Nuevo año en La Habana

Durante los últimos días de 2 014, los presidentes de Cuba y Estados Unidos anunciaron el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países. Con esa noticia desapareció el último affaire de la Guerra Fría. Estados Unidos y Cuba reinician conversaciones, y los cubanos, entre el temor y la euforia, comienzan desde ya a vivir su futuro. Sin embargo, si alguien dijera que en Cuba no está pasando nada, tendría razón. En Cuba —Habana, inicios del año 2015— no está pasando nada que no haya pasado ya. O está pasando lo mismo, pero distinto.

Por Carlos Manuel Álvarez / Fotografía Nicolas Sich

UNO
Estamos en La Habana, principios de enero, año 15, y lo primero que hay que decir es que la posible muerte de Fidel Castro —una vez más— lo inunda todo. Lo segundo que habría que decir —o recordar— es que hace menos de un mes los presidentes de Cuba y Estados Unidos anunciaron el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países, y que incluso un suceso como ese, el más importante de la historia nacional en el último medio siglo, se ha visto desplazado o desvirtuado ante la posible muerte —una vez más— de Fidel Castro. Lo tercero que habría que recordar —o decir— es esa especie de pregunta implícita que nos estamos haciendo los cubanos, mientras abrimos los ojos y la boca y ensayamos el gesto mitad pavor mitad incredulidad tan propio de los peatones cuando quedan atrapados justo en medio de la avenida, entre dos fuegos contrarios. La pregunta —retórica— es esta: ¿pero qué carajo le pasa al país? ¿Décadas sin que suceda nada y ahora quiere apretujar todo en un mes? Y lo cuarto es que si alguien tomase una foto de la ciudad o reseñara la rutina del cubano común y corriente, y comparara esa rutina —sus esperanzas, sus miserias, sus premuras, sus quejas, sus conversaciones— con la rutina de hace seis meses, o de hace ocho años, y dijera que en Cuba no está pasando nada, ese alguien definitivamente tendría razón. En Cuba —Habana, inicios del año 15— no está pasando nada que no haya pasado ya. O está pasando lo mismo, pero distinto.

DOS
Bajo a pie por Belascoaín, una de las avenidas que desemboca en Malecón. El editor me ha pedido un texto sobre cómo Cuba vive el momento actual, su nuevo estatus respecto de Estados Unidos, y voy, con el posible texto en la cabeza, prestándole atención a sitios por los que generalmente solía pasar de largo. No hay, hasta ahora, ninguna evidencia física de que la coyuntura política haya incidido en la geografía o en la arquitectura de la ciudad.

La administración Obama ya autorizó un aumento de las remesas anuales —de 2 mil a 8 mil dólares— que los cubanos-americanos pueden enviar a la Isla. Eliminó, además, la licencia específica que requerían los expedidores de estas remesas. Autorizó la expansión de ventas y exportaciones comerciales de ciertos bienes y servicios desde los Estados Unidos, intentando —empoderar al naciente sector privado cubano—. Y anunció la inminente flexibilización en el permiso de viajes, así como la posibilidad de que personas residentes en Estados Unidos importen bienes adicionales de Cuba.

A Centro Habana, sin embargo, todavía le persiste el mismo ruido como una cortina de fondo: mezcla de voces inconexas, cláxones de viejos carros americanos, el ronroneo de los ómnibus estatales, escupitajos de tubos de escape, el susurro que producen los viandantes al pasar, ese hormigueo agitado. En fin: una suma de gestos y sonidos que no significan nada pero que, en manos del poeta indicado, podrían quedar inmortalizados como el alma de la ciudad.

Yo viví dos meses en Centro Habana, y salí huyendo, despavorido. El rímel me puso al borde del infarto. Este corcoveo, pasado un tiempo, termina siendo mortífero, es decir, folclórico. Aunque lo que quizá podría suceder, a partir de ahora, es que el folclor se renovara.

Camino por los mismos portales derruidos, sobre el mismo suelo que parece una pegatina (el churre, viscoso, tironea de los zapatos), intentando apurarme más que el resto. Hay vitrales sin maniquíes, escaleras angostas que conducen a cuartuchos apretujados y azoteas destruidas, y hay soporíferas tiendas semioscuras, en las que una señora entrada en años se apoya sobre el mostrador y pregunta la hora cada 10 minutos, como si su trabajo fuera únicamente ese: no vender el metro de poliéster o los manteles con decoraciones de arte cubano, sino agotar el tiempo a pedazos.

Antes de doblar por Concordia, me topo con una imagen ya recurrente. Si quieren una postal —la mejor postal— de la Revolución, graben esta. Es plena mañana. Dos hombres en una esquina, sentados en sendos cubos volteados. Sobre sus muslos, un tablero. A un lado, el vaso plástico con la línea de ron. Los rostros absortos, tan ajenos al bullicio circundante, que uno no puede menos que catalogarlos de soberbios. No hay en ellos nada que no indique escasez, incluso franca penuria.

Sólo que lo que los hombres juegan no es dominó. No juegan cubilete. No juegan brisca, ni siquiera póker. No juegan nada de lo que suelen jugar los hombres de su tipo. Lo que juegan —he ahí, si mucho o poco, el sello justo de la Revolución— es ajedrez.
Y ahora la mano de uno mueve el alfil.

—Cuando Cuba se abra a la inversión extranjera —me dice Enrique Nuñez—, Centro Habana está llamado a convertirse en unos de los barrios más caros de la ciudad. Aquí hay muchos edificios que parecen insalvables, y algunos lo son, pero otros no. Y francamente, la arquitectura de Centro Habana es bonita, de puntales altos, aireada.

He esperado hora y media por Enrique, y ahora me compensa con su locuacidad. En esta casona —Concordia y Escobar, último piso de un palacete de inicios de la República— se filmó en 1993 Fresa y Chocolate, la película nominada al Oscar en la que un homosexual, discípulo délfico de Lezama Lima, traba profunda amistad con un estudiante universitario, furibundo apologeta de la Revolución.

En 1996, aprovechando el atractivo despertado por el filme, y una apertura del gobierno a ciertos negocios particulares, Enrique abrió La Guarida: el restaurant privado —o paladar— más emblemático de La Habana. Por aquí pasaron, en su momento, desde la reina Sofía y Jodie Foster hasta Beyoncé. Aunque quizá, más que el altísimo nivel de su servicio, el principal mérito de Enrique haya sido sobrevivir. Cuando todos los negocios de su tipo fueron cayendo (pasado el momento más crudo del Período Especial, el gobierno comenzó a cancelar, bajo la mínima excusa, las patentes privadas que capitalistamente había autorizado), La Guarida permaneció.

En 2009, decidieron cerrar por reparaciones. Pero en el propio 2009, el gobierno inició lo que se vendría a conocer como proceso de Lineamientos. Y entre los Lineamientos, uno específico autorizaba la expansión de los restaurantes privados de 12 sillas a 50, así como la contratación de personal ajeno a la familia del propietario.

—Unos meses antes yo había visitado el puerto en la zona del Mariel, la marina turística que se construía en Punta Hicacos. Inversiones millonarias por parte del Estado, que evidentemente se estaba preparando para un cambio. Entonces me dije que los negocios privados algo teníamos que hacer.
Y algo hizo, Enrique.

—Llevo tres años anticipando este momento. Nosotros comenzamos la remodelación completa del edificio, pero sin cambiarle el aire decadente, su ambiente original. Y ahora abrimos en la terraza otro paladar. Ya yo he tenido experiencia con estadounidenses: grupos académicos, estudiantes que visitan el país, delegaciones culturales.

Como un maestro del Aikido, Enrique ha utilizado la fuerza del enemigo a su favor. El enemigo, naturalmente, es Centro Habana. Para mí, la zona más vertiginosa de toda la ciudad, pero un foso, una especie de cráter entre Vedado y Habana Vieja. Nuestros guías turísticos llevan al extranjero a la parte colonial, y luego lo pasan de puntillas por el Malecón, hasta llegar a la parte moderna. Centro Habana es una especie de vertedero. Un barrio no tan reciente como para permanecer intacto, ni tampoco lo suficientemente viejo como para que hayan empezado a remodelarlo. Con esa estética bien cutre, sin embargo, Enrique construyó un atractivo.

—En los bajos del edificio siguen jugando dominó, y aquí siguen viviendo los mismos vecinos. Para llegar al restaurant, el cliente tiene que recorrer todos esos pisos donde hay ropas tendidas, gente conversando, gente que grita, la vida normal del cubano.

Pienso, cuando me voy, en la vida normal del cubano. Trato de entender lo que tal cosa significa. Miro la calle, las fachadas. Tal parece que La Habana tuviera una cara, y tal parece que esa cara se moviera, como una máscara sin cordel.

Media hora después, llego a Sol No. 112, la casa de Katia Bianchini. Esta mujer tiene dos dulcerías muy famosas, ambas ubicadas en el casco histórico. Esta mujer no es cubana —es europea, de una zona de Europa Occidental que no me queda clara—, pero vive en Cuba hace muchos años. Uno siempre se pregunta, sin que la pregunta deje de ser provinciana, cómo terminó un europeo aquí, y no sólo cómo terminó, sino cómo permaneció.

Esta mujer tiene un acento escurridizo, y no parece simplemente deslumbrada con lo que se avecina.
—Yo espero seguir comprándole la leche al campesino y no que venga de otro lugar. Espero que haya una respuesta local. No imagino la ciudad inundada de malls.

No es la única. Los chicos hipster del mundo tampoco lo imaginan, por eso sacan, apurados, boletos de avión. Todos quieren ver, antes de que desaparezca, el último rincón retro de Occidente. Con automóviles de los años cincuenta, sin WhatsApp, sin Smartphone, sin personas de camino al trabajo con las cabezas metidas en sus pantallas táctiles, sino dándose codazos entre sí, para subir de primeros al ómnibus atestado.

Si se le dice a un revolucionario furibundo lo que piensan los chicos hipster, que el atractivo demodé de La Habana no podrá aguantar el embate consumista, el revolucionario furibundo va a creer que los hipster son capitalistas rabiosos, engendros del mal que se afilan los dientes y sólo sueñan con que el socialismo —esta rácana versión— desaparezca.

Por lo pronto, algo hay que no debe estar. Algo que, como está, no podría sostenerse. Los ánimos, quizá: la desidia; el inmovilismo; la amnesia. O las rutinas: nuestro esquema mental de Guerra Fría; nuestra muy ideológica educación sentimental; la prolífera burocracia; una infraestructura social devastada o, más triste aún, inexistente. Pueblo groggy y hermoso el que vamos siendo. Por no correr riesgos, Cuba ha corrido el mayor de todos: no correr ninguno. Como si el gobierno nos hubiera entrenado durante décadas en la creencia de que la prueba de la Historia, la que había que librar, era una maratón, y de repente, con el cese del deshiele, no. La prueba de la Historia era —son ya— los 100 metros planos. Y sabemos que Estados Unidos —contra quien sea— compite dopado.

—¿Estaré preparada para asumir muchos más clientes? —me dice Bianchini mientras un gato malcriado le rueda por el cuello y el pegajoso olor de la repostería inunda la sala—. Tengo temor, porque ahora mismo no encuentro mantequilla en los mercados minoristas. Si tengo que aumentar mi producción, y de repente me faltan productos, me voy a ver en una situación difícil. Esperemos que las autoridades acaben de crear las redes mayoristas.

O, por ejemplo, ya que estamos, que flexibilicen las leyes aduanales. Hay muchas cosas que la gente espera.

"Tal parece que La Habana tuviera una cara, y parece que esa cara se moviera, como una máscara sin cordel"

—La Aduana es un dolor de cabeza —me dirá Leo Canosa, un rato después—. Yo fui en noviembre a Estados Unidos, y cuando quise importar las tintas, me sugirieron que enviara sólo 10 pomos, porque no me iban a permitir entrar más que eso. ¿Quién hace un tatuaje con 10 pomos?

En Obrapía y Mercaderes —también Habana Vieja— queda La Marca, el primer estudio de tatuajes de Cuba.
—Lo que busco es consolidar un sello cubano a nivel internacional —dice Leo—. Quizás también pueda abrir otras sedes, sueño con eso.

La planta baja de La Marca es una naciente galería de arte —pensada principalmente para artistas alternativos y emergentes. En el segundo piso, queda el estudio. Las paredes son blancas. El piso es de madera. Hay, por todas partes, fotos de tatuajes y tatuadores. Hay tres sillones —no conozco el nombre puntual— del tipo clínica estomatológica, y muchas pinzas, bisturís, objetos esterilizados.

Leo me enseña su catálogo. Es probablemente el más reconocido de los tatuadores cubanos y, además, un gran entusiasta. Su estilo viene del West Coast, y me lo explica a grandes rasgos. No hacer del tatuaje una mera calcomanía, sino tener en cuenta otros aspectos. Tatuar en función de las zonas del cuerpo. Un tatuaje que, cuando nos movamos, se despliegue, que no se arrugue (la metáfora es grotesca, pero la arriesgo: ¿qué tipo de tatuaje vendrá a ser Estados Unidos en la piel esmirriada de Cuba: uno que la despliegue o uno que la arrugue?).

Me desagrada cortar la lección de arte, pero no tengo más remedio que preguntarle a Leo cómo se hizo del local y qué espera de este momento, si lo ayuda para su negocio o lo perjudica.

—El local lo compré hace un año, y lo tuve que levantar de cero. El dinero de la inversión me lo prestó un amigo que vive en Canadá. Pero se recupera. A mí me conviene que venga turismo estadounidense, claro. Cuando trabajaba en Alamar (municipio periférico), muchos extranjeros de firmas fueron mis clientes. No es un sector que desconozca.

Días más tarde, cuando llegue a La flauta mágica, me estaré acordando de Leo.
La flauta mágica es un restaurante piano-bar, propiedad de Richard Egües, residente en Francia.

—La Habana va a rejuvenecer, la noche habanera será nuevamente lo que fue una vez. Yo no estaré ya para verlo, pero sucederá —me dice Rember Egües (padre de Richard y reconocido músico cubano), rememorando quizá su década del cincuenta, los tiempos en que era un mozalbete.

Hay jazz de fondo y una penumbra —intencional— que invita o que pretende invitar al sosiego. Estamos en un penthouse en pleno Vedado. Una suerte de puesto de mando del cuentapropismo cubano en general, si es que nos guiamos por su ubicación: justo enfrente de la Oficina de Intereses de Estados Unidos y a un costado de la Tribuna Antimperialista. Dos símbolos que pasan, desde ya, a ser otra cosa.

—El estadounidense —dice Richard— podría favorecer muchísimo al sector privado, porque hoy el turismo en Cuba se mueve por paquetes, lo que se llama All Inclusive, y todo es muy dirigido, programado de antemano. Del hotel al casco histórico, del casco histórico a Tropicana, siempre a nivel estatal. Eso debe cambiar con un turismo más espontáneo y autónomo, que llegue a Cuba también por otras vías.

Desde octubre de 2010, 476 mil cubanos se han sumado al cuentapropismo, en unas 200 modalidades. Y ya hay, si se quiere, arquetipos.

No son menos legítimos, pero cierto rezago ideológico hará que me tome menos en serio la prosperidad del negocio de los Egües que la de Leo Canosa. Los Egües forman parte del pelotón de cubanos que vive en el extranjero y que han tenido la oportunidad de invertir en su país el capital acumulado. Canosa es, por su parte, de los que todavía se abre un espacio a pulmón.

Yo pienso que los Egües no pagan los riesgos, y que Canosa sí. Que si todo se va a la mierda, los Egües con empacar y largarse tienen, pero que Canosa no tendría nada que empacar sino que también se iría, con todo, a la mierda, sin escala. La idea es exagerada, naturalmente, y hasta cierto punto populista, pero hay algo en ella que es real. Nada se va a ir a la mierda. Y el escenario, por más que el gobierno no lo admita, quedó servido para que los emigrados compitieran con todas las ventajas. La herencia que la Revolución le dejó a sus fieles, o al menos a los que decidieron no largarse, es muy poco ventajosa.

Más o menos como reza, de un tiempo a esta parte, cierto eslogan de la salud pública: “La medicina en Cuba es gratuita, pero cuesta”.

TRES
Hacia el 10, 11 de enero, los rumores sobre la muerte de Fidel Castro comienzan a decrecer. Pregunta. Si estuviera muriendo, ¿qué es lo que lo está matando? ¿La certeza de que esta nueva época no le toca, y que no hay modo de que sea protagonista? ¿La molestia porque se llegó a un acuerdo con los estadounidenses y, por bien que le parezca, él representa todo lo contrario? ¿O al revés: el regocijo de los que ven cumplido su objetivo y ya sienten que pueden descansar en paz?

El 12 de enero, desde algún lugar, Maradona muestra una carta que Fidel Castro le envía, donde lo menos importante es lo que la carta dice. Si Fidel Castro quiere decirle algo a Maradona, no tiene que enviarle una carta, no estamos en el siglo XIX. Con llamarlo al celular tiene. O con hablar por Skype (en caso de que tenga Skype, que el resto de los cubanos no). Maradona es el pretexto. La carta lo que busca es callar bocas. O destaparlas más, quién sabe.

Hemos llegado a tal punto que los defensores ven una victoria política en el hecho de que siga con vida, y los enemigos rabiosos ven una derrota. Es, la encarnizada lucha ideológica entre castristas y anticastristas, un poco astral.

Lógicamente, una muerte no es capitalista o socialista.
La muerte es eso: la muerte.
El más demócrata de los dictadores.

Las alarmas sobre el estado de salud las disparó un detalle puntual. Que no aparecieran —no aparecerán hasta principios de marzo— imágenes de un encuentro entre el máximo líder cubano y los últimos tres agentes recién liberados, ni tampoco con los otros dos miembros de la Red Avispa que cumplieran distintas condenas en Estados Unidos por trabajar directamente para el gobierno cubano. En 1998, el FBI capturó a “Los Cinco”, pero en Cuba nada se dijo hasta 2001: fecha de los respectivos juicios, y momento en que echó a andar otra campaña de redención nacional, lo que se supone haya sido, si nos guiamos por los nuevos aires, la última cruzada épica de la Revolución.

Pero, más allá de la foto, ¿qué va a pasar ahora con estos hombres?
Me dice Milena Recio:
—Han adquirido un nivel de simpatía entre la gente, que es de suponer que sean seguidos si eventualmente alguno de ellos se dispone a liderar algo, en la dimensión que sea, no sólo en la actividad netamente política. Su sacrificio es ejemplar para muchos y eso les confiere un valor extraordinario en la vida pública.

Me dice Wilfredo Cancio:
—El hecho de que entre unos 15 detenidos fueran cinco los que decidieran no cooperar con la fiscalía y asumir un proceso judicial en Estados Unidos, les otorga el mérito de lealtad al gobierno (y al organismo militar) para los cuales trabajaban.

Milena Recio es profesora en el Instituto Internacional de Periodismo en La Habana y la editora principal de Progreso Semanal, quizá la única publicación gestionada desde Miami con marcado perfil procastrista. Y Wilfredo Cancio fue uno de los reporteros del Nuevo Herald (no el principal, pero sí el más satanizado por la oficialidad cubana) durante los juicios en Miami.

En mayor o menor medida, ambos creen improbable que los agentes —o héroes [sic], o espías [sic]— no cumplan en adelante funciones de mayor peso.

—Lo que hagan dependerá de ellos, o de lo que el organismo al que responden tenga pensado para ellos. No creo que vayan a dedicarse sólo a la poesía, la pintura y la caricatura, en una suerte de Parnaso socialista-cuentapropista —dice Cancio.

—¿Son “Los Cinco” héroes coyunturales, o la altura moral que alcanzaron para millones de cubanos resulta ya irrevocable?
—Todo dependerá de la medida en que ese capital simbólico continúe alimentándose desde los mecanismos propagandísticos del poder político. Sinceramente, creo que será difícil sostener el nivel de exaltación que se mantuvo durante años en los escenarios nacionales.

La oficina de 23 y E, en Vedado, es el puesto de mando desde el cual un grupo de jóvenes, durante los últimos meses, impulsó o intentó revitalizar la campaña publicitaria por la liberación de los agentes. Y acá llegan, casi a diario, varias personas con muy distintos problemas y con la esperanza de que alguno de los héroes les facilite respuesta o les allane el mismo camino que las instituciones, por ineficientes, les cierra.

—Casi todos son madres con hijos presos, pero también personas enfermas —me dice David Vázquez, periodista, y miembro del grupo.

—¿Y qué hacen —Los Cinco— con esos casos?
—La gente pregunta por René (González), porque saben que esta es su oficina. Pero René no puede hacer mucho. Los atiende, recoge los papeles, y los tramita con las instituciones encargadas.
David también me resume la faceta celebrities: los paran en la calle, les piden fotos y autógrafos.

—La gente les comenta los felices que están porque hayan vuelto —dice Disamis Arcia, comunicadora social, e igualmente miembro del equipo.
Y “Los Cinco”, justo decirlo, no marcan ninguna distancia.

—De todos —dice Milena—, sólo he conocido personalmente a René. Me parece un ser extraordinariamente generoso e inteligente. Y además, no es de bronce. Me permito medir a los demás por esa vara y creo que encontraré más o menos lo mismo en cada uno. Su capital simbólico está más hecho de su buen humor, de sus caras felices, a pesar de las tragedias personales que han vivido.

René González fue el primero de los agentes en regresar a Cuba. Fue quien organizó, en septiembre de 2013, la campaña de las cintas amarillas. Un símbolo del pueblo estadounidense con el que los cubanos rápidamente se identificaron, porque fue la primera convocatoria espontánea, y probablemente la única con cierta coherencia entre las decenas y decenas de campañas estériles orquestadas durante años a favor de la causa.

Pero si bien René parece despuntar, ninguno de los agentes se compara con Gerardo Hernández. En el rating de popularidad, ni siquiera los más sonados reguetoneros del país podrían ahora mismo hacerle competencia.

Dice Disamis:
—Si alguien me pusiera en una boleta su candidatura para determinados cargos políticos, yo lo votaría con la mayor tranquilidad. Pero de ahí a que sea el sustituto de Raúl en 2 018, va un largo trecho. Hay un sistema político que, con todos los errores que tiene, es el que hay y no creo que se vaya a violentar en menos de tres años. Habría que preguntarle también cuáles son sus intereses personales.

Dice Cancio:
—Gerardo Hernández era el jefe de la red y tal vez el de mayor rango y preparación. El de mayor confiabilidad política, acaso. Pero no tengo nada que pueda decir de él, más allá de las referencias conocidas. La acusación lo involucró en las operaciones que terminaron con cuatro pilotos cubanos y cubanoamericanos pulverizados en el Estrecho de la Florida. Un tribunal lo halló culpable por sus actos. El presidente Obama terminó canjeándolo, permitiendo que expiraran sus dos condenas perpetuas.

Aquí, sin embargo, habría que recordar que el tribunal en cuestión, como todo el embrollo legal de “Los Cinco”, fue un tribunal extremadamente politizado, con un juicio que no debió celebrarse en Miami, debido al octanaje anticastrista que respira la ciudad.

Entre el cargo por conspiración para asesinato del cual acusaban a Gerardo, y la inocencia absoluta abanderada por sus adláteres, quizás haya espacio para un sujeto, y una verdad, menos dada a los extremos. Esto es: la villanía o la pura heroicidad. Yo tampoco lo sé. Por lo que puedo comprobar, ninguno de los agentes ha sido tan constantemente injuriado o pontificado como él. Para colmo, el pasado 6 de enero —regalo de los Reyes Magos del socialismo— nació su hija Gema. Pero el detalle es el siguiente: cuando Gerardo regresó a Cuba, ya su esposa, Adriana Pérez, tenía ocho meses de embarazo. La inseminación —luego supimos— fue un acuerdo de alta política donde se vieron implicados prestigiosos senadores estadounidenses y los más encumbrados jerarcas del Estado Mayor cubano.

Es probable, me digo, que Gema haya sido tan hija de Gerardo y Adriana como del hartazgo entre dos enemigos antagónicos. Una gestación que demoró tanto nueve meses como cincuenta y tres años. Ignoro si Gema fue parto. Pero cesárea histórica sí fue, sin dudas. Con una cobertura del alumbramiento a caballo entre el thriller político, la novela rosa y el realismo socialista. Escrita a seis manos por le Carré, Corín Tellado y Boris Polevoi.

Gema: que nos demostró, con el dolor de nuestra alma, que cuando le Carré, Tellado y Polevoi se mezclan, el resultado es un Orwell descafeinado, un Orwell tropical. Noticia —y en la prensa más mala del mundo— antes de ser persona. Y que, por todo lo que le ha caído encima, parece una bebé que fuera ya muy vieja.
La niña que nació cuando Castro moría.

CUATRO
Es 21 de enero y comienza en La Habana la primera ronda de conversaciones diplomáticas. Uno de los reporteros acreditados, de un periódico estatal, me dice:
—Tenemos miedo de que el diálogo se rompa, de que nos despertemos de momento y todo se deshaga.

Cuba como una Bella Durmiente de medio siglo a la que el beso le gusta. Cuba, tan casta y regia, señorona comunista, que con el beso podría volverse una adolescente zalamera.

Los neoestalinistas son los padres de la nación: que no quieren que la hija se abra de piernas. Los proyanquis son los proxenetas: que quieren ofertar a la hija en la primera esquina. La gente común y corriente —gente confundida— es la madre sumisa: que teme, que no le gusta prohibir, y que no sabe si es mejor que la hija se quede en casa, que le hagan la corte, que la hija se asome al portal o que empaque las maletas y se largue de una vez. El gobierno, quizá, va siendo el abuelo de la nación: que cree que todavía le hacen caso, y que el resto, por educación, hace como que lo escucha y lo deja hablar.

Claro que hay otros términos —los de siempre— para plantear el asunto: soberanía, independencia, capitalismo, igualdad, revolución, patria. Pero la política también es esto: un asunto de faldas.

Desde el primer día, las partes aclaran lo que miles de cubanos, por una razón u otra, quieren saber. La Ley de Ajuste se mantiene: histórico decreto que data de 1966 y que, en resumen, confiere amparo legal y residencia casi inmediata a todo aquel emigrante cubano que, sea como sea, alcance suelo gringo. Privilegio, y estímulo, con el que no cuenta ningún otro emigrado, de ningún otro país.

El miedo a que la Ley no se mantuviera se tradujo rápidamente en cifras. La Séptima División de la Guardia Costera de los Estados Unidos, que custodia los límites marítimos al sur del país, detectó 481 migrantes cubanos en el Estrecho de la Florida durante las dos últimas semanas del 2 014, por sólo 222 durante todo diciembre de 2013.

Pero los ahogados en el mar son el testimonio de una tragedia pasada. Durante el año fiscal 2015 (apenas un par de meses), 6 532 cubanos han cruzado la frontera mexicana. Y en la última década, de acuerdo con datos contrastados con el DHS (Department of Homeland Security), arribaron a Estados Unidos unos 118 mil cubanos por puestos fronterizos (92 mil por México; el resto, obvio, por Canadá), y unos quince mil por vía marítima, mientras que los interceptados por esta misma vía sumaron 17 mil.

Si en un país de 11 millones de personas, emigran unos 150 mil, no hay que esforzarse demasiado para encontrar un testimonio. Cualquiera lo tiene a mano. Yo, por ejemplo. Mi mejor amigo está en Miami. Y otra amiga, con quien planeé revolucionar el periodismo en Cuba, poco más o menos, también. Uno entró por Canadá. La otra por México. Sus travesías fueron largas y no soy yo quien merece contarlas, sino ellos, pero me gustaría resumir lo que les sucedió justo en el cruce de la frontera.

Es 23 de marzo de 2 014, domingo, y Carlos Díaz ha viajado desde Halifax hasta Toronto. En el Toronto Pearson International Airport, unas amistades lo esperan. Hay mucha nieve y Carlos calcula unos -10º C. Desayuna en Tim Hortons. Luego sube al auto de sus amigos, donde escuchan Lana del Rey. Carlos se marea. Lo marea —el estómago, la razón, la carretera—. Ha dejado su país atrás, y cierto postgrado de periodismo. El auto toma una carretera solitaria y rato después se detiene frente a un hotel. Allí, Carlos se despide de los amigos. Uno de ellos le recuerda que no puede decir quién lo acercó a la frontera. Carlos asiente. Apenas repara en las cataratas del Niágara, sin embargo recuerda que Heredia, el poeta cubano, les compuso una oda. Luego toma un taxi hasta el puesto fronterizo, donde hacen guardia dos policías.

Después de un par de preguntas de rigor, lo entran a un local. Carlos llena unas planillas y luego pasa la prueba definitiva. Le enseñan una primera imagen. ¿Quién es?, preguntan los oficiales. Es Pitbull, dice Carlos, y es cubano. Sí, por eso te pregunté, dice uno de ellos y, según Carlos, ambos ríen tímidamente. Luego otra imagen. Jean Claude Van Damme, responde. Los oficiales se asombran. Luego otra imagen. Obama, responde. Los oficiales abren la boca, no dan crédito. “OMG!!!”, dice uno. “Man, who really are you?!!!”

Luego se deshacen en elogios y le dicen que sólo falta una imagen, que si logra responderla, le tomarán las huellas y las fotos e inmediatamente lo dejarán pasar. Le preguntan si está listo. Carlos dice que sí. Muestran la imagen. Carlos hace como que se lo piensa. Los oficiales se relamen. Hay unos segundos de tensión. Esperen, les dice, si no logro responder, ¿no podré irme a Miami? Puede ser, responde los oficiales. De acuerdo, dice Carlos. Es Lebron James, ¿algo más?

"Tal parece que La Habana tuviera una cara, y parece que esa cara se moviera, como una máscara sin cordel"

“Tal parece que La Habana tuviera una cara, y parece que esa cara se moviera, como una máscara sin cordel”

Es Semana Santa, 15 de abril de 2 014, madrugada, y Lauren Cleto duerme, o intenta dormir, en una terminal fronteriza de Nuevo Laredo, Tamaulipas. También hace frío. Lauren fue bailarina en su infancia y adolescencia, y hoy se ha topado con Miguel Eduardo Anaya, uno de los tantos bailarines del Ballet Nacional de Cuba que decide, después de una gira, no regresar. Anaya le regala a Lauren uno de sus abrigos. Lauren tiembla. Una muchacha, cómo decirlo, frágil. Una ex bailarina, casi anoréxica. Lauren cruzará, en algún momento, el puente de aluminio que diariamente cientos de desesperados intentan evadir. Lauren recordará los guardias, los detectores, los infrarrojos, las bocas jadeantes de los pastores alemanes, los alambres de púa, las cámaras de video, el sur del Río Bravo. Recordará que, cuando la interroguen, tendrá una mano esposada, una de esas manos que se mueven con elegancia y levedad dentro de la pieza de ballet.

Ahora, echada en el suelo, escucha un par de historias que la espantan. De compatriotas suyos. Los guantanameros que, en diciembre de 2013, se lanzaron al mar con un motor de tractor en la lancha, y llegaron a Honduras, para de ahí subir al norte. O aquellos que vinieron desde Ecuador, atravesando casi ocho fronteras, teniéndoselas que ver con —rastreros de todo tipo y con el espíritu santo—.

Por Canadá, la crónica del cubano es la crónica del gringo estúpido que cree que el emigrante es analfabeto. Por México, en cambio, es la crónica de horror latinoamericana.

CINCO
El 28 de enero —natalicio de Martí—, Fidel Castro le envía un mensaje a la Federación Estudiantil Universitaria (FEU): “No confío en la política de Estados Unidos”, dice, “ni he intercambiado una palabra con ellos, sin que esto signifique, ni mucho menos, un rechazo a una solución pacífica de los conflictos o peligros de guerra.”

Todos saben que el mensaje es suyo. Primero porque hasta ahora los únicos que han mentido, respecto a la salud física de Fidel Castro, son los medios de prensa que lo quieren muerto. Cada vez que la prensa oficial ha dicho que está vivo, ciertamente lo está. Y segundo porque el mensaje —mucho más largo— lleva el sello inconfundible de cada una de sus últimas reflexiones. Que son, todas, la misma reflexión: el cambio climático, la extinción de la vida en la Tierra, el despilfarro de los recursos naturales, el peligro de un holocausto mundial, la maldad del capitalismo, la desigualdad entre pobres y ricos.

Y, entre tema y tema, a salto de mata, lo que se le ocurra: Mao Zedong, el Big Bang, Carl Sagan, el Club Bilderberg, evocaciones de la Sierra Maestra, Guayasamín, Kennedy, Reagan, Savimbi, Martí, Erich Honecker, la antigua Grecia, así, sin parar; atando lo que parece —y en realidad es— imposible de atar. Lejos —muy lejos— quedaron los días del predicador indetenible, de la oratoria encabritada, enardecida.

Es La Habana, enero del año 15. Y estamos, con nuestros escuálidos cuerpos de maratonistas, en la arrancada del hectómetro, intentado hacer menos de diez flat.

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