Sólo fuimos a visitar a un amigo

Dos tacvbos van a Playa del Carmen para entrevistar a Saúl Hernández y ver qué hay detrás de la sonadísima reconciliación de Caifanes.

Por Joselo y Quique Rangel / Fotografía Atonatiuh Bracho

"Yo creo mucho en las circunstancias que te va dando el destino", opina Saúl.

"Yo creo mucho en las circunstancias que te va dando el destino", opina Saúl.

“Yo creo mucho en las circunstancias que te va dando el destino”, opina Saúl.

“¿Van a tocar o van de vacaciones?” es una pregunta recurrente que escucharé en este viaje atípico que estoy haciendo con mi hermano Quique a Playa del Carmen para encontrarnos con Saúl Hernández.

Somos dos tacvbos en el aeropuerto de la ciudad de México, no dos hermanos que deciden viajar juntos. Por lo que preguntan, entiendo que la gente ve a la mitad de Café Tacvba y busca instintivamente a los demás: “¿Adónde dejaron al chaparrito?”.

No estamos haciendo ni lo uno ni lo otro. No estamos de gira y no vamos de vacaciones a la Riviera Maya, un lugar al que todo el mundo, literalmente, quiere ir.

Estamos en una misión periodística.

La misión, en realidad, le llegó sólo a mi hermano Quique. Recibió la invitación de Guillermo Osorno para entrevistar a Saúl en el lugar en el que vive y escribir un texto de esa experiencia. Quique me invitó a mí, alegando que soy conocido como el tacvbo que escribe. Los papeles de los integrantes de Café Tacvba se han personalizado de manera burda: Rubén (el de los mil nombres) es el activista, el que defiende causas; Emmanuel es el productor musical; Quique es el artista conceptual que toca con todos los grupos que lo invitan, y yo, Joselo, soy el que escribe. Es una visión reduccionista que no comparto. En realidad todos podemos hacer todo lo anterior y más, pero me convenía aceptar que soy “el que escribe” para así poder ir. ¿Quién no aceptaría un viaje a la playa a ver a su ídolo de juventud?

Hay gente que cree que todos los roqueros nos conocemos y que somos amigos. Saúl Hernández no es en realidad nuestro amigo íntimo, pero nos hemos encontrado por el camino innumerables veces y siempre nos ha recibido bien. Aunque, claro, al igual que cientos de miles de mexicanos, primero fuimos sus fans.

A mi hermano no le gusta la palabra “fan”, supongo que por anglosajona, artificial, con connotaciones comerciales y que remite a mujeres histéricas gritando o, en el peor de los casos, a gente enferma y obsesiva por alguien. Para mí dice más que la palabra “admirador”. Un admirador siempre va a aceptar todo lo que su ídolo hace. Un fan no. Un fan además de admirar cuestiona, se enoja, da la espalda a su figura de adoración por las cosas que hace mal (según él), por las decisiones que toma en el camino. Lo digo por experiencia. He conocido fans de Café Tacvba que no deseo ni a mi peor enemigo. Un fan pasa del amor al odio en unas cuantas horas, puede amarte al principio de un concierto, pero al final es capaz de odiarte con toda su alma porque no tocaste su canción favorita.

Considero que mi hermano y yo éramos fans de Saúl y de Caifanes porque en cierto momento les dimos la espalda, nos enojamos por lo que estaban haciendo, hasta por como se vestían. La realidad era que dejaron de ser sólo nuestros.

Recuerdo que Caifanes nos pertenecía. Sólo unos cientos de personas sabíamos de su existencia y asistíamos a sus conciertos. De repente, ese número de seguidores comenzó a subir exponencialmente y perdimos a nuestro grupo favorito. Nos pasó también con Maldita Vecindad, que de ser un grupo para unos cuantos, de repente había vendido seiscientas mil copias de su álbum El Circo, todo porque una canción logró colarse en el gusto popular: “Kumbala”. Eso que les pasó con su segundo álbum, a Caifanes le sucedió desde el principio. Apenas salieron y dejaron de ser nuestros, de los que íbamos a verlos al Tutti Frutti, a Rockotitlán. De un día para otro, a la siguiente tocada, ya no pudimos entrar  a verlos, la gente se amontonaba en la entrada de los lugares en que se presentaban.

Como buen fan, he pasado del amor al odio innumerables veces. Hay discos de Caifanes que la primera vez que los escuché no me gustaron nada, pero luego al pasar los años los he vuelto a oír y me pregunto: “¿En qué estaba pensando? Esto es buenísimo”.

Ahora todo eso del amor-odio-amor queda muy atrás tratándose de Caifanes. O te gustan o no te gustan. Al parecer hay muchos a los que sí les gustan, pues con sólo dos conciertos anunciados (y uno es en el extranjero) han causado todo un revuelo.

Por eso vamos a Playa del Carmen. Quedamos en que Quique lo entrevistaría y yo iría tomando notas. Quiero ser el testigo de este encuentro entre músicos de rock.

Llegamos a una Playa del Carmen lluviosa, ya de noche, después de un viaje en avión de dos horas a Cancún y una hora en camión. Quique y yo, acostumbrados a las comodidades del rockstar, esperábamos un transporte al bajar del avión para que nos llevara a la puerta de nuestro hotel. No esperábamos una limusina, que conste, sólo una van o por lo menos un taxi. Pero no, teníamos que comprar nuestro boleto de camión y esperar todavía un rato para llegar a Playa del Carmen. Se nos olvidaba que ahora estamos del otro lado de la grabadora, en el papel del periodista. Supongo que la misión periodística también tiene mucho de aprendizaje: no se consigue percibir la verdad más que con los pies en la tierra.

Al otro día esperamos a que Saúl llegara al Hotel Básico, donde se llevaría a cabo la segunda sesión de fotos. La primera había empezado a las ocho de la mañana en un cenote a quince minutos de Playa del Carmen. Por lo que nos contaron, la sesión fue fructífera: Saúl se metió a nadar en un cenote y se lograron unas fotos muy interesantes.

Vimos a Saúl a lo lejos, se veía feliz, moviendo la mano a modo de saludo apenas nos vio. Traía un sombrero de palma y lentes oscuros, realmente para protegerse del sol, no para pasar inadvertido, como pensarían muchos. La vestimenta la completaba una camisa roja y unos pantalones cargo verde militar. Me recordó la ropa que traía la primera vez que mi hermano y yo lo vimos en una tocada de Lomas Verdes, allá en Satélite, a mediados de los años ochenta, con Las Insólitas Imágenes de Aurora. En aquella época también traía unos pantalones de soldado, pero la camisa, aunque también era roja, era hawaiana.

Nos saludó con una gran sonrisa y un abrazo muy efusivo. Da la impresión de que hace pesas y alguna clase de ejercicio o deporte que lo mantiene en forma; su saludo de mano es firme y fuerte, lo que contrasta con la imagen de fragilidad que proyectaba en los inicios de Caifanes: un flaco con los ojos pintados con delineador negro y pelos parados a la Robert Smith.

Se nos queda viendo un rato sin decir nada y luego, como si continuáramos una conversación que hubiésemos dejado sin terminar, remata: “Qué raro, ¿no? Pero qué bien. Gracias por aceptar entrevistarme”. “Ni siquiera lo dudamos, gracias a ti”, le dice Quique, y caminamos hacia donde ya lo están esperando el fotógrafo, una maquillista y un asistente de vestuario. Están en una habitación que, en vez de número, tiene nombre de mujer: “Gabriela”; durante un rato se encierran para que Saúl se pruebe camisas, chamarras, pantalones.

Entre cada opción de ropa, Quique, Saúl y yo platicamos. Es un poco small talk, como dirían los gringos (ha estado lloviendo, ¿a qué hora llegaron?), pero también se perciben nuestras ganas de iniciar una conversación más profunda.

—Estoy nervioso con la entrevista —dice Saúl—, no sé qué me van a preguntar.
—¡Yo también estoy nervioso! —confiesa Quique, sintiendo alivio al saber que Saúl está igual que él.
—Bueno, nos tomamos unos tequilitas y ya —resuelve Saúl.

Todos reímos y, casi al mismo tiempo, Saúl y yo hicimos una objeción.
—Bueno, en realidad no, prefiero no tomar alcohol —dice Saúl.
—Yo tampoco —le digo—. Me aventé cinco años sobrio y el año pasado regresé a tomar sólo vino; primero era una copa, luego una botella y luego no te cuento.
—Sí, yo también tomo poco. A veces. Ya no es como antes. Con familia, hijos… —dice Saúl.
—Eso háblenlo entre ustedes —reclama Quique—. Yo todavía no llego hasta donde ustedes están.

El Hotel Básico es uno de esos llamados hoteles boutique, y cada mueble, agarradera, picaporte y accesorio está pensado para impactar y seducirte. Saúl entra al baño, y sin querer jala una cadena que no era la de la taza del baño. Como era de esas tazas antiguas, con la caja del agua casi en el techo, Saúl confunde la cadena que prendía y apagaba un foco con la que hacía accionar el baño. La jala tan fuerte que la cadena se rompe y casi se lleva una lámpara también. “¡Me equivoqué y jalé la cadena equivocada! Luego por qué andan diciendo que los roqueros destrozamos hoteles”, dice.

Después de la sesión de fotos nos sentamos a la mesa del restaurante del hotel y, como lo habíamos previsto ya, nadie pidió bebidas alcohólicas. La entrevista se desarrolló alrededor de aguas minerales con jugo de limón.

 

Quique (Q): Gatopardo me pidió hacer una entrevista a raíz de la reunión de Caifanes. Me entusiasmó mucho la idea y me pareció importante invitar a mi hermano porque, de alguna manera, lo que hemos visto tuyo, en diferentes proyectos, siempre íbamos juntos. A los antros, a los conciertos, a los lugares…
Saúl (S): Una complicidad…

Q: Exacto, una complicidad.
S: Inevitable, también.

Q: Tan inevitable que llevamos veinte años trabajando juntos en el mismo grupo. Lo primero que nosotros conocimos de tu trabajo fue en el disco compilatorio del Festival de Rock Pearless, en el que aparecía una canción de Frac. Tiempo después nos dimos cuenta de que estaba el cantante de Bon y Los Enemigos del Silencio. Es un disco de 1983. ¿Qué tocabas en Frac?
S: El bajo.

Q: Y antes, ¿empezaste siendo bajista en los otros proyectos en los que estabas? ¿Cómo te decidiste para tocar ese instrumento?
S: Pues todo se decidió por un volado. Básicamente porque no había bajista en el grupo en el que empecé a colaborar. En esa época no era como, supongo, es ahora. Antes entrabas en una dinámica de soñar con un grupo y trabajar… creo que era más como un concepto colectivo. Y estaba tocando con Salvador de la Puente, que luego se dedicó al cine y ahí fue cuando echamos el volado, a ver quién tocaba el bajo. Perdí, pues todos queríamos tocar la guitarra. Con el bajo descubrí un instrumento que me cambió la vida, que me enseñó mucho de la composición de canciones. El bajo para mí fue muy importante.

Q: En Frac, ¿quiénes componían?
S: Componía Leoncio Lara, un gran compositor. Y yo también componía, entonces llevábamos canciones mías o de Leoncio. Y así se iba trabajando.

Q: ¿Y por qué se deshace Frac? ¿Cómo aparecen Las Insólitas Imágenes?
S: Nos invita Carlos Marcovich a Alfonso André, a su hermano Alejandro y a mí, por separado, a formar un grupo, para que tocáramos en una fiesta, y así juntar fondos para su trabajo final de cine. Tenía que juntar dinero para comprar material.

Q: ¿Nunca habían tocado juntos antes?
S: No, a Alejandro lo conocía porque de repente coincidíamos en algunos lugares; tocaba con un grupo que se llamaba Leviatán.

Q: ¿Qué onda era Leviatán?
S: Progresivo. Era más progresivo. A Alfonso nunca lo había visto en mi vida. Así fue como empezamos a formar Insólitas, un trabajo en extremo improvisado, exageradamente colectivo y muy espontáneo. Alejandro llevó algunas canciones, yo llevé otras y, en el ensayo, en una semana, las montamos. Empezamos a improvisar y se añadieron más canciones, fue un periodo muy cortito pero de mucha creatividad. Para mí todo terminaba en la fiesta y ya. Pero Alejandro toma la iniciativa de presionar, en el buen sentido de la palabra, para que siguiéramos. En muy poco tiempo nos entendimos muy bien, y formamos Las Insólitas Imágenes de Aurora. Como yo todavía estaba con Frac, platiqué con Leoncio, un gran amigo, un hermano, y tomé la decisión de “probar” qué pasaba con Insólitas.

Q: A nosotros nos tocó verlos en uno de estos conciertos que organizaba Comrock en la iglesia de Lomas Verdes. Tocaban con Punto y Aparte y varios grupos locales.
S: Sí, se suponía que íbamos a grabar en Comrock. La idea de Ricardo Ochoa era hacer las cosas por bloques, sólo se concretó el primero y el segundo. Nosotros hubiésemos salido en la continuación. De todos modos seguimos tocando.

Q: ¿Dónde tocaban?
S: En donde se pudiera. En bares en el sur. En fiestas. Tocábamos en uno que otro hoyo fonki… el hoyo era un lugar donde realmente podías sentirte bien, tranquilo, seguro, aun al ser lo que era.

Q: ¿El público cómo los recibía?
S: Pues… llegamos a tocar en Santa Fe, en Santa Martha Acatitla, en Ermita-Iztapalapa, en todas las delegaciones. Íbamos a las entrañas de lo subterráneo y el mejor comentario que tuvimos fue un día que acabábamos de tocar. En esa época no había managers ni ingenieros ni nada, o sea: eras tú, los cables y tu instrumento y ya. Fue en Santa Martha Acatitla, estábamos desconectando y se acercó una banda, Los Panchitos o ve tú a saber. Yo pensé: “Ya fue, ¿no?”, y que nos iban a despedazar vivos. Se acercaron, y nos dijeron: “Pues no entendimos nada, pero tocan bien chido”. Para nosotros fue un logro.

Q: Luego siguieron los Caifanes. ¿Cómo se conocieron?
S: Un día vi tocar a Diego Herrera en el 9, con Pepe Guadalajara. Pepe vivió muchos años en Nueva York, vino a México y formó un grupo. A Diego lo invitaron a tocar el saxofón. Ahí nos conocimos, en el 9.  Me dijo que también hacía score para cine.

Q: ¿Desde entonces?
S: Sí, desde aquella época él ya estaba clavado en hacer soundtracks, música para cine. A Sabo lo conocí viéndolo tocar, quizá con Memo Briseño, tal vez con Taxi. A Alfonso y Alejandro los conocía de Las Insólitas.

Q: Pero ésa no fue la primera alineación de Caifanes, ¿o sí?
S: En el primer concierto que dio Caifanes estaba Juan Carlos Novelo en la batería, Santiago Ojeda en una guitarra, yo en la otra, Sabo en el bajo y Diego en el saxofón. La idea era hacer un disco que acabó funcionando como demo. Después, Santiago se salió. Y como Novelo tocaba mucho con Eugenia León y con Tania Libertad, entró Alfonso, que nos fue a ver a Rockotitlán y le gustó mucho.

Q: La leyenda dice que fue en el concierto de Miguel Mateos, en el Hotel de México, que Óscar López se acerca con ustedes y les dice: “Los quiero firmar”. ¿Es así?
S: Fue antes, en Rockotitlán. Justo fue la etapa cuando Soda Stereo estaba de gira en México, y también Miguel Mateos. Ya había venido Radio Futura, que me parece de los mejores grupos que he visto en cualquier idioma. En esa época se empieza a correr el rumor de que finalmente las compañías disqueras se interesaban por grupos mexicanos. Un día tocando en Rocko, terminamos, y David, que era el gerente y que salía a anunciar, se acercó, con un rollo protector, a nosotros: “Ahí hay uno que dice que es productor y que trabaja para BMG Ariola, y que los quiere conocer porque le gustó mucho. ¿Qué le decimos?”. “No ps vamos, ¿no?”. No perdíamos nada. Y ya que nos sentamos, empezamos a platicar, y nos ofreció directamente el contrato. Una de mis frases célebres fue decirle directamente: “No te creo nada, no”. “Sí, ps sí, se los aseguro”. De ahí nos invitó al Hotel de México a abrirle a Neón y a Mateos, como la primera parte de la seducción: vean cómo yo puedo ponerlos ahí. Y efectivamente nos puso. Para mí, ese concierto fue de los más emotivos, porque solíamos tocar en lugares muy pequeños casi todo el tiempo, de no más de doscientas personas, pero eso ya era mucha gente para nosotros. Cuando tocamos en el Hotel de México, con cinco mil personas, era un mar de gente. Abrimos con “Será por eso”, y cuando empiezo a cantar, la gente la canta conmigo… ¡Ya se la sabían! Nunca nos imaginamos que la gente ya nos conocía.

Da la impresión de que Playa del Carmen es sólo una calle: la Quinta, como la llaman todos. Es una avenida peatonal adoquinada que parece no acabar nunca, llena de bares, restaurantes italianos, cadenas internacionales de fast food, Starbucks, sitios de internet, tiendas que venden T-shirts, lentes de sol y sombreros. La gente camina de un lado para otro y no se mueve mucho por las calles aledañas, a menos que vaya a la playa. Los turistas extranjeros y nacionales van y vienen mientras los lugareños ofrecen sus servicios al mejor postor en inglés, francés, italiano y rara vez en español.

Se escucha música a todo volumen por todos lados. Desde electrónica, pasando por grupos de cóvers de rock de todos los tiempos, hasta los músicos callejeros cantando boleros y rancheras a quien se deje.

En una de las vueltas que di por esa calle en mi corta estancia en Playa, me crucé con unos músicos callejeros tradicionales; tendrían alrededor de cincuenta y cinco años, y su repertorio tenía un espectro muy amplio, supongo que para complacer al cliente. Cuando los dejé atrás, los escuché cantar a lo lejos “La negra Tomasa”. Me paré un rato a escucharlos, pues lo que estaban haciendo era extraño: la cantaban, como seguramente lo habían hecho toda su vida, con una fuerte voz de soneros, pero el arreglo musical se parecía más al de Caifanes. Cuando llegaron a la parte musical, el requinto imitó a la perfección el solo de sintetizador que hace Diego Herrera. Los Caifanes tuvieron influencia de los músicos tradicionales, y ahora éstos la tienen de los roqueros.

Es interesante cómo ha cambiado la percepción de “La negra Tomasa” con el tiempo. Fue una canción que Saúl “obligó” a sus compañeros a tocar, porque llegaron tarde a un ensayo. Al llegar Saúl temprano, se puso a jugar con acordes en su guitarra y de su boca salieron las frases: “Estoy tan enamorado de la negra Tomasa, que cuando se va de casa, triste me pongo”, que le había oído muchas veces a Diego Herrera, quien la había tocado con grupos de merengue y música tropical. El regaño se convirtió en broma colectiva, y luego en marca de la casa cuando la tocaban en los conciertos. No tenían la intención de grabarla, pero cuando vieron la popularidad que tenía y lo que causaba, la disquera hizo un EP con “La negra Tomasa”, en el lado A, y “Ojo de venado”, en el B. La canción se hizo famosísima, ya lo sabemos, al punto de que los músicos tradicionales toman prestado el arreglo. Por un lado se hicieron muy populares, pero, por otro, los fans les dieron la espalda: se enojaron, patalearon y chillaron porque su grupo se había vendido.

Eso sucedió hace veinte años, y ya nadie se acuerda de eso. Ahora, todos pensamos en “La negra Tomasa” como un cóver que hicieron los Caifanes, y lo aceptamos como tal. Mucho tiene que ver con que Caifanes no se atoró ahí ni se convirtió en un one-hit wonder. Vinieron muchas canciones exitosas más, la mayoría de ellas de la prolífica mente de Saúl y algunas otras compuestas en colaboración con sus compañeros.

Un poco antes de grabar “El diablito”, como se le conoce popularmente al Volumen 2 (1990), Alejandro Marcovich entró a Caifanes a tocar la guitarra. Saúl fue quien lo invitó, sabía que aportaría mucho al sonido que estaban buscando. Aunque Caifanes inició como cuarteto —Saúl, Sabo, Diego y Alfonso—, el público los considera un quinteto. Es como si el primer disco sólo hubiese sido la gestación para nacer hasta el segundo, hasta el momento en que Marcovich entra a escena.

La carrera de Caifanes siempre fue cuesta arriba. Cada vez tenían más seguidores, cada vez más conciertos y más giras. También tenían oportunidad de soñar con un productor extranjero, y no sólo anhelarlo sino obtenerlo en efecto. Consiguieron contactarse con Adrian Belew, quien aceptó producir su tercer disco, El silencio (1992). Aunque Belew no era estrictamente un productor musical, le dio a Caifanes la seguridad para intentar sonidos que de otra manera no se hubieran atrevido a hacer. El impulso de un músico de esa talla los llevó a territorios inexplorados.
Pero a la mitad de la gira de El silencio, Diego y Sabo se salieron de Caifanes.

Q: ¿Cómo te sentiste con la salida de Sabo y de Diego?
S: Una parte de mí se sintió muy mal, porque parte de los cimientos los hicimos juntos. Compartimos los primeros momentos, las primeras tocadas y, luego, todo lo que pasó con el primer y el segundo discos, las giras. Difícilmente puedes aceptar de inmediato que se vayan. Pero éramos también tan claros que ambas partes lo aceptamos. Tanto Diego como Sabo dijeron: “Yo quiero buscar otro rollo”, y nosotros respondimos: “OK”. Esa claridad ayudó mucho a que continuáramos. Yo creo que quienes nos quedamos teníamos hambre de “sigamos”. Y entró Stuart Hamm en el bajo que, curiosamente, no grabó en el siguiente disco, sólo se quedó a completar la gira de El silencio. Alfonso propone a Federico Fong para entrar a Caifanes. Después salió El nervio del volcán (1994). Fue el disco que más vendió, fue la gira más grande y, curiosamente, el principio del final.

Q: ¿Crees que haya tenido que ver con eso: con el éxito, con más giras, más tocadas, más viajes, más presiones…?, ¿tuvo que ver eso con el final?
S: Yo creo que tuvo mucho que ver, es una opinión personal. Alfonso y Alejandro obviamente tendrán sus propias opiniones, pero creo que el génesis de esto fue no estar muy claros de nuestro territorio. Pero desde adentro, o sea desde el ensayo. Ahí comenzó a andar un átomo perdido que generaba un poquito de duda. Como que no había claridad ahí: ¿qué onda?, ¿qué está pasando? Inclusive en los ensayos de El nervio, antes de grabar el disco. Después de venir de la gira de El silencio sentí y presentí que ese orden que nos había costado trabajo lograr se había dislocado. No sabía bien qué, pero algo se dislocó. Y, claro, si no lo cuidas, pues se hace una herida, una situación más grave y finalmente terminamos. Creo que tanto las giras como el que haya sido un disco que vendió mucho aportaron a que esa dislocación, a que esa situación fuese un poquito más profunda.

Q: ¿Por qué la salida de Diego y de Sabo no se considera como el rompimiento de Caifanes y sí el rompimiento entre Alejandro y tú?
S: Porque cuando se salen Diego y Sabo, el nombre continúa: sigue habiendo conciertos y discos bajo el nombre de Caifanes. Pero, cuando Alejandro y yo nos separamos, ya no hay Caifanes. Es una cuestión de nombre. Porque aparte Diego y Sabo no tenían la intención de que el grupo terminara, eso es algo que se habló. Dijeron: “No, no, si ustedes quieren seguir, sigan. Nuestra intención no es jalarlos ni distraerlos ni nada, es una decisión personal y se acabó”. Creo que eso también ayudó para que el grupo sacara el siguiente disco. Ya en la gira de El nervio, pues ya era distinto. Ya había otro lenguaje dentro de la banda, otras decisiones…, cada quien quería otras cosas. Se nos habían caído los dedos, los pies, y la dislocación estaba muy fuerte. Además no teníamos la experiencia de enfrentar una gira así, todo fue, afortunadamente, creciendo. Cada disco era más exitoso, más exitoso. Y quizá si Sabo y Diego no se hubieran salido, Caifanes hubiera sido…, hubiera habido más permanencia… No lo sé, no lo sé…

Q: Sí, claro.
S: Pero también fue algo impresionante. Momentos en los que nos fuimos descubriendo como músicos. Hubo mucho aprendizaje, y se entendía que el compromiso que tienes no lo puedes dejar a un lado, tienes que desarrollarlo y seguir buscando las puertas de la profundidad. Siempre comentábamos, entre nosotros, que cada disco era una radiografía del grupo, por lo que tenía que ser diferente cada vez: “Ahora estamos así, esto es lo que suena y así somos”. Creo que fueron etapas muy, muy buenas, en extremo poderosas. Veo más cosas buenas que malas, y me quiero quedar con eso.

Q: ¿Cómo se da ahora el reencuentro de Caifanes?
S: Desde hace tiempo se hacía la pregunta: “¿Ya se van a juntar?”. Pero la verdad lo veía muy lejano porque no tenía relación con Alejandro. No nos hablábamos, no había nada. A raíz de que Diego participa en el disco 45 con Jaguares y nos vamos de gira, donde nunca falta la conversación después del concierto en el cuarto del hotel —”Sácate el vinito” y empiezas a platicar y sale la nostalgia—, empieza a aflorar la idea —en esos momentos etílicos [risas]—, y creo que también ahí empieza a gestarse algo, pero sin forma. Un día estoy en Amsterdam, y recibo un par de correos. Me preguntaban si sabía que Alejandro tenía un tumor en el cerebro y que iba a entrar a cirugía. ¡Yo no sabía nada! Entonces pido teléfonos y contactos para poder mandar un saludo; hablé, pero los horarios lo complicaban todo. Y la verdad no sabía qué onda, después de tantos años de no hablarnos, también era muy rudo meterte así, de una. Entonces le escribí un correo directamente a él: “Alejandro, aquí estoy, pues… lo mejor…, no te preocupes, todo va a salir muy bien”. A Sabo le dio un paro cardiaco. Hablé con él a los dos días de que le pasó. Y como me contestó burlándose de todo, con el humor de siempre, me di cuenta de que estaba bien.

Un par de meses después recibo contestación de Alejandro, agradeciéndome. Se enteró, leyó el correo antes de entrar al quirófano. La verdad me dio mucho, mucho gusto, y entramos en otra dinámica. Un día me escribe: “Mira, finalmente me gustaría sentarme contigo y platicar. Tomarnos un tequilita y platicar”.

Q: Y no fue sólo uno…
S: No fue sólo uno [risas] y no fue un ratito tampoco, a las seis de la mañana seguíamos platicando. Creo que finalmente se dio todo por una intención muy de corazón. Se le puede llamar amor, se le puede llamar amistad, no sé cómo se le llame, pero sí tuvo que ver con una relación de muy adentro.

Justo por esas fechas llegan a la oficina un par de propuestas interesantes: la invitación a que Caifanes toque en el Vive Latino y en el Festival Coachella. Yo creo mucho en las circunstancias que te va dando el destino, lo que en algún momento se pudo haber planeado no pasó, y ahorita no se planeó nada y está pasando todo. Y pues mandé una invitación a todos: “Está esto, no nos compromete a nada, pero puede ser un reconocimiento de territorio. Alejandro y yo hemos platicado largo y tendido, y estamos motivados para hacerlo. ¿Qué opinan?”. De ahí se empezó a desarrollar lo demás. También tengo curiosidad de ver qué está pasando entre nosotros, quiénes somos ahora, qué queremos, dónde estamos. Y lo que me gusta de esta circunstancia es que no estamos saliendo con una cuestión triunfalista. No somos el grupo que se reúne para ir de gira, a grandes conciertos masivos. Son un par de festivales, guardando la proporción con los demás. Si ya después de esto surge otra cosa y decidimos formalizarlo, hacer algo en grande, pues ya será otra historia, ¿no? Pero me hace sentir bien que, después de tantos años, la primera presentación en un escenario sea en un rollo más compartido, de festival.

El año pasado Saúl estuvo trabajando en lo que se convertiría en su primer disco solista: Remando. No tenía la costumbre de escribir para algo que él tocaría solo, pues siempre, desde los catorce años, ha tenido un grupo con el cual tocar, o con quien trabajar las canciones que compone.

No podía quitarse de la mente sus proyectos colectivos, así que prefirió dejar de componer durante un tiempo. Se forzó a no tocar ningún instrumento y se puso a escuchar música o simplemente a ver la televisión. Fue un retiro de la creación para “llenarse” antes de soltar todo en canciones.

Cuando estuvo listo, se impuso la tarea de componer una canción diaria. Sentía que se le acababa el tiempo, y de esa manera evitaba la duda de cuestionar lo que estaba componiendo. Eso sucedió en Amsterdam, de donde es su pareja, con quien tiene dos hijos, una niña y un niño.

Cuando habla de su nuevo disco se le ve contento, se nota que le gustó el resultado. Se le ve muy relajado, tal vez demasiado. Se avecinan las presentaciones de Caifanes, que están causando gran revuelo, y la salida de su primer disco solista que sus fans pueden amar, o como bien sabemos, odiar. Tal vez sea por eso que vive en Playa del Carmen, donde, más allá de la Quinta, la vida transcurre muy tranquila. O tan tranquila como uno lo desee.

Q: ¿Qué es lo que te hace venir a vivir a Playa del Carmen?, ¿es un bajarte del escenario y recluirte, exiliarte? ¿Qué es?
S: Mira, venía para acá porque los doctores me recomendaban lugares húmedos por mis operaciones. Por eso me vine a vivir aquí. Así fue que empecé a conocer bien el lugar, me gustó, me sentí muy bien, conocí a mi esposa aquí…

Q: ¿Hace cuánto fue esto?
S: Hace trece años, nada más iba y venía de paso, me regresaba, trabajáramos o no, a mí me daban mi tratamiento. Luego empecé a descubrir muchas cosas, empezó a ser parte de mi vida. Me generó otra conciencia. Y, pues antes, Playa del Carmen era muy distinto, muy chiquito. Era como si fuera una colonia, el barrio, tus cuates y nada más. Lo demás era pura selva y nada de concreto. Había changos y todo, pero bueno, ya cambió y ahora es otra historia.

Q: Cuando dices “creas otra conciencia”, ¿es para que esto no se convierta en otra selva de concreto?
S: Claro, entrar a otra dinámica dentro de tus posibilidades, dentro de la posibilidad que se pueda tolerar. Por ejemplo, se ha peleado mucho por una educación en medio ambiente, que no la tenemos. Se ha peleado mucho para sensibilizar a la gente que está en los servicios públicos: gobernadores, presidentes municipales, el cabildo, es decir, al gobierno, para que entienda que no por la necesidad de producción vayas a destruir la necesidad de supervivencia. En esta zona de repente ha habido un desequilibrio, y creo que la única manera de lograr un desarrollo sustentable y positivo es la educación. La educación, no veo otro camino. Creo que los gobernantes que hemos tenido, los partidos que están en la política es gente que finalmente no nos conoce, no sabe quiénes somos: la población, el pueblo, la sociedad. Hay una brecha, un abismo entre el Estado y la sociedad. Mientras no llegue un mandatario o un presidente o alguien que tenga la sensibilidad de conectarse otra vez con nosotros, seguiremos viviendo en un país subdividido de poderes y de diferencias. Lo que está pasando que no nos asombre, porque es el resultado de lo que hemos estado viviendo por muchos años, ahora ya se dio de una manera muy fea y, obviamente, todos estamos trabajando para que cambie. Y tiene que cambiar.

Nos despedimos de Saúl con la promesa de no perder el contacto. Quedamos en hablarnos en la noche o al otro día en la mañana para vernos de nuevo, ya sin cámaras ni grabadoras de por medio. No se pudo. El único contacto que tuvimos con él antes de despedirnos fue por teléfono, para comunicarle una triste nueva: la muerte de Rita Guerrero. Después de la entrevista, Quique y yo estabamos en un bar cuando a nuestros celulares comenzaron a llegar mensajes de todos lados avisándonos que la cantante había fallecido. Ya era tarde para hablarle a Saúl, pues con hijos pequeños los días se hacen más cortos. Al otro día, Quique pudo hablar con él. Saúl no se había enterado aún, así que mi hermano le dio la noticia. No sé qué le habrá dicho, no se lo pregunté, veía a mi hermano muy triste, en duelo por la muerte tan repentina de una gran artista, de una gran roquera, de una gran mujer.

¿Vienen de tocar o se fueron de vacaciones?”, nos preguntó, al regresar de nuestra misión periodística, la gente que nos reconoció en el aeropuerto. Yo tenía ganas de contar a todos lo que fue entrevistar a Saúl, decirles que anhelo creer que nos dijo cosas que no le ha dicho a ningún otro reportero, decirles que ahora tengo más ganas que nunca de ver reunirse a los Caifanes, de verlos tocar, porque entendí que Saúl y Alejandro lo propusieron como un puente de reconciliación antes de que a todos nos lleve la muerte. Quería decirles muchas cosas, pero era dar demasiada información a gente que ni siquiera conocía.

Quique, quien tiene fama de ser muy serio, aunque no lo sea, encontró una parca pero amable respuesta que encerraba mucho de verdad: “Ninguna de las dos. Sólo fuimos a visitar a un amigo”. \\

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