Siempre periodista

Jorge Lanata tiene muchas famas: de hombre problemático, explosivo, excesivo e inconforme, pero la que viste con más gracia, la que se acerca más a quien realmente es, no tiene tanto que ver con lo que sucede en privado sino con el oficio periodístico que lo ha llevado a fundar una cantidad insospechada de espacios informativos desde los que no duda, jamás, en encender polémicas. Su obsesión con la verdad lo ha puesto en el centro de muchos tiroteos, pero, hasta ahora, no ha claudicado ante ninguno.

Por Leonardo Blanco / Fotografía Felix Busso

El periodista más amado y más odiado de Argentina.

El periodista más amado y más odiado de Argentina.

El periodista más amado y más odiado de Argentina.

Por Leonardo Blanco / Fotos de Felix Busso

Es miércoles, son las ocho de la mañana y la ciudad de Buenos Aires se despereza. El pronóstico del clima dice que debería estar muy nublado, pero miente: a esta hora la ciudad está barnizada por una luz azul que presagia un día de sol. A esta hora y en un cuarto en el que el sol no tiene cómo llegar, sentado a la cabecera de una larga mesa, el periodista argentino Jorge Lanata —metro noventa, ciento veinte kilos, saco con cuadros escoceses, camisa color crema, corbata amarilla, pantalón beige y gafas con marco de carey— fuma el sexto Benson & Hedges, de los cuarenta y cinco que fumará ese día, y se suena la nariz con pañuelos de papel. Delante de él, sobre la mesa, un cenicero. Detrás, un tacho de basura. Pero él arroja con idéntica indiferencia pañuelos usados y cenizas al suelo, sobre la alfombra gris. A su alrededor, unas diez personas muy animadas —computadoras, smartphones, diarios y revistas en mano— preparan el programa de radio que pondrán al aire dentro de dos horas. Casi sin moverse, doblado sobre la mesa y aspirando su cigarro con desgano, Lanata parece un gigante abatido. Aunque lo cierto es que hasta ahora nada —nada: ni los excesos ni la muerte ni las ganas de morir—, parece haber podido con él. Tiene cincuenta y dos años y lleva treinta y nueve de batallas periodísticas. Y en pocos días será la persona de la que más se hable en su país, la Argentina.

Hizo, durante los últimos veintisiete años, lo que cualquier otra persona no podría hacer en dos o tres vidas: co fundó y dirigió un diario (Página/12) que se volvió mito al combinar desenfado con investigación periodística; hizo un programa de radio (Hora 25) cuyas grabaciones se traficaban como un pequeño tesoro para iniciados, además de otros cuatro  (Rompecabezas, Lanata AM, Lanata PM y ahora Lanata sin filtro); produjo y condujo ciclos televisivos (Día D, La luna, Después de todo, Detrás de las noticias, y ahora Periodismo para todos); realizó documentales para televisión (Bric, 26 personas para salvar al mundo); publicó nueve libros periodísticos y de ficción (La guerra de las piedras, Polaroids, Historia de Teller, Cortinas de humo, Vuelta de página, Argentinos, Adn, Muertos de amor); realizó una película documental (Deuda); fundó tres revistas (Página/30, Ego y Veintiuno); creó otro diario (Crítica de la Argentina); llevó el periodismo al teatro de revistas (La rotativa del Maipo) y ganó más de treinta premios.

Todo —todo: su trayectoria, su vida— iba a ser puesto a prueba en los próximos días. Aunque nada se sabía cuando lo vi por primera vez, ese miércoles 10 de abril de 2013 en el que ahumaba a su equipo en la oficina de producción de Radio Mitre, la radio del multimedios argentino Clarín en la que hace Lanata sin filtro, uno de los programas más escuchados de la radio más escuchada de la Argentina. Apenas entré, giró en su silla, me extendió una mano enorme y envolvente como un abrazo, y me clavó la mirada. Lanata mira a los ojos con una mirada que dice: “Qué bueno verte”, y con una timidez que desmiente la grandilocuencia que tiene con una cámara o un micrófono delante. Yo acababa de leer un libro que lo pintaba como el periodista más amado y más odiado de la Argentina. Sabía de su intimidad sexual, de sus diez años de consumo de cocaína, de las veces que había querido acabar con su vida y de las que la vida había querido acabar con él, de su descontrol con el dinero, de sus gastos compulsivos y del trauma por los más de treinta años que su madre había pasado postrada y enferma. Sabía demasiado. Él, obviamente, no sabía nada de mí. Fue incómodo darle la mano a alguien en semejante inferioridad de condiciones.

Cuando, el 12 de septiembre de 1960, Jorge Ernesto Lanata nació, hacía años que lo esperaban. María Angélica Álvarez, de treinta y siete años y Ernesto Eduardo Jaime Lanata, de cuarenta, habían perdido, siete años antes, un embarazo de mellizos. Eran, para los usos y costumbres de la época, padres ya mayores, y el antecedente de la pérdida les había dejado un miedo punzante. Así, durante sus primeros siete años, Jorge Lanata fue todo lo protegido y estimulado que un niño puede llegar a ser. “Era el más consentido y el más brillante”, contó Carmen, su tía, hermana de su padre, cuando recordó aquellos tiempos para el libro Lanata. Secretos, virtudes y pecados del periodista más amado y más odiado de la Argentina (Margen Izquierdo, 2012) escrito por el periodista Luis Majul. “Comparado con mis hijos, parecía un príncipe —dijo—. Venía a los cumpleaños de sus primos con guantes blancos”.  Pero una tarde de 1968 la madre del niño de los guantes blancos se descompuso en la cocina de su casa y la vida, tal como Lanata la conocía, dejó de ser. Muchos años después, una noche de julio del año 2000, en Día D, uno de sus programas de televisión, él mismo leyó, sin levantar la vista del papel que sostenía en sus manos, parte de esa historia: “Recién el jueves pasado supe, con certeza, el nombre de la enfermedad que mi madre sufrió durante los últimos treinta y dos años. Se llamaba meningioma y es una especie de tumor cerebral. Fue un meningioma lo que le sacaron de la cabeza un día de 1968 en un quirófano del Sanatorio Mitre. Las diecinueve horas de cirugía le dejaron terribles secuelas: todo el costado de su cuerpo quedó casi paralizado y desde entonces mamá está anudada a una tortuosa cuadriplejia y su cerebro perdió la capacidad de formar palabras; aunque no la de emitir sonidos: puede decir que no, o que sí, o que ¡Uuuauu! O ¡Eeehhh! Sonidos, pero no articular otra cosa más que su voz. Hace treinta y dos años que me comunico así con ella. Del mismo modo, con miradas y monosílabos. Con palabras que no son”.

Después del ataque, y mientras su padre se transformaba en enfermero de tiempo completo, él fue alojado en la casa de su otra tía, Nélida, hermana de su madre. “Nélida fue como mi mamá, de ella heredé el pesimismo, la visión dark de la vida —me dirá Lanata una noche, en el estudio de su casa—. Y el sentido del humor lo heredé de mi mamá. Mi vieja estaba en una silla de ruedas y se cagaba de risa de las cosas. A la vez, mi viejo tenía todo un quilombo con el peso de la palabra que yo también heredé”.

A los siete años, el pequeño Lanata preguntaba empecinado cuándo, qué día, en qué momento su madre volvería a hablar. Todos le decían que ella iba a estar mejor y que, entonces, él tendría al fin un festejo de cumpleaños, unas vacaciones, una familia como antes. Pero nada de eso sucedió. Cuarenta y seis años después, en su estudio, me dirá que siempre se preguntó si vive de hacer preguntas porque en esos años nadie pudo responderle: “Es como psicología barata, de café —me dijo—. Pero es probable que sea así. Mi mamá no hablaba y yo trabajo con las palabras”.

El silencio de su madre era un ruido insoportable y la relación con su padre no le ofrecía mucha contención. En un texto para su programa de radio Hora 25 escribió: “Habré cruzado, con mi padre, cincuenta o sesenta palabras durante toda la vida […] Nunca nos hicimos regalos ni festejamos cumpleaños el uno del otro: mamá estaba enferma y no había nada que festejar”. También en el colegio Lanata estaba solo: si bien era un buen alumno, la convivencia con sus pares no era la mejor. Alicia Rodríguez, una compañera de aquella primera adolescencia, le contó a Luis Majul cómo los compañeros de colegio lo atormentaban: “Le pegaban con las reglas de madera y le dejaban los brazos llenos de moretones”. Aquella noche del año 2000 en la que habló por televisión del silencio aturdidor que lo había acompañado desde chico, Lanata dijo: “Cuando recuerdo esos años, el espejo me muestra al chico más triste que vi en mi vida”. Luego, a los doce, coquetearía por primera vez con la muerte al consumir un frasco de pastillas de su madre. Pero fue, finalmente, una mala anécdota.

Desde los tres años y medio podía ver las noticias en los diarios gracias a que su madre le había enseñado a leer. Más adelante, mientras sus compañeros se zambullían en historietas y tiras cómicas, él se sumergía en los mundos de Cortázar y de Borges. Un día de 1971 su profesora de Iniciación Literaria había encargado una biografía sobre el escritor argentino Conrado Nalé Roxlo. Lanata buscó el teléfono de Roxlo en la guía telefónica y lo llamó. Habló con él media hora y al otro día, al frente de la clase, presentó la primera exclusiva de su vida. Desde ese momento, sus compañeros lo miraron con otros ojos y el mito del periodista de once años no tardó en correr. Pronto estuvo escribiendo para La Colmena, la revista del colegio, y poco después para La Ciudad, el diario del Partido de Avellaneda, donde vivía. A los catorce, abusando de una contextura física que lo hacía parecer mayor de edad, se presentó en RLA Radio Nacional y dejó una carpeta con sus notas. Días después trabajaba en el servicio informativo de la radio. A los dieciocho años escribía en la revista Siete Días y trabajaba en Sin Anestesia, un programa de radio que conducía el periodista y locutor Eduardo Aliverti. Había sido contratado para ayudar con informes para las investigaciones pero su crecimiento fue arrollador. Allí conoció a Patricia Inés Orlando, su primera esposa, a la que dejaría un año y medio después por Andrea Rodríguez, otra compañera de la radio, con quien en 1989 tendría a Bárbara, su primera hija.

A principios de 1986 tenía veintiséis años y dos trabajos: era el periodista en ascenso del programa de Aliverti y jefe de redacción de El Porteño, un mensuario en el que firmaban algunos de los mejores escritores y periodistas del momento. Gracias a estos trabajos y a los contactos que supo conseguir, logró hacer germinar una vieja idea: la de generar un periódico audaz y de contrainformación. El diario se llamó Página/12 (inicialmente tendría sólo doce páginas), salió a la calle el 26 de mayo de 1987 y en él escribían algunas de las plumas más notables de la época: Tomás Eloy Martínez, Osvaldo Soriano, Juan Gelman, Rodrigo Fresán, entre otros.

Página/12 revolucionó el periodismo gráfico en la Argentina. En sus páginas se permitía una atípica combinación de humor descarado e investigación periodística. Portadas arriesgadas, títulos llenos de sarcasmo y notas ilustradas con montajes fotográficos convivían con información implacable. Gestos como el del 8 de octubre de 1989, cuando salió con su portada en blanco en repudio a los indultos que el presidente Carlos Saúl Menem había otorgado a militares de la última dictadura argentina; o el del 19 de marzo de 1991, cuando el diario completo salió impreso en papel amarillo porque el presidente Menem lo había acusado de amarillista, hicieron historia. Durante los diez años en que dirigió Página/12, él y el diario fueron uno; el mismo desparpajo, la misma arrogancia, el talento y la desprolijidad. Pero mantener todo eso costaba mucho dinero. “El diario era siempre un quilombo —me dijo Lanata—. Faltaba plata y había que conseguir de cualquier lado, no alcanzaba ni para pagar los sueldos”. Hace poco tiempo se sabe que Página/12, el diario más progresista de la Argentina, había estado financiado por (y había sobrevivido gracias a) el guerrillero Enrique Gorriarán Merlo, líder del Ejército Revolucionario del Pueblo. Y fue eso lo que lo hizo tambalear cuando el 23 de enero de 1989 Gorriarán protagonizó un violento copamiento a un cuartel militar que dejó treinta y nueve personas muertas. Con la desaparición del guerrillero, que había logrado huir del país, el frágil equilibrio de Página/12 dejó de ser. Luego, el diario fue vendido y años después se supo que había sido comprado por el multimedios Clarín, que siempre había visto a Página/12 como un rival en potencia. Lanata continuó como director algún tiempo más hasta que en 1997 decidió alejarse. Tiempo después, en una maniobra de la que no trascendió información, Clarín también se retiró de Página/12. Desde entonces, el diario habría quedado en manos de Fernando Sokolowicz, un empresario cercano a la familia Kirchner. Hoy algunos lo ven como fuente de información no influenciada por los monopolios y otros como mero órgano de difusión oficial.

El miércoles 30 de mayo de 2012 se festejó el veinticinco aniversario de la creación de Página/12 y Lanata no fue invitado. La presidente de la Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, dio un discurso en el que lo ignoró como fundador. Al domingo siguiente, en Periodismo para todos, el programa de televisión que Lanata había comenzado a hacer en abril de ese año en canal 13, un canal de televisión abierta que pertenece al Grupo Clarín, dijo: “El miércoles fui testigo de algo que conocía pero que no había vivido en carne propia: fui víctima de cómo el gobierno reescribe la historia como quiere y pone personas y las saca de la foto a su antojo, como hacían los soviéticos en las purgas —y hablándole directamente a la cámara, directamente a la presidenta, dijo—: Yo le quiero decir, con respeto, que no sólo la situación del otro día fue patética: usted fue patética. Yo no voy a permitir que ni usted ni el diario que fundé me desaparezcan. No necesito a Página/12 para saber quién soy y Página sí me necesita para haber sido quien es”. Lanata sacó un cartel publicitario de cuando en 1987 se anunciaba la salida de Página/12. “Este cartel es uno de los recuerdos físicos más antiguos que tengo del diario que fundé —dijo, y se dedicó a cortarlo en pedazos con una tijera—. “Ahora, lo que queda de Página está en mi cabeza y en mi corazón. Y en la cabeza y el corazón de miles de personas —dijo tirando los pedazos del cartel al suelo—. Y ahí usted no puede entrar”.

Entre 1990 y 2000, Lanata consumió ocho gramos de cocaína por día. “La cocaína es la droga de la productividad por excelencia —me dirá cuando hablemos de esa etapa de su vida—. Te convertís en el símbolo del sistema. Estás despierto para no perderte nada, para consumir de todo. Es una locura total”. Él era, entonces, el colmo de la productividad: todavía dirigía Página/12 y desembarcaba en la radio, esta vez con un programa propio, Hora 25. En el programa leía cuentos, poemas y recibía llamados de los oyentes. El programa y su conductor no tardaron en volverse de culto y en tener un público incondicional.

En 1990 se casó, en Nueva York, con su segunda mujer, la periodista Silvina Chediek, de la que se separaría apenas un año después. En 1993, Hora 25 dejó de emitirse y al año comenzó un nuevo programa, Rompecabezas. Era menos intimista pero con el mismo estilo: Lanata le hablaba a sus oyentes como si fuera su amigo, con un tono didáctico que no daba nada por sentado. En 1995 experimentó por primera vez con la televisión con el programa Viaje al fin de la noche, por la señal de cable Much Music, que mostraba a un Lanata inquieto, que salía a la calle con una cámara, hablaba con la gente y leía sus propios textos con una voz en off honda que empezaba a ser su marca registrada. Pero sería en 1996, con su ciclo Día D, en el canal América de la televisión abierta, cuando se transformaría en personaje televisivo. Día D podría haberse llamado, en verdad, Jorge Lanata. El programa giraba en torno a él, que era su único maestro de ceremonias, su hilo conductor, y quien marcaba las entradas y salidas de los periodistas colaboradores.

Gracias a Día D, Lanata conoció a Sara Stewart Brown. Corría el año 1996 y la chica había ido, como una fan más, a la tribuna destinada para el público. Ella lo miraba como lo miraban todos, pero un poco más. Él la miraba como no miraba a nadie. Pero no sucedió nada hasta el día en que Lanata cumplió treinta y seis años, Sara le dejó una botella de whisky JB y una nota que decía: “Feliz cumpleaños. Siento que ya te conozco. Estaría bueno que nos viéramos alguna vez”. Al pie, la firma y un número de teléfono. Diez días después, Sara y Lanata salieron y comenzaron una relación. Con el tiempo, Sara, quince años menor, se convirtió en su pareja más estable, la madre de su segunda hija, Lola, y su tercera esposa, en ese orden. “Sara hizo que yo sienta que tenía un lugar donde volver —me dirá Lanata—. Era la primera vez en mi vida que sentía eso”.

El 27 de abril de 1996 apareció por primera vez en la portada de una revista. Fue en Noticias, que lo mostraba apoyado en unos televisores en los que se veían imágenes de Neustadt, Grondona, Longobardi y Hadad, figuras rutilantes del periodismo político de la televisión argentina de entonces. El título: “Transgresor exitoso”. La bajada: “En menos de cuatro meses, Jorge Lanata se convirtió en la nueva estrella de los programas periodísticos […] Fuma, tutea y pregunta lo que otros no se animan”.

Durante ese año, Lanata disparó con munición pesada denunciando irregularidades varias en el gobierno del entonces presidente Carlos Menem. En 1997 el programa fue sacado del aire y Lanata se ocupó de gritar a los cuatro vientos que había sido por presión del presidente. El domingo 30 de noviembre de 1997 el diario La Nación publicó: “Es difícil explicar por qué la emisora quiere prescindir de uno de sus programas con más rating, que tiene una excelente venta publicitaria […] y el reconocimiento de ser el único programa de investigación que está en el aire”. Al último programa de Día D asistieron unas setecientas personas que colmaron el estudio y las calles de ingreso al grito de “Lanata no se va”. Pero Lanata se tuvo que ir.

Hasta entonces, su vida había sido intensa, pero en 1997 la intensidad fue insoportable: había abandonado Página/12, lo habían echado de la televisión y no lograba dejar la cocaína. Ese año tuvo su primer intento de desintoxicación, en The Glens Falls, una clínica en el estado de Nueva York, pero no funcionó. También tuvo su segundo intento de suicidio: quince minutos antes de que comience el nuevo año, estaba solo, mirando los fuegos artificiales desde el balcón terraza del piso veintiséis en el que vivía entonces, con unos gramos de cocaína, un champán francés, un paquete de cigarrillos medio vacío y una pistola calibre treinta y ocho sobre la mesa y sintió que la vida ya era demasiado para él. “No se puede pelear contra la historia/ en una sola noche/ es demasiada pelea —escribió—. La historia pesa,/ pega/ golpes bajos”. Muchos años después contaría para su biografía el final de aquella noche: “No me pegué un tiro. No lo hice porque, en el fondo, no lo quería hacer. Fue una boludez”.

En 1998 trató de reinventarse. Fundó Veintiuno, “la revista del siglo que viene”, que fue otro medio con su sello: investigación y desfachatez en un mismo combo. El primer ejemplar tenía una portada negra e incluía, como regalo, un sobre con tierra (“santa”, decían irónicamente), que había sido extraída de los bordes de la polémica pista de aterrizaje que el entonces presidente Carlos Menem se había hecho construir al lado de su casa, en su pueblo natal de Anillaco, un poblado humilde de la provincia de La Rioja. En la edición número doce el título de portada fue: “El agujero negro” y traía un agujero real, por el que se podía meter la mano, calado en el medio de la revista (la nota trataba sobre el presupuesto: “Entérese por primera vez, punto por punto, en qué se va la plata”, decía la bajada). Lanata también se dio el gusto de desafiar al marketing haciendo que el nombre de la revista cambiara año tras año: se llamó Veintiuno, Veintidós y Veintitrés, nombre que mantiene hasta hoy, cuando ya no es suya.

El 9 de agosto de 1999 Lanata volvería a la televisión con Día D. El 20 de noviembre de ese año la revista Noticias le volvió a dedicar la portada, pero esta vez no fue nada elogiosa. El título: “Lanata contra Lanata”. Y en el interior un texto que lo mostraba acosado por el estrés y los juicios por calumnias e injurias, perdiendo dinero con su revista y con un estado de salud muy frágil. Veintitrés llegó a tener un déficit operativo de cien mil dólares por mes y su financista, el economista Gabriel Yelín, se negó a poner más dinero. A fines del año 2000, Yelín le hizo firmar a Lanata un contrato en el que el periodista se comprometía a pagar tres millones de dólares en seis cuotas. Lanata no llegó a pagar ni la tercera. Yelín pidió la quiebra personal de Lanata, que fue decretado desahuciado e inhabilitado. Muchos, sobre todo empleados de la revista, lo culparon por el fracaso. “Yo no soy chorro. Yo no afané  —dijo para la biografía de Majul—. Yo fui el boludo que quebré, no el empresario rico que hizo quebrar la empresa y se quedó con la guita”. El parecido de la historia de Veintitrés con Página/12 puede resultar asombroso: hoy la revista es uno de los dieciséis medios del Grupo Veintitrés, un grupo de medios perteneciente a Sergio Szpolski y Matías Garfunkel, dos empresarios ligados al kirchnerismo.

En 2000, abandonó la televisión e hizo su segundo intento de desintoxicación en el McLean Hospital de Boston. Y si bien abandonó el tratamiento antes de lo previsto, jura que dejó de tomar. Cuando le propuse que pensara si la cocaína había tenido algo de bueno en su vida, me dijo que no, que realmente no: “Capaz cosas menores. Habré estado más despierto para hacer más boludeces… Pero no, de bueno nada. La cocaína es una cagada”.

En 2004 Lanata filmó Deuda, una película documental sobre la deuda externa argentina. Al año siguiente volvió a la radio con el programa Lanata AM. Y el domingo 2 de marzo de 2008 salió a la calle el primer número de su nuevo diario, Critica de la Argentina, presentado como “el último diario en papel”. Lanata convocó a buena parte de los mejores periodistas de la Argentina que, entusiasmados, dejaron sus trabajos para sumarse al nuevo medio. Pero nunca logró ser económicamente viable: el gobierno de Néstor Kirchner, debido a las denuncias de corrupción disparadas por Lanata, le negó la pauta oficial (pauta publicitaria del gobierno gracias a la cual muchos medios de la Argentina logran sobrevivir). Según cuenta Majul en su libro, Kirchner también habría presionado a los anunciantes privados para que no apoyaran al diario. “Una fuente confiable” a la que Majul no consigna, dijo que escuchó decir a Kirchner que “Lanata es un extorsionador profesional. No sólo no lo vamos a ayudar. Lo vamos a hacer mierda”.

El 3 de abril de 2009 Lanata renunció a la dirección de Crítica. La carta de despedida que publicó en el mismo diario comenzaba diciendo: “Debo ser una de las personas que más se ha despedido en los medios. Me despedí de Página/12, de Veintitrés, de la radio. Me despidieron de la televisión. Me he despedido como víctima de la fatalidad o como ejercicio de libertad. Hace muchos, muchos años, decidí vivir de acuerdo a lo que pienso. Vivo, entre otras contradicciones, la de levantar empresas sin decidirme a ser un empresario”. Y al final agregaba una postdata feroz dedicada a Clarín, que el día anterior había insinuado que el fracaso de Crítica era, en realidad, un fracaso de Lanata: “Párrafo aparte merece la reacción de ayer de algunos medios al informar con verdadera mala leche sobre esta noticia. Es gracioso y patético verse corrido por izquierda por Clarín, que es el diario que convivió e hizo grandes negocios con los militares”.

Crítica siguió editándose, pero sin Lanata. Hacia fines de abril de 2010 la sangría comercial y un conflicto entre sus accionistas, que se negaban asumir la responsabilidad por las deudas, le puso punto final a su breve historia. Muchos de los periodistas que habían sido convocados por Lanata sintieron que había actuado con descuido y malicia, poniendo en juego sus puestos de trabajo. Lanata se refirió muchas veces al tema: “Yo no sabía que Crítica iba a andar mal. Yo perdí una casa —le dijo a Majul haciendo referencia a la casa que vendió en José Ignacio, Punta del Este, Uruguay, para invertir seiscientos mil dólares en el proyecto del diario—. No tuve que ver con el cierre. Y no me fui porque soy un cagador. Al revés: me fui porque me licuaron mi parte. Me fui porque me cagaron a mí. ¿Quién puede juzgarme por eso?”

Si Lanata coqueteó con la muerte por lo menos dos veces —a los doce años y aquel fin del año 1997— también estuvo a punto de morir sin quererlo al menos tres: en 1999 tuvo un coma diabético; en febrero de 2010 tuvo una pericarditis, una enfermedad que es producida por la inflamación de la membrana que envuelve al corazón; y nueve meses después, en noviembre de 2010, uno de sus riñones dejó de funcionar. Su historia clínica es un catálogo de gravedades: tiene apneas severas (suspensión de la respiración) que lo obligan a dormir con una máscara Bipap, un artefacto que le cubre casi toda la cara y que, al detectar el cierre de la glotis, dispara aire para que ésta se abra; tiene una insuficiencia renal que podría producirle una arritmia cardíaca, y diabetes tipo dos, una enfermedad crónica que, además de acarrear problemas en ojos, riñones, nervios y vasos sanguíneos, podría generarle un ataque cardiaco si no mantiene en equilibrio su peso y su nivel de azúcar en la sangre. Su médico Julio Bruetman fue contundente: en la biografía escrita por Majul dijo que Lanata puede morir en cualquier momento. Por lo pronto, él parece haberlo comprendido: logró bajar treinta kilos y gracias a eso dejó de dializarse. Si sigue así, en unos años estaría en condiciones de recibir un transplante de riñón. Cuando hablamos del asunto me confesó que le da terror la idea de operarse. Le pregunté si lo que le preocupaba era su salud o la necesidad de tener que dejar algunos de sus muchos trabajos: “Me preocupa más que duela y que la camilla sea fría”, me dijo muy serio.

Que en la Argentina de hoy Lanata pueda ser considerado héroe y demonio a la vez sólo se explica por la marcada polarización política que vive el país y que, si bien no resulta novedad en su historia, es algo a lo que los argentinos se habían desacostumbrado. Durante los mandados del ex presidente Néstor Kirchner (2003-2007) y de la actual presidenta, su mujer, Cristina Fernández (2007-2011 y 2011-2015), parece haber crecido una brecha que distancia a quienes están de acuerdo con las políticas del gobierno y a quienes sostienen una mirada crítica. En ese contexto, el kirchnerismo instaló en el lugar de los enemigos a las corporaciones periodísticas más influyentes del país y, en particular, al multimedios Clarín, grupo al que pertenecen, entre otras muchas cosas, el canal 13 —la señal por la que se emite Periodismo para todos, el programa que Lanata hace los domingos a las 22 horas—, y Radio Mitre, la emisora en la que conduce y produce Lanata sin filtro, de lunes a viernes de 10 a 14 horas. Así, Lanata, el hombre que sufrió y enfrentó al grupo Clarín durante años, terminó transformándose en la estrella más rutilante de su canal de televisión, su radio y su diario. Se convirtió también en el enemigo perfecto para el gobierno de Cristina Fernández. Hoy, muchos de quienes no están de acuerdo con el gobierno ven en Lanata a alguien con la valentía necesaria para desenmascarar a un modelo corrupto. Quienes suscriben al gobierno, ven en él a un mercenario con aspiraciones destituyentes que, traicionando todos sus principios, se vendió a la corporación que tanto criticaba.

Ejemplos de lo que Lanata llegó a decir sobre Clarín hay muchos. En abril de 2008, por ejemplo, desde las páginas de su diario Crítica, expuso las denuncias de contaminación contra Papel Prensa, la única empresa argentina dedicada a la producción de papel de diario de la que Clarín tiene 49% de las acciones, y sobre la supuesta apropiación de esta empresa por parte de Clarín en condiciones irregulares durante la última dictadura militar. También destacó la llegada a la Corte Suprema de una causa que investigaba la filiación de los hijos de Ernestina Herrera de Noble, dueña del multimedios, y sobre la posibilidad de que los niños hubieran sido, en realidad, hijos de una pareja de desaparecidos por la dictadura militar. Pero al mismo tiempo expuso un debate sobre la publicación de esas noticias: “¿Deberíamos postergar su difusión para no quedar en el medio de la pelea del gobierno con Clarín? ¿Deberíamos directamente censurarlos, ya que algunos suponen que se está de un lado o del otro? ¿Por qué deberíamos elegir entre dos opciones que no nos gustan? No creo que eso sea lo que ustedes esperan de nosotros”.

Después, mientras el gobierno convertía a Clarín en el generador de todos los males de la Argentina, Lanata matizaba sus opiniones sobre el multimedios que sería su futuro empleador. En agosto de 2010 fue entrevistado por Ernesto Tenembaunm, en el programa Palabras más palabras menos, en la señal de cable Todo Noticias, del grupo Clarín. Cuando tuvo que hablar del intento de intervención por parte del gobierno de una empresa del grupo Clarín, Lanata dijo: “¿Sabés qué? Me voy a poner del lado de más débil. Porque siempre me puse del lado del más débil. Y el más débil, ahora, es quien parecía el más fuerte […] El mismo diario (Clarín) que ni me menciona cuando hablo en un programa. Pero no importa. Son cosas distintas. Una cosa es mi carrera y otra lo que está pasando en la Argentina”.

Fue desde ese momento, según cuenta Majul en su libro, que directivos del grupo Clarín sintieron que tenían más coincidencias que diferencias con el periodista rebelde a quien habían considerado su enemigo. En octubre de 2011 Lanata empezó a negociar su ingreso al grupo. En diciembre el acuerdo era un hecho y durante los primeros meses de 2012 ya era la estrella de Radio Mitre, Canal 13 y el diario Clarín.

“Estás dando la vida, Jorge”, le dijo desde su programa de Radio Continental, con un tono cargado de sarcasmo, el periodista Víctor Hugo Morales (relator de futbol a quienes muchos recuerdan por la transmisión del gol de Maradona a los ingleses). Morales reaccionó así, haciendo alusión de manera cruda a la salud de Lanata, luego de que éste le dedicara un informe en su programa de televisión, basado en el libro Relato oculto, las desmemorias de Víctor Hugo Morales (Planeta, 2012) de Leonardo Haberkorn y Luciano Alvarez, en el que se lo acusa de haber tenido vinculación con la dictadura militar que gobernó Uruguay entre 1975 y 1977. Algo muy poco coincidente con la mirada progresista actual de Morales. “No te es fácil, Jorge. Andás con aparatos —siguió Morales, en pleno 2012, cuando Lanata todavía estaba haciéndose diálisis—. Me parece bien que la última parte de tu vida se la des a (Héctor) Magnetto (CEO del Grupo Clarín)”.

Morales y Lanata, que en otros tiempos se trataban amistosamente, comparten el karma de la transformación. Si Lanata dejó de ser lo que era cuando se pasó a las huestes del Grupo Clarín, Morales, que había sido violentamente crítico con el gobierno de Kirchner, sufrió su metamorfosis el 2 de febrero de 2010, cuando, después de haber lanzado encendidas críticas al entonces presidente recibió un llamado telefónico privado en el que el mismísimo Néstor Kirchner le habría explicado por qué las acusaciones de corrupción de entonces no tenían razón de ser. Nunca volvió a ser el mismo. Desde entonces dejó de lado las críticas al gobierno y se puso al frente de la pelea con Clarín. “La vida nos separó, Jorge. Cada uno tiene lo que se merece”, sentenció Morales en los cuarenta y cinco minutos que dedicó a responderle a Lanata.

Morales y Lanata son percibidos por la opinión pública como íconos de los dos bandos: Morales es la voz de “los K” (por kirchneristas) y Lanata de “los anti K”.

Debe haber pocas cosas más desangeladas que un canal de televisión un domingo a la tarde. Hoy es domingo 14 de abril, son las siete y los pasillos del canal 13 están vacíos. Dentro de tres horas, Lanata estará al aire con el primer programa de la segunda temporada de Periodismo para todos, un producto televisivo no muy diferente a Día D: investigación periodística con denuncias hacia el poder de turno, combinada con un show repleto de sarcasmo y humor pero, esta vez, con un privilegio que Lanata nunca había podido gozar: presupuesto ilimitado. Él mismo suele asumir que “Periodismo para todos es lo mismo que Día D, pero con plata”.

En unas horas armará un escándalo de proporciones enormes en torno al gobierno de Cristina Fernández. Lo mirarán tres millones de personas pero ahora, cuando entro a su camarín, está solo, fumando. Su camarín es una tienda de campaña de dos por dos, armada con telas negras entre los trastos de la escenografía. Una mesa, dos sillas, un espejo, un televisor, una cafetera, un perchero, un cenicero y una caja de pañuelos de papel. Lanata no quiere un camarín de verdad. Le gusta estar en el desorden de la trastienda. Le pregunto si está nervioso. Pero dice que no, que nervioso no está. Que lo que quiere es que suceda. “Quiero que esto pase de una vez —dice. La expectativa que se ha generado es grande. La campaña publicitaria de canal 13 anunciaba: “Lanata sabe algo que este domingo te va a mostrar”. En Twitter el programa es, sin haber comenzado, uno de los temas del momento—. La gente que me putea, me putea sin saber qué voy a decir. Y la gente que me felicita, me felicita por algo que todavía no saben”.

Lanata sale del camarín vestido para el show: gafas de marco turquesa, saco escocés en beige y bordó con parches en los codos, camisa crema y pantalón, zapatos y corbata bordó, todo alistado y planchado por Bárbara, su hija mayor, vestuarista del programa. La gente, que una hora antes ya había llenado la tribuna del estudio, lo aplaude y él, incómodo, levanta una mano con un gesto de “bueno, bueno, ya está”. Sara Stewart Brown lo acompaña en silencio, a unos metros de distancia, y su hija menor, Lola, de ocho años, corre por el estudio con una amiga y se saca fotos con su celular. Andrea, su ex mujer, madre de su hija mayor y productora del programa, ultima detalles en el control mientras el director de cámaras pide que alguien arregle la pantalla que marca el minuto a minuto de la medición de audiencia, que muestra un crecimiento afiebrado. Alguien le explica que no hay nada que arreglar. Que, aún antes de haber comenzado, el subidón del número es real. Pura expectativa.

En el estudio, Lanata se para frente a un micrófono de pie, de estilo retro, y pide un vaso de agua. Cuando finalmente el director grita “¡Aire!”, la gente aplaude y Lanata sonríe. “Vamos a ver esta noche una de las denuncias más fuertes de los últimos diez años”, le dice a la cámara.

La primera parte del programa transcurre entre risas: la rutina indica que antes de disparar sus denuncias, Lanata haga un largo monólogo al estilo stand up e interactúe con imitadores de Cristina Fernández y de otros políticos, y hasta con una voz en off que simula ser Néstor Kirchner desde el más allá. Después, llega un informe que denuncia al empresario Lázaro Báez, amigo íntimo de Kirchner. La denuncia habla de una red de lavado de dinero en la que estaría directamente involucrado, a través de Báez, el gobierno nacional. Se habla de bolsos con euros, de bóvedas clandestinas, de billetes en tal cantidad que tienen que ser pesados. En las penumbras del set, los integrantes del equipo se miran, se sonríen tensos.

Al día siguiente, los medios alineados con el gobierno prefirieron no hablar del tema. Para los demás fue una fiesta: “Anoche, el periodista Jorge Lanata presentó una dura investigación en torno a las operaciones que habría realizado el empresario kirchnerista Lázaro Báez para sacar del país millonarias sumas de dinero con destino a paraísos fiscales. […] Los supuestos delitos que podrían estar en juego en los hechos ventilados por el programa […] abarcarían blanqueo de dinero, sobrefacturaciones, asociación ilícita, violación de deberes de funcionario público, amenazas, fraude fiscal, uso sin control de aviones privados”, publicó el diario La Nación. “El programa Periodismo para todos, de Jorge Lanata, reveló anoche que el empresario Lázaro Báez, uno de los mejores amigos de Cristina y Néstor Kirchner, sacó del país alrededor de cincuenta y cinco millones de euros que fueron transferidos al exterior por fuera del sistema legal, en maniobras típicas que usan quienes lavan dinero originado en ilícitos”, publicó Clarín.

Ese mismo lunes, a las diez de la mañana, cuando todos esperaban volver a escuchar a Lanata, él comenzó su programa de radio diciendo: “Ahora… no vamos a hablar de Lázaro Báez, ni de lavado ni de los Kirchner. Ahora vamos a escuchar a Oasis”. Y el operador puso música.

Era octubre de 2010 cuando Lanata se despertó con frío, entubado y dolorido, en una cama de hospital. Había estado veinticuatro horas inconsciente después de la operación de pericarditis y no se acordaba de nada. Apenas recuperó la conciencia hizo tres cosas: llorar desconsoladamente, decirle a Sara, su mujer, que la amaba, y hacer llamar a sus dos hijas. Bárbara, la mayor, recuerda aquel día en que su padre despertó cariñoso y vulnerable y desde la cama del hospital les balbuceó entre llantos cuánto las amaba.

—Pero le duró poco —dice—. Le habrá durado una semana.

Bárbara Lanata es hija de Jorge Lanata y Andrea Rodríguez, la periodista con quien él convivió tres años y que hoy, veintitrés años después de su separación, sigue siendo la persona de confianza en la producción de sus programas de radio y televisión. Bárbara tiene veinticuatro años. Nos encontramos un domingo de sol cálido en un bar pretencioso del centro de la ciudad de Buenos Aires.

—Averigüé y era lo único abierto hoy domingo —dice, como pidiendo disculpas por todo lo que ese lugar de paredes tapizadas y cortinados abuchonados desentona con ella. Ella: el cabello castaño claro suelto, suéter con algunos brillos, calzas, una cartera gigante y la misma mirada que su padre. La timidez que en él parece arrogancia es, en ella, distancia. Estudió Cámara e Iluminación porque quería sacar fotos pero no terminó la carrera. Pensó en escribir, pero la sombra de su padre la intimidó.

—No me hubiera bancado la comparación.

Trabajó en el archivo fotográfico del diario Crítica de la Argentina, y ahora está orgullosa de hacerse camino sin necesidad de mostrar las credenciales de “hija de”. Trabaja haciendo vestuario para cine y publicidad y es la encargada de vestir a su padre para su programa de televisión. Gracias a ella, Lanata, un fashion víctim confeso, fanático de los estampados, los tirantes, las gafas de diseño y los relojes de alta gama, logró amalgamar todos sus gustos en una estética atrevida y europea que rompió con aquella regla no escrita que decía que un periodista de televisión debe vestir ambo negro y camisa blanca.

Lanata y la madre de Bárbara se separaron cuando ella tenía menos de un año. El padre que a ella le tocó era un periodista joven, separado, adicto a la cocaína y al trabajo, que se quería llevar el mundo por delante. El que le tocó a su hermana Lola es un hombre que ya no tiene nada que probar, frágil de salud, con un éxito arrollador y una relación de pareja que tuvo, hasta ese momento, quince años de estabilidad.

—Yo no siento que tenga una relación padre e hija muy normal, no sé… —dice Bárbara en el bar—. Creo que nunca supo dónde estaba ni qué hacía. Que mucho no le importaba. En cambio con mi hermana es el otro extremo.

Le pido que haga un esfuerzo para describir a su padre.

—Es periodista —dice luego de pensar bastante.

Le digo que esa es su profesión, que no es él.

—Creo que es lo mismo —dice sin tener que pensarlo mucho—. Él es periodista siempre.

En el barrio de Retiro, en un departamento de doscientos cincuenta metros cuadrados, en el piso diecinueve de un edificio de treinta y tres pisos construido hace treinta y nueve años, vive Lanata. Lo compró el año pasado con el dinero de la venta de una propiedad que tenía en la costa uruguaya. El departamento es de alta gama —los metros, la ubicación, la vista— pero no lujoso; moderno —blanco, luminoso— pero no de revista de decoración. El living-comedor tiene unos veinte metros por cinco, un caballo de carrousel antiguo frente a un ventanal protagónico desde el que se impone la vista de la ciudad y un mueble de pared a pared que expone sus ocho premios Martín Fierro (el premio más importante de la radio y la televisión argentinas), cuatro réplicas en miniatura de autos Jaguar (tener uno real es su sueño) y unos cuarenta relojes de arena (“Él y su rollo con el tiempo”, dice Sara Stewart Brown).

En su cuenta de Twitter, Sara se define como madre kidult (un término que distingue a las personas entre veinte y cuarenta años con cierta resistencia a dejar de ser jóvenes y con tendencias de consumo que los retrotraen a su infancia). También se define como “mujer de…” y dice que su profesión es “inestable: ex moza, ex traductora, ex crítica de teatro, hoy aspirante a artista plástica y siempre productora”. No lo dice su Twitter, pero Sara es una apasionada del running, se ocupa de su hija, de llevar las cuentas de la casa, y de Lanata.

—Él labura y yo me ocupo de todo lo demás —ironiza—. Tengo amigas que cuando sus maridos viajan están a las puteadas porque no tienen quién las ayude con los chicos. Para mí, cuando él viaja, es un chico menos.

En la mesa del comedor de su departamento, Sara habla del personaje del que se habla hasta el hartazgo.

—Es un tipo transparente, me cuesta encontrar algo de él que no se vea en la tele. Se calienta, es bastante emocional, no es para nada contenido.

Pero hay algo del Lanata íntimo que sí contradice al de los medios: el hombre que hizo de la informalidad un estilo y que tutea a su público cuando le habla a la cámara como si fuera un amigo, se trata de usted con Sara.

—¿Viste que las parejas se dicen de chuchu o pipi? Bueno, nosotros nos tratamos de usted. Empezó como un código, en la intimidad, y después se trasladó a todo, No nos volvimos a tutear nunca más…

Le pregunto a Sara qué cosas hacen feliz a Lanata y no duda un segundo:
—El laburo. Me encantaría decirte que nosotros lo hacemos más feliz, pero el laburo es lo que lo mantiene vivo.

Al día siguiente de mi charla con Sara, la revista de chimentos del espectáculo Paparazzi le dedicó la portada a Lanata con un título que decía: “Entre las denuncias y la cocaína”. En el interior, un artículo hecho con material de archivo y pocas precisiones deslizaba: “Comienzan a oírse rumores sobre un distanciamiento entre Lanata y su mujer”. Le escribí a Sara, para saber si era verdad. “Ja, es gracioso. No, no estamos en crisis, podía ser pero no, justo ahora estamos en una buena época aunque viste cómo es esto de las relaciones largas, tenés épocas, así que tranquilamente podía ser, pero en este caso es pura basura para adornar esa porquería que hicieron”, respondió.

El primer programa de la segunda temporada de Periodismo para todos fue visto en directo por más de dos millones de personas. Otro número incalculable lo revivió por las redes sociales, o gracias a la repetición obsesiva que hicieron prácticamente todos los medios. El canal América dedicó gran parte de su programación de esos días a exponer todo tipo de cuestionamientos hacia Lanata. Por esa pantalla salieron a desdecirse dos de las fuentes más importantes que Periodismo para todos había presentado para sostener su denuncia. Los medios y periodistas ligados al gobierno de Cristina Kirchner erosionaron las pruebas que Lanata había presentado en el programa y lo acusaron de no tener rigor periodístico y de armar un show con una finalidad política. Pero la justicia abrió causas y ordenó allanamientos. En público, el gobierno ignoró el tema.

Por esos días Lanata se debatía entre la felicidad por haber desatado uno de los escándalos periodísticos más fuertes de los últimos tiempos y el enojo por los cuestionamientos. “Yo estoy muy enojado con los periodistas, loco —me dijo—. No puedo creer que tipos que son periodistas reaccionen así. No puedo entender que alguien se pare y diga que no hay pruebas. No lo puedo creer —le pregunté si no creía que había pecado de ingenuo al suponer que todo el mundo iba a dar por cierto lo que decía, sin más—. Es que eso es lo que me hace creíble para los demás —me dijo—. Yo no estoy afiliando a ningún partido, no estoy convenciendo a nadie de nada. Me paro y digo lo que pienso. Y eso se transmite. Por eso la gente nos ve. Si no, no nos vería nadie. Además, aunque sea infantil, tengo que pensar que esto se puede cambiar. Si no, no haría lo que hago, me pondría a estudiar literatura medieval”.

Es jueves y estoy otra vez sentado a la mesa del comedor de Lanata. Es la reunión semanal de guionistas encargados de resolver los segmentos de humor de Periodismo para todos. Están Lanata; Tamara Florín, su productora audiovisual desde hace diez años; tres guionistas y un coordinador de actores. Transcurren cuarenta y cinco minutos de reunión en la que temas e ideas no llegan a cristalizar. Desde la cabecera, Lanata marca el ritmo. Da comienzo y pone fin a los temas: ¿Meter un león en el set? ¿Hacer intervenir a un imitador de Mujica, el presidente del Uruguay, que acaba de tener un entredicho público con Lanata por una denuncia de su programa? ¿La imitadora de la presidenta debería aparecer cargada por cuatro hombres en taparrabos para parodiar la coronación de Máxima Zorreguieta, la princesa argentina de Holanda?

Hay dispersiones y propuestas que no van a ningún lado pero Lanata nunca se fastidia.

El 21 de abril de 2012, el segundo programa de Periodismo para todos comenzó sin chistes. Algo dolido por los cuestionamientos, Lanata decidió comenzar hablando a cámara: “Esta semana me pusieron a discutir credibilidad con dos lúmpenes (por los dos testigos arrepentidos). Yo no nací en un huevo acá la semana pasada y ustedes se tendrían que acordar. No me da bronca, ¿sabés? Me da tristeza”.

El público volvió a acompañarlo. Si un programa político en la televisión argentina puede considerarse un éxito absoluto cuando la medición de audiencia se acerca a los diez puntos, con ese programa Lanata marcó un hito: hizo picos de treinta y tres (más de tres millones de personas). Él, que solía bromear con que si un día ocurría un milagro y llegaba a medir, por decir un número delirante, veinte puntos de rating, se ponía una túnica blanca y se retiraba a vivir como un monje a la montaña, terminó el programa de los treinta y tres puntos y leyó en su teléfono un mensaje de texto de Sara: “¿Va directo a la montaña o pasa primero por casa?”

El domingo siguiente, mientras el escándalo crecía y el debate dejaba de ser sobre un posible caso de corrupción en el poder para transformarse en el debate sobre la credibilidad de Lanata, él terminó el programa hablándole a la presidenta. Lo hizo con la arrogancia del inteligente y la fragilidad del indignado: “Si es mentira lo que estamos diciendo  —dijo, la mirada saltando de un puñado de papeles sobre la mesa a la lente de la cámara—, si es mentira, Cristina, todo lo que estamos diciendo… si es mentira,  dígaselo a la gente—. Tomó aire y siguió—: A ver si nos entendemos: Yo estoy en la televisión abierta de la Argentina, a las doce menos diez pasadas de la noche, enfrente de cinco millones de personas, diciendo que la presidente de la Argentina encubre maniobras de corrupción. Por favor, díganos y pruébenos que estamos equivocados”. Después, se puso de pie y dijo: “Chau”.

Lanata parece ser —es, coinciden quienes lo conocen— alguien con una intolerancia casi animal hacia la mentira. “Lee en la gente —me dijo Tamara Florín, su productora audiovisual—. Se da cuenta cuando alguien no le dice las cosas como son y se lo dice en la cara. Vive la mentira como una traición”. Sara Stewart Brown me había dicho que tiene una obsesión con la verdad. “Pero una obsesión importante, ¿eh? Le tenés que explicar que su hija le mintió porque no quiere que la rete y no porque quiera engañarlo”.

También es alguien a quien le cuesta callar sus verdades. Una mañana cualquiera, en su programa de radio, Luciana Geuna, una periodista de su equipo, hablaba de la decisión del juez que lleva la causa del lavado de dinero denunciada por Lanata de trasladar la causa a la Patagonia. El tema derivó en una acalorada discusión al aire entre la periodista y su jefe. Ella planteó la cuestión en términos muy técnicos y Lanata explotó. La acusó de estar analizando los hechos sin tener en cuenta sus connotaciones políticas. Y le dijo: “No seas tarada”. La chica, que conoce a su jefe, pareció no ofenderse, pero algunos oyentes sí y mandaron mensajes exigiéndole a Lanata que pidiera disculpas. Él dijo que de ninguna manera lo iba a hacer, que él no era el payaso de los oyentes para decir lo que ellos quisieran: “Estoy siendo, en la radio y la televisión, tan natural como soy en la vida, y es buenísimo que eso me salga. No tengo más ganas de ser prudente ni de pedirle disculpas a nadie más. Me importa tres carajos si se ofendieron. Si quieren vayan a escuchar otra radio. Hay gente que hace estas cosas: que trata de vivir como piensa. Y yo hago eso”.

Margarita Perata tiene sesenta años. Lleva el pelo canoso muy corto, es pequeña, muy delgada, y una de las personas que más conoce a Jorge Lanata. Trabaja con él hace más de veinte años, es su amiga y fue de las pocas personas a quienes él confesó su adicción a la cocaína cuando eso era un secreto bajo siete llaves. Empezó a trabajar con él como secretaria administrativa en Página/12, y terminó convirtiéndose en una mítica jefa de cierre del diario. Cuenta la historia que en 1987, mientras la redacción se sumaba a una huelga, fue ella la que junto con Lanata terminó cerrando la edición completa de ese día. También cuenta la historia que por su culpa Lanata tenía la puerta de su oficina completamente abollada. “Vivía rompiéndome tazas de café contra la puerta —me contó Perata—. Empezábamos a discutir y la discusión subía de tono. Hasta que yo le gritaba: me tenés harta… Y me iba. Cuando yo estaba por cerrar la puerta el tipo tiraba la taza contra la puerta. Era una especie de liberación de ‘al fin me la saqué de encima…”

Luego de Página/12, Perata siguió a Lanata en las redacciones de la revista Veintitrés y del diario Crítica. Y hoy, además de trabajar como encargada de un bar, lo acompaña en la producción de su programa de radio. Sus discusiones siguen siendo de antología, aunque hayan reemplazado las tazas por vasos descartables. Para ella, Lanata no es hoy muy diferente al hombre que conoció treinta años atrás, cuando él tenía veintidós y ella treinta.

—Él tiene cierta dosis de ingenuidad y eso hace que crea que hay algo de bondad en el mundo. Cree que el ser humano no es tan jodido como parece. Y eso es un poco ridículo —Perata mira para los costados como quien va a decir un secreto—. Yo no creo eso.

En el piso diecinueve, la que abre la puerta es Petrona, la empleada de la casa desde hace casi veinte años. Pisándole los talones aparece Lanata —sus casi dos metros, camisa, chaleco sin mangas de lana azul— comiendo con cucharita unas frutas cortadas. “Hola, ¿cómo va?”. Entramos a su estudio, blanco como toda la casa, con todo el desorden concentrado sobre la mesa —libros, papeles, cajas de cigarrillos, una Mac, un cenicero, una caja de pañuelos de papel y una bolsa de gomitas masticables—. Lanata se sienta detrás de su escritorio. La pared, a sus espaldas, está repleta de diplomas y distinciones.

Es la cuarta vez que nos vemos, pero la primera que vamos a hablar largo y tendido. Está agotado pero se lo ve feliz. La mitad de los periodistas de Latinoamérica lo está buscando para preguntarle sobre los casos de corrupción que denunció y que tienen conmocionada a la Argentina, y a él ya no le alcanzan las horas. En este mismo momento, mientras estamos en su escritorio hablando del Grupo Clarín, es muy probable que en el noticiero central de canal 13 repasen, como cada noche, los hitos del caso.

“Ahora eructo y salgo en todos lados”, me dice.

Su historia con el grupo Clarín decantó en una pregunta, instalada por sus enemigos o formulada honestamente por antiguos seguidores decepcionados y que ha logrado transformarse, a fuerza de repetición, en un slogan del que Lanata no puede escapar. La pregunta es: ¿Qué le pasó a Lanata?, y refiere a la transformación ideológica que lo habría llevado de valiente cruzado de la izquierda argentina que combatía al Grupo Clarín, a propalador de los intereses políticos y económicos del mismo monstruo mediático que supo combatir. Pero el planteo se funda en una serie de equívocos. Entre ellos: suponer que Lanata era antes un hombre de izquierda, y creer que, tanto Lanata como el multimedio Clarín, hayan tenido que torcer sus respectivas ideologías para hacerse funcionales el uno al otro. Yo me había propuesto no caer en la pregunta repetida. Había leído la respuesta casi calcada una y otra vez. Por ejemplo, en una entrevista que publicó el 14 de abril el periódico Perfil en la que Lanata dijo: “El gobierno nos unió a Clarín y a mí. Es un mérito del kirchnerismo. Puede verse como algo claudicatorio. Pero también se puede ver como un triunfo: los tipos a quienes ataqué toda la vida me tuvieron que llamar […] Ahora vos me preguntás: ‘¿Esto puede durar?’, y bueh, capaz que el gobierno cambia mañana y me dan una patada en el culo. Ahora, si me dan la oportunidad de laburar en el diario más grande, en el canal más visto y en la radio más grande de la Argentina, ¿yo voy a decir que no? Ni en pedo”.

“Lanata no cambió —me había dicho su amiga Margarita Perata—. Lo quieren correr por izquierda. Y, ¿sabés qué?, yo conozco a todos los que lo corren por izquierda y ninguno es de izquierda. Lanata nunca fue un hombre de izquierda. Fue un librepensador con mucho de populista. Y cuando se enfrentó a Clarín lo hizo por motivos reales. Los mismos motivos que hoy lo hacen enfrentarse al gobierno”.

“Él, políticamente, es el mismo—me había dicho Sara Stewart Brown—. No cambió su manera de pensar. Ahora, ¿si está trabajando con los tipos que puteó toda la vida? Sí. Pero es porque él considera que es el único espacio que tiene hoy. Y es un espacio de conveniencia mutua. Tanto Lanata como Clarín están parados en el lugar en el que los pusieron. Él no se siente incómodo ni cree que tenga que dar explicaciones por eso.”

De todos modos, Lanata las da: “Yo sé que hay gente que cree que al contratarme Clarín me ganó  —me dice mientras enciende uno de sus Benson & Hedges—. Pero creo que es exactamente al revés: que el que ganó fui yo. Ellos me ignoraron durante años y finalmente me tuvieron que contratar. Ellos me necesitan”.

También hay quienes atacan a Lanata porque consideran que su cambio de bando se debe a cuestiones económicas. Pero a Lanata nunca le costó generar buenos ingresos. Él no le da muchas vueltas al tema. Cobra sumas de seis cifras pero dice que el dinero no sirve para nada. “La importancia que tiene el dinero es cero —me dice—. La plata no te sirve para nada cuando estás triste. Y cuando estás contento tampoco”. Sara me había confirmado que Lanata ni siquiera sabe muy bien cuánto gana. Que tiene una idea, una aproximación, pero no conoce la cifra exacta. Pero hay algo que Lanata sí sabe del dinero y es cómo gastarlo. Ha llegado a comprar compulsivamente relojes, sacos y hasta una gata por internet. Y a gastar más de seis mil dólares en tres pares de zapatos de Prada, también comprados en la web, de los que finalmente ninguno fue de su talle. Tal vez por eso desde hace un año es Sara la encargada de llevar las cuentas de la casa. “Él cada tanto pregunta cuánto tenemos —me había contado ella—. Y a veces no entiende por qué estamos justos. Ahí le tengo que mostrar: gastaste esto, hiciste esto… Es un tipo desprendido. No ahorra. Se gasta todo lo que tiene y regala mucho. Él cree que hay que vivir las cosas. Que mañana te morís y chau. Por eso siempre está al día. Siempre estamos al día”.

“Él laburó para tener lo que tiene —disparó su amiga Margarita Perata cuando hablamos del tema—. No le robó la plata a nadie. Le gustan los relojes, ¿y qué? Cuando se los puede comprar los compra y cuando necesita la plata los vende. Y cuando necesita la guita para poner un diario vende una casa. Y eso no hay muchos que lo puedan decir”.

Afuera ya es la noche. En la ventana, la ciudad es un tapiz de luces inquietas. Lanata ya terminó las frutas, tomó dos cafés, comió gomitas masticables y fumó unos seis o siete cigarrillos.

—Te digo la verdad, yo escucho tantas cosas de mí que… Yo siento que soy yo desde siempre. Que eso no cambió nunca. Que lo que hay adentro mío sigue estando y es una cosa más melancólica, de pérdida. No sé bien cómo explicarte.

A sus espaldas, la pared llena de diplomas, el resultado de una vida inquieta.

—Yo no puedo permitir que el éxito, la exposición… todo esto que está pasando, me quite libertad. Porque yo hice todo esto para ganar libertad, no para perderla. No me importa nada de lo que está pasando si me quita libertad. Si yo tengo que dejar todo lo dejo, pero yo tengo que ser yo.

Lanata se saca las gafas y se refriega los ojos irritados.

—Necesito ser yo. Necesito ser yo lo más que pueda.

Pasaron tres meses de aquel último encuentro y en todo este tiempo no hubo un solo día en que su nombre no fuera denigrado o alabado en los medios de la Argentina. El domingo 18 de agosto, presentó un informe que denunciaba una enigmática estadía de la presidenta Fernández en las paradisíacas islas Seychelles, consideradas un paraíso fiscal. Por primera vez el gobierno argentino rompió su estrategia del silencio y salió a responder con virulencia. Eran las once de la noche y él todavía estaba al aire cuando la Casa Rosada emitió un comunicado: “La mentira, la infamia, el agravio y el invento de situaciones y hechos con el fin de desprestigiar y descalificar a la Presidenta de la Nación, Dra. Cristina Fernández de Kirchner, por parte del sicario mediático de Magnetto y Clarín señor Jorge Lanata ya no sólo no respeta husos horarios, disposiciones internacionales de vuelo, o giras oficiales y públicas de la Presidenta. También viola las más elementales normas de sentido común y razonabilidad”. En segundos, el país volvió a dividirse entre los que lo criticaban por haber presentado otra denuncia con poca fundamentación y los que se indignaban por otro caso de corrupción. El secretario general de la presidencia, Oscar Parrilli, habló con los medios y calificó a Lanata de “asesino mediático”. Luís D´Elía, un dirigente social ligado al gobierno, publicó un tuit que decía: “Lanata se mudó a…”, y daba su dirección exacta. “Dirigir allí todos los repudios”. El jueves, el diario La Nación contaba que había furor por las máscaras de Jorge Lanata, que ya se vendían en sus dos versiones: de cartón y de látex.

El viernes 30 de agosto los diarios publicaban dos noticias acerca de Lanata: que había denunciado penalmente al secretario general de la presidencia, Oscar Parrilli, y al dirigente Luis D’Elía por el delito de “intimación pública”. Y que se había separado “en buenos términos” de Sara, su mujer. Fue la segunda noticia la que disparó una insólita cobertura de los medios: conjeturas, suposiciones, guardias periodísticas. Lanata se negó a dar detalles cuando, al salir de la radio fue abordado por una docena de periodistas: “Cada uno se ocupa de la manera que se muestra en el medio, yo no muestro mis cosas personales en el medio, y no lo voy a hacer”, dijo, firme pero cordial.

Hoy es domingo, son las doce de la noche y Lanata acaba de terminar otro programa de televisión cargado de dardos hacia el gobierno. Al final, en vez de su editorial, presentó un video hecho por el director Baz Luhrmann, basado en el texto “Everybody’s Free (To Wear Sunscreen)”  (“Todos somos libres de usar protector solar”) de la columnista del Chicago Tribune Mary Schmich. Una especie de manifiesto sobre el amor, la belleza, la juventud y la libertad. Lanata dio una larga descripción del tema sin lograr que se comprendiera qué tenía que ver con las cuestiones planteadas durante el programa. Hasta que miró la lente de la cámara, se llevó una mano atrás de la oreja en un gesto nervioso, y dijo: “Se lo dedico a usted, que tiene en su iPod el tema y corre escuchándolo todas las mañanas”.
En el piso diecinueve del departamento de Retiro, sentada frente al televisor, Sara debe haber escuchado.\\

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