Archivo Gatopardo

Padres nihilistas, hijos realistas

Las protestas estudiantiles que tienen movilizado a Chile se deben, quizás, a que ha cambiado de una forma radical la relación entre padres e hijos. Una relación que es justo la contraria a la que suele esperarse entre una generación madura y otra por madurar.

Por Rafael Gumucio / Fotografía Gonzalo Donoso

Una sonrisa durante un segundo de televisión: entre pregunta y pregunta de los panelistas de Tolerancia Cero —el programa de debate político más importante de la televisión chilena, que el día 11 de septiembre pasado invitó a los dos líderes estudiantiles más importantes del país— Giorgio Jackson, presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica de Chile (FEUC), le sonrió a Camila Vallejo, presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH).

—Con risitas no se resuelven las cosas, eso es arrogancia —se indignó el panelista Fernando Villegas, sociólogo y columnista, empeñado esa noche en echarle en cara a los dos dirigentes estudiantiles su juventud—, porque ustedes se las saben todas, porque nosotros los viejos no servimos para nada.

¿Por qué Camila Vallejo y Giorgio Jackson han logrado movilizar en Santiago de Chile a ciento cincuenta mil personas, no sólo estudiantes, que salieron a las calles en varias marchas sucesivas para pedir que la educación en el país, tanto privada como pública, deje de tener fines de lucro y que el dinero se reinvierta en la institución, y no en los socios? ¿Cómo lograron, cuatro meses después de las primeras marchas que comenzaron a mediados de mayo, tener inmovilizado el país, destruir la popularidad del presidente Piñera (que sólo llega a 30% según la última encuesta Adimark), forzar un cambio de gabinete que arrastró consigo al ministro de Educación Joaquín Lavín? En Chile, la educación es, proporcionalmente, la más cara del mundo. El costo promedio de una carrera en una universidad pública es de 3 400 dólares al año, equivalentes a 1 746 784 pesos, en un país donde el ingreso mensual promedio de la clase media es de 752 000 pesos. En paralelo, el gasto público en educación superior es de apenas 0.5% del PIB, el más bajo a nivel mundial.

Aquel día, en Tolerancia Cero, Giorgio y Camila, productos ambos de los privilegios y la segregación del sistema (de la educación privada, Giorgio, de la universidad pública, Camila), sonreían como dos niños desobedientes ante la ironía de los viejos cascarrabias.

Giorgio Jackson, presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica de Chile.

Giorgio Jackson, presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica de Chile.

—¿Te das cuenta de que esa sonrisa cambió todo? —le digo a Giorgio Jackson, quien está sentado en la galería del Drugstore, un centro comercial favorito de los intelectuales locales. Tampoco yo puedo evitar el tono aleccionador de los adultos ante Giorgio, tan visiblemente joven, barba rala y roja, cara blanca, ojos pequeños, un complicado pañuelo con flecos sobre una camisa de leñador a cuadros, protegido por un abrigo Montgomery verde oliva con la capucha levantada, que lo hace ver como un novicio medieval—. Hasta ese momento iban mal, el movimiento ya estaba empezando a cansar a la gente, pero de pronto ustedes se sonrieron y nos acordamos de cuánto nos había gustado el movimiento.

Los estudiantes formaron un colectivo artístico que corrió 1 800 kilómetros alrededor de La Moneda; organizaron 1 800 segundos de besos en la Plaza de Armas; donaron 1 800 litros de sangre a los hospitales, todo para recordar los 1 800 millones de dólares que costaría, según ellos, convertir la educación en algo decente. La frescura del método, mezclada con el rigor de la cifra, resumida en esa sonrisa limpia, clara, tan abiertamente adolescente, tan libre de resentimiento, de impaciencia. Eso y la complicidad de una pareja soñada. Camila y Giorgio, la juventud, la ingenuidad, la elegancia:

—Nunca hemos tratado de hacer ese juego —me aclara Giorgio— en ningún caso. De hecho, yo en todas partes he dicho que tengo polola.
—¿Cuántas veces has tenido que aclarar eso?
—Mil veces.

Y no sólo a la prensa, dice, sino a los amigos, a la propia novia con la que ha tenido importantes peleas por el tema.
—Somos amigos con la Camila —me explica mientras me muestra en su celular una foto del peinado que le hicieron a ella antes de salir al aire en Tolerancia Cero—. Estamos todo el día juntos. Pero ella tiene su novio y yo tengo la mía.

Quizá lo que vimos los espectadores en esa sonrisa en directo es la amistad que se profesan incluso los miembros más encontrados del movimiento estudiantil. En el peor momento de los desacuerdos, ningún dirigente ha salido a echar pestes de los demás.

—La Camila es linda —insisto al detectar la primera señal de algo parecido a una incomodidad en el habitualmente relajado Jackson—. La mitad de Chile tiene sueños húmedos con ella. ¿Cuánto pesa en el éxito del movimiento estudiantil ese factor?

—Al principio, a mí no me gustaba mucho que la prensa se quedara en eso, porque sentí que la podían utilizar para superficializar la discusión. Hacerla a ella icono de algo que estaba vacío. Pero creo que ha sido capaz de distanciar las cuestiones muy bien. Ha jugado, o ha usado todas las armas que tiene, en pos del movimiento. La debe conocer más gente en Chile que a la mitad de los ministros. Creo que lo que hemos logrado los de la Universidad Católica y la Universidad de Chile es darle amplitud al movimiento. Que esto no sea la típica movilización de cinco mil, ocho mil personas que uno dice: “Ah, pura ultraizquierda”. Hemos abierto el espectro para que hoy día sea 70% de los ciudadanos chilenos los que están a favor de las demandas. O sea, perdónenme, pero 70 u 80 por ciento de los ciudadanos no son comunistas.

La sonrisa en la televisión no fue sólo el encuentro de dos jóvenes en medio de los prejuicios de siempre, sino una alianza con profundo significado histórico. Ella morena de ojos claros; él, pelirrojo de ojos negros. Ella, estudiante de la Chile —como se llama familiarmente a la Universidad de Chile—, él, de la Catoponti —como se llama familiarmente la Universidad Católica—. La Universidad de Chile fue fundada por el venezolano Andrés Bello en 1842. Desde entonces es el bastión del liberalismo anticlerical. La Católica se fundó en 1888 y es bastión del conservadurismo religioso y social. Es esa historia en la que subyace el conflicto estudiantil, la que lo convierte en una perfecta metáfora de la historia entera de Chile, la de una guerra civil larvaria entre conservadores y liberales, la que se sonríe también en estos dos dirigentes. Es la sonrisa entre la izquierda laica y la cristiana: Camila Vallejo, hija de comunista, comunista ella misma, que le sonríe a Giorgio, que entró en la política por la sacristía, con su madre trabajando en el Hogar de Cristo, una ONG católica de ayuda a los más pobres, y formándose en Un Techo para Chile, del padre Berríos.

Giorgio, esa cara de niño bueno y sano, explica casi todos sus actos desde un punto de vista moral. Pertenece a una universidad privilegiada, vive en una de las mejores comunas del país más desigual de la OCDE. No se define a sí mismo como católico —”de valores cristianos”, prefiere decir— pero es imposible no ver en su forma de actuar la marca indeleble de los jesuitas. De un jesuita en particular: Felipe Berríos del Solar, fundador de la ONG Un Techo para Chile, que recluta a los jóvenes más inquietos y preparados de los colegios más caros para llevarlos a construir casas prefabricadas de emergencia en los campamentos más pobres y marginales del país. Un trabajo físico y práctico —conseguir dinero, levantar las casas— en que lo importante era lo otro, lo intangible, las conversaciones informales de Berríos de las que nació toda una generación de dirigentes políticos, desde Sebastián Bowen, jefe de campaña de Eduardo Frei, hasta José Manuel Edwards, diputado de Renovación Nacional, el partido del presidente, todos unidos por una cierta insatisfacción esencial con Chile y su modelo de desarrollo.

—¿Qué edad tenías cuando te metiste a Un Techo para Chile?
—Diecisiete, dieciocho. Estuve hasta los veintiuno, hace tres años.

—¿Cuánto influyó el cura Berríos en ti?
—Mucho. Me enseñó que somos uno de los países más clasistas del mundo. Eso decía siempre. Incluso más que la desigualdad, lo que nos tenía donde estábamos era el clasismo. Podemos arreglar la desigualdad, pero si no arreglamos el clasismo estamos jodidos.

La historia se repite, le digo. Otro jesuita, hoy santo, Alberto Hurtado Cruchaga, reclutó, a finales de los años cincuenta, a otros niños de clase alta para hacerles ver la pobreza con la que convivían en calma. De ahí nació la reforma universitaria, en la misma Universidad Católica, pero en 1967, desde la propia FEUC, que lidera Giorgio, una reforma que pedía acercar la universidad al pueblo y permitir a los alumnos tomar decisiones sobre su casa de estudios. Una vez recuperada la FEUC por el gremialismo (un movimiento de extrema derecha liderado por Jaime Guzmán, uno de los ponentes principales de la constitución de Pinochet), nacen de la Católica y de su federación de estudiantes, los padres del sistema educativo chileno actuales, obsesionados con resguardar “la libertad de enseñanza”, y otorgando el derecho a cualquiera a fundar un colegio o una universidad y a ser subvencionado por el Estado que, en su visión, debía tener la menor injerencia posible en la formación de los ciudadanos.

Giorgio tiene una inocencia y un desparpajo que admiro y temo porque sé cómo termina todo. La esperanza que tiene esa manera dulce y normal de no transar, de ir hasta el fin. Esa manera que reconozco en Giorgio pero también en Benito Baranda, jefe de la madre de Giorgio y director social por muchos años del Hogar de Cristo, que se dirige con su voz sonriente y pastoral a un grupo de estudiantes movilizados de Economía e Ingeniería Comercial de la Universidad Católica.

—Ustedes son la generación que tiene más habitantes en Chile. Nunca habíamos tenido en toda la historia de Chile tantos jóvenes juntos. ¿Si ustedes no hacen los cambios, quién los va a hacer?

Giorgio, dice, es un chico normal. Le gustaba dormir mucho pero ya no puede, le gustaban los computadores pero ahora apenas tiene tiempo para sentarse ante uno. Es, a primera vista, y a segunda también, sano, franco, sonriente y simpático. Quizás ésa fue la razón por la que los dirigentes de la Nueva Acción Universitaria (NAU), la centro-izquierda de la Católica, lo postularon a presidente de la FEUC. Tiene un nombre lo suficientemente raro como para que nadie lo identifique ni con la oligarquía que todo lo controla, ni con la clase media de los González que tampoco puede seducir a las “niñas bien” de la Católica. Absolutamente normal y lo suficientemente raro como para tener un tío que se llama Michael Jackson.

—Siempre me preguntan: “¿Hijo de Michael Jackson?”, y digo: “No, sobrino”.
—¿Qué hace Michael Jackson?
—Es agrónomo de profesión. Vive en La Serena. Ahora creo que está viviendo en Viña.

—¿Y tu papá cuál de los Jackson Five es, Jermaine, Marlon, Tito?
—Kenneth, como yo. Mi primer nombre. Me llamo Kenneth Giorgio Jackson. Algunos compañeros de la universidad me dicen Kenny.

—¿Por joderte?
—No, por decirme de otra manera. Pero yo siempre he sido Giorgio para mi mamá. Giorgio como mi abuelo, Giorgio Drago. Lo rojo de la cara es lo único irlandés, en el resto soy completamente italiano.

Aunque, para complicar aún más el mosaico cultural, estudió en el Saint Tomas Morus, colegio privado alemán de Providencia.

—¿Pero por qué un tipo como tú se hace líder de un movimiento como éste?
—Porque me eligieron. En Ingeniería soy un estudiante promedio. En Ingeniería, en la Católica, te dicen “son los mejores de los mejores”. Entonces entras y te ensalzan el ego hasta que llegas a una estratosfera y no te deja trabajar en equipo. Después tú miras en menos al resto, pero cuando empecé a trabajar en la FEUC, aterricé y sentí que no podía seguir con esa actitud de “pasado a caca”, como si nadie te pudiera tocar ni hablar. Eso es lo que más me importa ahora, ser lo más humilde posible. Me molesta la gente soberbia y que pasa por encima del resto. Si le preguntas a los periodistas, yo siempre estoy atrasito nomás, y cuando me preguntan yo hablo. Pero no me gusta figurar.

—¿Pero por qué te presentaste, qué te llevó a querer estar ahí? Nadie llega ahí si no quiere.
—No, no, claro. Hay una opción. Pero la opción fue ser presidente de la FEUC, no fue estar en Tolerancia Cero. Esas decisiones no las vas tomando, se van dando.

Iba a terminar de presidente de algo, dice con sorna un compañero de clase que prefiere no ser identificado. Habría sido su exigencia al entrar a una lista del centro de alumnos, ser presidente o nada. No le daba el tiempo, tenía que decidir esa vez entre la política y el voleibol, la pasión que le permitió entrar a la Católica gracias al cupo deportivo. En la Selección Nacional Escolar llegó a ser el 13, suplente de los suplentes. Le interesaba, en la universidad, sobrepasar esa frontera y ser parte de la selección. Entrenó duramente, y dejó de lado todas sus actividades extracurriculares: Un Techo para Chile, la política, la computación, para ser imprescindible en el equipo. No lo logró y volvió a ser el 13. ¿La historia hubiese sido distinta si hubiera sido el 12 y no el 13? ¿La humildad de la que Giorgio tanto habla no es hija de esa competencia nunca acabada consigo mismo?

En 2006, Giorgio tenía diecinueve años. Llevaba dos estudiando Ingeniería en la Universidad Católica. Su facilidad para las matemáticas, que lo había llevado a competir en olimpiadas de esa materia en el colegio, ya no era motivo de alarde entre compañeros entrenados para vencer en competencias mayores. Ese año se jugaba en las calles el destino de la generación de Giorgio y Camila. Unos escolares, tres o cuatro años menores que ellos, tomaron sus colegios y la prensa lo llamó el “Pingüinazo”, en alusión al uniforme —azul oscuro la chaqueta, blancas las camisas, jumper las alumnas, pantalones grises los hombres— que los alumnos usaban. Los reclamos, como en el movimiento estudiantil de 2011, partieron de problemas con el carné escolar que permite a los estudiantes viajar gratis en el transporte público, pero trepó hasta cuestionar el fin del sistema de subvenciones y exigir la estatización entera del sistema mediante la derogación de la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE), creada durante la dictadura de Augusto Pinochet. Gobernaba la presidenta Bachelet, que tuvo que cambiar al ministro de educación, Martín Zilic, y sentarse a negociar con los alumnos que conquistaron esa vez también el apoyo unánime de la población. Sin embargo, la cosa terminó de diluirse luego de que el tema pasara a una comisión formada por los líderes estudiantiles y ochenta expertos, asesorados por empresarios. Finalmente, la LOCE fue reemplazada por una nueva ley que poco tenía que ver con las reivindicaciones de los estudiantes, y que seguía fundamentándose en la mercantilización de la educación —el Estado entrega a cualquier privado que lo solicite, una subvención por alumno— que en sus aspectos radicales jamás fue implementada.

Los dirigentes de ese movimiento escolar estudian hoy en la universidad. Si bien ninguna de las caras visibles del Pingüinazo lidera el movimiento estudiantil de 2011, el fantasma de todo lo que salió mal entonces es lo que los mantiene en vigilia ahora. Las palabras parlamento y comisión negociadora son, para los jóvenes de 2011, una suerte de insulto. Una mesa de diálogo tras otra, en el Ministerio de Educación, han naufragado en el recuerdo de esa revolución inconclusa, en la que el Estado una y otra vez propone créditos y becas para 40% de los más pobres, en que una y otra vez los estudiantes exigen gratuidad completa en la educación primaria, secundaria y universitaria públicas.

En 1862, Iván Turgénev publicó Padre e hijos, la historia de un hijo que va a visitar a su padre en una casa de campo rusa, acompañado de un amigo obsesionado con poner todo en cuestión. La novela hizo famosa la palabra “nihilista”, que era como se definía Bazárov, el héroe. Un hombre desperdiciado que no se atreve al gran amor que lo roza y se deja morir absurdamente de una enfermedad que podía curarse.

Padres e hijos podría llamarse, también, una novela sobre los estudiantes chilenos. Los problemas de la educación y la desigualdad son sempiternos en Chile. Si se manifiestan ahora, es quizá porque la relación entre padres e hijos ha cambiado de una forma aun más radical que la economía o la política. Una relación que es justo la contraria a la novela de Turgénev, la que suele esperarse entre una generación madura y otra por madurar, porque aquí son los padres los nihilistas, los suicidas, los acallados, los frustrados, y los hijos los reformistas, los realistas, los estrategas.

Cuando comimos por primera vez con Giorgio entre una playa de dirigentes estudiantiles, en el bar The Clinic, la franquicia etílica de la revista satírica del mismo nombre, pensé: “A estos jóvenes sus padres los admiran”. No han conocido el hambre que vivió mi generación, crecida en medio de la peor crisis económica por la que pasó el Chile moderno, en 1982. Quizá porque son los últimos hijos de la represión, sus padres no los reprimen. En las reuniones que organizan, se pasan la palabra de modo ordenado: nadie puede interrumpir a nadie, todos tienen que pedir su turno, nadie puede hablar dos veces seguidas. El papá de Camila Vallejo, Reinaldo, es comunista, actor de telenovelas, y cuando la revolución se desactivó, se casó con Mariela y tuvo hijos y casa, y una pequeña empresa de instalación de calderas y calefacciones.

—Yo vivo con mi madre —me cuenta Giorgio mientras termina su helado en el Drugstore—. Mi mamá me crió. Se casó con Pablo. Yo también le digo papá. Y ahí están mis tres hermanas chicas de once, doce y catorce años, que son de apellido Retamales. Pablo es más bien de centro-derecha, pero no hay problema, somos superabiertos.

—¿Y el señor Jackson?
—Es más complicado. Él tuvo un aneurisma, un derrame cerebral antes de que yo naciera. Cuando mi vieja estaba embarazada de siete meses, él tuvo un accidente, quedó con ese aneurisma y se jubiló anticipadamente. Está postrado sin poder hablar. Igual nos comunicamos, no de manera verbal, pero es complicada la relación. Y más para mi vieja, porque nunca tuvo un luto, pero se tuvo que separar.

—¿Sabe tu papá que eres uno de los dirigentes estudiantiles más importantes del país?
—Él entiende muy bien. O sea, está postrado pero le funciona bien el raciocinio. Le dan miedo las marchas. Le da miedo que me pase algo. Está como preocupado, aunque cuando ve que mienten se indigna. Está conmigo, mi abuela también, aunque a ellos no les interese mucho la política.

El hijo marcha por las calles; el padre en silla de ruedas ve por televisión el avance de la columna que dirige el hijo.

22 de septiembre, 10:30 de la mañana. Las escaleras, los policías armados frente a la Estación Central. El cielo ya se despejó y se juntan las banderolas, las banderas, los vendedores de limón —antídoto para los gases lacrimógenos que cubrirán luego el campo de batalla—, el maní confitado, las chapas de Allende y del Che. Saben, sabemos todos, que esta marcha, la número treinta y tres del año, no es cualquier marcha. El gobierno, después de cuatro meses de protestas, está jugando al desgaste del movimiento. Miles de alumnos van a perder el semestre, algunos incluso el año, porque las universidades públicas —que en Chile lo son sólo simbólicamente, ya que están financiadas en 70% por los padres de los alumnos— han dejado de recibir las mensualidades.

—Va a ser grande esta huevada —olfatea Giorgio Jackson mirando pasar como si nada un ejército de imitadores de Michael ídem.

Uno de los símbolos de esta protesta ha sido Michael Jackson saliendo de la tumba en el videoclip de “Thriller”. Una forma de simbolizar el estado de esta generación a medio morir, que salta entre créditos y deudas con la banca privada con la que intentan financiar su carrera. Más allá, en la misma marcha, hay un esqueleto montado en un caballo de cartón también en los huesos, cientos de niñas con máscaras de calavera, zombis verdes en trajes satinados que anuncian la llegada de uno de los números más esperados de las protestas, el cada vez más lujoso cortejo fúnebre que acompaña al ataúd de la educación pública. El mismo ataúd, o uno parecido al que quemamos con mis compañeros de colegio hace veintisiete años, cuando se dejó establecido el sistema educativo contra los que los jóvenes protestan hoy. Esas protestas casi suicidas, con estudiantes torturados y muertos que inspiraron el documental Actores secundarios, de Jorge Leiva, que a su vez inspiró a la generación del Pingüinazo de 2006. Las protestas en que se hicieron adolescentes los padres de los que protestan hoy. Una tradición, un patrimonio, la calle, las sillas en la reja del colegio, los encapuchados lanzando bombas molotov a la policía. Cien alumnos tembleteábamos esa mañana en que nos acercamos al colegio de las monjas francesas con nuestro cortejo improvisado. Y de pronto, la pistola que sacó uno de los choferes de las niñitas, y el Pirri, un compañero de curso, que se le enfrentó. El disparo al aire aún resuena entre mi pecho y mis tripas, y nos hizo correr como nunca. Pero hoy, en esta marcha, no me parece sentir el miedo en esa avenida que se llena de escolares, de risas y empujones para sacarse fotos con “el Giorgio”.

—¿Qué es para ti la dictadura? —le pregunto después.
—Nada. Nací en el 87 —el mismo año en que salí del colegio, pienso.

—¿Para ti no existió Pinochet, entonces, la represión, la depresión, la tortura?
—No, para mí no existió, aunque en mi casa fue tema. A mi abuelo lo persiguieron. Imagínate, fue gerente de la IANSA (Industria Azucarera Nacional, S.A.) cuatro años. Después fue gerente de la Disputada de Las Condes, una minera estatal durante la Unidad Popular, el gobierno de Allende, un cargo importante. Mi tema no fue la dictadura, fue la Concertación, que vino después de la dictadura. Mi vieja es concertacionista, por eso yo, que era bien insistente, siempre la criticaba. Desde todos los flancos, desde la izquierda o desde la derecha. Para armarme y también para cuestionar, porque me gustaba mucho ser abogado del diablo. Esa técnica me sirve para aclararme yo mismo. Entonces mi mamá pensaba: “Este huevón salió facho” o “salió zurdo”.

—¿Tú tuviste tu momento facho?
—No sé si facho. Era más bien desinteresado. Cuando viene la votación de Lagos, antes de inscribirme en los registros electorales, cachando poco pero sabiendo que estaban las mismas demandas de siempre, le decía a mi vieja: “Por qué vas a votar por estos gallos que llevan tanto tiempo en nada”.

En la primera fila de la marcha número treinta y tres no hay colores, ni gritos ni canciones. Una campana de colegio señala cuándo parar y cuándo avanzar.

Las juventudes comunistas, encargadas de la seguridad de todos los dirigentes, acordonan. La jefa de prensa de la FECH y de la FEUC responde llamados desde Francia, Australia o Inglaterra desde un teléfono celular tan gastado y viejo que está a punto de desintegrarse. Una masa compacta empuja a un grupo de veinte dirigentes que aplastan una marea de fotógrafos, camarógrafos y periodistas de todas las nacionalidades.

—Apretemos, apretemos —me dice Francisca, la jefa de seguridad del grupo de Giorgio, convirtiéndome en parte de la cadena que impide que los alumnos del Liceo de Aplicación le toquen un pelo de Camila.

—Hazme un hijo —le gritan.
—Déjame chuparte las tetas.
—Acéptame en Facebook.

Otro tanto para Giorgio. “Giorgio, amigo, vámonos a la ducha”. Y más y más empujones, más presión de los periodistas que en todos los idiomas tratan de entrar al corral de seguridad que las Juventudes Comunistas ha instalado.

¿Cuántos llegaron?, ¿cuántos hay aquí?, ¿cincuenta?, ¿setenta?, ¿cien mil? ¿Qué dice la Intendencia, los carabineros, La Tercera, El Mercurio? Las autoridades se niegan ahora a dar cifras, dejándoles a los estudiantes la tarea de contarse a sí mismos. ¿Ciento cincuenta mil?

La marcha desvía de pronto su camino. La Intendencia inventa recorridos cada vez más fantasiosos con tal de evitar que los estudiantes pasen delante del palacio de La Moneda o el Ministerio de Educación. Al menos cien mil personas, según reportan los periodistas extranjeros, pasan por calles estrechas llenas de palacios Belle Époque. Se apura de pronto hacia una reja blanca donde espera otro contingente de seguridad. Después de una cruda selección, entramos dirigentes y periodistas a una corta explanada detrás del escenario en que Nano Stern —músico neohippie que encandila a esta generación que prefiere la guitarra acústica a la eléctrica, el folclore al punk—, canta una alabanza a la naturaleza. El olor de las bombas lacrimógenas que de a poco baña el ambiente empieza a desmentir ese clima de “hippismo” pacifista en que todos marchamos hasta hace segundos. A pocas cuadras, unos encapuchados empiezan con la policía un conocido rito de apareamiento zoológico: piedras respondidas con bombas de gas o llamaradas de agua respondidas con bombas molotov.

Veo a Giorgio debajo de las tarimas del escenario respondiendo con las manos a las preguntas que le hace un grupo de periodistas sordomudos. El calor y el polvo apenas han hecho mella en él. Con la misma paciencia con que soporta asambleas interminables y entrevistas en distintos estudios. Más atrás, una preciosa “notera” de Caiga quien caiga, un programa irónico de actualidad, espera su turno. Detrás esperan CNN, varios diarios regionales, varios alumnos de distintos colegios y universidades, un mar de preguntas casi iguales, de urgencias ajenas en que veo alejarse, como una botella con un mensaje adentro, la cara casi siempre feliz de Kenneth Giorgio.

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