al temor de que llegue su turno en la “parrilla”, lo que más la abruma es no saber nada de su madre. Ángela Jeria es sometida a un trato mucho más duro: la golpean, la manosean, la encierran en las llamadas “casas Corvi”, unos minúsculos habitáculos para incomunicar a los detenidos, sin ventilación ni luz, en los que se protege del frío con una frazada que huele a sangre, vómito y orina. Lo único que come en días es un durazno que le da un guardia.

Tras varios días, una voz que se identifica como un efectivo de la Fach se acerca a Michelle para preguntarle si necesita algo. Ella le pide que averigüe si su madre está bien. “Y si tiene puchos (cigarrillos), convídele: debe estar desesperada”, le pide. Poco después, se entera de que su madre está viva. Jeria sigue incomunicada en las “casas Corvi”, pero en ocasiones le dejan la puerta entreabierta. Ve a un hombre vestido de terno gris, gordo, bajo y con los cabellos tiesos, que conversa con uno de los interrogadores de Villa Grimaldi. “A la Bachelet y a la hija hay que soltarlas luego. La Fach me está hueveando mucho, me tienen loco allá fuera”, ordena el tipo rechoncho. Es Manuel Contreras, el Mamo, el jefe de la Dina, uno de los hombres más temidos de la dictadura chilena.

Cuando ya lleva dos semanas detenida, un par de agentes sacan a Michelle de su pieza, le vuelven a cubrir los ojos y la suben a un vehículo. Al rato descubre que la prisionera que va al lado es su madre. La toma de la mano. Conversan en voz baja. Creen que van a matarlas. Pero no es así: las trasladan a Cuatro Álamos, otro centro de detención de la Dina. A los cinco días liberan a Michelle, pero su madre tendrá que esperar hasta febrero de 1975, cuando la expulsan del país. Michelle irá con ella. Una tía y su esposo la llevan al aeropuerto. Los captores de Ángela Jeria trasladan a la mujer desde su lugar de reclusión hasta la terminal aérea. Madre e hija se reencuentran recién a bordo de un avión con destino a Australia. Bachelet sostiene hoy que en esos días, con su familia deshecha, aprendió de golpe la fragilidad de la existencia.

—Por lo tanto uno empieza a preguntarse cuáles son las peleas que merecen la pena dar y cuáles no, qué es lo esencial y qué no lo es, no sólo en la política, sino que en todo ámbito.

En Sydney las recibe Alberto “Betingo”, el hermano mayor de Michelle, quien vive en esa ciudad desde 1969. Betingo quiere que se quede con él, a la espera de que la situación mejore en Santiago. Pero madre e hija tienen otros planes: trasladarse a Europa, donde se centraliza la solidaridad para los perseguidos por la dictadura de Pinochet. Pocas semanas más tarde, Michelle recibe un sorpresivo llamado telefónico de Jaime López. Su novio muy pronto saldrá de Chile, clandestino, en una misión tan delicada como secreta. “Michelle, quiero que vengas conmigo”, le dice. Ella no lo duda. El reencuentro será tras la Cortina de Hierro, en Berlín Oriental, la capital de la República Democrática Alemana (RDA).

* * *

Bachelet durante una conferencia de prensa en 1975. Ese año se refugió en Berlín Oriental.

Bachelet durante una conferencia de prensa en 1975. Ese año se refugió en Berlín Oriental.

Cuando Bachelet llega a Berlín Oriental, a principios de mayo de 1975, se cumplen 30 años de la derrota de la Alemania nazi. El régimen socialista de Erich Honecker lo conmemora como una gesta de liberación nacional. En su primer contacto con el socialismo real, la joven se siente en un mundo épico, muy distinto al Chile del toque de queda y las persecuciones. Poco después, llega Jaime López. Ambos se reencuentran en una casa de protocolo oficial, en los extramuros berlineses. Hablan de volver a Chile juntos, clandestinos. Ella lo considera su deber como socialista. Si su padre tuvo la opción de exiliarse y no lo hizo, ella —que fue quien lo motivó a quedarse— no puede hacer otra cosa. López viaja de regreso a Chile, pero a los pocos días está de vuelta en Berlín. Se ve nervioso. Habla de un percance que tuvo con la policía chilena al llegar a Santiago, que incluso estuvo detenido. Debido a eso, le han propuesto quedarse en la rda, dirigiendo el partido, simulando que está oculto en Chile. Es lo más seguro, dice él. A Michelle la idea no le gusta. “Cómo se te ocurre. Hay gente en Chile que está muriendo. Si quieres dirigir el partido tienes que correr los mismos riesgos, ponerte a la altura. Mi papá murió por ser consecuente. De ti yo no espero menos”, le dice.

Otros socialistas exiliados en Berlín notan extraño a López. Quiere interiorizarse por temas de seguridad especialmente reservados, alejados de la responsabilidad de un cuadro como él, demasiado expuesto. Además, está obsesionado con la tortura. Da a entender que no la soportaría si llegara a ser capturado.

En junio de 1975 Bachelet consigue pasajes para que su madre, que se había quedado en Australia, viaje a la rda. Poco después, les entregan un departamento de un dormitorio en las afueras de Potsdam, a 30 kilómetros de la capital. Michelle comienza a trabajar como asistente de un médico en Berlín. Además, escribe informes políticos para la dirigencia. Viaja también a otros países para dar su testimonio en actos contra la dictadura pinochetista. En la rda los alemanes comunes no pueden viajar a un país no socialista. Lo mismo ocurre con el grueso de los exiliados chilenos. Sólo un reducido grupo de dirigentes tiene permiso para hacerlo libremente. Para muchos dirigentes chilenos, la evidente falta de libertades de la rda se compensa con la ayuda y seguridad que el régimen de Honecker ofrece.

—No cabe duda que ciertas convicciones muy instaladas en la izquierda chilena —particularmente la justicia social— tomaron mucha mayor fuerza en la rda, donde la educación gratuita, la salud, y el acceso a la vivienda estaban al alcance de todos —dice Juan Carvajal, quien coincidió con Bachelet en la rda y que en su primer gobierno se convertiría en su jefe de Comunicaciones.

El 17 de junio de 1975 la Dina inicia su embestida contra los socialistas en Chile. La cúpula clandestina es descabezada por completo. Hay amigos de Bachelet entre los apresados. Uno es Carlos Lorca, un ex diputado de 31 años que la había formado políticamente cuando estudiaba Medicina. Todos los apresados, entre ellos una joven embarazada de ocho meses, Michelle Peña, continúan desaparecidos hasta hoy.

Bachelet recibe la noticia en Italia. La afecta especialmente la muerte de Lorca, quien antes del golpe militar había liderado una corriente moderada en el Partido Socialista, más cercana a Allende, y que se oponía a la lógica del “avanzar sin transar”, la consigna que enarbolaba el partido como fórmula revolucionaria.

—Lo que me marcó mucho de él fue justamente tratar de ser súper serio en la política, no prejuzgar y salir con una frase fácil, sino que estar muy seguro de lo que uno dice —asegura hoy Bachelet—. Carlos tenía una altura de miras, no tenía una forma de hacer política pequeña, ruin, sino que de nivel, entendiendo el rol que la política tiene que tener en la República.

En Chile los socialistas improvisan una nueva directiva clandestina, con jóvenes casi sin experiencia. Jaime López es designado número uno. Pero está inubicable. Cuando reaparece, inicia una frenética ronda de encuentros con la nueva dirigencia. Son reuniones cara a cara, en sus domicilios, que rompen las más elementales normas de seguridad clandestina. A fines de 1975 la nueva dirección del ps es barrida por la Dina. Los represores conocen identidades, estructuras, domicilios. Entre 40 y 50 cuadros son llevados al centro de exterminio de Villa Grimaldi. Allí, uno de los detenidos ve a Jaime López. Lo raro es que camina libremente por los patios. El rumor corre de boca en boca: López los ha traicionado.

Dos cartas que el propio López despacha por esos días a Bachelet confirman lo impensable: López incluye varias palabras en código con las que le advierte sobre su colaboración con los organismos represivos y le señala que ella no debe regresar a Chile. Sin perder tiempo, Michelle da aviso a la cúpula socialista de Berlín Oriental. Como evidencia, entrega las cartas. En una reunión con la directiva exterior, dice que su novio, forzado por las circunstancias, efectivamente está con el enemigo. Y que, influenciado por el libro de Gilles Perrault, La orquesta roja, está intentado hacer las veces de doble agente. Su amor de juventud está roto. Y aunque parece que López intenta resguardarla, para ella es un traidor.

—Para mí se murió —dice Bachelet, al recordar su durísima reacción ante la traición de su novio, una visión que asegura haber matizado con los años, en parte, dice, porque siempre ha tenido dudas sobre si López fue el único delator de esa directiva. Ella tiene la certeza de que hubo gente a la que nunca entregó, pudiendo hacerlo.

—Pero también tiene que ver con la Michelle que yo era en esa época, con los dolores de entonces. Hoy día pienso que él tenía 25 años cuando desapareció, y estaba a cargo de todo un partido. Entonces, pasarle la cuenta y pedirle a una persona de 25 años que no cometa ningún error…

Jaime López Arellano figura hoy como detenido desaparecido. Según la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación —organismo creado en democracia para establecer la verdad sobre las violaciones a los derechos humanos en dictadura—, fue detenido por la Dina en diciembre de 1975. Pese a esto, hasta entrados los ochenta, en el ps existirán dudas y muchos creerán que en realidad sobrevivió.

Francisco Vidal, ex ministro del primer gobierno de Bachelet, apunta a que esa experiencia y la muerte de su padre marcan uno de los rasgos de personalidad de la presidenta.

—Alberto Bachelet fue traicionado por sus compañeros de armas y ella también. Eso marca su desconfianza.

A pesar de las brutales noticias sobre Chile que llegan a la rda, Bachelet no interrumpe sus labores políticas. Tampoco su vida cotidiana. Estudia alemán, retoma la carrera de Medicina. A fines de 1977 se casa con un exiliado chileno, el estudiante de arquitectura Jorge Dávalos. En junio de 1978 nace el primer hijo de la pareja, Jorge Sebastián. El segundo nombre es en homenaje a Carlos Lorca, que usaba ese alias político. Sebastián no ha cumplido aún un año cuando Bachelet recibe la noticia de que ha sido autorizada para regresar a Chile. El 28 de febrero de 1979, acompañada por su hijo y su madre —su esposo se sumará en junio—, llega a un país gobernado con mano de hierro por Pinochet, quien meses después jurará como presidente de la República por ocho años más y se trasladará al remodelado palacio de La Moneda, el mismo donde Allende resistió hasta el suicidio. Entre los partidarios de la dictadura se habla del “milagro” económico chileno, y el poder de Pinochet parece inquebrantable.

Michelle y su familia viven en dos departamentos enfrentados: en uno se instalan ella, su marido y su hijo; el del frente lo ocupa Ángela Jeria. Mientras Dávalos trabaja como arquitecto, Bachelet retoma sus estudios de Medicina. En las mañanas deja a su hijo en el jardín de infantes. Por las tardes la abuela recoge al nieto y lo cuida. En 1983, Bachelet se gradúa como médico cirujano y es vetada por el régimen para asumir como médico general. “Tus estudios son impecables, pero tus antecedentes no: estás en los archivos de la CNI”, le explica, haciendo referencia a la Central Nacional de Informaciones (el aparato represivo que sucede a la Dina), el jefe de seguridad del Ministerio de Salud, un coronel de la Fuerza Aérea. A la larga, Bachelet gana una beca del Colegio Médico y eso le permite realizar su especialización en pediatría en un hospital público.

En febrero de 1984 nace su segunda hija, Francisca. La economía familiar es estrecha. Entre los estudios, el trabajo y la militancia, Bachelet pasa poco tiempo en casa. El frenético ritmo le acarrea costos: a principios de 1985 se separa. Tras finalizar su beca, a fines de 1986, Bachelet es contratada como pediatra de la Fundación de Protección de la Infancia Dañada por los Estados de Emergencia (PIDEE), que atiende a menores que sufren las secuelas de la represión. Algunos niños han perdido a sus padres, otros han presenciado su detención y tortura, otros han estado secuestrados o han sido víctimas directas del maltrato físico. La “tía” Michelle, como la llaman, tiene el pelo largo, viste delantal blanco y al recibirlos los sienta en una mesita celeste. Cuando alguno está en crisis, ella se queda a dormir en el lugar. Ahí trabajará hasta el fin de la dictadura.

* * *

Durante la primera mitad de los ochenta, Michelle Bachelet retoma sus vínculos con el Partido Socialista y con organizaciones que trabajan en la defensa de los derechos humanos. En la segunda mitad de la década realiza su tarea política más sensible: colabora clandestinamente con la dirección del Partido Socialista Almeyda, realizando informes de inteligencia sobre las Fuerzas Armadas chilenas.

Es en 1984 cuando asiste a un encuentro reservado de militantes de su colectividad en una villa popular de Santiago. En el living de un estrecho departamento, una mujer enseña técnicas paramilitares en la clandestinidad: realizar labores compartimentadas —que no estén en conocimiento de otros militantes—; intercambiar información a través de “buzones” o intermediarios seguros, y poder reconocer un seguimiento con medidas de chequeo y contrachequeo. Al finalizar la reunión, se presenta el jefe del ps Almeyda en el “frente interno”, es decir, Chile. Es Camilo Escalona o “Alfonso”, un socialista al que Bachelet conoció durante la Unidad Popular, cuando ella le había dictado clases de formación política siendo él aún un escolar. Escalona le propone que ella realice periódicamente un informe secreto sobre las Fuerzas Armadas. Acuerdan reunirse una vez al mes, siguiendo un intrincado sistema para burlar a los organismos represivos. En una fecha acordada, cada uno recorrerá un mismo trayecto desde puntos opuestos. Deberán partir a la misma hora, la que tendrá que contemplar “minutos quebrados”, es decir, nunca marcar la hora “en punto”: las 9:09, las 10:10 o las 11:11 horas. El objetivo es encontrarse en algún lugar intermedio y, entonces, proseguir la caminata en conjunto, respetando siempre la regla de doblar en algunas esquinas cada cierto tramo del recorrido.

En sus periódicos encuentros con “Alfonso”, Bachelet le entrega sus análisis. Los textos contienen apreciaciones estratégicas sobre lo que ocurre en las instituciones castrenses. Están elaborados, principalmente, con insumos públicos. Pero también contienen información valiosa y reservada sobre la visión que tienen los militares respecto de la dictadura: algunos son proclives a entregar el poder en un plazo razonable. Pero Pinochet no. Esta colaboración se prolongará por años, hasta que en noviembre de 1988 “Alfonso” deja la jefatura del “frente interno” del partido. Pero ésta no será la única experiencia clandestina de Bachelet.

Aproximadamente a mediados de 1985 inicia una relación sentimental con Alex Vojkovic, un ingeniero que milita en el Partido Comunista desde su juventud y que, desde hace poco más de un año, integra el equipo político del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR). Se trata del brazo armado del pc, un dispositivo paramilitar que irrumpe en la escena nacional el 14 de diciembre de 1983, con un apagón que afecta a gran parte de la zona central del país. El grupo tiene una dirección mixta: por un lado cuenta con un encargado militar a cargo de la “tropa”, y por otro hay un encargado político, nominado por el pc, que dirige la estructura civil de la organización. Vojkovic pertenece a este último equipo y llega a ser vocero del grupo.

Aunque Vojkovic cumple ciertas funciones clandestinas utilizando chapas o nombres falsos, él vive normalmente, en el “frente público”, con su identidad real. Así, con los meses, tras iniciar su relación con Bachelet, se instala en el departamento que ella tiene en Las Condes, y ambos viven junto a Sebastián y Francisca. La relación con Vojkovic acerca a Bachelet al FPMR, aunque ella no integra formalmente la estructura política de la organización. Esporádicamente apoya a su pareja en el equipo de propaganda. Además, conoce a algunos integrantes de la cúpula política del FPMR que, en ocasiones, acuden a su departamento para analizar el cuadro político. Bachelet participa de estos encuentros y aporta su visión. No tiene grandes objeciones con lo que en Chile se denomina el “uso de todas las formas de lucha” para derrocar a Pinochet. A medida que cobran fuerza las protestas callejeras contra la dictadura, que se inician en 1983, se integra a un equipo del bloque progresista del Colegio Médico, que en las jornadas de movilización se reparte por distintas poblaciones para atender a posibles heridos.

El 7 de septiembre de 1986 asiste a una reunión en la población La Bandera, un bastión de la izquierda en el sur de Santiago, para coordinar la asistencia médica a los pobladores. El encuentro se realiza en una iglesia evangélica. Pasadas las 7 de la tarde, el cuidador de la parroquia entra gritando: “¡Estoy más contento que chancho en el barro! ¡Hubo un atentado contra Pinochet!” Los presentes se miran con una mezcla de alegría y estupor. “Todavía no se sabe si está vivo o muerto”, dice el hombre. Poco antes, en el Cajón del Maipo —en la zona cordillerana de Santiago—, un comando del FPMR ha realizado una emboscada a Pinochet. Cinco escoltas del general mueren acribillados y otros once quedan heridos. Pinochet sale prácticamente ileso.

Los médicos y pobladores reunidos en La Bandera comprenden que es mejor suspender la reunión. Bachelet toma un microbús hacia su departamento. El silencio en las calles llega a ser espeluznante. Horas después, se encuentra con Vojkovic. Él está tan sorprendido como ella. Ninguno de los dos conocía el más ambicioso plan del Frente. Cuando, tiempo después, Vojkovic y Bachelet terminen su relación, el lazo entre ella y el FPMR se romperá definitivamente.

El fracaso del atentado sepulta la tesis opositora que plantea derrocar a Pinochet por medio de la movilización popular.
A partir de entonces, comienza a imponerse la postura de enfrentar al dictador en las urnas, y ganar el plebiscito del 5 de octubre de 1988, en el que el régimen se juega su continuidad. Si gana, Pinochet gobernará por ocho años más. Si pierde, deberá llamar a elecciones presidenciales y parlamentarias al año siguiente.

En el sector de la izquierda al que pertenece Bachelet hay total escepticismo en cuanto a la posibilidad de que Pinochet respete un posible resultado adverso.
A pesar de eso, ella concurre temprano a votar. Más tarde, se suma a un grupo de socialistas que recorre Santiago en automóvil, observando si hay movimiento en unidades militares, previendo un posible autogolpe en caso de que el dictador desconozca los resultados.

—Pasábamos por fuera mirando, éramos como dos o tres y no me acuerdo para nada por dónde anduvimos, porque yo no manejaba en esa época. No había nada anormal —recuerda.

Cuando regresa a su casa y se entera de que el No ha ganado, unos amigos la recogen para ir a celebrar.

—Estuvimos dando vueltas, tocando la bocina y observando el ambiente —dice al rememorar esa noche.

Un año después de la derrota de Pinochet, en diciembre de 1989, el democratacristiano Patricio Aylwin es electo como nuevo gobernante en los primeros comicios democráticos postdictadura. Pinochet conservará su cargo como comandante en jefe del Ejército hasta marzo de 1998.

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“Es la única forma que tengo de entender lo que le hicieron a mi papá.”

Michelle Bachelet da esa explicación cuando en 1995 le revela a su familia que quiere cursar un diplomado en la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE). Se trata de un organismo de estudios castrenses, dependiente del Ministerio de Defensa, donde la mayoría de los profesores y alumnos son militares y acérrimos defensores de Pinochet. Chile lleva cinco años de transición, el democratacristiano Eduardo Frei Ruiz-Tagle ocupa la Presidencia y Pinochet se mantiene en la Comandancia en jefe del Ejército. Bachelet sigue militando en el ps, está separada y tiene tres hijos; la menor es Sofía, nacida en 1992 producto de la relación con un médico, Aníbal Henríquez. Trabaja como asesora de la Subsecretaría de Salud, un cargo políticamente secundario, sin exposición pública. Ella es parte de la izquierda “derrotada”, desplazada de los centros de poder cuando se impuso la tesis de una transición negociada con Pinochet.

Entender por qué los militares dieron el golpe de 1973 y lo que ocurrió con su padre tiene para ella un doble significado: puede ser una forma de restañar heridas, pero también para entender cómo podrían dialogar los militares y la izquierda. Y su familia la apoya.

De sus dieciséis profesores en la ANEPE, varios estuvieron ligados a la dictadura e, incluso, a sus organismos de seguridad. Pero a fines de 1996 obtiene el primer lugar de su curso y le corresponde dar el discurso de graduación. En él, reivindica el nombre de su padre y admite que su paso por la institución le ha permitido dejar atrás varios prejuicios. Poco después, se encuentra casualmente con Ricardo Lagos, el líder de la centroizquierda, quien la felicita por sus estudios en la ANEPE. “Sigue en eso, sigue en eso”, le dice.

Es el mismo hombre que ocho años más tarde, en enero de 2000, se transforma en el tercer gobernante de la Concertación y primer socialista en llegar a La Moneda desde Allende, luego de superar en una estrecha segunda vuelta presidencial al derechista Joaquín Lavín. Lagos, entonces, le ofrece a Bachelet el Ministerio de Salud. Ella acepta y se convierte en una de las grandes sorpresas del primer gabinete laguista. Sin embargo, a poco andar el gobernante le impone una meta casi imposible: acabar en tres meses con las colas en los consultorios de salud pública, una demanda histórica de la población, que nadie ha podido resolver. A pesar de que su agenda como ministra se concentra en eso, no lo logra. Pero Lagos nota algo extraño: la gente se solidariza con ella. Mientras en la prensa ya se habla del “incierto futuro de la ministra Bachelet”, la gente de a pie la respeta y pide que no la eche. Cuando se cumple el plazo de los tres meses, Bachelet le comunica a Lagos que la erradicación ha sido exitosa como máximo en un 92 por ciento. “Yo le dije que esto no iba a ser posible. Pero como usted me pidió un 100 por ciento de éxito, acá está mi renuncia.” Lagos la rechaza. Nueve meses después, en enero de 2002, le pide que ponga su cargo a disposición y le hace una oferta: “Quiero pedirte que asumas como ministra de Defensa”. La designación, que ella acepta, marca varios hitos. Por primera vez en la historia del país una mujer ocupa esa cartera, y esa mujer es hija de un general que murió prisionero de sus propios compañeros de armas; ella misma víctima de secuestro y tortura durante semanas. Además, es la primera socialista en un cargo que, durante la transición, estuvo reservado exclusivamente para los democratacristianos.

Más allá de eso, no pasa de ser una ministra bien evaluada, con llegada a la gente. A nadie se le ocurre que podría convertirse en algo más que eso. Menos a ella. Lo que luego será bautizado como el “fenómeno Bachelet” comienza en el invierno de 2002, cuando lleva cinco meses en el Ministerio.
Y tiene tanto de azaroso como de mediático.

El domingo 2 de junio cae una intensa lluvia en la zona central del país. En sólo tres días, en Santiago cae la misma cantidad de agua que se acumula en un año. El transporte público no puede circular y cientos de personas aguardan en las calles sin poder volver a sus casas. Bachelet coordina con los militares la salida de camiones y vehículos anfibios que colaboren en el traslado de la gente. Se activa así la denominada “Operación Ciclón”. Ella misma, con una parka y una gorra militar, se sube a una tanqueta. La imagen encabeza los noticiarios de televisión y las portadas del día siguiente.

Dos meses después, el Centro de Estudios Públicos, el think tank más influyente de Chile, entrega su esperado Estudio Nacional de Opinión Pública, la encuesta que funciona como barómetro de la política. Bachelet ocupa el primer lugar en el ranking de personajes públicos mejor evaluados. Además, por primera vez aparece en la grilla de los presidenciables: un incipiente 1 por ciento de las menciones, muy lejos en todo caso del 38 por ciento de Joaquín Lavín, el abanderado derechista. Bachelet no se toma en serio la mención. Pero al otro lado del arco político alguien sí lo hace: Ernesto Silva Bafalluy, cerebro de la carrera presidencial de Lavín, que viene siguiendo de cerca la trayectoria de la ministra desde hace tiempo. “Si hay alguien que puede complicarnos las cosas, ésa es Michelle Bachelet”, dice en el círculo lavinista.

A fines de 2003, la ministra también capta la efusividad con que la reciben en actos o lugares públicos. En el verano de 2004, en Caburgua, rodeada de sus más cercanos, Bachelet resuelve que será candidata. Meses después, en octubre, sale del gabinete para apoyar la campaña municipal de su coalición.

En 2005, el “fenómeno Bachelet” arrasa con su campaña ante la sorpresa de la élite tradicional. En el trato cara a cara, con la gente en terreno, ningún otro candidato la supera. “En ese momento ella tiene un magnetismo del que nadie puede dudar, que está en su sonrisa. Y es una sonrisa que es como una afirmación de vida y que tiene el don de crear una especie de complicidad con quien la mira”, dice el escritor y académico Arturo Fontaine, quien hasta 2013 dirigió por 31 años el CEP, el prestigioso centro de estudios ligado al empresariado chileno.

Así, en enero de 2006, Bachelet logra imponerse en una segunda vuelta ante el opositor Sebastián Piñera por 53.5 contra 46.5 por ciento.

* * *

En 2002, Bachelet fue nombrada ministra de Defensa. Por primera vez en la historiadel país, una mujer ocupaba esa cartera. En 2006 fue elegida presidenta.

En 2002, Bachelet fue nombrada ministra de Defensa. Por primera vez en la historiadel país, una mujer ocupaba esa cartera. En 2006 fue elegida presidenta.

“¿Quién lo hubiera pensado, amigas y amigos? ¿Quién lo hubiera pensado? ¿Quién hubiera pensado hace veinte, diez o cinco años, que Chile elegiría como presidente a una mujer?” Con esas palabras Bachelet inicia su primer discurso como gobernante electa. Su triunfo es un símbolo del rápido cambio cultural de la sociedad chilena. Además de ser mujer, Bachelet es divorciada, agnóstica y tiene hijos de dos parejas distintas. Incluso para la cúpula concertacionista Bachelet es un enigma: no estaba entre sus planes ser candidata, fue casi obligada a aceptar su postulación por las encuestas, y por lo mismo no cuenta con un sello rector ni un equipo para su gobierno. Además, su gabinete ha sido armado sobre la base de un principio inédito: paridad de género, inaugurando un discurso feminista que levanta suspicacias entre la dirigencia oficialista más tradicional.

Casi no tiene “luna de miel”. En mayo de 2006, cuando no cumple dos meses, estalla la llamada “rebelión de los pingüinos”, un masivo alzamiento de estudiantes secundarios que exige mejoras en la educación. Las tomas de establecimientos y marchas callejeras dejan al gobierno en ascuas. Sería el primer antecedente de las emblemáticas revueltas estudiantiles de 2011. En lo más álgido de la movilización, los estudiantes amenazan con un paro nacional, para lo que buscan el apoyo de los profesores y de la multisindical más poderosa, la Central Única del Trabajador (CUT). Bachelet convoca a dirigentes de la cut a La Moneda. Cuando les pide que no le den la espalda tan pronto, se le quiebra la voz. Los sindicalistas acceden. “Ella estaba empezando y no estaba preparada anímicamente para una crisis de este tipo”, explica un testigo de ese episodio. La crisis abre el debate sobre si está preparada para ejercer el cargo, debate que ella considera un resabio de machismo. “Es el momento en el que está más en entredicho su autoridad: surge el rumor de que ha fracasado la idea de una presidenta mujer”, resume un asesor externo de su segundo mandato.

La rebelión estudiantil la obliga a realizar su primer cambio de gabinete, el más prematuro de todos los gobiernos de la Concertación. Pero este segundo equipo no puede evitar la llamada “crisis del Transantiago”, como se denomina a la caótica implementación en el verano de 2007 de un nuevo servicio de transporte público para la capital chilena. Producto de problemas de planificación, diseño e implementación, los usarios no entienden los cambios de los recorridos ni la nueva lógica de trasbordos, aplicados de un día para otro. El sistema colapsa en su capacidad. En los paraderos crecen las filas, el tiempo promedio de los traslados se dispara, y las imágenes de gente caminando de noche a sus casas copan los noticiarios. Para entonces, los niveles de aprobación de la presidenta rozan el 40 por ciento, el índice más bajo desde el retorno de la democracia. “El Transantiago fue mucho peor que la ‘rebelión pingüina’; paralizó a toda la capital”, dice un ex miembro de ese gobierno.

Sólo en las salidas a terreno Bachelet parece disfrutar su investidura, conversando con la gente. Una iniciativa la entusiasma particularmente: la reforma provisional que entrega una pensión básica solidaria a quienes nunca ahorraron para su jubilación y un suplemento a las pensiones más bajas, con una proyección de 800 mil beneficiados para 2010. Así empieza a dar cuerpo a lo que el gobierno bautiza como “protección social”. Varios consultados de su partido coinciden en que es punto de inflexión. Para enfrentar la contracción económica, ese año se añaden fondos públicos en beneficio de los más desposeídos. “Bachelet estaba feliz, porque era lo que siempre había querido”, resume un parlamentario socialista. Esta expansión del gasto fiscal atenúa los efectos de la crisis: la economía chilena sólo se contrae en 2008, llegando a -1.5 por ciento. En promedio, Chile crece 3.3 durante el gobierno de Bachelet, el registro más bajo para un gobierno desde 1990, pero positivo en el contexto mundial.

“Ella tiene la ventaja de que realiza un manejo económico excepcional en una crisis que es la peor desde 1929. Desde fuera, Chile es visto como un país muy bien situado para enfrentar la crisis”, señala el académico Arturo Fontaine.

Bachelet, sin embargo, no recuerda un hito específico en este proceso de acomodo al poder. Trata de recordar, llevándose la mano derecha al mentón. En su dedo anular destaca un anillo con un símbolo mapuche, regalo de una conocida folclorista chilena.

—Hay un minuto en que uno es tocado por algo así como la majestad del cargo, cuando tú ya estás en ejercicio. Yo no podría decir exactamente el día. Porque uno va también aprendiendo desde cosas formales, protocolares, hasta cosas más sustantivas —dice.

Lo cierto es que en marzo de 2010 termina su gobierno con un 80 por ciento de aprobación, algo inédito en la historia chilena reciente. Aunque debe traspasarle la banda presidencial al líder opositor, Sebastián Piñera, queda instalada como probable carta presidencial con miras al 2014. Durante un alejamiento que dura dos años y medio en Nueva York, donde asume como presidenta de onu Mujeres, tiene tiempo para mirar a la distancia lo que ocurre en Chile. Ahí, en el cosmopolita ambiente de Manhattan, toma la decisión de repostular a la Presidencia.

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“Vuelvo para algo que valga la pena.” Así resume Bachelet el motor que la impulsó a postular por segunda vez a la Presidencia, luego de ser durante dos años y medio directora de onu Mujeres, en Nueva York. En esos años, y a la distancia, Bachelet reforzó el juicio crítico sobre la transición y su primer mandato.

—Ha habido una construcción de distintos gobiernos que han ido buscando derrotar la desigualdad, de crecer con equidad, que fue el lema de los gobiernos de la Concertación. Pero me planteé fuertemente que había cosas que nosotros tomábamos como que eran así y no tenían por qué ser así: elementos del sistema neoliberal súper vigentes, que nadie se cuestionaba —dice ahora.

Dentro de su coalición hay quienes creen que ella armó su segundo gobierno teniendo como adversario no a la saliente administración de Piñera sino a su primer mandato. Arturo Fontaine, un liberal de centro derecha, no llega tan lejos, pero sí afirma que “ella tiene un elemento de desconocer lo que fue su primer gobierno. Hay un quiebre entre lo que se propone ahora y el tono de su gobierno anterior. El primer gobierno era de continuidad; el actual es un gobierno de crítica”.

Ella, sin embargo, no cree que su primer gobierno haya quedado al deber, sino que simplemente hubo elementos que no se lograron alcanzar “porque no hubo la fuerza, porque no hubo la voluntad de otros actores, o porque efectivamente a partir de lo que habíamos avanzado ahora podemos aspirar a una nueva etapa”.

Con un discurso autocrítico y reformista, Bachelet arrasa en la segunda vuelta presidencial de diciembre 2013 con un 62.17 por ciento de los votos, muy por sobre el 37.88 que obtiene su rival derechista, Evelyn Matthei. En marzo de 2014 retorna a La Moneda, convencida de que Chile ha entrado a un nuevo ciclo que requiere cambios estructurales. Está consciente, sin embargo, de que las altas expectativas de algunos sectores le pueden jugar en contra. “La gente cree que le voy a arreglar hasta los problemas matrimoniales”, comenta por entonces en privado, con sus asesores más cercanos.

Entre su primer y su segundo mandato, Bachelet cambia en tres aspectos: tiene más experiencia de gobierno, vuelve más convencida de sus ideas y cuenta con un equipo propio. En su gabinete hay dos símbolos. Por un lado, el Ministerio de Hacienda, que maneja las finanzas públicas, recae en Alberto Arenas, un socialista que liderará una reforma tributaria con sesgo redistributivo para aumentar la recaudación. Y, por otro lado, Rodrigo Peñailillo, de 40 años, es designado ministro del Interior, el cargo más relevante del equipo. Él es el líder del bacheletismo, su hombre de confianza y con quien tiene sintonía ideológica: ella traza la meta; él define la acción. En la intimidad del equipo es su hijo político, el hombre al que ella saca a bailar cuando hay actividades festivas.

En abril de 2015, dos meses después del estallido del caso Caval, irrumpe una nueva crisis. La justicia chilena investigaba desde hacía meses aportes irregulares de empresas privadas a campañas políticas. Una de esas indagaciones alcanza a Peñailillo. Peor: el dinero proviene de una compañía liderada por el empresario Julio Ponce Lerou, ex yerno de Pinochet, y quien se había enriquecido gracias a las cuestionadas privatizaciones de la dictadura. Se revela que los fondos sirvieron para financiar el trabajo inicial de parte del equipo bacheletista, cuando ella no había regresado aún al país desde Nueva York.

Sumado al caso Caval, parece la tormenta perfecta. Peñailillo justifica el esquema, asegurando que prestó servicios a cambio del dinero cuyo origen desconocía. Hasta el cierre de esta edición no había sido acusado formalmente por ese caso. La nueva crisis daña a un gobierno ya deteriorado. Tarde o temprano Peñailillo tendrá que dejar el gabinete, pero la decisión se dilata. Hasta que el miércoles 6 de mayo de 2015 la presidenta asiste al programa televisivo ¿Qué le pasa a Chile?, animado por Mario Kreutzberger. Ante el popular “Don Francisco”, Bachelet sorprende a todos al anunciar que le ha pedido la renuncia a todo su gabinete. Eso incluye a Peñailillo. Una hora antes del programa, una de sus asesoras más estrechas ha telefoneado a cada uno de los ministros para informarles que deben poner sus cargos a disposición de la gobernante, lo que implica que algunos, aún no se sabe cuáles, saldrán. Peñailillo entiende que está fuera; al día siguiente participa en una sola actividad y no vuelve a pisar el Palacio presidencial hasta el lunes 11, cuando se realiza la ceremonia de cambio de mando. “Es una tragedia griega. Hay pocas rupturas totales en política y ésta es una. Él quedó muy herido”, dice un entrevistado que vivió ese episodio de cerca. El ministro jefe de las finanzas públicas, Alberto Arenas, se entera ese mismo lunes, temprano, de que será removido. Y muchos de los restantes siete ministros salientes sólo lo saben poco antes de la ceremonia.

¿Una entrevista televisiva, en horario prime time, es el único camino que Bachelet encuentra para forzarse a sí misma a realizar un cambio al que se ha resistido? Entre sus cercanos están convencidos de que fue una forma de obligarse a no dar marcha atrás. En general, a Bachelet se le reconoce un trato afable con sus colaboradores. Es llana, bromea, pregunta cómo están los hijos y las parejas, conoce sus nombres. Pero en los quiebres revela otra faceta: cuando la pérdida es significativa, la ruptura es dramática y total.

* * *

Ninguno de los tres hijos de Michelle Bachelet quería que ella se postulara otra vez a la Presidencia. Entre ellos campea la misma queja: que ha sido una madre ausente. En los setenta y ochenta estudió y trabajó, apoyándose en su madre para la crianza de sus hijos. La militancia y luego las responsabilidades de gobierno terminaron de absorber su tiempo.

Si hubiese sido por Sofía, ahora de 24, Bachelet no hubiese sido siquiera ministra; la hija que sigue, Francisca, de 32, optó por radicarse en 2011 en Argentina, para alejarse de la exposición y del poder. Sebastián, en cambio, es el único que la apoyó en su repostulación y sin embargo es quien más ha resentido la ausencia materna. En 1997, por ejemplo, Bachelet viajó con sus tres hijos a Washington para cursar durante 11 meses una beca en el Colegio Interamericano de Defensa, ubicado en el Fuerte Lesley J. McNair. El dinero de la beca que recibía apenas alcanzaba para costear la estadía. Se apoyó en sus hijos mayores para administrar la casa y cuidar a Sofía, entonces de cinco años. Su rutina era incesante. Iba todos los días al Fuerte J. Lesley. A veces amanecía estudiando, y en ocasiones debía viajar a otras ciudades de Estados Unidos. Sus hijos resintieron este ritmo y Ángela Jeria debió viajar desde Santiago para cuidarlos. “No me queda claro si esta beca es un regalo o un castigo”, se quejó varias veces Sebastián, quien entonces tenía casi veinte años.

En febrero de 2015, en medio de la crisis por Caval, cuando Bachelet saca a su hijo del gobierno, las críticas del primogénito se redoblan. Bachelet queda más tensionada que nunca entre sus roles público y privado. Aunque su equipo prepara un texto que traza una clara línea divisoria entre la actitud del primogénito y el espíritu de su gobierno, esa opción es desechada. Y aunque la opinión pública castiga a Bachelet por no condenar al hijo, puertas adentro, en el seno de la familia, Sebastián reclama por el abandono, y su abuela lo apoya. Bachelet se afirma en sus dos hijas.

—No castigó a su hijo porque los hijos son la prolongación de uno. Condenar al hijo era condenarse ella misma. Uno sabe que los hijos encarnan los pecados propios —opina Eugenio Tironi, un reputado sociólogo y analista del oficialismo—. Yo no soy de los que opinan que ella debió haber crucificado públicamente a su hijo en aras del deber republicano. Eso me habría resultado insosteniblemente sospechoso. A la larga, confío más en alguien que no condena al hijo por privilegiar el deber.

Recién al finalizar el 2015, la presidenta comienza a reponerse anímicamente. Ha sacado adelante dos de las cuatro reformas clave de su programa: la tributaria, que la enfrenta al empresariado, y la electoral, que termina con un sistema que ha favorecido especialmente a la derecha, pues sobrerrepresenta al segundo sector más votado. Además, echa a andar la reforma educacional, eliminando el lucro en el sistema escolar financiado por el Estado, e introduciendo paulatinamente la gratuidad en la educación superior.

Pero lo cierto es que la mayor parte de esos logros los consigue en el primer año de gobierno, cuando aún estaba rodeada por su equipo más próximo, el bacheletismo que queda descabezado después de un dramático cambio de gabinete que finalmente no mejora las cosas. La presidenta ha perdido poder.

Este año, eso sí, se inicia el “Proceso Constituyente”: la discusión de una nueva constitución, que contempla algunos espacios de participación ciudadana, aunque no vinculantes. Un proceso en el que, según cifras oficiales, han participado 230 mil personas y que según lo planificado debiese servir de base para que Bachelet proponga mecanismos y contenidos sobre una nueva constitución.

—De este segundo mandato creo que lo que más la identifica y entusiasma es esto de convocar a la ciudadanía a discutir una nueva constitución, con cabildos abiertos, que es en la línea del gobierno ciudadano que propuso en su primer mandato,
pero que se quedó en la cáscara. Eso es parte de su adn —acota Francisco Vidal, ex ministro de su primera administración.

Hay quienes ven a Bachelet gobernando “con la vista en Manhattan”, por la valoración que le dan a su programa organismos como el Fondo Monetario Internacional (fmi), el Banco Mundial (bm) o la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (ocde). Ella coincide en que algunas de sus reformas son mejor evaluadas en el primer mundo que en Chile.

—Recuerdo haber estado hace dos años en España, haberme juntado con un grupo grande de empresarios españoles que invierten en Chile y varios me dijeron que siguiera adelante con las reformas, que son muy importantes: “Hágalas”.

Con sus asesores comenta las cartas y mails que llegan a La Moneda, con relatos de familias que cuentan cómo les ha cambiado la vida ahora que sus hijos pueden estudiar, pues el Estado asume el costo de su enseñanza superior, y eso le sube el ánimo. Pero sabe que esta vez no ocurrirá lo mismo que en su primer gobierno, cuando sus políticas sociales la hicieron dejar La Moneda con un 80 por ciento de apoyo. Si ya antes de asumir comentaba en su círculo que tenía claro que saldría “herida” de su segundo mandato, pues enfrentaría crisis complejas y una alta incertidumbre, ahora ha dicho en privado que, como mucho, lo cerrará con una popularidad de entre el 30 y el 40 por ciento.

A esto se suma que el caso Caval vuelve una y otra vez a la agenda. A principios de junio, presentó una querella criminal contra cuatro periodistas, luego de que la revista chilena Qué Pasa —la misma que destapó el caso Caval— publicara extractos de escuchas telefónicas de 2015 en las que uno de los procesados por el caso intentaba involucrarla en el negocio. Hasta ahora, tras casi un año y medio de investigación, no hay ningún indicio que respalde algo así en la causa.

Aunque la revista retiró el contenido de su web —no así de una versión más breve en su edición impresa—, y pidió excusas por reproducir acusaciones graves sin contactar a los aludidos para pedir su versión, la presidenta optó por el camino más duro para enfrentar lo que calificó como una “canallada”: una acusación penal. Esto, a pesar de que la propia onu, donde ella trabajó, señala que en estas situaciones las autoridades no deben recurrir a acciones penales, sino a demandas civiles, pues las primeras pueden tener un efecto inhibitorio contra la libertad de expresión.

El escándalo que involucra a su nuera y a su hijo abrió una oportunidad para que sus opositores —dentro y fuera de su coalición— la criticaran como nunca antes. La querella contra la revista sigue, en un camino contradictorio con la propia biografía de la presidenta: ahora ella usa, para defenderse, las implacables armas del poder, y no sólo las de la víctima.

Para Arturo Fontaine, Caval desató algo más de fondo y sin remedio: el fin de la invulnerabilidad de Bachelet.

—Ella se conectaba con una cosa muy profunda, con una imagen de la tierra, madre, protección, vitalidad, y no tenía un hombre que le hiciera sombra, que nos distrajera y apartara de ella. Así la conexión con ella era total y exclusiva, y eso la hacía invulnerable a la crítica. Todo esto se rompe con Caval. Aparece por primera vez un hombre entre nosotros y ella [su hijo Sebastián], y ese hombre además está vinculado a un escándalo.

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