Plácido Domingo

Con una larga y exitosísima carrera detrás de él, el mejor tenor del siglo XX sigue activo a sus 70 años.

Por Roberto Herrscher
El rey, el equilibrista, el sobreviviente.

El rey, el equilibrista, el sobreviviente.

Cuando faltan tres horas para que cumpla setenta años, Plácido Domingo comienza a caminar por una pared.

Sobre el escenario del Teatro Real de Madrid está representando su papel número 134, el héroe griego Orestes, en una puesta en escena despojada, lúgubre, conceptual de la ópera Ifigenia en Táuride, de Christoph Willibald Gluck. El compositor, contemporáneo de Mozart, es una doble novedad para Domingo. Hace apenas dos años incorporó esta obra en su repertorio, y el papel es para una voz de barítono, más grave que su habitual registro de tenor.

La historia de esta ópera se basa en una tragedia griega sobre la familia de Agamenón, el rey que comandó las tropas que destruyeron Troya en La Ilíada. Para que los barcos griegos pudieran marchar a Troya, Agamenón ordenó sacrificar a los dioses a su hija Ifigenia. Pero ella se salvó y acabó en la isla de Táuride, transformada en sacerdotisa con la cruel misión de matar a los extranjeros que cayeran en sus playas. Como buena tragedia, quien aparece es su hermano Orestes (el personaje que interpreta Domingo), pero no se reconocen entre sí. Ifigenia siente una fuerza poderosa que la empuja a no matar al extranjero, pero Orestes viene de cometer un crimen, y quiere morir.

Éste es el momento en que un Plácido Domingo increíblemente ágil es levantado por las Euménides, una docena de bailarinas de largas melenas rubias, descalzas y vestidas con túnicas. Lo elevan sobre sus cabezas y lo acercan, horizontal, a una de las paredes negras que rodean el escenario vacío. En esa extraña e incómoda posición, sostenido por las bailarinas, mientras sus pies avanzan por la pared, el cantante clama: “¡Tened piedad! ¡Dioses crueles!“.

Su voz es inconfundible y muy pocas tienen esa cualidad. Tal vez la de María Callas, la de Luciano Pavarotti, la del viejo Caruso. Pero, entre las miles de voces de los cantantes de hoy,  la única que se identifica de inmediato es la de Plácido Domingo. Se ha oscurecido, ha perdido algo de brillo en los agudos, no prolonga tan gloriosamente las notas como antaño, pero es la del mejor tenor del siglo XX, según una encuesta reciente entre expertos de la BBC. Y esa cara contraída en la máscara trágica de Orestes es la del mejor actor de la historia de la ópera, cuyo Otelo fue elogiado y envidiado por el mismísimo Laurence Olivier.

¿Pero por qué sigue cantando en el umbral de los setenta años? ¿Y por qué no se limita a los recitales en los que podría volver una y otra vez sobre sus viejos éxitos —si es posible, con micrófono—, como hizo en sus últimos años su rival Luciano Pavarotti?

Ya son casi las once de la noche de un frío 20 de enero en Madrid, y está a punto de concluir el cuarto acto de Ifigenia en Táuride. Susan Graham, una soprano dramática estadounidense nacida cuando Domingo ya era una estrella en el firmamento operístico, comparte con él la escena del reconocimiento: Orestes es su hermano, juntos deben salir de la lúgubre isla. Y como tantas veces le vi hacer a lo largo de las últimas tres décadas, Domingo empuña una espada para vencer a sus enemigos.

En su gloriosa época verdiana, en los años setenta y ochenta, era Radamés marchando a la batalla contra los etíopes en Aída, u Otelo volviendo a Venecia después de derrotar a los turcos. En su sorprendente triunfo como tenor wagneriano en los noventa era Siegmund, el hijo del dios Wotan, quien extraía la espada del árbol sagrado, y también Lohengrin, el caballero de la reluciente armadura que llegaba en un cisne para derrotar al malvado Telramund. Esta noche, la última de su sexta década, es el mítico Orestes, en la más trágica de las tragedias griegas. Desde lo alto se escucha la voz de la diosa Diana: Orestes ha expiado su culpa, el ciclo de destrucción de los átridas ha terminado. Puede volver a Micenas a reinar. “Una paz suave y profunda reina en el seno de las aguas”, entona el coro, jubiloso. Cae el telón. Cuando vuelve a abrirse, Plácido Domingo saluda feliz, agotado. Sobre el escenario caen rosas rojas y, como siempre, él se agacha a recoger el tributo como si se sorprendiera por el aplauso y los bravos. Acaba de participar de otra noche de ópera al más alto nivel. ¿Cuántas lleva ya? Según sus propios cálculos, más de tres mil quinientas.

Es difícil, incluso para él, determinar la primera vez que pisó un escenario, porque nació en una familia de artistas y nadie sabe cuándo empezó a cantar pequeños papeles en las zarzuelas de la compañía que dirigían sus padres. Su padre, Plácido Domingo, un barítono ligero de ascendencia catalana, venía de una estirpe de cantantes de zarzuela. Su madre, Pepita Embil, soprano dramática vasca que empezó en coros aficionados, pudo haber comenzado una carrera en la ópera cuando el Gran Teatro del Liceu de Barcelona le ofreció un contrato, pero lo rechazó para seguir cantando zarzuela con su marido. Plácido Domingo nació en Madrid el 21 de enero de 1941. Apenas ocho años después, en 1949, él y sus padres partieron a una gira por Latinoamérica y, en México, fundaron su propia compañía, donde el niño empezó a cantar.

“¿Cuándo supo que era cantante?, ¿cuándo tuvo la certeza de que esto era lo suyo?”, le  pregunté en la fecha de su setenta aniversario, un día después de la memorable función de Ifigenia, en Madrid. Estábamos en su camarino, un cuartito pintado de verde, en el Teatro Real. Faltaban pocos minutos para que empezara una función de gala en su homenaje, con la participación de cantantes de todo el mundo, pero él se sentó como si tuviera todo el tiempo del mundo, apoyó un codo sobre las decenas de cartas de feliz cumpleaños que tapaban la mesa, me miró a los ojos y me dijo:

“Era un niño, me encontraba con mi madre y me puse a cantar una canción popular mexicana que se llamaba ‘La negra noche’, y canté, y cuando en una frase que dice ‘Surgió la luz…’, que era un sol natural, vi que a mi madre se le salían las lágrimas a los ojos. Entonces le dije: ‘¿Qué te pasa, mamá?’. Y me respondió: ‘Tú no sabes lo que has hecho, Plácido. No sabes lo que has hecho. Es que tienes una voz…’.”

Volverse cantante fue natural para él. Desde siempre —tal vez desde ese día de “La negra noche”— supo que tendría una carrera en la música. En México estudió piano y dirección orquestal, pero cuando se volcó al canto, la oscuridad de su voz y su capacidad para las notas graves le hicieron pensar que sería barítono. De hecho, aún en el DF, llegó en 1960 a su primer concurso con un par de arias para barítono. Al escucharlas, el jurado le pidió que cantara como tenor. Cantó “Amor ti vieta”, la gran aria pasional de Fedora, de Umberto Giordano. Le salió un gallo destemplado, pero la potencia, la luz y el tono convencieron a los jueces. Comenzó a cantar en teatros de provincias, hasta que tuvo su estreno en un papel relevante el 19 de octubre de 1961, en Monterrey, como Alfredo en La traviata. Tenía apenas veinte años.

Dos años más tarde, ya casado con la soprano mexicana Marta Ornelas, recibió una oferta que cambió su vida: la pareja fue contratada por la Ópera de Tel Aviv. Se instalaron dos años y medio en Israel, cantando un extenso repertorio, y en 1965 un agente estadounidense se impresionó con su Don José en Carmen, y lo invitó a cantar en la New York City Opera. Ése fue su despegue. A partir de entonces, su voz y su presencia escénica le abrieron las puertas de la Scala de Milán, la Ópera de París, el Covent Garden de Londres, los grandes teatros alemanes, las grabaciones, el cine. Y hoy es el intérprete clásico más famoso y admirado del mundo.

Es 21 de enero de 2011, el día de su cumpleaños, y en el Teatro Real todo es agitación y bullicio.

Aquí, en Madrid, en la calle Ibiza número 30, nació Plácido setenta años atrás. Con el tiempo, la numeración de la calle cambió y ahora la casa, que la alcaldía nombró sitio histórico, lleva el número 34.

Plácido Domingo odia cancelar una función. En los cincuenta años que lleva sobre los escenarios no lo hizo más de cuatro o cinco veces, y las únicas ocasiones en que estuvo más de diez días sin actuar fueron por el terremoto de México en 1985 y por una operación de cáncer de colon el año pasado. Una salud de acero y un sentido patológico de la responsabilidad lo llevaron a actuar varias veces enfermo, o a viajar toda una noche y subirse al escenario al día siguiente o a ensayar hasta que colegas más jóvenes cayeran desmayados. No cancela y, por el contrario, son muchas las noches en que reemplaza a otro cantante, empezando por su legendario debut en el Metropolitan de Nueva York.

Era el 28 de abril de 1968, tenía 27 años y había cantado la noche anterior, en la New York City Opera, la dificilísima ópera atonal Don Rodrigo del compositor argentino Alberto Ginastera, cuando sonó el teléfono: era el superintendente del Met. Los grandes teatros como éste suelen hacer de una misma ópera funciones de gala, con cantantes famosos, y otras “populares”, con intérpretes jóvenes o de menor caché. Domingo, entonces desconocido para el público, estrenaría en el Met, pero en el segundo reparto, el papel de Maurizio en el melodrama verista Adriana Lecouvrer. El primer Maurizio lo haría el ilustre Franco Corelli. Pero el divo italiano canceló el mismo día de la función de estreno, y Domingo debió cantar por primera vez en el Met ante un público exigente, que había pagado una fortuna por ver al famoso Corelli. La función fue un triunfo descomunal, y el inicio de un idilio con el teatro neoyorquino.

El periodista español Rubén Amón, autor de la biografía Plácido Domingo: un coloso en el teatro del mundo (Planeta, 2011), relata que “la función empezó con 20 minutos de retraso. Muchos menos de cuanto se prolongaron después los aplausos y los bravos. Domingo había sido bautizado en el Met”.

Como si le excitaran los retos, cuarenta años después volvió a cantar Adriana Lecouvrer en el Metropolitan. En 2008 desarrollaba con ímpetu su carrera de director de orquesta. El juvenil Maurizio ya había desaparecido de su repertorio de cantante, pero debía dirigir la orquesta con el tenor argentino Marcelo Álvarez en el papel protagónico. Unos meses antes del estreno el tenor de otra ópera se enfermó, llamaron a Álvarez para reemplazarlo y Adriana Lecouvrer se quedó sin cantante. Es un papel dificilísimo de aprender y de cantar. ¿Quién podría suplir a Álvarez en tan poco tiempo? A los sesenta y ocho años, Plácido decidió ofrecerse para subir al escenario y reemprender el papel de su debut. Más fácil les resultaría encontrar otro director de orquesta, dijo.

Su carrera está jalonada de estos saltos, estas acrobacias que sus fanáticos celebran y repiten como los forofos del futbol o los coleccionistas de anécdotas olímpicas: que una noche en Viena, al comprobar que había aceptado cantar dos óperas en los dos principales teatros de la ciudad la misma noche, cantó Il tabarro, la primera parte del Tríptico de Puccini, en la Volksoper, y saltó sobre un tranvía (sus devotos aseguran que a esa hora en Viena no había medio más rápido) para cambiarse allí y entrar a la majestuosa Staatsoper, en la otra punta de la ciudad, a cantar el Canio de  Pagliacci. O que en una larguísima tarde en Nueva York cantó el Parsifal de Wagner, que dura cinco horas y media, y una hora después estaba en el foso orquestal, dirigiendo Madama Butterfly. Los que siguen su carrera ya no se preguntan cómo es capaz de semejantes cosas. Lo que se preguntan ahora es por qué. Y para qué.

Ésa era la pregunta que rondaba a Josef Manola, periodista austriaco al que la cadena pública ORF de Viena había encargado cubrir los setenta años de Domingo, un ídolo en ese país. Josef había combinado con la gente de prensa del teatro que entrevistaría a Plácido Domingo después de la función de Ifigenia en Táuride, un día antes del cumpleaños, y aguardaba nervioso con su camarógrafo. El mundo de los divos de la ópera no es lo suyo y quería mostrar a los televidentes a un Plácido Domingo generoso con sus fans, firmando autógrafos y concediéndole unos minutos para las preguntas. Pero el maestro tenía otros planes para su última hora como sexagenario. Apenas terminada la función de Ifigenia se vistió de calle y salió en estampida rumbo al estadio de futbol del Atlético de Madrid. El club de sus amores, el Real Madrid, dirimía con el Atlético quién llegaría a la final de la Copa del Rey, y él no quería perdérselo, aunque llegaría justo antes del comienzo del segundo tiempo. Su esposa Marta, como debe haber hecho infinidad de veces, fulminó con la mirada y apartó con un gesto imperioso a quienes osaron interponerse en su camino.

“Creo que entiendo por qué sigue cantando”, me dice Josef Manola a la mañana siguiente. “Cuando caminaba por la pared y cuando se agachaba a recoger las flores sobre el escenario se veía como un cincuentón activo. Pero cuando lo vi en la puerta  del camerino, vestido de calle, encorvado, abrigado, parecía un abuelete. Creo que si no cantara sería un viejo de setenta años yendo al futbol con su esposa”.

Pero no es un abuelete. Cuando al día siguiente espectadores de todo el mundo lo vean por televisión, sentado en el palco real del teatro junto a la reina Sofía, muchos se preguntarán quién es esa señora que está sentada junto a Plácido Domingo.

La página web del tenor se abre con la frase en inglés: “If I rest, I rust“. O sea: “Si me detengo, me oxido”. Suena como el lema de un viejo roquero. Él no es un roquero pero se mueve como pez en la pecera de la cultura pospop y en el mundo del espectáculo de Estados Unidos: consiguió hacerse inmensamente popular sin abaratarse. En los años ochenta, cuando su mundo se “reducía” a la ópera, prestó su apostura de galán latino a tres películas, hechas por directores de cine. Franco Zeffirelli lo dirigió en La traviata, y después lo llevó a la pantalla con Otello, en la que Domingo está majestuoso, pero el resultado final se resiente por los cambios que los productores de Hollywood impusieron. La mejor película de Domingo en escenarios reales es una Carmen vibrante, pasional, de una sensualidad terrena y sudorosa, dirigida por Francesco Rosi. Ayudaron la ambientación en la Andalucía profunda, el Don José de Domingo en estado de gracia, el torero Escamillo del inmenso barítono Ruggero Raimondi y sobre todo la Carmen insoportablemente sensual de la mezzo Julia Migenes Johnson. En la televisión se dio a conocer a públicos insólitos: apareció en Los Muppets, coqueteando con la cerdita Miss Piggy. Y ya en el nuevo siglo se hizo personaje de Los Simpson. El episodio es así: Homero descubre que cuando está tumbado de espalda tiene una estupenda voz de tenor. Y milagrosamente le salen papeles enteros de ópera. Para entrenarlo y darle consejos artísticos aparece un dibujo fornido, locuaz y latino llamado P. Dingo (como si fuera el nombre del tenor en versión cantante de rap). El P. Dingo amarillo es afable, dicharachero e increíblemente paciente con el patoso patriarca de los Simpson. Una mezcla entre entrenador de box, hada madrina y divo generoso.

El día de la gala de su cumpleaños, mientras Josef Manola se afana en terminar el bendito perfil para ORF, el pequeño camerino verde de Plácido Domingo se va llenando de regalos. A las once entran dos ujieres con un elegante bouquet de flores amarillas y rojas y una caja de madera con vinos finos, pero Josef no los mira: escucha, junto a su camarógrafo, las declaraciones de Domingo, quien dice que cantará “ni un día menos de los que pueda ni un día más de los que deba” y del director artístico del Teatro Real, el belga Gerard Mortier, que dice que Domingo es “único e irrepetible”. Sobre la mesa donde trabaja, los ujieres colocan una canasta de frutas que incluye manzanas, naranjas, bananas, un melón y una enorme sandía. Un jovencísimo valet se pone a jugar con el melón, hasta que rebota contra el techo. Entra una azafata con una caja llena de cartas y postales. Todas están dirigidas a “Plácido Domingo, Teatro Real, Madrid”. No tienen ninguna dirección concreta, pero no hace falta más: las cartas llegaron a destino.

Muchos consideran a Domingo el mejor tenor de nuestro tiempo, o incluso de la historia. ¿Pero en qué es el mejor Plácido Domingo? Pavarotti lo era con Donizetti y algunos Verdis: tenía una voz más hermosa, una naturalidad incomparable y unos agudos insultantes; Alfredo Kraus era más aristocrático y elegante en el repertorio romántico francés; Fritz Wunderlich, más perfecto y vibrante en Mozart. Pero Domingo es el gran artista, el gran músico, el gran actor, el gran comunicador que canta como cantaríamos sus oyentes si supiéramos cómo. No es el primero si se toman cualidades y repertorios por separado, pero es el mejor de todos en el conjunto, por ser ambicioso sin perder la bonhomía, por ser insaciable sin perder capacidad para que nos identifiquemos con él. Y sobre todo porque lo vemos esforzarse al máximo. Porque, como un atleta, a todo llega, pero todo le cuesta.

Casi cada semana la agenda de Plácido Domingo es el equivalente a un mes para cualquier otro cantante de primer nivel, y a un año para los simples mortales. En enero, además de las funciones de Ifigenia, recibió el Premio Nacional de Música, un doctorado honoris causa, asistió a la presentación de un libro sobre su vida, voló a Nueva York para ensayar otra puesta en escena de la misma ópera y luego a París para cantar una nueva que estrenó el año pasado en Viena: Il postino, del joven compositor mexicano Daniel Catán, basada en la película El cartero de Neruda, que a su vez se basa en la novela Ardiente paciencia, del chileno Antonio Skármeta. Con éste, Domingo incorpora a su repertorio el papel número 135: el de Pablo Neruda.

Plácido Domingo siempre estuvo a tope. En los noventa se aceleró: mucho Wagner, grabaciones, nuevos papeles, estrenos, dirección de orquestas. Y en la primera década del nuevo siglo se metió en el único papel heroico para tenor de Mozart: el infausto rey Idomeneo. Pero había un inconveniente: Idomeneo es para tenores que suenan como violines. La voz de Plácido Domingo, como la describió el gran cellista ruso Mstislav Rostropóvich, suena con la sonoridad, los armónicos, la profundidad, la humanidad de un violonchelo. El mismo Domingo prefiere la metáfora del chocolate caliente. Una voz espesa, con un centro sólido y firme, una impresionante seguridad en los graves —que le permiten ahora cantar como barítono— y unos agudos esforzados, a los que llega como después de un prodigio de voluntad y técnica. Con una gran inteligencia musical y dramática, el tenor se apropió magistralmente de Idomeneo. Y ahora se ha lanzado directamente a cantar como barítono. Para reemplazarlo, para interpretar todo su repertorio, la nueva generación requiere de al menos cuatro cantantes.

A medida que avanza la mañana de la gala del cumpleaños, los camerinos se pueblan. Unas quince grandes estrellas de la ópera actual se han dado cita para actuar en la gala de esta noche en homenaje a Domingo. Me instalo en el cuartito verde y, cada vez que un cantante termina de ensayar su aria, lo llevo hasta allí para hablar. Deborah Polaski, la gran valquiria Brunilda de esta década, asegura que lo que distingue a Domingo del resto es que “no pone frenos, no se reserva, vive a fondo el personaje, incluso en las versiones de concierto”. Recuerda en especial un Parsifal en Londres. “No lo hablamos, pero hubo una conexión tan fuerte que cada función fue distinta, cada vez era un seguimiento fiel de la misma partitura, pero el espíritu y la relación cambiaba”. Para Polaski, el secreto está en algo que no se oye en las grabaciones ni se ve desde la platea. “Es una comunicación tremenda que proyecta desde los ojos. Para alguien que no está en el escenario puede parecer poco importante. Pero cuando alguien es capaz de comunicar sus ideas de una manera tan intensa, hace que tu interpretación entre en otro nivel”.

La joven soprano alemana Angela Denoke recuerda su debut en La dama de picas, de Chaikovski, en Berlín. “Los dos papeles son casi imposibles en lo musical, y además teníamos que cantar en ruso, pero me dio mucha seguridad en la escena”. El director decidió que en el gran dúo de amor, Hermann y Lisa, sus personajes, debían estar en extremos opuestos del escenario. “Llegó Domingo y dijo: ‘Esto no debe ser así, ¡yo tengo que besarla!’. “Me besó, y por supuesto, la escena quedó mucho mejor”.

La vibrante mezzo verdiana Dolora Zajick cantó muchas veces Amneris, la princesa egipcia enamorada del Radamés de Domingo, que termina muriendo por el amor imposible a Aída. “Ha tenido un efecto enorme en el negocio de la ópera, y es único en muchos aspectos, pero hay uno en el que logró más que nadie: en la introducción de cantantes jóvenes —dice Zajick—. Su concurso, su programa de formación, su apertura para cantar al lado de jóvenes, su entusiasmo para recomendar cantantes…, ¡incluso lo he visto empujar la carrera de los tenores que vienen a reemplazarlo!”. Cree que parte de su grandeza como intérprete es que no separa la parte musical de la actoral. “Si uno sale de una función y puede separar la voz, la actuación o la técnica, es que algo no funcionó. Plácido integra todo, tiene un enfoque orgánico a la interpretación de la ópera, donde uno no se fija en el actor, en el cantante, en el músico. Es el artista integral, como ningún otro que yo conozca”.

El bajo René Pape, el mejor intérprete de reyes wagnerianos de la actualidad, empezó a escuchar ópera en los casetes de su abuelo, en Alemania Oriental. Recuerda que de niño le llamaba mucho la atención una carátula con un señor de rostro atractivo, un gigantesco sombrero negro y una bufanda roja al cuello. Era Plácido Domingo, y fue por esos casetes que empezó a soñar con ser cantante. “No me imaginé que tendría la fortuna de verlo de cerca, ¡mucho menos cantar con él! Lo único que me duele es que jamás vamos a poder cantar juntos el Don Carlo de Verdi, que él hacía de maravilla. ¿Por qué estamos aquí? Por respeto, por cariño, por admiración. En nuestro nivel, ninguno de los cantantes que actuaremos esta noche necesitamos lecciones de técnica. Pero él enseña cosas mucho más profundas: como saber estar, la disciplina del canto, la responsabilidad del artista. Hasta cómo caminar”.

Muchos críticos, musicólogos y escritores han tratado de definir en qué consiste la cualidad única de Plácido Domingo. Rubén Amón, autor de su flamante biografía, lo compara con Marlon Brando. Ni el actor ni Plácido son bellos pero tienen, según Amón, una “belleza dinámica” que se aprecia en movimiento. Y lo más importante es la capacidad de ambos para sumergirse de lleno en cada personaje sin dejar de ser ellos mismos. “Domingo ha creado a ‘su’ Otello” —dice Amón—. Ha tenido presente a Shakespeare y a Verdi, pero la lealtad a sendos patriarcas y sendas referencias no le impide que en el Otello de Plácido terminemos viendo y escuchando a Domingo, igual que le ha ocurrido a Brando en sus grandes películas”.

Ya es media tarde en la soleada sala de ensayos del Teatro Real. Abajo, transeúntes, vendedores de fantasías y compradores de oro se apretujan en la calle Arenal. Adentro todo es inquietud. Un equipo de la BBC se prepara para sus 15 minutos con Domingo. Dominic Best, el entrevistador, le pide al sonidista Manu que ocupe el lugar del cantante para hacer pruebas con la cámara y el micrófono. Manu, un jovencísimo técnico de jeans desgarrados y camiseta gris, se sienta en el taburete, frente al piano. “Sit like Domingo, please“, le dice Best. Sin pensarlo, Manu adopta la pose del tenor, con la sonrisa ladeada, la boca entreabierta como a punto de decir algo, las piernas separadas. La escena dura medio minuto, pero me asombra que una persona tan joven sea capaz de imitar con tanta precisión los ademanes de un viejo cantante de ópera.

Finalmente, se abre la puerta y entra Plácido, rodeado de cuatro ayudantes y encargados de prensa que le hablan en tres idiomas. Tiende la mano al periodista. Después, avanza por la sala, entre atriles y sillas, y da la mano al camarógrafo, a Manu, a las dos productoras de Best, a la jefa de relaciones públicas del Real y a mí. Sin pausa, se sienta al piano y toca el comienzo de la “Marcha turca” de Mozart. Se ríe como un niño y se sienta, listo para que Manu le enganche el micrófono, en la misma pose de piernas abiertas y cuerpo hacia adelante con la que el técnico lo había imitado. Manu intenta poner la caja negra que conecta el micrófono de corbata en el bolsillo de su americana, pero Domingo protesta. Dice que le abulta, que le hace estrecho el saco, que mejor se la ponga en el bolsillo de atrás del pantalón. Mientras dura la operación, Best le hace la legendaria pregunta de la BBC para probar si funciona bien el micrófono: ¿qué desayunó esa mañana? Plácido Domingo está cansado pero feliz. “Desayuné café bien cargado”, dice en su cuidadoso inglés, con el fuerte acento madrileño que nunca logró sacudirse.

En los ocho idiomas en los que canta siempre conserva el dejo español. Es casi perfecto su italiano, y salva el francés por el ímpetu con que ataca las consonantes. El alemán es una batalla perdida, pero lo bueno es que todos sus personajes en ese idioma son extranjeros, héroes que vienen de tierras lejanas y a quienes les cuadra el decir exótico, como Lohengrin, Parsifal o Siegmund (“Ígmun”, en versión Domingo).

De inmediato aclara por qué necesitaba ese café tan fuerte: se acostó a las cinco de la mañana. Después del partido del Real Madrid, se fue a comer con amigos y se quedaron hasta las tantas.

—¿Por qué sigue trabajando tanto? —pregunta Best.
—Es que no trabajo tanto. Los que trabajaban duro eran mis padres. Me enseñaron disciplina y responsabilidad, y no lo olvidé nunca. ¿Qué me trajo hasta aquí? Suena a cuento, pero es la pasión. Una pasión tremenda. Nunca me dije: “Tengo que actuar esta noche”, como si fuera una obligación. Nunca. Pero le confieso que nunca soñé que podría estar cantando así a los setenta años… Cuando cumplí cincuenta y cinco empecé a centrarme en dirigir orquestas, en ser administrador de teatros, a prepararme para el día en que me quedara sin voz. Pero mi voz sigue ahí….

—¿Se siente usted un divo?
—Hay una impresión errónea, de que un divo es una persona difícil, que siempre se queja. Para mí un divo es un artista con una dedicación total, que hace las cosas más fáciles para los demás. Que hace a los demás felices.

Muchos de sus adeptos surgieron el 7 de julio de 1990, la noche en que cambió la historia del negocio de la música clásica para siempre. Faltaba un día para la final del Mundial de Futbol Italia 1990, y José Carreras, Luciano Pavarotti y Plácido Domingo, vestidos de frac, hicieron un recital a tres voces en las ruinas de las Termas de Caracalla, en las afueras de Roma. Se planeó como una celebración por el restablecimiento de Carreras, que había sido operado de leucemia, y fue también la firma oficial de la paz entre Domingo y Pavarotti, que se habían disputado el papel de primo tenore durante dos décadas. Desde el principio la fórmula fue extraña: de todas las combinaciones de voces, ésta juntaba a tres cantantes de la misma tesitura. Sin embargo, en esa similitud estaba la gracia: era una amable competición. Pero no dejaba de ser una lucha. Entre ochocientos y mil millones de espectadores vieron el espectáculo por televisión. El CD sigue siendo el más exitoso de la historia de la música clásica, con diez millones de copias vendidas hasta ahora. Los tres tenores hizo historia porque transformó la ópera en otra cosa: en un espectáculo de masas. Los productores de ese concierto seminal aprovecharon la pasión de los tres por el futbol. Estos hombres no querían perderse ser estrellas en un Mundial. Después de la final, en Roma, repitieron la fórmula: actuaron en las vísperas de los mundiales de Estados Unidos 1994, Francia 1998 y Corea-Japón 2002. Se embolsaron cientos de millones de dólares y se transformaron en estrellas planetarias.

Pavarotti murió en medio de su decadencia artística y sus excesos personales; Carreras transita como entertainer por teatros medianos, desgranando para nostálgicos su puñado de arias y canciones. La noche anterior a la final del Mundial de Alemania 2006, el incombustible Plácido demostró que era el único que quedaba en pie. Armó su propio trío con una pareja de jóvenes cantantes en ascenso, glamurosos y sexies: el tenor mexicano Rolando Villazón y la soprano rusa Anna Netrebko. En ese concierto ofició a la vez de galán maduro, de maestro de ceremonias, de estrella rutilante y de sobreviviente increíble.

Estamos en el ascensor de autoridades del Teatro Real. Hemos tenido que dar una gran vuelta, porque los accesos entre el área del público y las dependencias de “adentro” están cerrados y custodiados por la seguridad de la Casa Real. Cuando le preguntan qué hubiera sido de no haberse hecho cantante, Plácido siempre contesta: “Futbolista”. De joven fue un portero bastante decente, y sigue jugando, cuando puede, con sus hijos y sus amigos.

“¿Sigue en el arco?”, se me ocurre preguntarle en el ascensor. Su cara está a diez centímetros de la mía, pero la cercanía nunca lo ha incomodado. “No —me dice con una sonrisa pícara—. Ahora juego de delantero, que es más divertido, y mis amigos me lo consienten”.

Falta media hora para que llegue la reina. Plácido se sentará con ella en el Palco Real. Nadie se ha sentado jamás allí con ella, salvo el rey. Plácido sale del ascensor y camina a paso firme por la alfombra del pasillo. Mientras tanto, la jefa de prensa internacional del teatro, la portuguesa Graça Ramos, lo prepara para el encuentro con el medio centenar de periodistas de una treintena de países.

—Te sentarás frente al piano, abrirás el champán y brindarás con ellos. Yo no puedo abrirlo porque habrá muchas cámaras y no tengo que aparecer en la escena.
—¿Y ellos tendrán copas? —pregunta Domingo.
—No, sólo tú.
—¿Y con quién brindo, entonces? ¿Yo me lo bebo y ellos me festejan?.

A pocos metros, la platea del Real ya se está llenando de políticos, famosos y millonarios. Afuera, en la Plaza de Oriente, doscientos incondicionales seguirán el concierto de homenaje. El termómetro marca tres grados centígrados. Adentro, en la sala de ensayos del coro, hay una veintena de cámaras de televisión apretujándose frente al piano, mientras las gradas están pobladas por reporteros de medio mundo. Domingo levanta su copa sin convicción, pero se templa al comenzar a hablar.

“Es muy emocionante cumplir setenta años en mi tierra, en mi ciudad, en mi teatro. Espero que tengamos un año de paz y felicidad, y que en diez años podamos vernos en la misma ocasión”.

Sobre la gala de esta noche, asegura que no sabe quién ha venido ni qué cantarán.

“Prefiero no saberlo, les pedí que no me lo dijeran. Quiero que sea una sorpresa. Sólo sé de algunos que no vendrán, porque me escribieron disculpándose, como José Carreras, que está en Polonia”.

Lo más emotivo de esa conferencia de prensa fue la “no pregunta” de la periodista mexicana. Primero le pidió permiso con voz cascada, y después le cantó las mañanitas, en medio de esa Babel de colegas internacionales que la miraban incrédulos.

La relación de Plácido Domingo con México es especial. Allí se formó como persona y como cantante, ahí conoció a su inseparable Marta. Y allí volvió el 19 de septiembre de 1985, en un avión privado, escapando de una función de Otello en Chicago, cuando todavía resonaban las réplicas del terrible terremoto que dejó al menos diez mil muertos en el DF y alrededores. Una semana estuvo escarbando en las ruinas del edificio Nuevo León, donde desaparecieron sus tíos maternos y dos sobrinos. Rafael León, uno de los rescatistas, le contó al biógrafo Rubén Amón: “Plácido llevaba mascarilla y un casco. Su aspecto era desaliñado y la barba le había crecido. Fue el primero en llegar y el último en marcharse. Apenas dormía. Se convirtió en el líder moral de los rescatistas. Más aún: gracias a su notoriedad y a su popularidad, dispusimos de más medios y recursos para organizar las operaciones”.

Cuando se encontraron los cadáveres de sus cuatro familiares, todos supusieron que la búsqueda del célebre cantante había terminado. Pero al día siguiente volvió a presentarse entre las ruinas para continuar la tarea. El año 1986 lo dedicó, en gran parte, a actuar para recaudar fondos para los damnificados. Juntó más de diez millones de dólares.

El 19 de septiembre de 2005 fue convocado al mismo sitio donde había muerto parte de su familia veinte años atrás. No sabía lo que le esperaba: con las llaves inservibles de las viviendas destruidas habían construido una enorme estatua que lo eternizaba, de frac y con los brazos en alto, como agradeciendo el aplauso del público. Así, agitando los brazos con las palmas hacia arriba, apareció infinidad de veces por ciudades y pueblos de México: de frac o vestido de charro, con dos pistolas al cinto y cantando rancheras. Así lo presenta un video que circula por la red. Canta, junto a la popular actriz de telenovelas Lucero, “La negra noche”.

Plácido dobla una esquina de los laberínticos pasillos del Teatro Real y se topa con su viejo amigo y colega de tantas veladas operísticas memorables, el barítono menorquín Joan Pons. “No te veo”, se ríe, tapándose los ojos con las manos, porque había jurado no enterarse de quienes cantarían en su homenaje. Sin detenerse, irrumpe como una tromba en el camerino verde. La nieta menor de Plácido está dormida en el sofá, su esposa Marta lee las tarjetas en las decenas de ramos de flores, sus jefes de prensa, de relaciones públicas y de protocolo lo atribulan con preguntas y consejos en inglés, italiano y español. Faltan pocos minutos para que venga a buscarlo el protocolo de la reina, pero aún da a sus ayudantes la última indicación: les pide que cuando vean que alguno de sus nietos se duerme, lo vuelvan a traer a la salita verde. Se sienta con los codos apoyados en las de cartas de felicitación.

—¿Qué siente que va a extrañar más cuando deje los escenarios?, ¿el aplauso, el compartir con los colegas, el acto de cantar en un teatro? —le pregunto.
—Yo creo que el día que lo deje estaré satisfecho, y además seguiré yendo al teatro. De alguna forma seguiré vinculado a esto. Dirigiendo, con una escuela…, algo seguiré haciendo. Yo creo que después de una carrera tan larga será darle gracias a Dios por todo lo que has hecho y…, pero como seguiré pasando todos los días en el teatro, no lo voy a extrañar.

Entonces vienen a llevárselo. Una de sus nietas se echa en sus brazos. Domingo le dice, con dulzura:
—¿Quieres venir a ver a la reina?.
La toma de la mano y salen los dos.

La platea y los palcos del Teatro Real están plagados de políticos, empresarios, famosos y cantantes veteranos. Sube al podio James Conlon, el director titular de la Ópera de Los Ángeles, cuya dirección artística ejerce Plácido Domingo en su tiempo libre. Después se abre la puerta altísima del palco real, y entra el homenajeado, flanqueado por la reina Sofía y la infanta Pilar, hermana del rey. Atrás, algo incómoda pero guardando su lugar, su esposa Marta. Domingo saluda con las manos alzadas, las palmas hacia arriba. La reina, la infanta y todo el teatro le aplauden de pie. Luego del himno español, baja una pantalla y aparece el Plácido cuarentón de 1984. Está cantando con playback en la ventana de su casa natal, en la calle Ibiza. Es un especial de Televisión Española en el que canta la romanza “De este apacible rincón de Madrid”, de Luisa Fernanda. Después, mientras recorre la ciudad, relata cómo salió al mundo y cómo vuelve triunfador pero nostálgico a su lugar de nacimiento. Las escenas del tenor y las de Madrid se filmaron en momentos separados y se juntaron con tecnología antigua. Los movimientos de cámara y el montaje son pretenciosos. Hasta el vestuario está pasado de moda. Lo único que se conserva perenne, moderno, fresco, es su canto.

Después comienza la gala y desfilan los cantantes. Deborah Polaski luce una túnica bordó, Angela Denoke un ceñido vestido negro con escote, la soprano albanesa Inva Mula va cubierta de ondulante plateado. Los hombres van de impolutos fracs o esmóquines azabache y pajaritas blancas, salvo el joven e intrépido barítono uruguayo Erwin Schrott, que lleva su camisa blanca abierta.

El maestro de ceremonias, el veterano de la radio española Iñaki Gabilondo, cuenta al público que siete de los quince fueron ganadores del concurso internacional Operalia para jóvenes cantantes, que Domingo creó hace dieciocho años. No se han puesto de acuerdo, pero entre todos interpretan a los compositores en cuya música Plácido dejó marca: Verdi, Puccini, Wagner, Bizet, Leoncavallo, Giordano, Mozart.

Las sopranos Deborah Polaski, Angela Denoke y Anja Kampe entonan arias de óperas alemanas que cantaron con Domingo; el barítono galés Bryn Terfel y el tenor estadounidense Paul Groves brillan en el dúo de Los pescadores de perlas, de Bizet, y el momento más emotivo de la primera parte lo protagoniza Dolora Zajick, con una interpretación sanguínea, feroz del aria de la princesa de Eboli en Don Carlo.

Con los mismos gestos con que suelen agradecer al público los aplausos en una función de ópera, ahora los cantantes miran al palco, algunos lanzando besos y otros llevándose la mano al corazón.

En el intervalo me tomo una copa con mi vecino de asiento, el crítico de la revista Ritmo, Pedro González Mira. González Mira es “dominguista” de la primera hora. Lo seguía en los ochenta, cuando el tenor venía cada año a Madrid a actuar en pobres producciones del Teatro de la Zarzuela.

“Su Otello quedará como uno de los monumentos de la historia de la ópera, fue el Otello del siglo”, dice González Mira en el mullido pasillo del Real. Para ver un Otello memorable, el crítico viajó con sus ahorros hasta Hamburgo. “Fue impresionante: nadie combinaba como él voz, pasión, espíritu y conocimiento. Lástima que pocos directores estuvieron a su altura. Lo cantó todo y con todos ¿Hizo demasiado? No, porque sus fanáticos le admirábamos también, por encima del artista, lo que tenía de atleta, de atreverse con todo. Nadie cantó con ese nivel de calidad tantas cosas. Era un fenómeno de la naturaleza”.

Miles de amantes de la ópera peregrinaron para verlo actuar. Decenas de miles lo esperaron con ansia en sus ciudades. A diferencia de los actores de cine, cuyos viajes son de promoción, o las estrellas del rock, cuya estancia en cada ciudad es corta y actúan con su propia banda, el divo de la ópera se pasea por el mundo representando sus grandes papeles ante los aficionados locales, rodeado de orquestas y cantantes locales, y se queda semanas, desde los ensayos hasta la última función. Jerry Brignone tenía diecisiete años cuando el tenor fue a Buenos Aires a representar al cowboy Dick Johnson en La fanciulla del West, de Puccini. Jerry, que en esa época comenzaba a estudiar para ser director escénico de ópera, asistió a todas las funciones de pie y cada noche bajó a los camerinos a hacer cola para saludarlo y pedirle un autógrafo. Recuerda que un hombre viejo le llevó una pila de long plays que Domingo firmó estoicamente, uno por uno, y que, cuando una chica le pidió un beso en la mejilla, Marta la fulminó con la mirada.

Suena la llamada (solemnes trompetas) para volver a la platea. En esta segunda parte cantan el bajo René Pape, la soprano aragonesa Ainhoa Arteta, el tenor lírico catalán José Bros y las sopranos Sonya Yoncheva y Ana María Martínez. Lo mejor de la noche viene con la entrada casi chulesca de Erwin Schrott. El joven barítono uruguayo es lo más parecido a una estrella de cine que tiene la ópera actual: pinta de galán latino, un insultante desparpajo, una voz vigorosa y maleable y una enorme capacidad actoral. A Schrott le toca el aria del catálogo de Don Giovanni en la que Leporello, el criado del Burlador de Sevilla, consuela a una amante burlada por su amo recitándole el listado de sus miles de conquistas, por lo que no será “ni la primera ni la última”. En las puestas de Don Giovanni, los Leporellos suelen mostrar en esta escena un libraco con tapas de cuero, un largo pergamino o una abultada carpeta. El pícaro Schrott entra al escenario blandiendo el programa del concierto, con un primer plano de la cara de Plácido Domingo, la misma foto que cuelga desde hace semanas en la pared del teatro. “Señorita, éste es el catálogo/ de las bellas que amó mi patrón —canta Erwin, mientras pasa las páginas con más fotos de Domingo—. La lista incluye centenares de amantes: 640 en Italia, 231 en Alemania, 100 en Francia y 91 en Turquía, ‘pero en España son ya mil y tres'”, y repite “mille e tre” enarcando las cejas y abarcando con la mano a la platea. “Bajas, altas, rubias, morenas; fornidas para el invierno, magras para el verano, a todas las complace. Hasta las viejas, que acecha ‘por el placer de ponerlas en la lista'”. Pero, se detiene Schrott un momento y baja la voz, mientras blande el programa: “Su pasión predominante/ es la joven principiante”.

Plácido ríe a mandíbula batiente, y hasta la adusta Marta esboza una sonrisa.

Una vez le preguntaron a la gran soprano wagneriana Birgit Nilsson cómo podía cantar los larguísimos dúos de amor de Tristán e Isolda cuando su Tristán era un gordo encorvado con cara de mortadela. Contestó: “Cierro los ojos y pienso en Plácido Domingo”.

Plácido Domingo siempre fue un hombre apuesto, atractivo, viril, un galán latino bien plantado, eximio actor y con una voz de oro. Era el tenor que todos los directores de teatro soñaban, un líder que cortaba el aliento, un amante que encendía la imaginación de las damas enjoyadas de los palcos. No es extraño entonces que, desde sus inicios, tuviera fama de Don Juan. Quien más lejos llegó en sus insinuaciones sobre este tema fue la escritora especializada en Hollywood Marcia Lewis. En 1996, en la cima de la popularidad de Los tres tenores, Lewis dedicó al trío un libro de cotilleos, cuyo subtítulo es La vida privada de Plácido Domingo, Luciano Pavarotti y José Carreras. Sobre Domingo, el libro sostiene vaguedades, como que el tenor es “un imán para las mujeres”, que las admiradoras “lo siguen a todas partes”, que tenía “amistades estrechas” con hermosas mujeres como Grace de Mónaco, Arianna Huffington y Barbra Streisand, pero en ningún momento lo involucra en una relación sentimental. En cambio, tanto Pavarotti como Carreras tuvieron notorios amoríos extramatrimoniales y terminaron divorciándose. El libro hirió profundamente a la familia de Plácido Domingo, y dejó al tenor un mal sabor y un poso de desconfianza hacia los periodistas. Lo cierto es que el rumor corre por doquier.

Su vida sentimental comenzó tumultuosa: se casó por primera vez en el DF a los diecisiete, mientras sus padres estaban de gira por Europa, pero duró menos de un año. Con esa mujer tuvo un hijo, del que siempre se ocupó el tenor. Ya en la veintena, conoció a la elegante soprano Marta Ornelas. Sus amigos contaron a un par de biógrafos que Plácido la veía como sofisticada e inalcanzable, hasta que finalmente se animó a cortejarla. Se casaron el 15 de junio de 1961, por lo que muy pronto cumplirán sus bodas de oro. Marta dejó las tablas para educar a sus dos hijos (que tienen 45 y 42 años). Hoy se les ve principalmente como un equipo exitoso. En su sitio web oficial, Domingo agradece a su esposa, y la define con un extraño término: “helpmate“, que es algo así como compañera y ayudante.

Aún falta la mayor sorpresa de la noche. El célebre compositor chino Tan Dun, cuya ópera El primer emperador había estrenado Domingo en el Metropolitan, compuso como regalo a su admirado amigo una “fanfarria misteriosa” para orquesta, que llamó Pla-ci-do, armada sobre una célula melódica centrada en las notas la, si y do. Por la mañana logré atrapar unos minutos a Tan Dun. Arrastraba una maleta con rueditas, y en su inglés exótico me dijo que tardó seis meses, desde la propuesta del director artístico del Real, Gerard Mortier, hasta que dio con la solución a su perfil orquestal: “Fue fácil decir que sí, pero muy difícil ponerme a componer. ¿Cómo hablar de él con sonidos?”.

Cuando encontró el juego de las tres notas, Dun dio con la clave: “Claro, el secreto estaba en el nombre. Para mí, Plácido es sinónimo de sueños, cine, vida, pasión. La ópera que hicimos juntos quedará para siempre en mi mente y en mi corazón, y es una persona dedicada a su carrera y con una influencia enorme en el mundo, pero en esta pieza quería centrarme en el nombre. Ahí está todo: Plácido como cantante, como actor, como director de orquesta, como una enciclopedia de nuestro tiempo”.

Al final de la gala, el director James Conlon levanta la batuta y puedo escuchar la pieza que, en seis minutos, condensa con las armas de la composición orquestal un perfil de Domingo. El retrato lo empiezan a dibujar los trombones y las trompetas en un comienzo marcial de fanfarria. Pronto se suman los músicos de cuerda, pero no con sus instrumentos sino susurrando: “pla, pla, pla”. Al momento se vuelve jazzístico, y un percusionista se pone a golpear con ritmo dos piedras ovaladas. Los de cuerda patean el piso, los vientos susurran: “pla-si-do”, de pronto toman sus metales y hacen latin jazz, los chelos inician una fuga, con dejos de Oriente, que crece en intensidad desde una célula rítmica constante, como el Bolero de Ravel. Los contrabajistas tocan un ostinato juguetón, pero como son tan graves transmiten drama, peligro. Los vientos repiten las notas como un mantra: “pla-si-do”, como una locomotora que va cada vez más lento pero conserva fuerza. Toda la orquesta toca una melodía romántica, de ópera, acompañada de golpes de pies en el suelo, y de pronto los instrumentistas se vuelven un grupo de monjes que cantan: “pla-si-do”, como una letanía al son de los pasos sobre la madera del escenario. El tren se detiene y el enjuto compositor se pone de pie en medio de la platea. Los Domingo aplauden a rabiar.

Iñaki Gabilondo vuelve al escenario y nos dice que los años no importan, que sí importa la alegría de vivir. Que la vida debe tomarse “como un juego, como una diversión”. Mientras, casi todos los cantantes se ubican por detrás de la orquesta y por delante del coro para entonar la última pieza de la noche: el final de Falstaff, ópera cómica que compuso Verdi a los setenta y siete años. El orondo Falstaff, noble venido a menos, engañado y humillado por los demás personajes, inicia una fuga sobre las palabras “Todo en el mundo es burla”. La legendaria mezzosoprano Teresa Berganza, enfundada en una sábana turquesa con amplias solapas anaranjadas, emerge desde detrás de Gabilondo para declararle su amor al colega de tantas veladas. “Te amo, como me decías tú antes de matarme”, musita, ante las risas del público. “Yo era tu Carmen; bueno, una de tus Cármenes”, aclara.  Después lo califica como “una gran persona y un gran detallista, capaz de aprenderte el nombre del portero de un teatro al otro lado del mundo”. Le agradece haber estado “tan cerca de todos nosotros” y de haberle prodigado su “cariño a Alfredo Kraus en sus últimas semanas”. “La profesión te respeta y te adora a partes iguales”, le dice, con la voz entrecortada. “Nos has tocado el alma a todos”. Y para no ponerse solemne, entona el “Happy birthday, Mr. Plácido” con el tono exageradamente seductor de Marilyn, pero una octava más baja.

Finalmente, el homenajeado baja del palco y se abre paso entre los violinistas. Parece embargado por la emoción. “Cuando empezó este año me preguntaron qué quería de los Reyes Magos —dice cuando se apagan los aplausos—. Pediría paz y tranquilidad en todo el mundo y salud para todos, pero de una manera egoísta poder llegar a los cincuenta años de carrera. Los artistas somos privilegiados, porque vivimos de algo mágico. Hacemos que ustedes olviden sus momentos tristes cuando están sentados viendo a los artistas”. Agradece a su familia, a sus colegas y al final, como si pensara en voz alta, confiesa: “No se puede ir uno de los escenarios”.

Afuera sopla el viento invernal. Un policía que custodia el coche negro de la reina me dice que hacen cinco grados, pero que a lo largo de la noche llegó a bajar a tres. Dos centenares de aficionados se pasaron toda la gala viendo las pantallas sobre la puerta del teatro, parapetados en la explanada de la Plaza de Oriente. Quince minutos después del final de la gala, un Plácido Domingo enfundado en un largo abrigo negro, con una gruesa bufanda negra serpenteándole al cuello, se acerca al balcón y estalla el alboroto. En vez de hablar, se lanza a cantar “Madrid, Madrid, Madrid”, el famoso chotis de Agustín Lara que aúna el amor por su ciudad de nacimiento y la emoción del mexicano.

Madrid, Madrid, Madrid,
pedazo de la España en que nací

por algo te hizo Dios
la cuna del requiebro y del chotis
[…]
…y vas a ver lo que es canela fina
y armar la tremolina

cuando llegues a Madrid.

A mi lado, una joven soprano canta a voz en cuello con ojos vidriosos. Después, mientras resuenan los aplausos sobre el asfalto duro de la plaza, Plácido Domingo se vuelve y desaparece en un vendaval de pelo gris y lana negra.\\

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