Sandra

Éste es un capítulo del libro The Other Side of Paradise, Life in Cuba, que la autora, Julia Cooke, publicará en Estados Unidos. Cuenta la historia de una cubana y sus intentos por obtener un poco más de su vida en La Habana.

Por Julia Cooke / Ilustración Charles Glaubitz

"Los autos aquí te pasan por encima. Y si es él, ni se detiene. Te atropella y se siguen de largo".

"Los autos aquí te pasan por encima. Y si es él, ni se detiene. Te atropella y se siguen de largo".

“Los autos aquí te pasan por encima. Y si es él, ni se detiene. Te atropella y se siguen de largo”.

Por Julia Cooke / Ilustración de Charles Glaubitz

Estaba paseando por el restaurante Floridita, pasando tiempo en la zona de burdeles, las máquinas tragamonedas derramando ríos de dólares de plata, el teatro Shangai, donde por un dólar y veinticinco centavos se podía ver un espectáculo de desnudos sumamente obsceno, y en los intermedios ver las películas para adultos más pornográficas del mundo. Y de pronto se me ocurrió que esta extraordinaria ciudad, donde todos los vicios estaban tolerados y todas las transacciones eran posibles, se hallaba el verdadero telón de fondo de mi novela”.—Graham Greene, en Nuestro hombre en La Habana

Si de algo sabía Sandra era del cabello. Lo conocía de la raíz a la punta. En la escuela de belleza había aprendido 
la forma de la cabeza humana y que lo mejor que se puede hacer al cortar su cabello es seccionar el cráneo en octavos, me dijo cuando la conocí por primera vez. Sus largas uñas rojas brillaron mientras sostenía las manos frente a ella para hacerme una demostración en un cliente imaginario. Sus anillos de oro destellaron. Una vez que se cansó de las técnicas de corte de pelo, sacudió las manos y sus dedos echaron chispas como fuegos artificiales en la noche espesa.

Esa noche me reuní en la esquina del Malecón y Paseo con Juan, quien me quería presentar a Sandra. Tras darle la mano a un grupo de músicos ambulantes con gorras de béisbol con lentejuelas plateadas, él les preguntó si habían visto a la China, el apodo que le ganaron a Sandra sus ojos rasgados. Nos sentamos junto al agua y en diez minutos Sandra cruzó la calle hacia nosotros, con pasos largos y decididos; sacudiendo la cabeza para liberar a su pelo de los pendientes con adornos y viéndonos con los ojos entrecerrados, como si tuviéramos una cámara que tomara fotos para Vogue. Juan me presentó, diciendo que estaba haciendo investigación para un libro y yo expliqué el resto 
—luego él se fue en busca de cigarros y desapareció. Sandra me lanzó una aguda mirada, observando mis sandalias y mi cara desnuda mientras yo me apoyaba en el dique que me llegaba hasta la cintura. Ella se trepó junto a mí y yo le ofrecí la lata extra de cerveza Cristal que había comprado. Cuando habló, su voz era ronca y baja, y me hizo pensar más en Nueva Jersey que en Cuba.

Sandra, como algunas de las otras chicas que pasan el tiempo donde estábamos sentadas, en el Malecón con Paseo, llevaba ropa de moda de la que apenas te tapa: shorts diminutos con dos “C” entrecruzadas en los bolsillos traseros, tacones brillantes, brasieres que se asoman debajo de las camisetas sin mangas y playeras que exponen los vientres. Ella misma se pintaba el largo pelo de un negro azulado y se delineaba los labios con el mismo lápiz oscuro que usaba alrededor de los ojos porque las bodegas no habían traído rojo en meses. Sus uñas plásticas eran gruesas y susurrantes en las puntas; me tomó del antebrazo cuando cruzábamos la calle de camino al baño, esquivando los autos que pasaban a toda prisa por la curva de Paseo. Tomamos el camino largo para evitar a los policías que acechaban en las sombras sobre el camellón de la intersección, atentos a las actividades ilícitas. “Los autos aquí te pasan por encima. Y si es él —Sandra alzó la barbilla y pasó la mano por debajo para imitar una barba, el gesto universal para referirse a Fidel Castro— ni se detiene. Te atropella y se siguen de largo”.

Los clubes y bares en los hoteles se imponían en las intersecciones —el moderno Riviera, el reluciente Meliá Cohiba, el Jazz Café—, pero como pocos cubanos podían darse el lujo de entrar a tomar unos tragos, los turistas que querían conocerlos se reunían junto al mar. Todos, cubanos y extranjeros, amaban el malecón para sentarse de frente al océano y a Miami y sentir la brisa en las espinillas desnudas, o para volverse hacia la ciudad y mirar pasar a los ruidosos autos viejos; o, después de una larga noche en los bares, ver la orilla del mar cuando comienza a separarse de un cielo brillante. En las noches sin luna, podías dar tu aprobación a los hombres en camiseta que atrapaban peces con las líneas casi invisibles que se salían de las bobinas en la banqueta. En los días calurosos, veías a los niños saltar desde el muro hacia la marea alta, que se encogían al mismo tiempo que sus brazos giraban rápidamente más allá de las rocas que surgen del océano como riscos.

Así que los hombres jóvenes cargaban bongós y guitarras, imitando al Buena Vista Social Club por unos cuantos dólares de propina. Caballeros con sombreros de paja raídos le pedían a los turistas que les trajeran una cerveza extra del quiosco de la gasolinera. Mujeres de aspecto cansado en pantaloncillos cortos de licra cantaban los nombres de los cucuruchos de maní tostado y las rosetas de maíz. Chicas despreocupadas meneaban de lado las caderas a los hombres extranjeros que pasaban caminando. A Sandra le habían enseñado el arte de servir a la Revolución cubana en los salones de belleza, pero había perdido la fe en el cabello. Para cuando cumplió veintiuno, llevaba trabajando como prostituta alrededor de cinco años. Las fechas cambiaban cada vez que le preguntaba. De cualquier forma, ganaba tres veces más en una noche de lo que le hubieran pagado al mes en cualquiera de los salones del gobierno.

Las estadísticas que al gobierno de Cuba le gusta subrayar cuando se le pregunta sobre el papel de las mujeres en la sociedad comunista son éstas: antes de 1959, las mujeres representaban sólo 13% de la fuerza laboral y muchas eran servidoras domésticas. Un gran número eran prostitutas también. Como la Habana era un puerto con un ambiente liberal, gobernada por un títere de Estados Unidos, fue el lugar donde los yanquis llegaron en busca de una vida nocturna desinhibida después de la prohibición. La Ley Volstead de 1919 empujó a los estadounidenses hacia el sur e infló las cifras del turismo de treinta y tres mil visitantes en 1914 a cincuenta y seis mil en 1920 y noventa mil en 1928. Por lo general, también había barcos de la Marina de Estados Unidos atracados en la bahía. Para 1931, siete mil cuatrocientas mujeres declararon oficialmente que su profesión era la prostitución, y eso que muchas más no lo hicieron. La ciudad, antes denominada “La perla del Caribe”, pronto comenzó a conocerse como su burdel.

Cuando la revolución arrasó, las apuestas y la prostitución se declararon ilegales. Castro insistió en que el turismo podía continuar en La Habana en ausencia de atracciones más cuestionables moralmente: le dio la bienvenida a más de dos mil personas a una reunión de la Sociedad Estadounidense de Agentes de Viajes en La Habana en octubre de 1959, a diez meses de su toma de poder. Pero muy pronto, la crisis de los misiles provocó la Guerra Fría, el embargo comercial y turístico se puso en marcha, y se frenaron los viajes de estadounidenses a La Habana. Cuarenta años después de la revolución de 1959, mucho después de que las prostitutas fueran educadas como costureras y se les dieran empleos y servicios de guardería para sus hijos, cincuenta y un por ciento de los científicos de Cuba eran mujeres. Cincuenta por ciento de los abogados y cincuenta y dos por ciento de los médicos también. A todos se les pagaba casi equitativamente: un doctor, hombre o mujer, ganaba sólo un poco más que una costurera, alrededor de veinte dólares al mes en pesos cubanos.

Pero luego vino el periodo especial. Se redujeron las raciones de comida, ropa y otras necesidades, aumentando la presión sobre esos salarios mensuales. Las mujeres —y algunos hombres— comenzaron a intercambiar favores sexuales, por ejemplo, por el pescado que un vecino había atrapado o el pan que sólo un empleado del Estado con buena posición podía obtener en abundancia. Cuando el gobierno promovió el incremento del turismo y Cuba se acercó al mercado capitalista global, esas actividades volvieron a tener valor en efectivo. Para 1995, más o menos al mismo tiempo que salieron los estudios sobre paridad de género en la fuerza laboral, la revista italiana de viajes Viaggiare le había dado a la isla el dudoso honor de ser el “paraíso del turismo sexual” número uno en el mundo. El gobierno, en bancarrota y desesperado, hizo poco por contradecir esta imagen. Y aunque la economía se levantó conforme Cuba entraba al siglo XXI, y a pesar de que la nueva década vio a la policía lanzar a la cárcel a las prostitutas más obvias, el sexo se convirtió algo que se podía vender y comprar fácilmente en La Habana.

Y, sin embargo, Cuba sigue destacando por un hecho clave: no hay muchos chulos o intermediarios en el comercio sexual. Un Estado policial que restringe fuertemente el acceso a las armas y sanciona severamente el tráfico de drogas engendra un bajo mundo más sórdido que abiertamente violento. Además, las relaciones románticas entre locales y extranjeros no se consideran prostitución, sino que caen en la categoría de amistad. Cualquiera que no sea cubano es deseable, y no está claro qué es lo que quieren los cubanos de sus amigos extranjeros: es una mezcla de dinero, atención y las posibilidades que abre un pasaporte no cubano. Algunos de estos hombres sacan a sus mujeres del país, aunque es más común que las mantengan en Cuba por un rato antes de abandonarlas, cuando se encuentran una mujer nueva o más joven, o cuando se aburren del país, de su calor y de su drama.

El lenguaje de una ciudad llena los espacios en blanco de lo que su gente quiere nombrar. En algún momento de principios de los noventa la palabra jinetero/a se volvió el comodín para describir a los cubanos, hombres o mujeres, que se prostituyen. Más que los pesos en los que se pagan los salarios del gobierno, buscan en los extranjeros el dinero de sus países, o los cucs, el valioso efectivo turístico. El origen de la palabra no está claro. Jinete es quien monta un caballo; si eso significa que las mujeres llevan las riendas de los “caballos” no es seguro. Hoy, jinetero, en masculino, se refiere ofensivamente a un hombre que provea a los turistas de cualquier servicio legalmente dudoso, parecido 
a la prostitución. Jinetera significa “una mujer cubana que intercambia sexo por dinero”.

Había evitado a los jineteros y jineteras desde que vine por primera vez a Cuba. Pero no podía escribir sobre las mujeres en La Habana sin hablar con una jinetera, me dijo Juan, a quien había conocido el año anterior y a quien le encantaba documentar el lado oculto de su ciudad, y yo estuve de acuerdo.

“Quizás tengas que pagarle”, me dijo ese día después de haberme presentado a Sandra. Estaba sentada con él y su novia, Alejandra, en la terraza de la laberíntica casa del Vedado que compartían con la madre de Juan, su padrastro y otras tres familias, hablando de las jineteras. Su bebé dormía en el regazo de Juan y el hijo de Alejandra de una relación anterior, dibujaba en la mesa de la cocina.

Yo respingué, él se encogió de hombros.
—Es decir, estás usando un tiempo que alguien más podría pagarle si tu no estuvieras ahí.
—Especialmente si la ves de noche —dijo Alejandra.
—Parecía contenta de sólo hablar conmigo —dije—.No le pagaré por su tiempo, pero supongo que le podría comprar una pizza, cervezas, pagar los taxis, y ojalá que eso sea suficiente.

Juan parecía escéptico, pero Alejandra asintió con la cabeza. “Puede que eso funcione. Después de todo, eres extranjera”, dijo, inclinando la cabeza mientras me veía. De repente me sentí incómoda. “Tu sola presencia implica una oportunidad de algún tipo”.

Por el calor opresivo de La Habana, a veces resulta difícil distinguir quién está vendiendo sexo y quién sólo intenta llevar la menor cantidad de ropa posible. Las prendas básicas de la moda jinetera —minifaldas, telas transparentes y camisetas que muestran el escote y los hombros— las llevan la mayoría de las mujeres, incluidas las extranjeras, que se sienten más libres en la permisiva Cuba que en sus lugares de origen. En los clubes vi mujeres extranjeras bronceadas con las marcas de los tirantes de sus bikinis alrededor del cuello mirar a ambos lados antes de bajarse el escote para bailar con los delgados cubanos en pantalones ajustados con grandes hebillas. Estas mujeres acogían con entusiasmo el aura de sensualidad a cada minuto, como si sólo respirar hiciera recorrer por sus cuerpos células diminutas de erotismo, y como si esa infusión moviera sus caderas para adelante y para atrás, transformando su caminar en pavoneo, plantándoles chistes mordaces en la boca.

Sandra había dominado desde hace mucho estos trucos femeninos. Todo sobre su apariencia física estaba calibrado para seducir: blusas que parecían casi a punto de enseñar demasiada piel, el pelo que se retorcía alrededor de su cuello, sus uñas rojas, largas y suaves. Yo sólo le llevaba cinco años a Sandra, pero me sentía gorda, torpe y anticuada junto a ella, con mis sandalias y mis vestidos sueltos. Cuando nos sentamos, la segunda vez que nos vimos, en el asiento trasero de un taxi del Estado que nos llevó del malecón a su casa, yo era un muñeco de peluche harapiento junto a una Barbie.

Sandra acababa de mudarse de la Corea, uno de los pocos barrios tipo favela de La Habana, a una vivienda más pequeña pero más bonita en San Miguel del Padrón. Su casa estaba en un área de seis cuadras por ocho entre un riachuelo fétido y la avenida principal que unía al centro de La Habana con los vecindarios de las afueras como San Francisco de Paula, donde vivía Ernest Hemingway. San Miguel era un lugar de contrastes: una calle comenzaba con unas cuantas casas recién pintadas cerca del camino hacia San Francisco y se desteñía en casuchas de bloques de concreto con barriles de petróleo extendidos a manera de bardas más cera del riachuelo. Cartones de huevo, bolsas de plástico, los esqueletos oxidados de las sillas de metal y cáscaras de frutas meciéndose en el agua.

El brillante taxi redujo la velocidad cuando entramos en la calle, esquivando baches. Una pareja en la esquina se nos quedó viendo y Sandra los saludó con la mano. A pocos metros, un viejo en overol, con un costal de naranjas colgado sobre el hombro derecho, se puso en posición de firmes y saludó. Sandra se deshizo en risas, manoteando en el asiento de vinil. “Qué loco, loco loquito”, resolló. “¿Viste?”, saltó afuera en cuanto nos detuvimos en su calle y se recargó contra la cajuela del auto, escarbándose las uñas mientras yo pagaba el pasaje.

Hace años, la madre de Sandra la había corrido de la casa. Ahora vivía con su abuela, Aboo, y su medio hermano, Gallego, en un departamento de dos habitaciones en lo que alguna vez fuera un jardín en el centro de una cuadra, al fondo de un callejón y junto a una casa de un piso con columnas neoclásicas y un patio junto a la calle. Aboo no aprobaba que Sandra pasara tantos días fuera de la casa, pero su padre estaba en Florida y su madre tenía un nuevo esposo, una casa linda en el área suburbana de La Lisa y unos gemelos pequeños. Y el dinero que Sandra traía a casa sostenía su hogar.

Había escuchado que por cada mujer que mantienen los extranjeros en Cuba, tres o más ciudadanos se las arreglaban con ese dinero, directamente o no. Al menos Sandra, Aboo y Gallego. Además de meter a las putas muy evidentes en Villa Delicia, como le llaman a la cárcel de mujeres, el gobierno no hace gran cosa. Sandra había pasado cuatro días ahí cuando tenía diecinueve y había comido tan poquito que salió “así de flaca”, me dijo mostrándome el meñique. Si los hombres dejaran de venir a la isla, tentados por las imágenes de mulatas escasamente ataviadas en las playas de arena blanca y los cuerpos apretados en los atestados bares, las habitaciones de hotel languidecerían sin visitas, y los taxis tendrían menos pasajes y los restaurantes más mesas vacías. Los policías del área, dijo Sandra, eran sumamente sobornables, por el precio correcto.

Justo adentro de la puerta de Sandra, un hato de ropa doblada estaba apilado en una mesita que tenía dos sillas a juego. El cuarto también tenía un armario de madera, un estéreo y un refrigerador cerca de una pequeña cocina. Una foto de un hombre con una guitarra llamado Juan Manuel, autografiado “Para la China más bella”, colgaba de la pared junto a una imagen de Sandra con el vestido rosa de holanes de sus quince años y un collage de la familia y los amigos, los niños en La Lisa y las chicas del vecindario. El cuarto de atrás tenía dos camas gemelas y un clóset. Sandra hurgó en busca de una caja de fotos. Cuando la encontró, regresamos al patio central, donde las otras dos sillas de la mesa acumulaban herrumbre en las junturas, para sentarnos bajo los tendederos que las tres familias que vivían a la mitad de la cuadra se turnaban por días. Puso la caja en el suelo y revisó las fotos. Yo saqué una cajetilla de Criollo, cigarros baratos sin filtro, que prefería por su tabaco limpio y su regusto dulce. Sandra arrugó la nariz pero tomó uno de todas formas, y lo usó para señalar al chico español que le había pedido matrimonio dos años antes. Se la había topado unas semanas después con alguien más. Todavía tenía el anillo.

Sandra tuvo sexo por primera vez cuando tenía once años (la edad promedio en Cuba es alrededor de los trece) con un tipo cuyo nombre, Mumúa, se había tatuado en el cóccix, arriba de una imagen de dos palomas entrelazadas con pergaminos. Él tenía treinta y dos años y “está loco por mí”, dijo mientras prendía otro cigarro; se hallaba preso por vender partes robadas de motocicletas. Las salidas nocturnas de Sandra se convirtieron rápidamente en prostitución —los salarios del gobierno palidecían junto a los cincuenta pesos que podía hacer en una noche con un hombre, casi siempre extranjero, casi siempre español, cubano-estadounidense o italiano. Así que renunció, nunca terminó su curso de certificación en la escuela de belleza.

La puerta del callejón que daba a la calle tintineó al entrar Gallego y, después de ser presentados, yo tomé mi bolsa para irme. Sandra me preguntó adónde iba. “A verme con unos amigos en el centro”, le dije. No había muchos restaurantes decentes en La Habana en aquel entonces y un elenco generoso y cada vez mayor de conocidos y amigos, unos cubanos y otros cuantos expatriados, me invitaban regularmente a comer. Me echó un vistazo y me empujó hacia el espejo de la sala que llegaba hasta el piso. Si tan sólo me arreglara el pelo así, me dijo mientras tomaba mis chinos y los acomodaba en un chongo desordenado y voluminoso, me vería mucho más sexy. Un toque de rojo para hacer el aburrido café más interesante me caería bien. Y mis shorts también podrían ser más cortos. Además debería delinear mis labios. Ya sabes, destacar los contornos. Le di unos pasadores para mi pelo, pero los shorts me gustaban como estaban, a medio muslo. Parecía escéptica, con los pasadores entre sus labios mientras me arreglaba. Al terminar, puso las manos en las caderas. Me veía mejor.

La siguiente vez que vi a Sandra hicimos una visita rápida al malecón. Justo antes de irme, me dijo que se le había ocurrido un plan: cuando yo regresara a México, donde entonces vivía debería hacer que mi compañía le escribiera una carta de invitación. “Pueden decir que estaré trabajando para ellos”, dijo. “¿En qué clase de compañía trabajas? Un periódico o algo, ¿cierto? Ni siquiera tendrían que ofrecerme un trabajo, sólo hacer la carta; yo me puedo cuidar sola una vez ahí. Y luego simplemente me quedo”.

En realidad no trabajaba para nadie, al menos no de esa manera, le expliqué, y algunas de las revistas para las que escribía de hecho estaban basadas en Europa. Me miró con coquetería. “Como sea”, dijo. Hice una pausa y luego sonreí un poco y dije que difícilmente podía lograr que me hicieran favores a mí, mucho menos lo haría para una amiga en Cuba. Sandra se encogió de hombros y comenzó a chismear sobre una vecina suya que yo había conocido el día que visité su casa. Había venido a pedirle prestados a Sandra los anteojos falsos de plástico porque al amigo que había estado aquí por una semana le había gustado “la pinta de inteligente”. ¿Cómico, no?

No hubo ningún cambio en su comportamiento, como si el deseo de ir a México la hubiera abandonado en cuanto movió los hombros.

Al gran hotel turquesa en donde Sandra se la pasaba, el Habana Riviera, fue comisionado originalmente por los testaferros del gángster Meyer Lansky para que fuera el centro de apuestas de su pandilla en La Habana, un edificio alto y extravagante de una sofisticación sin igual en el Caribe: Manhattan en el estrecho de Florida. El arquitecto Philip Johnson hizo los diseños iniciales hasta que se dio cuenta de que había estado trabajando para la mafia y rechazó el trabajo. El edificio se inauguró en diciembre de 1957 con Ginger Rogers y su revista musical en el Copa Cabaret del hotel 
y de inmediato se convirtió en destino del jet set estadounidense y sus cubanos favoritos. Pero, al final, los secuaces de Lansky y los parásitos de Hollywood sólo disfrutaron tres años de las amplias vistas del océano y el horizonte desde las trescientas cincuenta y dos habitaciones antes de que Castro nacionalizara el hotel y el casino en 1960.Hoy, los muros de muchas de las habitaciones del Riviera se retuercen por la humedad desatendida. Sólo la mitad de ellas se han renovado tras cincuenta años de uso; la mayoría de los pisos sólo son habitables en parte y otros están cerrados por completo. Visto desde la enorme alberca de agua salada, a la que diez dólares le compran a cualquiera un pase por un día, los cortineros rotos que cuelgan diagonalmente a la mitad de las ventanas le dan al hotel la apariencia de viejo bizco. Las camas están tendidas con sábanas que no le quedan al colchón, y las cucarachas se escabullen por los pasillos o se quedan tumbadas panza arriba en los rincones. Pero en el lobby, la imaginación dibuja trajes de tres piezas y rígidas faldas de seda del pasado. Los sillones bajos de terciopelo coral y las mesitas en forma de tabla de surf con mosaicos opalescentes e incrustaciones de oro, todo bien preservado, invitan a fantasear sobre tiempos pretéritos. Las anchas hojas de los árboles tropicales plantados en macetas cuelgan sobre relucientes muebles y tapetes magenta, y las ventanas del norte ven directamente al mar, por encima del malecón.

Los lobbies eran lugares en donde uno podía olvidar los hoteles y las casas que se estaban cayendo por falta de mantenimiento, ignorar las burbujas de humedad en las esquinas de las paredes. Pero los hoteles y otros sitios turísticos —restaurantes, cabarets— era donde las jineteras se hacían notar por su incongruencia. Se sientan con blusas de encaje rojo en los afelpados cojines de los sillones de ratán en el Hotel Nacional, bebiendo mojitos y estudiando el menú mientras sus amigos revisan sus correos electrónicos en sus smartphones; comen en pares en los restaurantes del hotel, pidiendo arroz y frijoles y tostones de plátano mientras los hombres del otro lado de las velas devoran el pollo; y, en la agencia de alquiler de autos, son ellas quienes hablan mientras los hombres se quedan atrás estudiando el mapa de Cuba en la pared con una caricatura diferente para cada estado.

Los lobbies también son lugares donde la seguridad del hotel podía identificar más fácilmente a las mujeres con blusas de spandex o piel artificial. El Riviera era la ruta de Sandra. Unas noches se quedaba fuera en el malecón y otras le pasaba cinco o diez cucs a uno de los trabajadores del hotel para quedarse más o menos desde las nueve hasta encontrar un cliente. Los $50 que cobraba le daban un buen margen de ganancia. Pedía un TuKola en el bar y se le insinuaba a cualquier hombre que posara la mirada en ella, murmurando palabras como “chica” y “la noche”. En el club, ahora llamado Copa Room, se contoneaba junto a un hombre y lo hacía sentir como si fuera el mejor bailarín del salón. Más tarde se quejaba de sus pésimos pasos de baile: a veces se paraba en medio de la calle de San Miguel, levantaba los brazos hacia ambos lados y arrastraba los pies con torpeza, de adelante hacia atrás, mientras temblaba de risa para mostrarme lo mal que se movían; pero generalmente alguien se la llevaba a su habitación o la sacaba de ahí en un taxi hacia otro hotel.

Entre Sandra y yo se construyó una confianza frágil. Yo me sentaba con ella en su patio y miraba la telenovela brasileña de la noche en la televisión de su vecina, que arrastraba hasta el espacio compartido. Su vecina estaba por irse a Panamá, donde trabajaría como fisioterapeuta. La vi desenredar la cuerda de saltar de su vecina de diez años y contar los resultados de la lotería, el juego clandestino que jugaba todo San Miguel, en pequeños trozos de papel garabateados, y, aunque intentó diligentemente explicarme cómo se asignan números a objetos y eventos de la suerte, nunca entendí las reglas. Otros días, bebíamos cafés baratos o cervezas en las cafeterías de San Miguel y hablábamos sobre nada importante y luego pedíamos aventón al centro, donde la dejaba por el Riviera y me seguía a casa. Yo calzaba Birkenstocks; ella, los tacones de punta. Yo me hacía la tímida cuando me pedía que le comprara un teléfono celular o me decía lo bueno que su medio hermano era en la cama.

Una tarde quedé con Sandra en un parque de La Habana Vieja y, cuando empezó a lanzar indirectas de tener hambre, fuimos por una pizza a uno de los muchos restaurantes para turistas de la zona. Manteles blancos manchados de aceite caían sin fuerzas sobre otros manteles de rojo encendido. Nos sentamos y, cuando fui al baño, llamó al mesero y le pidió un plato de aceitunas.

—Ay, Julia —suspiró cuando regresé, alargando las vocales redondeadas de mi nombre— estoy en estado —se zampó las insípidas aceitunas en la boca, llenándose los cachetes con ellas. Había estado comiendo como un caballo, dijo, orinando cuatro veces por hora, y tenía lo que parecía una llanta de repuesto: pensaba que el bebé era de Mumúa. Había salido recientemente de la cárcel y era el único hombre con el que ella no usaba condón.

Los abortos eran gratuitos y relativamente rápidos, y ella ya había interrumpido embarazos antes, pero le habían dicho que uno más pondría en peligro su capacidad para tener hijos, así que pariría en siete meses. “Además, estoy sola”, dijo rápido como sacudiéndose lo obvio de los hombros. “No es lo mismo tener alguien por quién vivir, alguien por quién pelear, que estar sola. Aboo se va a morir, mi madre no me habla, y Gallego sale corriendo con cualquier cosa que traiga falda. Necesito a alguien”.

Mumúa quería que hicieran una familia, pero Sandra tenía un plan, me comunicó, de nuevo alegre, mientras mojaba las papas a la francesa en el jugo de las aceitunas. Le había dicho a Bong, el italiano que visitaba La Habana cada cuatro meses con un jefe millonario inválido, que él era el padre. Como Sandra lo contaba, la suya era una historia apasionada como Jane Austen en el trópico, un empate favorable. Bong, quien tenía esposa e hijos en Italia, se quería mudar a Cuba para estar con ella, pero su jefe, quien había prometido dejarle su fortuna a Bong, no quería ni hablar de eso, de manera que se veían a hurtadillas. Como él estaba loco por Sandra, y se parecía un poco a Mumúa, le diría que el bebé era suyo. Entonces él la mantendría hasta que el viejo muriera y Bong pudiera divorciarse de su esposa, casarse con Sandra y llevárselos a ella y “su” bebé lejos de Cuba, o al menos a una casa mejor en la isla. “Si pide una prueba genética, simplemente diré que no”, resumió, moviendo la cabeza entre bocados de comida.

Pero los detalles eran confusos. Nunca había visto realmente al jefe inválido. En una versión de la historia, Bong era de un pueblo de Italia en donde todos parecen asiáticos —Sandra no estaba segura cuál, ni le importaba— y, en otra, de hecho era filipino italiano.

Cuando le pregunté que haría para conseguir dinero si se iba, respondió con desdén: “Aiouuuuuulia, lo que sea, lo que sea”, dijo con un gesto de la mano. Era una madre soltera joven con una educación de noveno grado y pocas habilidades vendibles. En Cuba, su bebé tendría garantizada la atención médica gracias a un sistema que presumía un récord loable; a pesar de la apariencia decrépita de la mayoría de los hospitales del país, las organizaciones mundiales de la salud mencionan que la tasa de mortalidad infantil de Cuba es mejor que la de Estados Unidos. Su hijo aprendería a leer y Sandra al menos tendría garantizado algo de comida para sacarlo adelante los primeros años.

Los planes de Sandra para el futuro eran como nubes sobre las que pensaba que podría caminar; la envolverían y entonces todo sería diferente. Encontraría un novio que se casaría con ella y la sacaría de Cuba, donde la vida que había llevado durante veintiún años la hastiaba: la misma ración inadecuada de comida, la misma falta de privacidad, la misma espera eterna por los camiones para ir al centro, la tristeza que la invadía cuando ocupaba sus días en dormir y aburrirse. Era la lánguida sensación del tiempo que yo absorbí en La Habana lo que sofocaba a Sandra. Los extranjeros abrían agujeros llenos de oportunidades: Sandra podría tener dinero, dormir en hoteles, comprar cigarros H. Upmann por $1, comer su postre favorito, gelatina, todos los días. Los sueños que Sandra imaginaba eran del tamaño de todas las habitaciones en las que había estado.

Unas cuantas semanas después de que cenamos, Sandra le dejó de hablar a Mumúa. Lo había visto pasar hacia su casa en la moto con una chiquita bonita colgada a sus espaldas. Para mis adentros, me alegraba que Mumúa estuviera fuera de la vida de Sandra. Ella registró a Gallego como el padre de su bebé en su carnet de embarazada, la tarjeta de identificación con la que una mujer en ese estado puede reclamar los beneficios del Estado. Con su carnet, tenía derecho a recibir atención médica durante todo el embarazo, incluyendo llamadas a casa si no podía llegar a la clínica y suficientes sonogramas para presumirle a los vecinos; además, dijo, “una cuna que nunca llega, un rollo de gaza para usar de pañales, pequeñas botellas de perfume y crema, dos ropitas de bebé y cuatro pañales de tela”. Ya le había comprado un rollo extra de gasa a una mujer que iba a usar desechables. En las tiendas, los desechables se vendían a alrededor de $12 por paquete de veinte, o, en el mercado negro a $14 por cuarenta. Sandra esperaba que si Bong decidía mantener a “su” hijo, usaría desechables una vez que el bebé naciera. No era una visa de salida, pero sí un avance.

Las estadísticas de turismo en Cuba no cayeron en 2009, después de la recesión en Estados Unidos y el huracán Ike, pero Sandra juró que había menos extranjeros. Y como estaba visiblemente embarazada durante más o menos el mismo periodo, había hecho un nuevo plan para hacer dinero. Cada tantos días, ella y Yessica, una amiga, compraban doscientas tazas del yogurt que se vendía al menudeo en los supermercados de cucs por setenta y cinco centavos cada uno. Le pagaron a un intermediario quince centavos por taza y luego recorrieron el barrio para vender los yogurts de puerta en puerta a tres por un dólar, duplicando así sus ganancias.

Cualquiera que haya visto a Sandra y a Yessica empujar su carriola por las calles de San Miguel se hubiera sorprendido de que allí no había un niño regordete. Yo me había presentado en casa de Sandra, pero Aboo me había dicho que andaban deambulando. Las encontré cerca de la avenida principal, batallando para sacar la carriola de uno de los hoyos que se abrían a lo largo de la calle. Yessica y yo nos hicimos cargo de la carriola, mientras Sandra se contoneaba por la banqueta, metiendo la cabeza en las puertas y las ventanas abiertas para decirle a la gente que estaba vendiendo yogurts a la mitad del precio de la tienda. Cada tantas puertas, alguien salía, le daba unos cuantos cucs, levantaba la cobija amarilla de encajes que cubría el asiento de la carriola y manoseaba el contenido en busca de los sabores deseados.

Sandra estaba apunto de dar a luz. Su camiseta elástica rosa y gris enseñaba la panza, que sobresalía casi treinta centímetros de su pequeña armadura, revelando gruesas marcas púrpura. En un momento anterior de su embarazo, cuando yo me había ido de La Habana y luego vuelto, Sandra me suplicó que le trajera crema para sus estrías. “Qué tengo si no este cuerpo que tengo”, había dicho, delineando sus caderas. “Si pierdo este cuerpo, pierdo todo”. Cuando regresé, traje crema y vitaminas prenatales. “Coño”, había dicho, “Gracias. Tendré que consultarlo con mi doctor, pero apuesto a que serán de gran ayuda.”

Merodeamos por el área. “¿El bebé todavía está en el horno, China?”, chifló el hombre que estaba recargado en el mostrador de la bodega de la esquina casi vacía, donde se despachaban las raciones. Sandra torció sus ojos ligeramente rasgados.

—Ese niño va a salir caminando si se queda adentro más tiempo —murmuró una mujer al pasar.
—¿Para cuándo? —preguntó una niña mientras ponía sus manos sobre la panza inflada de Sandra—.¿Hoy? ¿Mañana?
—Si por mí fuera —dijo—, me iría directo al hospital ahorita mismo y me sacaría este bebé —la temperatura sobrepasó los cien grados Farenheit, casi todos de humedad.

Cuando llegamos a la avenida principal, Yessica y yo nos quedamos en la banqueta con la carriola mientras Sandra entraba a los negocios —lavandería, cafetería, Banco Nacional de Cuba— para anunciar sus productos. En el banco, las chicas se detuvieron por treinta minutos para descansar en el aire acondicionado de la cabina del cajero automático, 
que casi nadie usaba, y organizar quién quería qué adentro. Les llevaron yogurts de piña y fresa a los clientes y vendieron más de cuarenta tazas mientras yo me quedaba con la carriola. Si venía un policía, dijo Yessica con seriedad, yo debía inventar cualquier excusa y deshacerme de él. Sandra se rió: “La yuma viene a Cuba a vender yogurt. Así de mal está la economía en el norte”. Cuando un yogurt se escurría y el olor amargo de la fresa sintética comenzaba a apestar, Sandra sacaba rápido una toalla bordada con un patito amarillo de su bolso, que en algún punto había sido mío, uno negro de piel de imitación que yo le había dado —durante nuestra cena de pizza en La Habana Vieja había señalado que bueno sería como pañalera, y yo se lo había dejado—. Limpió el yogurt y metió la toalla húmeda en el compartimiento interior con cierre.

Una vez que la carriola estaba vacía, Yessica se la llevó de regreso a casa y Sandra me encaminó a la estación de autobuses. Era el final de la tarde y el aire ámbar estaba lleno de polvo. Cuando hicimos pausa en una esquina para dejar que un camión diera vuelta, ella giró hacia mí. “Me gustaría preguntarte algo”, dijo. “¿Serías la madrina del bebé?”

La sentí a mi lado, calibrando la respuesta mientras se estudiaba el largo cabello en busca de puntas partidas. El camión pasó y nosotras cruzamos la calle. Supe entonces que necesitaba volver a marcar los límites entre nosotras, y si eso significaba que me hiciera a un lado, extranjera y escritora y todo, de todas formas lo haría. Deseé que hubiera una parte de mí que quisiera decir que sí, o creyera que me lo había pedido por un sentimiento genuino, pero no la había. El problema, le expliqué a Sandra, era que a pesar de la amistad que había surgido entre nosotras, todavía la estaba entrevistando de manera profesional. Si fuera la madrina del niño, parecería que estoy muy involucrada, y mis “jefes”, turbios como eran, hallarían sospechosas incluso nuestras entrevistas formales. Ella asintió. Estábamos en la calle principal entre hombres sudorosos en camisetas sin mangas, viejas con bolsas de las compras y niñas con el cabello hecho chongo de bailarina debajo de las redes. Pasamos bajo los arcos sombreados, que habían sido pintados, vandalizados y repintados en tonos más oscuros, un mosaico moteado de firmas, improperios envueltos en burbujas y declaraciones de amor tachados, “PR+SN” y “Yosey Lulu.”

Sandra sacudió la cabeza y frunció los labios. “No”, dijo. Se rió y, tras un latido, asintió. “Claro que me gustaría más ser famosa. Tú sigue haciendo tu trabajo. De todas formas Yessica quería ser madrina”.

Dos días después nació Mia Jacqueline. En el congelador de Sandra, que sólo estaba ligeramente más frío que el compartimiento principal de su tibio refrigerador, los yogurts estaban amontonados de tres en tres. En su primer día en casa, el día después del nacimiento de Mia, cinco niños del vecindario estaban jugando enfrente de la casa de Sandra. Un árbol ginkgo había sido podado y sus extremidades, salpicadas de montones de semillas verdes grandes y duras, estaban esparcidas por toda la calle. Los niños las recogían: parecían aceitunas de neón que se asomaban tras las jaulas de sus manos. Desde la calle llegaban los chillidos agudos de los niños que se burlaban del que estuviera recolectando menos que los demás. Pronto habían acumulado dos montañas enanas en las ollas que habían sustraído de las cocinas de sus madres. Planeaban decirle a todos que eran uvas, el artículo más costoso a la venta en el mercado de frutas, y venderlas por cubetas.

Un caballo flaco jalaba a un hombre por la calle en un carruaje hecho de tablones de madera en trozos. El hombre golpeaba un martillo contra una delgada tira de aluminio, recolectando basura orgánica y hierba para alimentar al caballo. Me senté en un escalón con una de las vecinas de Sandra, cuyo novio había ido a recoger a Sandra del hospital para llevarla a casa en su pequeño auto ruso. La vecina y yo fumamos cigarros y hablamos sobre sus hijos.Cuando el auto se detuvo, con Gallego cargando en brazos al pequeño bebé durmiente, los niños se apiñaron a su alrededor, dejando manchas con la forma de sus dedos en las ventanas. Estuvieron alborotando hasta que las madres de la calle salieron a gritarles que se metieran a casa, diciendo que irían a visitar más tarde. Sandra y Gallego salieron del auto con toda la facha de nuevos padres exhaustos.

Sandra cojeó por el callejón hacia su departamento, con los ojos borrosos. Le dolía todo, dijo. Todo. Todos los muebles de sus dos habitaciones que no fueran esenciales se habían sacado al patio que compartían con otras dos familias. Se había armado una cuna en el cuarto trasero sin ventanas, y los dos colchones gemelos que Aboo, Gallego y Sandra compartían por turnos se apilaron el uno sobre el otro para darle cabida. Su padre en Florida había mandado una maleta con artículos de bebé y Sandra vendería lo que sobrara. Catorce biberones decorados con Winnie Pooh lamiendo miel de un jarrón posaban sobre la vieja lavadora que hacía las veces de barra de cocina cuando no era día de limpieza.

Me senté en la mecedora junto a Sandra. El bebé se retorcía sus rodillas. Ella había llenado su brasier con papel de baño y guardado un encendedor entre sus pechos hinchados, y me hizo señas para que le prendiera un cigarro. Tomé la cajetilla de la mesa, encendí el cigarro y se lo pasé; ella mantenía una mano sobre el vientre y con la otra sostenía el cigarro.

El gobierno cubano casi nunca daba papeles de salida para niños. Las consecuencias de este hecho no habían parecido reales, supuse, hasta que Sandra sostuvo a Mia en sus brazos. Ésta sería su vida, espetó: estos dos cuartos, estos vecinos, la maternidad. Mi presencia en su hogar de pronto se sintió cruel. Le di un sorbo a mi café, asentí con la cabeza y me escabullí después de unos quince minutos.

Pasaron unas semanas antes de que fuera a San Miguel de nuevo. Las sábanas blancas del bebé colgaban gruesas como cortinas en los tendederos del patio. Aboo me hizo señas para que me metiera, rechazando mis ofertas de ayudarla a colgar los cuadrados de gasa que habían cortado para usar como pañales. Sandra estaba fuera, la bebé dormía en su cuna, y yo me senté a esperar. Había traído una bolsa de ropa vieja, ropa de niña herencia de la hija de Juan y Alejandra, quienes a su vez la habían recibido de amigos y vecinos. Un ejército de hormigas transportaban migajas del tamaño de una uña del pulgar por la pared lavanda. El cuarto olía agrio. Cuando Sandra llegó media hora después, entró ajetreada al departamento, abrió su bolso negro de piel de imitación y me preguntó si quería comprar unos desodorantes ambientales. Me reí, sintiendo alivio porque parecía estar más feliz.

—Así que eso es lo que haces para ganar dinero ahora —dije.

Negó con la cabeza y se apuró a hacer café. “No, no por mucho tiempo. Un amigo llega este fin de semana de España —es cubano pero vive en España— y me encontré a su hija por aquí la semana pasada. ‘China, está loco por verte’, me dijo, y yo le dije que acababa de parir, así que vino a ver al bebé. Por supuesto, dijo que Mia era hermosa. Es un bebé lindo, gracias a dios. En fin, ‘Me llamas en cuanto termine la cuarentena’, dijo la chica; ‘Puedes ver a mi papá en cuanto estés lista.’” Así que, continuó, iba a terminar antes la cuarentena, los cuarenta días que las enfermeras cubanas aconsejan a las madres no tener actividad sexual con nuevos compañeros.

Mia se despertó con un alarido y Sandra me pidió que la cargara mientras preparaba una botella. Intentaba de dejar de amamantar para que sus pechos no se colgaran demasiado, dijo, así que le estaba dando al bebé fórmula que su padre le había mandado desde Miami. Yo la miré, a tres metros de mí en su cocina. El silencio estaba inflado e hiriente. Miré a Mia: tenía cachetes enormes y regordetes, y ojos azul lechoso ligeramente rasgados, como los de Sandra, pero shh, dijo: eso era lo que la hacía parecerse a Bong. Comenté lo mucho que había crecido.

—¿Alguna noticia de Bong? —pregunté.

—Pues me llamó el otro día —dijo—. La primera vez que hablaba con él desde que le dije que iba a tener su bebé hace meses, cuando se cortó la llamada. “Sandra”, dijo, “¿cómo está el bebé?” Idéntico a ti, le respondí. Es tu copia al carbón. “¿De verdad?”, dijo. “No puedo esperar para conocerla”. Luego se cortó la llamada. Pero dijo que venía el próximo mes.

Antes de retirarme al ilusorio romance del centro de La Habana, Sandra me miró con los ojos bien abiertos y me pidió que le hiciera un favor enorme. ¿Le podía prestar $5? Para terminar de pagarle de una buena vez al hombre que le había vendido el yogurt del mercado negro. Prometió que me pagaría en cuanto pudiera.  //

Traducción: Jessica Juárez

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