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Ritmos para el paraíso

Los migrantes llegados a España desde el África Subsahariana ofrecen una mirada a la cultura europea en contraste con las memorias de su tierra.

Por Lucía Maina Waisman

“El hombre blanco ha gozado durante siglos del privilegio de ver sin que lo vieran”, escribía Jean Paul Sartre en 1948. Más de medio siglo después, el primer mundo posa sus ojos en los migrantes del Sur para explicar los males de la globalización. En el reportaje novelado Ritmos para el Paraíso, personas llegadas del África Subsahariana a la ciudad de Barcelona ofrecen su mirada sobre la cultura europea que habitan desde hace años y responden con las memorias de su tierra natal algunas preguntas que se esconden debajo de muros, vallas y leyes antimigratorias. Este capítulo es un fragmento del reportaje publicado por la Editorial Base en el libro “Ritmos para el paraíso y otros relatos de periodismo literario” en noviembre de 2016. 

Hay un ár-bol gran-de ahí
Nos sentamos en unas rocas, en la playa de la Mar Bella. Souleymane se acomoda de cara hacia el Mediterráneo y hunde las manos en los bolsillos de su chaqueta impermeable, que parece recién salida de la tienda. Tras unos pocos minutos de conversación, saca su mano derecha del bolsillo, se inclina hacia la arena y dibuja allí un rectángulo. Después le traza dos líneas horizontales y dos líneas verticales, dividiendo la figura en seis partes, y clava su dedo índice justo en la intersección que acaba de formarse entre la línea horizontal inferior y la línea vertical izquierda.

—Hay un ár-bol gran-de ahí —me dice—. Bueno, en los pueblos tenemos un ár-bol muy gran-de, así, sabes que en Senegal hace mucho calor ahí. Come-mos en la sombra, estamos en la sombra para tomar el té juntos, toda la fa-milia. Bueno, no solamente la fa-milia: todos los vecinos, entre todos.

Mientras habla, Souleymane mantiene la estructura rígida de sus hombros robustos que, junto a la pequeñez de su rostro asomando por encima, dibujan una percha perfecta para su chaqueta. Para cubrirse del invierno la lleva cerrada hasta el cuello, donde el negro brillante de la tela da paso al negro opaco de su piel y, más arriba, al negro profundo que se condensa en su capucha de rulos pequeños y amuchados.

—Aquí, por ejemplo, si no estás invitado me pa-rece que no se puede ir, pero ahí no. Cuan-do llega la hora de comer, así, todos come-mos. Puede pasar una persona y le llama-mos: ¡Amigo! Ven, ven, ven a comer —dice elevando el tono de voz y haciendo un movimiento con la mano, como si el desconocido estuviera aquí, a unos metros de nosotros, a cuatro mil kilómetros del árbol.

Souleymane habla el castellano igual que la mayoría de los subsaharianos que he conocido en Barcelona: como si en su boca hubiera un tambor sonando entre las letras. Cada golpe que su voz da contra las sílabas le imprime al idioma una base de percusión que demuestra que aquello de llevar el ritmo dentro no es para él ninguna metáfora. Metáfora que, por lo demás, resulta imposible en muchas lenguas subsaharianas, que ni siquiera tienen un término para eso que nosotros llamamos ritmo –del verbo griego rhein, fluir, dice la Real Academia Española , porque para ellos “eso” no es una palabra, sino el habla misma: el trazo imborrable de las relaciones humanas.

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Integrantes de la cooperativa de recolección de chatarra Alencop comparten un almuerzo intercultural en el barrio de Poblenou, donde muchos de ellos fueron desalojados tiempo atrás por el plan de erradicación de asentamientos del anterior gobierno municipal.

Una vez que el árbol ha quedado bien marcado con el hueco de su dedo en la arena, su mano empieza a sobrevolar las calles y las casas del pueblo de Tivaouane, que en esta tarde de domingo se ha desplazado desde aquellas tierras ubicadas a 30 kilómetros de Dakar a ese rectángulo de 20 centímetros de la playa de Barcelona. Ahí, dice, los vecinos se conocen entre todos, se juntan entre todos: aquí —aquí en la ciudad de un millón de habitantes que está a sus espaldas— las casas cerradas, ahí —ahí en el pueblo de arena que está debajo suyo— las casas abiertas.

Él nació ahí, hace 31 años. Ahí jugaba, iba a la escuela, comía con las familias. Y desde que tenía diez años, cuando llegaban las vacaciones también iba a trabajar al campo de su padre, para juntar algo de dinero y poder comprarse los libros que le pedían en la escuela. Era un campo grande, dice, de más o menos dos hectáreas, y ahí tenían tomates, coles, zanahorias, navos: muchas cosas. Lo que cosechaban lo iban a vender en los mercadillos de la ciudad y el resto lo repartían entre los vecinos del pueblo, que después lo comían juntos bajo la sombra del árbol.

Aquí en Cataluña Souleymane también fue a trabajar al campo. El primer sitio donde lo hizo fue en una masía en las afueras de Barcelona ubicada justo detrás de Sarriá, uno de los barrios más caros de la ciudad. Allí, a espaldas de las torres vidriosas de las escuelas de negocios, los hoteles cinco estrellas y los centros comerciales se encuentra la cooperativa de agricultura ecológica Verdallar, que contrata a personas en riesgo de exclusión social para que aprendan el oficio de producir alimentos orgánicos, sin transgénicos ni agroquímicos. Lo que los trabajadores cosechan en el huerto de la empresa luego se vende en cestas entre los vecinos de la ciudad, que después lo comen separados bajo el techo de sus pisos.

Souleymane trabajó allí durante casi un año, y al principio los integrantes de la cooperativa pensaban que él no sabía nada de agricultura. Pero él, dice, sabe mucho, porque ahí en su país lo hizo muchos años; lo que pasa es que trabajar campo aquí es diferente de ahí, porque aquí la tierra es húmeda y hay mucha piedra. En cambio, en su país, la tierra es así —explica levantando un puñado de arena en las afueras del rectángulo y frotándola entre sus dedos hasta dejarla caer—: seca y sin piedras. El problema en África es el problema del agua, dice, porque con el calor que hace y con lo poco que llueve hay que regar cada día.

En las tierras de Tivaouane, el agua define hasta la existencia de las estaciones. Ahí no hay otoño, primavera, verano, invierno: hay una época en la que llueve y una época en la que no llueve. La primera es entre junio y octubre, cuando suelen caer en total unos 500 mililitros, y la otra es el resto del año, cuando suelen caer unos 5 mililitros. Por eso, cuando Souleymane llegó aquí y vio llover en enero se preguntó, como tantas otras veces, en qué mundo estaba.

Desde que Souleymane nació, a principios de los años ochenta, en su mundo las lluvias se han vuelto un fenómeno cada vez más milagroso y trabajar el campo una tarea cada vez más difícil. Senegal, ya afectado por un proceso de desertificación, sufrió en las ultimas décadas una sucesión de sequías que volvieron las tierras cada vez más secas, como la arena que ahora él deja. Pero a las catástrofes climáticas se sumaron también las catástrofes de la política nacional e internacional. Porque Souleymane también tuvo la mala suerte de nacer cuando su país empezaba a implementar un programa de ajuste impulsado por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, Estados Unidos y Francia, el cual instaló un proceso de liberalización comercial que eliminó los subsidios agrícolas, aumentando los costos de producción y los precios al consumo.

Mientras para las familias fue cada vez más difícil producir sus alimentos mediante la agricultura local y tradicional y cada vez más costoso comprarlos en los mercadillos de la ciudad, en las tierras senegalesas se fue expandiendo una agricultura industrial para exportación bajo el modelo occidental —que ya había dado sus primeros pasos durante su etapa como colonia francesa—. Un modelo de producción intensiva que hizo crecer los monocultivos y el uso de agroquímicos a costa de la deforestación masiva y la erosión y contaminación de los suelos, provocando un desequilibrio ambiental que también ha impactado en el nivel de lluvias de la región.

Esta forma de trabajar el campo también se fue extendido entre los pequeños agricultores que cosechan sus alimentos, empujados a comprar productos con un dinero que la mayoría no tiene y a agravar los daños ambientales de su región. Tanto se fue extendiendo que en su país, me dice Souleymane, él nunca había escuchado eso de la agricultura ecológica, porque desde que él tiene consciencia en Tivaouane se usan químicos. A pesar de que en su propia región existen asociaciones que defienden la agricultura ancestral de los senegaleses sin el uso de pesticidas, él nunca supo que tal cosa existía. Nunca hasta que llegó al huerto detrás de Sarriá, y a partir de ese momento eso de la agricultura sin químicos pasó a ser para él una costumbre europea.

La familia de Souleymane también tenía ovejas, más de veinte, y vacas, y cabras también tenía. Su hermano, dice, era el pastor: él llevaba los animales a comer por los campos durante el día y después los guardaba en un sitio cerca del pueblo.

—¿Y ese sitio era de tu familia? —le pregunto.

—Bueno, en los pueblos, así, no hace falta decir “es mío, es mío”, porque era muy gran-de. Tu misma pue-des buscar un sitio para guardar los animales. Pero hubo un tiem-po que el alcalde vino y dijo: “Tenéis que juntar los animales”.

En aquel tiempo, el pueblo crecía y la gente empezaba a necesitar tierras para vivir, así que las arenas de fuera del rectángulo fueron ocupadas por nuevas líneas de calles y casas. Al principio, los vecinos tuvieron que guardar todos los animales en un mismo sitio hasta que poco a poco se fueron quedando sin corrales y sin animales. Ahora, la familia de Souleymane ya no tiene ninguno.

Con un promedio de cinco hijos por mujer, la población senegalesa crece muy rápidamente y este es uno de los problemas de los que más se habla para explicar las dificultades de la producción agrícola en la región. Un problema que, como dijo el alcalde de Tivaouane, también afecta la cría de animales. Pero aunque sus habitantes crezcan rápido, Senegal tiene la mitad de la densidad poblacional que España. Y además ¿puede un país con 19 millones de hectáreas no tener sitio para guardar los animales? Sí, desde que hace falta decir “es mío” puede, y ese desde es muy reciente.

Cuando África fue invadida por los colonizadores europeos, éstos trajeron sus propios sistemas de propiedad privada estableciendo leyes que les facilitaran adueñarse de las tierras de las comunidades locales, pero esas leyes casi nunca fueron aplicadas mas allá de los límites de los campos y plantaciones europeas. Después, con la independencia, los estados africanos asumieron la propiedad de la mayor parte del campo africano, y como en la práctica no tenían el poder para manejarlo, el mismo permaneció gobernado según las costumbres y principios de las comunidades locales. Según el antropólogo francés Philippe Lavigne Delville, entre el 80 y el 95 por ciento de las tierras rurales del África franco parlante están aún manejadas en base a esos principios, mientras que los procedimientos legales permanecen reservados a una élite política y administrativa y sus clientes.

El problema es que, en los términos de las leyes occidentales, esto significa que la mayoría de los habitantes de zonas rurales no tienen un reconocimiento formal de sus derechos sobre la tierra que habitan desde siempre. Y ahora, desde que la crisis económica y financiera de 2008 ha puesto a la tierra fértil en la mira de los grandes inversores y a la comida en la nueva fuente de especulación mundial, ha llegado el momento de que las cosas cambien en el campo africano. Como explica la organización internacional Grain, el continente se ha vuelto la nueva frontera de la producción global de alimentos y agrocombustibles y los inversores están destinando billones de dólares para apropiarse de zonas de cultivo.

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Después de la crisis económica de 2008, el oficio de chatarrero se transformó en una de las principales alternativas de supervivencia para las personas llegadas del África Subsahariana a la ciudad de Barcelona.

Según datos del Banco Mundial, en menos de un año 32 millones de hectáreas del África subsahariana fueron adquiridas por inversionistas. En Senegal, en los últimos años el acaparamiento de tierras ya se ha llevado un 30% de la superficie cultivable del país. “Es mío”, dijeron desde fondos de inversión, grandes compañías y gobiernos extranjeros y empezaron a producir alimentos y agrocombustibles, gran parte de los cuales van a parar a los estómagos y los coches de países árabes y europeos. Allí, ya no hay sitio para los animales de los vecinos de Tivaouane.

—A mí me gusta mucho, a mí me gusta mu-chísimo tra-bajar el campo —dice Souleymane levantando la mirada hacia el Mediterráneo—. Aquí ahora hago un tra-bajo de voluntario en un campo, en un pueblo que está fuera de Barcelona que se llama Corvera. Yo cada miér-coles voy ahí a ayudar a la gente, como ahora tampoco tengo tra-bajo, tengo tiempo de ir…

—¿De quién es el campo?

—Es gente de aquí, y ahora quieren hacer una aso-ciación. Quieren hacer cultivos: lechugas, tomate, calzots, así. Pero ¿cómo lo dicen? cada prin-cipio es un poco difícil… es por eso que voy ahí, para ayudar.

Mientras Souleymane habla, del otro lado del pueblo de Tivaouane, es decir, del otro lado de la roca sobre la que estamos sentados, las olas vienen una detrás de la otra; se estallan contra la arena y barren cualquier huella hacia el fondo del mar dejando la superficie lisa como un desierto. Cada ola, con su sonido calmo y pausado, suena como un acompañamiento perfecto para su acento entrecortado. Porque el de Souleymane no es un ritmo inquieto, de esos que te hacen dar saltos y sacudir los hombros durante horas: sus palabras son más bien un rebote suave y constante, una música de una única tonalidad a la que el oído se acostumbra fácilmente y que va envolviendo el cuerpo en un equilibrio constante de alerta y relax.

Yo lo escucho en ese estado de trance y pienso que estar aquí sentados, con un pueblo de arena de un lado y las olas barriendo presencias del otro, con el horizonte del mar enfrente y una ciudad ajena detrás, debe parecerse bastante al desarraigo. Desarraigar, de des- y arraigar, dice la Real Academia Española: arrancar de raíz una planta; extinguir, extirpar enteramente una pasión, una costumbre o un vicio; separar a alguien del lugar o medio donde se ha criado, o cortar los vínculos afectivos que tiene con ellos. Pero hay plantas y plantas, y algunas son capaces de echar raíces frente a cualquier ola migratoria, hasta hacerse árboles en medio del desierto.

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Cada fin de semana una comunidad espontánea de africanos hace sonar los ritmos de su tierra en el Parque de la Ciudadela, un refugio donde los migrantes escapan a las exclusiones que impone la capital catalana.

Luz para ver en Europa
—He ido a Koundara, a ver fútbol. Era 1998, Brasil-France, el mundial. Tu ves a alguien que pega pelota ahí y ves mucha gente delante tuyo haciendo así —dice Mamadou tapándose el rostro con las manos en un gesto seco y acelerado—. Cuando jugador le pega a la pelota, pensamos que nos va a golpear, que se va a abrir ese y va a llegar.

“Ese” vendría a ser el televisor, una caja cubierta de un cristal incapaz de detener el objeto que aquel 8 de julio volaba desde el Stade de France en los suburbios de París hacia el bar del pueblo de Koundara, al norte de Guinea. Como la electricidad aún no existía en la región, los cuerpos de los jugadores de Francia y Brasil aparecieron ante los ojos de sus habitantes gracias a un motor a base de combustible, transformándose en las primeras imágenes en movimiento que veían en sus vidas. Así que a sus 15 años Mamadou experimentó allí algo parecido a lo que un siglo antes habían vivido en París los espectadores de la primera proyección de los hermanos Lumiere, quienes al ver un tren avanzar en la pantalla huyeron por el susto de ser atropellados. Solo que aquella vez, en Guinea, como lo que avanzaba era una pelota, bastaba con cubrirse el rostro con las manos.

Mientras me cuenta las historias de su pueblo natal, Tabadel, o de la capital de su región, Koundara, Mamadou recorre con la mirada el paisaje del bar El Pibe en el que estamos sentados. En esta terraza de la Rambla de Poblenou, la calle principal del barrio “Pueblo Nuevo” de Barcelona, él va buscando referencias, o más bien diferencias: pistas de lo que no hay en su lugar de origen. El bar de Koundara, por ejemplo, no tenía sillas individuales y brillantes de aluminio como éstas, sino bancos opacos de madera donde los cuerpos se amuchaban frente a la pantalla. Y la gente tampoco bebía un café con leche como el que Mamadou ha pedido hace unos instantes.

—Ahí, si tienes dinero, puedes comprar Vimto, una bebida de África. O Coca Cola, pero es muy cara, tiene que ser muy rica… —dice riendo.

—¿Qué es Vimto? —le pregunto.

—Una bebida de África que pone más sangre. Ese nosotros decimos que te pone más sangre si te falta. Aquí lo venden, un euro. Está bueno —dice, y toma un sorbo de café con leche.

Los fula, la etnia a la que pertenece Mamadou, es conocida en Guinea justamente como “la familia café con leche”: el sobrenombre vendría a remarcar la falta de oscuridad de su piel, que remite a sus orígenes árabes y los diferencia del negro oscuro de la mayoría de los guineanos. Pero el contraste que se produce ahora entre el líquido marrón claro que él se lleva a la boca y el marrón oscuro de su rostro indican que Mamadou es más bien de la familia del cortado. El color café que recubre su nariz ancha, bordea sus ojos negros y se extiende por su frente un poco más allá de lo esperable hasta esfumarse en sus rulos compactos, sólo parece llevar unas pocas gotas de leche.

—Bueno, en Koundara ahora hay mucha cosa, porque está cambiando… antes ahí no hay luz y ahora sí—dice después Mamadou con su voz saltando de los graves a los agudos, como si lo que hubiera en su boca no fuera un tambor tradicional sino más bien un balafón, un teclado africano de madera afinado en una escala de siete notas—. Pero mi pueblo no, aún ahora no tiene luz.

Aún ahora, mientras nosotros conversamos frente a un servilletero con un botón que permite llamar al camarero y hacerlo venir desde el bar, en Tabadel no hay luz. Ni allí ni en la mayoría de los pueblos de Guinea, un país donde solo el 20% de la población accede a la electricidad. Para cargar el móvil, por ejemplo, su familia tiene dos opciones: ir a la capital o pagarle a algún vecino que tenga panel solar. Para ver fútbol, en cambio, ya no necesitan viajar a Koundara porque a Tabadel ha llegado el motor a base de combustible, y con él los partidos en el bar.

Mamadou hace un silencio, enciende un cigarro y se estira sobre la silla haciendo que su chaqueta azul gastado se levante un poco por encima de sus vaqueros y deje a la vista su cinturón. Es un cinturón de piel, blanco, y en el medio tiene una hebilla grande, dorada, que está ocupada en su totalidad por el símbolo del dólar: la S con sus dos rayas en medio y todo el círculo que la rodea están cubiertos por una sucesión de pequeñas piedras que simulan ser diamantes.

Al sur de su país, dice Mamadou, hay mucho diamante y antes de que él naciera los blancos han ido ahí a cogerlo, y se lo daban a los perros. Si, ahí lo escondían: en la barriga del perro, porque así el perro estará enfermo, entonces ellos dicen que tienen que volver en Europa para llevarlo al médico, que algo le pasa. Los blancos lo hacían así en su país —dice soltando una carcajada.

—¿En tu pueblo también hay diamantes? —le pregunto.

—No, puede ser que hay pero yo no he visto… Si en mi pueblo hay diamante sería otra vida —dice riendo otra vez—: no estaría aquí, contando chistes…esperando puñeteros papeles.

Mamadou se ríe: imagina otro destino posible y se ríe. No imagina, sin embargo, cuanto de su destino podría esconderse en una mesa como ésta, sobre la que ahora apoya sus codos. No es que la mesa del bar El Pibe tenga algo de especial; de hecho, es igual a casi todas las mesas de las terrazas de Barcelona, de un plateado brillante, con cuatro patas y un cuadrado de aluminio. Pero esta mesa ¿de dónde viene? De una fábrica de aluminio ¿y el aluminio de donde viene? De la bauxita ¿y la bauxita, de dónde viene? Del suelo de Guinea, el país que concentra la mayor cantidad de reservas de este mineral a nivel mundial.

La mina más importante del país, Sangaredi, queda justamente en la región de Mamadou, Boké, y pertenece a la Compagnie des Bauxites de Guinea (CBG). Esta compañía integrada por el gobierno de Guinea, la empresa estadounidense Alcoa y la multinacional británico-australiana Río Tinto —dos de las mayores productoras de aluminio del mundo— tiene los derechos para explotar hasta el 2038 la bauxita existente en un área de un tamaño equivalente a un tercio de Cataluña.

La minería en su conjunto representa más del 90% de las exportaciones de Guinea, un país donde sin embargo más del 70% de la población trabaja, como lo hacían Mamadou y su familia, en agricultura. Los billones de dólares que la CBG ha obtenido de la bauxita desde que empezó a funcionar hace más de cuarenta años parecen una ilusión frente a la falta de electricidad que reina hoy en el pueblo de Mamadou, a menos de 300 kilómetros de allí, y también en la capital de Boké ubicada al lado de la mina, donde sus habitantes llevan años protestando por la falta de servicios y denunciando a la CBG por haber monopolizado los recursos del lugar.

El hierro es otra de las riquezas que abundan en Guinea: la zona montañosa de Simandou, al sur, es también el mayor depósito conocido de ese mineral en el planeta, y las negociaciones para su explotación han desnudado hasta dónde puede llegar la corrupción de innumerables concesiones mineras en África. Los protagonistas, en este caso, fueron el dictador guineano Lansana Conté y el israelí Beny Steinmetz, uno de los hombres más ricos del mundo cuya empresa BSGR terminó acusada, tras una investigación del FBI, de pagar sobornos de millones de dólares a la esposa de Conté en el año 2008 para obtener la licencia de la mina de Simandou.

Actualmente España es, junto con Rusia, el principal destino de la bauxita exportada por Guinea, así que, aunque resulte difícil seguir su rastro exacto, es muy probable que la mesa en la que estamos sentados provenga del mineral extraído muy cerca del pueblo de Mamadou, igual que estas sillas y gran parte de los coches que están pasando al costado de la rambla. Las pistas de lo que sí hay en su país de origen no saltan fácilmente a la vista en el paisaje de las calles catalanas.

Pero esta mesa, después de ser usada por miles de personas como nosotros, ¿a dónde va a parar? A la chatarrera. ¿Y quién la lleva a la chatarrera? Mamadou, o algún otro chatarrero como él. Desde que llegó a vivir a Barcelona, Mamadou se dedica a juntar el hierro, el aluminio, el cobre y el plomo que la ciudad vomita por las calles, aunque al principio él no sabía ni qué era la chatarra, porque en Guinea, dice, no se junta chatarra.

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La organización Tanquem els CIEs realiza una procesión por las calles de Barcelona para denunciar las muertes de personas migrantes ocurridas en Centros de Internamiento para Extranjeros de la Unión Europea o durante procesos de deportación.

Después de hacer trabajos de todo tipo en otras ciudades españolas, Mamadou se trasladó a la capital catalana y se instaló aquí, en el barrio de Poblenou. Pero era el año 2008 y la pobreza ya empezaba a crecer en España de la mano de la crisis económica, así que la chatarra se fue transformando en una alternativa de supervivencia para los africanos, al ver desaparecer los trabajos precarios a los que ya estaban condenados por no tener papeles.

Ahora, siete años después del inicio de la crisis, los chatarreros han pasado a ser un paisaje cotidiano en las calles de Barcelona, calles que para ellos se transforman cada día en un gran supermercado. Cada uno tiene un carrito, del que ha conseguido apropiarse en algún hipermercado y al que se aferra para ir llenándolo por el camino. El camino ocupa casi todas las horas del día y casi todos los rincones, porque el chatarrero busca sin recorrido fijo, como un minero de la ciudad: excavando cada día un nuevo barrio para encontrar un metal que le salve las próximas comidas.

—¿Y se encuentra? —le pregunto a Mamadou.

—Bueno depende: tú tendrás suerte encontrarás algo un día, un día que no. Ahora en las obras se guarda la chatarra para venderlo ellos mismos, pero tú encontrarás una señora que tiene cosas en casa de ella y la tira, o encuentras alguien de una obra que no le sirve a ellos y te lo regala. Pero depende, te tienes que levantar y salir: puede venir carro lleno, puede tener algo, 20, 30 euros, o puede volver también sin ganar nada…

Mamadou me dice que la chatarra que tiene más dinero es cobre, aluminio, acero, plomo, cosas esas, que si tú te encuentras hierro, igual 200 kilos, no tendrás nada porque es lo que menos vale: 17 céntimos el kilo. En un día de suerte, él puede llegar a juntar 40 kilos de aluminio en su carro, lo que vendiéndolo a la chatarrera puede darle unos 30 o 40 euros. Mientras tanto, en un día cualquiera allí cerca de su pueblo, la mina de Sangaredi junta en sus camiones la cantidad de bauxita suficiente para producir 10 millones de kilos de aluminio, algunos de los cuales, si tiene suerte, quizás acaben en el carro de Mamadou.

Los metales que se cosechan en la capital catalana se acumulan en las chatarreras, la mayoría de las cuales se encuentran aquí, en Poblenou. Por eso, este es el barrio donde viven gran parte de los africanos que se dedican a la recolección, y el sitio en el que Mamadou ha vivido durante los últimos siete años.

A este lugar, lo de Nou, lo de nuevo, le viene de hace un siglo y medio atrás, cuando las masías que ocupaban estas tierras se transformaron en harineras, talleres textiles, fábricas metalúrgicas y tantas otras novedades que la industrialización trajo a Cataluña. En aquella época, a este sector donde los obreros empezaron a hacinarse en edificios precarios, donde el humo de las chimeneas se mezclaba con el olor de los pozos negros y las epidemias de cólera eran moneda corriente, los barceloneses empezaron a llamarle “el pueblo nuevo”.

En las últimas décadas, desindustrialización de por medio, gran parte de esas fábricas pasaron a ser naves abandonadas, pero con la crisis varias de ellas volvieron a cobrar vida: esta vez, como almacenes donde personas llegadas del África subsahariana acumulan la chatarra para después revenderla. Muchos no solo ocupan las naves para trabajar sino también para vivir, así que entre el ir y venir de carros de supermercados y camiones con residuos se va formando también una comunidad. A una de esas comunidades llegó a vivir Mamadou cuando vino a Barcelona y allí pasó dos años, hasta que la policía los echó. Como ni él ni sus compañeros tenían dinero para pagar un alquiler, tuvieron que mudarse a otra nave abandonada, donde estuvo otros dos años hasta que, otra vez, la policía los echó.

Ya era el año 2012, y como la cantidad de chatarreros y de inmigrantes sin vivienda crecían al ritmo de la crisis, se formó por entonces “la nave de Puigcerdá”, que se haría famosa por ser el asentamiento irregular más grande de la ciudad. Ahí trabajaban, cocinaban, comían, vivían unas 300 personas hasta que en el año 2013, bajo la orden del alcalde de Barcelona y contra las protestas de vecinos y organizaciones del Poblenou, vino la policía y los echó. Mamadou, por suerte, solo iba a Puigcerdá a vender chatarra, porque por esa época se había ido a vivir a otra nave ocupada mucho más pequeña, donde vivían solo tres personas. Y allí estuvo hasta hace unos cuatro meses, cuando llegó la policía a decirles que el dueño del lugar los había denunciado y, por tercera vez, los echó.

Al principio, el trabajo de chatarrero le permitía a Mamadou enviar algo de dinero a su familia, allá en Guinea, pero la cosa se ha puesto cada vez más difícil.

—El problema es que allá en África ellos piensan que tú tienes dinero y no quieres dárselo, porque ellos saben que tú estás en Europa, y aquí al dinero lo hace la máquina —dice soltando una nueva carcajada. Después gira levemente su taza ya vacía sobre la mesa y pone un tono serio, preocupante—: Pero yo a mi familia le digo toda la verdad: que no hay nada de lo que he pensao.

A penas llegó a España, Mamadou también pensaba que aquí al dinero lo hacía la máquina. Por eso, cuando a los pocos días de estar en Murcia se subió a una furgoneta para ir a un trabajo que le había conseguido un primo suyo, el pensó que estaba yendo a trabajar al banco: ahí, dice, a donde fabrican el dinero.

—Al final llegamos al campo y me dan tijera: teníamos que coger naranja, limón. Y cogerlas corriendo, porque sino te echan. Madre mía… ¡Cómo vamos a trabajar al campo, coño, estamos en Europa! —dice ahora burlándose de aquel Mamadou recién llegado.

Después de vivir la realidad que se encontraba detrás del cristal del televisor, mas allá del estadio de París, Mamadou dice que ahí en África Europa solo saca bonita a Europa y lo peor no lo saca. Y después de ver a los pueblos de su continente encerrados en la televisión de los bares y las casas españolas, Mamadou dice que en Europa se saca solo lo peor de África, pero que lo bonito ahí no lo saca.

—Entre África y Europa hay algo diferente, así, sin luz —dice poniendo las palmas de sus manos en horizontal a varios centímetros de su rostro y acercándolas una con otra hasta unirlas y hacer que ni un hilo de luz pase entre ambas—. Hay gente que ha sufrido todo aquí y ellos no lo ven: los africanos aún no tienen luz para ver en Europa, para saber lo que hay aquí.

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