Ruanda: el rastro de una pesadilla

El genocidio de este país africano es uno de los capítulos más horribles del siglo XX. En cien días, entre abril y julio de 1994, unas 800 mil personas fueron asesinadas: 330 asesinatos por hora, cinco por minuto. Han pasado veinte años desde esa matanza y la versión oficial dice que el país está recuperado. Sin embargo, la realidad es más oscura. La información que circula es controlada y los habitantes temen hablar del pasado. Sigue habiendo enormes problemas de pobreza y contagios de VIH. Las heridas que dejó el enfrentamiento entre hutus y tutsis siguen abiertas.

Por Nacho Carretero / Fotografía Alfons Rodríguez

Le preguntamos si podíamos hacerle una foto en el pantano donde estuvo escondido durante el genocidio y, al principio, Cassius Alexis dijo que no, porque tenía que trabajar. Después, negociamos.
—Venid a recogerme a las seis de esta tarde y vamos.

A las seis quedaría poco más de una hora de luz, y además teníamos que recogerlo en el trabajo y pasar antes por su casa (si lo íbamos a fotografiar, lo mínimo que exigía Cassius era vestir una camisa decente), pero era la única opción, así que a las seis lo recogimos. Ya en el coche, rumbo a su casa, empezó a hablar. Cassius tenía 15 años cuando el genocidio de 1994 estalló en Ruanda.

—Estaba en casa, con mi familia. Por la radio pedían que nadie saliese a la calle. Yo miraba por la ventana y vi llegar a los milicianos. Venían en todoterrenos, gritando, borrachos, con rifles y machetes.

Los vecinos salieron en estampida de sus casas, corriendo en frenético desorden.
—Yo salí en una dirección con un hermano y una hermana. Mis padres y el resto de mis hermanos corrieron en la otra. Fue la última vez que los vi.

La casa de Cassius está hoy reconstruida, porque tras el abandono fue quemada. Entra, mientras lo esperamos con el coche en marcha. Las viviendas son de adobe, sobre tierra rojiza. Casi toda Ruanda es así: casas desperdigadas por todos lados, con caminos sin asfaltar siempre llenos de gente. Cuando Cassius regresa lleva una camisa remangada y el coche se llena de perfume. Emprendemos el mismo camino por el que veinte años antes él corrió en estampida.

—¿Por aquí huiste corriendo?
—Sí —señala a través de la ventanilla—. Empecé a correr por aquí porque quería llegar al pantano. Sabía que era el único lugar en el que podía esconderme.

Alrededor, la vida se abre paso con normalidad africana: puestos de fruta, ancianos sentados con un transistor, vacas, chicos en bicicleta, niños descalzos, mujeres transportando leña en la cabeza. Todo en orden en el municipio de Nyamata, en el corazón de Ruanda.

—Pero entonces esto era un caos —prosigue Cassius—. La gente corría en todas direcciones, yo iba muy rápido pero veía los cadáveres tirados, por las cunetas o en medio del camino. En este cruce había un puesto de control. Estaba lleno de chicos con machetes. Al verme empezaron a perseguirme y me gritaban.
—¿Qué te decían?
—Me llamaban cucaracha. Me decían que me iban a matar.

Cassius sonríe, una mueca de satisfacción, de inocente venganza. Al fin y al cabo, no lo pudieron atrapar. El coche sale del camino principal y nos metemos por un sendero impracticable que atraviesa un bosque.
—En esta parte los tuve muy cerca, incluso esquivé un machetazo.

Cuando el sendero muere, encontramos un edificio en obras junto a un cartel que anuncia la próxima apertura del memorial a las víctimas del pantano de Nyamata. A continuación, un pronunciado descenso, cubierto de vegetación y rocas, que desemboca en un mar verde del que sale un descomunal croar de ranas: el pantano. Hay que seguir a pie y hacerlo deprisa. Sin luz, no hay foto. La cuesta es resbaladiza y todo está repleto de mosquitos. La voz de Cassius interrumpe.

—Por aquí bajé volando, los llevaba detrás. También tenía prisa, como ahora.

Al final del descenso se yergue una pared de plantas de papiro. Si se penetra entre ellas, el agua llega hasta el pecho. Al estruendo de las ranas se une el zumbido de miles de mosquitos que forman una nube negra. ¿Cómo es posible estar en este lugar más de diez minutos? Y sin embargo, Cassius estuvo aquí metido un mes, esperando a ser rescatado.

—Me metí aquí y me dejaron de perseguir. Luego comprobé que mi hermano y mi hermana también estaban. Y muchos vecinos más. Por las noches salíamos a buscar comida a las casas de alrededor. Además, si te quedas por la noche las picaduras de mosquito te matan. Por el día nos metíamos en el pantano y permanecíamos inmóviles. Dos veces al día los milicianos entraban y rastreaban todo. Yo, desde mi sitio, con el agua en el pecho, podía escuchar cuando encontraban a alguien, los gritos y los machetazos. Era como una lotería, porque no te podías mover y tenías que esperar que no te encontrasen.

Un mes más tarde, los soldados rebeldes entraron en el pantano y salvaron a los supervivientes. Cassius fue uno de ellos. Uno de los supervivientes del genocidio de Ruanda.

El genocidio de Ruanda es uno de los capítulos más horribles del siglo XX. En cien días desde abril hasta julio de 1994, unas 800 mil personas —según las cifras más benévolas que maneja la onu— fueron asesinadas: 330 asesinatos por hora, cinco por minuto. La mayor parte de ellos a golpe de machete. La matanza supuso el culmen de la guerra civil que durante cuatro años enfrentó a los dos pueblos que habitan el territorio, los hutus y los tutsis. Los primeros fueron los perpetradores, los segundos fueron las víctimas.

Ruanda está situada en pleno centro de África. Tiene sólo 26 mil kilómetros cuadrados. Es conocida como el país de las mil colinas: los pueblos y ciudades discurren entre valles y laderas rodeados de cultivos. Ruanda, además, es una de las cunas de la humanidad. Sus habitantes primigenios son los twas, pigmeos que hoy suponen sólo 1% de la población. A ellos se les unieron, en la Antigüedad, los hutus (hoy mayoría con un 80%), pueblo proveniente de lo que hoy es la República Democrática del Congo (RDC), y los tutsis (14%), que llegaron de Etiopía. Ambos pueblos compartieron tradiciones, idioma, religión y cultura. Hasta se dieron numerosos matrimonios mixtos. La única diferencia era social: los hutus, agricultores, eran la clase vasalla, mientras que los tutsis, ganaderos, se convirtieron en la casta dominante. Pero era una diferenciación permeable: un hutu que obtuviera vacas podía convertirse en tutsi y viceversa.
En el siglo XIX, los colonos alemanes primero y los belgas después, pusieron sus botas en el reino de Ruanda. El territorio quedó bajo el control del rey belga Lepoldo II, quien introdujo en la nueva colonia teorías antropológicas que causaban furor en la época. La más influyente decía que existía en África una raza dominante, superior. Esa era la raza tutsi, y los colonizadores se aliaron con las familias dominantes para gestionar el país. En 1933, los belgas dotaron a la población de tarjetas de identidad étnica, una decisión clave en la historia de Ruanda. Por primera vez la diferencia entre ruandeses se tornaba racial.

El librito que publicó en 1959 un grupo de intelectuales hutus se llamaba El Manifiesto. El tratado formulaba una pregunta que crepitaba en la conciencia hutu desde que se instauraron los carnés de identidad racial: “Si somos diferentes y nosotros somos muchos más, ¿qué hacemos sometidos?”. La conciencia racial caló y desembocó en revuelta. Miles de hutus se echaron a la calle y asesinaron a otros tantos tutsis. Otros cientos de miles de tutsis huyeron del país, la mayoría a la vecina Uganda. Los hutus tomaron el control y en 1962 declararon la independencia de Ruanda. Nacía un estado, con dos naciones enfrentadas en su seno. Durante los siguientes años las persecuciones contra la minoría tutsi se sucedieron. Hubo nuevas matanzas en 1963 y 1964. Además, los tutsis estaban apartados de cualquier puesto político, tenían el acceso restringido a colegios y escuelas. Bealta Kabagwira, vecina de Kigali y también superviviente del genocidio, recuerda aquella época.

—En el colegio, a los que éramos tutsis nos sentaban en la última fila. La profesora, cuando nos pedía algo, nos decía: ‘tú, tutsi’, en cambio a los niños hutus les llamaba por su nombre. Cada mañana, llegaba a clase y nos decía: que levanten la mano los tutsis.

En 1972 se dio la última gran matanza. La llevó a cabo el general Juvénal Habyarimana, quien el año siguiente dio un golpe de Estado y se hizo con el poder. Paradójicamente, desde ese año la estabilidad ruandesa fue en aumento y, aunque los tutsis siguieron reprimidos, cesaron las matanzas y el país logró una estabilidad nunca vista antes. Hasta 1990.

Un día del año 1990, Joseph Buhigiro, vecino tutsi de 65 años de la provincia de Nyamata, estaba tomando una cerveza de plátano cuando un vecino que bebía a su lado le dijo: “Tus familiares han entrado y vienen a matarnos”. “Son los del 59, que han vuelto”, añadió otro.

—Me quedó grabado —dice Joseph—. Después viví cosas horribles, pero ese comentario nunca lo olvidaré porque nos señalaba a todos los tutsis.

Los del bar se referían a que los tutsis exiliados en 1959 y sus descendientes habían regresado a Ruanda en forma de milicia. Durante treinta años aquellos refugiados se habían alistado en el ejército ugandés para entrenarse, y de la noche a la mañana habían desertado formando el Frente Patriótico Ruandés (FPR), que decidió atravesar la frontera y declarar la guerra al régimen de Habyarimana. Es probable que se hubieran plantado en Kigali —la capital ruandesa— en apenas una semana, ya que eran militarmente muy superiores. Pero se encontraron un enemigo inesperado: el ejército francés. Los soldados del entonces presidente François Mitterrand frenaron a las tropas rebeldes y las recluyeron en la selva, en nombre de la francofonía: mientras la Ruanda hutu hablaba francés, los tutsis que regresaban venían de la anglófona Uganda. A Mitterrand no le interesaba un cambio de statu quo. Y se puso del lado del gobierno. El FPR, liderado por Paul Kagame —actual presidente de Ruanda— decidió hacerse fuerte en aquella selva, reorganizarse y reclutar nuevos efectivos (entre ellos muchos niños), mientras Habyarimana planificaba la defensa, que Francia consintió y que desembocaría en un genocidio.

El editorial del periódico Kangura de diciembre de 1990 se titulaba “Los diez mandamientos hutu”. En ellos se plasmaban las obligaciones del pueblo hutu desde ese momento. Kangura (“Despiértalos”) fue uno de los instrumentos que el gobierno de Habyarimana empleó en su campaña de odio. Nada más verse amenazado por el FPR, el gobierno hutu comenzó a inocular en su población el mensaje de que los tutsis habían regresado para exterminar a todos los hutus. La propaganda más efectiva fue la llevada a cabo por la Radio Télévision Libre des Milles Collines (RTLM), del gobierno. Sus ondas escupían odio las veinticuatro horas. En paralelo, el gobierno hutu decidió crear las Interahamwe (“los que luchan juntos”), milicias compuestas por civiles. Las Interahamwe eran el mal personificado: jóvenes sin futuro ni causa, empapados en cerveza y anfetaminas, armados con machetes y rifles.

Aunque la mayoría se tomaba a broma la propaganda o la consideraba una locura transitoria, el país se volvió paranoico.

En 1993, ante la progresiva reducción de efectivos franceses, el FPR comenzó a ganar terreno en el norte del país. La guerra fluía sin reglas: por cada ataque del FPR —con sus desmanes contra vecinos hutus—, el gobierno tomaba represalias contra civiles tutsis. El desenfreno se tomó un respiro en agosto de ese año. Ambos bandos decidieron comenzar en la ciudad tanzana de Arusha un diálogo de paz. Se decidió enviar a Ruanda una fuerza de paz de la ONU, la UNAMIR, encabezada por el general canadiense Roméo Dallaire. Esta misión iba a estar compuesta por 2 500 cascos azules, pero jamás llegó a tal cifra. Unos meses después de llegar a Ruanda, en enero de 1994, Dallaire —que terminó la misión en tratamiento psiquiátrico— envió un fax urgente a Naciones Unidas, un fax que hoy simboliza el comportamiento de las potencias occidentales durante aquel episodio. El documento advertía que el gobierno de Habyarimana había perdido el control de las Interahamwe y que éstas estaban elaborando un censo de tutsis. El fax añadía que los milicianos contaban con armas —proporcionadas por Francia— y capacidad para asesinar a miles de tutsis en pocas horas y advertía de la posibilidad de una masacre. Dallaire solicitó refuerzos y afirmó que si le enviaban 5 mil nuevos soldados podría frenar la matanza. La respuesta desde Nueva York: “Se rechaza la operación contemplada porque excede el mandato confiado a la UNAMIR”. Firmaba Kofi Annan. Para completar la maniobra, la ONU decidió reducir los soldados a un grupo de 250 cascos azules que desde ese momento tuvieron como prioritaria preocupación mantenerse con vida.

Aquella noche estaba en casa y no me enteré de lo que había sucedido. Fue a la mañana siguiente cuando escuché la radio con mi mujer. El locutor explicó que el presidente había sido asesinado y que nadie se moviera de sus casas. En la calle comenzamos a ver milicianos, que estaban montando barricadas y puestos de control. Recuerdo perfectamente que mi mujer me miró y dijo: vamos a morir.

Benuste Karasira —vecino tutsi que perdió a sus hijos y un brazo durante el genocidio—, rememora la noche del 6 de abril de 1994 en la que el avión del presidente Juvénal Habyarimana fue derribado. Un cohete lo alcanzó cuando regresaba de una de las conversaciones de paz en Arusha. Al instante, ambos bandos se acusaron mutuamente en un debate sobre la autoría que todavía es un misterio. El atentado sirvió de pistoletazo de salida. Las Interahamwe tomaron el control y decidieron acabar de una vez y para siempre con la amenaza tutsi. Lo que hasta hacía pocos meses era visto por la mayoría como la locura de un grupo de extremistas, mutó en una ola que arrastró a todos.

La matanza no fue difícil para los milicianos hutus. Contaban con censos de los vecinos tutsis y con las armas francesas. Calles y pueblos se llenaron de road-blocks, donde se pedía la tarjeta de identidad que habían dispuesto, tantos años antes, los belgas. Los que eran tutsis eran apartados a la cuneta y asesinados a machetazos. Las cunetas de todo el país se llenaron de cadáveres, entre los que a veces se hallaban vivos haciéndose los muertos, inmóviles de terror entre los cadáveres. En pocas horas, Ruanda era un desenfreno de violencia rara vez visto en la historia moderna.

Los tutsis que lograban esquivar los road-blocks se refugiaron en iglesias o escuelas. Los propios milicianos hutus les permitían agruparse para después llevar a cabo las matanzas en bloque. Se formaron mataderos humanos que hoy son memoriales en los que se conservan los huesos, ropas y hasta cuerpos embalsamados de las víctimas. En la iglesia de Ntarama, al sur de Kigali, cinco mil personas fueron encerradas por la policía. A los pocos días, llegaron las Interahamwe y volaron la puerta con una granada. Arrojaron una decena más al interior y se pusieron a disparar contra la masa de gente. Después, entraron con machetes y martillos para rematar a los vivos. A algunas mujeres las separaron para violarlas y a los niños los aplastaron contra una pared. Fue una masacre sucia, primaria, brutal. Los hombres eran torturados, las mujeres embarazadas abiertas para evitar el nacimiento de bebés impuros, las niñas violadas —muchas veces por hombres infectados con VIH, lo que provocó un posterior y silencioso genocidio entre ruandesas— y los niños arrojados al río.

Joseph Buhigiro, el hombre que bebía cerveza de plátano, se encerró junto a dos mil quinientas personas más en la iglesia de Nyamata.

—Los milicianos llegaron y rodearon la iglesia. Tiraron la puerta abajo y comenzaron a disparar. Me metí debajo de un banco, los cuerpos de mi alrededor comenzaron a caer, también los de mis hijos. Pronto me cubrieron por completo. Noté que algo me mojaba la cara y me di cuenta de que la sangre levantaba un palmo del suelo, así que tuve que subir la cabeza para no ahogarme. En ese momento me convertí en una piedra. No recuerdo nada más. Estaba vivo, pero muerto.

Los milicianos contaron con la ayuda de al menos 1.7 millones de vecinos hutus, quienes participaron, de manera directa o indirecta, en el genocidio. El miedo fue su motivación. El gobierno había logrado instalar la idea de que matar a un tutsi era salvar a un hutu. Pero la realidad es que la mayoría de los hutus ayudó en las matanzas porque fue obligado. A veces directamente por los milicianos, que amenazaban al que no participase. Otras, simplemente porque no matar los convertía en sospechosos. Muchos vecinos hutus explicaron que tuvieron que asesinar para pasar desapercibidos, para ser “normales”. Se dieron casos de hutus que, mientras refugiaban a tutsis en su casa, mataban a otros en la calle para no llamar la atención. En la mayoría de los casos, perpetradores y víctimas se conocían.

Los genocidas —milicianos y políticos— afirman hoy que acataban órdenes. Israel Duginzigimana es uno de ellos. Cumple 21 años de cárcel por participar en el asesinato de un grupo de 300 tutsis. Era concejal del ayuntamiento de Nyabisindu.

—Disparé contra aquel grupo y tiré una granada. Conocía a la mayoría de vecinos de ese grupo, pero si no lo hubiera hecho, el gobierno me hubiera matado.
Del municipio de Israel sólo salieron vivos once tutsis.

—Vi cómo disparaban contra grupos desarmados y también vi cómo quemaban las casas de los tutsis con ellos dentro. ¿Lo peor que vi? Bueno, a una madre tutsi le obligaron a comerse a su bebé a cambio de la vida del resto de sus hijos.

Uno de los sobrevivientes del genocidio de 1994 sostiene una foto que prueba la participación de los franceses en la Operación Turquesa.

Uno de los sobrevivientes del genocidio de 1994 sostiene una foto que prueba la participación de los franceses en la Operación Turquesa.

Y mientras todo eso sucedía, “el mundo miraba con las manos en los bolsillos”, como acertó a definir Paul Kagame cuando todo había terminado. El FPR desistió en su empeño de pedir apoyo y comenzó a aproximarse a Kigali en una carrera contrarreloj para frenar el genocidio, aunque también en un desmedido avance de venganzas contra civiles hutus.

Una resolución aprobada por la ONU en 1948 obliga a su Consejo de Seguridad a intervenir por la fuerza en caso de genocidio. En Ruanda estaba ocurriendo uno, pero en Estados Unidos la administración de Bill Clinton decidió no utilizar la palabra genocidio y la sustituyó por “actos de genocidio”. Así se ofrecieron distintas ruedas de prensa en las que el malabar conceptual libraba a Washington de la intervención.

Los tutsis que lograban evitar los road-blocks y las matanzas colectivas se refugiaron en bosques y pantanos, como Cassius Alexis. Ruanda se convirtió en un enorme coto de caza. Cuentan que muchos tutsis, durante el genocidio, usaban el cielo como mapa. Desde sus refugios, en bosques, cuevas o pantanos, observaban el cielo y evitaban caminar por donde veían bandadas de buitres. Los buitres les marcaban las rutas prohibidas y les indicaban los caminos despejados.

La matanza sólo vislumbró su final el 22 de junio de 1994, cuando la onu, por fin, aprobó la Operación Turquesa. El ejército francés fue designado para regresar al país de las mil colinas y abrir un corredor humanitario para los refugiados. El FPR estaba a las puertas de Kigali y los hutus, despavoridos, comenzaban a huir.

El 13 de julio de 1994 el FPR tomó Kigali y la guerra terminó. Arrancó entonces el epílogo del genocidio: dos millones de hutus huyeron del país, entre ellos, ocultos, los genocidas.

La marea humana se dirigió en su mayoría a la República Democrática del Congo (RDC), entonces Zaire, e improvisaron enormes campos sin infraestructuras en los que el cólera hizo estragos. Hubo cientos de miles de muertos. La ayuda humanitaria estabilizó la situación un año después, pero la furia de Paul Kagame por la huida de los genocidas permanecía intacta.En 1996, el FPR entró en la República Democrática del Congo con la intención de hacer regresar a los refugiados y detener a los genocidas. El operativo escapó pronto del control de los soldados que, según un informe de la ONU del año 2010, abrieron fuego contra la población hutu, incluida aquella que ya estaba instalada en aldeas y pueblos congoleños. El informe califica esta acción como un nuevo genocidio, algo que niega el actual gobierno ruandés. Los supervivientes a esta nueva matanza regresaron a Ruanda. Tocaba hacer justicia.

El escenario que se encontró el FPR después de la guerra se ilustra en cifras: 800 mil tutsis asesinados, 250 mil mujeres violadas, cien mil niños huérfanos. Eran tantos los cadáveres amontonados que se decidió sacrificar a todos los perros para que no los devoraran. Hoy, en Ruanda casi no hay perros.

Lo primero que quiso hacer el nuevo gobierno fue justicia. Pero no podían abrir 1.7 millones de casos. La solución fue recuperar la figura de los gacaca, un sistema tribal ruandés que se usa para resolver disputas entre vecinos mediante reuniones de la comunidad. Tras el genocidio se perfeccionó el sistema y se aplicaron desde el año 2001 hasta 2012. El doctor Jean-Damascene Gasanabo es el director general del Centro de Investigación y Documentación del Genocidio:

Los gacacas tuvieron un objetivo, sobre todo, reconciliador. Consiguieron que se hiciera justicia, pero también que se llegara a un acuerdo pacífico entre los vecinos, porque todo el pueblo estaba presente. Se confesó, se pidió perdón y se perdonó. Los gacacas reconciliaron a miles de pueblos en Ruanda.

Los gacacas enviaron a prisión a 120 mil personas. Los demás fueron condenados a realizar trabajos para la comunidad ya que no cabían en las cárceles. Por encima de estas cortes populares se erigió el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, con sede en Arusha, donde se juzgó y encarceló a casi todos los organizadores e instigadores del genocidio.

Más allá de la justicia, el desafío de la nueva Ruanda era lograr que dos partes enfrentadas en una guerra e implicadas en un genocidio volviesen a compartir su día a día. Víctima y verdugo tenían que mirarse a la cara mientras, por ejemplo, compraban el pan. Cassius Alexis, el chico del pantano, ve casi cada día a vecinos que estaban en aquel grupo que le persiguió machete en mano.

Una de las primeras medidas que hizo pública el nuevo gobierno fue tipificar los delitos de venganza. Cualquier ajuste de cuentas fruto del genocidio sería castigado con cadena perpetua. Jean Pierre Dusingizemunge, de 50 años, es el presidente de Ibuca, la federación de asociaciones de supervivientes del genocidio:
—Lo primero que dijo el FPR fue: “Si os vengáis, seréis golpeados con el máximo castigo”. Yo creo que eso es un enorme compromiso por parte de un gobierno.

Los ajustes de cuentas, sin embargo, fueron inevitables. Los mismos gacacas sirvieron para canalizar represalias. Lo explica Evariste, un hutu que vive fuera de Ruanda y pide ocultar su verdadero nombre.
—Hubo muchas muertes en los gacacas, muchas venganzas. Opino que los gacacas fue una manera de que el Estado organizara las venganzas.

Evitar el negacionismo fue el otro pilar de la reconciliación. Negar que hubo un genocidio se paga con la cárcel. Paul (otro nombre ficticio) es un hutu que vive en el norte de Ruanda y que, bajo una absoluta discreción, ha accedido a hablar con nosotros. Nos cita en el hall de un hotel, pero pronto se muestra incómodo y termina invitándonos a su casa. En su opinión no hubo un genocidio en Ruanda.

—Hubo una guerra, con dos bandos que se mataron entre ellos. Hubo tantos muertos de un lado como de otro.
—Pero, ¿qué pasa con las Interahamwe? ¿Para qué se crearon?
—Para defendernos. Los tutsis sabían que el FPR iba a entrar y se armaron, se organizaron. Tenían células por todo el país, así que el gobierno decidió crear las milicias para defenderse.
—Pero mataron a miles de inocentes.
—Sí, y eso no lo defiendo, pero el FPR hizo lo mismo. Entraban en las aldeas y mataban a todos. Si hubo un genocidio de un lado, también lo hubo de otro.
Lo que dice Paul es muy incorrecto fuera de Ruanda y, dentro, es un delito.

—¿Qué ocurre si dices esto en público?
—Que me enviarían a la cárcel y me dejarían morir allí. Y a vosotros también, por preguntar.

La Ruanda urbana está limpia y ordenada, sobre todo su capital, Kigali, que se extiende a lo largo de varias colinas en las que en las laderas lucen los barrios acomodados y en los valles las chabolas. Los conductores usan el cinturón de seguridad, la tasa de crímenes es baja, las carreteras están asfaltadas y el turista puede recorrer el país sin preocuparse por la seguridad. La economía no va mal. Ruanda ya ocupa el puesto 33 de 51 en la lista del PIB per cápita de países africanos. Sigue habiendo enormes problemas de pobreza y se mantienen elevadas las tasas de contagios de vih. Pero Ruanda ha centrado todos sus esfuerzos en transmitir una impoluta imagen de orden, progreso y libertad. Paul dice:

—Es una imagen. Estar como visitante en Ruanda es como ir de invitado a la casa de una mujer maltratada por su marido. Cuando tú estás allí, todo parece tranquilo, armonioso. Pero cuando no estás, entonces aparece la realidad del maltrato y la opresión. Eso es Ruanda.

Pero esa imagen surte efecto: turistas y periodistas llegan al país, contemplan la convivencia, el orden y la resiliencia ruandesa, y regresan maravillados. Y en verdad los ruandeses conviven en paz, pero no porque realmente estén reconciliados sino porque el gobierno controla la vida de sus ciudadanos hasta extremos novelescos.

—Aquí no se pueden ni pronunciar determinadas palabras. Hay soldados y policías secretos por todas partes —explica Paul.
—¿Cómo en una dictadura?
—Peor. Porque aquí está disfrazado. Hacen creer que somos una democracia. Es como el mantener tan limpias las calles: una careta para el visitante. Al político que levanta la voz lo eliminan. En una dictadura al menos te ejecutan directamente. Aquí te dejan morir.
—¿Quieres decir que el Estado ruandés mata gente por cuestiones políticas?
—Normalmente no de manera directa, pero te envían a la cárcel y allí se encargan de que te maten o te dejan morir de hambre.

Evariste, también hutu, dice acerca de esta cuestión espinosa:
—Si yo hablase públicamente del gobierno, mi familia estaría en la cárcel mañana. En Ruanda nadie se fía de nadie. Sólo se habla de fútbol o del tiempo porque no sabes quién puede ser policía o soldado. Somos un país que vive en paranoia. En una desconfianza permanente.

Sobre el papel hay doce partidos en Ruanda, con su representación parlamentaria, pero la realidad es que todos dependen del FPR de Kagame y que no hay oposición real. En los últimos años han sido asesinados y encarcelados decenas de opositores. Fuera del parlamento el paisaje no es mucho mejor. Hay sólo una cadena de televisión y todos los periódicos son del gobierno. Frank, que prefiere no decir su apellido, trabaja en The New Times Rwanda, el periódico en inglés más importante del país. Advierte que si queremos pedir una entrevista con cualquier funcionario público, debemos insistir en que vamos a hablar sólo de la recuperación y reconciliación ruandesa. Si insinuamos cualquier crítica, podríamos tener problemas. Hay antecedentes: nueve cooperantes y periodistas españoles han sido asesinados en Ruanda en los últimos quince años. En Ruanda, discrepar con el gobierno se traduce en “hacer ideología”, una borrosa figura legal que conduce a la cárcel. Incluso las víctimas tutsis están sometidas al guión oficial. Ningún superviviente reconoce en público que no perdona a quienes intentaron asesinarlo o a quienes mataron a sus familiares. Cassius Alexis es un buen ejemplo.

—¿Qué sientes cuando ves a vecinos que te persiguieron?
—Ahora ya pasó mucho tiempo. Al principio no me gustaba, pero ahora entiendo que hay que mirar al futuro, que debemos estar juntos.
—¿Les perdonas?
—Sí, les perdono.

Sin grabadora por medio, el mensaje cambia. Jean es el nombre de un joven tutsi que, siendo un niño, sobrevivió durante un mes huyendo de sus asesinos por el bosque de Kayumba, en el sur de Ruanda. Su vida se redujo entonces a correr descalzo huyendo de sus predadores hasta que fue rescatado. Su familia completa murió.

—Sé que hay una respuesta para esto, pero no es la que siento. Ninguno de ellos nunca me ha pedido perdón. Cuando me cruzo con algún vecino hutu que participó en las persecuciones, mi primera reacción es salir corriendo. Me entran ganas de huir como cuando era niño. Pero tengo 31 años, no puedo salir corriendo por la calle. ¿Perdonarles? Por supuesto que no puedo perdonarles. ¿Tú podrías?

El proceso de reconciliación se completa con medidas que borran la Ruanda anterior a la guerra: el país cambió su himno, su bandera, su idioma (inglés en lugar de francés) y hasta sus libros de historia, que ahora explican que hubo un genocidio contra los tutsis para, a continuación, decir que ya no existen diferencias entre hutus y tutsis, que sólo hay ruandeses. Ésta, precisamente, fue la decisión estrella: la abolición oficial de las identidades. No existen ya documentos de identidad racial y se ha hecho tanto hincapié en que ahora sólo hay ruandeses, que preguntar a alguien si es hutu o tutsi resulta una grosería.

—Hablar de hutus o tutsis no forma parte del plano de la realidad. No hay hechos que demuestren que uno es tutsi y otro hutu. Tenemos la misma lengua, la misma cultura, la misma historia y vivimos en el mismo país desde hace muchos siglos. Somos un solo pueblo —explica el doctor Jean-Damascene Gasanabo.

Sin embargo, detrás de los discursos oficiales, en la calle, la división hutu-tutsi sigue perfectamente definida. Y en esta meridiana división todos los puestos de control son para los tutsis.
—El 90% de los políticos son tutsis —dice Evariste—. El ejército está compuesto en un 90% por tutsis y todos los generales son tutsis. Las grandes empresas, luz, agua, gas, comunicaciones, están dirigidas por tutsis. Los hutus viven en Ruanda completamente oprimidos: son los últimos en acceder a becas, ayudas. Otra vez tenemos un régimen racial.

Los otrora verdugos aparecen ahora como víctimas. Paul completa el diagnóstico:
—Los empresarios de este país son tutsis. Si un hutu va a buscar trabajo a una empresa de tutsis, nunca se lo darán. Te pongo un ejemplo. Yo hice un curso de económicas. Era el único hutu de mi clase. Lo terminamos hace tres meses. Pues bien, soy el único que no está trabajando. Y puedo asegurarte que no era el más estúpido de la clase.

Le preguntamos sobre el dominio tutsi a Francis Kabuweka, diputado (tutsi) desde hace más de diez años. No solo discrepa con Evariste y con Paul, sino que considera peligroso su mensaje.

—Lo importante es: ¿somos hutus y tutsis ante todo, o somos ruandeses? Ya sabemos a qué nos conduce cada respuesta. Desde el genocidio nos hemos comprometido a no usar esta identidad.

Si de verdad Kagame cree en la reconciliación, o si lo único que quiere es el control de Ruanda para los tutsis, es una incógnita. La realidad es que, al día de hoy, la reconciliación está muy lejos.

—No se admite que miles de hutus fueron asesinados y no tenemos derecho ni a recordarlo —dice Paul—. Mientras eso ocurra, la reconciliación es imposible. ¿Sabes cuál es nuestra esperanza? Que estamos agotados. Todos anhelamos la paz porque estamos hartos de la sangre. Por otra parte, alcanzar la paz sólo porque estamos hartos, por desidia, sería algo muy ruandés.

Historias relacionadas

crisis del sistema de salud en Venezuela mortalidad infantil, portada

Reportajes

Morir por nada

Por Mariana Zúñiga
biografía graciela iturbide fotógrafa mexicana ganadora del premio hasselblad

Reportajes

La mirada interior de Iturbide

Por Diego Rabasa
Maria Nieves y Juan Carlos Copes

Reportajes

La dama del tango

Por Leila Guerriero