Podemos: De las plazas a los palacios

Podemos, un partido político creado casi en secreto en enero de 2014, se convirtió en la cuarta fuerza española más votada en las elecciones europeas de mayo y ya es, según las últimas encuestas realizadas, la primera en intención de voto. Su irrupción ha supuesto el cambio político más importante de los últimos 30 años en el país y se produce en medio de una profunda crisis económica e institucional. Lo cierto es que sus seguidores crecen día a día. Sus detractores también. De la irrelevancia absoluta, hoy este movimiento intimida a las grandes cúpulas de los partidos políticos.

Por Sergio del Molino

No es cierto que una imagen valga más que mil palabras, pero hay fotos elocuentes que condensan todos los significados de un momento y se convierten en históricas nada más al publicarse. Sucede así con la imagen que difundió la agencia de noticias española EFE la noche del 25 de mayo de 2 014. Fue portada de varios periódicos y se ha reproducido en miles de rincones de internet. En ella, un grupo de gente celebra desde un atril un triunfo electoral. No han ganado las elecciones. Ni siquiera han quedado segundos, pero se sienten vencedores y, lo más importante, casi toda España los siente así. Celebran una sorpresa, lo que muchos analistas y políticos han calificado ya de un terremoto en la política española. Desde aquella noche del 25 de mayo, los protagonistas de esta foto han ocupado el centro del debate público, cada vez con más intensidad.

Leídos en frío, los datos son irrelevantes. La fotografía ilustra el momento en que los líderes del partido Podemos celebran con sus simpatizantes el resultado de las elecciones al Parlamento Europeo, que les han dado cinco eurodiputados. Ese parlamento, pese a su rubro imponente, es una institución ineficaz y con muy pocas funciones en el entramado de la Unión Europea. No es un parlamento en el sentido clásico, porque apenas tiene capacidad legislativa. Las leyes europeas se deciden en otro órgano, la Comisión, con poderes también ejecutivos. El Europarlamento, elegido en unos comicios en los 27 países miembros de la Unión, se considera un cementerio de elefantes donde van a morir los políticos derrotados. Cinco escaños en una asamblea sin poderes no son motivo de celebración para ningún partido. En circunstancias normales, esa foto no habría salido en la portada de ningún diario. A lo sumo, habría ocupado un espacio muy segundón en las páginas interiores, escondida en lo más hondo de la crónica política. ¿Por qué merece, entonces, esa atención desmedida? ¿Por qué los retratados posan tan felices? ¿Por qué parecen mucho más victoriosos que los verdaderos vencedores?

El contexto lo explica en parte. Bajo el nombre de Podemos, más un lema o un grito de aliento deportivo que una descripción ideológica, se creó específicamente para concurrir a esas elecciones. Surgido en apariencia de la nada (no es escisión de ningún partido ni procede de ninguna organización anterior, más bien es casi un experimento de laboratorio diseñado en los despachos de una universidad), se presentó en sociedad el 17 de enero de 2 014 durante un acto en un pequeño teatro de Madrid propiedad de Alberto San Juan, un actor de cine muy popular y muy comprometido con causas de izquierdas. Aunque la ceremonia atrajo cierta atención de los medios y propició un gran entusiasmo en los colectivos sociales, un par de días antes de la elección la mayoría de los españoles (los ajenos a internet y las redes sociales, donde se centró la campaña electoral), la gran masa atenta sólo a los noticieros televisivos, ni siquiera se había enterado de su existencia. Las encuestas de intención de voto más generosas les concedían, con suerte, un diputado, y casi todos los analistas políticos los despachaban como una anécdota pasajera sin influencia en el juego de poderes. El pasmo fue casi unánime cuando el recuento les dio 1.2 millones de sufragios y los situó como la cuarta fuerza política del país, a un escaño de Izquierda Plural, la coalición de partidos heredera de la tradición comunista. Internet demostró ser una fuerza movilizadora mucho más potente de lo que los estrategas de los grandes partidos habían supuesto.

Aunque el Partido Popular (PP, en el Gobierno) y el Partido Socialista (PSOE) seguían siendo los más votados, ambos perdían centenares de miles de sufragios con respecto a los comicios europeos anteriores y, por primera vez en la historia de la democracia española, la suma de las papeletas de ambas formaciones no llegaba a 50% del voto emitido. Un desastre inexcusable que provocó la dimisión inmediata del líder socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, que ha sido sustituido recientemente por un joven y guapo Pedro Sánchez, en un proceso de elecciones primarias inédito en el partido y que probablemente no se habría celebrado de no mediar la amenaza de Podemos.

Los protagonistas de esa foto que distribuyó la agencia EFE tenían, por tanto, mucho que celebrar. En cuatro meses habían pasado de la irrelevancia absoluta a liderar un movimiento que intimidaba a las cúpulas de los grandes partidos y expresaba la rabia y el desconcierto de una parte empobrecida y maltratada del país. La interpretación era clara: los llamados indignados, que tomaron las plazas de las grandes ciudades del país en marzo de 2011 en respuesta a las durísimas medidas antisociales aprobadas por el gobierno durante la crisis económica, estaban empezando a tomar también las instituciones. Subían desde la plaza a los palacios. Otros retorcían un poco más ese análisis: un grupo de intelectuales de tradición marxista había explotado el malestar y la frustración de una parte considerable de la sociedad española recurriendo a estrategias populistas parecidas a las de varios gobiernos latinoamericanos. Quienes hacen este análisis hablan de Hugo Chávez y repiten la palabra populismo.

Desde aquella noche, las encuestas no dejan de atribuirles más y más votos. El último sondeo oficial, del Centro de Investigaciones Sociológicas, le atribuyó en octubre el primer puesto en intención de voto directo. Unas semanas antes, otra encuesta de la empresa Metroscopia encargada por el diario El País concluía que Podemos ganaría unas elecciones generales con el 27% de los votos, por delante de los tradicionales PP y PSOE. La conmoción es incontenible. Nunca antes una fuerza política de nueva planta había crecido tanto en tan pocos meses.

Figuras populares de la cultura española, como el actor hispanoargentino Juan Diego Botto o los también actores Alberto San Juan y Guillermo Toledo (aunque este último se ha descolgado, acusando a los líderes de Podemos de cínicos), han expresado su simpatía por el partido. Escritores de éxito, como Juan José Millás, han lanzado guiños más o menos velados: “El éxito de Podemos es por ahora de carácter sintáctico más que político. Pero la sintaxis no es mal sitio para empezar a hacer política”, escribió en una columna de El País que muchos interpretaron como un apoyo elegante. Pocos días después de su triunfo electoral, recibieron su primer respaldo internacional: cincuenta y una personalidades del mundo cultural e intelectual de Europa y Estados Unidos firmaron un manifiesto de ánimo y adhesión a la alternativa surgida en España. Entre los signatarios, gente tan diversa como el cineasta británico Ken Loach, los filósofos Noam Chomsky y Slavoj Žižek, y escritores como el argentino Jorge Alemán o el uruguayo Eduardo Galeano. El cantante español Miguel Bosé también ha mostrado entusiasmo por la causa: su último éxito, publicado este otoño, se titula Sí se puede.

Pero no hay que perder de vista aún la mencionada foto de la agencia EFE, tan rica en su potencial explicativo. En ella, en segunda fila, con los ojos brillantes y la mandíbula apretada de emoción, aparece Germán Cano. Profesor de filosofía de la Universidad de Alcalá, fue uno de los principales agitadores de los indignados del 15-M en la Puerta del Sol de Madrid. A la derecha de Cano, con el puño derecho alzado y una sonrisa amplia y risueña, posa Teresa Rodríguez, una profesora de lengua y activista de la Marea Verde, un movimiento de funcionarios que protesta contra los recortes en educación, por eso lleva una camiseta de ese color. Parece que Cano y Rodríguez encarnan las dos caras más publicitadas de Podemos: la del intelectual entusiasmado y firme, que se expresa con vehemencia, y la exaltación juvenil, con su ilusión siempre ingenua. Teresa Rodríguez es una de las eurodiputadas recién elegidas. Germán Cano, no. Sale en la foto porque pertenece al llamado grupo promotor. En los gestos se presiente una ruptura que se produjo meses después, en octubre, cuando el movimiento se constituyó en partido y el grupo promotor pasó a controlar todo el aparato. En la asamblea fundacional, Teresa Rodríguez apoyó una candidatura alternativa, liderada por Pablo Echenique.

Pablo Iglesias es el líder carismático de Podemos que mueve a las masas y acapara la atención de las televisoras.

Pablo Iglesias es el líder carismático de Podemos que mueve a las masas y acapara la atención de las televisoras.

Pero el centro de gravedad de la foto es para la pareja del primer plano. Un joven con perilla y pelo largo recogido en coleta y un hombre con gafas y ademán severo. El primero es Pablo Iglesias, el líder carismático que mueve a las masas y acapara la atención de las televisiones, donde aparece constantemente en debates políticos, convertidos en el género de mayor audiencia en la España del desempleo y los desahucios [económicos]. El hombre de las gafas que sonríe sereno junto a él es Juan Carlos Monedero, considerado por muchos como el ideólogo, inspirador y redactor de todos los manifiestos. En una analogía histórica muy burda, Iglesias sería Lenin, y Monedero, Trotsky. Nominalmente, Iglesias es el líder, pero a Monedero se le reconoce una autoridad intelectual que ejerce con sonrisas y metáforas. Ambos han escrito ensayos políticos que se han convertido en éxitos de venta en un país donde nadie compraba ensayos políticos. El bestseller de Monedero se titula Curso urgente de política para gente decente. Son profesores de la Facultad de Sociología y Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid. La mayoría del grupo promotor trabaja en esa facultad.

Ellos también tienen vínculos fuertes con Latinoamérica. Ambos han pasado temporadas en Venezuela, en trabajos de asesoría al Gobierno en tiempos de Hugo Chávez. Pablo Iglesias perteneció hasta hace poco a la dirección del Centro de Estudios Políticos y Sociales, una fundación que cobró más de tres millones de euros del Estado venezolano entre 2002 y 2012. Por eso, la prensa conservadora española insiste en señalar rumores que ligan a Venezuela como principal proveedora de fondos de Podemos, aunque nadie ha podido probarlo.

Entre sus propuestas más audaces se encuentra establecer una auditoría de la deuda pública para determinar qué parte es ilegítima y, por tanto, no se ha de pagar, y cómo reestructurar el resto del montante. También aspiran a nacionalizar el llamado “banco malo”, una entidad que absorbió los activos tóxicos inmobiliarios de los bancos en apuros y renacionalizar las empresas de sectores estratégicos como las telecomunicaciones, el transporte o la energía. En el ámbito de las libertades, uno de sus empeños más polémicos tiene que ver con los medios de comunicación. Podemos considerar que tanto los de titularidad estatal como los de propiedad privada han de someterse a un control democrático por parte de algún organismo popular.

Porque es precisamente ese término, popular, el más repetido en sus discursos, junto con su opuesto: casta. Desde su manifiesto fundacional, el movimiento sostiene que esa casta, formada por élites financieras, ha secuestrado la voluntad popular y democrática de España. Podemos no sería más que la expresión de esa voluntad popular en rebeldía (pacífica, pero decidida) contra sus opresores. Por eso, casi nadie en Podemos tiene experiencia política. Ni siquiera los fundadores, lo que no les ha impedido moverse con soltura y desplegar tácticas dignas del Politburó más correoso.

Porque de control sí entienden algo. El grupo promotor ha desarmado cualquier disidencia interna y mantiene claras las líneas estratégicas, que consisten en hilar un discurso sencillo y contundente, usando métodos de marketing y sociología. En la asamblea de octubre, un encuentro de masas celebrado en la plaza de toros de Vistalegre, en Madrid (un escenario simbólico de la historia del socialismo español, donde Felipe González pronunciaba sus mítines), la propuesta de organización defendida por Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero obtuvo 80.7% de los votos, aplastando a otras candidaturas que criticaban el exceso de poder y de centralismo que acumula la dirección. Pablo Iglesias acaba de ser elegido secretario general con casi 90% de los votos. Durante un tiempo, Iglesias tuvo la oposición de un grupo liderado por el joven hispano-argentino Pablo Echenique-Robba (Buenos Aires, 1978), que fue rotundamente derrotado, pero que no se desactivó del todo y cuenta aún con amplias simpatías en muchos círculos, las pequeñas organizaciones locales en las que se articula el partido.

Aunque se muestra siempre conciliador, Echenique-Robba ha sufrido en carne propia algunas maniobras al menos cuestionables. Por ejemplo, antes de la asamblea de octubre había dos propuestas de sistema de voto. Una permitía a los militantes elegir varios programas a la vez, en formato abierto, y la otra era más restrictiva y, según Echenique-Robba, perjudicial para quienes proponían alternativas desde los círculos. Se convocó una reunión de dirigentes para aprobar uno de los dos sistemas, pero el hispano-argentino, que tiene una discapacidad motriz que dificulta sus desplazamientos, no pudo asistir, ya que se convocó mediante una lista de Whatsapp minutos antes de que él embarcara en un avión en Estrasburgo (hecho conocido por toda la dirección de Podemos, ya que su agenda es pública). Quienes convocaban la reunión sabían que Echenique-Robba no podía usar Whatsapp debido a su incapacidad, por lo que solían emplear otra red social para sus comunicaciones. Muchos simpatizantes interpretaron que se había tratado de una maniobra para impedir que un disidente influyera en el sistema de voto. Los más osados recordaron la forma en que Stalin borraba de las fotos a los amigos que habían dejado de serlo.

Echenique-Robba habla pausado desde su enorme silla de ruedas motorizada. Con el mando eléctrico la mueve de derecha a izquierda y adelante y atrás en la amplia cafetería de una asociación de disminuidos físicos. El eurodiputado sufre una rara enfermedad genética y degenerativa, atrofia medular espinal, que, entre otras muchas cosas, debilita su masa muscular. Las piernas no le sostienen y no puede manipular muchos objetos. Uno de cada dos afectados por su mal no llega a cumplir los dos años. Él se considera afortunado. No sólo porque la suya es una versión moderada de la enfermedad que le ha permitido llegar a la vida adulta, sino porque es un discapacitado de clase media. Sus padres han podido atender sus necesidades y costearle unos estudios universitarios.

Charlamos en Zaragoza, la cuarta ciudad de España. Estamos en una cafetería adaptada, propiedad de una asociación de discapacitados. Enfrente se encuentra el instituto (escuela secundaria) Medina Albaida, popularmente conocido como el Gasómetro. Su nombre informal es un vestigio del pasado industrial de la ciudad. Como tantas otras urbes de Europa y de Estados Unidos, Zaragoza vivió de una poderosa industria que fue migrando a otros países, aunque aún mantiene una gran factoría de General Motors. En los huecos que dejaron las industrias se construyeron escuelas, parques y centros culturales que dibujaron una ciudad plácida, modelo de la España europeísta y democrática que se formó tras la muerte del dictador Francisco Franco en 1975. Echenique-Robba cursó el bachillerato en ese instituto, que en su momento era el único centro de la ciudad adaptado para alumnos discapacitados.

Todo lo que nos rodea recuerda a una España que aún es pero que casi ya no puede ser. Recuerda a un país que construía escuelas para que chicos con atrofia medular espinal pudieran entrar en la universidad y se convirtiesen en eminentes físicos teóricos. Se llegó a creer que la prosperidad social era indestructible. Hoy, el Gasómetro sigue funcionando, pero con muchas dificultades, y nada garantiza que pueda mantener sus programas de integración y atención especializada. El Estado, con una deuda monstruosa que se acerca a 100% del PIB y sometido a un control draconiano del déficit público por el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, recorta año tras año el gasto social. Echenique-Robba cree que todas esas son decisiones políticas, que el Gasómetro y los fondos que financiaron la cafetería gracias a la cual personas como él pueden tomarse una cerveza con sus amigos son irrenunciables. Y como él, lo cree mucha gente. Al menos 1.2 millones de votantes en las elecciones europeas. Muchos más según las encuestas posteriores.

Pablo se gana bien la vida como investigador, viaja por placer cuando quiere y está casado felizmente. Se presenta como un privilegiado, y desde esa convicción ha entrado en política. No se parece en nada al cliché de joven politizado que aspira a demoler el sistema a ladrillazos. Y, sin embargo, su discurso no tiene fisuras. Desde la fragilidad extrema de su silla de ruedas y su voz suave y culta, dice:

—Hace años que pienso que hay una élite inmoral, despiadada y alejada de la forma de vida de la mayoría que se da privilegios absurdos e inconcebibles a sí misma, mientras que un número cada vez mayor de personas, incluso en España, sufre muchas penurias. Pienso que esa gente es despreciable y no puede gobernarnos, creo que hay recursos para todos pero están extraordinariamente mal repartidos y eso de que este es el mejor de los sistemas posibles es una falacia, pura propaganda.

Lo que lo decidió a unirse al movimiento en cuanto Podemos se presentó en sociedad es lo mismo que muchos otros jóvenes universitarios han visto: la posibilidad de cambiar un país que vive una situación de emergencia. Porque Podemos surgió en una España con una tasa de desempleo de 26%, una caída de la renta per cápita jamás vista en 80 años y una oleada de recortes presupuestarios que han deteriorado gravemente dos de los pilares del bienestar español: la sanidad y la educación públicas. Todo eso, en un contexto de corrupción política que muchos ciudadanos perciben como generalizada. No hay prácticamente ninguna administración que no esté afectada por un escándalo asociado al boom inmobiliario que generó millones de euros entre 1997 y 2008 y que estalló ese año dejando una estela de miseria, bancarrota y frustración. Hasta la Casa Real está implicada en asuntos turbios (la infanta Cristina, hija del rey, ha sido recientemente imputada por un caso de tráfico de influencias y enriquecimiento ilícito en el que fue descubierto su marido), pero nadie se libra: el que fuera tesorero del PP, el partido en el gobierno, lleva más de un año en prisión por haber organizado un sistema de financiación ilegal que gestionaba donaciones a su partido por parte de empresarios que recibían, a cambio, concursos y licencias públicas; el principal sindicato, la Unión General de Trabajadores (UGT), es investigado por un desvío de fondos públicos a gran escala mediante despidos fraudulentos y subvenciones de cursos formativos; hay varios expresidentes autonómicos procesados o directamente en la cárcel, y Jordi Pujol, el histórico líder catalán, se vio forzado a confesar, ante la evidencia de los hechos, que ocultó una fortuna en Suiza durante más de 30 años.

La lista de casos es muy larga y se desploma sobre una sociedad empobrecida que ha soportado dos reformas fiscales con altísimas subidas de impuestos, un grave deterioro de los servicios públicos y la mayor emigración cualificada conocida desde los años sesenta. Mientras los jóvenes se marchan y los bancos desahucian a miles de desempleados que no pueden pagar sus préstamos, los ciudadanos, y muy en especial la debilitada clase media, tienen la sensación de que sus políticos no han hecho otra cosa más que robar y derrochar los recursos públicos en obras públicas inútiles y costosísimas (en España hay aeropuertos en los que nunca ha aterrizado un avión, urbanizaciones que nadie ha habitado, autopistas por las que no circulan vehículos y palacios de la ópera que se llenan de polvo sin que suene en ellos ni un aria). Podemos predica ante una grey propicia.

Por eso, su discurso ha calado muy profundo en una juventud culta y formada, pero sin expectativas laborales. Lo que dice Echenique-Robba lo puede suscribir mucha gente de su generación.

—Cuando tomamos las plazas en el 15-M al grito de no nos representan, el PP y el PSOE replicaban que la forma de cambiar las cosas era votando, que si no nos gustaba el país, acudiéramos a votar. Y eso es lo que hemos hecho, por eso tienen miedo —dice con su convicción calma—. Yo me he metido en esto para echar a esa gente del poder, no para seguirles el juego.

Bien distinto es el caso de Monedero, uno de los miembros del grupo promotor de Podemos. Casi todos, como él, profesores de ciencias políticas en la Universidad Complutense. Si Echenique-Robba puede contarse en el campo de los seducidos, aunque para muchos sea ahora la cara de la disidencia interna y una amenaza para la unidad del partido, Juan Carlos Monedero es el seductor. Lleva gafas de filósofo de los años treinta y su amabilidad se vuelve intransigencia pétrea cuando se enfrenta a periodistas conservadores en las tertulias de la televisión. Su primera aparición estelar en ese medio (después de un tiempo apareciendo en La Tuerka y Fort Apache, los dos programas que presenta y produce Pablo Iglesias en internet y en varias emisoras locales, y que les permitieron dar el salto a las cadenas nacionales) fue durante el funeral de Hugo Chávez. La Sexta lo invitó a una tertulia en su calidad de profesor experto en Venezuela. Enfrente, dos periodistas lo acusaron sin medias tintas de ser un agente a sueldo de Chávez, dado que había pasado un tiempo trabajando como asesor en Caracas. La respuesta de Monedero fue muy firme y crispada, señalando a sus oponentes como las voces de sus amos y aventadores el fantasma chavista como en otros tiempos aventaron el fantasma comunista. El vídeo circuló por internet con aplausos. Al fin, decían muchos blogueros y tuiteros, alguien planta cara a los difamadores de la derecha. Al fin, alguien valiente.

En la distancia corta, Monedero es un tipo amable que se expresa con metáforas y cita mucho al teórico marxista Antonio Gramsci.

—Los tiempos de crisis sólo los ven quienes tienen gafas críticas —dice, en un banco de un parque de Madrid, donde charlamos como dos espías de otros tiempos—. Quienes tienen anteojeras sistémicas no identifican sino como ruido lo que son señales claras de desafección política.

Él las leyó en su despacho de la Universidad Complutense. Se las expusieron ordenadas en un dosier firmado por sus colegas (y ahora dirigentes de Podemos) Ariel Jerez y Carolina Becansa. Un estudio serio que confirmaba con rigor demoscópico lo que muchos se imaginaban:

—Ocho de cada 10 españoles estaban a favor de las propuestas de regeneración democrática que surgieron del 15-M, pero no encontraban un partido que las representase. Así que concluimos que había un espacio político.

Y se dispusieron a ocuparlo con un manifiesto fundacional titulado Mover ficha, redactado en buena parte por Monedero y que no es más que un resumen de muchas ideas ya expresadas en sus libros, que sostienen que todo el sistema político español desde la muerte de Franco es un arreglo entre amigos de la casta para mantener el poder, y que ya es hora de cambiarlo por una democracia de verdad. Su propuesta fundamental: España tiene que refundarse. El objetivo es redactar una nueva Constitución.

—En Mover ficha planteábamos que había que salir de esa parálisis. Emplazábamos también al PSOE y a la izquierda nacionalista. Lanzábamos una piedra a un estanque para ver cómo se movían las aguas. Para hacer frente a una crisis brutal, con seis millones de desempleados, desahucios, etcétera.

Una piedra en un estanque. Imágenes claras, aunque tópicas, que comunican bien y explican parte de su éxito. Mientras hablamos en plena calle del centro de Madrid, un par de chicas jóvenes se acercan a darle la enhorabuena, a darle las gracias por la ilusión recuperada. Recuerdo algo que me dijo Echenique-Robba: “Cuando salimos a la calle, la gente nos quiere. Los políticos de toda la vida, sin embargo, no pueden pasear tranquilos. Allá donde van, les increpan. A nosotros sólo nos dan ánimos y cariño”. Es cierto. Las chicas que se acercan son jóvenes de esa clase media reducida a nada, universitarias desengañadas de los mitos políticos de sus padres.

Que despiertan simpatías cada vez mayores es algo que se aprecia a simple vista, sin necesidad de encuestas o estudios sociológicos. El gobierno español se debate entre quitarles importancia o exagerarla con un discurso que infunde temores acerca de una supuesta inestabilidad política aunque, en los últimos tiempos, prefiere evitar la confrontación porque ha percibido que cada ataque los hace más fuertes.

—Hagan lo que hagan, nos beneficia. Si nos insultan, crecemos. Si hablan bien de nosotros, crecemos— dice Monedero.

Porque de insultos y reacciones enfurecidas está la hemeroteca llena. Y no sólo en las páginas de opinión. En octubre se celebró en la ciudad sureña de Murcia un congreso de jóvenes politólogos. A él fue invitado Íñigo Errejón, jefe de campaña de Podemos, que dio una conferencia ante un abarrotadísimo auditorio que celebró sus palabras con las ovaciones que se reservan para las estrellas del rock. Unos días después, el director del Centro de Estudios de Arte Contemporáneo de Murcia, organizador del congreso, fue destituido por el gobierno regional, en manos del PP. El motivo no se disimuló: haber ofrecido a Errejón un lugar donde darse un baño de masas.

Pero también hay oposiciones razonadas, como los artículos que el catedrático en ciencia política Antonio Elorza les ha dedicado en El País alertando sobre lo que él considera un populismo autoritario. Elorza llamó la atención sobre la forma en que Pablo Iglesias prometió su cargo de eurodiputado, muy parecida a la que empleó Hugo Chávez en su primera toma de posesión presidencial, y señaló que el término casta, equivalente al oligarca del chavismo, no es un invento suyo, sino del cómico italiano Beppe Grillo, quien, con su Movimiento Cinco Estrellas y una retórica muy parecida a la de Podemos, consiguió ser el partido más votado en las elecciones generales de Italia de febrero de 2013.

Las críticas de Elorza no sólo destacan por proceder de alguien respetado en el mundo intelectual, sino porque es un colega de los miembros del grupo promotor. El despacho del catedrático está en la misma facultad de la Complutense en la que se fraguó todo. Muchos de los fundadores de Podemos fueron sus alumnos y, más tarde, sus compañeros. Sus artículos tienen el morbo de la revancha y de saber que se han escrito casi desde la intimidad. Otros se han movido entre el simplismo y la histeria. El ex presidente socialista Felipe González advirtió sobre el riesgo de la chavización de la política española. Desde el otro lado de la tribuna, Edurne Uriarte, una influyente periodista conservadora (y ex esposa del muy poco querido ministro de Educación, José Ignacio Wert), se lamentaba este verano en el diario ABC de la simpatía casi unánime que Podemos y su populismo bolivariano despierta en los intelectuales progresistas.

Frente a todo este ruido, Monedero prefiere ajustarse las gafas de filósofo de la Alemania de Weimar y sacar su lado prudente y Realpolitik:

—No somos tan ingenuos. Los viejos partidos no van a derrumbarse como un castillo de naipes. Eso parecía en el año 2000 con el PRI en México y luego volvió. Ha regresado el mismo PRI que hace 12 años. Son partidos-Estado que han formado una base clientelar muy fuerte, y esas bases no se desmoronan de una forma tan sencilla. Hay zonas de España donde tienes que tener carnet del PP o del PSOE para trabajar, y eso ofrece un suelo electoral muy firme. Es algo muy caciquil y del siglo XIX, pero está ahí.

¿Y los que piensan que Podemos no es más que la avanzadilla europea del bolivarianismo venezolano? Se echa a reír, ni siquiera se enfada como se le ha visto enfadarse tantas veces en televisión:

—Si a un médico le dices que vas a trasplantar el corazón de un águila a un caballo, se muere de la risa. Pues a mí, que soy profesor de ciencias políticas, si me dices que quiero trasplantar el modelo de Venezuela a España, me muero de la risa, porque demuestra una ignorancia y estupidez… Es decir, la forma de Estado es diferente, la evolución histórica es diferente, la estructura social es diferente, la estructura económica es diferente. Hay que ser muy idiota para pretender ese tipo de trasplantes. Intentan resucitar el discurso tradicional del siglo XX del miedo a la Unión Soviética. Ahora el malo es el régimen venezolano, pero hay más socialismo en el modelo de seguridad social europeo que en todas las misiones que el gobierno de Venezuela ha puesto en marcha en estos 15 años. ¿Cómo demonios vamos a querer trasladar un modelo que es más ineficiente en términos de equidad y redistribución de la renta que el que ya tenemos aquí?

Esa es la pregunta que resuena dentro y fuera de Podemos. Porque lo único en lo que todo el mundo parece estar de acuerdo es en la intensidad emocional del debate. El proceso de constitución del partido sigue imparable y sus inscritos crecen cada día (en la última votación interna movilizaron a 900 000 inscritos, un récord de masas en un país donde la militancia política es una excentricidad de minorías), de la misma forma que crece su intención de voto. En 2015 habrá elecciones municipales y regionales y, en 2016, generales, si Mariano Rajoy no convoca antes un adelanto. Algunos creen que, a ese ritmo de crecimiento, para cuando lleguen los comicios habrán dinamitado todo el sistema de partidos de España. Otros piensan que el fenómeno se desinflará y todo volverá a la aburrida normalidad de siempre. De momento, en el ambiente va ganando la primera hipótesis: hasta los más escépticos conceden hoy una gran importancia a Podemos y lo tratan como a un partido que va a determinar el futuro político del país. Iglesias, Monedero y compañía les dan la razón, y ya están preparados para apartar a la casta política tradicional de las instituciones.

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