Un fotógrafo en guerra

Casi por azar, Albeiro Lopera Hoyos, un punk de Medellín, se hizo fotógrafo. Pero gracias a su carisma y a su buen ojo se convirtió en uno de los testigos más representativos de la ola de violencia que incendió Colombia en las últimas décadas. El 9, como era conocido, murió a comienzos de este año de cirrosis. Su colega Stephen Ferry se encargó de editar todo su archivo y Editorial Tragaluz publicará un libro con las imágenes más impresionantes. Éste es un adelanto exclusivo para Gatopardo de las fotografías y el perfil escrito por Alfonso Buitrago Londoño.

Por Alfonso Buitrango Londoño / Fotografía Albeiro Lopera Hoyos (Editor gráfico: Stephen Ferry)

Seis meses después de que tuviera que abandonar su oficio de fotógrafo de guerra, en la sala del apartamento de su madre, Albeiro Lopera Hoyos miraba con picardía una camarita digital negra que se perdía en sus manos gruesas, ásperas y amarillentas. Sonreía como si con ella pudiera hacer una maldad de la que ya nadie lo creía capaz, y esa picardía le suavizaba las arrugas del rostro, cada vez más árido de alegrías. Sentado en el sofá, parecía un guerrero mohicano en retiro. Tenía el pelo corto y despeinado, color cobrizo, y de la parte de atrás de la cabeza le salía una trenza delgada, envuelta en hilos de colores rasta. La erizada cresta de su vida punkera había cedido ante una relajada colita reggae que descansaba en una giba pronunciada. La joroba era su marca de identidad y la responsable del apodo por el que era conocido: El 9. Un número con forma humana que en Medellín había sido sinónimo de punk, guerra y supervivencia.

El deterioro y el agotamiento, y la pérdida progresiva de la visión, de la memoria y del estado de conciencia, copaban la realidad de Albeiro en esos días de septiembre de  —. Su hígado enfermo de cirrosis y sin cura posible, trasplantado hacía siete años, era incapaz de procesar la bilis que se acumulaba en su sangre y le producía la coloración amarilla en la piel y en los ojos. Albeiro libraba su última batalla en todos los frentes: cuerpo, mente y corazón; contra una enfermedad terminal, contra los recuerdos y contra el abandono obligado del oficio de reportero gráfico, su gran pasión.

A pesar de que la tarde no estaba fría, llevaba puesto un buzo grueso de algodón, una sudadera de cuadros y sandalias de cuero. Intentaba conservar el poco calor de su cuerpo enfermo y que ningún zapato lastimara sus pies hinchados. Las botas militares y los pantalones “cargo” con los que salía a las zonas en conflicto en los barrios de Medellín o en las montañas de Antioquia permanecían guardados en el armario.

"Albeiro libraba su última batalla contra los recuerdos y contra el abandono obligado del oficio de reportero gráfico, su gran pasión."

Casi no podía creer lo liviana y pequeña que era la nueva cámara Sony RX100 III, y las funciones que tenía, que apenas comenzaba a descubrir. Esa camarita digital significaba, al mismo tiempo, una renuncia y una esperanza. Quería decir que había dejado de ser un fotógrafo de guerra profesional, y que podría seguir tomando fotos por algún tiempo más, aunque fuera muy poco. Contemplar esa idea despertaba su sarcasmo.

“Ahora que soy un ‘artista’, que hago exposiciones en museos y me sacan en un libro, ¿por qué mejor no hacemos una tertulia con los intelectuales para hablar de los efectos de la luz en la fotografía de guerra?” decía, y de nuevo la malicia le acariciaba el rostro.

Con esa camarita podía dedicarse a retratar personas, lo que más le gustaba hacer cuando tomó un curso en la Academia de Fotografía y Video ASFO en 1993, y por lo que se ganó un premio el día de la graduación. Así empezó a creer que podía ser fotógrafo.

No hay un orden lógico que explique la decisión del 9 de convertirse en fotógrafo a menos que uno se empeñe en encadenar una serie de anécdotas en este relato: porque su hermana Yanneth le regaló una cámara Polaroid; porque con esa cámara tomaba fotos de mecánicos y de perros callejeros de Barrio Triste, donde trabajó como mensajero en locales de repuestos automotrices; porque en el Parque del Periodista vio unos retratos en blanco y negro tomados por un desconocido; porque le preguntó a ese desconocido dónde los había hecho y este le dijo que en ASFO; porque fue un punkero con ansias de expresarse, salido de un barrio obrero, que escribía canciones y quería enfrentarse a la vida, a la muerte, a una sociedad en la que no encajaba. Porque sí. Porque descubrió que la cámara podía ser un escudo para acceder a cualquier lugar; porque con ella podía conseguir respeto social; porque probó y vio que podía; porque tenía suficiente calle para encarar un oficio que a muchos deslumbra, pero con el que pocos se atreven: el fotoperiodismo de guerra. Y porque sí otra vez; porque desde pequeño aprendió a mirarle la cara a la muerte.

Albeiro se hizo fotógrafo a la manera de los músicos pioneros del punk: sin herencia ni educación formal, porque le dio la gana y lo que sentían y expresaban aquellos artistas le gustó a gente cansada de imposturas, artificios y pretensiones; y porque su rebeldía era sincera y necesaria. Sus fotografías son como sus canciones de punk favoritas: “We’re a happy family” de Ramones, “Chemical warfare” de Dead Kennedys, “Fuck the mods” de The Exploited, “Agotados de esperar el fin” de Ilegales, “No más clases” de P-ne, “Dinero” de Mutantex y “Desplazados” de Fértil Miseria. Imágenes perturbadoras, llenas de desesperación, luz y color; de ironía y humor. En sus fotografías hay una protesta contra la guerra, la banalidad de la apariencia y el no futuro de la pobreza; imágenes de destrucción y muerte con personas que combaten y otras que aguantan. Las fotos del 9, como su vida, son la imagen de una lucha y una resistencia.

Apenas tenía 48 años y cada día que pasaba perdía más la visión, por las cataratas que afectaban sus ojos, y confiaba en que el visor y el autofoco de la camarita Sony le ayudarían a seguir tomando buenas fotos.

Desde muy joven, Albeiro padeció una obstrucción de las vías biliares que afectó el funcionamiento de su hígado y condicionó su forma de relacionarse con el mundo y con su oficio.

Su vida era como La luz que se apaga, la novela de Rudyard Kipling sobre un pintor de guerra que se queda completamente ciego justo cuando ha pintado su mejor cuadro, al que bautiza Melancolía: “¿Qué es lo que excita el dolor de cabeza y pone manchas ante los ojos, Binkie? ¿Será cosa de que tomemos unas píldoras para el hígado?”, le dice Dick Heldar a su perro cuando se le empieza a nublar la visión. No es casual que Kipling haya escogido la palabra “melancolía” para el título de la pintura de su personaje, y que Dick se refiera al hígado como el causante de su ceguera. En la antigüedad, la melancolía era el sentimiento que correspondía al exceso de bilis negra o atrabilis, que era considerada como uno de los cuatro humores constitutivos del temperamento.

“Toda la vida he estado enfermo” decía Albeiro como si recitara el número de su documento de identidad.

Hacía poco había vuelto a vivir con su madre en el barrio Belén, después de renunciar a su último sueño: vivir con su mujer en Santa Elena, en lo alto de una montaña cercana a Medellín, en una casita dentro del bosque, rodeado de animales. Allí se había mudado con Patricia Monsalve, su compañera desde 2004, quien había montado en la casa una empresa artesanal de producción de frutos deshidratados. Aparte del hígado, el frío del sitio estaba matando a Albeiro. Patricia lo había cuidado desde que su condición hepática empeoró y se sometió al trasplante en 2007, pero ella no podía abandonar la empresa para buscar un mejor clima en Medellín.

En las mañanas, cuando se sentía animado y con fuerzas, Albeiro salía a dar una vuelta por las calles de Belén y aprovechaba para fumar un poco de marihuana, lo único que le daba tranquilidad y le abría el apetito. Siempre llevaba la camarita nueva colgada a un costado, cubierta por su chaqueta con el logotipo de la agencia de noticias Reuters, para la que trabajó desde 1999.

A veces, en sus mejores días, se iba para el centro de la ciudad a encontrarse con algún amigo fotógrafo y se entretenía mirando las calles, la gente que pasaba, las personas que dormían en las aceras. Con discreción abría la chaqueta, sacaba la cámara, activaba el visor, se lo pegaba al ojo, fruncía el ceño y disparaba “fotografías del natural como si fueran flagrantes delitos”, como decía el fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson.

Le gustaba volver al Parque del Periodista donde se encontraba con viejos punkeros y veteranos de la vida del centro de Medellín que lo detenían en la calle, lo abrazaban y le preguntaban cómo estaba. Caminaba muy lento, como un viejo tractor. Paraba en una cigarrería a la mitad de una cuadra en la calle Maracaibo y pedía una cerveza sin alcohol y un cigarrillo. Recostado en uno de los muros de la puerta del local, con el telón de los párpados medio caído, que apenas le dejaba ver los ojos amarillos, entreveía el teatro de sus amigos punkeros al otro lado de la calle, gesticulando, escuchando música y tomando alcohol. Así eran los que consideraba unos de los mejores momentos de su vida.

A comienzos de los años noventa, el Parque del Periodista era una manga triangular sobre la carrera Girardot, entre las calles Caracas y Maracaibo, que servía de trinchera a punkeros y metaleros venidos de los barrios populares de Medellín y de los municipios cercanos, y a una manada de profesores y de estudiantes universitarios, periodistas, teatreros, poetas y escritores desconocidos que algunos tildaban de “bohemios” y que frecuentaban El Guanábano y El Viejo Vapor, bares legendarios en el marco del pequeño parque. Refugiados, todos, de la desaparecida cafetería y bar La Arteria de la avenida La Playa, de la cuadra de la casa, de la esquina del barrio, donde la violencia de esos años hacía que la noche y la vida se acabaran muy temprano.

Albeiro era uno de esos punkeros, venido de Bello, que se tiraban en la manga a tomar alcohol y a escuchar música. Amanecía abrazado a Catalina, como bautizó a su moto de mensajero, una Kawasaki 100 roja modelo 73, con el tanque hundido y despintado. Cuando John Jaramillo, uno de los dueños de El Guanábano, llegaba por la mañana para abrir el negocio, lo despertaba y le daba una escoba para que barriera el lugar. Él la recibía, pues sabía que John le daría con qué comprar más alcohol.

El 9 se parecía más a un hooligan inglés que a un punkero de barrio popular. La piel blanca y el pelo castaño, 1.80 de estatura, contextura delgada, músculos de deportista, ojos claros, mirada recia y el cuerpo coronado por la giba.

En el parque separaba peleas, se enfrentaba a los punkeros más grandes que querían aprovecharse de los más pequeños, como Osvaldo, a quien una vez tumbó de un puñetazo en la cara, y a los skinheads peleadores con bates y navajas. Vivía con la consigna punk de un horizonte malogrado y la amenaza hecha en Medellín de una muerte violenta temprana. Y no le gustaba que le dijeran Albeiro. Así reivindicaba un número como parte de su identidad. Ser un número equivalía a no ser nadie y ser cualquier persona al mismo tiempo.

El punk empezó a dar de qué hablar en Medellín a partir de un concierto y una película. El primero fue “La batalla de las bandas”, realizado en 1985 en la plaza de toros La Macarena y que terminó como su nombre anunciaba: con peleas entre punkeros y metaleros, y en disturbios con la policía; la segunda, 
Rodrigo D: No futuro, la película de Víctor Gaviria, estrenada en 1990, que marcó una época y sirvió para presentar en sociedad a “La Punk Medallo”, una colección de bandas representativas del punk local con un sonido propio, reconocido fuera de Medellín. La historia de Rodrigo D transcurre en 1988, cuando Ramiro Meneses, el baterista de la banda Mutantex que lo encarnó, tenía veintiséis años. Ese año, El 9 tenía veintidós. Así como Rodrigo D, en la película intentó conseguir una batería para hacer retumbar su frustración y descontento, El 9 buscaba una forma de expresarse.

En esos años, el periódico El Mundo registró con temor el arribo de las crestas a la comarca: “La moda tardó en llegar de Europa, pero llegó al fin de cuentas. Se trata del ‘punk’, un estilo al que se han plegado muchos jóvenes de Medellín que han convertido esto en un fenómeno social que ya empieza a preocupar debido a las tendencias nefastas que tiene hacia la droga y la violencia”. La bienvenida del punk a una ciudad prejuiciosa, que buscaba amasar dinero en las calles como había extraído oro de las montañas, y que quería que la vieran bonita, bañada por el eterno dorado de su primavera, no fue generosa. “Los pelados se bajaban por esas lomas tirándome piedra, persiguiéndome, no me dejaban montar en los buses, en los taxis menos, o sea que un viajecito mío de Bello al centro tire pata como un hijueputa”, dice El 9 en el documental Más allá del no futuro, de José Juan Posada, uno de los fundadores de las bandas IRA y Deskoncierto. José Juan recuerda que a quien llevaba una cresta, la policía lo detenía.

“Creían que éramos sicarios. Ser punkero era un peligro de vida” dice José Juan.

Quienes acogieron el punk como forma de vida fueron estigmatizados y perseguidos. Desde los nadaístas, nadie se había atrevido a tanto, como diría Ramiro Meneses en una entrevista para la revista Esquire.

En el ambiente underground de Medellín, El 9 era respetado, temido y querido. Por su actitud, reflejaba el estereotipo militante de su tribu: bebedor, arrogante, mal encarado y de humor negro. Su procedencia, de un barrio popular de Bello, y su cercanía con el sector de La Ramada, donde surgiría una de las primeras bandas de delincuentes al servicio de Pablo Escobar, espesaban su aura intimidante. Pero a las mujeres les resultaba atractivo. Gloria Uribe, socia de John Jaramillo en El Guanábano, hablando con cariño maternal de la fama que tenía en el parque, hace una confesión casi incestuosa:

“A mí me hubiera gustado saber cómo era El 9 en la cama”.

La primera vez que El 9 salió de Medellín a cubrir una noticia relacionada con el conflicto armado fue en 1999, en tiempos de los diálogos de paz de El Caguán. Una época en la que los colombianos soñábamos con el fin del conflicto con la guerrilla de las FARC, y los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia nos despertaban con masacres. En un año digno de anunciar su destino, con tres nueves que marcaban el fin de un milenio, El 9 inició su trayectoria como reportero de guerra. Eran sus últimos días en el periódico El Mundo donde hacía el trabajo cotidiano de un reportero gráfico: atender entrevistas, ruedas de prensa y noticias locales. Reuters le había dicho que renunciara al periódico y estaba en los días de preaviso.

“La guerrilla atacó la inspección de policía de un pueblo. Creo que fue en Abejorral. Llegamos al mediodía. La plaza era amplia y estaba sola. Yo estaba asustado, no sabía si sacar la cámara, si preguntar, medio la sacaba y tomaba foticos, pero la gente era muy esquiva”.

Por esos días, Reuters había publicado unas fotografías suyas del estallido de un carro bomba en las inmediaciones de la IV Brigada del Ejército en Medellín, y querían que fuera el reportero gráfico de esa agencia para cubrir los departamentos de Antioquia y Chocó. Albeiro fue el primer fotógrafo en llegar al lugar de la explosión del carro bomba en el barrio El Estadio. Paul Smith, un fotógrafo inglés que trabajaba en la ciudad como free lance para diferentes medios internacionales, le ayudó a enviar las fotografías del atentado a varias agencias y lo recomendó a Reuters. Sin experiencia, con apenas un par de años en el oficio de reportero gráfico de un periódico local, los ojos del mundo se abrieron para El 9.

“Y en Reuters me tocó la guerra. Salieron las FARC a atacar, se crecieron las Autodefensas. El estrés era el máximo. El conflicto te afecta la cabeza. Si con el alcohol me había portado mal, con el trabajo fue peor”.

La segunda vez que asistió a un hecho violento fue diferente. Para El 9, convertirse en reportero de guerra se parecía a las historias del “sicariato paisa”, que hablan de lo que sienten los asesinos cuando matan por primera vez. Dicen que el miedo amenaza con vencerlos en el momento de apretar el gatillo, pero si logran convocar a la muerte con éxito en ese primer intento, la segunda vez lo hacen sin dudar. La diferencia, en su caso, era que la cámara fotográfica no sería un arma, sino el escudo que le permitiría caminar sin vacilar entre escombros, muertos y disparos.

“Uno entra con la cámara mostrándola. Desde que uno vea el agite y queme la primera foto, y la segunda, y la gente no diga nada, ya está”.

Desde joven, contaba con la principal cualidad que lo haría sobresalir en ese oficio: saber cuándo y dónde iba a pasar algo. Y también con las agallas y la intuición para estar ahí en el instante preciso.

El día de la muerte de Pablo Escobar, el 2 de diciembre de 1993, El 9, sin saberlo, se convirtió en reportero gráfico. Tenía 27 años y la imagen del capo, reproducida de mil maneras por el fotoperiodismo nacional, era la representación de un país. El año que puso fin a la cabeza del Cartel de Medellín, El 9 se matriculó en ASFO sin una idea clara de lo quería hacer. En ese momento trabajaba como mensajero en Barrio Triste y vivía en el barrio La América, cerca de donde fue abatido Escobar, y adonde los padres de Albeiro habían ido a parar en 1991, después de salir de Bello huyendo de la violencia que acechaba a la familia y de las amenazas que pesaban sobre El 9. Cuando mataron al que llamaban el Patrón, salió de su casa corriendo a tomarle una foto.

“Era después del mediodía. Acababa de salir de la ducha y vi a mi mamá muy agitada”.

—Sonaron muchos tiros, ¿usted escuchó? —le dijo Ruth.
El 9 miró para la calle y vio gente corriendo.

“Me puse una pantaloneta y una camiseta y cogí una Pentax K1000 que tenía en ese tiempo y salí a la calle. Bajé hacia donde la gente bajaba. En la Carrera 80 con la canalización había un montón de personas. Se oían gritos. Me encontré con un amigo.
—¿Qué pasó? —le dije.
—Como que mataron al patrón —me dijo el amigo”.

Se metió entre la gente. Algunas personas trataban de cruzar por la canalización, pero los policías las devolvían y caían a la quebrada.

“Se veían gringos, policía que no era de acá. Empecé a tomar fotos de eso, porque donde habían matado a Pablo estaba muy retirado y acordonado. Los policías empezaron a quitarles las cámaras a los que veían tomando fotos. Salí de ahí y me fui con mi amigo, muy nerviosos. Cuando llegamos a la 80, un carro de la policía frenó en seco y se tiraron unos agentes”.

—¡Soltá la cámara, soltala! —le decían los policías—. ¿Para quién estás tomando fotos?
—Yo estudio fotografía. Aquí está el carné. ¡La cámara, la cámara! Devuélvanme la cámara —les pedía.
Le quitaron el rollo y le dijeron que se fuera.

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